miércoles, 18 de enero de 2023

Reseña de Hilario Barrero: ‘Como si fuera a ser el último. Diarios de Brooklyn, 2016’. Libros del Aire. Narrativa. 2022

Como Si Fuera A Ser El Ultimo (libro del 2022). Escrito por Hilario Barrero.  ISBN 9788412521061 | La Vanguardia

 Tres largos años han pasado desde el anterior volumen de memorias del polifacético Hilario Barrero, Prospect Park (Renacimiento, 2019). Y si en los precedentes podíamos perdernos entre los vericuetos de las calles de Brooklyn o de Toledo a través de la memoria de unos personajes, quizás este apesadumbrado Como si fuera a ser el último se recrea más en la belleza. No es tanto la nostalgia, esa que dibujaba de una manera tan emotiva y preciosista Adiós, Toledo (Newcastle, 2020), sino más bien la búsqueda más allá del deseo. Y eso se aprecia en la propia prosa que convierte algunas entradas en poemas en prosa.

Martes, 5 [abril].- Ver la piel del mar como plata líquida, rebanada de un pal de metal, plomo lluvioso en la lente de una luz dolorida. Oír las tinieblas apuntaladas  en el sótano del agua donde la desidia de la sal se vuelve amargamente acristalada, donde miles de peces minerales tiran de las mareas. Ser como el horizonte: una coraza oxidada, sábana sucia de algodón mojado para envolver a ahogados que murieron buscando sirenas imposibles. Sentir cómo el gris deja de respirar, cómo se estremece, se ahoga en un mar de espumas, muere esperanzado creyendo haber vivido entre el peso del negro y la clara levedad del blanco. Y saber que la muerte lo acoge en su infinito apagado de una gama de grises.

Los bocados del deseo quedan en un segundo plano ante la rotundidad de los acordes musicales de conciertos y óperas, desde La Traviata al Mostly Mozart Festival del Lincoln Center. Hilario Barrero nos tiene acostumbrados a una mirada lírica sobre detalles, objetos, la luz reflejada, tipos humanos que, en un destello, resumen una vida. Como si fuera el último está colmado de estos detalles cuyo uso no es meramente ornamental, son objetos simbólicos en el sentido de que son capaces de abrir una gran ventana trascendente.

Hay libros, librerías, autores, traducciones, reflexiones sobre poética y sobre poetas: “Un poema es mucho más que un montón de «líneas» más o menos ingeniosas, deslumbrantes, metafísicas… un poema es mucho más, debería ser un mundo, una meditación, un tratado de belleza, de orden, de equilibrio, con una historia que engarce con el mundo clásico o con el poema debe crear. Pero ahora muchos, sin respeto a la poesía, escriben versos con la misma facilidad con la que se tiene una conversación o se escribe una carta. Un poema es un testamento, una obra que perdure, con materiales nobles, no una estatua de poliéster y plástico” (Sábado, 16 [abril]). El magisterio de Hilario Barrero ahora está fuera de las aulas gracias a estas apreciaciones estéticas e incluso éticas sobre el mundo poético, la vida en general y el amor en particular.

Encontramos anécdotas como la paradójicamente divertida del inodoro nuevo o la que protagoniza el poeta Álvaro Hernando, y conmueve enormemente la que se detiene en las exequias de Carl. Mucho de Toledo, el Toledo del recuerdo, de la infancia y la adolescencia, la esencia misma que o ha perdido nunca. El ecosistema humano en el que se mueve la pareja de protagonistas es un compendio del melting pot mítico. HB se muestra como maestro de ceremonias y anfitrión en la Urbe. Se compaginan con las visitas, cada vez más distanciadas, fuera del barrio mientras los alrededores de Prospect Park siguen bullendo de vida. No falta el periplo por suelo patrio que lo trajo a las costas de Cádiz tanto como al interior.

Pero, sobre todo, lo que hay es una presencia importante de la sombra de la muerte. Es el propio título quien nos quiere dar la sensación acompañada con una sonrisa agria, con la ironía que transforma la tristeza. “Ser viejo es saber que cada palabra vale un millón, es toda una vida. Ser joven es ser millonario en palabras sin saber en ocasiones el precio de ellas. Saber que pueden llevar a la muerte” (Viernes, 15 abril). Ya pasaron los días de la resaca tras la jubilación. Este es un volumen en el que la vida debe continuar con el tiempo pleno y las experiencias deben ser repletas sin las servidumbres laborales. No será nunca el poeta un ser pasivo, nunca un observador que no arriesgue en cada minuto. La vida será siempre el objetivo y serán los cuerpos que se giran hacia el lecho los que alimenten la llama que nunca cesa.

Sábado, 17 [Septiembre].- Entender lo difícil que es cerrar una ventana a mediados de septiembre.

Descifrar el misterio de una casa que se enfría después de un largo verano y saber que las siluetas que entraban por la juntura de la ventana durante la siesta eran mucho más que una película de dibujos animados en blanco y negro.

Conocer el territorio donde va a vivir la pasión cuando se acaba, no poder detener la brisa, que como una carta amarilla aparece debajo de la puerta, que alguien ha metido de noche y sigilosamente.

Desdoblar el edredón que como un topo ha estado dando volumen a la oscuridad del armario.

El paisaje que describe como diarista es cambiante y se acentúa especialmente lo que no es sino la escritura del tiempo. Por eso se pregunta “qué será de aquel joven que veías a menudo por el barrio con melenas, fumando, gesto duro, andares de matón, con cazadora, pantalones y gorra de cuero como si fuera un nazi que se hubiera equivocado de país. Acordarse de aquella niña vestida con una túnica blanca, mirada angelical, sonrisa pura, caminando con sus padres hacia la iglesia para hacer su primera comunión y verla hoy en el metro y que te diga que tiene novio” (Viernes, 18 [noviembre]). Cambian los negocios, algunos lugares mejoran y lo que fue terreno para el cancaneo ahora se ha gentrificado y otros, en cambio, crecen en su hormigón y cemento oscureciendo la vista del horizonte. Pero, sobre todo, el autor es consciente, dolorosamente consciente, de su propio cambio. Y no habla desde la nostalgia ni la queja, sino de una aceptación serena que valora cada amanecer, cada noche que llega.

 

 

lunes, 16 de enero de 2023

Reseña de María Paz Otero: ‘Nimiedades’. Hiperión. 2021

Nimiedades: 778 (poesía Hiperión) : Paz Otero, María: Amazon.es: Libros


Este libro de poemas ha recibido el III Premio de Poesía Joven ‘Tino Barriuso’. 1995, mientras la autora estaba preparando el MIR. Quizás la atención a los detalles forme parte de su modo de estar en el mundo y su práctica profesional. Nimiedades es un canto a cómo las pequeñas cosas significan algo más que la propia materia. En la primera parte, Antiguos Lugares, podemos compartir toda la nostalgia del amor: “Es tu cuerpo tan blanco a simple vista / que podría, equivocada, / quedarse en la superficie. Creer en tu pureza” (Es tu cuerpo…); “Tantas veces me interpuse entre la luz / y tu cuerpo derramé mi sombra” (Traba). Una capacidad de observación que está pendiente de todo el contexto, incluso que nos hace partícipes de ser mirados mientras miramos: “Más tarde, frente a la Venus, las cámaras de los turistas parecían los ojos / de penetrantes arañas. / En cuántas fotos saldrás y no lo sabremos. / Cuánta gente sabrá que te miraba” (Los ignorantes).

Son los momentos del amor pasión: “Y si acaso llegara a tu memoria mi boca en tu sien, / mis pechos diminutos, / déjalos tranquilos y acércate a mí / con tu vejez, / rediviva” (No más habichuelas); “La noche se abre y yo te beso / y así vamos jugando” (El juego de siempre);“Tú afirmas no haber besado antes. Yo juro que te querré para siempre. / Y así, abrazadas, nos dejamos mecer por el engaño / de un amor que nace de las cenizas / de aquellos otros que nos miran en la sombra” (El juego de siempre). La pareja se va conociendo y se va adentrando en las historias que cada una arrastra como rizomas que se entretejen en el presente: “Por tus besos sí que ya has amado. / Otros ojos, de seguro más vivaces,  descubrieron las grutas / que mis dedos –cernícalos exploradores– / hoy sienten suyas /…/ Mas tú fíngete virgen, quinceañera, / esta noche. / Así podrá amarte / por primera vez, como siempre” (Evidencias). Más tarde llegarán los Días vulgares, título acertado para la segunda parte: “Tú sigues dormida y la vida es un milagro” (Primera hora).

En esta estación, es el amor el que se encuentra cuestionado, interrogado, participado de la duda hacia un futuro incierto: “Me es más difícil quererte / cuando es de día. Cuando la luz rasga con su bisel la mañana / e ilumina maligna el defecto. / Cuando abres los ojos despacio y no muestras / el afecto de esos días / en los que la apertura era siempre simiente del beso /…/ guardas entre las piernas tu sexo / y yo acabo, cercano el día, / de masturbarme” (Falta de visión). Poco a poco llega la certeza de un final: “Tu tristeza es para mí / un animalillo / de grandes ojos claros” (Doméstico). Todos estos momentos cotidianos son las muestras de que la vida consiste en una épica minúscula que se sucede casi ajena: “Que me siento faraona que te echo de menos / que todo está en ruinas y todo, hasta nosotras, / se conserva” (Invierno en Egipto). El recuerdo prima la dulce reminiscencia, los recoldos: “Tu luz era fuente de gozo aquellos días, /…/ Entonces era más joven y escribí / poemas remilgados. Inventé para ti paisajes tiernos /…/ Quisiera ahora, sin embargo, nimiedades. / Verte dudar junto al estante de los yogures, / mirarte hervir las patatas…” (Nimiedades). Por último llegarán los atisbos del futuro.

El tiempo que nos queda abre paso a la aceptación: “Es otoño, dicen, / y porque lo dicen ocurre” (Allariz). La madurez pesará y mirará al pasado con la condescendencia de las brasas: “Algún día fuimos más jóvenes. Cruzamos caminos, / tomamos alguna foto que puedo consultar / en el álbum verde de la estantería. Y no lo hago. / Nos besamos a veces y otras discutimos / y ambas cosas nublan el paisaje en la memoria / de igual forma. Qué curioso” (Lo que es tuyo). Acompañan a la autora otros recuerdos y muchas ausencias: “La demencia ha despertado en la abuela / dudas sobre los insectos. / El abuelo nunca las contesta, / pero la quiere y por eso, a la tarde, / llena en el campo una caja de zapatos / con gusanos de seda /…/ La vejez les irá volviendo más locos, / más niños. Y sujetaré el llanto / e iré cada abril / al árbol de la morera” (Los días de la abuela).

María Paz Otero recrea con cierta melancolía la tristeza: “Tan solo soledad, / tan solo eso. / Soledad que se abre en mi pecho como una grieta / en la que quepo yo misma y en la que caben otras, tantas amantes /…/ Pensé que la soledad era un vacío. / un estanque grisáceo. / Me equivoqué. Caben dentro / tantas carne” (Recipiente). Un amor cuya pasión queda marcada entre los versos: “Al otro lado mi cuerpo / contempla este amor que agoniza / como un perro desollado /…/ Arrastrará garganta abajo tu sentencia final, el llanto débil. // Yo fingiré otra vez no darme cuenta, / haré café. Cuidará de mí / el cerezo del patio las cenizas” (Otro día). Termina, sin embargo, con la mirada puesta en el horizonte: “Tu pensarías, sin embargo, quedar lejos. / La próxima estación espere solo mi llegada. / Es el imponente templo / del futuro”· (Llego sola). Un libro de poemas de gran madurez lírica con un enfoque en lo minúsculo para tratar lo más esencial.

 

sábado, 14 de enero de 2023

Reseña de Luis Baeza: ‘Masticar el agua’. InLimbo. 2022

Masticar El Agua (libro del 2022). Escrito por BAEZA LUIS. ISBN  9788412428162 | La Vanguardia

 

Luis Baeza es saxofonista y profesor de literatura y se mueve con fluidez en las redes sociales y los podcasts. Masticar el agua comienza con una cita de Antonio Lucas. No es mal principio. Se divide en tres grandes bloques. La primera, La música en otros cuerpos aborda la manera en la que la música se encarna, se introduce en las entrañas, por debajo de la piel: “La música nos secuestra / su zulo de estridencia” (Su sonido nos moldea).

Son reflexiones líricas de gran certeza, que abren un abismo peligroso al que asomarse: ‘Asustado, el cachorro se agarraba al dedo. / El corazón de la madre en la primera noticia / que tiene el niño del mundo: /…/ ¿Qué habrá sido / de su pasado de agua?” (La primera noticia del mundo); “Podría haber sido el niño / Perplejo ante la línea recta, / dirigiéndose como un deseo secretamente, / hacia el cielo virtuoso de las aves / y los dioses”. Podría, casi en cada poema, aparecer un miedo agazapado, una tragedia oculta, un sufrimiento que trasciende ante lo más cotidiano y su disfrute: “Dejad que me aburra / mientras los otros niños / juegan a alcanzar con violencia / la copa de los árboles” (Petición).

Especialmente cuando toma la primera persona, estas sensaciones casi existencialistas, toman cuerpo: “Serán personas excesivamente tímidas / no, no será timidez / y se esconderá detrás de algunas dudosas certezas: / la poesía, / las teorías filosóficas” (Correspondencias). Se fijan en un paisaje urbano (“La ciudad suspende el tiempo bajo sus paraguas / y los huidos miramos al suelo, / confiados a ese duro cielo de abajo. /…/ La ciudad nos niega / con su orgía de destellos”, Sobre los charcos) y se transmutan a lo largo de la línea de la vida: “Quise que me vieran, / pero solo conseguí la aceptación / del espejo blanco de la madrugada, / desafiante y dispuesto a vencerme de nuevo / con su mordedura trasparente” (Espejos). Se sumerge en la profundidad de la confesionalidad:  “inventé gastroenteritis y alergias / para no saltar todavía / sobre las enormes colchonetas /…/ Puse nombre a la incapacidad / para aguantar colgado de las espalderas /…/ La infancia midió nuestra capacidad de ser / animales flexibles / y ligeros” (Como un cuerpo).

Cristal y pájaro, la segunda parte, aborda la necesidad de abrirse al mundo: “No detendrá al agua / la vehemencia de un mordisco /…/ Dejarla pasar / o que nos pase” (Masticar el agua). Una constelación de afectos y miedos: “A veces, acaba el día sin haberlo sentido / y mueren con él, prematuros, / el abrazo tierno del amor, / la sinfonía, el poema” (Noche y estructura); “Se lamentará ese querer no asido por el lenguaje, / huido a través de los raíles del humo, / cuando el tiempo invade los rostros y nos deje / en la piel y en la mirada / el amor clavado / que no supieron asegurarnos el fuego / ni el idioma” (No pudieron el fuego ni el idioma). El amor y la soledad como formas de encontrarse en el mundo, de estar ahí: “Incapaces de afrontar la soledad / la multiplican acompañada” (Amor es regresar a casa); “Me gustaba observar el nacimiento del universo en tus labios, / sentir que eras tú la que ondulabas el mar” (Génesis).

La escritura le permite imágenes muy interesantes, con un lirismo de gran intensidad: “Cuando invoques mi fantasma / ¿desde qué palabra lo armarás? // ¿Apareceré en un poema de Catulo, / en una noticia de sucesos del periódico, / en una página remota de una tesis doctoral?” (Aparición); “Escribirte es rendirme” (Rendición).

La última sección, La sorpresa del erial, profundiza en la confesionalidad (“También soy yo / una grieta que se repite”, Palimpsesto) y en la necesidad de la escritura: “El fracaso del idioma / para nombrar con exactitud / aquello a lo que tanto amamos” (La risa); “Este poema desmiente / todos los poemas /…/ ¿Y si el daño no tiene un motivo / y no viene del magma, ni de los rayos, / ni de la penumbra del océano /…/ y no significa / absolutamente nada?” (Muchas referencias). Un pequeño guiño a las Palabras para Julia: “esperándote tendrás / si acudes a los libros en donde / yo he dejado un rastro, / las palabras de amor más claras” (Canción para Paula). Un repaso al paisaje tras la batalla del amor (“Preguntadme mañana / qué tiene el amor de espejo, / por qué duelen los abrazos / cuando son una deuda”, Preguntadme mañana) y la del tiempo (“Entenderé el adulto que el viaje es / siempre un retorno”, Anagnósis; “al ascetismo le precede la lujuria /…/ Se ha deseado una infinidad aquí cerca” (Ascetismo).

 “No quiero que el tiempo actúe

sobre la herida

ni extinga su potencia

/…/

Hay algo que brilla en el interior de la siesta

/…/

Quiero dormir

abrazando a todo aquello que perdí y

que ahora es mío para siempre;

que con oro la mañana rellene

las fracturas y

permanezcan siempre

sobre los años

como antiquísimas ánforas nuevas” (Que no lo cure el tiempo)

Luis Baeza se nos muestra como un poeta en toda su complejidad, lleno de matices y sabiduría poética y vital.

 

jueves, 12 de enero de 2023

Reseña de Pedro Sánchez Sanz: ‘Hilo negro’. Editorial Juglar. 2022

Hilo negro», de Pedro Sánchez Sanz – Culturamas

Pedro Sánchez Sanz tiene una sólida trayectoria poética, en su haber se cuentan libros de poemas Ciudadela sitiada (1998), Nocturno en Amarante (1999), Las huellas en la nieve (2003), Memoria del amor deshabitado (2011), Las piedras nocturnas (2011), La templanza y otros georemas (2013), Un relámpago atrapado en un puño (2014), Abisales (2018), Ruta de las islas (2017), Refugio en el vuelo (2019); y relatos: Huidas imposibles (2011). Álvaro Hernando escribe el espléndido prólogo y describe el libro como “un tránsito por la vida: infancia, adolescencia y, con el tiempo, recorrer el resto del camino de la mano de sutiles declives” (p. 16). Se inicia el relato con Un tiempo y un espacio, donde se despliega el planteamiento: “La añoranza también es un hogar / en ruinas y en ella esperas / los hijos inauditos de los sociales /…/ Hoy os escribo desde ese lugar” (Lugar).

La infancia se describe desde el más temprano origen: “Sobre la cama, una joven muy pálida / quizás rezara antes del grito, / y por aquella grieta en carne viva / rezumé, pieza informe, / sangre, / fluidos, / meos, / latí lo que aún no había visto luz / ni conocía palabra” (Grietas). El mecanismo para ir anudando las escenas es el título, el hilo negro: “El juego se llamaba Hilo negro. /…/ Hay días en que un leve hilo negro / prende de mi ropa. Tirar de él / es como detener un explosivo / en la memoria, retomar al nervio / tenso, al sentido alerta del juego” (Hilo negro). El principio es todavía el tiempo de la esperanza: “Hay un momento, / breve y convulso, / en que crees que puedes / cambiar el mundo /…/ Solo podemos escupirle a la cara, / con el desprecio de la inocencia rota. /…/ El mundo es un dragón que duerme / sobre un lecho de aguas inciertas”. Y, sobre todo, del inicio del verso: “Palabras, palabras, palabras. Todo / comenzó con el verbo, ese hallazgo” (Viaje iniciático).

La segunda parte vital y del poemario cambia de localización física: “Salgo de la ciudad hacia un nuevo destino. /…/ El mundo pasa a nuestro lado raudo y veloz” (Mudanza). Y llega con las nuevas sensaciones (“Observa cómo el sol / tu piel recorría con la avidez / del amante impaciente, / la levedad de tus párpados / era de una belleza insoportable. / Lloré. Era ternura”, Síndrome de Stendhal), aunque sigan estando presentes los fantasmas de la infancia: “Convendrás conmigo en que es / cuando menos curioso / que la ausencia final / sea presencia constante en la vida” (Curioso). Lidiar con estas ausencias es uno de los puntos esenciales sobre los que pivota este relato: “El silencio es aforismo en el muro / que nos enseña a colocar la pérdida / en el rincón que tiene destinado / como un viejo jarrón que albergara las magnolia de plástico marchito /…/ El silencio es el poso que nos queda / cuando se aleja lo poco que importa” (Flores del silencio); “En los ochenta, él / también tuvo algún momento de gloria. / Mira hacia el suelo y un escarabajo / se sube a su pie izquierdo” (Gran Hotel). Incluso vitalmente tiene repercusión literaria: “Quisiera escribir versos, / llenos de esperanza y convencimiento, / para poder dejar como epitafio” (Dique seco).

En la tercera parte se mira hacia atrás: “Yo era un niño temeroso que miraba / con el pudor pequeño de los pájaros, / el mar en la ventana como un cuadro / sin fin, como un deseo lejano /…/ Comprendí que no había entendido nada. / Escribí versículos que consagré al fuego” (Deconstrucción). Se reconstruyen los recuerdos cuando las ausencias son más dolorosas: “El dolor es solo para los vivos, / a los muertos ya les llegó su tregua” (De raíz); “La vida es entonces una mentira / mágica, como aquella fantasía / inofensiva, por irrefutable, / que se susurra al oído de un niño / para que deje de lloriquear / y olvide su dolor” (La mitad). La vida consciente se convierte en un rosario que entrelaza la vida en el instante con todas esas vidas pasadas que dejan su sombra: “Cenamos cualquier cosa, / con inquietud y desgana / masticando el nombre de los nuevos / enemigos: oligopolio / y coronavirus” (Presa fácil). Son las nuevas situaciones las que se viven a la luz y a la sombra de lo que somos: “El silencio inaudito / es el eco del pozo” (Pan de silencio); “Es el asombro víscera de luz / que sustenta la voz de nuestros sueños” (Umbrales). Pedro Sánchez Sanz elabora una reconstrucción personal en este poemario, un ajuste de cuentas intenso, doloroso, vital: “Y yo, transfigurado / en un despertar cíclico: / creer, ignorar, dudar, concebir, / hasta acallar el grito en el silencio / para despertar la gracia de la luz” (Lázaro).

“Quedaron  en el tiempo un ramo de letras a fuego para marcar su lecho y su marcha temprana. Erosión de la memoria, grietas que esconden un hálito detenido, despedida sin fin arañada en la piedra” (Estela)

A modo de epitafio cierra el volumen mirando hacia afuera, pero, a la vez, sintiendo el peso del Mundo oculto: “El denso manto blando / y la copa del ciruelo te bastan, / y el vencejo en el aire es suficiente / para creer que existe / un orden secreto en todas las cosas”.