En donde el alma ignora, de Faustino Lobato Delgado, hay un temblor que no cesa. No es solo el temblor físico de la enfermedad o el estremecimiento moral ante la fragilidad, sino un temblor más hondo: el de la conciencia que despierta en el umbral. El libro está dedicado a los sanitarios de urgencia y se articula como un tríptico (Éxodo, Sonidos, Temblor) que recuerda, en su estructura, a ciertos itinerarios espirituales: salida, escucha, estremecimiento. Tres movimientos del alma que ignora, pero que, en su ignorancia, aprende. Cuenta, además, con tres prólogos, Fernando Jaén, Luis Oroz, Sandra Martínez Martín.
Desde el comienzo, el hospital se erige en símbolo y escenario. No es solo un espacio físico, sino un territorio metafísico donde el ser humano se enfrenta a su verdad desnuda. “Espera en un pasillo de hospital / marca el tránsito de la existencia, / acerca de lo provisional /…/ Aquí no hay derrota, / solo silencio. / Intuyes que la humanidad / siempre vence” (1). Este verso inaugural no habla tanto de la victoria biológica como de una victoria moral: la humanidad vence en el silencio compartido, en la paciencia que acompaña, en la espera que no se rinde. El hospital, ese “universo” regido por un orden inflexible (“Nada escapa al orden. La arbitrariedad no existe en este universo del hospital”, Tránsito 3) se convierte en metáfora de un cosmos donde cada dolor parece obedecer a una ley secreta.
Hay en esta primera sección, Éxodo, una conciencia de tránsito que evoca el viaje bíblico, pero también el descenso órfico a los infiernos de la incertidumbre. “Qué estruendo se vuelve todo / mientras la angustia de no saber / se ancla en mí” (3). El estruendo no es el ruido exterior, sino el rumor interior del miedo. La angustia se ancla, se fija como un peso en el pecho. Y, sin embargo, el poeta no cae en la desesperación absoluta. “En este momento / siento la vida / como una ofrenda, / mezcla de tortura y esperanza, // deseo / y ganas de volar” (5). Esa mezcla de tortura y esperanza es la materia misma de la condición humana.
La espera hospitalaria se convierte en una forma de meditación forzada. El “habitáculo donde me encuentro es un vacío con armarios y camas, que navega en la desnudez de lo amado” (Tránsito 2). La imagen es poderosa: el cuarto es un barco a la deriva, un arca precaria donde el amor se exhibe sin máscaras: “Cómo dejar a la deriva la belleza / que no entiende, la bondad / que me cuestiona” (10). El yo lírico se reconoce: “Mi ánimo está lleno de brechas, de muchos huecos, / por donde respira el miedo” (8). Esa respiración del miedo es casi corpórea: el miedo como aire que entra y sale por las grietas del ánimo. No es difícil advertir, en esta tensión entre fragilidad y esperanza, una afinidad con la poesía de Antonio Machado, cuando el sevillano escribía que “se hace camino al andar”. También aquí el camino se hace en el pasillo del hospital, en la espera que es tránsito. Pero Lobato Delgado añade una dimensión contemporánea: la conciencia de la medicina, de los protocolos, de la técnica que ordena el caos. El hospital es un microcosmos donde “la arbitrariedad no existe”. Frente al azar de la vida, la institución médica ofrece un orden que, aunque no siempre salva, sostiene.
En medio de ese orden, la belleza irrumpe como resistencia. “Los vencejos y la brisa / anudan el grito y la caricia /…/ rompen la tristeza del lugar, / desvelan el azul de las horas. / No hay prisas, solo la belleza de esperar” (14). El poeta mira por la ventana y descubre que el mundo continúa. Los vencejos —aves del verano, del vuelo rápido— anudan el grito (dolor) y la caricia (consuelo). La belleza no cancela el sufrimiento, pero lo envuelve en una luz distinta. “En esta belleza de la espera / estás cerca, / me salvan” (15). El tú —quizá un ser amado, quizá la comunidad— se convierte en salvación: “Solo la voz de los que quiero / me alimenta en esta burbuja / de lo agridulce (17).
La segunda parte, Sonidos, desplaza el foco del espacio hospitalario al retorno. “Volver a casa, a los paisajes de costumbre, a las voces diarias me devuelve a la confianza” (Sonidos). La casa no es solo un lugar físico; es una ontología. “La casa está donde soy” (33). Esta afirmación recuerda a la idea heideggeriana del habitar como modo de ser, pero aquí se expresa con una sencillez luminosa. El regreso no implica olvido: “Todo continúa / como si nada hubiera ocurrido. / Soy parte / de esta piel del misterio // que me hace crecer” (21). La experiencia del hospital no rompe el mundo; lo profundiza. Y en este universo, permanece el recuerdo del paraíso perdido: “ser tú en este imaginario / que me acerca a ti, / a la puerta del perdido paraíso, / al susurro de las tardes de verano” (28)
En esta sección, la poesía se vuelve consciente de sí misma. “Versos, ese barro primigenio / que el demiurgo moldea / hasta levantar la figura del poema” (24). La imagen del demiurgo remite al creador platónico, pero también al poeta como artesano. El verso es barro: materia humilde que, trabajada, adquiere forma. Hay aquí una poética implícita: escribir es modelar la experiencia, darle contorno para que no se disuelva en el caos. El sonido adquiere peso físico: “La gravedad de los sonidos / viste mi cuerpo, / cada vez más muerto, / cada vez más seco” (31). La palabra no es etérea; pesa, viste, configura. Y, sin embargo, también hiere: “Me duele hasta el silencio” (30). Ese dolor del silencio enlaza con la tradición mística española, con San Juan de la Cruz y su noche oscura, donde el silencio es a la vez ausencia y presencia abrasadora. Pero en Lobato Delgado el silencio no es solo místico; es también cotidiano. “La mirada de perdón; / el silencio a tiempo; / el insulto que se evita” (26). Aquí la ética se concreta en gestos mínimos. El silencio a tiempo puede ser más elocuente que cualquier discurso. La poesía se convierte, entonces, en una escuela de atención moral. Hay momentos de luminosa serenidad: “Cuánta luz en esta hora de la tarde. / El norte pesa en este sur de mis dedos” (33). La geografía se vuelve interior. El norte y el sur no son coordenadas físicas, sino tensiones del alma. Y, sin embargo, el poeta se interroga: “Por qué no arriesgar / en este río que fluye / aunque duele perder” (35). El río, símbolo heraclíteo del devenir, invita al riesgo. Perder duele, pero no arriesgar es morir en vida.
La tercera parte, Temblor, intensifica la reflexión sobre la fragilidad. “Estar cerca de los otros es abrir la puerta de lo que duele y sorprende; es entender aquello que marca distancias o espejos la fragilidad”. La cercanía no es cómoda: implica exponerse al dolor ajeno y al propio. El otro es espejo y distancia. “Hay días que el otro es / la imagen de un nublado; / emociones, sin música de fondo /…/ Hay días en que el otro soy yo, / sin saberlo” (47). Esta oscilación entre alteridad e identidad recuerda a Octavio Paz y su reflexión sobre el otro como constitutivo del yo. La soledad, en este libro, no es aislamiento físico, sino interioridad: ““El paisaje de la piel alerta / de lo humano/…/ La soledad no es estar solo, / es albergar un silencio” (37). Ese silencio puede ser fértil o devastador. “El silencio, este oasis / que escapa de la calle / y del ruido, / pero no de la luz” (52). El oasis no es sombra; es luz contenida. El poeta parece decirnos que el silencio auténtico no es huida, sino revelación. Hay también una dimensión mitológica: “Mantener el vuelo, ser Ícaro, / con deseos llenos de luz” (41). La referencia a Ícaro introduce el riesgo de la caída. Volar hacia la luz puede quemar las alas. Pero el poeta no renuncia al vuelo. Prefiere el riesgo luminoso a la seguridad oscura. En esto se aproxima a la actitud de Federico García Lorca, para quien la poesía era herida y resplandor.
El libro culmina en una conciencia cósmica: “Y el universo sigue / como si nada ocurriera, / con un movimiento continuo / en su eje secreto. / El universo” (45). La repetición final —“El universo”— suena a aceptación. La experiencia individual, por intensa que sea, no detiene el movimiento del cosmos. Esta constatación podría ser desesperante, pero en Lobato Delgado se convierte en humildad. El yo se sabe parte de algo mayor.
En uno de los versos más hondos, el poeta se pregunta: “Cómo no dejar que la belleza inunde / mi destino / sin tener pánico a la muerte” (49). La belleza y la muerte aparecen entrelazadas. Aceptar la belleza implica aceptar su fugacidad. Aquí resuena, inevitablemente, la tradición elegíaca, desde Rainer Maria Rilke hasta nuestros contemporáneos. La belleza no es negación de la muerte, sino su contrapunto. Asimismo, la pregunta “Cómo sofocar el recelo ante la duda / si la confusión tiene el rostro de Adán” (51) introduce una dimensión antropológica. Adán, figura del origen y de la caída, encarna la confusión primordial. El ser humano nace en la duda. No hay certeza absoluta; solo búsqueda.
El libro, en su conjunto, puede leerse como una meditación sobre la vulnerabilidad. La enfermedad —propia o ajena— actúa como detonante, pero el alcance es universal. “Este despertar entre ruinas / ordenando palabras, / ardidas, / en el vértice / de las ausencias” (43). Despertar entre ruinas es asumir que algo se ha quebrado. Ordenar palabras ardidas es el gesto del poeta que intenta recomponer el sentido. Hay, en donde el alma ignora, una ética de la espera y del cuidado. La dedicatoria “a los sanitarios de urgencia” no es un gesto retórico: atraviesa el libro como reconocimiento. En tiempos donde la prisa domina, el poeta reivindica “la belleza de esperar”. Esperar no como pasividad, sino como acto de fe en el otro. La ignorancia del alma —ese no saber radical— no es carencia, sino apertura. Ignorar es no poseer, y no poseer permite recibir. El alma que ignora está disponible para la sorpresa, para la irrupción de lo inesperado: “Nunca entenderé / cómo surge lo desconocido / ni cómo lo extraño / se vuelve próximo” (18). Lo desconocido puede volverse cercano en el espacio compartido del dolor.
Al cerrar el libro, queda la sensación de haber atravesado un umbral. El lector ha caminado por pasillos blancos, ha escuchado el peso de los sonidos, ha sentido el temblor de la fragilidad. Pero también ha vislumbrado una luz persistente. No una luz triunfalista, sino humilde: la luz de quien, aun ignorando, sigue preguntando: “Basta un momento para descender / al limbo de estas metáforas / de las que no puedo escapar / y expresa las ascuas de tu luz, / tu paso, / irremediable” (39). En una época marcada por la saturación de ruido, la poesía de Faustino Lobato Delgado apuesta por el silencio significativo. Un silencio que duele, que salva, que ilumina. Quizá ahí radique su mayor logro: recordarnos que, en medio del estruendo, todavía es posible escuchar el latido de lo humano. Y que, aunque el universo siga “como si nada ocurriera”, cada gesto de cuidado, cada verso modelado en el barro primigenio, altera secretamente el eje del mundo.
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