miércoles, 20 de marzo de 2019

Reseña de Anabel Úbeda Bernal: ‘Visiones del refugio azul’. Boria Ediciones. 2019

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"Yo soy duda” (Doble ocult(a) II)

Anabel Úbeda nació en Cartagena (1994) y se graduó en Literatura. Ha participado en distintos ciclos de poesía, incluida en la antología Siete menos veinticinco (Raspabook / Asociación cultural El Diván, 2017). El prólogo de Charo Serrano. A partir de las citas iniciales de Rosa Montero y Susana Fortes el libro se adentra en la descripción de una serie de paisajes en los que se entremezclan los temores y las añoranzas, narrando una serie de episodios en los que se va abriendo en canal el yo poético en un tránsito, un camino hacia el refugio del que habla el título: “Pájaro caminante, / entre hallazgos oníricos / que silva manos acompañarte” (Preludio). Es precisamente lo onírico uno de los rasgos clave en el universo poético que se despliega en esta primera obra, con la sensación de estar hablando en clave, con una atmósfera que la emparenta con las poéticas de Antonio Gamoneda o Juan Carlos Mestre.
                Podríamos aventurarnos a ver en estos poemas un viaje iniciático, traspasando la línea de sombra que deja atrás la adolescencia: “Y si, igual esta historia suena a adolescencia y confusión, pero se acompaña de otras melodías que me llevarán hasta el prometido «Edén »”; “Colgó el hábito de la niñez / esparciéndola en los primeros de la adolescencia / en los que aún dormida / volvía a rasparse las rodillas en el parque” (Desvirginizada). En el trascurso del viaje aparecerán las relaciones de pareja, la incomunicación, los malentendidos, las dificultades del camino: “La soledad contigo / me atemorizaba / y decidí residir / en el mundo paralelo / que nos habías creado /…/ Mi puerta / dejó de anhelarte / y tus benditos vetos / provocaron mis sublevaciones / de las que aprendí / que solo eran literatura” (Cadena virtual).
                Es una constante mirada hacia atrás, hacia la infancia, un territorio de partida, no siempre un territorio seguro, pero irremediablemente perdido (“Las vacaciones parecían versículos / llenos de la tranquilidad / que desde el frío diciembre / –en que nací– / nunca tuve en los inviernos” (La Luna Azul). La posición del yo protagonista es la valoración de la madurez como una experiencia en la que la poesía se convierte en una herramienta fundamental: “Durante aquellos paseos, observé la realidades que me ayudaron a aprehender el mundo como un lugar que necesitaba la poesía” (El pájaro caminante).
                En la segunda aparte, El pájaro caminante, los poemas se ocupan de ciertas obras de arte y de situaciones, Guernica, el Charlestone, una canción de Komplot, como quien se detiene a observar los paisajes del camino. Manos acompañantes, que sería el título de la tercera parte, se adentra en el amor como centro alrededor del cual se articulan las experiencias: “Estás maniatado, / escalando por telarañas / líquidas / espesadas con un filtro / de desamor y enojo” (Insensible visión). Las sensaciones por completo se ven transformadas por esa experiencia subjetiva: “La ciudad de la que deseaba huir ya no parecía tan opresiva, pero no me parecía mejor”, confiesa en el prólogo a esta sección.
                El sutil uso de alegorías y de imágenes bíblicas confiere a los poemas un aura específica de solemnidad y trascendencia: “Tres, ante las rupturas / celestiales / de grandes grupos. / Un armisticio firmado / de comprensión y risas, / un acorde denominado/ «Amistad»” (En aquel parque); “Atraviesas el tiempo, / el espacio y estas sola / frenando el reloj / en tu abrazo reconfortante, / que impulsa a la vida, / más adelante, / a seguir su curso” (Se peinaba a lo garçón).
                La literatura ofrece un refugio, otras estaciones del viaje, en este caso, como señala el título de la sección IV, son Hallazgos oníricos: “Dar importancia a la imaginación y a los sueños nocturnos nos devuelve nuevos símbolos y nos acerca a la infancia, en que pensábamos que podíamos ser héroes de cualquier causa, atravesando el bosque de nuestra conciencia para ir más allá”. Incluso el lenguaje poético se hace más solemne a la vez que desciende y es más humana.
“Cada vez se transformó
en un sentimiento
al ser observado
traspasaba el lienzo
y la piel
/ … /
Me preguntó con sus miles de voces
quién era yo
y sólo me llamó Creadora.
Le di la libertad,
pues aprendió a ser obediente,
pero se quedó
a enseñarme mi metamorfosis” (Inerte susurro de la creación)
A la vez que se aventura en el equilibro de lo poético (“Planos de un canto argentado / de verde óxido”, Distopía), mantiene, sin embargo, los pies en la tierra y se demuestra con el recurso a vocabulario no especialmente poético, incluso antipoético (marcas como Ikea, expresiones low cost), referencias a Disney: “Trago a trago / mantenía despierto su cuerpo / para no malgastar la cafeína de sus labios / entre ensoñaciones de los recuerdos  / que tras cada lectura / se elucubran del blanco y negro / a la Aurora Boreal” (Desazón).
                Timbres y espejo es el siguiente agrupamiento temático, alrededor, esta vez de la ciudad-sin-nombre: “Me puso ante un espejo que reproducía momentos de dolor, de soledad… recuerdo en los que tuvo que demostrar cuál era el significado de libertad”. En este paisaje apenas desamparado  caben citas a las golondrinas de Bécquer y a Miguel Hernández: “Mi vientre fue un tempo / de inexpugnables muros / que caballos de Troya / trataban de invadir con el sigilo / de yermos besos” (Templo de lealtad). La llamada y la autorreflexión delante del espejo ofrecen igualmente una imagen desolada: “Pelos de loca, / gata arisca, / o yo, “la nada” / en ese silencio de todos” (Maullando al existir); “Parece que soy yo, / tras el telón alabeado / con pose firme y pacífica, / observando desde el alféizar / mi versificada muerte / en la pólvora virgen de un arcabuz” (Primer movimiento).
                En cambio, Encuentro, tras una cita de Sontag, retoma las relaciones y el amor: “Allí estaba él, había llegado como yo a aquel lugar y, nunca supe cómo, los rayos del sol entraron más que nunca, sin pedir permiso ni perdón, las luces artificiales y el encuentro se produjo. Solo pude susurrar: «Quién eres?» Y él contestó: «Quédate en nuestro hogar y descúbreme»
“Alto y claro
el “tú primero”
vino después de la gota de café
resbalando por mis dedos,
de la espuma de cerveza
alojada en tus comisuras.

Atraída por el movimiento
de tus ojos sobre mi piel
descargo mis metáforas en tus lunares
con una esperanza:
no ser interpretada.

Yo amainé el temporal
 en mis interiores,
retorciendo las mordazas
intransitivas,
encubridoras de años de silencio” (Compañeros de vida)
 El paisaje y la desolación se acaban, llega el refugio: “Tus vellos erizados / lo confirman, / no somos enemigos” (Contramano). Los poemas destilan lirismo y destellos fugaces, ilusión: “Sujetemos una rosa / imaginaria / cuyos oscuros pétalos / sean del centeno / con el que fuiste creado” (Tango de pétalos). Transforma el viaje y se incorpora, es decir, se mete en la piel: “Destrózame de una sola vez / con otro «te amo»” / cruzando mi esternón, / pulso sangriento del remedio / a la maldad de los noticieros” (Pulso); “Me desgarra este yo contra mí, / por eso te muestro / que eres cierto /… / Desvísteme / antes que se derramen las tierras / de mis entrañas·” (Doble ocult (a) II)
                Anabel Úbeda nos ofrece aquí un hermoso intento de “dibujar el mundo / con su esencialidad / en hojas amarillas” (Madre Tierra).



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