
El debut de Rocío Expósito es poesía silenciosa y exigente que busca una convivencia lenta. Quizá porque su materia no es la anécdota ni la confesión directa, sino algo más frágil y más raro: una ética de la mirada. Almeriense nacida en Barcelona, atravesada por Córdoba, residente en Madrid, profesora de secundaria, Rocío Expósito parece haber aprendido —como tantos poetas verdaderos— que la biografía importa menos que la manera de atender al mundo. Y que escribir consiste, sobre todo, en aprender a demorarse. Es licenciada en Humanidades y tiene un Máster en Estudios Avanzados de Literatura Española y Latinoamericana,
Desde su primer bloque, significativamente titulado La exacta belleza, el libro se instala en un territorio donde el poema no describe sino que roza, no afirma sino que bordea. “el campo la ronda / con higos granados, serenos / como en aquellos versos // que rozan con el pico del tiempo / de la perfecta soledad” (Como en aquellos versos). Hay aquí una conciencia del poema como gesto mínimo, casi animal, que toca sin poseer, que se aproxima sin domesticar lo real. El tiempo aparece no como una línea sino como un pico, un instrumento punzante que roza la soledad perfecta sin romperla. No es casual que la imagen sea la del ave: la poesía, como en Claudio Rodríguez o en José Ángel Valente, no se impone al mundo, lo sobrevuela. El propio título del libro sitúa a Expósito en una genealogía del asombro entendida no como exaltación, sino como estado de conciencia. El mundo natural en Asombro no es paisaje decorativo, sino espacio de revelación sobria: aves, almendros, tardes, luz. Se mantiene alejada del misticismo convencional, la belleza no irrumpe, comparece y, en cierta forma, hay una renuncia a la totalidad, a lo absoluto.
Esa relación reverencial con lo real se vuelve elegía contenida en “Oh intemperie, ven. / Oye el pájaro extraviado en esta habitación. / ¿Cuál era la forma de los recuerdos? / ¿Por qué la hallas, ahora, / en la perfección de los muertos?” (La exacta belleza), poema dedicado al padre. La pregunta no busca respuesta; se instala en el temblor. La perfección no está en la plenitud sino en lo que ya no puede ser herido. Hay algo aquí de la serenidad dolorosa de Ida Vitale, de su modo de aceptar que la memoria no devuelve, apenas convoca. La mirada de Rocío Expósito es artesanal, cuidadosa hasta el extremo, como se lee en “Contempla la piedra, / las hayas redondas, perfectas / de su vuelo junto al pájaro, / procurando con atención artesanal / el consuelo, como quien cuida / un gran amor” (Es bonito). El consuelo no es una abstracción: es una práctica. Cuidar el mundo —una piedra, una tarde, un perfil de luz— equivale a cuidar un amor. En esa equivalencia se juega buena parte de la ética del libro. No hay épica, no hay teatro: “En ese perfil sobrio del día, sin teatro: / solo el trazo inútil / de la luz” (Fragmento de media tarde). La luz no sirve para nada, y sin embargo lo sostiene todo. Como en ciertos poemas de Wisława Szymborska, lo inútil se vuelve esencial.
La conciencia de límite atraviesa estos textos con una serenidad inquietante. “Imagina que el milagro no llega, que esto / es lo más cerca que llegaremos a estar / de la gracia” (Otra posibilidad). El poema no promete salvación; invita a aceptar la cercanía imperfecta, el casi. Hay aquí una poética del umbral que recuerda al último Rilke, al Rilke que entendió que la gracia no irrumpe, sino que se insinúa. Incluso el gozo está atravesado por la conciencia de finitud: “Esperar desde el júbilo la muerte / en la penúltima copa. / Infinita si de reojo la celebramos” (Armisticio felino). El júbilo no niega la muerte; la mira de soslayo y brinda.
El segundo bloque, Corazón central, desplaza la atención hacia el vínculo, hacia la fragilidad del nosotros. “Tú, que no eres árbol, ni agua, / ni piedra, te pareces a esta tarde” (Cuaderno de campo). El tú no se define por sustancia sino por atmósfera. Es una tarde: algo que pasa, algo que cambia de color. Y con ello surge la pregunta esencial: “¿Cuántos finales tienen una vida? / Todo lo que uno ama corre peligro” (En la isla). Amar es exponerse a la pérdida; vivir es aceptar una multiplicación de finales. Esta conciencia atraviesa el libro sin dramatismo, con una sobriedad que recuerda a Anne Carson: el dolor no se exhibe, se piensa.
La belleza, cuando aparece, lo hace sin intención: “Así muestra belleza, sin voluntad, / como el baile hipnótico de los estorninos, / porque a veces también nosotros / nos parecemos al mundo” (Como el baile hipotético de los estorninos). La comparación es reveladora: no somos el centro del sentido, apenas una coreografía momentánea dentro de un movimiento mayor. De nuevo, el poema no se impone, acompaña. Incluso el amor se reconoce en lo fragmentario: “Como el romanticismo ama el fragmento, / así te pienso; / ahí, en lo incompleto, te reconozco” (Inhabitados). Hay aquí un diálogo explícito con la tradición romántica alemana, como Novalis, pero despojado de exaltación: el fragmento no promete totalidad, apenas reconocimiento. El silencio ocupa un lugar central: “Insiste, lentamente, / pero aún no se ha hecho gesto” (El silencio I). Ese silencio insistente recuerda al de Valente o al de Chantal Maillard: no es ausencia, es latencia. De ahí que el poema “A fuerza he cambiado de terreno, / –donde no alcanza ni tú ni yo– / el agua y el lenguaje, / para seguir amando los hogares / que dejamos morir” (Corazón central) formule una poética del desplazamiento. Cambiar de terreno, incluso de lenguaje, para seguir amando lo perdido. El poema como espacio donde lo muerto aún puede ser cuidado.
La pérdida del nombre (“Si ya no alcanzamos la perfección ni la nocturnidad, / el pacto ni el sexo urgente, / si ya no nos recuerdas, // será que hemos dejado de existir, Forgot my lover’s name) señala uno de los miedos más hondos del libro: desaparecer de la memoria del otro. Y sin embargo, incluso ahí, el tacto conserva una música secreta: “Hay una caricia que suena bajo el tacto / y no es la piel // Es el dolor de aceptar que no seremos los mismos, que mientras duermes, la noche te sueña” (Superficie inversa). El dolor no es ruptura, es transformación. La noche sueña al durmiente: somos soñados por lo que no controlamos.
El último bloque, El vuelo inmune, profundiza en la dimensión metapoética del libro. “Tú, que pisas la hierba / y reconoces los fragmentos, / le das cada día una forma / distinta, pero no lo nombras. // Y aún así, esperas que la poesía / te salve de la intemperie” (Iniciación al cielo). La poesía no nombra, no fija; apenas da forma provisional. Y aun así —o precisamente por eso— se espera de ella una salvación mínima: no del mundo, sino de la intemperie interior. La inocencia es rechazada con violencia lúcida: “Me gustaría perseguir costumbres, / correr tras ellas, prenderles fuego / sin inocencia, /…/ Que se espanten como bestias, / sin perdón, ni infancia, ni noche” (Inocence). No hay nostalgia de la pureza; hay deseo de lucidez.
La lentitud aparece como única explicación posible: “La lentitud que nos contiene / puede explicar ruinas / y poco más” (Beauts Ille). La ruina no es fracaso, es condición. Y en medio de ella, el asombro irrumpe como pregunta: “¿Quién custodia el color de los almendros, / que en lo sólido de esta madrugada / cruza el mundo solo para recordarnos / que la belleza existe?” (Asombro). No hay respuesta. El poema no resuelve, recuerda. Como en Emily Dickinson, la belleza no se define: se señala y se deja ir.
El poema se vuelve cuerpo: ““Como quien no quiere nacer del todo. // Se esconde en mis costillas, me huele / las manos, trae los ojos abiertos bajo la piel, // y siempre mi voz como si fuera suya” (El poema). La escritura es una presencia incompleta, una voz compartida. Y ante la amenaza (“Remad hasta las pequeñas distancias / antes de que la Tierra, infiel y sigilosas / tiemble”, Seísmo) solo queda remar hacia lo cercano. El final del libro no ofrece consuelo fácil: “Respiro donde crecen los días que no cambian, / donde las patrias ondean abandonadas. // ¿Hay noche, aquí, bajo la tierra? /…/ Es la carencia circular que nos congrega, / sin memoria. // Va siendo hora de heredar el caos” (La noche inventada). Heredar el caos no como derrota, sino como tarea.
Aunque Asombro está atravesado por la pérdida (el padre, el amor, los hogares que se dejan morir), el libro rehúye el confesionalismo. El yo no se exhibe: se diluye en la percepción. Esta posición lo aleja de ciertas corrientes autobiográficas contemporáneas y lo aproxima a una intimidad despersonalizada, muy cerca de Anne Carson. El duelo no se explica: se contempla, se acepta como transformación. Un rasgo distintivo de este poemario es su poética del cuidado: cuidar la piedra, la tarde, el lenguaje, incluso lo que ya no está. Demuestra una sensibilidad muy contemporánea: la conciencia de ruina, de precariedad histórica, de herencia problemática.
En Asombro asistimos a una poética del detalle y la contemplación. La presencia de imágenes como la flor de la espiga, el baile hipnótico de los estorninos o la lluvia sugiere una complicidad con la conciencia poética de autores que hacen de la percepción y lo cotidiano un espacio profundo de conocimiento. Así, la meditación sobre el tiempo y la presencia remite, aunque a su manera, a poéticas reflexivas que han influido en muchos poetas contemporáneos y recientes, como la poesía metafísica o la lírica meditativa. Con una contención expresiva, sin dramatismo explícito, su poesía muestra una cercanía al mundo natural y a la experiencia humana, quizás dentro de una atmósfera reflexiva. La poesía de Rocío Expósito se sitúa en una tradición que concibe el poema como acto de atención radical, donde el lenguaje no coloniza lo real sino que se aproxima a él con cautela. El poema en Asombro desconfía de la elocuencia, privilegia el fragmento y entiende el silencio como materia activa. La insistencia en lo no dicho recuerda esa concepción valentiana del poema como resto, como huella de algo que no se deja poseer. El lenguaje aparece siempre al borde de su insuficiencia, pero no se vive como fracaso, sino como condición de posibilidad. Una escritura que piensa mientras mira, que no separa percepción y reflexión. Rocío Expósito, sin embargo, no se vuelve discursiva ni filosófica, permanece encarnada en imágenes concretas, en gestos mínimos.
Juan Andrés García Román escribe en la contraportada que Asombro “es una nave de día, la belleza predicada”. Tal vez esa imagen sea la más justa: un libro que navega a plena luz, sin misterio impostado, predicando no una verdad sino una forma de atención. Asombro no pretende deslumbrar; quiere acompañar. Y en tiempos de ruido, esa elección es ya una forma de resistencia. La exacta belleza del asombro.
