La
primera parte de la frase puede sonar picarona, subida de tono, pero al final
resulta un convencionalismo típico de esta época del año. Es el deseo correcto
en el momento correcto. Parece mentira cómo hasta los deseos están mediados por
la sociedad. (Vaya, ya salió otra vez culpando a la sociedad el Rousseau este
de pacotilla.) Incluso podíamos decir que el deseo es de los aspectos vitales
más establecidos por la sociedad, que nos ofrece suculentos manjares que otras
culturas rechazan como excrementos.
El deseo,
además de ser la productora de los hermanos Almodóvar, cumple la función de
dirigir nuestros pasos en pos de un objetivo. Es algo muy interno de la
persona, pero soporta, como vemos, una gran presión externa. Una curiosidad que
puede resultar esclarecedora es la expresión española “tener ganas” o “entrar
ganas”. Aventurándose en la psicología
que se esconde tras las expresiones, las ganas las tenemos porque nos entran.
El deseo de algo proviene de fuera (nos entran ganas de comer bombones) para
hacerse interior (tengo ganas de irme). Es difícil de traducir la expresión
exacta a otros idiomas pero muy significativo el balance entre el origen
externo del deseo y su interiorización como motor básico de la acción humana.
Están
organizados socialmente los gustos, las series de televisión, las prácticas
sexuales, los objetos, la imaginación… Revisando bibliografía sobre la llamada
tercera edad de oro de la televisión (Los
Soprano, The Wire, Mad Men, Breaking Bad…), me ha llamado la atención la
narrativa de los investigadores sobre cómo cadenas como la HBO en Estados
Unidos cambiaron el gusto de la audiencia. Los expertos en márquetin nos dicen
que hay que darle a la gente lo que quiere, por eso los spin doctors maquillan a los candidatos y sus programas, los
productos de belleza mueren de sobredosis de Photoshop, se cuidan muy mucho los cambios de sabores en los
alimentos… En cambio, la revolución televisiva tuvo mucho que ver con la
libertad creativa que ofrecía la televisión de pago, hasta cierto punto
independiente de los miedos de los anunciantes. De repente sucede, y algo
impensable como un gánster con problemas psicológicos y familiares sacude la
audiencia y se convierte en un éxito de crítica y público. En cierta manera se
le ha dicho a la audiencia qué es lo que debe gustar. Y “aciertan”.
En el
plano sexual estamos acostumbrados a cambiar, no sólo un canon de belleza sino
las prácticas concretas. Alba Muñoz avisa en un artículo para PlayGround
Noticias que nuestra
lujuria está siendo manipulada. En este revelador repaso a cómo las
farmacéuticas, a partir del descubrimiento de la Viagra, califican, inventan
síndromes y disfunciones, la autora describe todo un proceso de biopoder, como lo llamaría Foucault. Lo “natural”
ha cambiado, la pérdida de deseo es una enfermedad a curar, o, al menos, a
paliar. Más de la mitad de la población femenina tendría problemas de índole
sexual.
El
deseo se hizo carne y habitó entre nosotros. El deseo por excelencia ha sido el
sexo, objeto de múltiples manipulaciones por parte de autoridades y filósofos
eclesiásticos. Se establecía, primero por la Iglesia, luego por la psiquiatría
y la medicina, cuáles eran los deseos correctos y los momentos adecuados para
el deseo. Describir el proceso fue la tarea que se autoimpuso Michel Foucault
para su Historia de la Sexualidad.
El sexo
fue la gran solución de San Agustín para solucionar el problema del pecado
original. El deseo, perverso por naturaleza, es la causa de que la
desobediencia de Adán y Eva (comer del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal)
se transmita de una generación a otra. Pero quizás en estos tiempos inciertos
son los objetos (materiales y virtuales) los deseos más canónicos. Incluso el
deseo sexual se mediatiza por los objetos: cremas, juguetes, lencería…
Dicho
de otra forma, se ha objetivado el deseo, el deseo se ha hecho objeto. Es,
además, la mejor forma de comprobar si dicho deseo se ha cumplido: tener el ticket
de compra, exponerlo en una vitrina, mostrar las fotos, poseerlo, incorporarlo.
El deseo-objeto es comprobable, es mostrable, es científicamente objetivo. Se
tiene o no se tiene, se alcanza o no.
La
mecánica del objeto-deseo comienza con la creación de una demanda sobre un
producto. Omar Little (Michael K. Williams), el traficante de The Wire, que toma clases de economía en
la Universidad, lo entendió rápidamente. Lo que aumenta el precio de un
producto es la demanda, es decir, el deseo. Lo paradójico del descubrimiento es
que no lo controlamos los consumidores, al contrario, es controlado por los
productores. La publicidad es la ciencia de cómo despertar el deseo. El
principio de Say lo sabía: no puede existir demanda sin oferta. El resto es el
juego para superar a los competidores.
El
deseo es tan fundamental para el desarrollo económico que nos ha convertido en
la peor versión de las máquinas deseantes que profetizaran Deleuze y Guattari.
La ausencia del deseo es la aspiración máxima del Zen (lo cual, en sí mismo, es
una aporía, puesto que se desea no tener deseo) mientras que su falta es una de
las más graves enfermedades. No sólo la falta del sexual, la depresión conlleva
una total ausencia de deseo. Sal, no te quedes en casa, ¿no te gustaría comer,
viajar, ligar…?
El
deseo-objeto termina por aprisionar al sujeto, por sujetar al sujeto. Te
consumes por consumir, te agotas (te agotan) como consumidor, cuando te quedas
sin fondos, cuando te quedas sin deseo, todo te satura. Por eso hay que
mantenerlo, con nuevas aspiraciones, nuevas metas, perpetuum mobile del alma: hay que innovar, ser un emprendedor, un
culo inquieto, con una curiosidad insaciable. Estas son las estrategias, las
pequeñas tretas para seguir en la brecha del círculo vicioso del consumo, motor
del capitalismo libidinal.
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