El caso de Leticia González es singular en muchos sentidos. Nació en Las Palmas, pero ha desarrollado su trayectoria vital y profesional en Asturias. De hecho, este libro nos sitúa en antecedentes de por qué y cómo se realizó esa transmutación. Laboralmente tuvo que agarrar multitud de oficios, como el de camarera. Se graduó en Técnico Superior Deportivo, Docencia de la FP para el empleo y Diseño Gráfico. Se presenta como promotora de igualdad y, aunque lleva escribiendo desde la temprana adolescencia, la conocí como ilustradora. Personalmente siempre le estaré agradecido. Ella fue la encargada de diseñar la portada de mi poemario, como muchos en la labor que hace para la editorial BajAmar, a la que dota de una identidad gráfica singular y reconocible. A través de Piesenlaluna Diseño Gráfico e Ilustración, podemos acercarnos a su universo plástico rico y comprometido. También en el muy recomendable libro de autor, Mujeres (2023). Y, por supuesto, se encarga de maquetar e ilustrar este volumen de relatos.
En estos cincuenta y siete relatos, hasta cierto punto independientes, podemos recrearnos en la memoria vivencial. En especial los que se refieren a la infancia, adolescencia y la juventud. Están situados en el pueblo de Condao (Laviana), que se convierte en Llandellana, como la Mágina de Muñoz Molina. Así cobran protagonismo figuras familiares, la madre, abuela, sus tíos… Más que un ajuste de cuentas con el pasado, son relatos que sirven para comprenderse una misma, para reflexionar desde la distancia, con más comprensión que rencor, sobre acontecimientos, situaciones, experiencias que han marcado de manera tremendamente dura en ocasiones
Mi historia era única. Sencillamente rara y única. (p. 25)
Resulta igualmente interesante la estructura fragmentaria de la obra. Los relatos funcionan como pequeñas piezas de un mosaico mayor donde cada episodio aporta una nueva perspectiva sobre la narradora y su entorno. Esa construcción dispersa, aparentemente sencilla, termina generando una gran coherencia emocional. El lector avanza como quien abre cajas de recuerdos: algunas contienen ternura, otras violencia, otras humor o desconcierto. Y precisamente esa mezcla de tonos evita que el libro caiga en el victimismo o en la autocomplacencia. Incluso en los pasajes más dolorosos aparece una ironía contenida, una lucidez que impide el sentimentalismo fácil. Se distinguen, sin duda, relatos con otro enfoque, más reflexivo, más de análisis de la actualidad, de estos tiempos inciertos.
Necesito aclarar que el hecho de que me sienta orgullosa de mis raíces, no impide que vea los errores que cometimos de manera individual (aludo concretamente a los míos), al amparo de una sociedad poco evolucionada, cuando no incapacitada en materia de salud mental. (p. 122)
La mirada de Leticia González procura ser, más que serena, ecuánime. Pero en ningún momento estoica o fría, al contrario, los sentimientos son los que mandan en los relatos. El hecho de tratar sin dramatismos, con naturalidad, como ella ha dicho en alguna ocasión, el lado salvaje del ser humano, sin embargo, evita el cuestionamiento moral, el puritanismo. Especialmente significativo es el capítulo en el que aborda el tema de las primeras borracheras, o las relaciones afectivo-sexuales. No rehúye la autora temas más delicados como el maltrato (animal y humano), las adicciones, en especial el alcoholismo, o la enfermedad mental y los cuidados. En este sentido es un libro valiente, honesto que no tiñe de nostalgia dulce el pasado.
Lo cierto es que a mí me reconforta saber que no existe nada ni nadie superior, omnipresente, omnipotente y tan cruel como para permitir, con su inacción, ya no las injusticias que se suceden en el mundo, sino la injusticia que, frente al resto de especies y a la propia naturaleza, supone en sí misma nuestra mera existencia.
Me reconforta saber que estamos solos y que todo, absolutamente todo, se rige por una sucesión de pequeños azares…
Otro aspecto destacable es la habilidad de la autora para fijar atmósferas. Hay páginas donde el paisaje asturiano adquiere casi una dimensión moral, no como simple decorado, sino como un espacio vivo que condiciona la memoria y el carácter de quienes lo habitan. La humedad de las casas, el frío, los caminos, los animales, el ritmo de las estaciones o el aislamiento de algunos núcleos rurales terminan funcionando como una prolongación emocional de los personajes. Esa relación con el territorio conecta el libro con una tradición literaria muy reconocible del norte peninsular, aunque Leticia González evita siempre cualquier idealización folclórica o costumbrista. Su mirada no romantiza la pobreza ni la dureza de ciertas dinámicas familiares; al contrario, las muestra con crudeza, pero también con una enorme capacidad de comprensión humana. Hay momentos de especial emotividad, como el que relata la muerte de su madre, o la rabia ante la mutilación gratuita de animales. No es de extrañar en una activista del ecologismo (y del feminismo).
Más allá de la curiosidad morbosa que pudieran despertar los “raros” y el habitual secretismo que rodea su vida –estos asuntos se quedan en casa–, a nadie le interesaban los detalles relativos a la convivencia con aquellos. De puertas para afuera, de hecho, muy pocos sabían que Antón se pasaba los días, los meses, los años, sin salir de su habitación, que únicamente bajaba a las estancias comunes para comer y lo hacía tras haberse asegurado de que ninguno de nosotros anduviésemos cerca. (pag. 99)
En cierta forma Leticia González, en estos Catorce peldaños de madera (los que tenía su casa infantil), asume que lo personal es político. Y que lo político no son sermones ni discursos vacíos. Se construye desde lo cotidiano, el compromiso más esencial, el día a día.
No tardé, eso sí, en echar de menos el abrupto cambio de las estaciones en el valle. Y a las golondrinas de abril anunciando el lento deshielo en la peña. Los témpanos derritiéndose calmos del alero de algún hórreo. Los regueros y las láminas de cristal que se formaban las noches de helada sobre los charcos. El verdín del caño en la fuente y en la cara umbría de los muros que flanqueaban los caminos. El perfume de mimosa e higos de la braña al chirrido de los grillos. El silbido del viento las cálidas tardes de noviembre, el rastro que dejaban los animales a su paso. (Pág. 149)
Su estilo es cuidado, sin alardes, casi sobrio, pero está dotado de gran expresividad en su contención. Pudiera servir de alguna forma para ayudar a concienciar. Publicaciones como esta no solo abren una ventana a la memoria personal o familiar, son proyectos enfocados hacia el futuro. Primero porque no hay que dar pasos atrás, que ese mundo ya lo conocimos y decidimos evitarlo. Y en segundo lugar, porque alerta de algunos rumbos peligrosos. Esta labor constante la comprobamos también en sus publicaciones en redes sociales, donde, sin perder el humor, no deja de señalar con mano firme aquellos desmanes que nos aturden en estos tiempos. La empatía que sentimos ante estas viñetas nos acercan a ser más humanos. La indignación que despiertan las reflexiones nos alertan de las trampas de lo que se cuela en lo cotidiano.
Se atreverán a aleccionarme con su monserga paternalista porque ignoran que he vivido la dicha absoluta, inenarrable de la primera succión de un hijo recién parido aferrado al pecho con la fuerza inusitada de quien apenas lleva unos minutos en el mundo y todo lo puede.
Porque ignoran que he vivido la absoluta devastación, el espanto al ser consciente del último hálito y parpadeo de una madre que se aleja asida a tu mano.
¡A mí van a darme lecciones de vida!; he experimentado la vida en toda su dimensión. Todo cuanto existe entre gestar a un hijo y velar el cuerpo frío, rígido de una madre muerta es en definitiva la vida. (pág. 261)
Uno de los mayores aciertos de Catorce peldaños de madera reside en su capacidad para convertir la experiencia individual en un retrato colectivo de toda una generación. Aunque Leticia González parte de episodios íntimos y concretos, el lector reconoce rápidamente escenarios emocionales comunes: la dureza de determinados entornos rurales y obreros, la educación sentimental marcada por silencios familiares, la precariedad laboral, las contradicciones de una sociedad que presumía de modernidad mientras seguía arrastrando inercias profundamente conservadoras. Ahí radica buena parte de la fuerza del libro. No pretende construir una épica personal ni una biografía ejemplarizante, sino mostrar cómo la identidad se va conformando entre heridas, afectos, contradicciones y resistencias cotidianas. Es interesante cómo ya empiezan a aparecer memorias situadas en la democracia. Ya no se trata de remontarse demasiado atrás en el tiempo, en los años de penurias de la posguerra, o en los tópicos de la época gris del franquismo. Durante los años ochenta se vivieron momentos durísimos, no porque específicamente una familia concreta lo pasara mal. Fueron años muy difíciles, donde el oropel de la televisión procuraba ocultar una realidad en transformación que no terminaba de acabar con los monstruos del pasado.
No soy una ilustradora paciente. Tampoco presumo de trazo rápido y limpio, no vayan a creer. Soy, en definitiva, una ilustradora del montón que adolece, entre otros y sobre todo, de calma y temple. Por eso, cuando una narrativa “se me hace bola”, justo un segundo antes de alcanzar lo soportable para no tirar la toalla, me encomiendo a los años que viví con Abuela en el número 26 de Llandellana y su a bendita paciencia. (pág. 103)
También merece subrayarse la importancia que adquiere la memoria femenina dentro del libro. Las mujeres —madres, abuelas, vecinas, amigas— sostienen buena parte del universo narrativo. Son figuras atravesadas muchas veces por el sacrificio, la renuncia y el agotamiento, pero también por una resistencia silenciosa que estructura la vida cotidiana. Leticia González las observa desde la admiración, aunque sin convertirlas en figuras idealizadas. Hay cansancio, frustración y contradicciones, pero también dignidad. En ese sentido, Catorce peldaños de madera puede leerse como una reivindicación de todas esas vidas anónimas que rara vez ocupan el centro de los relatos oficiales. Tampoco debemos entender los relatos como una sucesión de tragedias y dramas, hay momentos divertidos y felices, tiernos, donde los afectos mandan. Son todos ellos arriesgados, muy valientes, porque hay que tener coraje para desnudarse de manera íntima con naturalidad como lo hace Leticia González. Es precisamente esa manera de enfocar los relatos lo que dota de originalidad a esta obra en cierta forma miscelánea. Imagen y palabras, tristeza y alegría, tragedia y felicidad, diversión y denuncia.
Catorce peldaños de madera deja la sensación de estar escrito desde una necesidad auténtica. No hay artificio ni voluntad de impostar una voz literaria. Todo parece surgir de una urgencia por comprender y ordenar la experiencia vivida. Quizá por eso estos relatos logran interpelar al lector con tanta intensidad: porque detrás de cada página se percibe una honestidad poco frecuente, una escritura que no busca deslumbrar, sino compartir verdad. Leticia González no es una superviviente, es mucho más que eso. Y eso que se define con vocación humanista-pesimista. Su labor de cara al público en estos años es, en un abanico de ocupaciones, aportar belleza al mundo. Y no es poca cosa.
