domingo, 20 de agosto de 2017

A los tibios os expulsaré de mi boca



La inteligencia artificial nos ofrece un campo de análisis muy interesante. En cierta forma es como aquel estado de naturaleza que postulaban los filósofos para justificar sus prejuicios y desarrollar sus hipótesis. Por un lado, tenemos quienes consideran los estudios en IA como una forma de comprobar cómo funciona el cerebro humano, es decir, pretenden imitar la actividad de la mente humana a través de la imitación en los circuitos de un ordenador. No es de extrañar, el paradigma cognitivo de la psicología entendía la propia mente humana a través de la metáfora del ordenador. Una pescadilla que se muerde la cola. Sin embargo, también nos brinda la oportunidad de buscar alternativas en el desarrollo de la inteligencia, de estrategias y algoritmos distintos a los que los humanos tenemos. Mejorar algunas rutinas o avanzar en cálculos, evitar los prejuicios y los vicios que tenemos los humanos a la hora de pensar.
                En marzo de 2016, Microsoft desarrolló un bot al que llamó Tay para que conversara en la red Twitter. Fue diseñado con la mentalidad de una joven de 19 años. Había sido programada para evitar temas polémicos mediante una serie de respuestas corteses, pero sin implicación. A las 16 horas de su lanzamiento tuvieron que parar su funcionamiento porque estaba mandando comentarios soeces, de alto contenido sexual y de marcado corte machista y racista.
                La polémica estuvo servida. Las explicaciones nunca han terminado de resultar satisfactorias. Unos dicen que era normal que terminara por repetir este tipo de mensajes puesto que estaba programada para imitar. Otros sospechan de un ataque de hackers organizados para sabotear al bot, valga la redundancia. El caso es que no deja de ser una interesante metáfora del comportamiento social humano dentro y fuera de las redes.
                Una de las consecuencias más inquietantes de la época de las redes y la multiplicación de canales de información es la creación de guetos ideológicos. Cuanto más concienciado esté el ciudadano, es más probable que tenga delimitadas sus fuentes de información: periódicos, canales de televisión, bloggeros, grupos…  que no hacen sino reforzar sus posiciones ideológicas. Eso no significa necesariamente que las posturas se vayan a los extremos. También podemos encontrar un radical punto medio. La equidistancia entre dos posturas polémicas se convierte también en un continente ideológico, con sus afiliados y sus razonamientos que se repiten y a los que se recurre en cualquier situación.
                Pongamos por ejemplo el tema del feminismo. Tan enraizados están los grupúsculos machistas que insultan en masa a las cuentas de Barbijaputa, como las redes feministas que denuncian los acosos sexuales en las fiestas populares, como, y es lo interesante, la legión de quienes no están ni con unos ni con otros, que no son ni feministas ni machistas, que creen en el ser humano. El peligro, desde luego, está en la prácticamente nula capacidad de conversación que lleve a un punto de resolución de los conflictos. Cada grupo se informa en sus caladeros y niega a los contrincantes.
No estoy diciendo que todos los grupos sean igualmente intransigentes, bárbaros o intolerantes. Ni que todos tengan la misma proporción de razón en sus posiciones. Como en otros temas polémicos, el terrorismo, el nacionalismo, la libre empresa, el turismo masificado… es probable que unos tengan más razón que otros. Los defensores del terrorismo nunca lo tendrán por mucho que denuncien los abusos de la policía. Por ejemplo.
Últimamente se ha puesto de moda el término “cuñado” para ese “sentido común” que, en realidad, defiende posturas muy conservadoras. Pretende tener una distancia crítica de ambos extremos, pero, en el fondo, acaba siempre tirando para defender el statu quo. Hay cuñaos literales y partidos políticos marcados por esa marca. Suele tener respuestas para todo, en especial, los temas polémicos. El caso del bot Tay me ha recordado estas estrategias. Respuestas acomodaticias para evitar problemas en las interacciones sociales.
El caso es que, como en el caso de Twitter, estos discursos terminan por escorarse hacia posturas racistas o machistas. La presión social tan agresiva que se ejerce, sobre todo, la que cuenta con siglos de tradición termina por inclinar el espejo y por sugestionar hacia ese lado oscuro que tenemos en las sociedades. No ha sido significativo, por lo visto, los tentáculos del lobby rosa o de las todopoderosas feministas. El paisaje de fondo se tiñe de sexismo y discriminación.
En estos momentos, pues, no caben equidistancias. Hay que tomar un partido consciente, valorar los discursos, rechazar las consignas y tratar de pensar por uno mismo. Y andarse con ojo, no vaya a ser que pensar por uno mismo acabe siendo imitar a las masas de trolls retrógrados de menos de 20 años.

lunes, 14 de agosto de 2017

Sé tú



Cuando era adolescente estaban de moda unos posters con la cara de Charlot y una frase muy motivadora: “Sé tú e intenta ser feliz, pero, ante todo, sé tú”. Supongo que por aquellos entonces debía estar en la época de formar la personalidad. Ahora creo que es todo un estereotipo establecer la adolescencia como un momento de duda existencial y de fundación de una personalidad que debe durar toda la vida. Como mucho empezamos a ser conscientes de nuestra individualidad, precisamente imitando a los iguales, a los ídolos, yendo a la moda… como todos.
Después he pensado que la frase es una tremenda estupidez. ¿Qué otra cosa puede ser uno que uno mismo? Uno puede fingir ser otra persona, puede empeñarse en cambiar y ser más abierto, menos escandaloso, más romántico… pero siempre lo hará desde su propia personalidad.
Sí, desde luego, esperamos la autenticidad en nuestros cercanos, más que nada para poder fiarnos de nuestras impresiones y no tener que desconfiar de cada palabra o cada gesto. Es más cómodo. Por lo menos esperamos que los demás no sean falsos en nuestras interacciones, y podemos permitirles, si acaso, que sean unos falsarios si no nos afecta. Somos algo temerarios porque si alguien es falso en unas situaciones, es bastante probable que lo sea con nosotros. De todas formas, su mandato de “ser tú mismo” se mantendría en la falsedad y la bellaquería.
Cuando nos miramos ante el espejo de la conciencia urge encontrar una definición básica en la que encajamos por mucho que los avatares del día a día nos cambien el estado de ánimo. Ver cómo somos, una estabilidad frente al destino. Y si es posible, que el espejo nos devuelva una imagen íntegra, de la que sentirnos orgullosos.
Podemos suponer que la identidad es única, personal e intransferible. Mucho me temo que no es así. El problema no es que tengamos imitadores, o que nosotros mismos nos comportemos como el sosia de algún pardillo. Las nuevas tecnologías ofrecen a los hackers la posibilidad, no tan remota, de robarnos la identidad. Tan sencillo como copiar unas cuantas fotos y crear un perfil duplicado en cualquier red social.
Lo curioso es cómo nos forjamos la identidad. Hay quienes delinean una personalidad como quien diseña un avión ultrasecreto. Van pregonando por ahí sus pensamientos, sus ocurrencias, procurando parecer altivo, orgulloso, bastante malvado con los amigos, brutalmente honesto y un poco mosca cojonera. Lo hacen de tal forma que incitan a pensar lo contrario, que son buenos chicos bajo una fachada de malas personas. Así lo dejan caer. Pero para que le demos la vuelta y desechemos esta segunda lectura y al final volvamos a la primera precisión: seres resentidos, malvados y preocupados por su ego, más inteligentes que nadie, puntualizando a todos, mirando por encima del hombro a cualquier interlocutor. Otros son tan radicales, tan reacios a llevar la corriente que acaban siguiendo la corriente porque son outsiders de los propios outsiders.
La mayoría, sin embargo, nos conformamos con ir sacando un retrato a pequeños trazos. Nos definimos por nuestras pequeñas manías, con las pequeñas rutinas, con los gustos en detalles, por anécdotas ínfimas que conforman un retrato amable a la conciencia. Lo suficiente para poder contestar cuando se nos pregunta cómo somos. Pues, alguien sencillo, que disfruta tomando café en el desayuno viendo la televisión; o una persona muy trabajadora, que es capaz de llevarse todo el día en el curro y llegar a casa para terminar de preparar la jornada siguiente, sacar el perro, almacenar tuppers en la nevera para toda la semana…. Y con estos pequeños trazos, impresionistas, pero nada impresionantes, nos conformamos. En sentido literal, nos damos forma.
Pequeños detalles son también los que ofrecen a los demás la oportunidad para definirte. Con dos anécdotas la etiqueta está servida: irascible, simpático, complicado, empollón… Y ya sabemos cuán susceptibles somos a la mirada del otro. Padres, amigos, educadores blanden etiquetas como marcas de ganaderías. Verdaderas máquinas de clasificación dignas del Foucault más paranoico. No todos sufren la influencia de la misma manera, ni tan clara, ni tan constante. No todos somos permeables en la misma medida a las etiquetas que nos otorgan los otros. Pero ahí están para teñir nuestra visión de la identidad.
Las épocas de cambio, las crisis de personalidad, curiosamente, aparecen cuando esas pequeñas manías, esas conductas intrascendentes se truncan. Porque llega la jubilación y ya no puede uno ser el que siempre llega cinco minutos antes al trabajo. Porque cambia de ciudad y no puede pasear por la alameda los domingos, porque conoce a alguien o la pierde y se alteran los abrazos…
Poco sentido le veo a buscarnos a nosotros mismos, un trabajo infructuoso a no ser que lo que nos defina sea precisamente ser una persona buscadora. Entonces no hay remedio. Estarás en continua indefinición como definición propia.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Reseña de Daniel Cotta: “Alma inmortalmente enferma”. Detorres Editores. Colección de poesía Año XVII.

Después del excelente Beethoven explicado para sordos (Diputación de Córdoba, 2015) y poco antes del imponente Como si nada (Libros de Canto y Cuento, 2017) aparece este volumen, dentro de la colección de poesía Año XVII, que contará con 17 libros de 17 poetas para este año 17. Este malagueño afincado en Córdoba, profesor y poeta, nos guarda un aguijón diario en su blog Almanaque de Alacranes. Ahí, como en su única novela publicada, Videojugarse la vida (Funambulista, 2012), da rienda suelta a su enorme talento juguetón e irónico, su más mordiente sentido del humor a la par que prestidigitador del idioma.

                Podríamos considerar a Daniel Cotta como un poeta neoclásico en el sentido de su exquisita afición al verso de factura clásica, con especial predilección por el soneto, y en absoluto en el sentido de tediosa poesía sin sentimiento desbordada por los excesos de la pasión romántica. Daniel Cotta sí que es un romántico, y un poeta muy profundo filosófica y religiosamente hablando.

En esa pared blanca y encalada
veo un puntito negro, sólo un punto,
y pienso y pienso tanto en ese punto
que sólo veo punto en la fachada.

Veja y maltrata, pero ¡cuánto agrada
dejarse fornicar por ese punto,
que viole a mis cerebros hasta el punto
de serlo todo él; lo demás, nada!

Un punto, un punto negro desintegra
y vampiriza mi alegría. Un punto
que vuelve una pared de blanca en negra.

Un punto que es un universo.
Un punto se está comiendo mi existencia.
Un punto va a devorar a Dios, un punto, un punto. (X)

                Sus planteamientos poéticos son de una extremada perfección técnica para dar cobijo a una reflexión certera sobre la vida, el amor o el paso del tiempo. Le señala también, como decimos, el sentido del humor que cuela en los términos, en los juegos de palabras, en el aliento a veces travieso y a veces irónico y cáustico: “El combate está bien claro, / los dos rivales también: / Nacer se enfrenta a Morir, / y además a Fallecer, / y a Diñarla y a Finar, / a Expirar, a Perecer, /…) a Entregar el Alma a Dios, / a Palmarla, a Fenecer, / a Estirar La Pata, y…/ (VII). En el soneto IV: “Dormir es alquilarse un cementerio, / parar en un hotel de tres guadañas /.../ goza de esta pensión de mala muerte). “No olvides que vivir es aprenderte, / y que todos los años hay un día / que pasas por la fecha de tu muerte” (Lugares comunes, VI). Sigue el humor negro en VIII. EL título, precisamente, recuerda aquel dicho humorístico de que el paciente goza de una malísima salud de hierro, dándole una connotación religiosa y espiritual que abunda en la paradoja.

                Actualiza la terminología no tradicionalmente poética: descerebrados, torniquete, neurona, garaje, ADN… y eso realza aún más el grácil corsé del metro clásico. Igual utiliza metáforas taurinas (VIII, A mi cita diaria con la muerte), que el clásico Panta Rei: “Ya sabemos fluir. Somos el río” (Baños de Popea).

                Destacar algún poema es difícil en esta corta selección, los primeros sonetos que nadan entre Bécquer, de Poe (“Rendíos, que la tierra os asegura / que sobre vuestra carne abandonada / un ángel velará: vuestra locura, II) y Cernuda. El soneto III incluye ecos, quizá irónicos, de la mística, de San Juan de la Cruz.

El paso del tiempo, como diría Gil de Biedma, es el único argumento de la obra. Pero en las palabras de Daniel Cotta hay mucho más. Para paladear lentamente y volver a repetir. Para los momentos de alegría y para los de concentración y de iluminación.

lunes, 7 de agosto de 2017

¿El ocaso de los Estados nación?



En las películas de acción, para salvar al protagonista puede estallar un edificio o un camión puede provocar decenas de muertos en un accidente multitudinario en una autopista. No sentimos ningún remordimiento, la identificación con el protagonista, o con su hijo al que pretende salvar, son mucho más importantes que la masa de transeúntes anónimos. Salvando las distancias, los Estados se comportan así con los individuos. Hay algunos a los que sí presta atención mientras se sacrifican el resto. En el fondo clasifican a las personas con unos argumentos parecidos, los hay que importan y los hay sacrificables.
Son comportamientos que tenemos muy asumidos. Vemos más o menos natural que los prohombres, que cargos de gran entidad, e incluso de mediana importancia consigan que la casa invite, que las prótesis se regalen precisamente a los pocos que pueden pagarlas. Una división hasta cierto punto estamental de la población. Los privilegiados y los no privilegiados. Los sin nombre. Porque, “usted no sabe con quién está hablando”.
Se habla mucho de que los Estados nación están en decadencia, se repite que son demasiado grandes para solucionar los problemas pequeños y demasiado pequeños para solucionar los grandes. Son los argumentos para justificar la aparición de un Estado mínimo, dejando a la iniciativa privada cualquier cosa que pueda ser susceptible de convertirse en un negocio.
Se repite como un mantra peo, en cambio, vemos cómo los Estados sí que obedecen a las grandes corporaciones, son capaces de presionar a otros Estados para que cambien legislaciones o invadir siempre que se necesite ampliar negocios. Sí que tienen una utilidad real.
En no pocas ocasiones comprobamos cómo se organizan coaliciones y guerras, rondas de la Organización Mundial del Comercio para salvaguardar los intereses de ciertas grandes corporaciones. Estas son trasnacionales y consiguen fondos de inversores multitud de países, sin embargo, son los Estados los que intervienen diplomáticamente para ayudar a estos gigantes. Y si la diplomacia no funciona, todavía está disponible continuarla por otros medios.
Dentro de las propias fronteras también obedecen a los que tienen apellidos. Las grandes empresas que proporcionan puestos de trabajo son las que se benefician de las rebajas fiscales. Las legales y las que bordean la legalidad. Son las administraciones regidas en demasiadas ocasiones por quienes no sufren las consecuencias de sus decisiones. Alcaldes que prohíben tender en las terrazas a la calle porque no son conscientes de que para muchos es la única solución, que no pueden permitirse una secadora. Regidores más preocupados de que sus municipios parezcan inmaculados decorados turísticos que por los ciudadanos que sufren las consecuencias de los visitantes a escala masiva.
Sin embargo, cuando los menos favorecidos quieren que los Estados los defiendan, aparecen todas las sombras del totalitarismo, la xenofobia, el populismo. Mal que nos pese, los aparatos estatales son el último bastión entre las grandes empresas y su arbitrariedad y la justicia. Y eso que hay que consentir una clara identificación social entre los grandes gestores públicos y los privados. Aun así, es lo único que queda.
Si los ciudadanos se manifiestan pidiendo que el gobierno actúe y recorte los excesos de las empresas, salta inmediatamente la alarma. Eso es el comunismo, el peor totalitarismo del siglo XX. Se enarbola la bandera de la libertad para justificar el estatus quo. Hay libertades y libertades. Es una barbaridad obligar a los empresarios, por ejemplo, a respetar unos horarios o un convenio colectivo mientras que es asumible que a los trabajadores de esas empresas afectadas vean reducidas sus condiciones laborales, su salario o tengan que aceptar un despido selectivo.
¿Qué sería de estos grandes hombres si los poderes del Estado no estuvieran ahí para salvarles el pellejo? Pues a pesar de todo, continúan criticándolo y quejándose, desagradecidos cuando tienen que pagar los impuestos, someterse a una inspección o tomar medidas para no empeorar demasiado el medio ambiente. Ya lo decía Dickens, las fábricas parecen de cristal, cualquiera de estos avatares puede quebrarlas.
Son los principales críticos del Estado, algunos se hacen llamar anarcocapitalistas, muerte al Estado, viva el capital. Alimentan el resentimiento contra la administración, manipulan los discursos para que las masas les apoyen en su cruzada contra los impuestos. El ejemplo más llamativo es la campaña contra el impuesto de sucesiones, llena de manipulación y de desvergüenza.
Sin embargo, tendrían que aceptar que las leyes están pensadas para no perjudicarlas, que se ceban con los que no pueden pagarse un buen equipo de abogados y asesores. Los castigos que les afectan tiene mejor pronóstico que la saña con la que se puede condenar un robo en un supermercado.
Fijémonos en el caso de Cataluña, todos estos políticos que auguran el final de los Estados nación, que abogan por un estado mínimo, recurren al espíritu de la nación para oponerse a la autodeterminación de una región. Se les llena la boca de España como solo lo hacen cuando la selección de fútbol gana un mundial. Celebran los triunfos deportivos y la bandera cuando son capaces de justificar tratados comerciales que dejan la soberanía nacional obsoleta. De la soberanía nacional sólo se acuerdan para justificar la inconstitucionalidad del referéndum del primero de octubre.
Como en las películas de acción, los protagonistas tienen justificado cualquier atropello.