domingo, 28 de enero de 2024

Reseña de Maeve Ratón: ‘Ciudad Palabra’. BajAmar. 2023

 CIUDAD PALABRA | MAEVE RATON | EDICIONES LA CRUZ DE GRADO | Casa del Libro


Maeve Ratón (Zamora, 1979) lleva publicados Al son de edades (Celya, 2008), Arritmias (Instituto de Estudios Bercianos, 2012) Los peces del duelo (Evohé, 2016) y Memoria de la carne (Evohé, 2017). Obtuvo el segundo premio del XXXIV Certamen de Poesía Gabriel y Galán en 2019 por su obra La desarmonía del vínculo. Su única novela hasta el momento escrita es La ciudad del poeta (2014).

Ciudad Palabra está compuesto de varias secciones. En la primera, Tiempos, encontramos poemas no solo sobre el transcurso de momentos (“La noche ha sido atajo para llevarte al mar”, Salacia Aestus; “Afortunadamente sucedió / algo que cambió el rumbo / de lo que parecía previsible”, Baile original). Otros van retratando las etapas de la vida: “Ver tu niñez de esparto en otras suelas / que, ocupadas por niños nuevos, hinchan / los pechos de sus madres primerizas” (Etapa prenatal); “Hallamos el milagro porque fuimos / tan solo primavera / aquella tarde” (Etapa de la infancia); “Todo lo que sostiene / el cielo es tuyo: / este insecto, esa nube / aquella luna” (Etapa de la adolescencia); “A medida que creces, te conviertes / en un bello mosaico al que regreso / empuñando herramientas de metal” (Etapa de la adultez). Para terminar con el Baile último: “Amemos la escultura que nos une, / su limitado espacio, la gran boca / que esclaviza el origen del que siembra / huesos en los maizales”.

La siguiente es la homónima, Ciudad Palabra. La poeta zamorana reflexiona sobre la labor poética: “Sé la palabra misma, / su condición efímera: / eco de nuestro peso / intermitente” (Palabra); “La verdad permanece a eso impronunciable” [Palabra (dicha)]; “Solo a tiempo el poeta pide luz” (Himno). Funciona como un manifiesto , tanto en su versión de combate, podríamos decir (“Es preciso quedarse en la ciudad Palabra”, Ciudad Palabra) como en un pronunciamiento a favor de la comunicación: “Escucho la palabra / que no dice palabra; / su intermitente voz / perdura en los objetos. / Y en aquello que nombra / más allá de lo inerte: / sé préstamo de vida; / para luego el olvido; / para siempre el silencio” (Escucho); “Solo desde el lenguaje / hay conciencia del mundo /…/ Nombremos el horror; / para luego callar, / guardar silencio, / desde la sepultura”. Y aunque sugiere contra el fetichismo (“Todo lo que sabía de la muerte / era solo palabra”), no dejamos de admirar la capacidad del poema para definirnos: “La poesía dice: / recopila los yoes / en todo cuanto calla” (Psicología vs. Poesía).

Presencias, que es la tercera sección funciona como contrapunto a la última, Estructuras. Son ambas caras de lo individual y lo colectivo. En la primera vemos el yo poético en primera persona, tanto cuando conoce lo externo (“Existe una revisión / de realidad / que siempre está dudando de sí misma; / en el lugar perfecto: el preferido / de mis luces y sombras”, Existencias), como el interior (“En las innumerables decisiones / que tomamos se encuentran la acertada // En el resto de opciones / aprendimos a ser / nosotros mismos”, Aprendizajes), como la ausencia (“Otra vez el dolor / te ha vuelto ausencia”, Ausencia). Maeve Ratón fija su mirada en lo cotidiano como una especia de milagro: “La mansedumbre: flor / que nace del aire / y embriaga de vida / permanece en silencio” (Mansedumbre);  “Bajo la claridad te desvanece. Posee / la inconsistencia propia de los ángeles” [Inconsistencia (en ti)]. Y se dirige hacia el tú como una pérdida: “Creímos que el amor / será suficiente” [Inconsistencia (en nosotros)].

La última parte, Estructuras, podríamos decir que cuenta con los poemas de mayor vocación comunicativa, más social: “Santiguados, los hombres / parten hacia la guerra” (Suelo). No significa que sean poemas combativos en el sentido de la llamada canción protesta, sino que tienden a ser una descripción de lo que de humano tienen las relaciones: “Todo cuanto está escrito / es un conjunto de signos / de los que formas parte” (Conjunto).

Diálogo, es, en cierta forma, el deseo: “Ser luz, nuevamente, / desprovista del hábito opaco de la carne” (Volver);  “Ser el agua que arroja / su sed contra la orilla” (Canon). Diálogo es mirar al otro y sentir su ausencia: “Es verdad, todo ocurre mientras duermes /…/ Que esta muerte disponga / de efímeros insectos a su paso” (Mientras duermes). Diálogo es comprobar la humanidad como género: “La belleza del hombre / que finge su reposo / con ayuda del sueño” (La vida es sueño).

Cierra el volumen un posicionamiento vital de rebeldía: “La consciencia / del límite es real /entre el estado anárquico del ser / y aquella dictadura / en que gobiernan” (Techos). Maeve Ratón emociona con un lenguaje contenido, un equilibrio entre lo más íntimo y lo reflexivo frente a la capacidad de observación y al sentido de la labor del poeta.

domingo, 21 de enero de 2024

Reseña de Antoni Sanchiz: ‘Lobos que miran desde los pies de la cama’. Boria. 2023

 blog - Boria Ediciones


Antoni Sanchiz es administrador de sistemas de TI y publicó en 2010, Depósitodeversos.  También tiene obras de poesía visual, plaquettes y participa en revistas, sin embargo, prefiere un “verso en vivo”. El prólogo de Carlos S. Ohmo Bau señala que “Estamos ante un enorme canto. Un enorme canto a la pérdida y, aunque pueda parecer paradójico, un canto enmarca al encuentro y al recuerdo”.

Lobos que miran desde los pies de la cama es un poemario simbólico, que recurre a lo más arcano de los símbolos y que los escoge con cuidado. Por mucho que se adentre en los miedos más atávicos, hay que tener la precaución porque “No todo son espejos, / no todos los espejos están / rotos /…/ No todas / las miradas / son espejos del alma”. La habilidad poética debe conjurar las conexiones que no son evidentes, que implican la intimidad de los paisajes, los objetos y las personas: “El silencio, al final solo el silencio, tu mirada plena / y una sonrisa cómplice”.

Antoni Sanchiz está conjurando los peligros más oscuros, los miedos más ancestrales: “los monstruos miran, solo miran en silencio, plantados, quietos”; “No pueden / evitar / saber / que somos el callejón oscuro, la puerta sirven, / el ojo del cíclope”. Justo en la mitad del poemario aparece el leit motiv del volumen: “No aúllan / los lobos / solo miran, / serios, / donde los pies de la cama”.

Los poemas van girando alrededor de esos miedos: “sin posibilidad / de olvido / el miedo entre un beso y una lágrima tan invisible / como / real”. Abarcan las intimidades personales, “La lucha callada / de tu cuerpo / contra tu cuerpo, / tu carne regad / de químicos necesarios e implacables”. Esa sensación corporal ocupa una sensación no desdeñables: “Tu cuerpo / breve suspiro entre mis brazos asustados, / tu alma / yéndose / con las sombras /…/ Las lágrimas / que me hacen ver / que jamás / salí de Ítaca / que el viaje largo / y peligroso / a Ítaca / que tu cuerpo breve / entre mis brazos perdidos / en Ítaca”.

Va más allá de lo meramente confesional para alcanzar, a través de las imágenes, un mundo mítico, una fuerza expresiva que se derrama sobre las relaciones: “Nuestro abrazo / y ello es medio, / babosa, fría, pegándose / a la piel / sobando lo que es solo nuestro, / lo más antiguo e íntimo / que tenemos, / colándose entre nuestra amistas ya casi anciana, / entre nuestros miedos cómplices”. Un cuestionamiento básico de esas relaciones: “Milito en el lado de los seis lados /…/ Milito en el miedo íntimo, enorme como un grano de sal, / a perder / tu amor”.

Además de las referencias míticas (¡Procece Ioan / a los dioses de máscaras verdes!”) y de simbología (“Y ¿qué opción quedaba si los dos éramos agua / y nos metimos / en la misma cama?”) hay otras más contemporáneas (“Una pirueta / de Mishima tras la escoba”). Hay dolor y sufrimiento por la incomunicación: “Silencio como único muro / ante la caprichosa muerte acechante”; “Lloran todos en silencio / como queriendo apagar el infierno”. En contraposición, y sin sarcasmo, hay constancia de una opción que el destino, o los dioses, guardan para escapar del dolor: “Ante ti / me inclino dichoso, feliz, / ante ti me inclino afortunado, / agradezco a los dioses / de las máscaras verdes”. Quizás la alternativa solo sea el fingir la felicidad que los dioses nos esconden:

“Podríamos decir las calladas verduras

que el mar nos escupe a la cara el discurso en cada diario

/…/

También, amor, sería adecuado

bailar un pasodoble inspirado

y sonreír más allá de la sombra, hasta la carcajada incontrolable

 

celebrando toda la que tenemos

por celebrar,

O quizás deberíamos dejar el plural

y llorar la certeza de una  mentira suave,

blanda, antigua

Abandonar el plural,

continuar

fingiendo que es dolor

el dolor que en verdad siento”

 Gran parte de este poemario se apoya en la nostalgia y la elegía: “Silencio roto, silencio decorado / por un marco / fantasma perdido”; “La eternidad / como una caricia sin fin / en los recuerdos” (Requiem). Y es que el sufrimiento proviene del deseo y del miedo, así como del recuerdo: “El miedo inevitable cuando la vida / es una larga soledad acompañada, / el miedo es la soledad verdadera”; “tan solo he sido / un hombre / enamorado, / tan solo / so / un niño / asustado”.

Antonio Sanchiz nos ha mostrado el poema desde las entrañas, cuando las palabras son insuficientes, cuando hay que recurrir a todos los fantasmas que habitan en el lenguaje para alargar los pequeños destellos de felicidad: “intento / una sonrisa / para recuperar la tuya un instante / pero la sal / se hace blanca terraza de piedra / sobre mis labios”. Un poemario sobre el miedo ancestral, básico de la vida que no puede, ni debe, renunciar a lo más terrible que nos acompaña como un ángel terrible:

“Dormida te abrazo con toda la vida de que soy capaz,

ellos enseñan

sus colmillos,

ellos sonríen

y

callan.

 

Ellos ahí,

lobos que miran desde los pies

de la cama”

 

domingo, 14 de enero de 2024

Reseña de Juan Antonio González: ‘El día menos pensado’ Platero Coolbooks, 2022

 EL DIA MENOS PENSADO | JUAN A. GONZALEZ RUIZ HENESTROSA | PLATERO | Casa  del Libro


El roteño Juan Antonio González Ruiz-Henestrosa nos entrega su mejor libro de relatos. Abogado de profesión y orgulloso de su herencia del terruño. Ha colaborado con relatos y poemas en diversas publicaciones y en obras colectivas como Historias de Canfranc (2019) y La noche que reímos peligrosamente (2020). Es autor de Historias de una casapuerta (2015) y Recovecos (2018), donde se mezclaban pequeños textos en prosa y poemas.

En estos 26 relatos encontramos personajes muy definidos, que luchan contra adversidades y, sobre todo contra las apariencias. Algunos de ellos pertenecen a la sociología de un pueblo a la orilla del mar que comparte con una base norteamericana desde que alcanza la memoria. Pongamos por caso a Joselito el Trasperlista, el conserje del colegio Luis Ponce de León.

Montiel de Arnáiz, en el prólogo, acierta a calificar de cinematográficos los relatos. Pie a ello da la propia portada donde se dibuja una pantalla de un cine vacío. También es cinematográfica la manera de narrar, ocultándonos detalles que distraerían del nudo principal, mostrando el foco sobre la acción, ágil, y a veces, tramposa para que nos embelesemos en los entresijos de las indecisiones y dudas de los protagonistas. Da pie también el primer relato, Un prefacio cinematográfico, situado gracias a Doce hombres sin piedad de Lumet. También refiere el prologuista el ambiente noir con aromas a jazz. No hay impostura, cada uno de los elementos tiene sentido propio en cada relato. Y si es necesario cambiar el vinilo para que Mark Knopfler con su bandana pellizque las cuerdas de la guitara en un solo interminable, será porque es imprescindible para sumergirnos en la trama.

Por aquellos días, cuando entró por primera vez por las puertas del mercado, Steven ya no era Steven, sino Jesús. María la Tormento y él se casaron en la Iglesia de la O. La abuela Jacinta estaba sentada en su mecedora. En primera línea para que viera a su nieta cómo decía el sí quiero. Ese día, la Tormento iba radiante, vestida de blanco con un velo que no le ocultaba el rostro, pero sí alguna lágrima que caía por su mejilla. (Un café largo americano)

Juan Antonio González nos avisa de que las realidades ciertas no siempre lo son, “y si en otro instante cree estar ante una historia de ficción, no olvide que la realidad disfrazada de surrealismo está presente en nuestro día a día”, nos advierte al principio del volumen.

Muchos de los ambientes nos son reconocibles a los que hemos transitado por estas calles, pero no podemos dejar de estar alerta. Esa familiaridad puede jugar en nuestra contra y en un plot twist, quedarnos compuestos. Otros ambientes sueñan con localizaciones más internacionales

París, 5 de agosto de 1982

Mike Nash apuró la última gota de jalifa. Era la segunda copa y aunque tenía el cuerpo acostumbrado a regar sus bacanales gastronómicas de generosos jerezanos, con el estómago vacío corría el peligro de que el alcohol subiera más pronto que tarde a la cabeza. Los invitados habían comenzado a abandonar la fiesta y el personal de servicio se apresuraba por retirar los restos del evento. El embajador miró a Mike, levantó levemente su vaso de wiski y con su ceja Brézhnev le hizo una señal zapaterana para que entrara en su despacho. (Los proscritos de la clase 62)

Los relatos de El día menos pensado tienen una conexión innegable con los de Mendicutti, especialmente por la cualidad de situar los personajes en situaciones complicadas donde la ironía y la sonrisa están parejas a la incomodidad por la empatía que sentimos por ellos. En general son relatos de extensión relativamente reducida, que van al grano de manera concisa y directa pero sin llegar al microrrelato, lo que da pie al autor a tener estructuras no simplonas y personajes más complejos. Aunque el conflicto principal está muy claro también nos asomamos a ramificaciones muy interesantes, pistas que nos llevan a engrandecer las connotaciones y las personalidades.

Juan Antonio González no busca el impacto efectista, sino la efectividad, por eso juega con giros inesperados, finales sorprendentes y, de vez en cuando, un mensaje profundo que se revela en pocas palabras. No suele sermonearnos con lecciones morales, aunque, como ya advertíamos desde el principio, el juego entre realidad y ficción es uno de los leitmotiv del volumen. Que nos sirva de consejo.

Eso sí, el estilo de cada uno de los relatos tiene personalidad propia. Tiene temáticas variadas y por eso los ambientes e incluso el estilo es variado. Unos son más costumbristas, otros juegan más con lo fantástico, lo humorístico, lo dramático y, sobre todo con lo surrealista que la realidad puede ser.

Cada madrugada, los maniquíes bailan un tango en las tiendas de todo a un euro, mientras los trasnochadores se detienen frente a los escaparates se detienen frente a los escaparates para echarles unos céntimos y que no se detengan hasta el amanecer. (Apariencias)

 

lunes, 8 de enero de 2024

Reseña de Fabio Betancour: ‘Todo corazón’. Liliputienses. Colección La estética del francotirador. 2023.

 



La colección La estética del francotirador consiste en una serie de plaquettes de cuidado diseño y más interesantes contenidos. En este caso, Fabio Betancour presenta una plaquette de poemas visuales a partir del corazón.

La poesía visual combina elementos visuales y textuales donde la ironía y el distanciamiento siempre tienen un papel. Por un lado está la interacción entre imagen y texto, contando con la disposición del texto en relación con las imágenes que va mucho más allá de la mera estética y  complementa la idea visual, que en este caso es un omnipresente corazón.

De todas formas hay que contar con el énfasis en la estética visual. Es la verdadera razón de ser de este trabajo. Consigue crear impacto y transmitir significados a partir de un leitmotiv. Como en otros trabajos publicados en Liliputienses, caso de Ismael Velázquez Juárez: Sea un arma (2019), hay un uso creativo del espacio y la estructura: La disposición espacial de los elementos visuales y textuales entra casi en lo experimental. Hay un intento de deconstruir el concepto, o los conceptos asociados al corazón jugando con la polisemia y ambigüedad. La ambigüedad es intencional e invitar a la reflexión del espectador o lector. Siempre se trata de ir más allá de los significados literales y convencionales. Recuerda al trabajo de Miguel Agudo como artista visual, no tan lejano de su labor como aforista.

Fabio Betancour explora en esta plaquette la relación entre lenguaje e imagen y, en cierta forma, desafía la forma en que percibimos y entendemos la relación entre las palabras y las imágenes. Dos elementos que se comprueban son la creatividad asociada a la experimentación, un intento de, digamos, cortocircuitar la experiencia de pasar las páginas.

No se puede negar la vocación de Liliputienses de ensanchar los conceptos más estrictos de lo que puede ser la poesía, jugando, desafiando formas de expresiones artísticas eminentemente poéticas que se sumergen en otras disciplinas, en otros discursos, en otras maneras de disfrutar de la Poesía con mayúsculas.