
Tras Una sombra en la penumbra (La isla de Siltolá, 2014), Mª Ángeles Robles vuelve a adentrarse en un Paisaje interior, que no es otro sino el inspirado por la cultura japonesa más esencial. Entrar en estas páginas es como caminar por un territorio que se reconoce y, sin embargo, sabe nuevo. Más que una serie de postales exóticas, es una manera pausada de mirar, de contemplar desde lo más profundo. Desde el inicio se nos advierte: “La senda que cruzas ya no es la misma. Ahora es nuevo el manto que nos tiende ante nuestros pasos inseguros” (Haru). No hay aquí ingenuidad ni retorno a una naturaleza idealizada. Lo que se abre es un espacio íntimo, una topografía del sentir donde cada imagen parece escrita después de haber sido vivida, o quizá después de haber sido perdida. Porque, como se nos dice sin rodeos, “No hay candor en este prado sin nombre”.
Este libro, como una joya, se mueve en una tensión constante entre la belleza y su desgaste, entre el deseo de permanecer y la certeza de la fugacidad. En ese vaivén, la voz poética asume una madurez que no necesita levantar la voz. Hay una conciencia clara de lo que ya no puede recuperarse: “Ya no te culpo de los días felices / que se perdieron / entre la hierba alta, / ocultos tras la niebla” (Aware). El reproche ha sido superado; queda, en su lugar, una mirada que acepta la pérdida como parte constitutiva de la experiencia. Esta actitud recuerda, por momentos, la serenidad amarga de Cernuda o ciertos pasajes de la poesía tardía de Claudio Rodríguez, donde la claridad no elimina la herida, pero la hace habitable. Los caminos entre oriente y occidente se entrecruzan.
El amor, cuando aparece, lo hace siempre atravesado por la memoria y por una extraña sensación de irrealidad. “El cielo limpio de tus ojos. La flor del beso demorado (…) En qué antiguo sueño se olvidaron las palabras que un día nos dijimos” (Abismo). No es un amor narrado desde el presente, sino desde un después que ya sabe que incluso los gestos más luminosos estaban destinados a volverse recuerdo. El libro se pregunta constantemente por el sentido de esa persistencia: ¿por qué seguimos regresando a lo que fue?, ¿por qué insistimos en escuchar promesas que sabemos frágiles? En uno de los textos más reveladores se afirma: “Impasible, el tiempo se detiene un instante en la escueta pureza de la retama. (…) ¿Y ese pájaro que canta bajo la lluvia, qué anuncia? Hoy no quieres escucharlo. Su promesa de vida desata tus anhelos. Ya no quieres desear. La esperanza es un árbol hueco” (Promesas).
Esta desconfianza hacia la esperanza recorre el libro como un murmullo persistente. No se trata de cinismo, sino de una lucidez que ha aprendido a desconfiar del exceso de luz. “No dejes que la luz confunda tus anhelos. No te dejes deslumbrar por el sol de los días felices. Entre las sombras se esconde la verdad desnuda, la desazón, el desconcierto” (Noche). Aquí la noche no es solo un espacio simbólico, sino una forma de conocimiento. Como en la mística negativa o en ciertos poemas de José Ángel Valente, la verdad aparece cuando el brillo se apaga y deja ver lo esencial. La identidad misma se percibe como algo erosionado por el tiempo. “Has nacido para el olvido. Para que el verano borre la llama con que alumbras las mañanas resplandecientes, las tardes soñolientas. Tú existes al abrigo de una vaga esperanza” (Amanecer). Esta conciencia de provisionalidad se condensa en imágenes mínimas, casi aforísticas: “Lo que nos queda. / Un puñado de arena, / que el sol calienta” (Duermevela). No hay dramatismo excesivo; hay, más bien, una aceptación serena de la escasez.
El pasado, como el conocimiento verdadero, no es un refugio, sino un territorio ambiguo, lleno de contradicciones: “Odias lo que no entiendes, detestas lo que comprendes. No es fácil ser un pájaro suelto al vaivén caprichoso del viento” (Pasado). Aun así, algo permanece, aunque sea solo “al menos un instante”, porque “Todo es canto y todo permanece” (Nubes). Ese instante, sin embargo, suele ir acompañado de sombras: “Viejos fantasmas. / Y en el fondo del vaso / brillantes tus ojos” (Más allá). La imagen es poderosa: la memoria como reflejo, como algo que aparece al fondo, deformado, pero aún luminoso.
Uno de los ejes más intensos del libro es la reflexión sobre el tiempo, asociado de manera recurrente a las estaciones y, especialmente, al verano. Lejos de ser una celebración vitalista, aquí se afirma sin ambages que “el verano es la muerte. El joven cadáver de la primavera crece, madura en su belleza hasta deshacerse en ceniza de oro que el cielo esparce en el campo quieto” (Verano). Esta visión entronca con una tradición simbólica que no solo se encuentra en los haikus japoneses, siento en aquellos poemas donde la belleza está siempre al borde de su extinción. El sonido, el latido, aparece como una forma de regreso a un origen incierto: “LATIDO. El eco de la renuncia enciende la tarde. El tañer de la campana nos devuelve a lo que fuimos cuando aún no éramos nada” (Sonidos). Hay aquí una intuición casi metafísica: el tiempo no avanza solo hacia adelante, sino que vibra, resuena, vuelve. Y, en medio de esa vibración, aún es posible el encuentro: “Porque en mitad de la calle puedo verte y que me abraces. Por eso el brillo, la luz de la mañana, los días claros” (Abrazos). Estos momentos no cancelan la melancolía, pero la iluminan fugazmente.
La escritura de Mª Ángeles Robles se caracteriza por una gran delicadeza en las imágenes. Basta un verso como “Tu mano, diminuta flor esclarecida. Mis pensamientos, libélulas negras entre las cañas” (Flor de agua) para percibir una afinidad con la poesía oriental, donde lo natural no es decorativo, sino revelador. No es casual que aparezcan referencias explícitas a ese imaginario: “El tiempo es agua que quema” (Rosa de nieve), y más adelante, en ese hermoso pasaje donde se dice: “Cómo extrañas lo que no ha sucedido. Cómo esperas que se derrita la nieve al calor de sus manos. Flor y nieve. Alga oscura. Niebla en tu pecho. A solas, tus pensamientos a la deriva son el lodo de un estanque sin fondo en el que crecen algas oscuras que envenenan la noche” (Rosa de nieve).
Aquí el deseo se dirige incluso hacia lo que nunca ocurrió, hacia una posibilidad no vivida que pesa tanto como la experiencia real. Esa tensión conduce a una ética del movimiento: “Ese viaje sin tiempo. Este querer encontrarte en lo único que dura, es lo único que cambia. No esperes ante el abismo. Un solo paso en la espesura, después otro” (Centro). El centro no es un lugar fijo, sino una búsqueda constante. En Ukiyo-E se concentra esta poética de lo efímero: “En el atlas pequeño de tus manos, mi ofrenda” y “En esta habitación, mundo pequeño, solo caben dos como nosotros. Nos sobra la pasión y no hay desvelos”. El mundo flotante, como en la tradición japonesa, se define por su fragilidad y su intensidad. Todo cabe en un gesto, en un espacio mínimo.
El poema que da título al libro lo resume con una claridad conmovedora: “para qué la belleza melancólica de tus colores vivos. Eres la luz. El calor tibio de la tarde. El perfume indescifrable del día que termina” (Paisaje interior). El paisaje interior no es otro que ese instante en que la belleza y la pérdida se confunden. Y, finalmente, llega la despedida: “El viento se detiene para oír tu respiración. Y sobre tu cuerpo desnudo la sombra del bambú escribe mi poema de despedida”.
El libro dialoga explícitamente con la tradición japonesa, no como simple homenaje, sino como afinidad profunda. “De madrugada se despertó sobresaltado por el canto insistente de un pájaro. No supo identificarlo. Todo había acabado” (Al modo de Murasaki Shijulov). Y, al modo de los inventarios de Sei Shônagon, aparecen esas pequeñas listas que condensan una filosofía de lo cotidiano: las cosas insidiosas como “Buscar por todas partes una vieja carta. Encontrarla y que no diga exactamente lo que recordaba” o las que no se olvidan “el primer beso, una mañana fría con pájaros que volaban rozando el horizonte. La despedida. No quería mirarte y tú insistías” (Al modo de Sei Shônagon).
Paisaje interior es, en definitiva, un libro que no pretende consolar, sino acompañar. Un libro que sabe que todo pasa, pero que aun así se detiene a mirar, a escuchar, a nombrar. En ese gesto humilde y persistente reside su fuerza: en recordarnos que, aunque el tiempo sea “agua que quema”, todavía podemos beber de él mientras nos atraviesa.
