domingo, 29 de marzo de 2026

Reseña de José Luis Piquero: “Todo va a salir bien. Antología poética (1989-2024)”. Edición de Rodrigo Olay. Renacimiento. 2025

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Hay títulos que son una promesa y otros que son una advertencia. El de esta antología de José Luis Piquero, edición de Rodrigo Olay, pertenece a una tercera estirpe: la de los títulos que sonríen con una mueca torcida. Es, como se nos advierte en las notas, una frase irónica, “una frase inútil, llena de ilusorias esperanzas”, propia de un poeta realista que sabe que la vida no sale bien: apenas sale. Ese “todo va a salir bien” suena a consigna de hospital, a las falsas ilusiones de los inicios de la pandemia, a frase escrita en una cartulina infantil pegada en la pared de una UCI sentimental. Y, sin embargo, lo que recorre estas páginas es una conciencia de la pérdida que no se disfraza. Piquero no consuela: radiografía. No promete: constata. Su poesía, leída de corrido en esta antología que abarca más de tres décadas, traza la biografía moral de un sujeto que aprende —a golpes, a veces con una risa torcida— que crecer consiste en aceptar que no hay red bajo el trapecio.

Las ruinas (1989) ya contenía su programa poético. La juventud aparece como un territorio ambiguo, atravesado por el deseo, la impostura y la crueldad. En Retrato del estudiante Harry Kurx leemos: “Es cierto que vivió solo para sí mismo, / que su amistad fue interesada casi siempre / y que hizo de nosotros sus vasallos, pero / ¡qué dulce vasallaje servir a un hombre tal!”. La fascinación por el carisma, incluso cuando es tiránico, revela una temprana lucidez: la juventud ama aquello que la hiere. Hay en estos poemas un temblor erótico que no es celebratorio sino vulnerable. “Pero de qué curiosa manera envejecemos / y cómo se resiente la carne con los besos” (Días de 1985). El verso encierra una intuición devastadora: el beso, que debería inaugurar el mundo, ya lo deteriora. El cuerpo no es territorio de conquista sino de desgaste. Como en ciertos poemas de Jaime Gil de Biedma, el deseo está contaminado por la conciencia del tiempo; pero donde Gil de Biedma se mira con ironía elegante, Piquero parece mirarse con una mezcla de rabia y desconcierto.

“El amor nos ablanda y adormece; / el peligro –pensábamos– despierta los sentidos, / nos hace invulnerables” (Días de 1986 y 1987). La juventud cree en la épica del riesgo, en la electricidad de la amenaza. Pero esa invulnerabilidad es ilusoria: el peligro no fortalece, desgasta. Y sin embargo, hay momentos de una felicidad casi luminosa: “Entonces nos moríamos / muy lentamente, era / una pequeña muerte, anónima y feliz. / Porque a veces la vida es una fiesta junto al mar, / y se apaga tan solo si las luces se apagan” (Bye bye, blackbird). Esa “pequeña muerte” no es solo el orgasmo; es el instante en que el mundo parece suficiente. La adolescencia, sin embargo, es también un territorio hostil. “En los días de fiesta eran más peligrosos, / porque tenían tiempo de sobra por delante / y el escenario idóneo de una calle aburrida” (Apunte biográfico). El aburrimiento como caldo de cultivo de la violencia: una intuición social que conecta con la tradición de la poesía urbana española de finales del siglo XX.

Y está el descubrimiento del deseo como escena pública, teatral: “Y en el momento glorioso en que le dieron / –por su cara bonita– el papel de Julieta / y pude decirle que la amaba, lo amaba, / en voz alta, mirándolo a los ojos, / ante todo el colegio, ante mis padres” (Romeo en el internado). La ambigüedad sexual, la declaración en voz alta, el amor dicho como desafío. Aquí Piquero dialoga, quizá sin proponérselo, con la tradición del amor prohibido, pero lo hace sin solemnidad, con una naturalidad que convierte la escena en rito de paso. La memoria es traicionera: “Y cuando mi memoria te traicione / por completo, será como si nunca / hubieses existido. Te inventé, / o te soñé y yo el día te disipe” (Noche antes de la separación). La amnesia como forma de asesinato. Amar es inventar; olvidar, borrar la prueba del crimen. Y, por debajo de todo, la sensación de no pertenecer: “Y a menudo –lo admito– deseé / ser distinto, ser otro, merecer como ellos / un saludo más cálido al entrar / y una palabra amable, otra forma de vida” (En la rotativa). La envidia como motor secreto de la identidad. El deseo de ser otro atraviesa toda la obra, como si el yo fuese siempre un traje prestado.

En Monstruos perfectos (1997) el tono se vuelve más ácido. El título ya anuncia la paradoja: la perfección como deformidad, la forma prototípica de ser monstruo. “Acaso tú eres más sabio que yo: / Un perdedor sin más. Todos perdemos” (Cazador de autógrafos). La derrota se universaliza; no hay héroes, solo variantes del fracaso. Las visitas nocturnas del pasado son inquietantes: “Algunas noches vienen a visitarme todas / las personas que he amado a lo largo del tiempo. / Ojalá que una noche me encontrasen dormido. / No querrían entonces que yo las visitase” (Noches a solas con los amigos de antes). El deseo de no ser visto en la propia nostalgia. El pasado como fantasma que exige reciprocidad. El mal adopta formas domésticas: “En cada grieta, bajo tu colchón. / Huyen de ti, te pican, te dan miedo. / Se alimentan de ti” (Malo). Los monstruos no están fuera; se crían en la intimidad. Y el espejo, símbolo clásico de la identidad, se rompe: “o simplemente eras como un vicio / rompiendo en mil pedazos el espejo, / dando cuerda al reloj de tal manera / que aún le dices dormido, / sin escuela, y se ríen” (Elogios del Pez-Luna). El tiempo y la imagen se confabulan contra el sujeto.

Uno de los poemas más conmovedores es Retiro sentimental: “En mi familia no se dijo nunca «te quiero». / Jamás oí decir «lo siento» a mi padre o a mi madre. / No sé si era vergüenza: una ternura demasiado / estridente para enser cotidiano”. La educación sentimental basada en la omisión. La carencia de palabras como herencia. Aquí la poesía de Piquero se vuelve casi confesional, pero sin victimismo: hay una constatación seca, una aceptación de que el amor, si no se nombra, se vuelve sospechoso. La adolescencia reaparece como herida abierta: “Me he pasado la vida malgastando el cariño en personas que nunca me quisieron. / Ya solo deseaba ser del grupo /…/ Dolorosa esta edad en que siempre estás solo / y tu alrededor nace / la flor limpia de un mundo que nunca es para ti” (Palabras de Caín adolescente). La figura de Caín —que reaparecerá insistentemente— encarna la exclusión primordial. Ser el hermano que mira cómo el mundo florece para otros. La amistad tampoco se salva: “Pues la verdad: / nos vamos a morir de amor de amigos /…/ sin embargo, lo siento, esto es muy raro / y yo aún no sé qué coño pintamos todos juntos” (Amigos). La vulgaridad del “qué coño” rompe cualquier tentación lírica. Piquero sabe que la poesía también puede hablar en zapatillas. La traición adopta máscara bíblica: “Largamente adiestrados en la sospecha, y hartos / de mentirnos los unos a los otros, / canallas que sonríen / mientras sorben sus whiskys” (Lo que dijo Judas esa noche). Judas ya no es un personaje remoto: es el amigo que sonríe en la barra del bar. “Si alguna vez hemos sido inocentes / como mascotas, puros / igual que las manzanas, / nosotros hemos visto pudrirse las manzanas” (Historia de G.). La imagen es sencilla y brutal: la inocencia como fruta que se descompone. Y en Iván y Arancha en Praga: “Vivir es cruzar ciegos ante puertas cerradas; / cansados de nosotros, muy cansados, / nos describe mujer todo lo que no somos, / y amar es rebelarse, ¡qué intento más idiota!”. Amar como rebelión inútil. La conciencia de la ridiculez no impide el intento.

En El fin de semana perdido (2009) –de nuevo una referencia a Lennon– la voz se vuelve más descarnada, más explícita en su rabia. El poema Mensaje a los adolescentes es casi un anti-manifiesto generacional: “Niños, probad a hacerlo en casa / y sabréis lo que es bueno sin que os lo cuente nadie. / Recordad que no hay nada que vuestros padres puedan enseñarnos. / Ellos no son vosotros /…/ Por lo demás, sé que no sois felices, / a lo mejor pensabais que todo el mundo os odia. Pues es cierto, / pero sobran motivos: sois jóvenes y estúpidos”. La crueldad es pedagógica: desmontar la autocompasión adolescente a base de ironía. La amistad se erosiona: “Esta noche / no sois más que el producto de un error y otro error. / Quiero cerrar los ojos y olvidar todo lo que esta noche / me recuerde a vosotros y a mí y a mis poemas” (Última noche de la amistad). El poeta quiere renunciar incluso a su obra si esta lo ata a relaciones fallidas.

En Oración de Caín la rabia se convierte en liturgia: “Gracias, odio; gracias, resentimiento; /gracias, envidia: / os debo cuanto soy. / Lo peor de nosotros mantiene el mundo en marcha / y la ira a un don estamos vivos”. La inversión moral es radical: lo negativo como combustible vital. Aquí resuena, quizá, la sombra de Arthur Rimbaud, citado explícitamente: “La verdad es la triste descripción del secreto. / No quise ser verdad. Quiero ser Nadie” (Rimbaud). Ser Nadie: borrarse para escapar de la tiranía de la identidad. El ciclo de Caín culmina en Caín huyendo: “Te doy mi libertad, Caín, eres la sombra / que vigila la luz de mi ventana. / Yo te he dado las llaves y ahora asústame. / Eras el preferido de mi Padre, jamás te perdoné, el mejor de nosotros. / Tú y yo somos el mismo, solo eso sé decir”. La identificación con el fratricida es total. No hay redención: hay reconocimiento. El recurso del monólogo dramático, del paisaje con figuras, la máscara con escenas, propicia que el autor se despoje de defensas y muestre impúdicamente su verdadero yo. La máscara sirve para mostrar el verdadero secreto íntimo.

La autodestrucción asoma sin metáforas: “Solo quiero morir. // Mi vida como un fin de semana perdido” (Talidomida). La comparación es demoledora: la vida como error químico, como catástrofe doméstica. Y sin embargo, en medio de esa oscuridad, surge una afirmación: “No volveré a estar solo. / Después de haber amado así, la muerte / no me tendrá del todo” (Cuatro). El propósito de que el sufrimiento pueda servir de rescate se va filtrando en algunos poemas que miran el dolor con distancia: “Que el dolor nos redima a todos juntos, en esta soledad que ninguno podemos compartir” (Nava). El amor, aunque haya sido ruina, deja un resto que ni la muerte puede arrebatar. El erotismo reaparece sin solemnidad: “cuando follan así / Dios debe sonreír con orgullo” (Borrador de un poema inacabado). Dios como espectador complacido del placer humano. Y en Alicia ya no vive aquí: “A tu salud cualquiera se emborracha lo menos una vez, / y eso que no eres bueno, y qué más da”. El amor no necesita virtud para ser celebrado: “Si vas a derramar tu sangre por vosotros, no lo hago. / Tu noche de venenos huele a flores carnívoras. / Asesina de mares. Estoy harto. No lloraré por ti” (Amenazando con hacerlo).

En Tienes que irte (2017) la ironía se afila. “Yo soy perfecto. Busca / a otro infeliz que aún se haga ilusiones” (Respuesta de Lázaro). La resurrección no garantiza la felicidad; Lázaro vuelve para burlarse. El dinero, el diablo, el cíclope: los personajes míticos y bíblicos se mezclan con la cotidianidad. “Lo tuve. / Y la llave del cofre del tesoro, toda de plástico, / leal como un amor adolescente, / como su leve chasquido de sexo maquinista” (Dinero). El tesoro es de plástico: la promesa de riqueza es infantil. “Lo malo es que no tengo ningún hobby / ni sé hacer otra cosa que diabluras /…/ Hubo un tiempo en que el odio era la poesía / oscura de la tierra, su sabia, su alimento” (El día libre del diablo). El odio como savia poética. Piquero no teme reconocer la energía oscura que alimenta su escritura. “Me duele, sin embargo, y esto no es un reproche, / tu actual indiferencia. Yo he cumplido” (Carta del Cíclope). La herida ya no es rabiosa; es cansada. Y en sentido homenaje, Vacío de Rafael Suárez Plácido: “Terrible que la herida de su muerte nos ahorrase esa herida”. La muerte como solución brutal a conflictos irresueltos.

La experiencia extrema se vuelve adictiva: “Llegó a ser adictivo, y ahora entiendo a los santos y a los mártires. / Cómo debían gozarlo los muy cucos” (Quemaduras). El sufrimiento como placer secreto. Y la hybris asoma: “soy como Dios” (“Insomne”). Pero enseguida se desmonta cualquier solemnidad: “Nos han jodido bien a los poetas con la Rosa, la Rosa” (Intervalo de la Rosa). La tradición lírica —la Rosa como símbolo— es vista con desconfianza. “¿Quién anda ahí? ¿Es dios? / ¿O Supermán?” (Nolugar). La cultura popular convive con la teología. Y en La conversación: “Quiero irme de aquí. Márchate cuando quieras. / Tampoco irás muy lejos”. No hay escapatoria; el yo es su propia cárcel.

Los poemas inéditos intensifican la sensación de intemperie. “Otra vez solo. Soy como una lámpara / que da luz para nadie, y una cuenca sin ojo, / y una señal borrada. Te quería” (Asesino con víctima en la escena del crimen). La imagen de la lámpara inútil es de una belleza devastadora: dar luz sin destinatario. Con el alexaindresco título Historia del corazón: “Ahora lo sé. Fue cuando ella me dijo: / nunca serás feliz, vas a estar solo. / No tienes corazón. // Y se oyó un golpe seco y tus verdades”. La palabra ajena como sentencia. Y en Terminal: “Quiero ser todo eso, / la enfermedad y todo lo que se mueve. La belleza”. La belleza incluye la enfermedad; no hay pureza. La tentación del autoaniquilamiento regresa: “Siento la tentación de cancelarme, / ser el Dios de mí mismo, aniquilar / a esta criatura” (La duda). Ser Dios para destruirse. Pero incluso en el nihilismo hay ironía: “Sigue no siendo nada, en lo mejor” (Bárbara y los monstruos).

El amor reaparece con una imagen insólita: “No sé bien a qué ibas, supongo / que a no ser invisible. /…/ El verdadero amor es un gorila que te deja pasar” (Años 80). El amor como fuerza brutal que, sin embargo, concede paso. Y en Luna de miel: “pensamos demasiado en muerte y en preguntas y en problemas. / Pero no dura mucho en este mundo de los novios, // y más estando en Roma, dispuestos a llevárnoslo / todo, cada pintura, cada vasija etrusca”. La voracidad amorosa quiere apropiarse del mundo. Finalmente, La sed: “No hay licor que apacigüe / la angustia de vivir siendo cualquiera en vez de un dios, / su huraña prosa. /…/ Bebe, borracho. / No lloriquees más. Cállate y bebe”. La orden es brutal: callar y beber. Pero bajo esa brusquedad late la conciencia de una sed metafísica: la de no ser suficiente.

Leída en conjunto, esta antología muestra la coherencia de una voz que ha sabido convertir la rabia en forma, la ironía en método y la herida en lenguaje. Piquero dialoga con la tradición —con la sombra de Gil de Biedma, con el gesto incendiario de Rimbaud— pero no se deja domesticar por ella. Su poesía no busca consuelo; busca exactitud con una habilidad minuciosa para el ritmo implacable y versátil. Todo va a salir bien es, al final, una frase que solo puede pronunciarse desde la conciencia de que no es verdad. Y quizá ahí reside su fuerza: en la negativa a mentirse. Porque si algo atraviesa estos poemas es la voluntad de no dulcificar la experiencia. El amor ablanda, sí, pero también adormece. La amistad salva y traiciona. La familia calla. Dios sonríe cuando los cuerpos se aman y calla cuando el poeta bebe. Y, sin embargo, pese a todo, hay una persistencia. “Después de haber amado así, la muerte / no me tendrá del todo”. Tal vez eso sea lo único que “sale bien”: haber amado, haber escrito, haber dicho con palabras propias la intemperie. En un mundo que promete constantemente salvaciones exprés, la poesía de José Luis Piquero recuerda que la lucidez es una forma de dignidad. Y que, aunque todo no salga bien, escribirlo es una manera de resistir.

domingo, 22 de marzo de 2026

Reseña de Manuel J. Pacheco: ‘El carmín y la ceniza’. Pie de Página, 2025

 El carmín y la ceniza


“Así quiero cantar, / igual que la corriente de un arroyo, / queda, sonora y clara / a un mismo tiempo”. En estos versos iniciales se cifra ya una poética: el deseo de una palabra que fluya sin estridencias, que sea música y pensamiento, cuerpo y transparencia. El carmín y la ceniza, de Manuel J. Pacheco, se despliega desde esa voluntad de claridad honda, de canto contenido, donde lo íntimo no se confiesa: se escucha. No es un libro que busque el fulgor inmediato, sino la permanencia; no aspira a la revelación súbita, sino a una lenta combustión que deja restos, huellas, cenizas fértiles. Tras unos primeros pasos prometedores, Manuel J. Pacheco nos entrega un poemario depurado, lleno de sensibilidad y hondura. El título anuncia una dialéctica esencial. El carmín: la sangre, el deseo, la carne viva del amor y del tiempo compartido. La ceniza: lo que queda cuando el fuego ha pasado, la memoria, el duelo, la conciencia de la pérdida. Pero entre ambos no hay ruptura, sino continuidad. Como en Pedro Sevilla o José Mateos, lo vivido y lo perdido no se oponen: se transmutan. El canto es el lugar de esa alquimia.

La primera parte es la titulada El carmín. El carmín es aquí el territorio del amor, pero no de un amor idealizado, sino de un amor encarnado, vulnerable, atravesado por el tiempo. “Los besos aceleran los minutos // y no nos basta / la eternidad que cabe en una noche” (Canço de l’alba). El verso contiene una paradoja que remite a la tradición amorosa —de Garcilaso a Idea Vilariño—: el instante como exceso, la noche como eternidad insuficiente. El tiempo no se suspende; se intensifica. El amor no anula la conciencia de lo finito, la agudiza. Hay en estos poemas una atención casi mística al lenguaje del cuerpo. “Ese tenue y profundo / idioma de silencios primitivos / con el que hablan / los ojos y la carne” (Hay algo). La palabra poética no describe: traduce. Se sitúa en un umbral anterior al discurso, donde el sentido es todavía respiración, mirada, roce. Como en algunos poemas de Chantal Maillard, lo esencial ocurre antes del lenguaje, y el poema apenas logra acercarse, balbucear.

El amor, además, aparece despojado de cualquier retórica de posesión. “Tu amor estaba lejos de ser cárcel. // Lo que me unía a ti nunca me ató. / Y en cambio ahora, en tu ausencia, / sí siento el cautiverio” (Cárcel de amor). Este desplazamiento es crucial: no es el otro quien encierra, sino su falta. La libertad se experimenta plenamente en la presencia; la ausencia, en cambio, se vuelve cerco. Pacheco invierte así uno de los tópicos más persistentes de la lírica amorosa y lo hace con una sencillez que conmueve. Incluso el deseo, lejos de saciar, revela una intemperie esencial: “Qué fría el hambre del que no se sacia” (Hambre). El hambre no es solo corporal; es ontológica. Hay en estos versos una conciencia del deseo como fuerza inagotable, como carencia constitutiva. El carmín no es plenitud estable: es latido, necesidad, exposición.

La segunda parte del libro, Y la ceniza, se adentra en la experiencia del duelo, en aprender a habitar la pérdida. Pero no desde el grito, sino desde una ética del cuidado. “Ampararé tu muerte, sabiéndote en mi sangre / Ampararé tu muerte, / aunque para tocarte no me quede / ni ceniza en las manos” (Quid pro quo). El verbo amparar resulta revelador: no se trata de aceptar pasivamente la pérdida, sino de protegerla, de darle cobijo. La muerte del otro no se expulsa de la vida: se integra, se guarda en la sangre. La memoria se convierte entonces en una forma de responsabilidad. “Me corresponde ahora preservar / esta versión de ti que guardaba un nosotros. // Y lo haré como tú, / con paciencia y a oscuras, // haciendo que el olvido no quepa entre estos muros” (El intruso). Preservar no es congelar, sino cuidar en la penumbra, aceptar que el recuerdo necesita sombra para no desvanecerse. Hay aquí un eco de la poesía elegíaca de Joan Margarit, para quien la memoria es siempre un acto de fidelidad humilde. La muerte enseña a habitar de otro modo el mundo. “Has tenido que hacer / de la tierra tu casa, / para que entienda bien / tu constante enseñanza” (Canción de aprendizaje). El aprendizaje no es abstracto: es telúrico. La tierra no es solo destino final, sino maestra silenciosa. Como en Rilke, la muerte no interrumpe el diálogo: lo profundiza.

Ese diálogo se vuelve explícito en uno de los poemas más estremecedores del libro: “En esta casa fría / y agrietada, / esta es mi nueva forma / de estar juntos. // La muerte es un diálogo / de palabras que tiemblan” (Cumpleaños). La casa, metáfora del cuerpo y de la memoria, se agrieta, se enfría, pero sigue siendo espacio compartido. Las palabras tiemblan porque ya no se apoyan en la presencia, pero siguen buscando al otro. El tiempo, inevitablemente, amplía la herida. “También se hacen mayores las ausencias” (Tiempo después). No hay acostumbramiento posible. La ausencia crece, madura, ocupa nuevos espacios. Esta conciencia del tiempo como intensificador del vacío sitúa a Pacheco en una línea cercana a la de Machado, donde el pasado no se atenúa, sino que se espesa.

El poemario se termina con Después del carmín y la ceniza, con un acento también Machadiano, pero, en este caso, más cerca de Manuel. Tras el amor y el duelo, el libro se abre a una reflexión más amplia sobre el ser, el misterio, la palabra. “Qué sorprendente árbol / es el hombre / que puede albergar pájaros / dentro de su cabeza /…/ Pero sufre / la rara maravilla / de tener sus raíces / dentro del corazón” (Arborescencia). La imagen del árbol humano remite a una concepción orgánica de la existencia: pensamiento y afecto, altura y profundidad, vuelo y arraigo. El hombre es un ser escindido, pero también un ser capaz de hospedar lo otro. Frente a la tentación de explicar, el poema propone el silencio respetuoso. “No intentes explicarlo. // No ensucies el misterio” (Origami). Esta advertencia podría firmarla el propio Juan Ramón, Valente o incluso María Zambrano: hay verdades que solo se sostienen en la penumbra. Explicar es, a veces, una forma de profanación. La palabra poética, cuando acierta, se vuelve contacto. “Su corazón me lleva / mi corazón al labio” (Brevas). El verso condensa una poética de la respiración compartida, del decir como acto corporal. La palabra no es ornamento: es tránsito.

En los poemas nocturnos, la identidad se vuelve pregunta. “El agua fluye quieta bajo el puente / y fulge el fino mármol de la luna. // ¿Quién eres tú? / ¿Qué sombra, qué añoranza, cuál ausencia? // ¿Qué yo anterior perdido es la otra orilla?” (Tres estampas nocturnas). El paisaje no describe: interroga. El yo se desdobla, se busca en la otra orilla del tiempo. Hay aquí una resonancia machadiana —Antonio, no casualmente—, donde el río es siempre metáfora del devenir y del desdoblamiento interior. La espiritualidad que atraviesa el libro no es doctrinal, sino sensorial. “Deja que solo / hable la luz” (Capilla de Kamppi). La luz no revela conceptos, sino presencias. Y cuando el pensamiento se aproxima a la mística, lo hace desde el despojamiento: “Que a través del vacío me haga útil / igual que una maleta, un jarrón o un lebrillo. // que la mente se acalle /…/ Que ocurra, sí, que ocurra / para alumbrar el ser escondido de mí mismo // y mantenerme al margen e ignorarme” (Leyendo a Eckhart). La lectura de Eckhart conduce a una poética del vaciamiento, donde el yo debe hacerse utensilio, espacio disponible. Al final, el canto asume su condición transitoria. “Este canto es ceniza; este canto es nostalgia / de lo que fue, de lo que ya es eterno” (El soplo). La ceniza no es fracaso del fuego, sino su memoria. El poema sabe que no retiene, pero acompaña. Como en la mejor tradición elegíaca, la palabra no vence a la muerte, pero la nombra sin miedo.

El libro se cierra con una entrega serena a la tierra, en diálogo explícito con Manuel Machado: “Tierra, / te entregaré mi cuerpo un día. /…/ Tierra, / teje con mis despojos / tu secreta armonía”. No hay aquí dramatismo, sino aceptación musical. El cuerpo vuelve a la tierra para integrarse en una armonía que lo trasciende. El carmín y la ceniza es un libro que entiende la poesía como forma de cuidado: del amor, de la memoria, del misterio. Manuel J. Pacheco escribe desde una intemperie lúcida, donde el canto no pretende imponerse, sino acompañar. Como el arroyo de sus primeros versos, su poesía fluye “queda, sonora y clara”, dejando en quien la lee no una certeza, sino una vibración persistente, una ceniza todavía tibia.

 

domingo, 15 de marzo de 2026

Reseña de Alicia Louzao. ‘Héroe menor’. BajAmar. 2025

 9791399060607: HÉROE MENOR


En Héroe menor, Alicia Louzao levanta un territorio poético donde los restos de la tradición clásica conviven con la crudeza íntima, el humor extraño y la ternura que apenas se atreve a pronunciarse. Este libro  surge del estudio pormenorizado de versos de poetas griegos que no se estudian en la escuela ni se citan continuamente”, y, sin embargo, algo en ellos palpita todavía en nuestro presente. Entre los fragmentos de Simónides, Ión de Quíos, Anacreónticas, Diógenes de Melos o Safo,  Alicia Louzao no busca recrear la Antigüedad, sino reescribirla como si su luz llegara hasta hoy refractada, temblorosa, casi doméstica.

Desde los primeros poemas se hace visible un desplazamiento físico y simbólico: el viaje hacia el norte, hacia una geografía real pero también emocional. “Vine hasta el norte para cubrirlo de piedras /…/ Alquileres de estrofas revientan los espejos y salen augurios blancos / que empujan y gritan”, leemos en Torbellino. Esa irrupción de lo profético en lo cotidiano apunta ya a una de las claves del libro: la tensión entre la herencia épica y la fragilidad del sujeto. En Canta, oh musa, la poeta juega precisamente con esa distancia entre la invocación clásica y la vida utilitaria: “Canta, oh, musa, / el tiempo exacto de las estaciones /…/ Esconde la lírica en los cajones Ikea / polvo y polillas que levantan nidos entre las palabras”. Allí donde antes la épica abría mundos, ahora lo hace un mueble de montaje rápido, y esa ironía contenida no destruye lo sagrado; más bien lo desplaza hacia un territorio más humilde, más cercano, donde el canto debe convivir con los desgarros pequeños.

El héroe del libro —héroe menor, como reza el título— es una figura movediza que aparece y desaparece entre los poemas, a veces con la inocencia de un niño, otras con el cansancio de quien ha atravesado demasiadas pérdidas. En En la llegada el musgo, Louzao escribe: “llegaba el héroe menor al aeropuerto con un puñal entre los dientes / que son los dientes del chico que más quise / porque así es como describo a aquellos que marcaron un camino”. La violencia, aquí, se vuelve un delicado homenaje amoroso: la herida como símbolo de lo aprendido, de lo vivido.

La poeta también introduce una dimensión comunitaria, como si el mito necesitara ser sostenido por voces múltiples. En Nomen Nescio, se lee: “Conozco la melodía de las aves / pero no se acostumbra el héroe ante esto. / Son tantos los que han muerto que el temblor levanta su lengua / y pide agua en la plaza de las fiestas”. La fragilidad del héroe, incapaz de acostumbrarse al canto, recuerda que la épica también es duelo, y que incluso en las celebraciones resuena una memoria de pérdida.

Los poemas se llenan de escenas populares: cuerpos que pasan, mujeres que beben cerveza, santos que tiemblan. En Siesta popular, “Santa Teresa con las manos abiertas y los pies descalzos / cruza el huerto temblorosa de frío /…/ Una chica lleva cerveza en la mano como auténtica ofrenda / y el héroe agradece cualquier tipo de victoria menor / en el pueblo viejo desde los lobos aúllan al agua mansa”. La convivencia entre lo sagrado y lo simple es uno de los mayores aciertos del libro: Alicia Louzao dignifica lo ordinario sin solemnizarlo.

Aparecen también visiones oníricas, casi metafísicas, como en Documento de identificación persona: “Hijo de una roca y de la mar salina, / los caminantes abandonan los pueblos y la noche agitada promete una canción triste. // Nada podía salir de nada”. El origen, la genealogía y la imposibilidad de retornar se articulan con una sensibilidad que no renuncia a la claridad.

En la segunda sección, los poemas se vuelven más introspectivos, más perturbados por el misterio. En Milagro, Alicia Louzao escribe: “Santas imágenes despiertas / que con el alboroto se agitan entre las grietas de los templos. / Pero si para ti fuese terrible lo que es terrible / jurarías haber visto la melena sagrada recogida en trenzas que olían a Chanel”. Esa mezcla de lo divino con el perfume de una marca comercial produce un extrañamiento delicioso, casi cinematográfico. La noche y el silencio también son protagonistas. En Dos extraños cruzan la noche: “También hay del silencio un premio que no es peligro. // Para el ojo que nos mira somos dos extraños / que cruzan la noche / que cruzan la noche”. Un poema mínimo, pero que condensa la intuición de que el anonimato puede ser un refugio.

El mito reaparece una y otra vez: Faetón, Arturo, Narciso (“En esta parte del mundo donde nada se agita / la noche devora el viernes como trozos de pizza y aceitunas. / No podremos vencer la destrucción y las ramas”, Enamorado mira el agua de Narciso). En Honorable, Alicia Louzao observa: “Llega el pequeño héroe cansado de atizar látigos a los caballos fieros. / No tuvo la fortuna de Faetón ni su muerte indigna / pero tampoco es el héroe verdadero de Homero cuando descubrió a Héctor y su perfil / honorable”. Aquí se establece con claridad la frontera entre el héroe mítico y el héroe menor: el moderno no aspira a la gloria, sino a mantenerse en pie.

La voz íntima del libro se abre a lo intergeneracional, como en Advertencias ante el camino rugen en el héroe: “Voz de abuela que levanta cristales / y lava trapos de agua sucia envueltos cuerpos pequeños y arrugas finas. / No le temerás al hombre del saco. / Lávate los dientes tras la cena de almíbar. / En la tierra la boca no cabe”. También en Mística del rey Arturo (Waterhouse): “El pueblo viejo contiene otro pueblo dentro / mucho más pequeño / y otro pueblo / dentro de una bolita dentro de una caja dentro de una boca”.

En la tercera parte, el tono vuelve a expandirse hacia lo lúdico y lo afectivo. En Desconocida fauna, la autora escribe: “El albedrío consiste en la búsqueda permanente de migas de pan / los que nos preceden las dejan caer determinados / porque creen en la magia de las cosas que no se ven / pero resisten. Pájaro que brota en el pecho”. En Espejo, aparece Rolando, figura casi pop: “Llegaba Rolando en una nube de oro / espléndido Goku de los años 2000. / un soplo que se clava en el mar, / Si tuviera en una habitación reunidos a todos los chicos posibles / el héroe menor podría estallarles un huevo de Pascua sobre la cabeza / y erigir a Rolando como rey supremo de batallas heladas”.  La actualización de estos mitos se sustenta a menudo en la tradición, en las fiestas rituales que se van actualizando. Alicia Louzao, con una mirada no exenta de ironía compone un Folleto informativo de fiestas populares: “Lentos pasos que recuerdan el bostezo de las fieras ocultas. / Niños sobre la mesa como ofrenda con mantelitos de nieve. / Recitan canciones que el mundo olvida. / La cocina siempre estará encendida par infusiones o pócimas corrientes de hierbas y / azúcar. Cuidado con el vaso porque produce el milagro de estallar en la química”.

Finalmente, la voz se pregunta por la imposibilidad de cantar aquello que no culmina: “Los romanos cantaban las victorias / y los fracasos en voz baja / que no eran cantados. / ¿Cómo puedo recoger aquello / que no llegó nunca a cumplirse?” (Victoria en español), y culmina con la imagen de Rolando, de rodillas, consciente del peso del pasado: “De rodillas en una iglesia de agua marina y corazones de abeja / está Rolando / que solloza / porque los héroes antes eran más hombres que ahora” (Cantar de Roland).

Héroe menor es un libro de extrema sensibilidad: un viaje entre lo mítico y lo doméstico que dignifica la fragilidad sin disolver su belleza. Un canto menor, sí, pero también un canto imprescindible en una voz poética que se asienta entre los terrenos brumosos de lo onírico y lo más profundo de las conciencias.

 

domingo, 8 de marzo de 2026

Reseña de Ana Vega: ‘Naturaleza interior’. BajAmar. 2025

 NATURALEZA INTERIOR


A veces, al leer un libro que se declara desde la primera línea como una exploración del yo, tengo la impresión de entrar en un claro del bosque donde la autora ya está de pie, esperándome con las manos manchadas de tierra. En Naturaleza interior, Ana Vega hace justamente eso: abre un territorio íntimo que se expande hacia lo colectivo, y lo hace desde un cuerpo que piensa, sufre, y sobre todo, observa. Su poesía plantea una interrogación radical sobre el estar en el mundo, sobre ese gesto insistente de tocar lo real aun cuando duele. De hecho, comienza afirmando: “A través de mis manos surge un bosque indeterminado / y es en esta historia infinita que cual hiedra me hiere me atraviesa las manos / y crece / hasta alcanzar al otro y extenderse y más allá // al fin o buscarle o buscarse / es quien estos ojos contemplan” (Naturaleza interior). Y ese bosque que brota de las manos funciona como metáfora insistente de lo que habita bajo la piel: algo vivo, expansivo, que a la vez hiere y sostiene.

Lo más fascinante en este libro es la manera en que el yo lírico se reconoce a sí mismo como territorio fracturado. La poeta dice que existe “un miedo innato a la muerte y un gusto invisible por provocarla con cierta lentitud”, y ese vaivén entre erosión y deseo se vuelve el motor de su pensamiento. Es como si la poeta aceptara que vivir es caminar al borde de lo que desaparece, y que la única forma de soportarlo es mirar de frente la grieta. Sus manos, que se multiplican como motivo, no son simples herramientas, sino memoria: “Mis manos tejen la costumbre de analizar la tierra con palabras”. La poesía, entonces, no es un lujo: es un modo de excavar.

Hay algo profundamente violento y, al mismo tiempo, radicalmente tierno en esta escritura. La autora reconoce “una forma de sentir el mundo de forma tan violenta como apasionada / pero también un / modo de alejarse de él y acercarse a la nada”. En su poética, la sensibilidad es un arma de doble filo: permitir que el mundo entre —que cale— significa exponerse inevitablemente a la herida; sin embargo, protegerse del mundo implica un riesgo igualmente devastador: la nada, ese silencio donde ya no ocurre nada pero en el que tampoco puede nacer nada. Hay una intuición lúcida aquí: solo puede vivir plenamente quien acepta la contradicción.

En esta tensión se inscribe también la relación entre cuerpo y entorno. La autora habla del deseo de “fundirse con el entorno y salir ilesa”, como si la naturaleza pudiera devolverle al cuerpo un origen intacto, una respiración menos contaminada por la violencia humana. El mar, en particular, aparece como imagen recurrente de esa unión posible: “Establecer el vínculo de tierra y piel a través del encuentro sagrado de los mares entre mis piernas”. Y, sin embargo, ese impulso de vida se contradice con otro igualmente poderoso: “Y renegar de dar vida o que mi núcleo se extienda y avance o germine / tiene sentido al pensar que esta misma incertidumbre y carácter / aleatorio del existir/ no asegurará dicha alguna a quien arroja al mundo desnudo”. La poeta reconoce la fragilidad de traer vida al mundo cuando el mundo mismo parece incapaz de sostenerla sin corromperla. Es aquí donde la escritura se vuelve ética.

Pero Naturaleza interior no es un libro desesperanzado. O no lo es del todo. Su subjetividad busca resquicios donde aún sea posible creer. Hay instantes en los que la mirada se detiene en lo que todavía puede salvarse: “Aferrarse a esa mañana y a ese mundo aún intacto y posible”. La gaviota, por ejemplo, encarna una libertad que impresiona por su resiliencia: “La libertad del vuelo de una gaviota /…/ Esa elegancia natural de combatir el mundo”. En esas imágenes, la autora no solo observa la naturaleza: aprende de ella. Así, la belleza se vuelve una especie de salvación, un refugio: “Esta búsqueda infinita de la belleza, esta sed infinita hacia lo bello que nos salva”.

Sin embargo, Ana Vega no se engaña. Entiende perfectamente que la crudeza del mundo no desaparece por mirar hacia lo bello. La piedra, por ejemplo, simboliza una resistencia antigua, casi brutal: “la eficacia con la que la roca vence al mundo”. Y frente a esa fuerza, la sociedad aparece como una maquinaria tóxica, cargada de normas que sofocan: “Y esta sociedad malsana que corrige vida como postura malograda y cargada de / veneno/ que une que dicha ferocidad la de marcar normas propias y no de estar o convivir / incluso /…/ Tan solo quiero enredarme en mis propias ramas. / Anclarme a mí misma / envolverme de hiedra y así ya no sentir más nada”. La hiedra aparece como símbolo ambiguo: soporte y ahogo, amparo y clausura.

El libro también interroga la memoria y el tiempo. La autora afirma: “tan solo escuchar ser destino ya cumplido / nunca el regreso”. Hay un reconocimiento de lo irreversible, de lo que no vuelve, que sin embargo no impide seguir avanzando. Los “territorios determinados por la casta que vence siempre” son, como la roca, imposiciones que parecen eternas; pero el yo poético busca fisuras para oponerse. Es aquí donde surge la pregunta por la rebeldía: “Tal vez la rebeldía solo pueda existir en un lugar intacto de la conciencia /…/ Tal vez imposible asegurar cierta continuidad de la vida y solo asegurar cierta continuidad de muerte. / Al menos en cuanto a ética y moral se refiere. / La hiedra del mal también teje su imperio más allá de estos vértices”. La rebeldía, sugiere Ana Vega, no es necesariamente un acto visible: puede ser, también, un refugio interno que resiste silenciosamente.

Hay momentos del libro en que el paisaje se tiñe de imágenes dolorosas: “Material que el mar devuelve una y otra vez como los cuerpos de los ahogados. / y esta imposibilidad sin embargo de sacar de dentro, de expulsar a quienes establecen el magisterio de la tortura / aquellos que instauran el dolor y de él mismo se nutren para mantener su puesto. / y este deseo de arrojar fuera, de arrojar fuera, lejos… salvarse”. Aquí el mar ya no es solo origen o contacto: es también memoria de violencia, un espejo de lo que una sociedad deja hundir. Pero incluso en este territorio sombrío, la autora busca un punto de contacto: “Ejercer el sentido del tacto como algo más que un derecho propio. / Establecer el estado de mis manos como reno /…/ un puente tendido entre mis manos y las que sujetan un corazón del todo desconocido aunque sienta su latido dentro”. Este puente —esta tentativa de empatía— es uno de los gestos más luminosos del libro.

Finalmente, lo que sostiene Naturaleza interior es una visión de la vida como travesía salvaje y profunda. Ana Vega escribe:

“Este modo de estar en el mundo con cierta ferocidad

identificarse con cualquier animal herido. Dicha trascendencia.

Arrojarse a la vida como un camino inexplicable, bello y sediento de crueldad.

Anclar tus raíces para después romperlas. Sentir la humedad del suelo y esa comunicación infinita de los árboles, la profundidad y el silencio de entrechocar de las ramas.

Definirse en el paisaje, en la soledad del paisaje.

Sentir cómo la mitad del camino ya ha sido recorrido por tus pies y en él se encuentran tus huellas, reconocer en estas, mirar hacia adelante y tender un puente.

/…/

abalanzarse hacia un futuro que aún se perfila bajo tus uñas llenas de tierra

con la muerte tan presente y la vida entre tus manos”.

Quizás ahí reside la fuerza del libro: en ese equilibrio precario entre lo que se pierde y lo que aún puede brotar. Ana Vega nos recuerda que la vida nunca se sostiene sola; que requiere manos que toquen, que recuerden, que siembren. Que somos bosque indeterminado, hiedra que hiere y sostiene, roca que resiste, mar que devuelve lo que se quiso ocultar. Y que, aun con la muerte tan presente, seguimos caminando con la vida entre las manos.