Cincuenta epigramas es un poemario de corte sarcástico y satírico escrito por la gaditana Mercedes Escolano. Despliega medio centenar de piezas breves en las que la autora dirige una mirada crítica, ácida y humorística hacia el propio mundillo literario. A través de sus versos, Escolano aborda temas como la vanidad, la mediocridad de los malos poetas y editores, así como los entresijos de los certámenes y antologías, constituyendo una obra que invita tanto a la reflexión como al debate. Mercedes Escolano conoce bien esa tradición y recupera la vieja vocación satírica del género para dirigirla hacia un territorio muy concreto: el ecosistema literario contemporáneo. Poetas, editores, jurados, antólogos, aduladores, oportunistas, autores mediocres y aspirantes a celebridad desfilan por estas páginas bajo una mirada tan irónica como divertida. Pero reducir el libro a una simple colección de burlas sería injusto. Bajo el humor y la sátira late una reflexión más profunda sobre la literatura, sus servidumbres y sus espejismos.
Desde los primeros poemas se percibe una voluntad desmitificadora. El mundo literario, tantas veces envuelto en una niebla de solemnidad y prestigio, aparece aquí sometido a una luz implacable. No hay veneración ni respeto automático por la figura del poeta. Al contrario. Escolano parece desconfiar de quienes convierten la literatura en una coartada para la vanidad. De ahí que uno de los primeros dardos alcance precisamente a esa tendencia a sustituir la experiencia por la escritura: “Beodo de copas y caricias, comprenderás / que la vida es mejor que la literatura” (I). La afirmación posee una resonancia antigua. Podría haberla firmado un epicúreo latino o un poeta barroco cansado de las abstracciones. También recuerda, de algún modo, aquella lección de Gil de Biedma según la cual la poesía no era la vida, sino apenas una forma de entenderla. Escolano parece reivindicar algo semejante: la necesidad de que la literatura no suplante a la existencia. En una época que a menudo confunde la construcción de una identidad literaria con la experiencia real, el recordatorio resulta oportuno.
Ese elogio de la vida concreta reaparece constantemente asociado al vino, a la amistad o al placer. “La vida es corta, y más corta será / si insistes en llevar sandeces a la imprenta (...) / Menos poemas y más vino es mi consejo” (IV), leemos en uno de los textos más celebrados del conjunto. El vino funciona aquí como símbolo de una sabiduría terrestre, opuesta a la inflación verbal y al narcisismo artístico. No es casual que otro epigrama afirme: “He comprado unos tintos excelentes / y están encantados conmigo. / Ahora escribo el doble de ripios que antes, / soy el doble de feliz y meo el doble” (XXXI). La exageración humorística convierte el tópico báquico en una forma de autocrítica y de resistencia frente a cualquier tentación de trascendencia. También este modo de vida entraña sus riesgos: “Acumuló demasiado éxito / y cometió excesos en la mesa y la cama” (XXI).
Porque si algo caracteriza este libro es su capacidad para burlarse también de quien se burla. El satírico suele correr el riesgo de erigirse en juez supremo de los demás. Escolano evita esa trampa mediante una ironía que termina volviéndose contra ella misma. El mejor ejemplo se encuentra quizá en el poema XXIX, donde interpela a quien “Juegas –con Marcial, Horacio, Catulo, Lucilio– / a criticar a otros poetas. Sus versos, sus costumbres / son criticables, es cierto; / pero no menos cierto es / que tú mereces tanta crítica como ellos o más” (XXIX). Tras evocar la genealogía clásica del género, el poema concluye con una advertencia memorable.
Ese reconocimiento de la propia fragilidad salva al libro de la mera sátira costumbrista. La autora sabe que participa del mismo mundo que ridiculiza. No escribe desde una posición exterior o moralmente incontaminada. Forma parte de la tribu literaria y comparte algunas de sus contradicciones. Por eso sus ataques nunca resultan completamente crueles. Incluso cuando son demoledores, conservan un fondo de complicidad. La gran diana del libro es la mediocridad revestida de prestigio: “A tus poemas les pasa lo mismo, cada día / cojean más y se quejan más de artritis, / gota, diabetes y falta de potencia. / Es hora de apoyarte en el bastón y poner / punto final a tu carrera de poeta mediocre” (L). Escolano parece especialmente sensible a los mecanismos mediante los cuales ciertos autores logran reconocimiento sin que medie necesariamente el talento. “Abundan talleres de poesía / en los que no se aprende nada / interesante: cómo sobornar a un jurado / o cómo encaramarte con una editorial” (III). La caricatura resulta eficaz porque exagera una sospecha ampliamente compartida: la existencia de estrategias extraliterarias que condicionan el éxito cultural. Igualmente se burla del éxito del que algunos parecen vanagloriarse: “Pronto te erigirán una estatua / en tu ciudad natal –de mármol– / para felicidad y desahogo de palomas” (XLV).
La crítica alcanza también a los premios y a los sistemas de legitimación. “No tienes padrinos y aun así pretendes / ganar un sustancioso galardón” (XVI), ironiza uno de los epigramas. El humor nace del contraste entre la ingenuidad del aspirante y el funcionamiento real —o supuesto— de determinadas instituciones literarias. No hay denuncia explícita ni ajuste de cuentas concreto. Lo que encontramos es algo más interesante: una exploración satírica de las relaciones entre mérito, poder y reconocimiento.
A menudo la autora recurre al retrato individual. Algunas composiciones parecen inspiradas en figuras reconocibles, aunque cuidadosamente veladas. Son poemas que recuerdan la tradición de Marcial, maestro en el arte de retratar tipos humanos mediante unos pocos rasgos precisos. Así ocurre cuando leemos: “Ha trepado tanto en los últimos años / que ha debido escalar todos los ocho mil” (XXXIX), o cuando aparece aquel personaje cuyo principal mérito consiste en autoeditarse: “Lo bueno es que él mismo se autoedita / y no tienen que sufrir su acoso / los editores, aunque sí sus amigos” (XLI). La comicidad de estos textos descansa en una observación aguda del comportamiento humano. Más que individuos concretos –que alguno ciertamente se intuye–, representan patologías universales: la ambición desmedida, la necesidad de reconocimiento, el afán de figurar. Por eso funcionan incluso para lectores alejados del ámbito literario. Como muestra, unos versos que recuerdan a la famosa canción de Carly Simon, You’re so vain: “Más de una yo me sé / podría darse por aludida / Y por ser, la dama / ni es frígida, ni cobarde, ni estúpida” (XXXVII). Tan vanidosa que crees que este poema va por ti.
Uno de los blancos favoritos de Escolano es la proliferación indiscriminada de versos. El libro parece escrito desde una defensa exigente de la poesía, entendida no como mera producción textual sino como una forma rara y valiosa de conocimiento. De ahí preguntas tan sencillas y devastadoras como: “¿Cuántos versos malos vas a escribir este otoño?” (XXII). O afirmaciones tan contundentes como “Puesto que me gusta la Poesía, / o pocos poetas leo / y pocos me gustan” (XVII). Esta actitud entronca con una larga tradición de escritores que han defendido la necesidad de la exigencia estética frente a la abundancia. Uno piensa en Juan Ramón Jiménez, en Valéry o incluso en Cernuda cuando reclamaban una concepción rigurosa del oficio. La diferencia es que Escolano sustituye la gravedad por el humor. Donde otros pontifican, ella sonríe, incluso sobre sí misma: “Yo, en cambio, adoro / el voluminoso vicio literario” (XLIII).
Especialmente significativo resulta el epigrama que contrapone dos modelos de lectura: “mientras yo elijo a los clásicos, / tú te decantas por poetas YouTubers” (XX). El verso captura una tensión muy contemporánea entre tradición y cultura digital. No se trata únicamente de una crítica generacional. Lo que está en juego es una pregunta más amplia sobre la autoridad estética en tiempos de visibilidad masiva. ¿Quién decide hoy qué merece ser leído? ¿La calidad, el mercado, los algoritmos, la popularidad? Escolano no responde directamente, pero deja claro de qué lado se sitúan sus simpatías. La presencia de los clásicos constituye, de hecho, uno de los grandes aciertos del libro. No aparecen como reliquias académicas sino como interlocutores vivos. Marcial, Horacio, Catulo o Lucilio sobrevuelan estas páginas como modelos de libertad verbal. La autora dialoga con ellos desde el presente, consciente de que ciertas debilidades humanas apenas han cambiado. Los poetas continúan siendo vanidosos; los círculos literarios siguen generando rivalidades; los mecanismos de prestigio conservan una dosis considerable de arbitrariedad. Lo que cambian son los escenarios.
En ese sentido, Cincuenta epigramas posee algo de arqueología moral. Bajo las anécdotas contemporáneas aparecen las mismas pasiones que animaban la literatura latina: la envidia, la ambición, la soberbia, la impostura, el deseo de reconocimiento. Por eso la referencia clásica no resulta ornamental. Constituye el verdadero esqueleto del libro. Hay además una saludable irreverencia hacia la propia condición de escritor. “Escribes, luego no existes. / Publicas, luego no existes. / Puestos a no existir, / ni escribas ni publiques, / mejor guardar silencio” (XI). La inversión humorística del célebre cogito cartesiano encierra una intuición profunda. La escritura, lejos de garantizar una identidad sólida, puede convertirse en una forma de disolución. El poeta que busca desesperadamente existir mediante la publicación acaba revelando precisamente su fragilidad: “¡Ay!, si tú quisieras, yo podría / quitarte pájaros de la cabeza / y volverte un hombre normal, / que ni lee ni escribe versos / y solo se dedica a cosas productivas” (XLIX). Algo parecido sucede cuando las musas irrumpen para emitir una orden inesperada: “Las musas me visitaron anoche: / me han prohibido escribir epigramas” (XIII). El chiste funciona porque subvierte la imagen romántica de la inspiración. Las musas ya no impulsan la creación; intentan impedirla. El resultado es una divertida parodia de los tópicos literarios.
No faltan tampoco las reflexiones sobre la amistad y la lectura. “Mis amigos no leen mis poemas: / lo mejor para conservar la amistad” (XXXII). El verso resume con admirable economía una experiencia que muchos escritores reconocerán inmediatamente. Igual en este otro: “Me has pedido que lea tus poemas / y tenga la cortesía de escribir un prólogo /…/ ¿Cortesía, dices? ¡Tú quieres envenenarme!” (VIII). La literatura aparece aquí no como un territorio de unanimidad sino como un espacio donde el afecto y el juicio estético raras veces coinciden. Incluso cuando aborda cuestiones más espinosas, Escolano mantiene un equilibrio notable entre sarcasmo y ligereza. Así ocurre en “Te quejas de que solo te publican / en antologías de mujeres / –de altramuces, los llamo yo–. / No te quejes, querida /…/ Recuerda que hubo un tiempo / en que solo publicaban los percebes / y ninguno de ellos se quejaba” (XXV). Más allá de la broma, el texto apunta hacia los mecanismos de clasificación identitaria que atraviesan hoy buena parte del campo cultural. La autora se mueve en un terreno delicado, pero lo hace desde la ironía y no desde la consigna. Abundan los pescozones, dardos que atinan en la falta de consideración, incluso de las más elementales normas de cortesía: “Queremos comulgar contigo / pero no paras de dar hostias / a diestro y siniestro / como un buen Padre” (XXXVI). En este caso, con un inteligente uso del juego de palabras. O, tomando la revancha: “cansado de aceptar adulaciones, / he optado por no darle más las gracias”.
Tal vez el logro principal del libro consista precisamente en esa resistencia a convertirse en panfleto. En tiempos de opiniones enfáticas y alineamientos automáticos, Escolano reivindica la ambigüedad fértil de la sátira. Su objetivo no es ofrecer soluciones ni construir un programa estético. Prefiere observar, señalar y reír. Esa risa, sin embargo, no es superficial. Procede de una larga tradición humanista que entiende el humor como una forma de conocimiento. Reírse de las debilidades ajenas implica reconocer también las propias. De ahí la importancia de poemas como el XXVIII: “¿Qué poeta está libre de pecado?”. La pregunta resuena como una versión literaria del pasaje evangélico. Nadie queda completamente absuelto. Ni siquiera quien sostiene el látigo.
Al terminar la lectura queda la impresión de haber asistido a una conversación inteligente, divertida y deliberadamente incómoda sobre la literatura. No abundan hoy los libros capaces de ejercer la crítica sin solemnidad ni resentimiento. Cincuenta epigramas lo consigue gracias a una combinación poco frecuente de cultura clásica, humor, precisión verbal y sentido de la medida. Mercedes Escolano ha escrito un libro que recuerda una verdad elemental y quizá olvidada: la poesía también puede ser un ejercicio de lucidez festiva. Entre el vino y los clásicos, entre la carcajada y el aguijón, sus epigramas recuperan una tradición que parecía relegada a los márgenes y la devuelven al presente con una vitalidad sorprendente. Como las mejores sátiras, no nace del desprecio hacia la literatura, sino de un amor exigente hacia ella. Un amor que conoce demasiado bien sus grandezas para ignorar sus ridículos.