lunes, 4 de marzo de 2019

La belleza


La sensación íntima de la belleza como un impacto instantáneo se resiste a ser considerada como fruto de unas normas socialmente establecidas, siquiera de un aprendizaje. Suele ser tan evidente a los sentidos que es difícil aceptar que estamos entrenados socialmente a considerar la belleza según un prisma determinado.
                Según nos dan a entender los neurocientíficos, la belleza tiene una base bio-psicológica que algunos se atreven a asociar con números matemáticos. El más conocido, el llamado número áureo se aplica a las Bellas Artes y se puede encontrar no solo en la sucesión de Fibonacci de muchos seres vivos, también en el diseño de edificios como los palacios nazaríes de la Alhambra. Algo intranquilizador se nos queda cuando leemos que incluso el rostro humano nos resulta más atractivo si sigue esos parámetros. Y eso que ya estamos acostumbrados a considerar el eterno femenino como algo radicalmente histórico, dependiendo de modas y oscilante en sus curvas.
                Nos consuela en cierta forma pensar que la belleza se basa en algo incognoscible, en un misterio que nos subyuga al que no tenemos alcance. Y en cierta forma así es. Lo comprobamos en la contemplación de lo sublime en la naturaleza, en los acantilados que invitan al abismo; en los cielos de nubes teñidos del rojo intenso de las tardes; en la grandiosidad terrible del desierto y en los desiertos oscuros de las noches estrelladas. La belleza se nos escapa y nos sobrecoge. No podemos reducir las percepciones a unas medidas y a unas proporciones. La inmensidad es tan cierta que duele.
                Hay algo, difícil de explicar pero claramente advertible en las diferencias entre las obras de arte mayores y los pastiches, entre un paisaje de Constable y un cuadro para turistas, aun siendo este realizado con esmero y oficio. Los dorados de Churriguera no son lo mismo que el kisch sinsentido de la ostentación con menos clase. Describir en qué consiste es complicado, pero el ojo cultivado sabe perfectamente distinguir el disgusto  de una imagen ñoña de la delicadeza de los simbolistas de finales de siglo XIX.
                La ininteligibilidad del arte la saben demasiado los productores discográficos. Procuran mediante fórmulas –radiofórmulas en este caso– emular un éxito reciente, repitiendo las estructuras, las armonías, los estribillos, los temas. Y el público se da cuenta. Quizás sea lo mismo, pero no es igual. Aunque se ponga de moda un estilo y nos inunden los oídos de melodías clónicas, de ritmos calcados, volvemos la atención a los orígenes y suspiramos. La fórmula repetida no triunfa. Su belleza no nos sobrecoge.
                Y más allá de las modas y de los oficios de buscador de novedades, la deshumanización de las vanguardias más interesadas en epatar o en ser los primeros que en crear una belleza. Interesados quizás, precisamente, en no crear belleza, sino inquietud en el espectador. El arte quiso dar más aún que el arte, la belleza perdió la centralidad, el arte se arrogó la obligación moral de servir a unos objetivos ajenos, a la transformación social, a la conservación de la tradición, a la propaganda. La música, por ejemplo, tras la explosión hippie tenía que ser más que música. John  Covach utiliza el término “estética hippie” para dar cuenta de esta aspiración. La música no sólo debía ser entretenimiento, debía tener un mensaje, aspiraba a la respetabilidad que sólo la música de tradición escrita tenía, ofrecía el acceso a un mundo distinto. El arte por el arte quedaba corto.
                La belleza sobrepasa los límites del circuito del arte. Una broma pesada que orquestan las galerías, los críticos, académicos, coleccionistas. A partir de la carrera de las vanguardias parece que el texto básico para entender el arte es simplemente el cuento del traje nuevo del emperador. Muy fácil hacer la caricatura de los necios que reverencian lo que no comprenden y no pueden ver. Ese campo, en terminología de Bourdieu, no es el campo de la belleza. Es el campo de la mercancía, el valioso campo de la mercancía que otorga valor y distinción a quien posee, no tanto la obra, sino el criterio para distinguirlo. En un juego de espejos infinitos la apreciación del arte se convierte en una jerga especifica de los iniciados.
                La belleza, y lo sabemos en nuestros intestinos, se escapa por un momento a todo eso. Saber mirar la belleza de la naturaleza se parece al conocimiento necesario para apreciar la belleza del arte. Cuanto más sabes, más lo aprecias. Hay ejercicios para apreciarlos, la tradición japonesa del haiku es un entrenamiento espiritual para ver la belleza del instante tan poderoso como los comentarios lingüísticos y artísticos de los críticos y académicos. Educar la mirada como se educa la mano del dibujante, exactamente con el mismo procedimiento nos enseñó John Ruskin.
                Y confiar en tener los sentidos abiertos para apreciar la belleza sin intermediarios, para luego, con pausa, deleitarnos con una apreciación más profunda, que todo nuestro ser, con nuestra memoria, nuestros conocimientos, nuestra conciencia, traspase la mirada apresurada. La belleza duele porque los músculos la sienten, duele porque el corazón siente, duele porque los ojos sienten, duele porque sentimos intensamente.
                Al final, como siempre, aceptar que ya está todo dicho, porque mientras exista un misterio para el hombre, sabia Bécquer, habrá poesía.

1 comentario:

  1. Qué delicia de artículo que viene a ilustrarnos sobre algo tan complejo y a la vez tan sencillo en ocasiones como es la belleza. Al alcance de todos está, `pero no son todos los que se detienen por un momento en buscar la belleza en cada estado de los que somos partícipes, en todos y cada uno de los instantes en los que con nuestros ojos, nuestros oídos, nuestro olfato, gusto, tacto, llegamos a percibir ese principio que nos anima a seguir perseverando en esa continua búsqueda de lo que vino a llamarse sublime: LA BELLEZA. EXCEPCIONAL, mi querido amigo.

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