martes, 22 de septiembre de 2020

Reseña de Abel Santos: ‘El camino de Angi’. Poémame. 2020

El camino de Angi, de Abel Santos | Poémame

 Abel Santos muda la piel. Este es un libro atípico en su carrera, lejos –o no tanto– del llamado realismo bastardo en el que se mueve habitualmente. Una redención de la mano de Angi Expósito, musa, compañera y prologuista de este libro luminoso. Dice la prologuista “El camino de Angi es nuestro camino, nuestra historia de amor desde los inicios hasta la actualidad. En este libro encontraréis poemas muy íntimos y personales, lejos del «realismo bastardo», la otra vertiente poética del autor” (p. 109). Hace bien en apuntar a Bécquer y el romanticismo (“Debo ser el hombre más tonto de la tierra: // porque tengo toda la suerte del mundo, / y desde que estamos juntos / mi alma tiene también alma” (El hombre más tonto de la tierra) porque hay mucho de eso en estos versos cuyo tema principal, el amor, y alrededores “poemas sobre el matrimonio, la rutina, las obligaciones, la diferencia de edad” (p. 11). Con una estructura narrativa vamos a asistir al relato de cómo chico conoce a chica, como surge una historia y se desarrolla, con sus altibajos y con un profundo amor a la poesía. No veo más remedio que seguirla nos dice desde el principio, “En el mismo ritual poético de siempre / sobre las sombras del teatro solo ella respira en libertad: / hace que ocurra algo extraordinario” (El prisionero). La fascinación por esta poeta es irrenunciable y, por supuesto, llega El camino de Angi.

Es una historia de redención. Cuando admite que “Todo mi pasado lo están cerrando / y lo están alquilando a mi futuro” (La llamada) y confiesa que “Yo quiero ser el viento que juega / entre sus preciosas manos y su risa” (La llamada). El poeta ha pasado años muy duros y “Ella es un ángel / y no conoce querer en vano” (El camino de Angi). El momento inicial es descrito como “Dos amores platónicos / que se dan la mano por vez primera” (Lo que hace el amor). El riesgo, el enorme riesgo de un poemario como este es el rubor, que el poeta sepa contener la muestra de intimidad. Nos abre, no su corazón, no el corazón de ambos, se abren sin rastro de vergüenza aquello que parece privado, íntimo incluso, como si nos descorrieran las cortinas y pudiéramos asomarnos a la vida cotidiana, al amor cotidiano, a las palabras que se susurran en el oído y se dicen por teléfono los amantes, los cariños, las caricias: Los sitios más hermosos del mundo están en el cuerpo de mi mujer. Y, sobre todo, un inmenso agradecimiento: “Gracias por salvarme del fin de mis días” (Son para ti mis ojos); “Si no fuera por ti, / que me salvas literalmente la vida / manteniéndome sobrio, / quizás pensaría que vendí mi alma / al nombre abstracto equivocado / y que hubiese sido mejor/ entregárselo a la música” (Yo te di mi sangre para que mi sangre sobreviva).

Entre los versos se cuelan imágenes que recuerdan a la música, a los boleros, a jazz, a rock, incluso. “La lluvia es un buen lugar donde esconderse” evoca una preciosa balada de  Captain Beefheart y, como no, a Morrisey y The Smiths: “hay una luz que nunca se apaga”. Paisajes de lluvia (“Igual que bajo la lluvia / siempre hay un cielo que mira a un hombre”, Nada tan tierno como la auténtica fuerza) y paisajes nocturnos (“Cada noche cerrada es un buen trato / que amanece de nuevo”, Una época generosa). Todo ello, comprobamos en una celebración de la ternura: “Porque a mí lo que me escandaliza es la ternura, // que alguien sea tan valiente / como para convertirlo todo en un hogar” (Largo recorrido). Sin embargo, no todo es una eterna luna de miel, están las querencias antiguas, el destino apartado que amenaza en la sombra (“Cómo explicare / que el ser humano nunca abandona / ese peligrosa edad / en la que puede ver caer sus sueños. / Porque despertarse es eso que siempre cumplen / los sueños por cumplir”, La mejor versión; “Yo ignoraba la nostalgia / y la locura y la ruina y los excesos / por los que iba a pasar”, Rompe el papel). Se contrarresta en los poemas donde se describen esos pequeños júbilos cotidianos que los jóvenes amantes conocen: “Esta mañana, en el primer tren, / no hay diferencia entre mirar recuerdos en el móvil / o la solitaria oscuridad del túnel / que todos atravesamos buscando una luz” (Soñar es lo más bello de la nada); “Y con alas en las cicatrices / voy hacia el encuentro de esa locura, que nunca falla, que siempre deja / mejor sabor de boca que la razón” (Alas en las cicatrices); “Nunca creí que sería tan difícil escribir / sobre el lugar donde habito mis sueños” (Este sueño que somos).

Abel Santos sitúa la narración dentro de un contexto, del espacio laboral (“Es el trabajo perfecto para un poeta: / hay que ser buen conversador / y, al mismo tiempo, mantener la boca cerrada / (sobre lo que pasa en tu escalera)”,  El conserje), del espacio físico de la pareja (“Yo sé que no les saldrá bien: / a estos muros solo los mantiene el corazón / la elegancia secreta del erizo. /…/ Yo también vengo con dos amigos: / con mis dos pares de cojones. / Creo que me he explicado bien”, Un hogar a nuestra altura). La descripción de un momento vital pleno: “son las ganas que tiene el tiempo / de seguir viviendo” (Noche de poetas); “así lo siento: los poemas ya no me bastan / para atrapar en el tiempo instantes de mi vida” (El regreso).

Este nuevo Diario de un poeta recién salvado deja un resquicio al pasado looser, al reconocimiento de un yo que fue y que ahora no sale a la superficie (“la sensibilidad es / la mancha de algo que limpia / y no deja mancha. / La soledad solo existe si le das tu vida”, Despiértame cuando te vayas). Y un miedo, no solo a volver, sino a todo lo que se intuye en el futuro: “Te buscaría entonces en este libro / para que sigamos hablando dentro de un momento” (Diario de un poeta recién casado); “Yo sé que cuando sea mayor no leeré versos / porque tendré tanto que contarme” (El detalle); “No creo en el futuro. Yo creo ahora” (Un minuto y algo más).

“Y Dios, llorando, asombrado, en la nada,
por verme correr tan solo el riesgo
de vivir no sé qué vida que no amas,
tristemente con mis cosas bajo el cielo” (El último gesto antes del abismo)

 El espíritu que anima este poemario es de celebración del amor, de elogio de la amada y de confesión, de reconocimiento de este milagro que ha sucedido y seguirá sucediendo: “No hay mayor intimidad con el cielo que esa. / Ya sabes. El extraño / camino azul de los poetas” (El extraño camino azul). Y aunque los poemas tienen un valor en sí mismos y no solo como testimonio, no puedo dejar de sonreír y alegrarme con la complicidad a la que asistimos: “Tú querías un poeta loco en tu vida, y aquí me quedo” (El principio de todo). Y, sobre todo, porque, cerrando el círculo que comenzó en una lectura de poemas, “Me gusta el poeta que ahora eres / el hombre en el que te has convertido // lo dice todo el mundo” (Café recién hecho). Yo también.

 

domingo, 20 de septiembre de 2020

Reivindicación de los mediocres

No hace mucho que una cadena de televisión emitía una serie de humor llamada The Middle. “El poder del promedio, decía su eslogan. Describía las ocurrencias de una familia media, en el medio Oeste, sin grandes aventuras ni acontecimientos, todo normal, todo en la media. Caigo en la cuenta de que, en los años 20 una pareja de sociólogos, Robert y Helen Lynd, decidieron esta ciudad media, de clase media, en la que no hubiera problemas de confrontación racial, homogénea. Su estudio se llamó Middletown y gozó de cierto éxito en su momento. Pues precisamente la ciudad elegida, Munice en realidad, estaba situada en Indiana, a pocos kilómetros de Indianápolis, como en Orson, la localización de The Middle. No creo que sea casualidad.

                Es de justicia reconocer el papel que tienen, que tenemos, los mediocres. Es posible que en estos tiempos inciertos muchos prefieran un líder, alguien carismático que dirija, aunque no se sepa con seguridad hacia dónde. Quizás sea deseable que alguien dotado de mayor inteligencia y conocimiento nos indique el camino para atravesar el mar Rojo. O, todo lo contrario, que la dificultad sea precisamente depositar la fe en el liderazgo. Esperar que un presidente, un orador, un experto enganche las voluntades y mientras tanto, el resto, estemos esperando y obedeciendo, por mucha razón o razones que puedan aducir, esperar esto, repito, puede ser la causa de mucho de nuestros males.

                La división entre la masa y los líderes es uno de los grandes escollos con los que me topo al acercarme a la filosofía de Ortega y Gasset. Sin embargo, me temo que es un lugar común, algo tan evidente que no admite crítica. En todo caso, se pueden discutir si unos líderes u otros, si expertos neoliberales o expertos conservadores. Luego nos echamos las manos a la cabeza cuando estos líderes que ansiamos nos obligan a llevar mascarilla, a teletrabajar, bajar los aforos o no movernos de nuestro piso. No me convence depositar mi fe en un mesías.

                En la ciencia se celebran los grandes nombres, aquellos que cambiaron los paradigmas científicos, los que abrieron nuevas puertas y sugirieron rumbos nuevos. Es la revolución científica que decía Thomas S. Khun –a quien tanto le debo–. Pero luego están los períodos de ciencia normal, en los que se desarrollan esas intuiciones y se explotan todas las posibilidades. Desde que Higgs postuló su bosón, han tenido que pasar décadas de trabajo paciente y mediocre para que fuera demostrado. Todos los que tenemos que adaptarnos a un nuevo programa o aplicación en nuestros dispositivos sabemos que la innovación continua es un lastre, siempre recomponiendo rutinas para trabajar en el día a día.

                Coco Channel innovó con el uso del pantalón en la mujer, pero hasta que las señoritas en los pueblos pequeños no los utilizaron no podemos decir que se convirtiera en una prenda femenina. Fueron ellas, las que, anónimamente fueron criticadas y las que impusieron una moda. Y casi lo mismo se podría decir de cualquier transformación social o política. Una organización, un Estado incluso se mantiene no por la capacidad de liderazgo, sino, principalmente porque la estructura permite el funcionamiento casi autónomo de gran parte de su actividad. Por supuesto la dirección y las estrategias están dictadas por un grupo más pequeño, que quizás sea quien asuma los riesgos y tenga felices ideas o derrumbe las expectativas. Nada pueden hacer si no hay muchísimos agentes invisibles, casi reemplazables, que lleven a la realidad las medidas ideadas.

                Como historiador me interesan mucho más los movimientos, las acciones que la gente hace individualmente, en grupos o masivamente que las grandes figuras. No conozco apenas ninguna reina y me quedo al margen de los cotilleos de la corte. Y me gano muchas críticas (¡valiente historiador estás tú hecho que no sabes quién gobernó en Francia en 1400!), pero me acostumbré a ver las cuestiones en tiempo largo, cómo se alimenta la gente, cómo se enamoran o cómo mueren van variando más o menos aceleradamente no por acontecimientos singulares, sino por la constancia y masiva aceptación de las personas comunes, los mediocres. La gota que horada la piedra en su caída constante.

                Todo esto no quita responsabilidad a los gobernantes, pueden provocar guerras y arruinar países enteros. Es un poco la reacción a la mentalidad de El señor de los anillos, que no es tan rara, prácticamente todo el cine y la novela épica en cualquiera de sus formas adolece de lo mismo, hay guerreros valerosos, reyes intachables, sangre y linajes que están predestinados a ser recordados por sus hazañas, mientras que caen soldados anónimos luchando contra orcos anónimos. Y, por supuesto, hay que contar con las poderosas armas de convencimiento y manipulación que tienen los que están en los puestos de dirección, el miedo a las sanciones, la violencia y las amenazas. Así consiguen dirigir huestes de funcionarios, legiones de ciudadanos, masas de votantes hacia los intereses, más o menos legítimos que defienden, aunque digan defender otros.

                Para bien y para mal, es necesario que millones de personas se pongan a decidir, a actuar, a votar, a consumir para que se cambie el mundo. Me gusta recordar el poema de Bertold Brecht, Preguntas de un obrero que lee:

¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?

En los libros aparecen los nombres de los reyes.

¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?

Y Babilonia, destruida tantas veces,

¿quién la volvió siempre a construir? ¿En qué casas

de la dorada Lima vivían los constructores?

¿A dónde fueron los albañiles

la noche en que fue terminada la Muralla China?

La gran Roma está llena de arcos de triunfo.

¿Quién los erigió?¿Sobre quiénes

triunfaron los Césares?

¿Es que Bizancio, la tan cantada,

sólo tenía palacios para sus habitantes?

Hasta en la legendaria Atlántida,

la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían,

gritaban llamando a sus esclavos.

El joven Alejandro conquistó la India.

¿Él solo?

César derrotó a los galos.

¿No llevaba siquiera cocinero?

Felipe de España lloró cuando su flota

Fue hundida. ¿No lloró nadie más?

Federico II venció en la Guerra de los Siete Años

¿Quién venció además de él?

Cada página una victoria.

¿Quién cocinó el banquete de la victoria?

Cada diez años un gran hombre.

¿Quién pagó los gastos?

Tantas historias.

Tantas preguntas.

Normalmente es un texto que se utiliza para reivindicar que los grandes hechos de la historia, las grandes gestas solo han sido posibles gracias a los que, anónimamente, las trabajaron. También habría que añadir otra pregunta, ¿quiénes mataron a los judíos?, ¿quiénes segregaron a los negros?, ¿quiénes cometieron los atentados? Porque no solo son responsables quienes soltaban el gas, ni los gobernadores que organizaban las batidas contra los afroamericanos, ni los que apretaban el gatillo. Todos ellos contaban con una sociedad de hombres normales que toleraron, que participaron, a los que les parecía bien o, al menos, no lo suficientemente brutal. Gracias a los mediocres se pone en marcha la historia, para lo más grande y para lo más abyecto.

                Afortunadamente somos los escribientes mediocres, los profesionales que ni fu ni fa, los ciudadanos medio informados y medio movilizados los que vamos moviendo el mundo y no terminamos de hacerlo perfecto, pero conseguimos la supervivencia. Seamos, por favor, capaces de asumir nuestra responsabilidad, que no es poca pero tampoco es única, para realizar lo que esté en nuestra mano y exigir lo que debamos a esos famosos líderes que siempre están sobrevolándonos.             

viernes, 18 de septiembre de 2020

Reseña de Begoña Méndez: ‘Heridas abiertas’. Wunderkammer. 2020

Heridas abiertas - Begoña Méndez

 

Muchas ganas tenía leer detenidamente Heridas abiertas. Begoña Méndez publicó el pasado año “Una flor sin pupila y la mujer de nieve” (Slopes, 2019) que ella misma define como un “artefacto literario hecho de versos, escritura automática y collages”. Profesora de lengua y literatura en una escuela de adultos y colaboradora en Pliego Suelto, El Cultural, Mercurio. Consiguió el Premio extraordinario en el máster de Humanidades de la UOC, con un trabajo sobre Diario de juventud de Idea Vilariño, un trabajo del que se nutre este volumen. Este es un ensayo sobre los diarios de diez autoras: Santa Teresa, Soledad Acosta, Zenobia Campubrí, Teresa Vilms Montt, Lily Íñiguez, Maga Gil Rosset, Idea Vilariño, Susan Sontag, Alejandra Pizarnik y Marina Eva Pérez. Las autoras son agrupadas por épocas y también por el tipo de respuesta a la que pretenden responder sus respectivos diarios. Se trata de un ensayo en primera persona, aunque es especialmente en la introducción y el epílogo donde más se hace notar la voz de la autora y sus referencias personales, una especie de autoensayo de no ficción.

Los diarios, en general, son un efecto de la indagación sobre la identidad. El diario es una tecnología poderosa para construir la identidad propia, una tecnología del yo: “Sus diarios íntimos nos dejan ver de qué modo las identidades están atravesadas por una intensa sensación de extranjería que rasga la epidermis del yo y exige abrirse a lo otro o, como escribió Alejandra Pizarnik: «El horror de habitarme de ser –qué extraño– mi huésped, mi pasajera, mi lugar de exilio»” (p. 15). Y, a partir de esa construcción cada autora se sitúa en un territorio, que puede ser una especie de “destierro interior” o, por el contrario, un puente de conexión íntima, “Este cuaderno es lo único que me une conmigo misma” (Idea Vilariño). El diario puede servir para la identificación entre cuerpo y escritura, como cuando Susan Sontag explica que en sus páginas “drenas la obsesión”. El doble carácter del diario íntimo consiste en ser “a la vez, cerrazón y entidad comunicativa” (p. 18) y también en una bisagra entre el ámbito público y privado, en una escritura testimonial y artística. Es, sobre todo, una experiencia de intimidad: “En los diarios, la intimidad se gesta en el tuétano de la experiencia cotidiana y emerge en la soledad de la habitación o de la casa” (p. 17).

Sería interesante conectar esta visión más aceptada de la intimidad con la propuesta de José Luis Parto en su ya lejano ensayo sobre La intimidad. Pardo demuestra que la intimidad no es la capa más interna del individuo, sino más bien, la complicidad gestada en la experiencia comunicativa. Sin embargo, Rimbaud y Paul Ricoeur ya sabían que el yo es otro y nada impide que podamos establecer comunicación con él. Un diario íntimo, aunque Juan de Mairena decía que era lo menos íntimo, es una conversación continua y evidente de esta intimidad compartida. El yo como otro con quien se habla. Ese otro puede ser el ojo vigilante y censor, Dios, el prometido, esposo, padre. Por eso investiga Begoña Méndez como “pasó de ser una escritura entre rejas a una literatura insolente, libre y atrevida, y llena de heridas abiertas” (P. 19). El gran Richard Sennet nos puso en guardia contra la ideología de la intimidad que obliga a hablar, a compartir una intimidad que no deja de ser una privacidad echada a perder. Esta necesidad se fue gestando a partir de Rousseau y supuso “un territorio nuevo entre la Ilustración y el Romanticismo” (p. 21). El yo aparece como religión pagana, el yo como performance, “la preocupación del yo por significarse en sociedad, la necesidad de ser mirado por los demás para poder existir” acaba enfrentándose con  “la inquietud porque esa mirada ajena traspasara las máscaras sociales y acudiera a la intimidad más privada y secreta” (p. 23). En una primera versión la intimidad no fue el territorio de los afectos, sino como refugio.

Es muy interesante comenzar con Santa Teresa. Su escritura es una forma de vigilancia y control interno y externo, “la confesión convertida en autoridad”. La experiencia mística implica una renuncia al cuerpo, la experiencia de Dios se define “en lo muy íntimo del alma” (Citada en p. 35). Entre esos dos parámetros comienza a gestarse el diario íntimo, especialmente importante para la concepción de la mujer. En el capítulo siguiente se abordan los casos de Soledad Acosta, Zenobia Camprubí y Lily Íñiguez. Tienen en común ser “señoritas entre la obediencia y la subversión”. La experiencia de la clase y condición se consignan como una opresión y sus diarios se escriben “con voluntad de secreto, intimidades registradas desde el solipsismo del yo” (p. 37).  Para Zenobia, el diario de juventud era “para servir de correctivo”, una tecnología del yo, podríamos decir con la terminología de Foucault-Hadot-Taylor. Lily Íñiguez pretende a través de su escritura “gobernar los accesos a su intimidad” y Soledad Acosta percibe “la necesidad de observar la condición femenina y los cuerpos de mujer como entidades políticas” (p. 42). Con voluntad de introspección y de autodefinición, “la escritura íntima de Soledad es la manifestación de la mujer como brecha y conflicto” (P. 49-50). Esta estrategia de cobijo no deja de tener un sentido de derrota, “jamás he tenido a quien confiar el secreto de mis íntimos pensamientos y esto me ha hecho tener en mi corazón cierta melancolía”, nos dice Soledad Acosta (Citado en p. 52-53).

También dentro de la alta burguesía, señoritas de sociedad, Teresa Vilms y Marga Gil Roësset explicitan unas “poéticas suicidas”, la rebelión de “mujeres educadas para ser de otros”. Para Beatriz Méndez, “los diarios íntimos de dos escritoras que transformaron sus anhelos de muerte en indagación literaria” (p. 56). Sus diarios son territorios de libertad. Es un lugar común recordar que Marga se suicidó, por Juan Ramón Jiménez y se suele leer su diario “como una larga carta de amor y culpa dirigida al poeta” (p. 69). Pero es más que eso, ella también su propia interlocutora. Algo diferentes son las actitudes de idea Vilariño y Alejandra Pizarnik. Idea Vilariño “tuvo que elegir entre la vocación literaria y el anhelo de amar y ser amada (…). Aunque nunca tentó a la muerte porque le pudo el afán de vida, Idea Vilariño elaboró una estética suicidaria que adelanta el malestar posmoderno: una identidad estupefacta que desplazó su perpetua pulsión de muerte a los territorios de la poesía y de los discursos íntimos, y allí sometió su escritura a un brutal proceso de depuración” (p. 80-81). El interés no es tanto la excepcionalidad de las experiencias vitales y la conciencia que transmite como que “Vilariño es, como tantas de nosotras, la suicida que jamás se mató” (p. 81). De una manera similar, pero en su caso con desenlace fatal, “sus cuadernos corroboran que Pizarnik puso su vida al servicio de la escritura; que su literatura enajenada y esquizoide, encontró los nombres para decir la quiebra irreparable de la mujer posmoderno” (p. 84). Ambas dejaron instrucciones para que sus diarios íntimos fueran publicados post mortem, “supone también el reconocimiento de una necesidad fundamental, la presencia de los otros para ser” (p. 89).

En los diarios de la controvertida Susan Sontag (se acaba de traducir al castellano una prometedora biografía)  podemos comprobar una voluntad férrea y un testimonio. Dice: “escribo porque quiero ser ese personaje, una escritora” (Citado en p. 100). Sontag “comprendió que «vivir es una agresión», concibió su intimidad como un territorio literario donde blindarse y hacerse fuerte” (p. 100). Por eso mismo, por esa voluntad polémica, “en sus cuadernos edificó una imagen de sí «como adversario»” (p. 103). Actitud combativa también la de la princesa Montonera, María Eva, nacida en plena dictadura argentina. El suyo es un activismo bloguero: “Diario de una princesa montonera, 110% verdad busca otros modos de hacer política desde la periferia del poder” (p. 113). Al estar colgado en la red, es un “texto colectivizado y ciborg” (p. 115). Sirve también una terapia y con esta percepción volvemos también al inicio, cuando advertimos que, desde Santa Teresa, la escritura de un diario íntimo tiene algo de sanación particular.

En el Epílogo, la voz de Begoña Méndez vuelve a sonar con claridad, “Leo las intimidades de las mujeres y me siento habitada por un ensamblaje de voces y rostros” (p. 119). Queda constancia de que, por un lado, “el yo es un texto literario que nunca deja de escribirse” (p. 119) y por otro que es un testimonio de luchas internas y sociales. Escritoras como Sontag o Pizarnik, o Marga Gil Roësset pusieron “la vida al servicio de la palabra” (p. 120). Desde el punto de vista personal, “una mujer sola ubica su escritura en el lugar recóndito de la herida abierta: he aquí el nacimiento de un diario íntimo” (p. 120), y, a la vez, la consecuencia de la escritura y la lectura posterior de los diarios es una forma, sostiene la autora de “construir el nosotras” (p. 120).

 

martes, 15 de septiembre de 2020

Reseña de María J. Chinchilla: ‘Espejos invisibles’. Editora Regional de Extremadura. Colección Vincapervinca.

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María J. Chinchilla nació en Hornos de Segura, se licenció en la Universidad de Sevilla y en la actualidad vive en Granada. Es escritora, artista, crítica de cine, bailarina y “cantaora de flamenco germinal”. Su obra artística incluye certámenes nacionales e internacionales y ha sido expuesta en el CCCB, en Matadero Madrid, Fundación Joán Miró de Barcelona, centros de arte de Nueva York o Seúl. La edición corre a cargo de la Editora Regional de Extremadura haciendo, como de costumbre, gala de un impecable trabajo en su colección de narrativa.

Espejos invisibles es una novela transgresora en el sentido de aprovechar los recursos estilísticos de las vanguardias, especialmente la mezcla de materiales diversos en la narrativa, una especie de collage en el que el argumento se despliega de manera paralela con elementos vitales y artísticos, literatura, cine o arte. Los personajes van deambulando y sus interiores son expuestos a través de líneas de pensamiento tanto como del aprovechamiento de piezas de arte, de referencias literarias y cinematográficas. La complicidad con el lector construye un universo lleno de lugares en común a través de este paisaje impresionista de citas: El sur de Víctor Erice, Philip Larkin, Nick Cave y el Cielo sobre Berlín, Star Wars o Bach… el sustrato cultural de una generación que tuvo acceso con cierta facilidad a una cultura un poco en los márgenes.

María J. Chinchilla se encuentra a gusto en estos personajes que no siempre demuestran una acción racional y calculadora, unos seres que se sienten azotados por elementos que no terminan de controlar pero que asumen con cierta complacencia. Las acciones huyen de las generalizaciones y alternan pequeños espacios dentro de lo rural y de lo urbano. La calidez de los gestos puede contrastar en ocasiones con la manera en que los espacios pueden ser fríos en la soledad de las ciudades pequeñas o en la inmensidad de las urbes.

Imagino a N desde la soledad, hablándome en silencio. Recorremos espacios donde nunca antes ha estado nadie. Ahora, a algunos cientos de kilómetros de distancia, con una nueva presión en la piel, un lugar donde todo tiende a infinito. Otros recuerdos como estampas desvaídas, insulsas vivencias aderezadas con autoengaños.

Otro elemento fundamental es el recurso a la memoria. La memoria, como en algunos momentos del cine de Lynch, es reconstruida y se requiere volver a recomenzar la trama, como hacemos, en la vida cotidiana, con nuestros recuerdos. Sueños y aspiraciones dan cuerpo a la narratividad de la memoria que se reinventa. Es cierto que la novela se presta al experimento rayuela, esto es, a la multiplicidad de lecturas, a la renuncia del orden previsto en la paginación y, como en otras narradoras de su generación, estoy pensando en Francisca Moya y  Las soledades son horas, se incita al lector a realizar diversos niveles de lectura.

Jugar con el extrañamiento, la reducción de los nombres a simples iniciales, sumergirse en el flujo de conciencia donde emociones y descripciones no son fáciles de separar son uno de los elementos más reseñables para la construcción de la narrativa de los Espejos invisibles. Hablamos de narrativa porque hay una acción situada en una serie de espacios a lo largo de un tiempo, pero, en cuanto al estilo, María Chinchilla se detiene en pasajes líricos que moderan su intensidad emocional y que son parte imprescindible del interés de este volumen.

Soy un conjunto de células extrañamente armonizadas, extraordinariamente consensuadas para conseguir unos fines de supervivencia. Voy por la calle y me cruzo con otros seres como yo. Somos iguales, las diferencias son insignificantes. Yo soy el otro, me digo. Pienso en los mayas que saludaban diciendo yo soy otro tú, a lo que se contestaban tú eres otro yo. ¿De dónde surgió la poderosa necesidad de diferenciarnos, de querer ser otros distintos hasta el punto de que todo lo que nos iguala nos irrita?

La muerte nos iguala.

 

domingo, 13 de septiembre de 2020

La rutina

Entre las palabras más denostadas está la rutina. A ella se le achacan todo tipo de crímenes y despropósitos. Es la rutina quien destroza la ilusión de un trabajo, es la rutina quien mató al amor. Madre de la depresión y pariente cercana de la locura. La imagen de la distopía es un rebaño de humanos repitiendo día tras día las mismas acciones, con la misma devaluada emoción, con la esperanza de que a la mañana siguiente siga saliendo el sol y volviendo a recapitular cada minuto de la jornada que ya se fue.

La rutina golpea fuerte, la rutina se cuela por cada rincón de las cocinas y de los dormitorios, se agazapa en las camas de matrimonio y embadurna de cremas los espejos. La novedad la mira con desprecio. La ilusión es hacer saltar la rutina por los aires traer a la vida sueños y sorpresas. Casi nunca pensamos en pesadillas y desgracias cuando despreciamos la rutina. La seguridad de que se va a repetir lo ya vivido es un grillete enormemente pesado, una condena sin posibilidad de revisión de pena. Y la vergüenza estética de ser o vivir lo típico que nos expulsa de la individualidad desafiante de lo único.

Poco pensamos en los posibles beneficios de las rutinas. Recordamos con añoranza los primeros años en los que todo era nuevo, en los que las vivencias eran inexperiencia, los triunfos cotidianos, alzarse erguido sobre las piernas, andar, montar en bicicleta, leer… se sucedían con la mezcla del desparpajo y el orgullo de haber cruzado la meta, alcanzado el pico más alto, logrado la hazaña jamás soñada. La nostalgia de aquellos años imberbes, de primeros enamoramientos, del momento justo antes del beso, de la euforia de tantas madrugadas sobrecoge nuestro corazón cansado.

Sentimos la pérdida de repetir las cosas. Que un beso ya no sea el primero, que un paseo vuelva por los mismos pasos, que una ola y otra ola se parezcan tanto que sean indistinguibles. Que un día y el siguiente se confundan en una memoria saturada de planes y recuerdos. El corazón ya no se acelera con la misma intensidad. Y no lo asociamos con un volante, ansiamos el vuelco de una mirada.

Hacerse mayor es una rutina, más días, más ocasiones para abrir las puertas sin mirar, no ser conscientes de habernos puesto unos calcetines que son iguales a los del día anterior, iguales a los que están en el cajón y en la colada. La rutina pesa, más que la vida, más que los años, más que la gravedad y por eso nos mantenemos en equilibrio cuando montamos en bicicleta. Es la rutina la que nos despreocupa, las que nos facilita las acciones, las que evita los sobresaltos, la que saca de los focos todo aquello que ya no nos interesa, pendientes que queremos estar ante las novedades, los planes y los sueños.

Septiembre es el mes de las rutinas, de recomenzar lo que siempre ha sido, de acabar con la situación de excepción de las vacaciones, del paréntesis de los días más largos y de las noches sin mantas. Retomar lo que ya sabemos y confiar en el instinto que guardó las habilidades de mantener el equilibrio. Probablemente este sea el septiembre más atípico. Ni siquiera la normalidad es ya normalidad, solo se mantienen las promesas de los coleccionables. Las nostalgias de las luces de septiembre, a medio camino entre el verano y el otoño más benigno no serán las mismas si únicamente podemos mirar a los ojos. Los más pequeños vivirán encapsulados y con el temor, no sabemos cómo vamos a poder reaccionar, programar, vivir en una situación tan descorazonadora como esta. Ahora sí que, dentro de nuestro diminuto corazón, echamos de menos las rutinas acostumbradas. Quizás es el momento de elogiar las rutinas, lo cotidiano, lo que nunca cambia, lo que se repite y nos promete seguridad.

En una de las últimas películas de Ken Loach, la familia protagonista está asomándose al precipicio, saturados de trabajo, problemas con los hijos adolescentes que se desbordan cuando el padre comienza a trabajar como repartidor de una empresa. Era un obrero de la construcción en paro que pasa a ser uno de esos falsos autónomos que se endeuda para conseguir una furgoneta y dispone su vida y sus recursos para conseguir entregas a tiempo. Cuando estallan los problemas, la hija pequeña, de unos once años, le pide que todo vuelva a ser como antes. Llevo siguiendo el cine de Loach desde hace décadas y reconozco todas esas vidas truncadas por el neoliberalismo que golpeó Inglaterra y el resto del mundo. Algo ha cambiado, sin embargo, en las primeras, como Riff-raff o Lloviendo piedras, el protagonista aspiraba a logar algo, a salir del paro, a una primera comunión para su hija, a un mundo mejor, en suma. Ahora los personajes, vencidos, solo tienen en su horizonte volver a un pasado que no era idílico ni mucho menos. Se ha devaluado la utopía. El mundo mejor se reduce a la rutina.

Rutina para que la conciencia no se desespera, rutina para que el futuro no sea un abismo, rutina para sobrellevar las pérdidas, rutina para no echar de menos sus presencias. La rutina es el alimento para Sísifo. La rutina es el modo con el que algunos nos refugiamos del miedo, es la fuerza que nos alimenta para un mundo inabarcable. La rutina es para algunos, el tratamiento paliativo contra el dolor y el sinsentido de la vida.