domingo, 25 de enero de 2026

Reseña de Cuadernos de humo, 47. ‘Desde Italia muestra de poesía en español’. 2025

 


El número 47 de Cuadernos de Humo, además del equipo habitual de la revista, se ofrece una panorámica vibrante de la poesía contemporánea en español, reunida bajo la mirada cosmopolita de Marcela Filippi, traductora ítalo-chilena que logra tender puentes entre geografías y sensibilidades. Con ilustraciones de Juan Carlos Mestre, la antología es un mosaico de lenguas hermanadas y emociones compartidas, donde la poesía se vuelve territorio común: “Es esta una muestra de la poesía actual en español, de ida y vuelta, seleccionada en Italia con la mirada chilena, corazón español, y sentimiento romano”. Y con acierto se entrelazan voces muy consolidadas con otras firmas renovadoras que mantienen la riqueza poética contemporánea.

Por orden estrictamente alfabético los autores incluidos comienzan con Olalla Castro: “Somos los animales / que descendieron de los árboles /…/ Erguirse es también alejarse del bosque. / Erguirse es también aprender a mentir”; José Cereijo: “Todo para la muerte, que me ha querido tanto”; Alejandro Céspedes: “Cada uno divido a su manera / por una extraña herida / que vive entre los dos y multiplica / este vacío que a los dos nos llena”; Antonio Colinas: “Al fin, qué dicha poderte abrazar, / poderte amar en toda / tu intensidad sublime, / mar de mis pesares, mar de mis delicias”; Luis Alberto de Cuenca: “No hay personaje, escena, situación o diálogo / de la más alta historia que se haya escrito nunca / en que no siente cátedra de humildad o altivez / la miserable vida, la prodigiosa vida”; Santos Domínguez Ramos: “¿De dónde viene, frágil, el hombre que camina? / ¿A qué futuro incierto se dirigen sus pasos?”; Clara Janés: “Ábreme tus calles, Bucarest, / acoge mis ansia insomne de paseo, / deja que deambulen mis sueños / sin oriente / por tus miembros de ciudad”.

Continúan Manuel López Azorín: “El dolor verdadero no hace ruido, / no sangran las heridas del espíritu”; Pedro López Lara: “Antes que muera en otros brazos, / ofrécele los tuyos: lo has gastado / y te ha gastado, es justo / que encuentre donde ardió reposo”; Javier Lostalé: “Abandonado y sin territorio, / no regreses de donde estás, / pues no hay espacio más hondo / que el de un alma habitándose en soledad”; Aurora Luque: “Nunca dejes vacía la bodega: / ve cambiando el crianza del placer inmediato / por el viejo coñac, ese actor de doblaje”; Alicia Mariño: “En mis heridas / florecerá el jardín de la memoria”; Ana Belén Martín Vázquez: “Hablas sola / para esquivar las letras de la muerte. // Intentas pronunciar tu salvación // Leve y falsa / como la pluma del pájaro // enjaulado en la niñez”; Juan Carlos Mestre: “queridos carpinteros y ebanistas / les traigo el saludo solidario de los metafísicos / también para nosotros la salvación se ha hecho insostenible / los afiliados se niegan a seguir pagando cuotas / a partir de este momento la lírica no existe”.

Por último, la selección se cierra con Selena Millares: “Un solo cobarde puede con mil valientes / lo sabe el cielo de Gaza / y lo saben sus hijos”; Alejandro Olivares: “no me desvelan la inmortalidad / ni la pureza blanca del espíritu / si he de vivir sin la luz de tu pie, / y los olores de tu pecho dormido”; María Ángeles Pérez López: “Caen las hojas con un fragor indescriptible / escucho cómo tiemblan contra el suelo / golpean las aceras / salpica entre el barro de las calles”; Manuel Rico: “Cuando la tarde muere / y el invierno se extiende por sus frías tabernas, / en ese claroscuro / que llaman extrarradio”; Miguel Sánchez-Ostiz: “El valor de regresar / hasta la torre abolida, / contemplarla largamente / y no sentir ni rencores / ni nostalgia ni deseo”; Álvaro Valverde: …”Posiblemente / de esa felicidad dependa el hecho / de insistir en la noche, sospechando / que en ella hay una luz no más recóndita”; Juan José Vélez Otero: “Conduzco con temor hacia lo incierto / y la noche se cierra tras de mí / como boca de lobo. / Qué sensación extraña, ni una luz; / solo mis faros, el desierto enfrente”.

Para culminar el número 47, hay un homenaje al malogrado Luis Miguel Rabanal, In memorian, con dos poemas: “O morir, pero contigo. / En ese interludio que respiran nuestros besos: la muerte / carece de mirada cuando desnudo tu saliva, / cuando tu cuerpo deja extendido / su trecho en la alfombra, al norte de los labios”; “Palabras de ternura para denigrar / esta memoria que ata nuestra vida / a un árbol en llamas”.

Marcela Filippi  ha recogido desde versos introspectivos hasta voces místicas y luminosas. La evolución humana puede dar como resultado la pérdida de lo natural, pero también es cierto que la palabra permite distintas formas de habitar el lenguaje y el tiempo. Hay en ella una conciencia aguda de la fragilidad, pulsos de insurrección ante la muerte. El tono general oscila entre la melancolía y la celebración. En algunos poemas se mezclan del placer con la sabiduría o se trasciende la intimidad para denunciar el dolor colectivo. Por otra parte, no falta  cierta ironía metafísica, cuestiona el sentido mismo de la lírica en un tiempo desencantado. Cada poema parece dialogar con los otros, creando un coro donde lo personal y lo universal se entrelazan. Las imágenes —la herida, el mar, la noche, el regreso— se repiten como espejos, revelando una búsqueda persistente: la del ser en medio de la pérdida y la memoria.

Desde Italia muestra de poesía en español no es solo una antología: es un testimonio del vigor y la diversidad de la poesía hispánica actual. Entre la nostalgia y la lucidez, entre el amor y la muerte, estas voces confirman que la poesía sigue siendo —como escribió Mestre— una forma de resistencia metafísica. Este número de Cuadernos de Humo celebra, en definitiva, la persistencia del verbo poético como espacio de comunión entre lenguas, cuerpos y destinos.

domingo, 18 de enero de 2026

Reseña de José Luis Morante: ‘Viajeros sedentarios’. La Garúa Poesía. Haiku. 2025

 Viajeros sedentarios - Librería La Mistral


En Viajeros sedentarios, José Luis Morante vuelve a ejercer ese “oficio de mirar” que desde hace años sostiene su obra poética: un mirar que no se expande hacia lo grandioso, sino que se afina en lo ínfimo, en esos destellos mínimos donde reside —como él mismo sugiere— “la modesta química de lo instantáneo”. La Garúa Poesía acoge este nuevo libro de haikus del autor, un proyecto que se ofrece como homenaje discreto, casi susurrado, al amigo y añorado haijin Lara Cantizani, cuya huella luminosa parece recorrer cada página como un rumor persistente. La poética de Morante, fiel al espíritu del haiku, apuesta por “acoger el contacto con lo efímero, el suceso mínimo cotidiano y la maraña de encuentros con protagonistas y secundarios de la vida social”. Nada más certero para describir el impulso que guía estos poemas breves: una voluntad de permanencia en lo inasible, la obsesión por fijar lo que ya se está yendo. Así, los haikus se convierten en un cuaderno de viaje del que escribe; un viaje, sin embargo, paradójicamente quieto, detenido, como si el poeta fuese —y se confesase— uno de esos “viajeros sedentarios” que avanzan más hacia dentro que hacia el mundo.

El libro se articula en dos secciones: Oficio de mirar y El rumor de la luz. Desde sus primeros versos, el lector percibe de inmediato un clima sensorial que mezcla brisa, vuelo, silencio, fuego, lluvia y sombras, cada elemento transformado en un espejo donde el yo poético se tantea a sí mismo. En la primera parte, Oficio de mirar, el haiku se despliega con una delicadeza que no excluye la intensidad. La mirada, como una mano que roza sin tomar, deja constancia de la fugacidad: “Pizca de brisa / mientras el estornino / vuela por mí”. En este primer gesto, el poeta se vuelve permeable, atravesado por el simple movimiento del ave. No necesita nombrar el asombro: basta la imagen para que el lector experimente esa ráfaga interior. Morante también sabe del silencio de las cosas, de su quietud antigua: “Nadie pregunta / al manojo de lilas / si tienen sed”. Aquí lo cotidiano es herido por una compasión leve, casi imperceptible, que revela una ética del mirar: la conciencia de que incluso lo más frágil guarda una voz que apenas alcanzamos a oír.

Los haikus se suceden como notas de un pentagrama secreto: “Guardan los cables / pentagramas de trinos / negras corcheas”, y cada imagen se corresponde con una música interior, la música del poeta que reconoce en lo urbano un orden invisible. La naturaleza del haiku es detener una vibración, y Morante lo consigue sin alzar la voz; basta un detalle mínimo para que lo real adquiera dimensión simbólica. En ocasiones, ese “oficio de mirar” se interna en la intemperie de lo humano, en sus pérdidas y sus desgarros: “Qué voluntad / en las huellas perdidas / fuera de sitio”. O en la devastación: “Toda la noche / las brasas del incendio. / Dónde la lluvia”. La angustia aquí no es grito: es ceniza que respira.

La mano aparece como instrumento y metáfora: “Hundir las manos / en las grietas celestes. / El mar adentro”. El verso abre un espacio onírico, casi místico, donde lo celeste se vuelve fisura y entrada. Ese deseo de traspaso continúa en la frase: “Después de todo, / a través de la noche, / llegar a ti”, donde la noche es tránsito y el tú un refugio, un regreso. A veces, el poeta insiste en la textura de lo oscuro: “Rayas oscuras, / lápices de grafito / en la tormenta”. O en lo doméstico hecho enigma: “Allí también / alfileres y agujas / cosen palabras”. El lenguaje aparece entonces como una costura febril, un remiendo de lo que la vida descose. El poemario es una invitación a educar la mirada, a recuperar un ritmo distinto frente a la prisa contemporánea. En estos haikus destaca cómo se filtra la delicadeza al mirar, la celebración de lo sencillo y la manera de habitar el silencio.

Hay lugar también para el reconocimiento del otro: “Otros caminan / por el mismo sendero. / Me guardan sitio”. Y para la flor que rehúye la vanidad: “Allí la rosa / no se mira al espejo, / cierra los ojos”. El amor, en cambio, se muestra quebrado: “Ya no se aman. / Las lumbres del deseo / queman de espalda”. Y el silencio se vuelve territorio narrativo: “No decir nada. / Que cuenten los silencios / relatos mudos”. El clima se enfría y arde a la vez: “Nubes de frío / acampan en mis labios / y ponen lumbre”. La ruta prosigue sin certezas: “Los riesgos callan / al azar de la ruta. / Basta seguir”. Y el pasado, antes del encuentro amoroso, se desvela en una frase precisa y desolada: “Antes de ti / la noche congelada / Solo piel seca”.

La segunda parte, El rumor de la luz, se abre con un llamado a la puntería interior: “Tensar el arco, / que viajen a la flecha / certeros ojos”. Se requiere una mirada justa, concentrada, capaz de atravesar la bruma emocional de quien escribe. La tristeza se posa en las horas: “Solo pisadas. / Incógnita tristeza / sobre el reloj”, y la alegría busca un punto luminoso en el horizonte: “Atardecer. / Alegría busca la luna / en un poema”. El poeta pide a la luz que cure aquello que el tiempo ha herido: “Mirar arriba / y que la luz restañe / la cicatriz”. Y reconoce que la belleza es libre, soberana: “Las cosas saben: / de nadie es patrimonio / tanta belleza”. A pesar de todo, la sombra regresa con su despojo: “Zona de sombra. / Huye la luz de nuevo. / Me deshabita”. Aun así, los ojos, abiertos incluso entre la noche, buscan confidencias:
Ojos abiertos / entre las sombras al raso / los confidentes”. La nostalgia se manifiesta como un leve despertar de las manos: “Un cosquilleo / en las manos dormidas / de la nostalgia”.

El yo se dicta a sí mismo una única tarea: “A solas dicto / tareas por hacer: / mirar tus ojos”. Y la luz se vuelve sueño: “Solo, testigo / entre tanta belleza. / la luz soñé”. Hay trayectos que terminan y exigen un paso más: “En el andén / al final del trayecto / un paso más”. Y recuerdos que brotan desde la niñez: “La bici, cerca, / el juncal, los tebeos… / Huellas del niño”. A veces la noche se derrama: “La noche breve / y el tintero vertido / en las baldosas”. O el fuego se convierte en frío: “Una fogata / es manantial de frío / mientras arrulla”. El amanecer es desplazamiento: “Amanecer. / Los zapatos caminan, / lugares solos”. El tiempo se vuelve piedra vigilante: “Que no se duerma / en el reloj de piedra / ninguna hora”. Y el gesto humano borra, rehace: “Dónde las manos / que borran cielos rasos / a cada gesto”.

El amor renace desde el centro del cuerpo: “Dentro de mí / la lumbre recobrada / del primer beso”. Y el ser se desdobla: “Ser casi nada, / empaña los espejos / otra mitad”. La muerte de los signos, la quietud extrema, aparece así: “Duerme, sin pulso, / un mar muerto de signos. / Solo silencio”. O la ausencia, convertida en alambrada: “Tu alambrada / y la ropa invisible / de los que faltan”. Morante se sitúa dentro de una tradición del haiku en español en su respeto por la métrica flexible, la renuncia al sentimentalismo explícito y su búsqueda de una imagen que no describe, sino que revela. Y dentro de ella este libro prolonga las preocupaciones esenciales de Morante: la mirada ética, la exploración de lo frágil, la atención al instante, la desnudez expresiva. Destacar que Viajeros sedentarios no es un paréntesis, sino un paso coherente en su obra. Su interés –profesional, no podemos olvidar su pasado como docente de geografía e historia– le hace centrarse en la capacidad para convertir lo mínimo en escenario simbólico: estaciones, andenes, amaneceres, objetos domésticos… Todos funcionan como pequeñas escenografías donde la emocionalidad se concentra sin explicarse. El poemario destaca la serenidad, su inclinación a la contemplación, la respiración lenta del verso, el modo en que cada haiku parece reclamar un lector que se detenga y escuche.

El poeta declara su condición: “Noche y día; / viajero sedentarios / sin cobertizo”, y concluye con una afirmación que es también un enigma: “Con luz o noche / en su lugar, es otro, / pero contigo”. Esa última frase parece contener el sentido del libro: la transformación que supone el encuentro, la alteración del ser cuando el otro irrumpe y ocupa un lugar. El autor construye poemas que dialogan con el dolor y la memoria, pero también con la esperanza contenida. No busca imponerse con grandilocuencia, sino invitar al recogimiento, a ese mirar hacia adentro que se parece más a un susurro que a un grito. Hay en este libro una voluntad de claridad —no esa claridad de luces encendidas, sino la de quien prefiere lo reducido, lo esencial: un verso despojado, un trazo preciso, un significado que late sin estridencias.

En Viajeros sedentarios, Morante reafirma su maestría en el haiku como una forma de vigilancia amorosa del mundo. Cada poema es un fragmento detenido, un intervalo donde la realidad tiembla y se deja mirar en su desnudez más clara. Su escritura no pretende exhibición ni artificio: busca la verdad de un instante, la huella mínima de lo que ocurre, la respiración tenue de lo que la vida nos da y nos quita. Este libro es un cuaderno de viaje interior, un mapa de sensaciones donde la luz y la sombra, la brisa y el fuego, la palabra y el silencio conviven en una tensión serena. Con paso lento y voz medida,  llega dispuesto a abrir grietas en la conciencia del lector. Lo hace con un pulso poético tenue, con la bruma de lo cotidiano como material de escritura, y con la convicción —heredada del silencio— de que cada palabra puede ser puñado de luz en la sombra más íntima.

José Luis Morante, en efecto, mira. Y en esa mirada, el lector encuentra un modo de habitar el mundo con más lentitud, con más escucha, con más gratitud por la pequeña epifanía que se esconde en cada gesto, en cada mínima vibración del día. El poeta nos recuerda que todo —hasta lo aparentemente insignificante— puede arder con la intensidad de lo verdadero. Y que a veces basta un haiku para que el mundo, por un instante, vuelva a brillar. Leer Viajeros sedentarios se convierte en un viaje hacia lo íntimo: la mirada atenta del caminante, solo, en el borde del día; el caminante que sabe que lo frágil es más verdadero que lo ostentoso; que lo mínimo puede albergar la plenitud de un mundo entero.

 

 

domingo, 11 de enero de 2026

Reseña de Mónica Doña: ‘Soles de medianoche’. Renacimiento. Calle del Aire. 2025

Soles de medianoche - Editorial Renacimiento 


Hay libros que se entra en ellos como quien cruza un umbral hacia una zona de temperatura incierta, a veces abrasiva, a veces protectora, donde una voz —que no sabemos si es ajena o la nuestra en un espejo distorsionador— nos acompaña, nos revela y nos hiere. Soles de medianoche, de Mónica Doña, Premio Internacional de Poesía Gonzalo de Berceo, pertenece a esa estirpe de obras que, como en su día hicieron Alejandra Pizarnik, Blanca Varela o Idea Vilariño, iluminan desde la sombra y encuentran en la hondura un territorio fértil. Es un libro que respira con ferocidad y delicadeza, un libro que clausura varias vidas para abrir otras, un itinerario simultáneamente humano y metafísico. Leerlo es exponerse a que alguien nos diga verdades que quizá no estábamos preparados para escuchar. Verdades dichas con la misma serenidad con que la autora afirma, en el poema Cráneo 27: “¿Qué hacéis aquí vosotros? Traéis olor a muerte. / Salid a que os dé el aire de este lugar que tiene / aromas de tomillo y brisa de encinas”. Esta mezcla de advertencia y ternura, de brutalidad y refugio, es el mecanismo emocional que vertebra todo el volumen.

El estilo poético de Soles de medianoche se caracteriza por una dicción clara pero cargada de densidad simbólica, donde la transparencia del lenguaje convive con capas de significación que exigen una lectura atenta. Mónica Doña articula una voz lírica que oscila entre la intimidad confesional y la reflexión ética, empleando un verso libre de respiración amplia, con pausas que funcionan como unidades de sentido. La imaginería combina elementos naturales —rosas, ranas, encinas, la noche— con escenas humanas de fuerte carga emocional, generando una poética de contraste entre lo cotidiano y lo trascendente.

Hay una tensión primaria en el primer bloque del libro, Humano y Feroz: la conciencia de que lo humano y lo animal no son territorios opuestos, sino vasos comunicantes. En Mamá osa, la poeta confiesa: “Pensé por un momento / que sería mejor ser mamá osa / para comer, jugar, dormir tranquila / y no hacer nada más. / Claro que es fácil equivocarse / estando al otro lado de la jaula”. Esa “jaula” es quizá la jaula del yo, la jaula de las obligaciones modernas, la de los cuerpos vigilados, la del tiempo que pasa dejando astillas. Es un lamento que recuerda, por momentos, la mirada de Wislawa Szymborska cuando observa el mundo con ironía dolida. También en República de ranas surge esa visión que desmonta toda épica antropocéntrica: “No quieren saber nada / de principios ni besos. / No les gusta ese cuento / y solamente piden / que no les falte el agua de la charca”. Aquí opera la sabiduría del minimalismo natural: el deseo de lo esencial, de la supervivencia limpia, sin adornos. Es un poema que podría dialogar con Juan Carlos Mestre en su capacidad para humanizar el reino animal y animalizar nuestras ingenuas pretensiones humanas.

Pero quizá donde la feroz lucidez alcanza su máximo voltaje sea en Licencia para matar, donde se nos confronta con el mecanismo más oscuro de nuestra especie: “Qué inmensa soledad nos atraviesa, / qué odio más feroz y más extenso, / qué pánico nos arma hasta los dientes, / qué abismos inventados nos sublevan / para querer ser dioses inmortales. // Nos han dejado solos / con un dios insaciable / que nos pide monedas a cambio de licencias / para poder matarnos los unos a los otros”. Aquí la poeta renuncia a cualquier velo simbólico: este es un poema que acusa, que se planta ante la historia y la economía del horror, un poema a la altura del Pavese más desgarrado o de la Heaney que mira al conflicto sin pestañear.

El segundo bloque del libro, Lo invisible, se desplaza hacia una dimensión distinta: la de lo intangible, lo frágil, lo que apenas tiene forma pero condiciona la existencia. La poeta habla desde la duda y la revelación. El poema Y habló la rosa anuncia esa vulnerabilidad protectora: “Pero no confiéis demasiado. / Sabed que la belleza debe ser protegida. / Por eso tengo espinas al acecho”. La rosa habla como hablaría Juan Ramón o Rilke: consciente de que toda belleza es una amenaza y una defensa al mismo tiempo.

La conciencia del tiempo aparece en Amnesia: “Las agujas del tiempo / se esfumarán / lo mismo / que se esfuman los cuentos / cuando todo es olvido”. El tiempo, que no sólo erosiona sino que disuelve; el cuento como una forma del mundo que también se pierde. La poeta se sitúa así en la tradición meditativa donde el tiempo actúa como un ácido suave pero constante. Pero si hay un verso que condensa el espíritu de esta sección es el de Latente mal: “Conservad en estado de belleza y latencia / todo el mal invisible que contiene”. La belleza incluye el mal, la sombra, el germen oscuro del que brota. Esta idea podría haber sido suscrita por la Zambrano de Claros del bosque: la luz no es inocente, siempre nace con su propia pena.

La construcción del yo aparece como un acto de acumulación y revelación en Dibuja el aire: “La niña fue creciendo / con su canto naciente / que no es espiral abierta / se fue multiplicando hasta ser yo”. Aquí se afirma que el yo no es lineal: es espiral cerrada, es multiplicación, es memoria sonora. En El Ángel del instante, leemos: “Emociones, recuerdos, / mas de pronto un olvido familiar / provoca el gesto triste que antecede al silencio”. Y en Clímax, la confesión de un límite: “Me resulta imposible / describir el instante. / … / Si he cerrado los ojos, / no hace falta más luz”. La poeta reconoce que hay un umbral inefable, un territorio que sólo se alcanza cerrando los ojos. De modo semejante, Carta a Cupido, amor ciego nos habla de la ceguera necesaria del amor: “Para hablarte y a veces escribirte, / no tuve más remedio / que aprender el lenguaje de los ciegos”. Y en La música –no olvidemos faceta musical de Mónica Doña– surge una reflexión casi teológica: “Quien necesite un dios ya lo ha encontrado: / su invisibilidad es su poder / sobre cualquier espacio y cualquier tiempo”. Un dios sin forma, un dios que es presencia por ausencia, como la música misma.

 Noctámbula es la tercera parte, que nos introduce en un territorio que la poeta habita con una naturalidad estremecedora: la noche. No la noche temida, sino la noche íntima, la que resguarda, la que abre los sentidos. En Una tarde, un poema, la autorreferencialidad es conmovedora: “Yo no sé en realidad cuál fue el poema, / pero sí sé que fuiste / el cuerpo que se abrió / ante la voz desarmada de un poema”. Esa revelación del otro como espacio poético recuerda al Neruda más confesional que escucha el poema antes de escribirlo. Noctámbulo sintetiza la pulsión cósmica: “Cielo nocturno: / la primera intuición / del universo”. Es cierto: la noche, antes que miedo, fue origen, vértigo, pregunta. Y en Evocación: “Cómo no amar la noche y su silencio / si es el único tiempo que nos lleva / al ensimismamiento, preludio tantas veces / de cualquier jubilosa evocación”. La noche como preludio de la memoria y del júbilo íntimo de quien ve en la noche la forma más pura de claridad. La noche también protege, como en Vela encendida: “Una vela encendida no es el fuego. / Una vela encendida no es la luz. / Una vela encendida es esa compañía / que nos calma y protege del miedo a la tiniebla. / … / Una vela encendida nos ofrece / el tesoro en penumbra / que es mucha intimidad”. Aquí la poeta ilumina lo insignificante: la vela como amuleto, como un pequeño “sol de medianoche”.

El bloque continúa con una mirada social en Los vencidos, 1: “porque soy el Camino, la Verdad y la Vida; / hagan juego, señores”. Una soterrada manipulación del discurso sagrado. En Infancia, los ecos de una alegría feroz: “Mataban la tristeza, ellos eran / los alegres borrachos de la noche”. Y en Gente normal: “aunque lo deseemos, / nunca llega el momento de ese sueño / largo tiempo aplazado. / Porque acaso nos urge rebelarnos”. De nuevo, la noche como espacio de subversión. El cierre del bloque llega con un poema que es casi una poética: Luz restante: “yo nací en el ocaso del poema / con la luz siempre a punto de extinguirse / … / Y debo ir con cuidado si no quiero / que mi último verso nazca muerto”. La poeta reconoce su herencia crepuscular: escribe ante la inminencia del apagón.

Esta sección final, que da título al volumen, Soles de medianoche, es la columna vertebral del libro, donde todo converge: la memoria, la pérdida, la reconstrucción. En La entrega de Louise Bourgeois, Mónica Doña escribe: “Mas lo mejor que hace / esa obra inquietante que admiramos / es, sin ninguna duda, / limpiar de telarañas nuestros ojos”. El arte como clarificación, como gesto higiénico del alma. Doble vida se interna en el dolor: “No tuve más remedio que inventar otra vida / cuando cayó el más tierno de los míos. / No se siente el vacío / pero te vuelve loca la traición”. Aquí la voz se vuelve más áspera, más herida, más real. Inventarse otra vida es uno de los trabajos más arduos del duelo. Y finalmente, en Una imagen, la poeta enuncia el corazón mismo del libro: “Juego a ser de nuevo aquella niña / que quiso hacer visible lo invisible / y dibujar el aire. / Aunque esta vez el juego sea esbozar / lo que ya está perdido / y el ardiente recuerdo ha eternizado en mí / como sutil destello en la tiniebla, / como íntimo sol de media noche”. Ese “sol de medianoche” es el símbolo que sostiene la obra: luz en la oscuridad, calor en el vacío, memoria en el olvido.

El uso reiterado de la primera persona sitúa al yo poético como eje de experiencia, pero este yo nunca es hermético: se abre al lector como una entidad vulnerable, en diálogo con lo animal, lo invisible y lo nocturno. La autora emplea recursos como la prosopopeya, la elipsis y la metáfora concentrada, que remiten tanto a la tradición simbolista como a la poesía meditativa contemporánea. Destaca la alternancia entre un tono reflexivo y otro más narrativo, donde breves escenas sirven de soporte a una exploración existencial más amplia. El resultado es una escritura sobria pero intensa, que renuncia al ornamento excesivo para alcanzar una expresividad incisiva y perdurable.

Soles de medianoche es un libro que no teme entrar en los lugares donde vivimos a medias: la jaula, el miedo, la penumbra, la pérdida, lo invisible que asedia. Pero es también un libro de restitución: allí donde hay sombra, Mónica Doña enciende velas; allí donde hay herida, abre un espacio de belleza; allí donde hay soledad, levanta compañía. La poeta nos muestra que la verdadera claridad no es la del mediodía sino la del instante en que algo arde en lo profundo incluso cuando todo afuera es noche. Como si la escritura fuera una manera de decirnos: aquí está la herida, pero también la luz que la acompaña. Aquí, en medio de la tiniebla, brillan estos soles mínimos, íntimos, persistentes.

 

martes, 6 de enero de 2026

Reseña de José Manuel Benítez Ariza: ‘Arte menor’. Oplontis. Ediciones Garvm. 2024

 


Arte menor es un libro que nace casi sin intención ni estridencia, es un regalo como quien enciende una vela en mitad del invierno y deja que la llama, tenue pero obstinada, revele un mundo íntimo. Consiste en un retablillo de poemas navideños escritos a lo largo de más de dos décadas, acompañados por las ilustraciones de Carmen Benítez Robles, que funcionaban originalmente como pequeños obsequios, como estampas enviadas por Navidad. Algunos de los dibujos han sido reinterpretados por la edad. Esa condición doméstica, afectiva, no les resta hondura: al contrario, da a cada pieza la textura de algo que ha sido vivido antes de ser escrito, sentido antes de ser pensado.

El tiempo, la memoria, la conciencia de la pérdida y la tenue obstinación de la luz son los hilos que recorren este conjunto. Uno de los primeros poemas abre ya una senda que será constante en todo el libro: “Por las nieves soñadas / en un país sin nieves, / vienen los Magos, viene / la larga caravana /…/ De un tiempo inexistente / de cuyo puro exceso / de dicha abastecen / el precario presente” (2000).

Aquí, la Navidad aparece como un anacronismo luminoso, una irrupción de lo imposible en un territorio que no lo reclama; y, sin embargo, es justo desde esa irrealidad desde donde el presente obtiene su sustento. La memoria como desbordamiento, como exceso de dicha que compensa lo precario. Esa misma atención a lo esencial —a lo que sostiene la vida cuando todo lo demás tambalea— reaparece al año siguiente, en la delicada constatación de que “La compañía / de los buenos amigos, / y las rutinas; / lo que nos salva / de las cosas que llegan / sin esperarlas” (2001).

El poeta se detiene en aquello que suele pasarse por alto: lo pequeño, lo repetido, lo que conforma una suerte de hogar cotidiano. En Arte menor, la salvación nunca es grandiosa; siempre es íntima. El libro se adentra también en la dimensión sombría de la Navidad: el territorio donde resuenan los ausentes. En 2005 escribe: “Los muertos que no creen / son los más verdaderos; /…/ Dejaste de creerlos. // Y no por eso ahora / son menos verdaderos”. Esta paradoja —la persistencia de los muertos incluso cuando dejamos de invocarlos— confiere al poema un temblor metafísico. La Navidad, aquí, es un espejo donde se mira el pasado, pero también una grieta por donde se filtra aquello que permanece aunque no lo pensemos.

Hay un vaivén entre la evocación del niño que fuimos y el adulto que sigue buscándolo. En 2006 lo dice así: “Todo vuelve y nada vuelve, / como este sol melancólico / de finales de diciembre. /…/ Y el niño que fui una vez / –el niño que ya no soy– / dicen que ha vuelto a nacer”. Ese niño se convierte en una sombra luminosa, algo que se recupera sin recuperarse del todo, un nacimiento simbólico que recuerda que todo renacimiento es, en realidad, un recuerdo. El paso del tiempo, filtrado por la imagen recurrente de la nieve —siempre imaginada, siempre fugaz— se condensa en un verso de 2008: “y solo es nieve / este latir del tiempo / sobre tus sienes”. La nieve se vuelve metáfora del envejecimiento, pero también de la delicadeza del instante. En Arte menor, el tiempo nunca es una condena: es una textura.

Las ilustraciones de Carmen Benítez Robles no solo acompañan, sino que dialogan con los poemas. En uno de los más hermosos, el poeta declara: “Son historias del invierno: / Mientras tú pintas yo pongo / argumento a tu pintura, / como un niño pone asombro / a las figuras inmóviles / en un belén silencioso” (2009 A un río pintado) Es un poema de un escritor a un pintor. El poema es, aquí, un gesto de acompañamiento: escritura que completa la imagen, que la anima, igual que un niño proyecta un mundo entero sobre un belén de figuras quietas. Esa imagen resume quizá la poética del libro: transformar lo inmóvil en una escena viva. Así también se produce una identificación del adentro y el afuera: “Todo ocurre dentro y fuera. / Arde fuera de ti el fuego / que por dentro te calienta” (2010).

A partir de 2011, los poemas adoptan un tono más metafísico: “El mundo es redondo y simple. / Gira Dios sobre sí mismo / hasta hacerse invisible”. La Navidad se vuelve un espacio de pensamiento, un lugar donde la trascendencia se sugiere sin imponerse, donde lo divino aparece como un movimiento que se oculta. La mirada social también se abre paso: “Navidades dikensianas: / en el asilo de pobres, / sopas de pan y castañas. // En un cajero automático / un San José sin papeles / monta su belén de trapos” (2012). La imagen es dura, pero no panfletaria: la tradición se cruza con la intemperie contemporánea, recordando que la Navidad es también un relato de desamparo.

En 2014 llega un pequeño destello de posibilidad: “Si hay transparencia sin Dios, / en este espacio vacío / hay sitio para los dos”. El poema abre una rendija a la convivencia entre duda y afecto; y más adelante, en 2015, esa apertura se convierte en afirmación de plenitud: “Estaba dentro de ti, / como el sol que lo ilumina / estaba tras la montaña; / o cómo nace la vida / de un niño que abre los ojos / y descubre que es el centro / de un milagro, y no está solo”. Aquí la Navidad vuelve a su símbolo primordial: el nacimiento, no necesariamente religioso, sino como experiencia radical de luz.

El libro sigue desplegando pequeñas epifanías. En 2017: “Rosa pobre, flor de barro: / un poco de sol y lluvia / han conseguido el milagro”. En 2018: “Mi sed la que pone un cielo / blanco sobre un infinito / horizonte de camellos. // Aquí ha venido a beber. / Donde puse sombra y agua / ahora dejo mi sed”. En estas imágenes se percibe un tránsito hacia un despojamiento mayor, una búsqueda de claridad en la que el yo se vacía para dejar espacio al mundo.

Otro de los poemas más sutiles es el dedicado al arroyo Bocaleones, escrito en 2020, donde la nostalgia y la escucha interior se funden: “Arroyo Bocaleones, / echo tu canción en falta. /…/ No la que mueven los fresnos / cuando el aire los alcanza // sino ese dejarse ir / de la mente en blanco hacia / otra región transparente / donde el torrente se acalla // y se oye otra canción / mejor hecha también de agua”. La Navidad se vuelve aquí un espacio de contemplación, casi de meditación: una región transparente donde el ruido del mundo se silencia.

El transcurso de los años también se resume en un gesto humilde: “Es el mismo calendario: / basta con darle la vuelta / para empezar otro año. // Como quien luce otra vez / un abrigo desgastado / que cree que le sienta bien” (2022). El tiempo es cíclico, pero también doméstico; no hace falta solemnidad para vivir otro comienzo.

Finalmente, un poema del 2023, inspirado en Borges, cierra con serenidad este itinerario espiritual: “Y el prestigio ambivalente / de la desdicha y la rabia, / el rencor, el gesto airado… / Hoy solo aspiro a la calma” (2023). Es una declaración que, en cierto modo, resume la madurez del autor: después de tantos inviernos, lo que queda es la calma, la aceptación.

Arte menor es un libro construido a lo largo del tiempo, como quien guarda cada año un pequeño recuerdo en una caja familiar. Su grandeza está precisamente en esa humildad: en convertir lo cotidiano en signo, lo íntimo en materia poética. Cada poema es un fragmento de luz invernal, una forma de resistencia frente al estruendo del mundo. Benítez Ariza escribe desde la cercanía, desde la ternura, desde la conciencia de que lo menor —lo que no pretende perdurar— es a veces lo que más hondamente permanece.