Reseña de ‘La sonrisa de la Gorgona’. Fanzine literario. Número 0
El número 0 del fanzine La sonrisa de la Gorgona –¿homenaje a M. Denevi?– ofrece voces, fragmentos y formas de resistencia en un espacio de afinidades que no necesita disimular sus discontinuidades. Su propia condición de fanzine contiene ya una declaración de principios. Frente a la solemnidad de los escaparates literarios y a las jerarquías que deciden qué merece circular y qué debe permanecer en los márgenes, el fanzine reivindica una grieta, otra manera de estar en la literatura: más libre, más inmediata, menos preocupada por legitimar su existencia que por ejercerla. Diseñado y maquetado por Ana Patricia Moya, este primer número se abre con Blanca Varela y unos versos que parecen anunciar, desde el umbral, uno de los conflictos que atraviesan las páginas: “tu propia sombra / fue tu única / y desleal competidora”. La sombra como rival, doble y compañía; la identidad como territorio de disputa; la escritura como forma de enfrentarse a aquello que nos habita y que, a veces, no reconocemos como propio. Después de Varela aparecen Gloria Fuertes, Patti Smith, Kamala S. Das, Ernesto Sábato y Clara Janés. No es una genealogía homogénea, sino una constelación de presencias que permite intuir una sensibilidad abierta a la insumisión, a la experiencia y a las distintas maneras de convertir la palabra en una forma de conocimiento.
La Gorgona del título añade una sugerencia inquietante. En la tradición mitológica, su rostro petrifica a quien lo mira; aquí, sin embargo, la sonrisa introduce una ambigüedad que resulta especialmente fértil. ¿Qué significa sonreír desde un lugar asociado al miedo, la amenaza y la mirada que paraliza? Tal vez la posibilidad de apropiarse de aquello que históricamente ha servido para infundir temor. Tal vez una forma de humor frente a las convenciones, o la expresión de una resistencia que no necesita adoptar siempre el gesto grave de la denuncia. La sonrisa no elimina la herida: la vuelve visible desde otro ángulo. En las páginas del fanzine, las mujeres escriben desde esa zona donde la vulnerabilidad y la insumisión dejan de ser términos opuestos. No hay una única voz femenina, ni una experiencia que pueda resumir a las demás. Hay cuerpos, pérdidas, memoria, deseo, ironía, cansancio y una voluntad persistente de no entregar la última palabra a aquello que pretende reducir la vida a una forma de obediencia.
Ada Menéndez (Gijón, 1972), cuyo último libro es La gata no acude a funerales (Olé Libros, 2025), comparece con una escritura que no parece dispuesta a aceptar las soluciones fáciles. En sus versos, la energía se construye mediante una sucesión de desafíos: “Dadme un mar / y lo cubriré de oleaje. // Dadme una calle / y echaré a rodar. // Dadme una / bala / y encajaré mi sien. // Dadme una solución y seré el problema”. La voz se desplaza desde la afirmación vital hasta una imagen extrema, para terminar invirtiendo la lógica de la pregunta inicial: el problema no está necesariamente en quien lo denuncia, sino en el orden que necesita identificarlo para conservar intactas sus certezas. La contundencia del cierre convierte la provocación en una posición moral. Pero esa fuerza no es únicamente confrontación. “Soy la poderosa fuerza / que sostiene a otras gotas de agua”, escribe Ada Menéndez en Es mi naturaleza. La imagen desplaza la potencia desde el dominio hacia el sostén, desde la afirmación individual hacia una solidaridad que no requiere grandes gestos. En el poema inédito Tormento, en cambio, aparece una herida que el tiempo no parece haber resuelto: “Yazco en mi contra desde agosto del 2005. Y a mi favor le tengo a él para siempre en mi recuerdo”. La precisión de la fecha introduce en el poema una biografía que no necesita explicarse. Hay recuerdos que nos defienden y, al mismo tiempo, nos dejan expuestos; la memoria puede ser refugio, pero también el lugar donde una parte de nosotros permanece detenida.
Ana Patricia Moya (Córdoba, 1982), además de encargarse de la edición visual del fanzine, participa con una escritura en la que la conciencia de la derrota no anula la necesidad de seguir buscando. Autora de La balada de la soltera (Anverso, 2023), Fábulas urbanas (Páramo, 2026) y coordinadora de las antologías Poesía viejoven (Versátiles, 2020) y OhDiosas (Ediciones Raro, 2023), deja en Persianas, poema inédito, una imagen cotidiana que se abre, casi imperceptiblemente, a la esperanza: “Por las rendijas de las persianas / penetra la melancolía /…/ en esos instantes de vida / todo adquiere cierto sentido // existe la esperanza”. La luz no entra de golpe ni transforma por completo la habitación: se filtra por las rendijas, encuentra su camino entre las cosas. Hay algo profundamente humano en esa esperanza modesta, que no promete salvaciones, sino apenas unos instantes en los que la existencia parece reconciliarse consigo misma. La lucidez de Ana Patricia Moya, sin embargo, no es complaciente. “en esta vida / la redención es imposible / y traicionar, costumbre”, leemos en La araña, también inédito. La sentencia tiene la aspereza de quien ha dejado de esperar una justicia reparadora, pero no por ello renuncia a nombrar la traición. En Extraño fenómeno, la escritura se convierte en una imagen física de esa tensión: “Cada vez que terminaba un poema, la máquina de escribir sangraba”. La metáfora devuelve a la palabra su condición de materia y de herida. Escribir no consiste aquí en ordenar serenamente una experiencia, sino en dejar una huella de aquello que, al pasar por el lenguaje, no termina de cerrarse.
También Ana Vega (Oviedo, 1977), cuya trayectoria incluye Llanquihue (Huerga & Fierro, 2012), Herencia (Canalla Ediciones, 2017), Fresas con Carne (Traba, 2022), Grillos en los árboles (Uve books, 2022), La cuerda (Uve Books, 2024), Naturaleza Interior (Bajamar, 2025), aborda la violencia desde una conciencia que no se conforma con observarla. En Tierra, la piedra recibe el golpe humano y devuelve una imagen de nuestra propia destrucción: “Se rasga la piedra ante el golpe humano / que quiebra su propia alma contra ella/…/ Finge así el ser humano / no ver memoria alguna en el pasado / que desea repetir por voluntad propia”. La violencia no aparece como una anomalía histórica, sino como una obstinación: repetimos aquello que sabemos devastador y después fingimos no reconocer sus huellas. La piedra, aparentemente inmutable, termina siendo testigo de una memoria que los seres humanos prefieren negar. En Fuego, la afirmación “Todo amor se convierte en fango” reduce el ideal amoroso a una materia turbia, desprovista de cualquier promesa de pureza. Y el breve relato Sociedad prolonga esa desconfianza hacia las estructuras que administran la vida colectiva: “El salvador llegó al pueblo con la idea de recoger toda idea futura sobre cómo mejorar la esclavitud y crueldad que había visto y observado”. La paradoja es feroz. El salvador no viene a abolir la esclavitud, sino a perfeccionarla. Bajo la apariencia de una reforma se esconde la continuidad de la opresión, una idea que desborda la anécdota y alcanza a cualquier sistema que convierta la dominación en una cuestión de procedimiento.
Juana Marín (Valdepeñas, 1976), autora de El Vertedero, Yo Tú Ello, Cantigas de amiga, Tristopías y La Lavandería, introduce otra forma de resistencia: la defensa de aquello que no puede limpiarse sin dejar restos. En Manos de agua escribe: “Tú, / que quisiste limpiarlo todo con manos de agua / para que no quedara rastro de esta palabra escrita en la pared, / guárdate de salpicar el blanco de mis ojos, / la otra mitad de mí”. La limpieza, que podría parecer un gesto reparador, se revela como voluntad de borrado. Frente a ella, la palabra permanece como inscripción incómoda, como memoria que se niega a desaparecer. En Inventario, la voz propone una respuesta distinta: “Recuerda el lenguaje de la abundancia. No hagas caso del graznido de la guerra /…/ Este amor es infinito y habla”. No se trata de negar el ruido del mundo, sino de impedir que su estrépito ocupe todo el espacio disponible. El amor, aquí, es una forma de lenguaje que persiste incluso cuando todo alrededor parece exigir silencio.
Rakel Rodríguez (San Sebastián, 1971), al frente de Ediciones RaRo, aporta una voz capaz de reunir la conciencia de la fragilidad y una inesperada vitalidad. “La vida te mata, lentamente / pero también te bulle / fuerte fuerte bien fuerte. / Y a veces piensas, como en un eco lejano: / que podrías cambiarla / que aún estás a tiempo”, leemos en Vida. La repetición de fuerte parece devolver al cuerpo aquello que la experiencia amenaza con quitarle: la energía para seguir, la posibilidad de intervenir todavía en el curso de las cosas. En Futuro, publicado en Caníbal, la resistencia adopta una forma más festiva: “Y ahí nos quedamos riendo como memas como locas / muertas de risa. Y con eso nos quedamos, tan contentas / que mañana, mañana… será otro día”. La risa no resuelve los conflictos ni garantiza un mañana mejor; permite, sencillamente, habitar el presente sin concederle a la desgracia la totalidad de nuestra vida. El microrrelato Tita quería ser cantante de orquesta añade otra posibilidad narrativa, concentrada en el deseo y en esa distancia que a menudo separa lo que somos de aquello que habríamos querido ser.
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La edición que he podido conseguir incluye, además, un minifanzine que amplía el diálogo entre las autoras y convierte la publicación en algo más que una sucesión de poemas. Ada Menéndez afirma en Cry baby: “Los días tristes me ponen hermosa, / especialmente atractiva”. Hay en estos versos una inversión irónica de la vulnerabilidad: la tristeza deja de ser una circunstancia que deba ocultarse y se convierte en una forma de singularidad. En La cigüeña, perteneciente a La gata no acude a funerales, la voz reconoce: “Visualizaría otro futuro, / pero algunas personas nos tenemos por familia / a nosotras mismas”. La autonomía aparece aquí sin triunfalismos, como una forma de parentesco consigo misma cuando los vínculos esperados no bastan o no existen.
Ana Patricia Moya recuerda en Dioses de barro (La Casa rota, Versátiles 2019) que “Los héroes del pueblo / no escriben / no tienen voz”. La frase señala una ausencia que es también una forma de violencia: quienes sostienen la vida rara vez controlan el relato con el que esa vida será recordada. Ana Vega, por su parte, opone al silencio una negativa explícita: “Y contra esto he de decirte, también, / es imposible cualquier intento / de silenciarme” (Silencio incluido en Herencia, Canalla Ediciones, 2017). Juana Marín introduce una reflexión sobre la intimidad de la creación: “Cuando escribas ese poema, recuerda que solo tú sabrás por qué lo hiciste”. La escritura conserva así un núcleo irreductible, una razón que no siempre puede explicarse ni necesita hacerse transparente para los demás.
Las demás voces del minifanzine ensanchan ese territorio. María Pizarro escribe: “Ya no hay sorpresas, / ni el café está cargado. / Una piel joven es una llama, / una inesperada ternura” (Lyrica 75, La Fragua de Metáforas, 2011), y también: “Siento miedo de mis manos / como un cuchillo de hielo / afilado en mi garganta”. Rakel Baro condensa el daño afectivo en tres versos: “Me matas / de mil formas diferentes. / Con tu silencio / con tu ausencia” (Muete en Caníbal, Ediciones Raro, 2024); pero también convierte el maquillaje en defensa frente a la intemperie: “Me pinto los ojos /…/ Esas dos rayas negras / me blindan frente a un mundo / más oscuro que mis ojos” (La raya del ojo en Caníbal). Rosa Díaz, finalmente, describe el riesgo de quien aún se permite confiar: “Es otra invasión de la que no nos defendemos / por si acaso fuera / de amor” (Climatología). El amor aparece como amenaza posible, pero también como la promesa por la que aceptamos bajar la guardia.
El fanzine termina con una cita de Gabriela Mistral, cerrando el recorrido con otra presencia literaria que prolonga la conversación iniciada por Blanca Varela. Entre ambas, las autoras han ido trazando un mapa de heridas, afectos y resistencias que no pretende ofrecer una imagen completa del mundo, sino mostrar algunas de sus fisuras.
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La virtud principal de La sonrisa de la Gorgona, además del exquisito gusto en la maquetación y en los objetos que acompañan a su versión de luxe, es su voluntad de reunir voces sin convertirlas en una declaración uniforme, de hacer convivir la denuncia y el humor, el desamparo y la afirmación, la memoria dolorosa y la posibilidad de empezar de nuevo. Su condición de fanzine no es un detalle accesorio, sino parte de su sentido. Hay algo valioso en esa forma de publicación que conserva la libertad de lo pequeño, que permite el encuentro sin exigir una homogeneidad y que entiende la literatura como un espacio compartido antes que como una institución. Frente a un mundo que tantas veces administra el silencio, estas páginas reivindican el derecho a escribir, a disentir, a recordar y hasta a reírse de aquello que pretende someternos. La Gorgona sonríe, pero no para tranquilizarnos. Sonríe porque ha aprendido a mirar de frente, porque sabe que también hay formas de belleza en la resistencia y porque, incluso cuando la palabra sangra, todavía puede abrirse paso.