Semana del día de la Mujer Trabajadora. Es la
temporada de que todos dejen su opinión sobre la igualdad, la falta de ella,
las decisiones políticas y las opiniones de los otros. Todos dicen estar a
favor de la igualdad, pero a la hora de implementar políticas o de dotar de
medios se pierden en la retórica. Muchos se sienten forzados a contrapesar las
alabanzas de la mujer con las de los hombres; los asesinatos machistas, con los
hombres que mueren o son maltratados por sus parejas o exparejas. Aunque la
descompensación no tenga color.
La cuestión es que mucha gente
desconfía del feminismo. Muchas personas, hombres y mujeres, que pueden estar a
favor de la igualdad pero que se resisten al término. El feminismo tiene mala
fama y se asocia a hembrismo, feminismo radical… Las feministas son tachadas de
resentidas, marimachos, feminazis… Todos
estos términos no son más que insultos y desviaciones del lenguaje.
La expresión feminismo radial
es un oxímoron. El feminismo, como la Real Academia de la Lengua reconoce, es
la defensa de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. ¿Cómo podríamos
ser moderados en la defensa de los mismos derechos?, ¿renunciamos a algunos? La
igualdad no admite grados, o se tienen los mismos derechos o no se tienen.
El término feminazi
no merece la pena ni comentarlo. Hembrismo sería el reverso del machismo. Sin
embargo, no existe. El machismo cuenta con una estructura asentada, una
tradición, incluso unas leyes y unos usos que perpetúan la superioridad del
hombre sobre la mujer y no existe en la sociedad una superioridad de la mujer
que dé pie a sus abusos. Quizás la palabra que buscan sería misandria, el odio
a los varones como la misoginia es el odio a la mujer. De todas formas, no
podemos olvidar que muchos machistas no son misóginos, dicen “adorar” a las
mujeres, pero las toman como una muñequita a la que hay que cuidar.
Hay quienes proponen que la
defensa de la igualdad se llame Igualitarismo o Humanismo… para usar un término
más inclusivo. Muy a menudo son los mismos que protestan ante la exigencia de
un lenguaje inclusivo y ven innecesario cambiar los hábitos del habla. Se
quejan de la insistencia con que las feministas evitan el masculino genérico,
pero son incapaces de aceptar, por una sola vez, el femenino genérico.
Algunas mujeres prefieren
sentirse femeninas a feministas, como si sólo fueran feministas las que visten
de marimacho, con pelo corto y
camisas de cuadros. La imagen de las feministas ha sido siempre ridiculizada,
como la caricatura de sufragista que aparece en Mary Poppins.
Ser reacio a abanderar el
feminismo es una forma más de machismo. Es muy posible que jugara en contra de
Hilary Clinton en la campaña contra Trump. (Y eso que es un feminismo muy para
las mujeres de cierta clase.) Negarse a estar bajo esa bandera indica que, en
el fondo, disgusta que la posición canónica no sea la del varón.
Quienes se quejan de que las
feministas acusan a “todos” los hombres, acaban descalificando a “todas” las
feministas, cayendo en el mismo error que pretenden denunciar. Denuncian que el
feminismo censura y coarta la libertad de expresión, que es una nueva
inquisición. Habría que preguntarles cuántos herejes han quemado las
feministas. Contestarán que las feministas se dedican al linchamiento mediático.
Sin embargo, en la lucha feminista no sólo ha existido ese linchamiento
mediático –del que ellos ahora mismo están formando parte–, sino penas de
cárcel y condenas muy duras. Y es que la libertad de expresión no consiste en
decir lo que te venga en gana, es también aceptar que otros te critiquen por
ello. Cuando no existe libertad de expresión es cuando te multan o te
encarcelan por tus opiniones.
Sospecho que también está
detrás una indignación cuando nos descubren un ramalazo machista, cuando se
pone de relieve un desliz, un arcaísmo del que no teníamos noticia. Y
respondemos minusvalorando nuestro machismo, desacreditamos a quien ha
descubierto nuestra falta, acusamos al feminismo de quejica y, por último,
estallamos acusando de odiar a los hombres y de ser resentidas.
Que la estupidez humana está
muy bien repartida lo sabemos perfectamente. Y, de eso no se libra nadie, ni
las feministas, ni el santo padre en Roma. Así que el plan es el siguiente:
cada vez que una feminista diga algo extravagante, démosle publicidad y hagamos
de la propuesta el ejemplo de todo el feminismo. Lograremos ponerlo en ridículo
y que la gente prefiera abjurar del feminismo y que la igualdad de derechos
entre hombres y mujeres no sea efectiva.
Quizás algunos piensen que no
es necesario, que con que las leyes proclamen la igualdad ya está todo
conseguido. Muchas mujeres, de clase alta, como Esperanza Aguirre, Margaret
Thatcher o Ayn Rand, se ponen a sí mismas como ejemplo de que el feminismo es
contraproducente porque asume que las mujeres son inferiores. Lo que hay que
hacer es trabajar y luchar por ocupar por sí mismas un puesto predominante en
la sociedad. Esta postura de salón tiene la enorme ventaja de superponer a la
división de género, la de clase. No tienen las mismas oportunidades de
sobresalir la condesa Aguirre que cualquier estudiante de clase media baja de
una universidad cualquiera con una beca insuficiente. El antifeminista y la
antifeminista sostienen que nadie debe ocupar un cargo por cuotas, sino por su
preparación, ¿están insinuando que no hay mujeres tan capaces como cualquier
hombre como para una descompensación tan grande como hay en las altas esferas?
Que al feminismo le queda
mucho por trabajar es cierto, por eso hay que seguir en la brecha. Que hay
países que han avanzado más que otros, por supuesto, pero que no miremos tanto
por encima del hombro cuando vemos sentencias judiciales en el nuestro que son
una auténtica vergüenza, cuando vemos que la celebración del 8 de marzo se
convierte en un remedo de la Sección Femenina de Falange.
Que el feminismo no sea un
corpus dogmático, sino que existan muchos tipos de feminismo, que haya debates
internos es una suerte. Ni siquiera aquellos que gozan de textos sagrados
–llámense Biblia o El Capital– se libran de interpretaciones y de sectas. Hay
feminismo de la igualdad, feminismo de la diferencia, y ecologista, y lesbiano…
Y se repiensa para adecuarse a los tiempos.
En un mundo en el que el
feminicidio es una lacra, en el que las violaciones dentro y fuera de los
matrimonios están a la orden del día, en el que se penaliza ser mujer y se la
coloca como objeto de colección, resulta muy pueril quejarse porque uno recibe
insultos de machista. Sobre todo si tus opiniones lo son, si te interesa más
recalcar la estupidez de las que luchan por la igualdad, si pretendes equiparar
el asesinato de mujeres (van 16 en este año) con la mala leche que se destila
por igual en muchos divorcios… El machismo mata, el feminismo no.
Si estás a favor de la
igualdad social entre hombres y mujeres, ¿por qué te cuesta asumir que eres
feminista?
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