domingo, 14 de julio de 2024

Reseña de David Fueyo: ‘Gin contra la mala suerte’. BajAmar, 2019

 Federico García Lorca y Billie Holiday coinciden en Smalls Paradise una  sola vez, pero ninguno de los dos llegará jamás a saberlo


Cuaderno de Fuenteventura (2011), Mi primera colección de perdedores (2012), El espíritu de la escalera (2014), Ruido rosa (2017). Este Gin contra la mala suerte se compone de una serie de personajes con fondo de jazz. Podríamos decir que se basa en una estructura de monólogo dramático, con la circunstancias de la ambientación en el jazz clásico, el be bop principalmente. El título proviene de Cortázar, gran amante de este ambiente –debo reconocer que fue mi introductor en el género también–.

Acuse de recibo es el título de la primera parte que comienza con La banda se presenta: “En el cuarteto todos sonreíamos / en hermosas fotografías promocionales / mientras el tiempo se escapaba por el sumidero / de un calendario con más actuaciones que jornadas /…/ sobre el escenario jugamos a engañarnos / y nos sentimos invictos, / plenos, / elegidos, / necesarios”. En un símil cinematográfico, esta parte sería la del plano general que inicia el film, con los detalles del ambiente y el planteamiento de la historia: “y no hay comunión si no hay swing /…/ Todo ese ruido / es salvavidas: naufragio eterno” (La novia que se abandona todas las noches); “La música es solo una excusa / para reinvertarnos en la noche / y vestirnos con la piel de lobo” (Flaneur).

La segunda parte, Resolución, se adentra en algunos personajes, comenzando en el París de Rayuela: “nos enamoramos un poco más / del paraguas roto de la Maga” (El jazz de los enajenados). Este sería un plano medio, donde los argumentos comienzan a desarrollarse: “Creyendo viajes hacia la luz, en realidad, / peregrinamos cada momento / hacia nuestro propio fundido en negro” (Miss Prosperity). David Fueyo se mete dentro de los personajes con tanta eficacia como Bertrand Tavernier en Round Midnight, con la misma devoción que Clint Eastwood de Bird y la perspicacia psicológica de El perseguidor: “Enamorarme, / ella en primera fila. / Nunca la misma /…/ Terrible frío. / Después de la música / no queda nada” (Haikus jazz); “el ritmo de la vida no era más / que una carcajada de los dioses / provocada por nosotros mismo” (Perdido Street). Muchos de los poemas están situados en espacios concretos y en momentos históricos concretos, que, en el fondo, se hacen universales en los versos: “Nadie canta a la pena como yo. / Nadie tanta náusea por los días todos iguales / y ordenados en fila hacia la nada. / La nada, poeta nihilista. No. / Nadie es mejor impostor que yo” (La balada del desertor) o “Así brindamos, despreocupados, / dispuestos a pagar el precio / de la bala que nos ha de matar” (Blues de preguerra).

Prosecución es el momento donde los personajes toman el protagonismo, como Chet Baker (Chesney solo tocó. amó y se chutó. nada más), Sonny Rollins (“Todo resplandece más si escuchas a Sonny desde lejos”), Papa Jack (“Niños para los que la música fue su único consuelo / y ese músico negro su único papá. / Aquellos que con sus manos construyeron / la ciudad nueva, / aquella que nunca logró devastar el huracán”), Django Reinhart, Billie Holliday (Federico y Billie coinciden en Smalls Paradise una sola vez, pero ninguno de los dos llegará jamás a saberlo), Lester Young (“el maritiro eran campos de cerezas y rascacielos, / y el paraíso eran unas monedad para Caronte”, Manoir des Mes Reves) y muchos otros.

Me interesa sobre manera cómo trasciende de lo meramente jazzístico (como Emilio Calvo de Mora en sus aforismos, Un poco de swing, por favor, 2022), especialmente en las dos últimas partes, Cántico y Expiación, que poseen la parte más espiritual de este proceso del alma que cuenta David Fueyo: “Voy a hacer todo lo posible para ser digno de ti, / mariposas que revolotean directas desde el corazón. /…/ Todo el mundo debería amar con A love supreme / Todo el mundo debería morir escuchando A love supreme (9 de septiembre de 1954 en Englewood Cliffs). Todo este pasaje se corresponde con la mística que Coltrane supo inspirar en sus composiciones más profundas. Miles era “Un mago a la trompeta / calla tú y que hable el mal” (Out front). Y todo el jazz que crearon antes del cool es una Devoción: “El hombre / cegado por la luz / cree que Dios / respira a través de nosotros / y que el cielo / es algo parecido / a escuchar una voz, / esa voz, / bajo la lluvia”. El jazz, en el fondo, no es más que la vida en un ejemplo maravilloso: “Borracho de vivir / en esta improvisación / en la que sigo tocando / desafinado” (Improvisación). Recordemos el espíritu de Mingus en “Cuando llegue el infarto lo recibiré con un cigarro en la mano / acurrucado en el gin / y abrazado a mi viejo contrabajo” (Gin contra la mala suerte).

Por último, llega la Expiación: “Allá de donde somos / los que tenemos como única patria / esta noche / que nunca debería acabar” (Sacrificio). En esta parte se demuestra que la lírica puede ofrecer luz a las ansias más profundas del ser humano: “Cambia la dieta tóxica por un Dios, / el que sea, / y que el desconcierto / sea la verdad que nadie nos ha enseñado” (Revelación); “Esta pena es mi ofrenda” (Ofrenda). Con un lenguaje a medio camino entre lo religioso, lo místico y lo obsceno, se describen no solo el universo de estos músicos libres, sino que se trasciende a la condición humana: “Nos merecimos / follar con la eternidad; / somos los ángeles que sospechan que hay un cielo / en el que nadie baila” (Penitencia); “Cuántos remordimientos / para el sueño de los muertos / que algún día seremos. // Que algún día seremos, / si es que ya no lo somos” (Resurrección).

Un intenso volumen que se lee como narrativa y que se mueve con facilidad entre la reflexión y la filosofía de la vida sin contemplaciones:

“Y ahora somos más viejos

y el corazón ha encogido

y se ha encallecido

en un mundo que nunca entendimos,

en el que siempre hemos sido

tan solo un imitado molesto” (Reparación)

miércoles, 10 de julio de 2024

Reseña de Francisco Jota-Pérez: ‘Libro de mientes’. Ediciones Liliputienses 2023.


Nacido en Barcelona, novelista, ensayista, guionista, poeta y traductor. Entre sus libros de poesía tenemos Napalm Satori (2010), Mascara: Muerte: Roja (2012), SólidO-Celado (2018), Anamorfosis (2021), Luz simiente (2017) y ahora este desconcertante Libro de mientes. De nuevo tenemos un ejemplar que amplía el concepto de poesía mucho más allá del surrealismo y las vanguardias. Cualquier intento de poner un poco de claridad sería desvirtuar este intento de golpear a lo más profundo del entendimiento. Listas, tachones, relatos enloquecidos, despersonalización, experimental y caótico: “muerte entre amigos / aquí se detiene / solo antojo” (movimiento: muerta entre arrugas); “se la conoce por su traducción                contenida en el absceso y las fiebres”… Si bien es verdad que, en ocasiones, podemos entrever una coherencia narrativa, el funcionamiento de este artefacto consiste en aturdir, como en Movimiento bobina: “da / cuenta / extraña / del cielo / de cuentas / de espejo /…/ es bonita”. En otras ocasiones espigamos denuncias y descripciones, incluso tonos de ensayo “––Se empezaba a hablar de “mercados grises”, horas vaciadas en la misma medida en que perdíamos superficies, los intangibles lo eran todo” (genésico); “memoria y vida / ––llega Buenfuego, como cada año, lo que permite prototipar aquello de ti en el gigantesco acuerdo de les comunes, la artificialidad de los órganos de ficcionalización reproductiva ––trueque, luego sentimentalidad, luego erotismo, luego trueque de nuevo, luego pornografía, luego informática y aplicación estadística” (ejemplar Buenfuego).

La belleza de este poemario no consiste en encontrar frases para subrayar (“la rumiación como anestesia”), sino en dejarse llevar por lo fragmentario del discurso, como si atendiéramos en una lengua extraña de la que intuimos algunos vocablos: “refuerzo negativo con inmejorable resultado / va la cerca, salta ninguna banca / se derrumba el tejado / era de esperar” (televisión durmiente).

Francisco Jota-Pérez utiliza la ironía como disolvente (“La siguiente detención está patrocinada”) y cuela versos de lirismo casi convencional (“añorar la guarida/…/ tratar la melancolía”, hiperparásito; “te ofrecí el revuelo / te ofrecí / a un espacio ilusorio / el salto / en mi diario mir-asentir / entre tercios”. revuelo, dilatación). El lenguaje se retuerce como una serpiente que quisiera escapar de una jaula: “vengan el desvanecimiento no cantado y la disipación mórbida / que venga la estrofa no cantada y el tesón como de hortelano” (hortelano). Y quizás sean las referencias a lo natural lo que se contrapone como verdadero en este caos de simulacros: “Habrá una carretera flanqueada de rosales salvajes entre cuyas hojas moradas miradas indiscretas”; “Habrá una formación nubosa como una fina (escritura, desapego)” (paisajes habitacionales).

Desconfía de la política convencional (“dar forma al arma / con la destructividad de las mayorías”, Nod) tanto como de la misma escritura (“con la fiebre, la rima –monstruos y galletas / microlitos para una serie de ecologías temporales”, esferas Dyson) o de la propia resistencia (“es el silencio lo que no se crea ni se destruye / y su ciclo negro abandona y recoge desde la ausencia”, in loco parentis). Los textos se van añadiendo en un todo enloquecido, urgente: “ay, mi secretero / dadme el posar de la pólvora en el lugar vacante de uno de mis muchos padres”.

Francisco Jota-Pérez no juega con el malditismo, aunque es, sin duda, un outsider en el panorama patrio. Si aplicamos un microscopio apreciamos los recursos tanto fónicos como conceptuales, sus referencias a los ámbitos fuera de la poesía, su compromiso con la radicalidad y su desconfianza de los sentidos: “consideraremos la erosión como un invento del tacto que se naturaliza y coincide consigo, contigo y conmigo, nos bruñe” (progresa en términos netos); “inclinarse a la perfección, / frustrarse por ello, porque la técnica / es una ristra de decisiones a la espera de que alguna conlleve un resultado (framåt, retablo) “tomar la parte del vampiro como la vez”.

Su estilo tiene que ver con la poesía (“velar la calle con la metáfora de un nirvana”) y con el ensayo, en el sentido académico de la palabra y en el convencional de prueba y error: “¿qué mide la autenticidad si no se resulta / más que actor, más que actriz, más que la horma?”. Y si en ocasiones leemos declaraciones contundentes (“Admite lo que hay por el hecho de estar ahí / Cifra el realismo hasta empujarlo a lo kitsch” (Vacua), lo maravilloso está en la selva psicodélica del encaje de cada texto: “la belleza debería radicar en, y sucumbir a, la mayor exigencia…. / y dejar, por tu guerra y mis ganas, la densidad del secreto”.

Libro de mientes es una denuncia desde dentro del simulacro, una experimentación casi inasible de lo incomprensible, de lo que atenaza, de lo que se va infiltrando a través de las palabras y las imágenes. No puede negar participar de la estirpe de Burroughs y otros poetas alucinados como en ocasiones Panero, Chantal Maillard o incluso algunos retazos de Mario Obrero o Javier Corcobado. Toma, si acaso, la función de un chamán que habla entre sueños. No se aprovecha de las alegorías, no juega con las metáforas, va acercándose con un bisturí preciso que igual corta que acumula los residuos de términos, palabras, frases, estados de conciencia. Abiertas quedan a las interpretaciones en una apelación urgente al lector sin imponer unas reglas o una dirección en la que mirar.

domingo, 7 de julio de 2024

Reseña de Carlos Roberto Gómez Beras: ‘La espina que florece’. Isla Negra Editores. 2023

 


El dominicano renacido puertoricense Carlos Roberto Gómez Beras lleva a cabo un aingente labor como catedrático, editor y poeta. Además de múltiples menciones y premios lleva publicados: La paloma de la plusvalía y otros poemas para empedernidos (1996), Aún (2007), Utánad (2008), Sobre la piel del agua (2011), Árbol (2017) Sólo el naufragio (2018) y Un largo suspiro (2021). Ahora nos propone un acercamiento espiritual en el que la poesía funciona como parte del rito y como parte de la meditación. Cielo es la primera sección donde se presenta esa espina: “Dios trabaja para otros /…/ y donde todo se ha roto / vuelve a ser una sola cosa / intocada, sin tiempo, / como una rosa en un poema” (Sueño). Así pone en marcha una constelación de referencias y evocaciones para luego reflexionar sobre el deus absconditus, tema tan querido a la mística: “Dios se ha olvidado de mí. /…/ El olvido es una muerte / que nos mantiene vivos” (Olvido); “Dios habla en silencio / pero el hombre, inseguro, /…/ lo busca en la lengua / que dice, que nombra / para repetir lo mismo / como espumas vacías / en una boca huérfana”.

La búsqueda de lo divino no queda sino en lo más cotidiano, no en lo inasible de las alturas, “Dios no está en el cielo sino a la altura de tus rodillas”. Carlos Roberto Gómez nos propone una búsqueda a través de las palabras, que tanto han jugado en la tradición de las religiones del Libro: “Por eso decir es siempre un oficio ingrato / por eso Dios nos legó las palabras / por eso Dios habla sin lenguajes / para no equivocarse” (Lenguaje).

Ni siquiera es necesario entender este Dios al que se refieren los versos como uno propio de una religión. Dios puede ser esa energía creadora, esa fuerza poética que acompaña al hombre: “En el desierto de la página en blanco / caen las letras de tu nombre. / Solo Dios escuchará tu monólogo” (Dios). Y que es fundamental para afrontar la dureza y el sufrimiento, por eso hay que mirar hacia el dolor con la mirada de quien está delante de Dios: “El dolor es antesala a lo que permanece. / El deseo es la fruta rancia que apetecemos” (Recuerdo). El lirismo místico siempre es una garantía de belleza y profundidad que se eleva: “Ven, siembra esta espina, / una luz nueva cegará el ocaso” (Milagro).

Axis es el título para la parte central en la que las relaciones, el amor, adquieren protagonismo: “Nada es más importante que el amor, / ni siquiera la verdad” (Amor). No solo en el sentido de un hombre y una mujer frente al deseo, es una reflexión mucho más amplia de la dialéctica entre dos seres: “Mucho antes que el hombre, / la mujer descubrió el mar” (Eva). El tú del poema puede entenderse como una conversación del él con ella, pero también puede ser, como en la poesía mística que Él  y Ella sean trascendentes: “Por eso me asomo, temblando de dicha, / a los bebederos de tus pupilos / cada vez que me miras y regreso” (Vida); “Nacemos y morimos en el otoño. / Tu sonrisa es mi primavera” (Otoño). No es imprescindible, siquiera, decidirlo en cada poema y jugar con la ambigüedad de significados: “Este poema no es tuyo (ni es mío) / es la muerte sin fondo / como todo lo que hacemos en la vida” (Poema). El Milagro 2 así lo propone: “Nacer con uno es travesía. / Vivir con otro es horizonte. / Morir para volver a la vida”.

La contraposición del Hombre con Dios es la del desconocimiento y la incertidumbre con la sabiduría, la del ser arrojado al mundo, lleno de dudas y de frío: “Tú me vislumbras como hombre afiebrado / que busca entre pliegues tus humedades. / Yo me presiento ser el niño huérfano” (Misterio). Esa desgarradora sensación de soledad es la que clama el poeta en esta fase del camino: “Por eso no te culpo por olvidar / nuestros mejores quejidos y silencios, / Dios tampoco los recuerda” (Urgencias).

Y, después, confirma la manera de entender a Dios en cada momento y acción, en cada acontecimiento: “Cuando tú me leas, lavas mis pies calladamente” (Huellas). Porque “Solo quiero quedar aquí de rodillas / aferrado al anillo argento de tu cintura. / Eres el axis del mundo” (Axis).

La última parte es la titulada Tierra. Es la más cotidiana, la que amarra los pies frente a las alturas, al continuo afán: “Regresar a tareas / de canes, ovejas y niños” (Camino). Es un afán de cuestionarse, de dudar y avanzar en la existencia: “Inventamos nuestras preguntas / para que nos guíen a través del único camino posible / entre el amor y la duda” (Hito); “Secreto, mano y verso para un hombre; / sendas, pájaro y luz para un niño en un pesebre” (Nana). Una búsqueda de consuelo: “Desde el otro lado de la sala / una fotografía me lía / su sonrisa con fe me acurruca” (Réquiem). Dicho de otra forma, de necesidad de “Una luz para ser luz” (Luz).

El poeta reconoce la finitud (“Nada es poco ante el vacío que viene después de un intento”, Nada), pero siempre alberga la esperanza: “Renacemos cada instante cuando intuimos / que es cada aspiración irremediable le sigue / una exhalación inaudita y sin espejo” (Milagro 3). Y no se encuentra otra manera que la paradoja: “¿Quién puede decirme / cómo es este oficio de contemplar / lo que se marcha hacia la pérdida / si soy el destino de lo que no regresa?” (Premios). Especialmente cuando es uno el que debe entenderse con lo incognoscible: “Es muy duro ser el editor de Dios y de sus intentos” (Apócrifo). Por eso no es posible describirlo si no es con un oxímoron, una imposibilidad, una herida: “persigue el misterio / de la herida que no clausura / de la misa que no redime / del milagro que no cesa” (Oficio); “Espina que intuye el último pétalo” (Carne).

Carlos Roberto Gómez deja para los últimos poemas la referencia más emotiva: “Mi madre muerta / ahora canta /…/ pero ella sigue con la lira / vibrando en su pecho / como si nunca muriera” (Sueño); “y mi madre muerta me dijo: / Ven, abrázame y vuela” (Bosque). Como si todo este canto fuera la metáfora de la espina de la que brota la luz, que es incomprensible en el afán de asirse: “Hemos perdido el tiempo / para oír la hoja caer desde su paraíso” (Oráculo); “Lo que el cerebro extraña, el corazón lo atrapa” (Memorias). Bien afirma que “Lo sagrado está dentro y fuera de las palabras. / Tú que contemplas eres el tempo y su silencio” (Templo). Y termina este intenso poemario con el punto de partida, con la metáfora de lo que somos en el fondo, la inmadurez que camina dando tumbos: “En la noche de la vida / el cuerpo busca el alma. / Sus pasos se extravían / entre el deseo y el pudor / como un hambriento niño ciego” (Lanterna).

miércoles, 3 de julio de 2024

Reseña de María Marín: ‘Lo que se hunde’. Ed. Liliputienses. 2024

 María Marín: Lo que se hunde


Lo que se hunde es el tercer poemario de María Marín tras El desafortunado intento (Boria, 2018) y Mover de sitio los espejos (Colectivo Iletrados, 2022). A partir de un núcleo temático, se agrupa una cautivadora colección de poemas, a veces muy sutiles, otras veces más conversacionales para explorar los rincones más íntimos, más oscuros. Ahonda, nunca mejor dicho, en las emociones y las experiencias vitales menos luminosas, en cierta manera: “si yo cierro ahora estos ojos, // pararé el mundo en este instante, / y se enmarcará el fotograma para / siempre y desde entonces y // no habrá nada más que esta imagen / que solo ve estos ojos / que ahora cierro”. Así da comienzo este poemario.

Desde este primer poema, María Marín establece un tono emocionalmente resonante que se mantiene a lo largo de todo el libro. Sus versos, llenos de imágenes vívidas y sentimientos auténticos, nos invitan a una reflexión profunda sobre la naturaleza de la pérdida y la búsqueda constante de significado. Dividido en tres partes, Nivel del mar, Inmersión y El fondo gradúa la emoción por la profundidad.

A la primera parte pertenecen estos versos iniciales: “Nadar en el agua / quedar suspendidos en ella, / es lo más parecido / que tendremos nunca / a parar el tiempo, / lo más parecido / que tendremos nunca / a volar. // Aunque el agua sea negra / y nosotros estemos ya / muy cerca del fondo”. Que se contraponen a desgarradores lamentos: “Dime, mamá, que mirarás si te llamo”. Uno de los aspectos más destacados de Lo que se hunde es la forma en que la autora maneja el lenguaje. Su uso de metáforas y símbolos es notable por lo concreto del campo semántico elegido, creando una rica textura que añade múltiples capas de interpretación a cada poema. La imagen del mar como un símbolo recurrente de la eternidad y la transición, así como de la parte menos conocida de lo íntimo.

Como decíamos, Inmersión es la segunda sección, que ocupa la mayor parte del volumen. Retoma Mover de sitio los espejos: “No me gusta mover de sitio / los espejos. / Lo que se refleja dentro / tiene también que moverse /…/ Pero es peor taparlos, / mucho peor”. Hay, por supuesto, ecos de Pizarnik o de Sylvia Plath: “Algún día pasará: / se abrirán las puertas, / el bosque no dejará entrar /…/ un manto de flores acogerá mi cuerpo / y lo pintará de brillante carmín y / desde el cielo de la noche me verás / la estrellas, y me devolverán la sonrisa /…/ al fin sobre el descanso, / por y para siempre, / de las flores rojas”. La desolación en la que nos introduce poco a poco la autora: “Nadie entrará, pero ahora tú también / estás a oscuras”; “La oscuridad no sabes dónde termina. / siente el suelo sosteniendo tu cuerpo /…/ El silencio hacen la oscuridad más infinita”. Lo que se hunde no es solo una exploración de emociones personales; también aborda temas universales como la naturaleza, el paso del tiempo y la espiritualidad. En cierta forma, la autora reflexiona sobre la conexión entre el ser humano y el mundo natural, ofreciendo una perspectiva introspectiva que invita a la contemplación.

María Marín demuestra una notable capacidad para conectar a nivel emocional,  explorando la complejidad de las relaciones humanas con una honestidad y una vulnerabilidad que son profundamente conmovedoras. Destacan no solo por su belleza literaria, sino también por su capacidad para resonar con las experiencias universales de la vida: “Como en un barco antiguo, / hundido hace siglos en algún / instante fuera del tiempo, / carcomido y cubierto de otras muertes, / reflota un cuerpo ahogado, / y devuélvelo a la vida / después del naufragio”. son gritos en voz baja, que reclaman: “No saldré nunca de aquí. / No quiero /…/ Todo lo que necesito lo tengo dentro /…/ Todas las que quieran / ya estás aquí dentro, / conmigo”; “Yo nací muerto. / Muestra clínicamente. / La reanimación dura / lo que dura un parpadeo / o una vida, una explosión /…/ Lo que vino después fue un sueño / algo parecido a esa otra cosa / que debo ser vivir” (Lo que dura un parpadeo).

La complejidad de las relaciones en un mundo donde no somos capaces de alcanzar la verdad íntima del otro, donde no somos capaces de entender lo efímero: “Que a veces la luz / impide ver el fondo, / que a veces todo / se ve mejor a oscuras”; “El mundo es demasiado ruidoso / para mí. / Solo quiero que se callen”; “Que si algo sé de mí / es que nunca sabré nada importante. / No hasta volver a encontrase / fuerte al espejo / y ver dentro del llano o/ algo que rotundamente diga: «tranquila, estás en casa»”. Expresa la profundidad como una perspectiva de desolación de desconfianza, de necesidad de huida: “Hablarás del mundo como si existiera /…/ Y yo quisiera certezas y las ganas y / hablar del mundo / hablar de la vida o del amor / aunque no existen”; “Y no ser jamás nada / salvo un charco de agua negra / sobre el que se refleja / los fantasmas cuando llueve”. La necesidad de desaparecer descrita de manera rotunda en el poema que da título al libro: “Lo que se hunde tiene otra naturaleza /…/ Lo que se hunde disfruta la caída / –el hundimiento. / El viaje hasta abajo /…/ Pero lo que se hunde / ya no puede volver atrás / lo que se hunde / también termina / por ahogarse” (Lo que se hunde).

Por último, en El fondo, se describen las consecuencias de esta profundidad emocional: “Pero qué parte si no hay quién quiera oír, / si tampoco si alguien se abrazaría / a un cuerpo muerto, / si tampoco sé si quiero / que me encuentren”. En el balance se vuelve la vista atrás, aunque “La memoria es un sitio peligroso. / Y pensar es muy desordenado”. Recuerdos muy intensos de la infancia (“Mamá, no puedo dormir, / cuéntame un cuento, dime /…/ pero no me despiertes, / no me despiertes”) conducen al desamparo más absoluto, como Alfonsina Storni o Virginia Woolf: “Llevadme al mar. / Ya he llenado de piedras / mis bolsillos”.

Lo que se hunde es una obra que destaca por su belleza literaria pero sobre todo por su capacidad para elegir imágenes de gran profundidad emocional. María Marín no pretende deleitar con su estilo y su técnica, sino invitar a un naufragio revelador del alma humana: “cada mañana y todas las noches, / me digo: “no dejes que se rompa, / no dejes que se rompa”, // y apago las luces”.