viernes, 22 de mayo de 2020

Reseña de Elena Román: ‘Novedades: Ayer. Posible antología 2008-2019’. Liliputienses 2020


Elena Román: Novedades: ayer. Posible antología 2008-2019
La poeta Elena Román nos ofrece aquí una generosa antología de su trayectoria que presenta sin estudios previos ni prólogos, para no detenernos y pasar directamente a la acción. Los poemas están ordenados en cada libro por orden cronológico.
En 21 Bisontes (2008) la poesía se escribe en prosa. Los 21 bisontes representan, como su poesía, el intento de expresar lo inefable: “Esto es lo que un hombre en una caverna trató de decir cuando, al dibujar los días, le regaló a la piedra veintiún bisontes” (Uno). Se alternan viñetas de la amenaza de la muerte (Dos) mientras “Un hombre con pijama en su terraza se rasca detrás de la oreja para constatarse la existencia, y luego acaricia a su gato para constatar la ajena” (Tres); “Dice la radio que un hombre ha matado a su mujer y después se ha ido a ver un partido de fútbol. Nada es fácil de entender si nada tiene que entenderse” (Nueve). La poesía de Elena Román siempre esconde indicios de que la realidad verdadera se oculta en significantes que tenemos delante sobre los que no indagamos: “Los insectos suelen significar algo” (Quince).
A propósito de los cuerpos (2008), publicado en el mismo año continúa la poética de lo cotidiano mirado con los ojos de lo absurdo como Cortázar, por ejemplo en las instrucciones para tener miedo (Peras con lunares). Cada viñeta parece enfocarse en un personaje: “Soy la mujer sin manos (…). La posibilidad de coger algo (tengo manos). La imposibilidad de retenerlo (no tengo dedos)” (Tengo manos);  “A ese niño le han insistido tanto en la importancia de hincar los codos que, hoy por hoy, lleva un pupitre incrustado del que no logra despegarse” (A hincar los codos). Y, de nuevo, entresacamos esa pista: “Nos duele la carne viva como la lengua muerta y, sobre todo, tener que guardar el secreto” (Lengua de trapo).
En 2010 aparece Diario de un ascensor en un bloque de dos plantas donde ya algunos poemas están en verso: “Yo solo tengo llamas, señor necio, / te lo digo y te lo canto con penita pena” (En el asador). La capacidad expresiva de las imágenes de Elena Román sigue deslumbrando a pesar de que no terminemos de agotar sus significados, “Lo que empieza en árbol termina en nube” (Se sabía). Son ejemplos de lirismo (Incremento) en los que cada vez más aparecen técnicas surrealistas.
Si en A propósito de los cuerpos, la organización del poemario partía de personajes en Esta dichosa ansiedad doméstica (2011) son elementos cotidianos, la bayeta, repisas, cajones, ambientadores… que esconden historias y ansiedades: “Si suenan los teléfonos de dos en dos / y tengo las manos ocupadas en ordenar arañas” (Bayeta). Juega en esta ocasión con buscar nuestra simpatía para abarcar otro espectro poético: “desde que no existo / no soy tan desgraciada” (El ánfora); “Absorta en la contemplación solo pude dedicarme / plenamente a la idiotez, descuidando obligaciones” (El almanaque). Sospechamos, siempre sospechamos que se trata de una excusa para que sigamos indagando en nuestro interior: “Cada detalle de mi hogar es un hogar asegurado y yo también lo soy, / debiendo exiliarme por el bien de todo como mínimo una vez al día”.
Más filosófico, sin embargo, es Destrucción de algunos tópicos sobre lo incerto (2011), donde se juega a deconstruir, no conceptos como en el tablero posmoderno, sino a deconstruir la playa o la escalera (Cortázar again) o de conceptos como la enajenación como Panero: “Los locos sí saben que están locos / y sí se ríen más es porque llorar / no pueden, y se expresan mejor / con los dientes que con los ojos” (Destrucción de algunos tópicos sobre la enajenación). Detrás de cada una de las propuestas se oculta una puñalada doliente acerca de la vida: “Pero está mejor considerado reír” (Destrucción de algunos tópicos sobre el llanto); “El dolor comienza siendo un pensamiento. / La sangre termina siendo su voz” (Destrucción de algunos tópicos sobre la enfermedad); “La catástrofe es la única manera / de que todo siga su curso” (Destrucción de algunos tópicos la sensibilización). La desconfianza es una sana actitud que debemos aprender también de los filósofos posmodernos, tanto como la constancia de que la realidad no se refleja, se construye: “A cualquier lugar se le llama destino / si es anunciado por los altavoces” (Destrucción de algunos tópicos sobre el viaje).
Autosuficiencia en la (2012) tiene, o parece tener, mayor consistencia lírica, una lírica que no deja de jugar y llevarte a callejones aparentemente sin salida para luego trepar hacia lo poético: “La divinidad, ganada en / una tómbola, me estorba. / La tengo guardada donde / otros hobbies impracticables” (Sobre la divinidad); “Los versos que más me gustan / son los de medio kilo, / los que parecen que no están / hechos del todo pero crujen” (Preferencia por). La mirada hacia lo convencionalmente poético deviene hueca y Elena Román así lo pinta: “Pronto, muy pronto, / o nunca, muy nunca, / nacerán / las más hermosas flores / defectuosos” (De las semillas del aire); “Mi misión es recoger / todos los pétalos caídos / desde los balcones del mundo” (Mi misión es recoger). Una introspección penetrante comienza a advertirse más claramente en su poesía: “Y cuando me quedo vacía de gritos, prisas y demonios, / regreso a casa, enciendo todas las luces, / ceno demonios, me acuesto” (La carrera). Así se advierte en su siguiente poemario, Será genealogía (2012), en el que las historias familiares despliegan el argumento de los poemas: “Todas las mañanas, cuando me levanto, / piso mis sueños” (Mi parecer); “Hemos tenido un montón / de mascotas menos dioses. / Porque hacen mucho ruido. / Porque comen mucho. / Porque no dan charla” (Mascotas). La voz poética, más que a un ajuste de cuentas, tiende hacia la ternura: “Mañana o pasado / iremos a ver cómo están nuestros muertos, / si necesitan olvido, / si quieren que los aireemos un poco” (Su quietud de papel).
Elena Román continúa su particular viaje con Hombre desatornillando caminos (2012), las asociaciones de ideas a priori incongruentes vuelve a estar en primera fila: “Mientras el taxista acelerará, buscando estrellarse contra / un átomo, omitiendo sus mil maneras de arreglar el mundo” (Los tiempos cambian); “Los tornillos son la cáscara de las palabras” (Hombre desajustando vocabulario). El extrañamiento, como sabía Ginzburg, es un excelente método de investigación, y un incómodo punto de vista para quien lee, que se ve arrastrado a mirar más allá de lo obvio: “Y ahora qué hacemos con el hombre, Maribel, / ver que te abrace, dime qué piensas o dispárame” (El santo al cielo). El homo viator sería, pues, el hilo conductor para estas imágenes insólitas: “Después de mí, el camino está listo para recorrerlo; / espero un poco para ver quién lo transita, / saber quién es ahora, quién, la primera persona” (Oficios); “Para los que quisieran atajos sin saber adónde van” (Cuatro corazones que alimentar).
La misma táctica la podemos comprobar en Hay menú económico (2015): “Yo quería construir un tomate” [construir un tomate (antes de hacerlo picadillo)]. Esta vez, en lugar del recorrido de la vida, tenemos el leitmotiv del menú: “Volverme a la cama, eso hice, pero más despacio y menos cría, / quitarme toda la carne, ponerme verde, desabrochar verduras” (Ternera a la jardinera); con toda la ironía incisiva que acostumbra: “Porque el mundo era la fruta y yo era un insecto” (Fruta del tiempo perdido). Ciudad girándose (2015) aprovecha el entorno urbano para sus disquisiciones poéticas: “Está científicamente comprobado que si las personas no tienen el corte de pelo adecuado, pueden comportarse como si fueran otros, y es porque el carácter merma con unas tijeras y/o se revoluciona con el difusor” (La peluquería). Y cada punto del paisaje, cada construcción, es mucho más que un indicio, es un símbolo tras el que debemos seguir nuestra intuición: “La cárcel es ese lugar donde se reparte en platos un horario para respirar y en el que se despellejan previamente todos los minutos del día para asegurar que no hay en ellos ni un cordón ni una lima, ni la muerte ni la vida” (La cárcel). Verdades como puños poéticos: “Todo el que va al cementerio sale con la sensación de que se ha dejado algo atrás” (El cementerio) en el catálogo de lugares y no-lugares de la ciudad, el puerto, el hotel…
Pan con pan (2016) es más íntimo, más centrado en la introspección: “Con esto se te va a quitar –me dijeron, / y todavía lo estoy esperando– / el dolor de ovarios y los existencialismos” (Un miércoles); “No tengo problemas con los músicos desde que firmamos el pacto. / No pueden acercarse a más de cien metros; / yo a ellos no me acerco, directamente, / porque no entiendo la música” (El pacto). El extrañamiento es ahora un procedimiento para la investigación de una misma, de la que tampoco termina de sospechar: “La historia que me acabo de encontrar / no quiere que la vea en sus manos / porque no se fía de su voluntad” (Historia caminando). Nada más coherente que volver hacia los sueños y el inconsciente en su siguiente poemario, ¿Qué hacer con Freud además de matar a Freud? (2017). Aquí da rienda suelta a los sueños, por el Sáhara, viajes interrumpidos, muy narrativos: “Está sonriendo en el mismo momento / en que uno de los terroristas / se le acerca por detrás / y le pega un tiro en la cabeza” (Atentado).
La novedad consiste en los Bonus track  que abarcan poemas escritos desde 2008 a 2019. Algunas veces son poemas como gritos: “Si no deseo expresar nada, repito llorando mi nombre / mil veces y las que hagan falta de  aquí al presente: / basta ya, Julia, silencio, basta ya, ¡silencio, Julia!” (Julia se presenta inestable como la mañana). Otras veces, son casi susurros como llantos callados: “Ni el té sabe tan dulce como yo quisiera / ni puedo evitar que se haya nublado / ni se me seca el frío de los pies /…/ Pasaremos el resto de la tarde sin felicidad” (Velada). En general, Elena Román tiene una actitud en la que la excentricidad se utiliza como método de investigación, como actitud ante la vida y ante la realidad de la que debemos recelar: “Me habla de la vida / como si tuviera sus llaves / y estuviera aparcada cerca de aquí” (Cinérea). Objeto preferente en la investigación es el propio sujeto, y con el mismo rigor sospecha de la mirada y de la actuación: “No complicarle la vida a nadie. / Las mañanas de niebla me miro al espejo y no estoy, / ni reflejo se reduce a una nota / que dice que he salido un momento / y una radiografía de pulmones dañados. /…/ Pregúntales por mí a los restauradores de colchones. / Ellos sí saben quién soy, te dirán cuánto me odia” (Narcolepsia); “Pero ese tren no puede echar a andar / porque hay alguien en las vías. / Yo misma” (Es un tren).
Las principales bazas de Elena Román es la imaginación en el sentido literal de la palabra, la manera en que las imágenes pueden ofrecer lo que la razón no termina de concretar, la intuición pura de las conexiones: “En fin, mi sentido común / es tan respetable como cualquier flor de loto” (En fin, mi sentido común). el proyecto poético parece indicar un camino, un método, más que unas reglas, una actitud vital de mirar más allá: “El lenguaje de los pájaros me resulta familiar. / Comprendo el mensaje sin descifrar muchas / de las claves que lo componen. / Lo veo flotar en el aire, y no en la rama. / Pero si me dispongo a hablarlo / –porque quiero hacerlo, porque necesito hacerlo–/ no se me entiende en ningún idioma” (El lenguaje de los pájaros); “¡Mira esa piedra con forma de corazón! /…/ Ella tenía / las manos llenas de corazones / y yo/ el corazón lleno de piedras” (Corazones de piedras). Gran parte de los versos tienen un carácter de sentencia, de sabiduría antigua: “Guardarme el hambre donde la sed. / No decir adiós. No decir adiós. Decir dos veces nada” (El asunto de la sal está bien llevado); “El tiempo es eso que aparece y desparece. /…/ Ya te he olvidado: / eso es el tiempo” (El tiempo es eso).

 “En paralelo, hay contrabando de realidades
que nadie quiere
porque son más baratas
pero se rompen enseguida” (La nueva actuación)

No hay comentarios:

Publicar un comentario