En Urdimbre, de Jorge M. Molinero, la poesía no comparece como un ornamento verbal ni como una disciplina del gusto, sino como una forma extrema de fidelidad. Escritos desde la inteligencia, desde la memoria, desde el duelo incluso, con obstinación casi física de impedir que un muerto desaparezca del todo. “Escribo para resucitarte. Solo para darte de nuevo la mano”. La frase no funciona únicamente como declaración afectiva: establece el pacto entero del libro. La escritura no será aquí una celebración de la ausencia sino una negativa a aceptarla. La palabra en Molinero no describe el dolor: lo traspasa.
Hay algo profundamente castellano en esta tentativa de resurrección. No la Castilla convertida en estampita lírica, ni la museificada por la retórica nacional, sino una tierra erosionada por el hambre, el trabajo y la violencia histórica. Un territorio moral antes que geográfico. “Voy a contar el hambre a un estómago vacío. Vas a hablar de ayeres a un pueblo con Alzheimer”. El verso posee una violencia seca, casi conversacional, y precisamente por eso golpea con más fuerza. Molinero escribe desde un páramo donde la memoria colectiva ha sido sustituida por una pedagogía del olvido; donde la historia no desaparece, sino que se pudre lentamente bajo las versiones oficiales. El libro parece avanzar como una genealogía rota. Padres, abuelos, ferroviarios, molineros, músicos populares, figuras derrotadas de la historia española: todos comparecen bajo una misma luz crepuscular. El poeta no los convoca para construir una épica de vencidos, porque desconfía de toda solemnidad. De hecho, uno de los grandes logros de Urdimbre es haber comprendido que la dignidad no necesita mármol. “Todos los ferroviarios alzan el puño. No son solo / cientos de nombres en un juicio por sedición”. Hay en esos versos una conciencia política que jamás degenera en consigna. La poesía de Molinero sabe que la Historia suele hablar con el vocabulario del poder y que, por ello, el poema debe aprender a escuchar los murmullos laterales: las cocinas, los andenes, las fotografías que nadie toma.
En uno de los pasajes más conmovedores del libro leemos: “El día que murió mi abuelo descubrí que / era un héroe: mi padre /…/ Aprendió a no odiar lo que él significaba”. La emoción aquí no proviene de ningún énfasis sentimental, sino de la dificultad ética que el verso contiene. Aprender a no odiar. Reconocer en el padre una forma silenciosa de heroísmo. Comprender que la herencia familiar es también una herida ideológica. Esa complejidad moral aleja a Molinero tanto del lirismo elegíaco convencional como de la poesía panfletaria. Su escritura se mueve en una zona más incómoda: aquella donde el amor filial convive con la conciencia histórica del fracaso. Porque Urdimbre está atravesado por la derrota. No una derrota puntual, sino una sedimentación de derrotas sucesivas que han terminado modelando incluso el paisaje. “La sangre no cala en esta tierra impermeable / que nos ofrece solo mentiras”. La imagen es extraordinaria: una tierra incapaz ya de absorber la sangre, como si incluso el suelo hubiese desarrollado defensas contra el sufrimiento humano. Uno piensa inevitablemente en Miguel Hernández, en su manera de fundir tierra y cuerpo, agricultura y tragedia. Pero donde Hernández todavía encontraba una energía de combate, Molinero escribe desde una extenuación posterior. “Ningún verso reparó la justicia ni la lucha evitó el hambre”. El poema reconoce brutalmente sus límites. Y, sin embargo, continúa escribiéndose. Ahí reside su paradoja más hermosa.
Hay momentos en que el libro alcanza una intensidad visionaria cercana al delirio expresionista. “el heroico & digno Agapito Marazuela, cólera / canta en tu aullido el lastimoso parte de un Engendro / metálico desde el útero de la infamia”. El uso del “Engendro” —figura recurrente y mutante— introduce una dimensión alegórica inquietante: “La molinera se mueve / sin conocer el engendro que guardó su vientre” (Amelia Molinero Delgado chasquea los dedos mientras tararea una canción); “El Engendro escarcha la tierra, sabe que / todo este páramo es un inmenso sepulcro” (Lucio Pérez Garnacho dice: la poesía no sirve para nada). No estamos exactamente ante un personaje, sino ante una encarnación del horror histórico: maquinaria franquista, violencia heredada, monstruo nacido de la codicia y del miedo: “El futuro, // dice el pintor, es un invento del molinero / para especular con el grano y el pus / de la codicia” (Canción triste al Cuadrado Lomas de un amarillo que duele). Ese futuro degradado, convertido en negocio de la miseria, recuerda por momentos la imaginería feroz de un Gamoneda, especialmente el de Descripción de la mentira, donde el país aparece como un organismo corroído desde dentro.
Pero Urdimbre no se sostiene únicamente sobre la memoria política. Su centro secreto es mucho más íntimo: el padre muerto. Todo el libro parece girar alrededor de esa ausencia imposible de clausurar. “No me dejas solito, no sabría volver. Quería / escribir la gran y épica obra castellana. / Pero me pareció poco. Y me he empeñado / en resucitarte”. Es difícil encontrar en la poesía reciente una renuncia más lúcida. El poeta abandona la ambición literaria —la “gran obra”— para asumir una tarea imposible y mucho más verdadera: devolver presencia a quien ya no está. La poesía aparece entonces como rito doméstico, como conversación interrumpida, como intento desesperado de retrasar la segunda muerte, la del recuerdo. En ese sentido, los Poemas para Rosa, escritos por el padre del autor e incorporados al libro, producen un efecto conmovedor. La voz heredada irrumpe en medio del texto como si la sangre continuara escribiendo desde otra habitación del tiempo: “Una luciérnaga bastará / para que ilumine tu cuerpo desnudo / temblando junto al mío. Así comprenderás / mientras me fundo, inmóvil y mudo / en tu aliento, que el mundo entero / fue creado / para llegar a vivir este momento” (Poema para Rosa IV). De pronto, en medio de tanta devastación histórica y emocional, emerge una delicadeza inesperada. La ternura no cancela la herida; apenas la vuelve habitable por unos instantes. Y quizá ahí radique una de las intuiciones más profundas del libro: la memoria no se preserva únicamente mediante el dolor, sino también mediante los gestos mínimos del amor.
Molinero posee además una rara capacidad para insertar imágenes surrealistas sin quebrar nunca la verdad emocional del poema. “El engendro estrena zapatillas / con suela de clavos y baila / la jota de los sueños imposibles junto a Lola Eiffel” (Froilán vecino vasco sueña con el cielo de París). O ese otro verso magnífico: “Durruti friega los cacharros / después del convite”. Las figuras históricas aparecen desplazadas hacia una cotidianidad extraña, casi espectral, como si la memoria popular soñara sus propios símbolos. Hay algo de carnaval trágico en estas escenas, algo que recuerda ciertos pasajes de Lorca o incluso de Pasolini: la intuición de que la cultura popular conserva una potencia visionaria que la Historia oficial jamás podrá domesticar del todo. El libro construye una poesía marcada por el desarraigo, la memoria –democrática, personal y colectiva– y las heridas íntimas, donde el sujeto transita entre el agotamiento existencial —“Todo me aburre. Invento tramas cotidianas / para quedarme solo / con mis demonios” (Padre, estoy muriendo de arroz)— y la necesidad de amparo en figuras como el padre: “Padre, el sueño está blindado. El sueño es nuestro y te doy la mano”. A través de imágenes simbólicas y contundentes, cuestiona el futuro (“El futuro, // dice el pintor, es un invento del molinero / para especular con el grano y el pus / de la codicia”) y reflexiona sobre aquello que permanece oculto o imposible de narrar, porque, como afirma el poeta: “Mi padre no tira ninguna foto. Castilviejo / no encuadra la escena. Durruti friega los cacharros después del convite. El poeta no escribe en su libreta. En todas las guerras / hay escenas imposibles de contar / por la crueldad de la sangre” (Tiborcio Muñoz Ramos escapa en un caballo de carrusel). Así, la obra convierte la herida, la memoria y la máscara en el centro de una poética profundamente humana y fragmentaria: “La máscara es también un escudo” (Emilio Pedrero lía un cigarrillo de menta).
La tierra y el entorno aparecen igualmente atravesados por una fuerte carga simbólica: “Vuelve a silbar el viento su hambre. El cuajo muerto en la paleta del pintor cuando hace el amor / a esta tierra maldita”. Transforma la naturaleza en una entidad viva, amenazante y carente. El paisaje no funciona como decorado, sino como reflejo del malestar interior. La imagen del “cuajo muerto en la paleta del pintor” mezcla creación, decadencia y corporalidad, construyendo una poética extraña e incómoda donde la belleza surge precisamente desde lo deteriorado. La memoria familiar y la pérdida ocupan otro de los ejes esenciales del libro: “No hay más secreto que ahogar su recuerdo y el precio / de un trabajo en la renfe por los servicios prestados”. Convierte la orfandad en una condición más simbólica que biológica: la ausencia de un legado, de una continuidad afectiva o de una guía: “Maldita certeza describirme huérfano de hilos de oro / en tus manos. Es irrespirable la sombra / del ciprés al abandonar el equipaje en el tren equivocado”. El tren equivocado y la sombra del ciprés refuerzan la sensación de error, de despedida irreversible y de destino truncado. Son imágenes que condensan el duelo y la imposibilidad de regresar.
Sin embargo, lo más admirable de Urdimbre quizá sea su respiración moral. El libro no pretende redimir a nadie. Sabe que el horror permanece: “la patria solo escucha al sable / afilándose entre las piedras. Ellas no tienen la culpa del sonido del terror” (Xexuperancio Nieto Lubrera maldice la carcoma del sueño). En tiempos donde gran parte de la poesía política cae en el automatismo ideológico o en la superioridad moral prefabricada, Molinero escribe desde una intemperie mucho más honesta. Su rabia nunca se vuelve decorativa. “cólera contra la sordera y el relámpago desnutrido”. La expresión parece surgir de un organismo exhausto, no de una pose estética.
Y aun así, entre tanta ruina, persiste una obstinación luminosa. “Que florezca la memoria de los asesinados”. El verso no pide justicia abstracta ni reconciliación institucional: pide florecimiento. Que algo vuelva a crecer sobre el terreno devastado. Tal vez por eso el título del libro resulta tan preciso. Una urdimbre es el conjunto de hilos que sostienen el tejido. Lo invisible que permite la forma. En este libro, esos hilos son los muertos, los trabajadores, los derrotados, los amantes, los padres, las canciones populares, las voces heredadas. Todo aquello que sostiene una identidad aunque el tiempo intente desgarrarla. La desnudez aquí no es metafórica: es la condición última del poeta ante la pérdida. Sin épica. Sin refugio: “en este poema hay un hombre desnudo que / tiene un padre muerto y un salón vacío de abrazos”. Apenas la palabra intentando tocar lo irrecuperable. Y, sin embargo, el libro no desemboca en el nihilismo. Hay una humildad final, casi mineral, en versos como “Feliz por haberme convertido / en redondo y vulgar / canto rodado” (Poema para Rosa III). Después de tanta violencia histórica y emocional, el yo aspira simplemente a erosionarse, a dejar de resistirse al tiempo, a integrarse en la corriente anónima de las cosas.
En una época literaria dominada con frecuencia por la ironía defensiva o el narcisismo sentimental, Urdimbre apuesta por algo mucho más arriesgado: la emoción verdadera. No la emoción exhibida, sino aquella que obliga al lenguaje a tensarse hasta el límite. Molinero entiende que escribir un poema todavía puede ser un acto grave. No porque la poesía vaya a cambiar el mundo —el propio libro desconfía de esa ingenuidad—, sino porque puede impedir, aunque sea durante unos segundos, que el olvido termine de cerrar su trabajo: “Tampoco yo tengo nada que decir pero escribo, no para guardar / la memoria, escribo para resucitarte. Estamos perdiendo de nuevo / una guerra pero tus palabras dan sombra y engalanan mi camino” (Mª Ayllón Lobo sueña con el sonido del cerrojo).
“Solo quería resucitarte”. Pocas veces una frase tan sencilla ha contenido tanta desesperación y tanta belleza.