domingo, 26 de abril de 2026

Reseña de Faustino Lobato Delgado: ‘Donde el alma ignora’. Olélibros. 2025

Donde el alma ignora 


En donde el alma ignora, de Faustino Lobato Delgado, hay un temblor que no cesa. No es solo el temblor físico de la enfermedad o el estremecimiento moral ante la fragilidad, sino un temblor más hondo: el de la conciencia que despierta en el umbral. El libro está dedicado a los sanitarios de urgencia y se articula como un tríptico (Éxodo, Sonidos, Temblor) que recuerda, en su estructura, a ciertos itinerarios espirituales: salida, escucha, estremecimiento. Tres movimientos del alma que ignora, pero que, en su ignorancia, aprende. Cuenta, además, con tres prólogos, Fernando Jaén, Luis Oroz, Sandra Martínez Martín.

Desde el comienzo, el hospital se erige en símbolo y escenario. No es solo un espacio físico, sino un territorio metafísico donde el ser humano se enfrenta a su verdad desnuda. “Espera en un pasillo de hospital / marca el tránsito de la existencia, / acerca de lo provisional /…/ Aquí no hay derrota, / solo silencio. / Intuyes que la humanidad / siempre vence” (1). Este verso inaugural no habla tanto de la victoria biológica como de una victoria moral: la humanidad vence en el silencio compartido, en la paciencia que acompaña, en la espera que no se rinde. El hospital, ese “universo” regido por un orden inflexible (“Nada escapa al orden. La arbitrariedad no existe en este universo del hospital”, Tránsito 3) se convierte en metáfora de un cosmos donde cada dolor parece obedecer a una ley secreta.

Hay en esta primera sección, Éxodo, una conciencia de tránsito que evoca el viaje bíblico, pero también el descenso órfico a los infiernos de la incertidumbre. “Qué estruendo se vuelve todo / mientras la angustia de no saber / se ancla en mí” (3). El estruendo no es el ruido exterior, sino el rumor interior del miedo. La angustia se ancla, se fija como un peso en el pecho. Y, sin embargo, el poeta no cae en la desesperación absoluta. “En este momento / siento la vida / como una ofrenda, / mezcla de tortura y esperanza, // deseo / y ganas de volar” (5). Esa mezcla de tortura y esperanza es la materia misma de la condición humana.

La espera hospitalaria se convierte en una forma de meditación forzada. El “habitáculo donde me encuentro es un vacío con armarios y camas, que navega en la desnudez de lo amado” (Tránsito 2). La imagen es poderosa: el cuarto es un barco a la deriva, un arca precaria donde el amor se exhibe sin máscaras: “Cómo dejar a la deriva la belleza / que no entiende, la bondad / que me cuestiona” (10). El yo lírico se reconoce: “Mi ánimo está lleno de brechas, de muchos huecos, / por donde respira el miedo” (8). Esa respiración del miedo es casi corpórea: el miedo como aire que entra y sale por las grietas del ánimo. No es difícil advertir, en esta tensión entre fragilidad y esperanza, una afinidad con la poesía de Antonio Machado, cuando el sevillano escribía que “se hace camino al andar”. También aquí el camino se hace en el pasillo del hospital, en la espera que es tránsito. Pero Lobato Delgado añade una dimensión contemporánea: la conciencia de la medicina, de los protocolos, de la técnica que ordena el caos. El hospital es un microcosmos donde “la arbitrariedad no existe”. Frente al azar de la vida, la institución médica ofrece un orden que, aunque no siempre salva, sostiene.

En medio de ese orden, la belleza irrumpe como resistencia. “Los vencejos y la brisa / anudan el grito y la caricia /…/ rompen la tristeza del lugar, / desvelan el azul de las horas. / No hay prisas, solo la belleza de esperar” (14). El poeta mira por la ventana y descubre que el mundo continúa. Los vencejos —aves del verano, del vuelo rápido— anudan el grito (dolor) y la caricia (consuelo). La belleza no cancela el sufrimiento, pero lo envuelve en una luz distinta. “En esta belleza de la espera / estás cerca, / me salvan” (15). El tú —quizá un ser amado, quizá la comunidad— se convierte en salvación: “Solo la voz de los que quiero / me alimenta en esta burbuja / de lo agridulce (17).

La segunda parte, Sonidos, desplaza el foco del espacio hospitalario al retorno. “Volver a casa, a los paisajes de costumbre, a las voces diarias me devuelve a la confianza” (Sonidos). La casa no es solo un lugar físico; es una ontología. “La casa está donde soy” (33). Esta afirmación recuerda a la idea heideggeriana del habitar como modo de ser, pero aquí se expresa con una sencillez luminosa. El regreso no implica olvido: “Todo continúa / como si nada hubiera ocurrido. / Soy parte / de esta piel del misterio // que me hace crecer” (21). La experiencia del hospital no rompe el mundo; lo profundiza. Y en este universo, permanece el recuerdo del paraíso perdido: “ser tú en este imaginario / que me acerca a ti, / a la puerta del perdido paraíso, / al susurro de las tardes de verano” (28)

En esta sección, la poesía se vuelve consciente de sí misma. “Versos, ese barro primigenio / que el demiurgo moldea / hasta levantar la figura del poema” (24). La imagen del demiurgo remite al creador platónico, pero también al poeta como artesano. El verso es barro: materia humilde que, trabajada, adquiere forma. Hay aquí una poética implícita: escribir es modelar la experiencia, darle contorno para que no se disuelva en el caos. El sonido adquiere peso físico: “La gravedad de los sonidos / viste mi cuerpo, / cada vez más muerto, / cada vez más seco” (31). La palabra no es etérea; pesa, viste, configura. Y, sin embargo, también hiere: “Me duele hasta el silencio” (30). Ese dolor del silencio enlaza con la tradición mística española, con San Juan de la Cruz y su noche oscura, donde el silencio es a la vez ausencia y presencia abrasadora. Pero en Lobato Delgado el silencio no es solo místico; es también cotidiano. “La mirada de perdón; / el silencio a tiempo; / el insulto que se evita” (26). Aquí la ética se concreta en gestos mínimos. El silencio a tiempo puede ser más elocuente que cualquier discurso. La poesía se convierte, entonces, en una escuela de atención moral. Hay momentos de luminosa serenidad: “Cuánta luz en esta hora de la tarde. / El norte pesa en este sur de mis dedos” (33). La geografía se vuelve interior. El norte y el sur no son coordenadas físicas, sino tensiones del alma. Y, sin embargo, el poeta se interroga: “Por qué no arriesgar / en este río que fluye / aunque duele perder” (35). El río, símbolo heraclíteo del devenir, invita al riesgo. Perder duele, pero no arriesgar es morir en vida.

La tercera parte, Temblor, intensifica la reflexión sobre la fragilidad. “Estar cerca de los otros es abrir la puerta de lo que duele y sorprende; es entender aquello que marca distancias o espejos la fragilidad”. La cercanía no es cómoda: implica exponerse al dolor ajeno y al propio. El otro es espejo y distancia. “Hay días que el otro es / la imagen de un nublado; / emociones, sin música de fondo /…/ Hay días en que el otro soy yo, / sin saberlo” (47). Esta oscilación entre alteridad e identidad recuerda a Octavio Paz y su reflexión sobre el otro como constitutivo del yo. La soledad, en este libro, no es aislamiento físico, sino interioridad: ““El paisaje de la piel alerta / de lo humano/…/ La soledad no es estar solo, / es albergar un silencio” (37). Ese silencio puede ser fértil o devastador. “El silencio, este oasis / que escapa de la calle / y del ruido, / pero no de la luz” (52). El oasis no es sombra; es luz contenida. El poeta parece decirnos que el silencio auténtico no es huida, sino revelación. Hay también una dimensión mitológica: “Mantener el vuelo, ser Ícaro, / con deseos llenos de luz” (41). La referencia a Ícaro introduce el riesgo de la caída. Volar hacia la luz puede quemar las alas. Pero el poeta no renuncia al vuelo. Prefiere el riesgo luminoso a la seguridad oscura. En esto se aproxima a la actitud de Federico García Lorca, para quien la poesía era herida y resplandor.

El libro culmina en una conciencia cósmica: “Y el universo sigue / como si nada ocurriera, / con un movimiento continuo / en su eje secreto. / El universo” (45). La repetición final —“El universo”— suena a aceptación. La experiencia individual, por intensa que sea, no detiene el movimiento del cosmos. Esta constatación podría ser desesperante, pero en Lobato Delgado se convierte en humildad. El yo se sabe parte de algo mayor.

En uno de los versos más hondos, el poeta se pregunta: “Cómo no dejar que la belleza inunde / mi destino / sin tener pánico a la muerte” (49). La belleza y la muerte aparecen entrelazadas. Aceptar la belleza implica aceptar su fugacidad. Aquí resuena, inevitablemente, la tradición elegíaca, desde Rainer Maria Rilke hasta nuestros contemporáneos. La belleza no es negación de la muerte, sino su contrapunto. Asimismo, la pregunta “Cómo sofocar el recelo ante la duda / si la confusión tiene el rostro de Adán” (51) introduce una dimensión antropológica. Adán, figura del origen y de la caída, encarna la confusión primordial. El ser humano nace en la duda. No hay certeza absoluta; solo búsqueda.

El libro, en su conjunto, puede leerse como una meditación sobre la vulnerabilidad. La enfermedad —propia o ajena— actúa como detonante, pero el alcance es universal. “Este despertar entre ruinas / ordenando palabras, / ardidas, / en el vértice / de las ausencias” (43). Despertar entre ruinas es asumir que algo se ha quebrado. Ordenar palabras ardidas es el gesto del poeta que intenta recomponer el sentido. Hay, en donde el alma ignora, una ética de la espera y del cuidado. La dedicatoria “a los sanitarios de urgencia” no es un gesto retórico: atraviesa el libro como reconocimiento. En tiempos donde la prisa domina, el poeta reivindica “la belleza de esperar”. Esperar no como pasividad, sino como acto de fe en el otro. La ignorancia del alma —ese no saber radical— no es carencia, sino apertura. Ignorar es no poseer, y no poseer permite recibir. El alma que ignora está disponible para la sorpresa, para la irrupción de lo inesperado: “Nunca entenderé / cómo surge lo desconocido / ni cómo lo extraño / se vuelve próximo” (18). Lo desconocido puede volverse cercano en el espacio compartido del dolor.

Al cerrar el libro, queda la sensación de haber atravesado un umbral. El lector ha caminado por pasillos blancos, ha escuchado el peso de los sonidos, ha sentido el temblor de la fragilidad. Pero también ha vislumbrado una luz persistente. No una luz triunfalista, sino humilde: la luz de quien, aun ignorando, sigue preguntando: “Basta un momento para descender / al limbo de estas metáforas / de las que no puedo escapar / y expresa las ascuas de tu luz, / tu paso, / irremediable” (39). En una época marcada por la saturación de ruido, la poesía de Faustino Lobato Delgado apuesta por el silencio significativo. Un silencio que duele, que salva, que ilumina. Quizá ahí radique su mayor logro: recordarnos que, en medio del estruendo, todavía es posible escuchar el latido de lo humano. Y que, aunque el universo siga “como si nada ocurriera”, cada gesto de cuidado, cada verso modelado en el barro primigenio, altera secretamente el eje del mundo.

domingo, 19 de abril de 2026

Reseña de Sandro Luna: ‘Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado’. Pie de Página. 2025

 


Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado, I Premio de Poesía Julio Mariscal, es uno de esos libros que no se limita a decir, sino que se levanta y anda, como si obedeciera a un mandato bíblico, pero pronunciado con la voz cansada y luminosa de quien da clase cada mañana y sigue creyendo, a pesar de todo, en la intemperie. Porque este libro es, ante todo, un canto a sus alumnos. No un canto edulcorado ni paternalista, sino una invocación feroz y amorosa. Ya desde los primeros poemas se percibe esa pulsión: el poeta mira a los jóvenes como quien mira un incendio que aún no ha aprendido a temerse a sí mismo. “y cuando pasas cerca, si le miras, / sientes que el corazón se te acelera. / Y esa velocidad, / que tanto se parece a estar enamorado, / ya no se acaba nunca” (Es temprano). Esa velocidad no es solo la del amor: es la del aprendizaje, la del descubrimiento, la de la vida cuando todavía no ha sido domesticada por la costumbre. En ese primer gesto hay algo profundamente machadiano, pero sin camino trazado: aquí no se hace camino al andar, sino que se anda porque no hacerlo sería traicionarse. El libro se articula en dos movimientos, el primero Levántate y el segundo …Y anda, que funcionan menos como secciones que como impulsos vitales. Levantarse implica sacudirse el polvo de la resignación; andar, aceptar que no hay garantías.

La voz que habla sabe que enseñar no es transmitir certezas, sino ofrecer una intemperie habitable. Por eso puede decir, sin impostura: “yo no quiero enseñarles / las fórmulas asépticas que miden / igual que un cuentagotas / cada dosis de vida; / quiero que se resuelvan / viviendo en puro azar” (9’8 m/s2). Aquí late una pedagogía poética que recuerda a la ética de Cernuda: vivir es exponerse, no administrar. El aula, en estos poemas, no es un espacio cerrado, sino una grieta por la que entra la luz y también el riesgo. La relación con los alumnos se formula desde una fraternidad áspera, sin sentimentalismo. Hay ternura, sí, pero una ternura que no oculta la violencia del mundo. “Que tengo que deciros, ¡hideputas! / que ese pan sois vosotros” (Hideputas). El pan, símbolo bíblico y cotidiano, se encarna en los cuerpos jóvenes: ellos son el alimento y la promesa, pero también la responsabilidad. Como en Rilke, la exigencia nace del amor, no de la norma.

Los alumnos aparecen como fuerza indómita, como naturaleza no domesticada: “igual que un fruto extraño / sois vosotros, / indómita alegría” (Grupo salvaje). No es casual que Sandro Luna confíe en ellos una verdad que el mundo adulto parece haber olvidado: “con quince años saben qué es lo cierto” (Clase de literatura). Esa certeza no es doctrinal; es intuitiva, corporal, anterior al cinismo: “No dejes que te duela eso que dicen / los que nada saben de la vida; / nada saben de ti los profesores, / los tibios de este mundo, ¡que se mueran” // Jamás les des ventaja a los cobardes” (Tú me mueves). Por eso el poeta insiste en mirar: “no dejéis de mirar, / mirad deliberadamente / hasta que el sol se pose en vuestros ojos. / Amad así, completamente ciegos. / En eso os va la vida” (Completamente ciegos). O en el caso concreto de Miguel: “él me enseña a mirar de otra manera, / me adentra en una luz / como de ojos que nacen / de otros vientres más vivos”.

En este punto, la poesía de Sandro Luna se hermana con la de Idea Vilariño cuando el amor no es un adorno, sino una forma de conocimiento. “Yo creo, en realidad, / que la vida es hermosa / porque es semilla y pájaro, / es corazón y es fe. // No es deber y te obliga” (No hay camino). Frente a una ética de la obligación, el libro propone una ética de la atención y del consentimiento: vivir no es cumplir, sino aceptar. Y, sobre todo, porque la lección más importante poco tiene que ver con lo académico que encierran los programas escolares: “Aprenderéis vosotros, / solos, por vuestra cuenta. // Pero hay que hacerlo bien / igual que la mañana / más limpia del verano” (Amar).

Pero este no es un libro ingenuo. La figura del padre, del maestro, del poeta adulto, aparece atravesada por la herida. Hay conciencia del tiempo, de la pérdida, de lo que ya no vuelve. “Sigue vivo papá. El tiempo te atraviesa / y se te rompe el pecho, /…/ Si herido vas de muerte todavía / donde silban los álamos / tú y yo nos encontramos” (Canto al joven poeta que una vez quise ser hace más de veinte años). La paternidad —biológica y simbólica— es aquí un lugar de vulnerabilidad. El poeta dialoga con el joven que fue, pero ese diálogo no es nostálgico, sino reconciliador: aún es posible encontrarse “donde silban los álamos”.

La pregunta por cómo se pertenece a la vida atraviesa el libro como un murmullo insistente: “Cómo es posible / que solo sea así / como se hermana uno con la vida” (A las claras). La respuesta no se formula en abstracto, sino en actos concretos: amar, mirar, aceptar. Incluso escribir aparece como un gesto humilde, casi doméstico: “Y escribo estos poemas / que sé que, en realidad, / son esas tonterías / que me ordenan el mundo en el que vivo” (Exámenes finales). Hay aquí una poética de la modestia: la literatura no salva, pero ordena.

En la segunda parte, …Y anda, el movimiento se intensifica. Aparece la confesión, no como dogma, sino como duda: “Creo en dios de una forma / infantil para un tipo / que ha cruzado de largo los cuarenta”. Esa fe infantil no es ignorancia, sino resistencia. Una fe hecha de gestos mínimos, heredados: la abuela, la oración, el silencio. “El silencio es hermoso, su casa es la oración / que me enseñó mi abuela analfabeta / siendo yo muy pequeño” (Cuando estoy triste). Aquí la tradición no es un peso, sino una transmisión amorosa.

El amor, en todas sus formas, vertebra esta segunda parte. Amor erótico, filial, fraternal, pedagógico. Amor como necesidad, no como recompensa: “Amar es necesario, / ser amado no importa” (Romance en Durango). Una afirmación que resuena con la ética de Simone Weil y con cierta mística laica. Amar es un acto, no un intercambio. Por eso “Y esa velocidad del corazón / o conoce el fracaso. // Solo el amor me mueve” (Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado). Los amantes que pueblan estos poemas no buscan la épica del triunfo, sino la dignidad de la herida: “Nacen para perder / y van en serio. / Porque viven heridos. / No saben qué es morir. // Y porque dan la vida, / la reclaman” (A los amantes). En esta aceptación del fracaso como forma de verdad hay un eco de la mejor poesía contemporánea: la que no promete redención, pero sí sentido: “Creo en dios de una forma / infantil para un tipo / que ha cruzado de largo los cuarenta” (Confesión).

En los versos se articula una poética del amor entendida como experiencia límite, humilde y profundamente ética, donde amar no es triunfo sino riesgo, aprendizaje y, a veces, culpa. En “Fue así como juramos nuestro amor, / irremediablemente, / como hacen los amantes / que ya no tienen nada que perder” (Seis tinajas de piedra) el amor surge cuando toda protección ha caído, como un acto definitivo. Esa misma lógica se transforma en pedagogía afectiva cuando se afirma “Solo enseña quien ama / y, al amar, / la tristeza se parece al canto enamorado de los pájaros / y en una rama de olivo y al romero / y a ti que rezabas cada noche, / con esa voz tan dulce, un Padre Nuestro” (Una rama de olivo), donde el dolor se transfigura en belleza y memoria compartida. La conciencia moral atraviesa el yo lírico en “Si fui incapaz de amar, / dios me perdone” (Bendigo la mesa el día de mi cumpleaños), confesión que equipara la falta de amor con una falta casi sagrada. El amor aparece también como fuerza creadora primordial en “Para que el pan suceda, / primero, un dios pequeño / amó las cicatrices de la tierra” (Diosa de los descalzos), ligando lo divino a lo herido y cotidiano. Lejos de idealizaciones, se reivindica un amor trabajador y anónimo en “No saben que al amor / hemos sido llamados tan solo los obreros” (Abejas saqueadoras), donde amar es tarea y no privilegio. Finalmente, “Yo siempre me enamoro de esas cosas / pequeñas, los matices” (Liviana luz) condensa toda la poética en una ética de la atención, afirmando que el amor verdadero habita en lo mínimo, en lo que exige mirada lenta y compromiso sensible.

La naturaleza aparece como aliada ética: los gorriones, las abejas, el trigo, la lavanda. “Y son los gorriones, / de entre todos los vivos, / los más vivos del mundo” (Apoyo mutuo, Piotr Kropotkin). La vida pequeña, aparentemente insignificante, es la que mejor encarna la resistencia. Como en Kropotkin, el apoyo mutuo se convierte en ley natural y moral.

La figura de la hija introduce una nueva forma de esperanza: “Admiro las distancias, las inercias, / los corazones / que están casi apagados y resisten… /…./ Y están entre mis brazos otra vez / dibujando confines, hija mía, / con ojos de pirata, // encerrando la luna / entre el pulgar y el índice (Ojos de pirata). La infancia no es aquí un paraíso perdido, sino un territorio en expansión. Y junto a ella, la memoria de la abuela vuelve como ángel doméstico: “Mi abuela estaba aquí, era el ángel de Rilke / libándome el azúcar / de la mesa. /…/ No nos sangran los labios. // Sangramos de alegría” (Taburete). La alegría, en este libro, no es euforia, sino una forma profunda de resistencia. Incluso la tristeza es interpelada con lucidez y furia: “No me engañas, tristeza, no podías, / sin que yo te dejase, entrar en mí /…/ Si te dejo a mi vera solo es por consolarte: / mentirosa, hijaputa, mala madre// Me recuerdas quién soy, y me condenas” (Tristeza). La tristeza no se niega, pero tampoco se idealiza. Se acepta como parte del pacto con la vida. “En aceptar consiste, / ya lo ves, / en permitir tan solo / que las cosas sucedan. // Hoy me he visto mirando y consintiendo / y el mundo ha atravesado mis pulmones / con su campo de trigo tras la lluvia. // Tú me limpias las manos. / dios no sabe” (Lavanda). Y en ese consentimiento, el mundo atraviesa el cuerpo.

Al cerrar el libro, queda la sensación de haber asistido a una conversación íntima y colectiva a la vez. Un libro que enseña sin adoctrinar, que ama sin poseer, que cree sin imponer. Un libro que, como Troya: “Cómo podría yo decirle a nadie / que Troya es tan real como el amor, / que existe una victoria en la derrota / que hasta la misma muerte ignora” (Doce fotografías). Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado no ofrece respuestas definitivas. Ofrece, en cambio, una manera de estar en el mundo: atentos, heridos, agradecidos. Con el corazón acelerado. Como si amar —y enseñar, y escribir— fuera la única forma honesta de seguir andando.

 

domingo, 12 de abril de 2026

Reseña de Elsa Moreno: ‘Prendida o el valor de erguir’. Arrebato libros. 2024

 Prendida o el valor de erguir : Moreno, Elsa: Amazon.es: Libros


Con Prendida o el valor de erguir, Elsa Moreno propone algo más que un poemario: abre un espacio de experiencia. El libro se inscribe en un proceso mayor —“forma parte de la investigación poética y poliédrica acerca de las Prácticas para inmanecer, iniciada en 2023”, que se despliega entre la escritura, la performance y el pensamiento— y, sin embargo, se sostiene con autonomía, como una hoguera pequeña pero obstinada. Hasta el momento de la publicación del libro, el proyecto se compone de una performance homónima, las Prácticas para inmanecer del Festival Russafe Escènica (2025). Desde el inicio, con las citas de Gloria Fuertes, Alda Merini, María Zambrano, Jorge Riechmann, Simone Weil, Ana Pagés o el EZLN, se advierte que estamos ante una constelación ética y poética donde pensar, sentir y estar en el mundo no son operaciones separadas.

El eje conceptual se nombra pronto y con precisión: “1. Inmanecer: ir más acá, introducirse en / hacia sí mismo, replegarse. Opuesto a trascender”. No se trata de una definición neutra, sino de una toma de posición. Frente a la pulsión de huida, de sublimación o de promesa futura, Moreno escoge quedarse. Y quedarse duele. Pero también enciende. En uno de los versos más nítidos del libro leemos: “el nuevo mundo / me duele tanto como me enciende”. Esa doble valencia —dolor y fuego— atraviesa todo el poemario y lo vuelve profundamente contemporáneo: no hay redención sin cuerpo, no hay pensamiento sin herida.

Hay, además, una conciencia irónica de la arbitrariedad de nuestras elecciones: “Hacia dónde mire el sujeto es irrelevante. Es una decisión estética, política, teórica irrelevante. Pero decidir una decide y eso nos da gustito. El libre albedrío. Esas cosas”. El tono aquí, casi coloquial, desactiva cualquier solemnidad. Elegir la inmanencia no es un gesto heroico, sino urgente: “2.2. No obstante, escogemos la inmanencia porque nos urge el presente”. La urgencia del presente se manifiesta en el cuerpo, en los sentidos: “3. El contacto con la inmanencia lo encontramos en los estímulos sensitivos: contemplar, escuchar, tocar, paladear, olisquear”. En este punto, la poesía de Elsa Moreno dialoga con Simone Weil y su atención radical, pero también con una tradición más carnal, donde el conocimiento pasa por la piel.

El amor es uno de los lugares privilegiados de esa experiencia. “4. En el amor, Una está prendida, en sus múltiples acepciones: prendida como en llamas, como colgando de algo, como enganchada a alguien”. El verbo prender, tan físico y tan ambiguo, articula el libro entero. Amar es arder, pero también quedar suspendida, dependiente, vulnerable. De ahí que el valor de erguir no sea una épica del triunfo, sino una ética de la resistencia mínima. “La voluntad de erguir ha de ser aberrante. Una reacción aberrante”. Erguirse no es adaptarse, sino torcer la norma, sostener una verticalidad extraña en medio del derrumbe. No hay que olvidar que, “Desde según qué lugar, / la distancia es hija del tiempo”.

Elsa Moreno escribe desde una atención radical al mundo: “Engancharse al movimiento de las cosas”. La imagen del surco en la montaña (“Paseando vi: / un surco en la pared de una montaña. // Pensé: ¿cuánto tarda la montaña / en hundirse por una gota?”) condensa una poética de la erosión lenta, cercana a ciertos pasajes de Francis Ponge o de Chantal Maillard: lo ínfimo como fuerza transformadora. Inmanecer no es encerrarse en el yo, sino afinar la escucha del entorno: “Para inmanecer, hay que prestar atención al entorno. Aunque sea un viaje hacia dentro, hacia la entraña”. Esa escucha, sin embargo, no ofrece respuestas consoladoras. “Escúchame, / Pájaro Varado: / estoy triste, / solo sirvo para hacerme cuestiones / sobre la vida y el mundo / que son cosas distintas”. Hay aquí una humildad radical: la poesía no salva, pregunta. Y en ese preguntar, el yo se desborda hacia los otros cuerpos: “6.1. Por ser testigos del alma, Una se refleja sobre las pieles también, sobre la piel de los otros y sobre la piel del mundo. Los ojos tampoco llegan al centro del alma”. La mirada es insuficiente; hace falta el roce, la exposición.

En Notas desde la inmanencia aparece una conciencia autorreflexiva, incluso irónica: “Escrito entre el autoconocimiento / y la autocomplaciencia”. Y, de pronto, una grieta generacional y cultural: “Quería ser Patti Smith en los 70”. No es una cita anecdótica. Patti Smith representa una genealogía de cuerpo, voz y rebeldía que resuena en el libro, especialmente cuando el deseo y la escena amorosa se vuelven performativas. En la sección Prendida, el amor se nombra desde el vacío creativo: “Estar a tu lado se parece al vacío. / Al vacío de la creación”. Amar es exponerse a no saber, a no tener forma. De ahí el gesto casi cinematográfico de: “Y no me mires. / Interpreta la escena de / ‘Chico proyecta su mundo interior / con la mirada profunda al vacío’”. El amor como proyección, como malentendido inevitable. Pero también como danza: “Besar es competencia de la danza”. El cuerpo sabe antes que el lenguaje: “te quería / y no sabía / cómo decirlo”.

La sombra, el arrastre, la huella aparecen como signos de una identidad en tránsito: “Me arrastro / y dejo mi sombra por huella”. Incluso el juego con el inglés —“Belly button in your eyes”— y la referencia explícita a Feetplay conectan de nuevo con Patti Smith, con una tradición donde el poema es también gesto, escena, música. Hay un punto en que los cuerpos alcanzan su límite: “En el encuentro amoroso, llega un momento en que los cuerpos no pueden abarcar más, apretarse más, atravesarse piel con piel /…/ Extraña vocación de los cuerpos encontrados”. Esa imposibilidad no es fracaso, sino revelación. Porque “por muchas llamas / no se puede iluminar un incendio”. El exceso no garantiza claridad. El tacto, incluso, puede volverse delirio: “Punzarse era un delirio, // cualquier tacto / estaba anunciando”.

Elsa Moreno desconfía de las grandes palabras: “No me des palabras grandes / porque están vacías”. Prefiere una lengua primordial, casi infantil: “Quiero que me hables en la lengua temprana / de espirales con los dedos en el mundo”. Aquí la poesía se hermana con María Zambrano, con su razón poética, pero también con la intuición corporal de ciertas poetas contemporáneas que escriben desde el gesto. El amor, sin embargo, no se idealiza. Hay promesas que se miran con escepticismo: “Y pensé que hay amantes felices / –tal vez– e insensatos –seguro– / con valor para hablar de promesas”. Y una nostalgia amarga: “Fue lindo ser tan lindos / jugar a engañarme / con ser adultos”. La ruptura aparece como una fractura explícita: “Así, toda partida será un parto / con su dolor, su desgarro y su trauma” (Aquí sucede una fractura). Partir es nacer de nuevo, pero sin garantías.

La poesía, en este contexto, no pretende iluminarlo todo: “Ilumina el misterio, sí / pero no más que una luciérnaga”. La imagen es precisa y humilde. “La poesía entra en la noche / lumen inútil, fuego asombrado, / baila sin asolar”. No coloniza la oscuridad; la acompaña. De ahí el deseo final: “Que la alegría sea un misterio. / Que cuando oremos sea pensando / en esa plaza recóndita donde / solo ella sabe que está / y solo nosotras intuimos”. Una alegría no programada, casi secreta. El libro se abre también a una dimensión geológica y política: “Cada roca en el encuentro entre la roca y la marea”. La erosión, de nuevo, como lenguaje del tiempo. “La geografía nace de la violencia / y frente a estos paisajes / qué decir, / todas mis batallas / me parecen ridículas”. Hay aquí un descentramiento del yo, una conciencia de escala que recuerda a ciertos poemas de Riechmann o incluso a la ética zapatista citada al inicio.

Las palabras mismas se erosionan: “Poniendo que las palabras también se erosionan. Cuántas veces puedo decir roca / hasta que sea cueva /…/ cuántas veces puedo decir agua / hasta quedarme seca /…/ cuántas veces puedo decir voz / hasta que sea canto”. El lenguaje no es estable; se desgasta con el uso, se transforma. Y aun así, insiste. Entre la fe y la duda: “Si cierro los ojos / una voz me dice que voy a estar a salvo, / pero si miro al cielo, / todavía me confundo y pienso / que solo soy este humano que duele”. La materia insiste: “La tierra mojada / escoge ser agua sucia”. No hay pureza. Solo mezcla, barro, vida. El Epi-logo cierra el libro con una imagen de suspensión temporal: “La memoria es como dos manos como / los dedos son como dos hilos / que me levantan / y me dejan levitando en el / aquí y ahora. / Casi estoy en / un momento”. El presente es frágil, casi inasible.

Y finalmente, una paradoja fundamental: “7. Al enunciar la inmanencia, hemos creado la posibilidad de no estar. Al crear el verbo, afirmamos su potencial inexistencia. // Inmanecemos porque no somos inmanencia. Hemos creado un agujero. Nos hemos sentado en un limbo”. Nombrar es abrir un vacío. La poesía no clausura, horada. De ahí la última inquietud formal y ética: “Mira la linealidad de estas palabras. / Debe de haber otra forma”.

Prendida o el valor de erguir es, en ese sentido, un libro que no se conforma con decir: busca una forma de estar. Una forma precaria, ardiente, consciente de su insuficiencia. Como una luciérnaga en la noche. Como una gota que insiste sobre la montaña.

 

domingo, 5 de abril de 2026

Reseña de Luis Escavy: ‘Victoria menor’. Rialp. Adonais. 2023

 Victoria menor - Ediciones Rialp


Victoria menor, de Luis Escavy, premio Adonáis 2022, pertenece a esa estirpe de obras que prefieren la contención al estallido, la hondura al artificio. Su escritura avanza con un paso humilde pero firme, sostenida por una transparencia que es fruto de una larga labor de depuración. En sus páginas no encontramos la impostura del poeta que busca deslumbrar, sino la voz honesta de quien reconoce, desde el principio, el derrumbe compartido: “No sé si estos poemas evidencian / que intenté retrasar lo inevitable / y construir en tu nombre una mentira. / O si, por el contrario, son el muro / levantado sin ti, la fortaleza / que defendió al amor de quien no somos” (La frontera), confiesa en La frontera, poema inicial que actúa como umbral del libro.

Ese reconocimiento de un territorio quebrado, sin embargo, no conduce a la amargura estéril. Escavy escribe desde la herida, sí, pero también desde la lucidez que ilumina cuando ya no queda más remedio que aceptar la verdad. De ahí que sus versos se inclinen hacia una suerte de humanismo íntimo, capaz de mirar al amor desde su fragilidad, sin renunciar por ello al misterio que impulsa su permanencia. En Vesta lo dice con una claridad que desarma: “a este fuego negado / le consagras la única vida que tienes / Y lo llamas amor”. La imagen es precisa: el amor aparece como un fuego difícil, tal vez imposible, pero al que aun así entregamos la identidad entera.

En su primera parte, Edificios sin luz, el poeta se interna en un paisaje emocional donde la pérdida es un territorio en construcción. Los poemas avanzan como piezas de una arqueología sentimental: cada gesto, cada objeto, cada sombra es examinado con una mezcla de pudor y valentía. Escavy no dramatiza: registra. Y en ese registro, lo cotidiano deja entrever su carga simbólica, su peso sobre la memoria. No es casual que uno de los versos más significativos declare: “No está aquí mi derrota; / aquí solo hay un hombre que ha querido / olvidarte despacio”. El adverbio despacio sostiene la moral del libro: lo importante no es la herida, sino la forma de mirar su duración.

Una de las fuerzas de la poesía de Escavy reside en su capacidad para transformar la experiencia personal en una estructura que invita al lector a reconocerse. Su voz aborda la intimidad sin exhibicionismo (“No escribo para ti: es a la otra / mujer que ya no existe y me quería”, Diario), con la confianza de quien sabe que todo dolor necesita una forma para hacerse comprensible. Por eso, incluso cuando la amada se convierte en una figura distante, como en la notable Heroida, que reescribe con ironía y melancolía los modelos clásicos, el poema nunca cede al resentimiento: “Dedícate a olvidarme, te lo ruego. / Traduce la Odisea. Busca a otra. / No escribas más poemas en mi nombre / ni esperes que regrese. Soy distinta, / tú ya no eres el héroe del cuento, / los cambios han cambiado los papeles” (Heroida). Hay tristeza, sí, pero también aceptación. Ese despojo narrativo, casi teatral, es uno de los grandes aciertos del libro: el poeta se baja del pedestal para convertirse simplemente en un ser humano que acepta el desplazamiento de su lugar en la historia compartida: “Una corriente lenta y silencios / los lleva a la garganta de un abismo / que empieza donde empieza mi escalera”.

El proceso de duelo de un amor que se pierde mientras aparece el verdadero recorre el libro con pesadumbre, pero sin lo agrio de un resentimiento, no hay rencor, solo la herida que supura: “Me dan pena las cosas que se han roto /…/ No ha visto su dolor, pero sentirlo / me lleva a arrodillarme ante sus ruinas, / me lleva a ver la vida que no tengo”. Refugiarse en la poesía como introspección es uno de los posibles caminos:  “He vuelto a mis poemas como vuelve / un explorador a sus tesoros / y a la emoción en ellos reflejada. / pero aquí ya no hay nada. Ni siquiera / estás en estas páginas. Tu nombre / empieza a ser extraño al pronunciarlo”. En la segunda parte del poemario se apunta otra.

La segunda parte, La casa de cualquiera, introduce una mirada más amplia. La intimidad ya no es una ruina que se recorre con cautela, sino un espacio desde el que repensar el mundo. Aquí Escavy escribe con una serenidad que no renuncia al temblor de lo vivido. La casa —metáfora recurrente— funciona como un símbolo del yo, pero también de la memoria familiar, del tiempo que se acumula y exige ser interpretado: “Por fuera, sin embargo, nadie diría / que es una casa antigua y que está sola; / podría ser la casa de cualquiera, / pero solo es el ama donde vivo” (Desnuda fortaleza). “Podría ser la casa de cualquiera”, afirma el poeta, y al hacerlo convierte lo biográfico en una experiencia común. Esa casa, que es refugio y a la vez signo de soledad, resuena con una claridad que recuerda a la mejor poesía meditativa: “Lo mejor que ahora puedo darte / es un silencio tranquilo, un paseo muy largo /…/ Amor también se dice lentamente / con palabras pequeñas como lluvia” (La lluvia).

En estos poemas aparece una espiritualidad tenue, sin dogmatismos, que entiende la fe como diálogo interior. No se trata de una poesía religiosa, sino de una búsqueda: la palabra como oración posible, como un gesto que intenta conciliar los restos del pasado con una esperanza que todavía se defiende. En Laudes leemos: “Estoy pensando en ti y estoy rezando, / pero voy a otro ritmo diferente / en el que dos amores se conjugan: / amor a la Palabra y la palabra / que recuerdan mis labios y los tuyos /…/ y dios, si existe, está de nuestro lado. / Liturgia de las horas del minuto / que pasé imaginándome aquel beso”. Ese doble movimiento —hacia el poema y hacia el otro— define buena parte de la poética de Escavy: escribir es comprender, y comprender es una forma de amar.

Juega Luis Escavy con la ambigüedad del amor profano y el amor divino, y no es extraño encontrar simbología religiosa –más allá del Cantar de los Cantares– para referirse a una pasión terrenal: “Amar para ser libre. Deseo / que nunca sea otra la palabra / y que tenga sentido allí en su cielo” (De vida beata). De igual forma, encerrado en la celda de un monasterio puede sublimar un ansia de eternidad a través de un recuerdo, de un beso: “Que los labios de luz de esta madrugada / alimenten también tu corazón / mediante el mío (Massamagrell). En el fondo, y el poeta lo sabe perfectamente, todo el amor es sagrado: “Vamos a darle tiempo a dios / he oído por la calle caminando / podría ser el lema de un grafiti / pintado en la pared de un barrio pobre. /…/ Dejar hacer. / Dar todo nuestra parte y al final / saber que no depende de nosotros” (El mensajero). Sin embargo, hay en este poemario una querencia hacia lo secreto, lo místico entendido desde lo contemporáneo, una reclamación del deus absconditus: “Si escuchas o no escuchas lo que digo / es un interrogante que ya no importa. / Yo duermo más tranquilo cuando sé / que estás al tanto de mis circunstancias” (A escondidas).

Resulta especialmente interesante cómo el autor utiliza la tradición clásica sin caer en la cita ornamental. Ovidio, Virgilio, la liturgia o la filosofía antigua aparecen como materiales vivos, insertados con una naturalidad que revela un diálogo auténtico con esos textos: “Hay tres cosas / en las que nunca dejo de pensar: / los versos iniciales de la Eneida, / el número de errores cometidos / y en mis padres queriéndose de nuevo”. Cuando afirma “Para escapar del amor solo amor vale” en Contra remedia amoris, no está imitando a Ovidio, sino conversando con él desde la experiencia contemporánea. El gesto es fiel al espíritu del libro: asumir que la cultura es compañía, no erudición.

Hay también en Victoria menor un sentido de la vulnerabilidad que se expresa con imágenes de enorme delicadeza. En El peso de los cuerpos se pregunta: “el peso de mi cuerpo, ¿cuánto pesa? / ¿cuánto ocupa la piel que se arrepiente?”. No se trata de medir la culpa, sino de comprender la huella que deja el tiempo sobre el deseo y la identidad. Escavy consigue que esas preguntas resuenen más allá del poema, como si fueran dudas compartidas, preguntas que todos hemos formulado alguna vez en silencio: “Suplicarás que guarde tu secreto, / que te puedan amar por lo que eres” (El viaje).

El libro culmina con una revelación que no se presenta como triunfo, sino como aceptación del combate íntimo que ha sostenido su recorrido. En el poema final, Victoria menor, se enuncia: “En el final no encontrarás el miedo / y tampoco la euforia, que lo encubre / con sus falsos desfiles de entereza, / sino un dolor sereno y victorioso”. La victoria —si puede llamarse así— consiste en haber atravesado la experiencia sin negarla, en haber mantenido la honestidad frente al desorden sentimental. Es una victoria humilde, humana, alejada del héroe clásico. Una victoria, precisamente, menor.

La escritura de Luis Escavy se caracteriza por su limpieza emocional y por un dominio del ritmo que sabe detenerse cuando es necesario. No busca la grandilocuencia: prefiere la música lenta, las palabras pequeñas, la respiración que acompasa la memoria. Por eso, cuando afirma “Quien se quiere despacio crea un mundo en el mundo”, no solo resume una declaración amorosa: define su modo de habitar la poesía. “Mi poética existe: siempre ha sido la voz / que no está en mis poemas”. A diferencia de otros grandes poemarios o de grandes canciones del indie patrio –Los Planetas cantando Segundo premio es un ejemplo soberbio–, el poeta no pretende resarcir su dolor con el dolor ajeno: “Esperando que vengas, como siempre, / sin saber qué hacer, a la deriva, /…/ fijo que lo normal es que me quieras” (Lo normal) o “Lo que ha sido tu vida / embellece las ruinas de mi vida, / también este edificio” (F Pil VV), porque “Importa quiénes fuimos mientras tanto” (Aspecto y modo).

Victoria menor es un libro que invita a entrar sin prisa, a recorrer sus estancias con la luz tenue de quien vuelve a casa después de una larga ausencia. Sus poemas, lejos de alzar grandes gestos, construyen una intimidad que nos recuerda que el verdadero valor de la literatura está en su capacidad para acompañarnos en silencio. Hay en estas páginas la conciencia de que el dolor puede ser una forma de claridad; que toda pérdida, si se mira con la atención que merece, puede transformarse en una modesta pero luminosa victoria. Y esa victoria —serena, honesta, necesaria— es la que este libro ofrece. Una victoria menor, sí. Pero también una forma de aprender a vivir.