miércoles, 17 de octubre de 2018

Reseña de Faustino Lobato: ‘Rehacer el alba. Memorias de un naufragio’. Ediciones Vitrubio. Colección Baños del Carmen. 2018

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“Es posible la luz, aunque haya oscuridad y tenga que volver a redimir el canto con los dedos mientras deshago el silencio que me separa de ti” (p. 76)
Nacido en Almendralejo, tras pasar un intenso periodo en Bélgica, vuelve a Badajoz donde termina dejando la institución eclesial y dedicándose al ejercicio de la docencia. Faustino Lobato cuenta con una trayectoria poética muy sólida, que comenzó en 1998 con Poemario Gitano hasta La sorpresa de lo humano (2018). Este Rehacer el alba es el volumen inmediatamente anterior y continúa, en cierta forma el universo metafórico sobre el que pivotaba El nombre secreto del agua (2016). Es significativo que esté dedicado a su mujer, “por los naufragios compartidos” en este libro sobre el dolor, concretado biográficamente en la muerte del padre del poeta. No es un canto fúnebre, ni, como señala en el prólogo, Efi Cubero, porque sus palabras ni “reclaman consuelo, ni tampoco intentan consolar”, pretenden navegar por el dolor.
Desde la primera parte, “La levedad del barco (Memoria 1)” pasea por la filosofía existencialista, entre la “neánt” y la “sagrada costumbre de mirar al cielo” (p. 22). Se contrapone la sensación de naufragio a la vivencia a flor de piel: “Qué fuerza hay entre los cuerpos cuando lo infinito o lo absoluto puede resultar la suma de todo y no es más que vacío limitando el deseo” (p. 23). Lo que no se puede evitar es cierto desencanto, “Es falaz que lo seres hablan de amor” (p. 24); “¡Hay tanta ausencia!” (p. 25); “Cómo pasar esta inercia sin sentido” (p. 26); “Todo, tan breve” (p. 31). La sombra de la muerte acecha.
La propuesta de verbalización que está implicada en el poemario no siempre satisface al poeta (“Por qué vivir alrededor de un eje que lo explique todo”, p. 68), que trabaja como un artesano tallando su propia imagen: “Como barro seco, / sin la impronta original, / busco, entre las vocales diarias, / ese rostro de promesa que adornó / lo mejor de otros instantes” (p. 26). Cómo no recordar a Miguel Hernández –y a Efi Cubero– de la misma forma que el personaje de W. Golding, Martín, el náufrago.
“Cómo descubrir la emoción en la cara oculta
de las cosas, si la carne reclama
las vocales del verso;
las horas se convierten en ídolos
que controlan la pregunta; y la vida huye de una falsa dirección” (p. 59)
Otros poemas se ramifican en numerosas referencias filosóficas, de Rilke a Foucault, para luego caer solemnemente a ras de suelo, a la más absoluta terrenidad: “Parece que va a llover” (p. 27). La incertidumbre le hace contemplar el paisaje, perplejo, para atisbar alguna pista. Quisiera ser hormiga / para descubrir la grandeza de las cosas /… / Cuesta ajar / hasta la frontera del barro” (p. 29).
“Crezco en medio del dolor y las torpezas. En este presente de naufragios y abandonos, no renuncio al pasado, a lo que fui antes de comer ese veneno que me abrió los ojos y me hizo saber que soy barro, levedad” (p. 32).
La escritura, la necesidad de poner por escrito es una especie de ejercicio espiritual que ponga en orden los sentimientos aturdidos por el naufragio
“Escribo sensaciones, con la dificultad de saberme ante lo inevitable –soledad, miedo, muerte, vacío, incertidumbre; con la impronta del gesto cotidiano a merced de ese juego del destino que pretende que el infierno del olvido solucione las distancias. Encarar la verdad es el principio de un rechazo” (p. 35)
La tensión entre la vida y el universo sin sentido se convierte en una constante, se expresa en la contraposición entre levedad y gravedad: “Qué fuerza de gravedad puede haber entre los “justos”, cuando el infierno de la distancia marca el trecho equidistante de sus cuerpos que, sin alma, naufragan en el vacío” (p. 36). Y se expresa a través de la metáfora del naufragio: “Vivimos a la deriva, en un mar de desconsuelos, inventando dioses y leyendas para sobrevivir en medio de un caos insolidario” (p. 37). Los poemas, como salmos, alternan dos voces, dispuestas tipográficamente y mediante la cursiva: “… Un punto / con sabor a muerte. Dios se asoma al caos. / Todo está por hacer. Eva sonríe. / Después, / vendrá el verbo con sus paraísos” (P. 39).
El sentimiento predominante, como no podía ser de otra forma, es la desolación (“No hay nada que hacer. / La incertidumbre acecha / entre el instinto y la razón”, p. 43), en la que, sin embargo, procura no caer el poeta: “No puedo reclamar la eternidad / cuando la carne se hunde en el barro / y la pasión adorna la tramoya diaria. / Sobrevivo / en esta selva de vanidades. // Los ángeles existen” (p. 41). Más que una incertidumbre, lo que Faustino Lobato nos narra es el fin de una época de ilusión, en la que “Las miradas han dejado de ser cómplices” (p. 43), donde uno se pregunta “Dónde está el color de la sorpresa” (p. 42). Porque “No hay presente que guarde la vida / y cierre la puerta a otros paraísos” (p. 44).
“Estoy
ante el dolor de lo perdido,
en la desesperanza
sin poder reparar
estos versos de agua” (p. 44)
Sin embargo, en cada una de las partes, el poeta se enfrenta a la decepción y al dolor mediante la poesía, la que se escribe y la se descubre: “Doy gracias al aire, a la voz que me empuja a leer esta sintaxis de la calle y sus ruidos, gracias, a este emigrar de la emoción que se afirma en el poema” (p. 49). Una composición austera, sin recursos ni barroquismos y sin embargo, muy musical, por ejemplo, con staccati, repitiendo “llueve” en varios poemas (p. 46, 47, 48, 49). “Cuando el día tiene ese punto infame…” (p. 60), recuerda al Love will tear us apart de Joy Division: “Cuando la mirada y las manos son el cortejo / de lo fortuito y el color salta en el vacío, / el fuego nace / en la aparente victoria / de lo imposible // Palpo la gramática de la vida” (p. 60). O a Dylan en “En este punto…” (p. 69).
Aborda la escritura más que desde las certezas, desde una posición de resistencia, de ahí lo de Rehacer el alba: “Cómo entender el movimiento de la derrota en la arquitectura de lo aparente. Es fácil explicar el rencor y el miedo, la soledad y el dolor y después, sentir la solemnidad de los instantes” (p. 54). Aunque entre sus versos se pueda “estar entre la nada y el todo, entre la angustia de vivir y la ilusión de alcanzar el paraíso” (p. 59), no es el existencialismo desolado, aún preserva la fe en que puede existir una esperanza: “Y un ángel guardián resuelve los conflictos del alma con ese mouvement de l’absurde en el que me encuentro” (p. 53). Siempre es posible la redención, aunque el proceso sea arduo: “No sé cómo redimir la mirada” (p. 54).
Los paisajes que predominan son los de la niebla, lluvia, desamparo. Las soluciones, enfrentarse a la marea y el torrente; adentrarse en la niebla o esconderse, que la huida es imposible, y la palabra, la eterna búsqueda de la voz y la palabra, llevan al sufrimiento. La avalancha del deseo –de seguir vivos, latiendo–, de los deseos –carnales y no carnales– tropieza con el muro del agua, lucha inútil: “No quiero vivir en esta colmena de deseos, / en este laberinto de pérdidas innecesarias” (p. 56).
“No quiero esconder bajo el barro
la gravedad de los sueños. Quiero vivir
sin forzar los silencios, dejar a la palabra
su razón y a los impulsos, su momento
Duele la carne en este naufragio de vivos
/… /
Duele amar.” (p. 57)
                Una de las principales lecciones de los naufragios es que somos nómadas, siempre en tránsito: “Qué ligero el espíritu en esta jungla de seres voraces” (p. 59). Transeúntes movidos por el deseo: “Mientras, la calle fabrica nubes a precios de saldo hasta ahuyentar las nubes del deseo” (p. 63); “Existir, sí, entre el misterio con la misma intensidad con la que vivo un amanecer, un orgasmo, un abrazo o una sonrisa. Existir con la ilusión de mantener un sueño aunque este sea una utopía” (p. 67). Dotado de una mística y espiritual innegable, Faustino Lobato se presenta carnal, humano, terreno, y nos avisa que “el abrazo del ángel frena la búsqueda / de otro cielo. // Por qué dudar de la compasión” (p. 70). Después llegará la aceptación del dolor: “Ardo, tan suavemente” (p. 71), pero no la rendición: “Me mantengo de pie, / con la mirada fija en los mil rostros / que transitan / en las sombras” (p. 73), –que continúa un poema de El nombre secreto del agua–.
“NO HAY NEGRO O BLANCO
sino el color del verso que brota en cada rincón de sigilos agónicos, en cada espacio vacío, en cada espera. Sí, ahora hay voces, no ruidos, en esta sinfonía donde vivir aparenta ser un presente de horizontes, más que de fronteras.” (p. 75)

1 comentario:

  1. Mi querido amigo, ante todo gracias por esta magnífica reseña. Gracias por tus aprecios. He saboreado lo que comentas con gran ilusión.
    En tu comentario has hecho una selección muy certera del contenido del libro
    Gracias también por terminar con esa cita del anterior libro, muy querido para mí.
    Un abrazote

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