sábado, 9 de abril de 2022

Reseña de Julia Bellido: ‘Hojas de ginkgo’. Poesía al Albur. Cypress. 2020

Hojas de Ginkgo», de Julia Bellido – Culturamas


Julia Bellido es amante de la brevedad y del milagro y Hojas de Ginkgo es un magnífico ejemplo de ello. Conocimos de su actividad poética con Mujer bajo la lluvia (Libros de Canto y Cuento, 2013). Previamente había publicado la plaquette La decisión de Penélope (2009) y recientemente Las voces del Mirlo (Renacimiento 2020). Además ha antologado para Libros de Canto y Cuento Este no es otro libro sobre la Navidad (2016) y Synousia, 45 escritores en torno al erotismo y la sexualidad (2019).  También ha publicado una biografía de Juan Grande (Eunate, 1996). El punto de partida es célebre ginkgo de Hiroshima, hibakujumoku,  que resistió la explosión y comenzó a brotar, por eso es “símbolo de renacimiento y esperanza”.

Los sentimientos que pueblan las páginas de este volumen parten de un cierto ansia de trascendencia, de una mirada que sabe apreciar cuál es el punto de origen pero alcance un momento de lucidez más profundo: “Es un precipitarse / a un abismo de sed que nunca cesa / al que vamos ardiendo /…/ Y es a la vez tan breve / y resulta tan simple / como un cuenco de agua que se vuelca” (El poema). La actitud básica es la de la sorpresa, pero no la perplejidad que no comprende el misterio, sino más bien de la celebración: “Aunque no lo miremos / el milagro acontece / y nos frena los pasos” (Fugacidad); “Y celebré sin saberlo el asombro, / real y prodigioso de estar viva” (Desde entonces).

Los misterios que se abren en estos poemas tienen mucho de experiencia de las sensaciones, de los olores y los colores, de sentir la brisa y el frío, de comprender que lo mudable de la naturaleza, de las esencias de las cosas es el fundamento de la belleza: “Es abril y el naranjo se crece con el aire de poniente / y nos derrama encima / su nieve perfumada” (Apunte de mañana). En la contemplación del paseo, Julia Bellido imprime de forma indeleble las impresiones sin sobresalto a pesar del desconsuelo por el paso del tiempo: “Ya no tirita el cielo / y las gaviotas / conjuran a sus dioses en la orilla // creyendo que están solas” (Paseando por la playa de la Concha [Donosti] aquel verano de mis diecisiete). Atrapa los momentos personales, los que son intransferibles, los que construyen la poesía que traspasa el yo del poeta y llega al yo del lector: “De este dulce remanso / en el que somos madre e hijo, / le damos una tregua a la amargura” (Nota breve para Samuel).

El memento mori es uno de los temas principales de este poemario: “yo me miro en tus ojos. / Y le quito a la muerte su guadaña” (En Roma, con occhi blu); “Una gata ovillada en un rincón / era entonces la muerte” (Sevilla, primavera de 1992); “Con su traje de humo / y su aliento de vidrio, // es ella quien invita a la última copa” (La última fiesta); “Y ese silencio lleno de latidos / donde habita el origen y la muerte” (Playa del silencio, Cudillero, Asturias). Sin embargo no se recreán el el pesar y el sufrimiento, sino que son el recordatorio para celebrar la vida: “Porque solo me importa este presente. / Justo aquí. Donde dejo la semilla” (Acafoth); “Porque estamos aquí, delante de la vida, / con extremo cuidado / para que no se rompa” (Hoja de Ginkgo (en Ostedparken, Copenhague, con Nuria Alcón)). Una muerte física y una muerte simbólica, la que atañe a los afectos, podemos encontrarla en otros poemas con una carga más dura: “Del árbol del amor de nuestra carne / colgaban las mentiras / como mansas cerezas” (Un tríptico de Van der Weyden); “Ya apenas me interesas / porque te has convertido / en un objeto inútil, / y se la puerta real de que la vida / ha pasado por mí, / con esa impunidad de las grandes verdades” (Mirando un espejo); “Y allí estaba tu imagen: // Igual que un barco hundido / repleto de tesoros” (Todavía).

El intimismo de la poesía de Julia Bellido deja espacio a la reflexión sosegada: “El azar y el destino son lo mismo. / La vida es una puerta giratoria” (La puerta giratoria); “Un tiempo retenido. / Un vivir que no cesa y que transcurre // con la paciencia de un reloj de sol” (Un minuto con Wislawa Szymborska). Con la misma minuciosidad como la que se utiliza para un arreglo floral: “En la humildad del campo. En la inocencia / de la tierra mojada / con su rumor de insectos, / con su lumbre” (Si mueres en otoño). Una muerte que vuelve a surgir en los poemas como un motivo omnipresente: “A menudo apareces / como una cita previa / que habíamos olvidado” (Cita previa);  “Vi la muerte licuándose en tus ojos / con un fulgor de vida /…/ Por un momento / pensé que me engañabas” (Los últimos días de la Pantera Rosa). En los versos dedicados a la muerte de Antonio Cabrera observamos la contraposición entre la capacidad de asombro y el desasosiego: “El misterio del mundo, / de lo poco que somos, / se me descubre entonces: // la vida nos conquista / para luego humillarnos” (En la muerte de Antonio Cabrera). Un poema resume perfectamente esta idea en una imagen: “Esa flor en un vaso / suspendida de un hilo por la vida. /…/ Está muerta –lo sabe–, / aunque su tallo breve / permanezca erguido / igual que una espadaña” (La muerte en equilibrio).

La razón para enfrentarse a esa certeza es el amor: “Ya no nos preguntan / qué pasara mañana. // Nos alcanzó el amor / y aquí anidamos” (El amor y nosotros). Un amor de pareja (“A veces / me da miedo asomarme / al pozo de tus ojos”, Pesadillas), hacia los hijos, hacia la vida: “Sois la razón del aire. / Y la luz que me baña. // El sol de las palabras que ahora escribo” (Conversando con José Iniesta bajo un granado). A Dios incluso: “Hay un estado de sosiego en Dios. / Acabo de palparlo” (44.974 (Edith Stein). Auschwitz, 1942). O este poema:

“Hay un dios que sonríe cuando escribo,

que descorre el visillo de la niebla

y me muestra el fulgor

que atraviesa las cosas cotidianas

 

y yo gozo también de ese milagro,

como un descubrimiento

de lo que es el alma,

y de esa luz tan tibia

que acaricia el papel donde lo anoto” (Aquí y más allá)

Como el símbolo del ginkgo de Hiroshima, se resiste el fuego arrasador de la muerte para luego hacer brotar las hojas, que la certeza de la muerte no sea una angustia, sino que aprovechemos su calor para brotar en los versos:

“Y escribo con temblor

el misterio que somos,

que nos lleva” (Temblor)

 

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