martes, 25 de febrero de 2020

Reseña de Sergio Arlandis: ‘Vibración de sombras. Antología de poesía amorosa (1998-2018)”. Takara. Col Wasabi. 2019


VIBRACION DE SOMBRAS“¿Y quién no peca alguna vez?” (II)

Sergio Arlandis (Valencia, 1976) ha compaginado su labor investigadora con estudios sobre poetas como José Luis Hidalgo, Francisco Brines, Vicente Aleixandre o Jaime Siles y dirigido el proyecto de Diccionario de Autores Valencianos contemporáneos de la Biblioteca Valenciana. También ha ejercido de gerente de la Editorial Anthropos-Siglo XXI y, actualmente, dirige Calambur. Después de pasar unos años en la Universidad de Pennsylvania vuelve a su puesto de profesor de literatura en la Universidad de Valencia Este volumen que presenta en Takara es una antología de poesía amorosa que incluye textos de Cuando sólo queda el silencio (Ayto. de Mislata, 1999), Caso perdido (Renacimiento, 2009),  Contexturas (Renacimiento, 2013), Desorden (Valparaíso, 2105), (In)verso (Calambur, 2017) y está incluido en la antología El Canon abierto, (Visor). El gran Jaime Siles hace el prólogo. Advierte sobre el peligro de la poesía amorosa, demasiada sinceridad y poca poesía. No corre peligro.
                Jaime Siles aporta alguna de las claves de la poesía amorosa de Sergio Arlandis cuando señala que “la carne convertida en símbolo” (p. 11). Estos son poemas sobre el deseo y sus máscaras, sobre las relaciones y los sueños compartidos, en los que la literalidad corre pareja a la piel y a los sentidos. Ha preferido el autor una organización de los poemas en torno a los núcleos temáticos en lugar del cronológico. En la primera sección, Tu pronombre vibrando en mi boca, se encuentran poemas en los que se puede rastrear una complicidad con la lírica tradicional de la Edad Media, como en Anunciación de la Carne o  El mismo banco (“Cumplida la hora, he caído de nuevo / en esta tentación perpetua / que en el vacío”) y la atmósfera místico-religiosa (“Cuando no tengo más pecados / para llenar con nombres”, Pigmalión; “Esta extraña avidez de entrar / en la erguida llanura de tu piel. / y hundir la boca / sobre tu carne”, Cardenal Pagano). También revolviendo el tópico del amor como campo de batalla: “Te declaro esta tarde / una guerra sin muerte, / boca con boca: / el vino servirá de sangre. / También haremos carne del espíritu” (Amor a media tarde); “… Te recorro, cómplice / de tan imprecisa táctica para ganar tus labios” (Estrategias de madrugada); “Conquistado el agudo  puente / de la aguja, el amor / hará sobre nosotros sus encajes” (Encajes).
El amor como viaje es otra de las metáforas, un viaje en el sentido temporal y vital (“No quiero que la luz nos descubra prófugos de su centro / porque ya he quemado las naves”, Gramática nocturna) y en el sentido geográfico en el que coincide en sensibilidad con la gaditana Rosario Troncoso en el poema Deseosa (mente): “Ahora que amanece, / al vestirnos sabemos / que no existen caminos de regreso / en los mapas trazados  / en solitario”.
                La dulce comunión del beso (Génesis) que es inevitable asociar a Catulo, “Hagamos ya el amor / que no nos engañen más los besos esta vez” (La urgencia). Y con él las referencias a los modelos clásicos: “… Rota ya la calma / del paraíso, / basta adorar la luz que nos deshace" (Locus amoenus).
Arlandis juega con el vocabulario métrico como metáfora (Métrica silenciosa). En Poema de amor (“Déjame que te escriba, / déjame que en ti avance / como una vena / sobre los hombros”) los utiliza con la misma soltura y coherencia que dotándolo de aura divina (“Como un dios agoniza / en su muerte, y aun así / anunciar una llama”), porque en el fondo son la misma cosa: “… ante un verbo / que, sin voz y sin ti / en su eco, / fuera solo carne” (Poema de amor).
La segunda parte tiene la forma de Suite. Desarrollando la idea de las máscaras como la explicitación de cada uno de elementos contradictorios que conforman la identidad, poliédrica y contradictoria identidad: “El vals, sí, este vals es otra máscara”. Porque el amor trata de la confrontación de identidades: “Aún ignoras que vivir en el otro / no toda más verdad” (III); “hablo hoy en nombre de todas tus sombras: / no lo sabes, pero regreso porque / quiero bailar sobre la piel rosada / de una sonrisa que no expire nunca” (IV); “La vida es un recuento de tus cuentas pendientes” (VI).
No abandona el uso de lenguaje como símbolo en sí mismo: “Mira que nada tiene más sentido / que un pronombre vibrando en otra boca” (VI); “Leer es un gesto de perdón. / Recuérdalo siempre que duermen” (VIII) que posee un tono que recuerda al de los inicios de Felipe Benítez Reyes, el de los murmullos de la escuela neoplatónica.
El encaje entre el amor y la pasión, la carne y el espíritu adquiere en la poesía amorosa de Sergio Arlandis un lugar esencial porque se va extendiendo hacia los elementos que se integran en el amor, como la memoria, la nostalgia, la monotonía o la soledad: “La memoria es solo el crujido / de las cuerdas vocales hacia adentro /…/ La soledad no se evita hablando, sino oyendo” (IX); “Es impura la mentira / del regreso, pero también dulce, como el vals” (IX)
Percusión de sombras es la tercera parte donde se aprecia un aire más cernudiano: ¿Qué amor viste los cuerpos, / cuando nos desnudamos / para zurcir las sombras?” (Atuendo de incertezas). También es el apartado más heterogéneo desde el punto de vista formal. Hay un relato (Una historia de amor en tiempos de crisis) y poemas de diferente longitud.
El idioma del amor es, si hacemos caso de estos poemas, también música: “no solo mi silencio te persigue: /esperando que el juicio de los ojos / vengo afilando el tiempo” (Elección); “Tu piel es una caja de música que gira / entre paredes si la abro. Qué lógica / tan frágil tiene tu boca cuando acaba el día. / No sé si hacerte / el amor entre deslices de las manos / o dejar que la vida / nos deje descansar tranquilos. / Nadie espera ya de nosotros / otra digna manera de morir sin venganza” (Venganza). La música que siempre asociamos a la felicidad: “Cierto que el fuego / solo muero feliz con otro fuego” (Resistencia)
Las siguientes partes incluyen otra Suite con los primeros poemas (“Vino la noche vestida de mujer, / a decirme / que la muerte anda lejos / de mi puerta”). Continúan con Las líneas de las manos donde la comunión de cuerpos y almas se explicitan en el marco de una realidad que se repite y renueva: “Suenan muelles que de tan viejos / renacen sobre el tránsito / final del día /…/ y sin dejar más rastro de vida, /huye / hacia la boca que no besa” (Amor compartida). Ir y volver, instantes de la marea: “Qué silencio me dejan” (Percusión); “¿Hiere la ausencia / o el destino de sus caricias?// Escribirle estos versos / a medianoche / es un acto de cobardía” (Razón Celada).
Por último, Náufrago a destiempo, incluye una breve selección de aforismos: “Siempre es más sensible el corazón cuando duerme”; “¿Y dónde va el amor que no hacemos?”; “Que tu gota colme mi vaso”; “Que se nos crucen más los cuerpos que los cables”. Sentido del humor y sentido de la oportunidad, el manejo en la destilería del género breve para un sentimiento intenso y fundamental.
                Vibración de sombras es una antología parcial, sólo de poesía amorosa y aledaños, pero es también un cebo para continuar con el resto de la valiosa obra de Sergio Arlandis. Una oportunidad para revisar con otras perspectivas poemas que ya conocíamos. Así, como cuando vemos una habitación reflejada en un espejo, podamos descubrir una nueva perspectiva de la poesía y del amor cuando veamos los elementos dispuestos en otro orden.

domingo, 23 de febrero de 2020

La fuerza del humor


He leído en el último volumen de los diarios de AT que el humor es de derechas. Igual tiene razón. Es un lugar común decir que el humor tiene un potencial revolucionario. Se le otorga un poder muy serio, tanto por parte de detractores o de defensores. Las polémicas de los llamados ofendiditos se basan en la suposición de que las palabras tienen la capacidad de hacer daño, o, como poco, la de perpetuar los estereotipos. Es también un lugar común durante los carnavales resaltar la capacidad de crítica hacia el poder. Esto, además, con el recurso a la autoridad de Mijail Bajtin. Según las tesis del teórico ruso en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento (1941), la cultura popular del carnaval es un enfrentamiento contra la visión del poder sobre la realidad. El bufón era, según se dice, el único que podía enfrentarse al Rey con la crudeza de la verdad.
                El caso es que tanto el carnaval como el bufón eran tolerados por el poder. Eso debería darnos una pista de la función social de la burla. El carnaval es la ritualización de la sátira y la crítica. Durante unos días concretos se permite bajar a los poderosos de sus pedestales y ser incluso crueles con ellos. Durante las fiestas de santa Águeda en muchos lugares se produce la transgresión y las mujeres se hacen con el mando. Durante un tiempo muy determinado y con normas y maneras muy específicas.
                Si el humor es tolerado es porque se hace bajo unas condiciones muy delimitadas. Quizás, se me ocurre, que esta forma de entenderlo es una estructura mayormente conservadora. Se permite la transgresión para que la norma permanezca, como decía Bataille del erotismo. El humor del carnaval no es la revolución, no viene a cambiar la autoridad, ni siquiera a cuestionarla, sino a hacer un simulacro de revolución para que el resto del tiempo las cosas continúen igual. Numerosos casos, como el de Teófila alcaldesa de Cádiz, que acumulaba innumerables críticas todos los años y continuaba en el poder con los votos de los gaditanos, muchos de los cuales, seguramente, habrían coreado con gusto los versos que la castigaban. Hace algunos años me contaba un compañero que había intentado contratar a una chirigota muy combativa para un acto reivindicativo pero se negaron porque decían que no era el lugar, que no querían polémicas.
                Me da la impresión de que los debates sobre los límites del humor tienen que ver con una sobredimensión de los poderes del humor en el debate político y social. Hay un antiguo refrán que dice que cuando el sabio señala al cielo, solo el tonto mira al dedo. Y es eso, creo, lo que sucede en este debate. Comenzamos a ensimismarnos con el dedo, con las fuerzas que lo dirigen, con el supuesto poder que maneja, mientras olvidamos que lo importante es a quién señala. El humor puede ser de signo conservador si sigue criticando a quienes están marginados o excluidos. Un chiste de gangosos no es solo políticamente incorrecto, es soez y humillante. Un chiste sobre la virgen puede ser políticamente incorrecto porque puede herir la sensibilidad de los creyentes, puede ser soez pero contiene un elemento de crítica social hacia un grupo, la Iglesia, que demuestra su poder aun hoy en la sociedad cada vez más laica.
                Quienes defienden que el humor es revolucionario sacan a colación los empeños de los dictadores por prohibirlo. Como Franco eliminando el carnaval, que quizás tuviera tanto que ver con la imposibilidad de crítica como con la peligrosidad de tener a miles de personas disfrazadas. Es posible también que poniendo la libertad de expresión tan limitada, situar el campo de lucha en el humor distraiga del verdadero objetivo, cuestionar una dictadura con argumentos serios.  Sin embargo nos sentimos muy comprometidos cuando leemos chistes críticos, cuando vemos caricaturas de los poderosos y las compartimos y hacemos ver cuán equivocados están todos los gerifaltes y cuánto sufrimiento están haciendo. Un poco como hacíamos con los cantautores-protesta.
                También nos sentimos superiores cuando vemos los me-río-porque-es-verdad (concepto que intento poner el en tapete). Son los humoristas o monologuistas que consiguen arrancar la carcajada simplemente repitiendo los estereotipos que todos conocemos, haciendo explícito lo que todos sabemos. El típico cantamañanas que defiende las bondades del campo, el poeta que no hace versos sino sentimientos, o la madre que encuentra las cosas que no vemos y están delante de nuestras narices. Los blancos de la crítica son ellos, los otros y un poco también cada uno de nosotros y por eso nos reímos. Pero poca capacidad de cambiar el mundo.
                Esta es una lección que han aprendido bien los populistas de ultraderecha, comenzando por Donald Trump. Por cada comentario sarcástico que se hiciera por parte de un cómico demócrata unos cientos de votos caían en su cesta. Uno de los millonarios más descarados de los USA conseguía no solo la aprobación, sino la identificación de millones de americanos que no escapaban de la pobreza ni con trabajos a jornada completa. La llamada basura blanca, que se ha sentido diana de las críticas de la izquierda progre que ha ido asumiendo los postulados anticolonialistas y antirracistas y divulgado un mensaje que aparece como anti-blanco, anti-varones, antiamericano en suma. Esta es la estrategia de Abascal y compañía. En una política gamberra en la que caben cualquier tipo de declaraciones por muy aberrantes o falsas que sean. Provocan la burla de Wyoming y de muchos memes, que no hacen sino campaña a su favor. De ser un grupo marginal a suponer el apoyo para el gobierno de varias Comunidades Autónomas.
                El humor no tiene la capacidad de derrocar gobiernos, ni de acabar con dictaduras, ni siquiera con hacer que seamos conscientes de las injusticias. A lo sumo, el humor puede bajar del pedestal a gente muy soberbia y pomposa, señalando, como el niño del cuento, que el emperador está desnudo. Pero, como recordaba Andersen, el emperador siguió andando como si no hubiera escuchado al niño y los demás súbditos siguieron fingiendo ver lo que no estaba. Todo queda como estaba.
                Además, ¿a alguien más no se le escapa que la mirada humorística pero entrañable sobre personajes como el inefable Torrente, del que parecen no distinguir la caricatura de la admiración; Mauricio Colmenero, el despreciable racista y clasista de Aída; o el deplorable Antonio Recio Matamoros de La que se avecina han participado de un blanqueamiento de la figura del xenófobo y racista? Son personajes detestables y aun así, adorables, con mucho tirón mediático, una caricatura que hace menos terribles sus palabras.
                Aun así hay límites, como la polémica de la chirigota Aquí estamos de paso, en la que se ironizaba con los llamados capillitas. El director de la chirigota ha sufrido las represalias y lo han expulsado de su cofradía donde estaba de costalero. Quizás no sepan que el mayor desprecio es no hacer aprecio, o que quieren que siga constando quién manda en realidad, tanto en el cielo como en la Tierra.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Reseña de José Iniesta: ‘Llegar a casa’. Renacimiento. Calle del aire. 2019


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“Que ya solo en amar es mi ejercicio” es la cita de San Juan de la Cruz que abre el volumen y nos avisa de una colección de poemas en las que el amor –no necesariamente de pareja– va a ser el protagonista. La actitud vital del poeta es lo más similar al Jorge Guillén en Cántico (no podemos dejar de ver un guiño en el título de su primer libro, Arder en el cántico). Una actitud de asombro y de agradecimiento en los detalles más cotidianos que nos circundan: “Hay días en la vida que nos salvan. / Apenas basta el sol en nuestro rostro, / un árbol deshojándose en un patio, / la brisa acariciando nuestra piel” (Alcance y unión).
Después del soberbio El eje de la luz, el cronotopos propio se reduce, se centra, apelando a lo más cotidiano, al hogar: “En torno de la mesa qué aventura / servir a mi familia el pan reciente, / repartirlo en la cena con mis manos. / De golpe todo significa algo más. /…/ Hay actos que traspasan su sentido / en este viaje extraño al desconocimiento” (Dar el pan). Como señalaba Gaston Bachelard en la Poética del Espacio, la casa es el espacio de la intimidad, y también de la comunión, de los que comen juntos, de los que respiran juntos. “Dejé mi casa atrás para perderme”, nos confiesa en Por los arenales y “Salimos de la casa, a la intemperie” en Una mirada sobre el mundo.
La tarea de la escritura se realiza materialmente en la casa, que puede ser cárcel si solo es escritura y no vida: “¿Y qué sentido tiene estar aquí, / ahora/ … / ¿Por qué buscan los versos que me roban la vida?” (La cárcel de un poema)
La casa no son solamente los muros y la techumbre, la casa es quienes la habitan y así encontramos emocionados poemas a su madre, “origen de la luz” o poemas donde se celebre “el suceso increíble / de existir a tu lado” (Dudas y certezas). La casa es lo doméstico, lo controlado, el refugio mientras que lo salvaje queda para el instinto y los peligros: “¿Qué selva atravesamos por amor / para ser del amor / para ser toda selva / en este temporal de furia y ruido” (La selva del amor). La voz de la carne se alza en poemas como El sueño de las certezas, La noche de tu piel. “Ya todo es abundancia por tenerte, / y al ardor en el fuego de los años / acaricio los cambios en tu rostro / y hago mía en la noche de tu piel / la amante sucesión de tus abrazos” (La noche de tu piel); “Puedes entrar aquí, hasta la alcoba / que sabe del silencio de mis noches” (¡Oh, noche desvelada!).
Para José Iniesta la casa es el punto de partida, la referencia inicial, el refugio seguro: “No sé quién soy ahora en este centro / vegetal que rodean, ciertamente, / los miedos y la tapias, y mis dudas. / Se confunde mi ser / con las cosas que miro / tan plenas de belleza que hacen daño” (Amanecer en el jardín). Por mucho que procure olvidar los miedos (“Tal vez sea lo mismo / dentro y fuera”, Una mirada sobre el mundo).
En el “júbilo sencillo” siempre resonará Jorge Guillén: “Qué ilimitado todo y qué sentido” (Un aroma doliente), aunque podemos encontrar una veta muy cercana a Juan Ramón, como en “preguntas a un granado”, que trata el Y yo me iré… Más sonidos que resuenan, dentro de la poesía más clásica, como las moscas machadianas (El vuelo de las moscas) o el gran Sam Cooke “Yo no sé muchas cosas, es verdad”.
Una especie de mística que trasciende lo meramente cristiano atraviesa los poemas, “Cada noche converso con la vida” (Piedra y vida), como Chris Bell en I am the cosmos. Es una mística sencilla que se alimenta de los lugares pequeños, de los sucesos minúsculos, que tan grandes son en la vida: “y aquí te encuentro a ti, piedra pequeña, / tan viva en el misterio del camino, / donde toda la luz en tensa calma, / con su antiguo dolor, / nos habla, me concibe” (Piedra y vida). El poeta se funde en el universo, “Ya no me pertenezco, / soy del mundo / ahora que soy tuyo y de tu boca / abierta al entusiasmo de ser beso” (Salvación); “Lo que queda del yo se desvanece, / y es tanta hoy la luz sobre los álamos” (Junto a los álamos); “Estar en el sillón sin hacer nada, / y no obstante sentir que somos vida / al ver por la ventana de la tarde / un cielo gris acorde a la tristeza “(Un día gris)
José Iniesta sabe manejar con soltura el ritmo y se encuentra cómodo en la alegría tanto como en la nostalgia: “que la tristeza hermana nos consuela / con el más dulce daño: // la conciencia del ser / y estar viviendo / en los adioses, / el amor que sí somos en el mundo” (La rosa de la tristeza). Y aspira a elevarse sobre lo cotidiano, sobre los objetos (“Aprende del misterio de ser nube”, La enseñanza de las nubes). En ese momento se detiene y valora, se reconoce en el mundo y reivindica la sencillez de la alegría: “No anhelo nada más. Todo lo tengo / pues tu presencia es vida y justifica. /… / No es destrucción el tiempo, lo perdido. / Permanece en nosotros / la vida que se va, / y hoy somos la familia de la vida” (Esencia familiar); “Huele la casa a ti. Está cantando / tu conciencia descalza a la alegría” (Una llama sin humo); “Mirar y ser mirado, nada más” (Una noche contigo)
Celebración es uno de los conceptos claves en la poética de Iniesta, ya sea refiriéndose a lo que pueda ser “El insensato amor bajo los astros” (La luna y los pasos); al placer de las distancias cortas (“Estamos para ser unión y lejanía”, Paseo por la sed; “Estoy llegando a ti, / ya no soy nadie, / y al calor de tu cuerpo llega el alba / en este abrazo libre a su anarquía”, Noche de San Lorenzo); “Hay algo que claudica de nosotros: / un barro que se agrieta sin remedio / y que es celebración” (Al lado del amor). Celebración de la vida, celebración de la belleza, “La belleza robada a la devastación “(Amanecer de diciembre). Celebración de lo infinitamente pequeño: “Lo que aquí sé / no es nada. Tu alegría / abraza mi ignorancia, voy completo” (El aprendiz de nadas) y del instante ínfimo: “Hoy todo está ocurriendo en el minuto / donde tocar mi frente con tu mano / debajo de esta rama, // debajo de esta rama / donde pasa la vida” (La entrega); “Ahora no es ahora, y mis palabras / celebran la ignorancia de su canto /…/ me arrastra, desde cuándo, / con qué fuerza, / al fondo más sereno de la felicidad” (Hijos en el mar).  Porque “Yo no renuncio a nada. Soy la vida / que comienza al final / su viaje verdadero” (El viaje verdadero).
“De la luz a tu luz, y ser lo oscuro.
De la vida contigo y los caminos
en la noche poblada de silencios,
¿qué me queda, mi bien,
                                               sino ser a tu lado
la escritura desnuda en el papel,

la verdad de la lumbre que resiste
en medio del invierno
                                               y el saberme
en esta oscuridad que nos expulsa
la claridad adentro enamorada?” (Extrañas posesiones)

domingo, 16 de febrero de 2020

Desconfianza final 5


El apocalipsis se acerca, lo sabemos, aunque actuemos como si no fuera a llegar nunca. Lo mejor de atender a las noticias es que con el sofoco puede que se acelere el final y ya no te tengan que preocupar ni tu pensión ni el coronavirus de Wuhan, ni las barrabasadas de los políticos gamberros y los cínicos. La cuestión es que un día moriré. Pero solo moriré un día, para el resto tengo que estar respirando y atendiendo a estas cosas.
                Supongo que me estaré volviendo tan paranoico como los que ven en este gobierno un agente social-comunista patrocinado por narcodictaduras.
                No estoy informado plenamente sobre los coronavirus en general ni sobre esta epidemia en particular, pero sí que estoy sorprendido de ver cómo van ocupando espacio en las noticias. Y, como estoy un poco suspicaz, atiendo en oleadas. Las primeras hablaban del coronavirus en una región de China con el mismo tono apocalíptico que se usa para una tormenta (las que ahora se llaman DANA). A medida que pasaban los días, el virus se tornaba más presente. Los primeros contagios fuera de China.
                La segunda fase es la de la xenofobia desatada. Muy interesada, por supuesto. El coronavirus ofrecía una coartada humanista al rechazo. Uno sospecha de que hay gente que respira aliviado cuando puede desconfiar del prójimo con una razón razonable. A las personas no nos gusta sentirnos malas personas. Y los nacionalismos tienen su repercusión económica en la guerra económica entre Oriente y Occidente.
                Paralelamente esta fue la fase del espectáculo, la de la admiración mundial acerca de la capacidad de construcción del país cuya Gran Muralla se puede ver desde el espacio. Un hospital en diez días. Y los chistosos comentarios para acabar la Sagrada Familia el viernes tarde o el sábado. El ser humano no puede estar alarmado todo el día y siempre se puede sacar el lado bueno. Y en este caso son las empresas españolas que fabrican mascarillas y que están haciendo su agosto.
                Tercera fase. La exageración. Ahora comienzan a surgir como caracoles tras la lluvia todas las estadísticas que desacredita la emergencia. No es más que una gripe un poco más virulenta. Se están tomando medidas demasiado histéricas, que por el número de casos y su mortalidad no hay para tanto. Que si estamos montando un gasto desproporcionado de dinero, atención y medios. Y no es para menos, que los repatriados son instalados en una planta del hospital militar Gómez Ulla después de llegar escoltados por más de diez vehículos de la policía nacional y la guardia civil.
                Inciso. Aprovechamos todo esto para atacar al contrincante político con esta excusa.
                La contestación viene de la mano de contrastar este coronavirus con la mortalidad de otras enfermedades a las que no prestamos atención. Desde la desnutrición por la guerra del Yemen, al Dengue, Zika, malaria, o accidentes laborales. No digo que no tengan razón, sino de que me escama lo organizado que parece todo. Son, somos, agentes individuales interaccionando de manera tan precisa como un reloj de los antiguos, de esos que parece mentira que aún sigan dando la hora.
                Y llega la catástrofe del Mobile World Congress. La decisión de una empresa arrastra a otras, a muchas hasta que la organización decide cancelar el evento por causa mayor. Una manera muy estudiada de evitar las indemnizaciones. Sin embargo, hay que ver cómo unos pocos días pueden arruinar a una ciudad como Barcelona y a tantos trabajadores, hosteleros y empresas de taxis o escorts.
                Porque esto no va a parar aquí. Ya hay fábricas paralizadas por la falta de suministros provenientes de China.
                Por cierto, ya no es el coronavirus, ni el virus de Wuhan, ahora es el Covid-19. Así es como lo denominan los medios de comunicación públicos, al menos a finales de esta semana.
                De las lecciones que aprendemos está la de la globalización. No ya es un efecto mariposa, es un pangolín. También de lo importante que son las medidas que ejercen los estados a la hora de encarar las distintas facetas de las crisis. Ahora se está cuestionando la manera en la que China está resolviendo la emergencia médica tanto como su transparencia informativa. Tantos frentes abiertos.
                Lo que me llama la atención es que parece un vaivén. Asustamos con el fin del mundo para que, a los pocos días, tengan que aparecer otros discursos que relativizan, minimizan o desdeñan la crisis. El pánico se rebaja, pero, antes de que se rebaje la tensión demasiado, aparece una nueva vuelta de tuerca para que sigamos asustados del mundo de ahí fuera. Siempre discursos plurales, para que se pueda disentir estando de acuerdo. Es una estrategia que parece calcada de unas crisis a otras. La tenemos bien estudiada con el cambio climático.
                Para enfrentarse al cambio climático están los negacionistas. La barrera última que niega cualquier cambio del clima. Luego están los que pueden admitir un cambio climático, pero no culpa del hombre. Paralelamente, los que dudan del cambio hacia el fío o hacia el calor. Todos estos negacionistas acusan a los científicos de estar manipulados por la ONU, que debe ser una especie de red mafiosa, un poco como la del Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato. Quizás, dicen otros, exista el cambio, pero ni es tan malo ni tan urgente.  Llegamos a los tibios, a los que les preocupa, pero no toman medidas personalmente para atajarlos. Entre estos se puede enzarzar una buena dialéctica entre distintos cinismos. Los que son cínicamente hipócritas y pregonan el ecologismo y no lo practican, y el cinismo de quienes no lo practican y acusan a los primeros de hipócritas.
                Luego llega el postureo climático y las estrellas del cine, la televisión, la cultura y las celebrities ad hoc. Un caldo de cultivo perfecto para el tertuliano común que se entretiene mirando el dedo mientras que Greta Thunberg señala la capa de ozono. Hemos conseguido una movilización permanente para no hacer absolutamente nada. Conseguimos asustarnos y no cambiar un ápice. Un estado de pánico perpetuo y de conformidad eterna.
                O quizás es que esté demasiado suspicaz y desconfíe de tirios y de troyanos.
                O quizás siga un poco tocado por la gripe.

jueves, 13 de febrero de 2020

Reseña de Mariano de Hossorno: ‘El maestro y Margarito –contra toda enseñanza–‘. Ojos de río. 2019


Mariano de Hossorno es, podríamos decir, un poeta secreto. Un artista que se ha ido camuflando entre los nombres y las obras, entre las palabras, las imágenes, las intervenciones… Un artista total y un sabio. En El maestro y Margarito Mariano, el autor, es ese discípulo ante su sensei y es, también un sensei socarrón heredero de muchos episodios de Abel Martín. Una espiritualidad por encima y por debajo del hombre, una búsqueda y un camino entre las trampas del lenguaje y de los sentidos que, a fin de las vueltas nos han hecho desconfiar de ellos para ofrecernos la realidad desvelada: “Estaban el dios de la misericordia y el dios del hambre. / El dios del infortunio y el dios de la generosidad. / El dios de las sombras y el dios de la clarividencia. / El dios de la piel inmaculada y el dios de los tatuajes /(que hacía de demonio / febril, / travieso, / melancólico). /…/ Hombres, los llamaban al despedirlos, / conforme lo tenían todo perdido”
En un homenaje evidente a Buljákov Mariano Hossorno reflexiona sobre cualquier enseñanza. Es el tiempo de la libertad para los que no reconocen amo ni aún el propio yo: “El Padre es un nombre –dice el Maestro Halfon en el libro. / El nombre de El innombrable –le ofrece el Maestro Beckett / por subtítulo”. Cuanto más, por supuesto un Yo supremo que es a la vez Padre e Hijo (“Que dios sea para que nadie ocupe su lugar –está escrito /…/ Un día habrá un hombre en el lugar de un dios, / mas solo cuando dios así lo quiera”). Una empantanada lucha contra esas enseñanzas sagradas y morales: “La semejanza nos redime de la culpa, // Es así que el hombre mata por costumbre, / a la vez que en entregado a la muerte por los suyos”
La metáfora básica de la enseñanza no es la imitación, es el camino: “No busque que vaya contigo, / a tu lado, / como un amigo. // –El Maestro no quiere que Margarito pueda ver en sus ojos las amargas firmas de la edad ni de la duda”. Un viaje caminando, a pie, a escala humana, por eso, “La forma correcta de talar a un hombre es por los pies. /¿Cómo, si no, voy a seguirte, Maestro? –le requiere más asustado que fiero. / ¿Cómo, si no, van a dejar de seguirme? / –le responde el eco que barre las huellas del camino”. Continúa el Maestro, “Dios hizo las manos del hombre para estrangular al hombre / ¿Tendrá los pies en su sitio un dios inamovible? / Dios le dio pies al hombre para huir del hombre”.
Este es un libro sentencioso sin ningún tipo de presunción: “Y el Hombre miente por tres veces. / Miente ante su madre. / Miente ante el espejo. / Miente ante la muerte”. El paso del tiempo, la huida de la muerte, el ser-ahí, “Y a lo suyo, iba matando el tiempo / igual que se mata a un enemigo / muy querido”. Son una serie de relatos del hombre que se cuestiona. Este es un libro sobre la sabiduría en la que se desconfía de la enseñanza, “Desconfía de aquel que llama a la luz su aurora”.
Un pensamiento, el de Mariano de Hossorno, que debe mucho a Nietzsche, en su radicalidad, en su sospecha sobre el lenguaje, en su rechazo a cualquier forma de modelaje: “Atado a la muñeca de su amo, / será el perro quien saque al hombre / de su pronto desconcierto. // ¡Cómo se desilusionará cuando lo sepa!”. Y, a la vez, es un poeta consciente de sus propios miedos y de sus propias trampas: “Se devoró el hombre a sí mismo / –en esas fechas tan tempranas – / como la hembra religiosa devora / al macho que se adentra en su mecanismo”. Otros maestros son Jabés o Maillard. Al menos, son los explícitos.
Más que sobre el aprendizaje, este es el territorio de la enseñanza, de la labor del gurú al que se le supone guía en cualquier aspecto o situación, desde lo más concreto a lo más sublime. Y es también un anuncio de la relación entre discípulo y maestro, “El saber es como el amor / (hubiera podido explicarse el réprobo) / crece en ti al igual que el pelo y las uñas. / No hay mérito en ello, que yo sea/ (Al Maestro no le disgusta la actitud desvergonzada de su pupilo)”. La relación tiene mucho que ver con la del Padre, y Mariano de Hossorno conoce bien el Antiedipo: “(Es así que los hombres piensan en la maestría de los Maestros como en un grave desaire que se perpetúa en el hijo y el poema)”.
Los contenidos no son materia banal como no lo es el hecho mismo de la transmisión de sabiduría: “La piedad que se agita en el corazón de los hombres, / y que le emparenta con las bestias más antiguas, / no está en el corazón roído del hombre. // En eso no, no son iguales”. En el fondo, “Poco sabe el hombre del alacrán y de la víbora, del ciempiés y de la avispa. // Mas conoce bien de sus venenos y lo aprovecha”. Tomemos nota
La segunda parte, Sobre el libro, pone el foco en la diferencia entre el maestro hombre y el maestro libro. Como se puede dialogar con los que no están presentes, la consabida farmacia de Platón (en realidad, siempre supimos que era de Sócrates porque Platón robaba las drogas del botiquín de su Padre). En el maestro-materia, “El vacío. La espera. El olvido / de una página en blanco donde, desde hace tanto tiempo, / también los forasteros se precipitan”. Entre las páginas, “En las orillas del libro / merodean las alimañas / y los hombres que las cazan / para comerlas. // Ya apenas se los distingue. / Su parecido es tan grande / como el que entre sí se guardan los minerales”. El poeta sabe, como el Maestro sabe, como Margarito sospecha que, aunque “En las palabras del libro / encontramos la verdad / que nos salva de su acecho: / es un delito / el contacto con los hijos / de las bestias. / La piedad / hacia la bestia sería / el fin del libro”, siempre supimos “Mas las palabras del libro resultan engañosas / Son turbias, arenas movedizas / bajo su apariencia plana / para el viajero que no lee sino lo que está escrito”.
Conocemos de sobra que “El viaje hasta el libro les fue largo y tortuoso / –algunos perdieron la vida en él / pero de ellos nunca se habla – / En su recorrido se vieron envejecer”. Y conocemos que cualquier acto de cultura es un acto de barbarie y “El libro está escrito sobre la piel arrancada al cuerpo de las hembras”. La codificación moral no ha estado exenta de lucha y de contradicciones, “El motivo de la discordia fue: / un trozo de pan / y una aceituna. // (Nadie pensó en el hambre que traían los contendientes /…/ (Entonces éste dijo: la rabia, y no el hambre os enfrenta) / …/ ¿Cómo saber dónde se oxigena el odio?/ La asepsia con que se ha de escribir el libro nos lo impide”.
Las relaciones se nos antojan simplemente una metonimia, el todo está contenido en cada una de las partes: “El Maestro y Margarito. / El Hombre y el Tiempo / El libro… / Son ya el testimonio de los turbios anhelos que adornaban a un dios inmisericorde. / Un día de cuyo pecho manaba leche negra, recalentada, / con la que supo agriar el carácter de los hijos / que pese a sus esfuerzos en contra le sobrevivieron: / Sumisos a su voluntad”. Este poemario sabio se llena de ironía porque la