domingo, 19 de abril de 2026

Reseña de Sandro Luna: ‘Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado’. Pie de Página. 2025

 


Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado, I Premio de Poesía Julio Mariscal, es uno de esos libros que no se limita a decir, sino que se levanta y anda, como si obedeciera a un mandato bíblico, pero pronunciado con la voz cansada y luminosa de quien da clase cada mañana y sigue creyendo, a pesar de todo, en la intemperie. Porque este libro es, ante todo, un canto a sus alumnos. No un canto edulcorado ni paternalista, sino una invocación feroz y amorosa. Ya desde los primeros poemas se percibe esa pulsión: el poeta mira a los jóvenes como quien mira un incendio que aún no ha aprendido a temerse a sí mismo. “y cuando pasas cerca, si le miras, / sientes que el corazón se te acelera. / Y esa velocidad, / que tanto se parece a estar enamorado, / ya no se acaba nunca” (Es temprano). Esa velocidad no es solo la del amor: es la del aprendizaje, la del descubrimiento, la de la vida cuando todavía no ha sido domesticada por la costumbre. En ese primer gesto hay algo profundamente machadiano, pero sin camino trazado: aquí no se hace camino al andar, sino que se anda porque no hacerlo sería traicionarse. El libro se articula en dos movimientos, el primero Levántate y el segundo …Y anda, que funcionan menos como secciones que como impulsos vitales. Levantarse implica sacudirse el polvo de la resignación; andar, aceptar que no hay garantías.

La voz que habla sabe que enseñar no es transmitir certezas, sino ofrecer una intemperie habitable. Por eso puede decir, sin impostura: “yo no quiero enseñarles / las fórmulas asépticas que miden / igual que un cuentagotas / cada dosis de vida; / quiero que se resuelvan / viviendo en puro azar” (9’8 m/s2). Aquí late una pedagogía poética que recuerda a la ética de Cernuda: vivir es exponerse, no administrar. El aula, en estos poemas, no es un espacio cerrado, sino una grieta por la que entra la luz y también el riesgo. La relación con los alumnos se formula desde una fraternidad áspera, sin sentimentalismo. Hay ternura, sí, pero una ternura que no oculta la violencia del mundo. “Que tengo que deciros, ¡hideputas! / que ese pan sois vosotros” (Hideputas). El pan, símbolo bíblico y cotidiano, se encarna en los cuerpos jóvenes: ellos son el alimento y la promesa, pero también la responsabilidad. Como en Rilke, la exigencia nace del amor, no de la norma.

Los alumnos aparecen como fuerza indómita, como naturaleza no domesticada: “igual que un fruto extraño / sois vosotros, / indómita alegría” (Grupo salvaje). No es casual que Sandro Luna confíe en ellos una verdad que el mundo adulto parece haber olvidado: “con quince años saben qué es lo cierto” (Clase de literatura). Esa certeza no es doctrinal; es intuitiva, corporal, anterior al cinismo: “No dejes que te duela eso que dicen / los que nada saben de la vida; / nada saben de ti los profesores, / los tibios de este mundo, ¡que se mueran” // Jamás les des ventaja a los cobardes” (Tú me mueves). Por eso el poeta insiste en mirar: “no dejéis de mirar, / mirad deliberadamente / hasta que el sol se pose en vuestros ojos. / Amad así, completamente ciegos. / En eso os va la vida” (Completamente ciegos). O en el caso concreto de Miguel: “él me enseña a mirar de otra manera, / me adentra en una luz / como de ojos que nacen / de otros vientres más vivos”.

En este punto, la poesía de Sandro Luna se hermana con la de Idea Vilariño cuando el amor no es un adorno, sino una forma de conocimiento. “Yo creo, en realidad, / que la vida es hermosa / porque es semilla y pájaro, / es corazón y es fe. // No es deber y te obliga” (No hay camino). Frente a una ética de la obligación, el libro propone una ética de la atención y del consentimiento: vivir no es cumplir, sino aceptar. Y, sobre todo, porque la lección más importante poco tiene que ver con lo académico que encierran los programas escolares: “Aprenderéis vosotros, / solos, por vuestra cuenta. // Pero hay que hacerlo bien / igual que la mañana / más limpia del verano” (Amar).

Pero este no es un libro ingenuo. La figura del padre, del maestro, del poeta adulto, aparece atravesada por la herida. Hay conciencia del tiempo, de la pérdida, de lo que ya no vuelve. “Sigue vivo papá. El tiempo te atraviesa / y se te rompe el pecho, /…/ Si herido vas de muerte todavía / donde silban los álamos / tú y yo nos encontramos” (Canto al joven poeta que una vez quise ser hace más de veinte años). La paternidad —biológica y simbólica— es aquí un lugar de vulnerabilidad. El poeta dialoga con el joven que fue, pero ese diálogo no es nostálgico, sino reconciliador: aún es posible encontrarse “donde silban los álamos”.

La pregunta por cómo se pertenece a la vida atraviesa el libro como un murmullo insistente: “Cómo es posible / que solo sea así / como se hermana uno con la vida” (A las claras). La respuesta no se formula en abstracto, sino en actos concretos: amar, mirar, aceptar. Incluso escribir aparece como un gesto humilde, casi doméstico: “Y escribo estos poemas / que sé que, en realidad, / son esas tonterías / que me ordenan el mundo en el que vivo” (Exámenes finales). Hay aquí una poética de la modestia: la literatura no salva, pero ordena.

En la segunda parte, …Y anda, el movimiento se intensifica. Aparece la confesión, no como dogma, sino como duda: “Creo en dios de una forma / infantil para un tipo / que ha cruzado de largo los cuarenta”. Esa fe infantil no es ignorancia, sino resistencia. Una fe hecha de gestos mínimos, heredados: la abuela, la oración, el silencio. “El silencio es hermoso, su casa es la oración / que me enseñó mi abuela analfabeta / siendo yo muy pequeño” (Cuando estoy triste). Aquí la tradición no es un peso, sino una transmisión amorosa.

El amor, en todas sus formas, vertebra esta segunda parte. Amor erótico, filial, fraternal, pedagógico. Amor como necesidad, no como recompensa: “Amar es necesario, / ser amado no importa” (Romance en Durango). Una afirmación que resuena con la ética de Simone Weil y con cierta mística laica. Amar es un acto, no un intercambio. Por eso “Y esa velocidad del corazón / o conoce el fracaso. // Solo el amor me mueve” (Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado). Los amantes que pueblan estos poemas no buscan la épica del triunfo, sino la dignidad de la herida: “Nacen para perder / y van en serio. / Porque viven heridos. / No saben qué es morir. // Y porque dan la vida, / la reclaman” (A los amantes). En esta aceptación del fracaso como forma de verdad hay un eco de la mejor poesía contemporánea: la que no promete redención, pero sí sentido: “Creo en dios de una forma / infantil para un tipo / que ha cruzado de largo los cuarenta” (Confesión).

En los versos se articula una poética del amor entendida como experiencia límite, humilde y profundamente ética, donde amar no es triunfo sino riesgo, aprendizaje y, a veces, culpa. En “Fue así como juramos nuestro amor, / irremediablemente, / como hacen los amantes / que ya no tienen nada que perder” (Seis tinajas de piedra) el amor surge cuando toda protección ha caído, como un acto definitivo. Esa misma lógica se transforma en pedagogía afectiva cuando se afirma “Solo enseña quien ama / y, al amar, / la tristeza se parece al canto enamorado de los pájaros / y en una rama de olivo y al romero / y a ti que rezabas cada noche, / con esa voz tan dulce, un Padre Nuestro” (Una rama de olivo), donde el dolor se transfigura en belleza y memoria compartida. La conciencia moral atraviesa el yo lírico en “Si fui incapaz de amar, / dios me perdone” (Bendigo la mesa el día de mi cumpleaños), confesión que equipara la falta de amor con una falta casi sagrada. El amor aparece también como fuerza creadora primordial en “Para que el pan suceda, / primero, un dios pequeño / amó las cicatrices de la tierra” (Diosa de los descalzos), ligando lo divino a lo herido y cotidiano. Lejos de idealizaciones, se reivindica un amor trabajador y anónimo en “No saben que al amor / hemos sido llamados tan solo los obreros” (Abejas saqueadoras), donde amar es tarea y no privilegio. Finalmente, “Yo siempre me enamoro de esas cosas / pequeñas, los matices” (Liviana luz) condensa toda la poética en una ética de la atención, afirmando que el amor verdadero habita en lo mínimo, en lo que exige mirada lenta y compromiso sensible.

La naturaleza aparece como aliada ética: los gorriones, las abejas, el trigo, la lavanda. “Y son los gorriones, / de entre todos los vivos, / los más vivos del mundo” (Apoyo mutuo, Piotr Kropotkin). La vida pequeña, aparentemente insignificante, es la que mejor encarna la resistencia. Como en Kropotkin, el apoyo mutuo se convierte en ley natural y moral.

La figura de la hija introduce una nueva forma de esperanza: “Admiro las distancias, las inercias, / los corazones / que están casi apagados y resisten… /…./ Y están entre mis brazos otra vez / dibujando confines, hija mía, / con ojos de pirata, // encerrando la luna / entre el pulgar y el índice (Ojos de pirata). La infancia no es aquí un paraíso perdido, sino un territorio en expansión. Y junto a ella, la memoria de la abuela vuelve como ángel doméstico: “Mi abuela estaba aquí, era el ángel de Rilke / libándome el azúcar / de la mesa. /…/ No nos sangran los labios. // Sangramos de alegría” (Taburete). La alegría, en este libro, no es euforia, sino una forma profunda de resistencia. Incluso la tristeza es interpelada con lucidez y furia: “No me engañas, tristeza, no podías, / sin que yo te dejase, entrar en mí /…/ Si te dejo a mi vera solo es por consolarte: / mentirosa, hijaputa, mala madre// Me recuerdas quién soy, y me condenas” (Tristeza). La tristeza no se niega, pero tampoco se idealiza. Se acepta como parte del pacto con la vida. “En aceptar consiste, / ya lo ves, / en permitir tan solo / que las cosas sucedan. // Hoy me he visto mirando y consintiendo / y el mundo ha atravesado mis pulmones / con su campo de trigo tras la lluvia. // Tú me limpias las manos. / dios no sabe” (Lavanda). Y en ese consentimiento, el mundo atraviesa el cuerpo.

Al cerrar el libro, queda la sensación de haber asistido a una conversación íntima y colectiva a la vez. Un libro que enseña sin adoctrinar, que ama sin poseer, que cree sin imponer. Un libro que, como Troya: “Cómo podría yo decirle a nadie / que Troya es tan real como el amor, / que existe una victoria en la derrota / que hasta la misma muerte ignora” (Doce fotografías). Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado no ofrece respuestas definitivas. Ofrece, en cambio, una manera de estar en el mundo: atentos, heridos, agradecidos. Con el corazón acelerado. Como si amar —y enseñar, y escribir— fuera la única forma honesta de seguir andando.

 

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