jueves, 16 de mayo de 2019

Reseña de Maribel Andrés Llamero: ‘La lentitud del liberto’. MacLein y Parker, 2018. Prólogo de Antonio Colinas.


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Pocas veces se tropieza uno con un libro de denuncia que antepone la riqueza poética al mensaje. Aquí tenemos un libro que tiene los ojos abiertos a la realidad, que ansía y desespera ante las dificultades y trampas del mundo contemporáneo, sus desigualdades y su hipocresía. Libro combativo, implacable pero no soez, cerca del grupo Voces del extremo, que está muy lejos de lo panfletario y que aboga por la libertad, desde la libertad formal de la escritura hasta la aspiración que colma el volumen.
                Un volumen con unas referencias e intuiciones que lanza sus dardos hacia los Grandes Relatos, que utiliza el lenguaje religioso como símbolo del fracaso de estos Grandes Relatos y, en general, contra las creencias que han defraudado, “ya no consolaba su Verbo / apócrifo / no sabía nombrar / los pecados de sus hijos mayores /… / Fueron esperanza / y hoy no son nada” (La soledad de la carcoma). Aprovechando la secuencia del Nuevo Testamento denuncia  la irrupción del mercado en todos los ámbitos de la vida en poemas como Manifiesto y Oda al centro Comercial: “Caminemos por las grandes superficies / al amparo de los símbolos del capital / para sentirnos en casa” (Oda al Centro Comercial). El centro comercial es un no-lugar canónico (“Conozco un no-lugar / suspendido entre dos lugares. / Un espacio sin identidad igual a otros / donde el tiempo     acecha fuera / sin atreverse a entrar”, Territorio y fragilidad), un lugar sin historia, intercambiable, fabricado en serie, con las mismas tiendas, los mismos productos, que obliga a una única actividad que es la que nos define, el consumo. La vida en los centros comerciales ofrece un símbolo poderoso, los escaparates: “Pasen y observen los bellos decorados, / en cualquier momento va a comenzar el espectáculo de la intimidad ficticia” (Proliferación de las vitrinas); “La virtud es ahora el arte de la ficción” (Proliferación de las virtudes). Son el ejemplo más brutal del mundo falsificado que se muestra para atraer la atención, y son también una metáfora de cómo este ha sido el modelo de forma de vida: “Insistía en que el rostro / era el espejo del alma / y lo modificaron                 para ser / mejores /…/ Venciendo al cuerpo / quedaron por él vencidos” (El sueño de la razón produce monstruos).
                La exigencia de servir de escaparates de una vida feliz es la esclavitud contemporánea que es reacia hasta los aspectos biológicos esenciales: “todo es bello y correcto / menos nosotros. // Por eso nos señalan, culminación de toda deformidad, / y hacen bien. // Deja que crezca sobre tu cuerpo ese otro / que habita en ti y es más real que tú y más alto también, y más hermoso” (Palimsesto). La estrategia para la vida está en alcanzar los Terceros Espacios, las grietas, el resquicio: “Porque es entre ser y no ser / donde se encuentra la vida” (Aullar).
                Los no-lugares incluyen las transformaciones urbanísticas de las ciudades contemporáneas, tan hostiles a la vida humana, donde los árboles, los lugares comunes, la vida en las aceras es cercada y extinguida: “Algo en la simetría diseñada de ciertas ciudades / expulsa la vida. Porque la perfección / que nos acecha en sus esquinas rechaza / a los tristes y melancólicos, / a los desencantados de sí” (Ocultemos la soledad con un perrito). Los teóricos de la ciudad como David Harvey lo han descrito en las urbes contemporáneas: “Al mendigo de la gran ciudad nada lo nombra / y a nada su verbo da nombre / porque el desposeído carece sobre todo de voz / y de palabra. // Y en eso siente, más que ninguna otra cosa, / que el mundo que habita / no le pertenece” (Extensión de la carestía); “Qué mal hicimos para merecer / los dioses de este siglo, /…/ Nadie entiende la ciudad que lo rodea / ni los residuos enterrados que cercan / la ciudad que lo rodea” (Qué mal hicimos).
                Maribel Andrés Llamero va más allá y se adentra en el núcleo de la esclavitud, la estructura laboral y vital de la economía de mercado: “Honrarás sonámbulo a tus jefes y a tu trabajo / porque solo ellos / serán tu derecho a la vida” (Qué mal hicimos). Y se lamenta de cómo se ha interiorizado en el esclavo esta aspiración a través del uso del espacio: “En quién te convierte / el mundo // que te habita” (Metamorfosis). Porque este es un libro en el que los conceptos se anclan en unas coordenadas espaciales muy claras.
                La segunda parte, El liberto despierta, es el canto de esperanza de los cimarrones, los que sobrevivieron, los que no se doblegaron y nos enseñan el camino hacia la liberación. El tono de los poemas cambia radicalmente y adquieren un cromatismo profético: “Abrazados ya los que han resistido / del suelo y erguidos” (II). Uno a uno se describen las acciones de este viaje, esta partida, “Con la serenidad y la lentitud del liberto / nueve se miran demorados y celebran / la fragilidad de las flores que se deshacen / con la brisa de un soplo, que nadie / profane la debilidad de lo que somos” (I).
                El liberto, es un hombre nuevo, “Con la sangre menos espesa / ya aprenden también a mirar” (II). Lo corporal, las entrañas, la piel y las sensaciones no se ocultan ni se consumen: “En lo inefable del sexo hallan / paz: / no como en pueblo salvaje, más gloria / que la claridad de otro cuerpo desnudo // así / se hacen humanos” (III). En la utopía del liberto, caen las sombras y llega la lucidez y el conocimiento: “Mienten los espejismos, ya marchan” (IV).
                El final, más metafórico, más mítico, un futuro que mira atrás, una utopía que es volver a lo primitivo, a lo esencial, dejando atrás la vegetación salvaje y el urbanismo cruel: “El desierto –se dice con ternura– / ha sido largo. Abrázame / de la manera sagrada en que te enseñamos tus padres, / única herencia hermosa de aquellos // que ya no fuimos (V).

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