martes, 6 de enero de 2026

Reseña de José Manuel Benítez Ariza: ‘Arte menor’. Oplontis. Ediciones Garvm. 2024

 


Arte menor es un libro que nace casi sin intención ni estridencia, es un regalo como quien enciende una vela en mitad del invierno y deja que la llama, tenue pero obstinada, revele un mundo íntimo. Consiste en un retablillo de poemas navideños escritos a lo largo de más de dos décadas, acompañados por las ilustraciones de Carmen Benítez Robles, que funcionaban originalmente como pequeños obsequios, como estampas enviadas por Navidad. Algunos de los dibujos han sido reinterpretados por la edad. Esa condición doméstica, afectiva, no les resta hondura: al contrario, da a cada pieza la textura de algo que ha sido vivido antes de ser escrito, sentido antes de ser pensado.

El tiempo, la memoria, la conciencia de la pérdida y la tenue obstinación de la luz son los hilos que recorren este conjunto. Uno de los primeros poemas abre ya una senda que será constante en todo el libro: “Por las nieves soñadas / en un país sin nieves, / vienen los Magos, viene / la larga caravana /…/ De un tiempo inexistente / de cuyo puro exceso / de dicha abastecen / el precario presente” (2000).

Aquí, la Navidad aparece como un anacronismo luminoso, una irrupción de lo imposible en un territorio que no lo reclama; y, sin embargo, es justo desde esa irrealidad desde donde el presente obtiene su sustento. La memoria como desbordamiento, como exceso de dicha que compensa lo precario. Esa misma atención a lo esencial —a lo que sostiene la vida cuando todo lo demás tambalea— reaparece al año siguiente, en la delicada constatación de que “La compañía / de los buenos amigos, / y las rutinas; / lo que nos salva / de las cosas que llegan / sin esperarlas” (2001).

El poeta se detiene en aquello que suele pasarse por alto: lo pequeño, lo repetido, lo que conforma una suerte de hogar cotidiano. En Arte menor, la salvación nunca es grandiosa; siempre es íntima. El libro se adentra también en la dimensión sombría de la Navidad: el territorio donde resuenan los ausentes. En 2005 escribe: “Los muertos que no creen / son los más verdaderos; /…/ Dejaste de creerlos. // Y no por eso ahora / son menos verdaderos”. Esta paradoja —la persistencia de los muertos incluso cuando dejamos de invocarlos— confiere al poema un temblor metafísico. La Navidad, aquí, es un espejo donde se mira el pasado, pero también una grieta por donde se filtra aquello que permanece aunque no lo pensemos.

Hay un vaivén entre la evocación del niño que fuimos y el adulto que sigue buscándolo. En 2006 lo dice así: “Todo vuelve y nada vuelve, / como este sol melancólico / de finales de diciembre. /…/ Y el niño que fui una vez / –el niño que ya no soy– / dicen que ha vuelto a nacer”. Ese niño se convierte en una sombra luminosa, algo que se recupera sin recuperarse del todo, un nacimiento simbólico que recuerda que todo renacimiento es, en realidad, un recuerdo. El paso del tiempo, filtrado por la imagen recurrente de la nieve —siempre imaginada, siempre fugaz— se condensa en un verso de 2008: “y solo es nieve / este latir del tiempo / sobre tus sienes”. La nieve se vuelve metáfora del envejecimiento, pero también de la delicadeza del instante. En Arte menor, el tiempo nunca es una condena: es una textura.

Las ilustraciones de Carmen Benítez Robles no solo acompañan, sino que dialogan con los poemas. En uno de los más hermosos, el poeta declara: “Son historias del invierno: / Mientras tú pintas yo pongo / argumento a tu pintura, / como un niño pone asombro / a las figuras inmóviles / en un belén silencioso” (2009 A un río pintado) Es un poema de un escritor a un pintor. El poema es, aquí, un gesto de acompañamiento: escritura que completa la imagen, que la anima, igual que un niño proyecta un mundo entero sobre un belén de figuras quietas. Esa imagen resume quizá la poética del libro: transformar lo inmóvil en una escena viva. Así también se produce una identificación del adentro y el afuera: “Todo ocurre dentro y fuera. / Arde fuera de ti el fuego / que por dentro te calienta” (2010).

A partir de 2011, los poemas adoptan un tono más metafísico: “El mundo es redondo y simple. / Gira Dios sobre sí mismo / hasta hacerse invisible”. La Navidad se vuelve un espacio de pensamiento, un lugar donde la trascendencia se sugiere sin imponerse, donde lo divino aparece como un movimiento que se oculta. La mirada social también se abre paso: “Navidades dikensianas: / en el asilo de pobres, / sopas de pan y castañas. // En un cajero automático / un San José sin papeles / monta su belén de trapos” (2012). La imagen es dura, pero no panfletaria: la tradición se cruza con la intemperie contemporánea, recordando que la Navidad es también un relato de desamparo.

En 2014 llega un pequeño destello de posibilidad: “Si hay transparencia sin Dios, / en este espacio vacío / hay sitio para los dos”. El poema abre una rendija a la convivencia entre duda y afecto; y más adelante, en 2015, esa apertura se convierte en afirmación de plenitud: “Estaba dentro de ti, / como el sol que lo ilumina / estaba tras la montaña; / o cómo nace la vida / de un niño que abre los ojos / y descubre que es el centro / de un milagro, y no está solo”. Aquí la Navidad vuelve a su símbolo primordial: el nacimiento, no necesariamente religioso, sino como experiencia radical de luz.

El libro sigue desplegando pequeñas epifanías. En 2017: “Rosa pobre, flor de barro: / un poco de sol y lluvia / han conseguido el milagro”. En 2018: “Mi sed la que pone un cielo / blanco sobre un infinito / horizonte de camellos. // Aquí ha venido a beber. / Donde puse sombra y agua / ahora dejo mi sed”. En estas imágenes se percibe un tránsito hacia un despojamiento mayor, una búsqueda de claridad en la que el yo se vacía para dejar espacio al mundo.

Otro de los poemas más sutiles es el dedicado al arroyo Bocaleones, escrito en 2020, donde la nostalgia y la escucha interior se funden: “Arroyo Bocaleones, / echo tu canción en falta. /…/ No la que mueven los fresnos / cuando el aire los alcanza // sino ese dejarse ir / de la mente en blanco hacia / otra región transparente / donde el torrente se acalla // y se oye otra canción / mejor hecha también de agua”. La Navidad se vuelve aquí un espacio de contemplación, casi de meditación: una región transparente donde el ruido del mundo se silencia.

El transcurso de los años también se resume en un gesto humilde: “Es el mismo calendario: / basta con darle la vuelta / para empezar otro año. // Como quien luce otra vez / un abrigo desgastado / que cree que le sienta bien” (2022). El tiempo es cíclico, pero también doméstico; no hace falta solemnidad para vivir otro comienzo.

Finalmente, un poema del 2023, inspirado en Borges, cierra con serenidad este itinerario espiritual: “Y el prestigio ambivalente / de la desdicha y la rabia, / el rencor, el gesto airado… / Hoy solo aspiro a la calma” (2023). Es una declaración que, en cierto modo, resume la madurez del autor: después de tantos inviernos, lo que queda es la calma, la aceptación.

Arte menor es un libro construido a lo largo del tiempo, como quien guarda cada año un pequeño recuerdo en una caja familiar. Su grandeza está precisamente en esa humildad: en convertir lo cotidiano en signo, lo íntimo en materia poética. Cada poema es un fragmento de luz invernal, una forma de resistencia frente al estruendo del mundo. Benítez Ariza escribe desde la cercanía, desde la ternura, desde la conciencia de que lo menor —lo que no pretende perdurar— es a veces lo que más hondamente permanece.