Hay títulos que son una promesa y otros que son una advertencia. El de esta antología de José Luis Piquero, edición de Rodrigo Olay, pertenece a una tercera estirpe: la de los títulos que sonríen con una mueca torcida. Es, como se nos advierte en las notas, una frase irónica, “una frase inútil, llena de ilusorias esperanzas”, propia de un poeta realista que sabe que la vida no sale bien: apenas sale. Ese “todo va a salir bien” suena a consigna de hospital, a las falsas ilusiones de los inicios de la pandemia, a frase escrita en una cartulina infantil pegada en la pared de una UCI sentimental. Y, sin embargo, lo que recorre estas páginas es una conciencia de la pérdida que no se disfraza. Piquero no consuela: radiografía. No promete: constata. Su poesía, leída de corrido en esta antología que abarca más de tres décadas, traza la biografía moral de un sujeto que aprende —a golpes, a veces con una risa torcida— que crecer consiste en aceptar que no hay red bajo el trapecio.
Las ruinas (1989) ya contenía su programa poético. La juventud aparece como un territorio ambiguo, atravesado por el deseo, la impostura y la crueldad. En Retrato del estudiante Harry Kurx leemos: “Es cierto que vivió solo para sí mismo, / que su amistad fue interesada casi siempre / y que hizo de nosotros sus vasallos, pero / ¡qué dulce vasallaje servir a un hombre tal!”. La fascinación por el carisma, incluso cuando es tiránico, revela una temprana lucidez: la juventud ama aquello que la hiere. Hay en estos poemas un temblor erótico que no es celebratorio sino vulnerable. “Pero de qué curiosa manera envejecemos / y cómo se resiente la carne con los besos” (Días de 1985). El verso encierra una intuición devastadora: el beso, que debería inaugurar el mundo, ya lo deteriora. El cuerpo no es territorio de conquista sino de desgaste. Como en ciertos poemas de Jaime Gil de Biedma, el deseo está contaminado por la conciencia del tiempo; pero donde Gil de Biedma se mira con ironía elegante, Piquero parece mirarse con una mezcla de rabia y desconcierto.
“El amor nos ablanda y adormece; / el peligro –pensábamos– despierta los sentidos, / nos hace invulnerables” (Días de 1986 y 1987). La juventud cree en la épica del riesgo, en la electricidad de la amenaza. Pero esa invulnerabilidad es ilusoria: el peligro no fortalece, desgasta. Y sin embargo, hay momentos de una felicidad casi luminosa: “Entonces nos moríamos / muy lentamente, era / una pequeña muerte, anónima y feliz. / Porque a veces la vida es una fiesta junto al mar, / y se apaga tan solo si las luces se apagan” (Bye bye, blackbird). Esa “pequeña muerte” no es solo el orgasmo; es el instante en que el mundo parece suficiente. La adolescencia, sin embargo, es también un territorio hostil. “En los días de fiesta eran más peligrosos, / porque tenían tiempo de sobra por delante / y el escenario idóneo de una calle aburrida” (Apunte biográfico). El aburrimiento como caldo de cultivo de la violencia: una intuición social que conecta con la tradición de la poesía urbana española de finales del siglo XX.
Y está el descubrimiento del deseo como escena pública, teatral: “Y en el momento glorioso en que le dieron / –por su cara bonita– el papel de Julieta / y pude decirle que la amaba, lo amaba, / en voz alta, mirándolo a los ojos, / ante todo el colegio, ante mis padres” (Romeo en el internado). La ambigüedad sexual, la declaración en voz alta, el amor dicho como desafío. Aquí Piquero dialoga, quizá sin proponérselo, con la tradición del amor prohibido, pero lo hace sin solemnidad, con una naturalidad que convierte la escena en rito de paso. La memoria es traicionera: “Y cuando mi memoria te traicione / por completo, será como si nunca / hubieses existido. Te inventé, / o te soñé y yo el día te disipe” (Noche antes de la separación). La amnesia como forma de asesinato. Amar es inventar; olvidar, borrar la prueba del crimen. Y, por debajo de todo, la sensación de no pertenecer: “Y a menudo –lo admito– deseé / ser distinto, ser otro, merecer como ellos / un saludo más cálido al entrar / y una palabra amable, otra forma de vida” (En la rotativa). La envidia como motor secreto de la identidad. El deseo de ser otro atraviesa toda la obra, como si el yo fuese siempre un traje prestado.
En Monstruos perfectos (1997) el tono se vuelve más ácido. El título ya anuncia la paradoja: la perfección como deformidad, la forma prototípica de ser monstruo. “Acaso tú eres más sabio que yo: / Un perdedor sin más. Todos perdemos” (Cazador de autógrafos). La derrota se universaliza; no hay héroes, solo variantes del fracaso. Las visitas nocturnas del pasado son inquietantes: “Algunas noches vienen a visitarme todas / las personas que he amado a lo largo del tiempo. / Ojalá que una noche me encontrasen dormido. / No querrían entonces que yo las visitase” (Noches a solas con los amigos de antes). El deseo de no ser visto en la propia nostalgia. El pasado como fantasma que exige reciprocidad. El mal adopta formas domésticas: “En cada grieta, bajo tu colchón. / Huyen de ti, te pican, te dan miedo. / Se alimentan de ti” (Malo). Los monstruos no están fuera; se crían en la intimidad. Y el espejo, símbolo clásico de la identidad, se rompe: “o simplemente eras como un vicio / rompiendo en mil pedazos el espejo, / dando cuerda al reloj de tal manera / que aún le dices dormido, / sin escuela, y se ríen” (Elogios del Pez-Luna). El tiempo y la imagen se confabulan contra el sujeto.
Uno de los poemas más conmovedores es Retiro sentimental: “En mi familia no se dijo nunca «te quiero». / Jamás oí decir «lo siento» a mi padre o a mi madre. / No sé si era vergüenza: una ternura demasiado / estridente para enser cotidiano”. La educación sentimental basada en la omisión. La carencia de palabras como herencia. Aquí la poesía de Piquero se vuelve casi confesional, pero sin victimismo: hay una constatación seca, una aceptación de que el amor, si no se nombra, se vuelve sospechoso. La adolescencia reaparece como herida abierta: “Me he pasado la vida malgastando el cariño en personas que nunca me quisieron. / Ya solo deseaba ser del grupo /…/ Dolorosa esta edad en que siempre estás solo / y tu alrededor nace / la flor limpia de un mundo que nunca es para ti” (Palabras de Caín adolescente). La figura de Caín —que reaparecerá insistentemente— encarna la exclusión primordial. Ser el hermano que mira cómo el mundo florece para otros. La amistad tampoco se salva: “Pues la verdad: / nos vamos a morir de amor de amigos /…/ sin embargo, lo siento, esto es muy raro / y yo aún no sé qué coño pintamos todos juntos” (Amigos). La vulgaridad del “qué coño” rompe cualquier tentación lírica. Piquero sabe que la poesía también puede hablar en zapatillas. La traición adopta máscara bíblica: “Largamente adiestrados en la sospecha, y hartos / de mentirnos los unos a los otros, / canallas que sonríen / mientras sorben sus whiskys” (Lo que dijo Judas esa noche). Judas ya no es un personaje remoto: es el amigo que sonríe en la barra del bar. “Si alguna vez hemos sido inocentes / como mascotas, puros / igual que las manzanas, / nosotros hemos visto pudrirse las manzanas” (Historia de G.). La imagen es sencilla y brutal: la inocencia como fruta que se descompone. Y en Iván y Arancha en Praga: “Vivir es cruzar ciegos ante puertas cerradas; / cansados de nosotros, muy cansados, / nos describe mujer todo lo que no somos, / y amar es rebelarse, ¡qué intento más idiota!”. Amar como rebelión inútil. La conciencia de la ridiculez no impide el intento.
En El fin de semana perdido (2009) –de nuevo una referencia a Lennon– la voz se vuelve más descarnada, más explícita en su rabia. El poema Mensaje a los adolescentes es casi un anti-manifiesto generacional: “Niños, probad a hacerlo en casa / y sabréis lo que es bueno sin que os lo cuente nadie. / Recordad que no hay nada que vuestros padres puedan enseñarnos. / Ellos no son vosotros /…/ Por lo demás, sé que no sois felices, / a lo mejor pensabais que todo el mundo os odia. Pues es cierto, / pero sobran motivos: sois jóvenes y estúpidos”. La crueldad es pedagógica: desmontar la autocompasión adolescente a base de ironía. La amistad se erosiona: “Esta noche / no sois más que el producto de un error y otro error. / Quiero cerrar los ojos y olvidar todo lo que esta noche / me recuerde a vosotros y a mí y a mis poemas” (Última noche de la amistad). El poeta quiere renunciar incluso a su obra si esta lo ata a relaciones fallidas.
En Oración de Caín la rabia se convierte en liturgia: “Gracias, odio; gracias, resentimiento; /gracias, envidia: / os debo cuanto soy. / Lo peor de nosotros mantiene el mundo en marcha / y la ira a un don estamos vivos”. La inversión moral es radical: lo negativo como combustible vital. Aquí resuena, quizá, la sombra de Arthur Rimbaud, citado explícitamente: “La verdad es la triste descripción del secreto. / No quise ser verdad. Quiero ser Nadie” (Rimbaud). Ser Nadie: borrarse para escapar de la tiranía de la identidad. El ciclo de Caín culmina en Caín huyendo: “Te doy mi libertad, Caín, eres la sombra / que vigila la luz de mi ventana. / Yo te he dado las llaves y ahora asústame. / Eras el preferido de mi Padre, jamás te perdoné, el mejor de nosotros. / Tú y yo somos el mismo, solo eso sé decir”. La identificación con el fratricida es total. No hay redención: hay reconocimiento. El recurso del monólogo dramático, del paisaje con figuras, la máscara con escenas, propicia que el autor se despoje de defensas y muestre impúdicamente su verdadero yo. La máscara sirve para mostrar el verdadero secreto íntimo.
La autodestrucción asoma sin metáforas: “Solo quiero morir. // Mi vida como un fin de semana perdido” (Talidomida). La comparación es demoledora: la vida como error químico, como catástrofe doméstica. Y sin embargo, en medio de esa oscuridad, surge una afirmación: “No volveré a estar solo. / Después de haber amado así, la muerte / no me tendrá del todo” (Cuatro). El propósito de que el sufrimiento pueda servir de rescate se va filtrando en algunos poemas que miran el dolor con distancia: “Que el dolor nos redima a todos juntos, en esta soledad que ninguno podemos compartir” (Nava). El amor, aunque haya sido ruina, deja un resto que ni la muerte puede arrebatar. El erotismo reaparece sin solemnidad: “cuando follan así / Dios debe sonreír con orgullo” (Borrador de un poema inacabado). Dios como espectador complacido del placer humano. Y en Alicia ya no vive aquí: “A tu salud cualquiera se emborracha lo menos una vez, / y eso que no eres bueno, y qué más da”. El amor no necesita virtud para ser celebrado: “Si vas a derramar tu sangre por vosotros, no lo hago. / Tu noche de venenos huele a flores carnívoras. / Asesina de mares. Estoy harto. No lloraré por ti” (Amenazando con hacerlo).
En Tienes que irte (2017) la ironía se afila. “Yo soy perfecto. Busca / a otro infeliz que aún se haga ilusiones” (Respuesta de Lázaro). La resurrección no garantiza la felicidad; Lázaro vuelve para burlarse. El dinero, el diablo, el cíclope: los personajes míticos y bíblicos se mezclan con la cotidianidad. “Lo tuve. / Y la llave del cofre del tesoro, toda de plástico, / leal como un amor adolescente, / como su leve chasquido de sexo maquinista” (Dinero). El tesoro es de plástico: la promesa de riqueza es infantil. “Lo malo es que no tengo ningún hobby / ni sé hacer otra cosa que diabluras /…/ Hubo un tiempo en que el odio era la poesía / oscura de la tierra, su sabia, su alimento” (El día libre del diablo). El odio como savia poética. Piquero no teme reconocer la energía oscura que alimenta su escritura. “Me duele, sin embargo, y esto no es un reproche, / tu actual indiferencia. Yo he cumplido” (Carta del Cíclope). La herida ya no es rabiosa; es cansada. Y en sentido homenaje, Vacío de Rafael Suárez Plácido: “Terrible que la herida de su muerte nos ahorrase esa herida”. La muerte como solución brutal a conflictos irresueltos.
La experiencia extrema se vuelve adictiva: “Llegó a ser adictivo, y ahora entiendo a los santos y a los mártires. / Cómo debían gozarlo los muy cucos” (Quemaduras). El sufrimiento como placer secreto. Y la hybris asoma: “soy como Dios” (“Insomne”). Pero enseguida se desmonta cualquier solemnidad: “Nos han jodido bien a los poetas con la Rosa, la Rosa” (Intervalo de la Rosa). La tradición lírica —la Rosa como símbolo— es vista con desconfianza. “¿Quién anda ahí? ¿Es dios? / ¿O Supermán?” (Nolugar). La cultura popular convive con la teología. Y en La conversación: “Quiero irme de aquí. Márchate cuando quieras. / Tampoco irás muy lejos”. No hay escapatoria; el yo es su propia cárcel.
Los poemas inéditos intensifican la sensación de intemperie. “Otra vez solo. Soy como una lámpara / que da luz para nadie, y una cuenca sin ojo, / y una señal borrada. Te quería” (Asesino con víctima en la escena del crimen). La imagen de la lámpara inútil es de una belleza devastadora: dar luz sin destinatario. Con el alexaindresco título Historia del corazón: “Ahora lo sé. Fue cuando ella me dijo: / nunca serás feliz, vas a estar solo. / No tienes corazón. // Y se oyó un golpe seco y tus verdades”. La palabra ajena como sentencia. Y en Terminal: “Quiero ser todo eso, / la enfermedad y todo lo que se mueve. La belleza”. La belleza incluye la enfermedad; no hay pureza. La tentación del autoaniquilamiento regresa: “Siento la tentación de cancelarme, / ser el Dios de mí mismo, aniquilar / a esta criatura” (La duda). Ser Dios para destruirse. Pero incluso en el nihilismo hay ironía: “Sigue no siendo nada, en lo mejor” (Bárbara y los monstruos).
El amor reaparece con una imagen insólita: “No sé bien a qué ibas, supongo / que a no ser invisible. /…/ El verdadero amor es un gorila que te deja pasar” (Años 80). El amor como fuerza brutal que, sin embargo, concede paso. Y en Luna de miel: “pensamos demasiado en muerte y en preguntas y en problemas. / Pero no dura mucho en este mundo de los novios, // y más estando en Roma, dispuestos a llevárnoslo / todo, cada pintura, cada vasija etrusca”. La voracidad amorosa quiere apropiarse del mundo. Finalmente, La sed: “No hay licor que apacigüe / la angustia de vivir siendo cualquiera en vez de un dios, / su huraña prosa. /…/ Bebe, borracho. / No lloriquees más. Cállate y bebe”. La orden es brutal: callar y beber. Pero bajo esa brusquedad late la conciencia de una sed metafísica: la de no ser suficiente.
Leída en conjunto, esta antología muestra la coherencia de una voz que ha sabido convertir la rabia en forma, la ironía en método y la herida en lenguaje. Piquero dialoga con la tradición —con la sombra de Gil de Biedma, con el gesto incendiario de Rimbaud— pero no se deja domesticar por ella. Su poesía no busca consuelo; busca exactitud con una habilidad minuciosa para el ritmo implacable y versátil. Todo va a salir bien es, al final, una frase que solo puede pronunciarse desde la conciencia de que no es verdad. Y quizá ahí reside su fuerza: en la negativa a mentirse. Porque si algo atraviesa estos poemas es la voluntad de no dulcificar la experiencia. El amor ablanda, sí, pero también adormece. La amistad salva y traiciona. La familia calla. Dios sonríe cuando los cuerpos se aman y calla cuando el poeta bebe. Y, sin embargo, pese a todo, hay una persistencia. “Después de haber amado así, la muerte / no me tendrá del todo”. Tal vez eso sea lo único que “sale bien”: haber amado, haber escrito, haber dicho con palabras propias la intemperie. En un mundo que promete constantemente salvaciones exprés, la poesía de José Luis Piquero recuerda que la lucidez es una forma de dignidad. Y que, aunque todo no salga bien, escribirlo es una manera de resistir.


