La poesía de Eva Vaz es, desde sus inicios, una forma de supervivencia. No en el sentido romántico de quien escribe para salvarse, sino en la acepción mucho más cruda de quien registra, casi como en un parte médico, la sintomatología del daño, su evolución, sus remisiones y recaídas. Ropa vieja (La oveja Negra, 2025) se inserta en una trayectoria que Sonia San Román, en su estudio preliminar, define como fundada en la “procedencia periférica, editoriales pequeñas, lenguaje incorrecto o sucio, anticapitalista”. Es decir, una voz situada en los márgenes que no busca legitimación en la corrección sino en la verdad, una verdad construida desde la cicatriz y desde el cuerpo. Por eso no extraña que San Román vincule a Vaz con la “poesía de la conciencia” y que no deje de considerar la influencia que han podido tener los episodios del Gran Mal en la autora (“Ese día mi hija / empezó a ser un poco / madre de su madre”), que habita en ese territorio donde el sufrimiento personal y social se vuelven indistinguibles.
Nacida en Isla Antilla en 1972, Eva Vaz pertenece a una generación para la que la vida y la escritura son vasos comunicantes. Sus influencias van desde la poesía de David González y José Luis Piquero —dos nombres clave en la poesía salvaje de los 90— a la estética de Edita, en un continuo diálogo con Uberto Stabile. Pero el mapa va más lejos: Lou Reed, The Smiths, Sonic Youth, Nacho Vegas; el cine de Lars Von Trier o Ang Lee; la hondura de Anne Sexton, los poetas de la generación Beat, Carver, e incluso el aliento insurgente de Voces del extremo. Ese cruce de lenguajes explica la brutalidad lírica de su obra, que asume la herida como destino estético. La autora, según Sonia San Román, ha transitado varias etapas: la sentimental Elegía a una sombra (1998); la poética de la conciencia de De Monas a Leña (2001–2004), en la que, como señala Stabile, “los autores buscan la verdad desde su cuerpo, desde su propia cicatriz”; el ciclo que va De los Lobos a Ruido de Venenos (2004–2013); y finalmente su periodo más depurado, Trabajo Sucio y Limpieza General (2016–2023). En todas estas fases encontramos la misma tensión entre violencia y ternura, entre exposición y pudor imposible, y una obsesión constante por la limpieza, como si quitar manchas fuera también una forma de expiar la memoria. Los motivos son siempre corporales: huesos, ojos, vísceras, sexo, arena, mar. No es casual que la crítica haya prestado relativamente poca atención a su obra. López-Vega, Manuel Rico y Piqueras la han reseñado, pero parece incómodo ante este tipo de poesía que no busca metáforas sino piel. Su escritura podríamos afirmar que es abiertamente confesional, sin medias tintas, sin rescates estéticos.
Sonia San Román distingue tres etapas: (1) Elegía a una sombra (1998), de corte sentimental; (2) De Ahora que los monos se comen a las palomas a Leña (2001-2004) anterior a su relación con José Luis Piquero, dentro del concepto de poesía de la conciencia, en la que “Los autores buscan la verdad desde su cuerpo, desde su propia cicatriz” dice Stabile. José Luis Piquero resume La otra mujer: “La amante impúdica y la mujer herida que resultan ser la misma mujer” (Piquero); (3) De los Lobos a Ruido de Venenos (2004-2013) y (4) Trabajo Sucio y Limpieza general (2016-2023).
En los primeros poemas destacan algunos elementos como la química, la culpa, la identidad. En Ahora que los monos se comen a las palomas (2001), Vaz abre con un poema-crédito químico que funciona como declaración de principios: “62’5 mg anitriptilina / 25 mg medazepan, / 100 mg sertralin: / mi paz // Esta oración es para vosotras” (Mi credo). La poeta nombra a los fármacos como quien invoca a un santoral íntimo. No hay ironía: hay dependencia. Es una manera de decir que la paz también se receta. La culpa materna asoma en Para gritar: “Hasta mis poemas viven de la muerte. / Mi ego liba de tu muerte. // Perdóname, / mamá, / has tenido una vida”. Aquí, el poema se rompe para ceder espacio a una petición de perdón que llega demasiado tarde. En Etapas, Vaz celebra, por fin, su condición femenina: “Yo, que he vivido con amargura / mi condición de hembra /.../ ahora lloro / de felicidad / porque soy hembra. / Y me gusta”. Esta declaración marca un giro en su autoafectividad: la poeta descubre que habitar el cuerpo no es un castigo sino un comienzo. Eva Vaz consigue incluir algunos momentos de esperanza y de rabia: “Mis amantes eran difíciles /…/ Ninguno me dobla” (Los amantes desordenados). No se trata de relaciones que se complementen, antes al contrario, son momentos para alzarse y rechazar. Aunque como dice en Limpieza, “No se puede tirar el pasado / a la basura”.
En La otra mujer (2003), la autora amplifica la subjetividad femenina hasta convertirla en multitud: “Vosotros sois / parte de mí. / Sois / las otras mujeres, / todas las mujeres”. A la sororidad se oponen, sin embargo, las zonas turbias del deseo: “Nunca imaginarás / cómo me excitan / tus miradas perturbadas /…/ tu adicción al sexo subterráneo”, o la autoagresión convertida en ritual: “Mi cuerpo es el mejor sitio / para mi dolor /… /¿No comprendéis que lacerarme / es una forma de amarme?”. El cuerpo es confesionario y verdugo a la vez. El deseo se presenta como fractura, la mujer como multitud.
En Leña (2004), la fractura de la vida conyugal se enuncia con la precisión de un aforismo: “Desde el día de / la boda / no tuvieron / nada / de qué hablar… Ahora, / solo tienen en común / las ganas de estar / solos” (Recién casados). La aparente simplicidad formal oculta una enorme capacidad de revelación: el matrimonio como silencio compartido. En El corazón del cazador, Vaz ofrece un gesto de ternura hacia David González: “Pero el cazador, / bajo sus tatuajes / esconde / un silabario. // Y escribe / poemas”. La masculinidad herida encuentra aquí un hueco. Fue el momento de hablar de Matrimonios rotos, maternidades y soledades: “Porque la verdadera / pornografía / es acceder a esta / gran miseria / que esconde / las claves de acceso / a nuestra pareja” (Contraseñas). Aquí no solo se está hablando del control digital, la intimidad es mucho más compleja y mucho más dolorosa. Así lo demuestra en Arena: “Yo fue arena rota / porque vulnerabas / mi naturaleza”.
Si la autora confiesa que “Una se siente pequeña, / nada, / cuando acude al mundo / virgen” (Objetivos), la maternidad, en Cuaderno de Isla (2003), se muestra en su crudeza: “Mi hija crece con el vértigo / en los huesos… Pero yo no crezco: / cumplo” (En este momento). La poeta entiende la maternidad no como plenitud sino como obligación, como un adulto que se limita a cumplir.
En Metástasis (2006), uno de los libros más devastadores, Vaz escribe: “Aprendí a mentir / por no aprender cómo se mueve / una niña… Recuerdo cómo acariciaba mis costillas / y el lanugo de mi cuerpo” (La mujer de los huesos pequeños). Hay una memoria traumática que no busca explicación, solo registro. Y puede ser del recuerdo familiar: “sé que la abuela murió / de olvido / pero no olvidaba” (Donde habita el olvido). Más adelante: “No hay nadie / capaz de hacerme / más daño / que yo misma: / mi propio cuerpo / me destroza”. Aquí la poeta es al mismo tiempo atacante y víctima, órgano y herida. En La perra se muestra lúcida: “sé que ese hombre me necesita / más que yo: / no tiene a quién maltratar”. La violencia aparece aquí como dependencia mutua, como una forma torcidísima de intimidad. La asociación entre intimidad y violencia está muy presente en los versos desgarradores de Eva Vaz: “Firme a esta voz que aúlla / con la ternura de los lobos. / Esto soy. Esto ofrezco” (El corazón de Lázaro). Ahora, finaliza, “Es el momento de hacer limpieza” (Limpieza) porque “La fiesta se ha acabado, / mi amor. / Podemos morir juntos / ahora. / Morir de mentira / y para siempre” (La fiesta).
En Ruido de venenos (2013) surgen poemas donde la ausencia es un animal vivo: “otra vez huérfana, / ¿qué madre me aliviará ahora / tu ausencia? /…/ Dios no te merece”. La rabia es aquí oración inversa. El cuerpo vuelve a ser experiencia científica en Wagon-Lit: “Llena de química, soy un tubo de ensayo”. Y la identidad se reduce a sobra: “Soy lo que sobra… la basura; / una mujer, no joven. / Nadie” (Entelequia). Este nihilismo no es teatral: es consecuencia de un dolor que la autora rechaza estetizar: “Y ahora nuestra vida no es más / que un tema de conversación” (El hundimiento). Los sentimientos salen de las entrañas con ferocidad y dolor, casi sin digerir: “Necesito saber que mi debilidad / es un gen dormido, / que es por eso que solo escribo elegías / que a todos emocionan / porque la muerte es algo corriente // Papá, no sé darte un abrazo” (Electra). Y por eso trata la poeta de asumir el ciclo de sufrimiento y desesperación como algo creador: “Somos el estiércol, / pero del estiércol también nace la vida”.
Trabajo sucio (2016) es quizá el libro donde más claramente se distingue la batalla entre reconstrucción y ruina. La poeta habla de una “bulimia de tristeza”, y desde ahí levanta una escritura brutal y lúcida. En Secuela declara: “El tiempo me devuelve / un rostro que no conozco /… / Yo soy mi prisión”. En Cría cuervo: “mi fracaso es la sombra / que ves proyectada en tus espejos”. La terapia se integra al ritmo cotidiano: “Llevo un libro de poesía en el bolso… las citas del psicólogo” (Hotel vivir). No hay glamour en la enfermedad: solo rutina. En Solas asoma una luz: “Y después de todo, Ana, mi vida no está tan mal. / E incluso, / a veces, / soy muy feliz”. Aparece ese “muy” hipertrofiado, casi un susurro de resistencia. Se cincelan los poemas con un tono de rabia, contra sí misma, contra sus debilidades, los fracasos, los engaños, por esa “bulimia de tristeza” (Amitriptilina). Nunca lo hace con un afán exhibicionista, sino con la naturalidad cotidiana de quien ha bordeado el abismo. La rabia ante los engaños y ante las pérdidas culmina en la hermosa elegía a Rafael Suárez Plácido (Plácido), uno de los poemas más sentidos y memorables de este volumen: “Realmente este poema /habla más de mí que de ti” (Plácido).
Limpieza general (2013) profundiza en la poética del fracaso y del daño. En La Oración leemos: “Contar que tengo veneno en los ojos… ¿cómo vivir y morir al mismo tiempo?”. Una pregunta que es en sí misma respiración agitada. En Poética – autorretrato: “Será la atracción de lo / frágil / junto a lo bestia: / yo misma”. La poeta se reconoce entre locos: “Ahora he encontrado el sentido, / entre los míos: / la casa de los locos”. La sexualidad, ya desgastada por los fármacos, se expresa sin tabú: “Drogada no puedo correrme… Mi coño ya no tiembla”. Siguen poemas despechados (Pasar factura), con furia y con una cuidada ordenación en la que todo alrededor se comprime entre los versos: “Y ahora voy a imprimir / todo esto / para dejar un hermoso poema” (Suave es la noche). Y el único motivo de esperanza es seguir caminando: “Me duelen las puntas de los pies / porque estoy andando. // Porque aún estoy viva”. Se queja: “Pornopoesía llamas a mis letras. / ¿No podías decir Poesía Confesional?/…/ O, mejor regresa al jardín de infancia / que queda más lejos / de esta / pornopoeta”, y , en contraposición, la denuncia social aparece en poemas como “El mar ya ha arrojado a las playas de Cádiz los cadáveres de 23 emigrantes”, donde lo político y lo íntimo comparten la misma rabia. El sarcasmo en Farmacopea: “Gracias, industria farmacéutica / por darme la vida / y quitármela tras cada toma”. Y la autocrítica feroz en Amarse: “¿Cuándo te amaste por última vez, / pequeña hija de puta? /.../ ¿Cuándo será ahora? / Pobre mujer”. La poeta convierte la intimidad en un interrogatorio: “Estoy fuerte para vivir, / un día nuevo. / Siempre gano las batallas” (El centro de la cama).
En los inéditos el daño se depura, se vuelve casi aforístico: “Me he amputado los afectos” (Castración). “Papá; soy feliz. / No he fracasado” (Perfect Days). “Casi me muero pero solo / me volví loca en un hospital”; “Vi morir a mi padre, / prudente y discreto /…/ La placidez, la belleza, incluso / del estertor / fue su último regalo” (El final de la bruma). Aquí, el dolor se ha decantado: ya no necesita barroquismo. Solo verdad.
Leer a Eva Vaz es exponerse a una verdad hiriente pero necesaria. Su obra no busca consuelo ni gloria literaria; busca precisión emocional. Su escritura nace y se alimenta de esa intersección donde conviven la violencia, la ternura y la confidencialidad. En Ropa vieja, como en toda su trayectoria, la poeta hace del sufrimiento un modo de conocimiento. No hay impostura, ni pose, ni estética vacía: solo cicatrices que arden y enseñan. La cicatriz es método, memoria y poética. La suya es una escritura que duele, sí, pero —como sucede con toda literatura verdadera— también ilumina. Y en esa luz, aunque tiemble, aunque parpadee, seguimos encontrando vida. La poesía de Eva Vaz es una casa de espejos donde cada reflejo duele, pero también ilumina.
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