jueves, 11 de octubre de 2018

Reseña de Rosario Troncoso: ‘La piel y su memoria’. Ejemplar único. 2018


La piel y su memoria es una maravilla de libro objeto, un objeto de devoción al cuidado exquisito de Gabriel Viñals. Por es, literalmente, un Ejemplar único. Única también es la voz de Rosario Troncoso, poeta, editora y profesora de secundaria, infatigable activista de la cultura. Desde Huir de los domingos (Padilla, 2006) se ha labrado una voz personal y una manera de entender la poesía en la que el acontecimiento que da pie al poema puede camuflarse para que sean los propios versos los que atraviesen el sentimiento y conecten, con una naturalidad aparentemente sencilla, con el lector y trasciendan la propia anécdota. Para lograrlo tan necesaria es la observación del instante decisivo como el oficio y la sensibilidad para seleccionar las ideas y traducirlas a palabras inscritas en un ritmo tan hermoso como contundente.
Rosario Troncoso en sus últimas entregas tras la imprescindible antología Eternidad Provisional (Takara, 2017), se centra en uno de los temas esenciales de la poesía, el paso del tiempo y las marcas que nos dejan. Quizás en Nuestra orilla salvaje se centre más en el balance entre el pasado y el futuro que se avecina mientras que en La piel y su memoria se dedique a hacer un recuento de las marcas que la vida nos va dejando de la piel pa’ dentro. Los títulos de sus libros son muy significativos y en este caso ha acertado a resumir lo que nos vamos a encontrar entre las páginas. Un poemario denso, directo, con la exigencia lírica muy elegante y que se asoma a diversas cicatrices que van cercando nuestra trayectoria vital y cómo “descubre miedos nuevos” (Carnaval).
La vida no viene sola y es el amor quien se encarga de hacer memorables –bien cuando se rompe, cuando fracasa como cuando triunfa y brilla– los días y las noches. El amor, descubre Rosario Troncoso, está por encima del paso del tiempo. “El hechizo se rompe / cuando alguien nos pregunta por las huellas” (Deja Vu). Algo tan delicado que se rompe como el silencio, quizás por esa razón son tan exquisitos y tan potentes los poemas de temática amorosa de la gaditana: como los que celebran del amor como el que cierra el volumen o como Luz virtual, o como Ghostling: “Ya deshabitados, / somos almas fronterizas, leve hilo / de luz y de agua. / Pétalos dispersos en lluvia y precipicio”, con versos que tanto sintonizan con el decisivo monólogo del replicante al final de Blade Runner.
No se centra esta colección de poemas solo en las cicatrices de la vida. Hay mucha memoria en lo que falta, y en la poesía de Rosario Troncoso la ausencia es uno de los pilares fundamentales: “(Y cuántas veces / soportaré tu muerte. / tus muchas muertes” (Deja Vu), de nuevo el tema de la ausencia. Ausencia que es huella, de quienes se fueron apartando, de quienes ya no estarán, de la juventud perdida: “Brillar un solo día / previo al invierno. / Borrosa juventud” (Nueva). Ausencia que remite a un pasado que, al estilo de Pavese, vendrá como la muerte y tendrá tus ojos: “El pasado viene a mi cama / algunas noches / se tumba a mi lado /… / A veces intuyo sus ojos. / Parece que me mira. / Pero está muerto” (Visión). El tema básico que subyace es el tiempo, con un poema precisamente así titulado muy al estilo de Felipe Benítez Reyes.
La voz poética se siente desconcertada ante un futuro incierto y amenazante: “Se repiten algunos mecanismos / de la vida y la muerte / no cesa el desconcierto” (Estaciones). Se hace patente la necesidad de un refugio, “Que me lleve algún ángel de la guarda / bien lejos de esta noche” (Refugio), aunque no siempre esté disponible porque “La fe está reservada para el sueño. / Es valioso delirio de los locos” (Vocación). De nuevo recurre al tema de Dios y lo irremediable (Plegaria), no dejamos de ser juguetes de Dios.
Una de las características de la poesía de Rosario Troncoso es su facilidad para meterse en la mirada de otros personajes, que pasan a ser su propia mirada, tenemos un ejemplo muy notable en la observación de la Penélope de gafas oscuras de (Urdimbre). Lo que intuimos es la gran profundidad y la tragedia que se pueden esconder tras las fachadas, tras las apariencias: “Es difícil asumir que detrás de estas paredes / se deshacen los pájaros” (Estorninos). La vida continúa, y siempre nos sorprende, aunque sea un eterno retorno. La sorpresa no tiene por qué ser agradable: “No arde el fracaso sin pausa veinte años” (Negación).
La suya no es una poesía complaciente, hay mucho de coraje en sus versos: “Por matar la mala hierba / hay quien incendia una bandera, / o a sus hijos o la casa del hermano” (Vocación). Como pocos, aborda el tema del suicido (Efecto contagio) para quienes lo ven como única salida lúcida., muy cercana al pensamiento más insondable de Ciorán. Y a la vez, puede presumir de valiente incluyendo poemas más personales (Julio), la hermosa Lucidez, dedicada a Paco González Fuentes y una delicadeza dedicada a su pequeña Helena: “colecciona relámpagos”. Pero, a título personal, no puedo dejar de resaltar el poema que cierra el volumen. Una declaración de amor.
Los besos remotos, la lluvia
en el anillo imprevisto. Una serie
para los dos.
Nuestro día de Reyes.
Las flores para mí.
El hilo transparente que me ataba a tu carne.
Y quererte del todo.
Estos gozos pequeños.
Llegar a tiempo en tu boca en la vida.
Y a pesar de la costumbre, volver
a los poemas que solo hablan de ti. (Inventario)

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