
En la trayectoria de Ana Pérez Cañamares hay una constante que define su poética: la necesidad de mantener la palabra cerca de lo real, de aquello que elude la retórica para situar al poema en el territorio áspero de la existencia. Seronda, su nuevo libro, persiste en esta senda. Toma su título de ese tiempo entre estaciones en que la luz declina y la naturaleza se calla, un intermedio que no es pérdida, sino latencia. Desde esa precisión climática nace un libro atravesado por la memoria, el cuerpo y una interrogación ética sobre el mundo. Una de las señas más claras de este libro es su honestidad sin maquillajes. No hay alarde formal ni juego de artificios, sino urgencia: esa necesidad de nombrar el temblor, el dolor, la memoria, la infancia, el cuerpo. La poesía se alimenta del límite, de lo real, y no se detiene ante concesiones. El arte que no rehúye lo que duele, lo que interpela. El libro está dividido en cuatro secciones —Haz, Limbo, Envés y Nervadura— que funcionan como una anatomía espiritual, una especie de viaje interior donde la poeta tantea los límites de la memoria, la violencia del mundo, la desposesión y el regreso a una forma más humilde y radical del yo. Cada parte tiene su propia luz, pero todas comparten la certeza de que vivir es una forma de desbordarse.
Haz abre el libro con una conciencia que evidencia su desajuste respecto al entorno, la fisura inicial, como si la voz poética despertara en un mundo que le exige preguntas que nadie ha formulado. El lenguaje es percibido como interrogación de la identidad, como rastreo de lo que somos cuando creemos habitar en casa. Cuando el poema —y con él, el mundo— se transforma en árbol, en noche, en viento, en cuerpo extraño. Esa capacidad de devolver al yo su extrañeza —pero también su urgencia de pertenecer: pertenecer al mundo, a lo primigenio, a lo humilde— es tan rara como necesaria. El tono inaugural lo marca una perplejidad cósmica: “qué síntoma de la muerte / sacude al estornino / quien dice yo dentro de la manzana / qué pensarán los pulpos / de la melancolía”. Aquí el poema opera como un sismógrafo: la identidad se descentra, se desplaza hacia otras formas de vida, buscando un lenguaje no humano para reconocer lo humano. Este descentramiento no es capricho, sino ética: un ejercicio de desposesión. La memoria aparece enseguida como fuerza de arraigo, y lo hace desde la geografía: “al monte subes a buscar / las huellas de tus padres /…/ para el mundo eres máquina”. La oposición no podría ser más clara: ascendemos hacia nuestros ancestros, pero descendemos en la mirada que el mundo contemporáneo tiene de nosotros. La autora contrapone esa maquinaria social al silencio vegetal: “sin ningún adjetivo: / los árboles no juzgan ni etiquetan”.
La pregunta no es ya antropológica, sino zoológica y vegetal: qué es eso que llamamos yo, qué temblores nos habitan, qué parte del mundo habla en nosotros cuando creemos hablar. Ana Pérez Cañamares se desplaza hacia un plano donde la identidad se dispersa: no hay transparencia posible, pero sí un anhelo de comunión. En esta primera sección reaparece la figura del origen. No un origen idílico, sino uno que se busca como quien busca un rastro antiguo en la tierra. El poema denuncia la violencia productivista que reduce el cuerpo a mecánica, pero también señala un gesto de insurrección: subir al monte, buscar huellas, recuperar la pertenencia a un linaje no económico, sino telúrico. La naturaleza es también refugio y espejo moral. Frente a los juicios humanos, el árbol —esa figura recurrente en la obra de la autora— se alza como emblema de una ética más antigua, libre de pretensiones. Frente a la hipernominación del presente, el árbol ofrece su gramática sin juicio, su lección de austeridad. Así, Haz se convierte en invitación a la ligereza: “que en baile se transforme la carrera / que la penumbra siempre te resguarde / que en ti no repare el vendaval. // usa la ligereza a tu favor”. Ligereza no como evasión, sino como forma de equilibrio. Una conciencia que se sabe finita: “como en edades de asombro y de quimeras / al fondo estarán tumba y dormitorio”. Vida y muerte, otra vez hermanadas. La voz no pretende embellecer el dolor, sino escucharlo, nombrarlo, hacerlo parte de una comunidad de cicatrices. Ese gesto —tan político como íntimo—conecta directamente la poesía como territorio de la dignidad existencial. Esta poesía que no presume, sino que insiste: insiste en que lo humano carezca de anestesia, en que las palabras duelan como lo hace la vida.
La segunda sección es Limbo, un descenso. Aquí la poeta abandona la introspección paisajística para encarar la fractura colectiva. El poema inicial, que recuerda por ritmo y lamento cierto aire rosaliesco, sitúa la tonalidad: “no hubo tiempo siquiera para adioses / adiós ríos, adiós montes, adiós regatas pequeñas, adiós pieles rozando los montes / adiós muertos, gargantas sagradas”. El catálogo de despedidas plantea una pérdida que no es solo personal: es histórica. Ante ella, la voz reivindica una continuidad entre materia y vida: “carne y madera: misma forma de humo /…/ Tú hablas por la piedra sin lenguaje / tú callas con los árboles sin voz /… / no separas lo bello de lo digno”. Esa afirmación —no separar lo bello de lo digno— bien podría figurar como lema del libro.
La sección incluye uno de los poemas más abiertamente sociales: “Este AHORA es un tren sin ventanillas /…/ Sal de la Biblioteca, deja la mayúscula con su falsa apariencia de casita con techo. / Afuera te espera la sed y sus fuentes”. Salir de la Biblioteca —con ese guiño a la mayúscula irónica— es abandonar la complacencia cultural. Estar en el mundo implica exponerse. En su tramo central, Limbo adopta un tono coral: “No basta el terremoto del espanto / no es suficiente el lado de las cunetas / no ensalzamos al niño, su cuerda a la cintura /…/ porque estamos aquí, todos visibles /…/ mientras acumulamos agua y sed / excretamos los pinchos que nos blindan / y que de los abrazos nos alejan”. El poema denuncia la violencia estructural y la autodefensa que genera, pero también propone desarmarse. Volver al abrazo. Finalmente, una observación que condensa toda la impotencia del lenguaje: “todas esas nubes son palabras / que nunca llegaron a escribirse”. Hay aquí un reconocimiento de límite: lo que vivimos excede lo que decimos.
La tercera sección es Envés, claramente introspectiva, el reverso biográfico. La autora revisa su propio pasado desde la noche: “En las noches en vela los personajes brillan / bajo una luz piadosa de retablo /…/ el lienzo insobornable de la noche / no ha mentido en ninguna pincelada: // la ausencia será el peor de los infiernos”. La noche ilumina la ausencia, la convierte en materia irrevocable. Surgen entonces los deseos de metamorfosis, de abandono del yo: “tú, que quisiste ojos de insecto / corazón de perro, levedad de ave / la mística pereza de los gatos // ser alfiles de escarcha / ser cosquilla de polen / agua que apaga los nidos del incendio”. Es una poética de la fuga: querer ser otra cosa para dejar de sufrir. El poema más contundente del libro se sitúa aquí, donde la autora desmantela el mandato social de agradar: “Te entrenaste en la misión de gustar a todo el mundo, consistía en ser estatua que cambia de aspecto y para cada uno tiene la palabra propicia. // Tu sexo era una ofrenda y sobre el vientre llevabas escrito un contrato en blanco; los ojos, una pantalla con cientos de canales proyectando la película favorita de cada cual”. Pocas veces se ha escrito con tanta claridad sobre la violencia invisible de la complacencia.
Luego, la voz decide alejarse de esa sujeción: “Huyes de ti, noria sin eje / avión que pierde un ala /…/ alguien que es y se basta”. Ese “alguien que es y se basta” funciona como declaración de autonomía. Incluso el amor se redefine: “Dijeron que el amor todo lo puede /…/ ahora el amor no es orquesta, sino eco / una lluvia delgada en vez de saetas”. No hay grandilocuencia, sino sobriedad afectiva. El cierre de esta sección es de una belleza humilde: “Para llegar al cuerpo que llamas tuyo / has tardado algo más de cincuenta años // y ahora mientras deshaces la mochila / te asombra la humildad del mecanismo /…/ ser fuentes que te contiene, límites / que aguantan rebeliones y embestidas”. El cuerpo como lugar de reconciliación tardía. Hay en Envés —la sección más despojada, más desnuda— un ajuste de cuentas con el pasado propio: con las imposiciones sociales, los mandatos de gusto, de ser, de agradar. Pero sobre todo, hay una voluntad de reencuentro con el cuerpo, con su rugosidad, con su dignidad. Ese proceso de despojo —de máscaras, de relatos ajenos, de narcicismos de espejo social— termina por recuperar la voz, el deseo, la pertenencia a uno mismo. Y eso, para quien escribe —y para quien lee—, es un acontecimiento de posible redención. Escribir así es hacer de la palabra una casa y al mismo tiempo una herida abierta; una herida donde cabe la compasión, la honestidad, el reconocimiento de lo imperfecto. Un lugar desde donde nombrarnos sin sumisión.
La sección final es un retorno a la escritura como refugio y herramienta de conocimiento, Nervadura. El primer poema lo afirma: “Sálvate en universos que se inventan / en las sutiles artes del ahora”. Escribir es reinventarse como estrategia de vida. La edad introduce límites, pero la escritura los desplaza: “a cierta edad el cuerpo deviene ancha / –ya no viajarán por el delta del Nilo / ni verás continentes desde el Bósforo– // pero cuando escribes haces una inmersión / en un territorio extraño, poblado / por seres vagamente familiares”. El viaje ya no es físico, sino mental. Uno de los poemas más logrados reflexiona sobre la lectura: “cuidas lo que lees igual que preguntas / antes de abrir la puerta de tu casa // para distinguir pozo de espejismo /…/ demandas la verdad que te estremece / –la mentira arruina cualquier cita cuidas lo que lees porque es tu sudor / rastreas los aromas de los otros // cuidas lo que lees, porque un libro es / el lugar de reunión de dioses fuertes”.
La comunidad vecinal aparece luego como espacio de afecto cotidiano: “cuando amas las arrugas del vecino / la vecina contigo adora al roble / y sus hijas acampan en tu umbral //charlaréis de gatos y de bulbos / de ingredientes que ya no son secretos / y de abuelos perdidos en la bruma”. Una poética de lo común, de lo cercano. También hay una advertencia moral: “aquel que piensa que lo sabe todo / mejor dé media vuelta / y se enfrente a su sombra”. Finalmente, el cierre del libro adquiere tono visionario: “En la espiral de belleza gira / hipnotizada por la magia, gravita /…/ los pájaros silban la noticia: triunfó en el cielo la revolución / a Dios lo sustituye / una asamblea de alas /…/ en los cascotes de su cataclismo / eres la muerte / que vive / de milagro”. Una revolución aérea, una asamblea de alas: metáfora de un mundo nuevo que nace del derrumbe del anterior. Nervadura es quizás la sección más esperanzada, pero no por ello ingenua. Es consciente de los límites; consciente de las ruinas. Pero también apuesta por la imaginación como forma de salvación, por la comunidad como modo de pertenencia, por la palabra como asamblea de seres —de alas, si se quiere— capaces de sostenernos. Ese reencuentro con lo esencial, el giro hacia lo colectivo, la humildad como horizonte ético, son las claves de una poesía que se atreve a soñar sin grandilocuencias. Que se atreve a fundar, no una mitología nueva, sino un pequeño refugio de humildad, memoria y cuidado.
Seronda es un libro honesto, vulnerable y lleno de conciencia. Explora el origen, la pérdida, la violencia social, la reconciliación con el cuerpo y la lectura como acto moral. La escritura de Pérez Cañamares muestra una madurez serena que no excluye el temblor. En tiempos de ruido superficial, esta obra ofrece una palabra que piensa, que reconoce su límite y que, desde ahí, busca sentido. Una poesía que observa, que cuestiona, que acompaña. Un libro necesario para recordar que la poesía no es adorno, sino paisaje donde reconocernos. Para sostener un puente entre el silencio que nos habita y la voz que puede compartirlo. En tiempos de sobresaltos, de prisas, de desvalorización de lo íntimo, leer Seronda equivale a hacerse pequeño de nuevo. A reparar en las raíces, en las grietas, en las heridas comunes. A decir, con suavidad y firmeza, que seguimos vivos. Que seguimos sintiendo. Que seguimos siendo. Por eso, aunque Seronda pueda leerse como un libro de sombras, en realidad es un libro de rescate. De reencuentro. De memoria. Y, sobre todo, de dignidad poética. Un libro que cultiva la verdad, incluso cuando duele, y que se ofrece como un haz de posibilidades: la palabra como casa, como herida y como raíz.
