domingo, 8 de febrero de 2026

Reseña de Marina Casado: ‘Otros sabrán de mí’. BajAmar. 2025

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En este poemario Marina Casado construye un refugio, una habitación sin tiempo donde alguien, ensoñada y despierta a la vez, garabatea sobre la piel misma de la memoria. Otros sabrán de mí pertenece a esa estirpe de obras que restauran el temblor, que devuelven al lector la antigua emoción de asistir a un descubrimiento íntimo: el de la pérdida, la identidad, el origen, la herida que funda y la voz que persiste. Somos afortunados de que BajAmar reedite este volumen merecedor del Premio Samuel Beckett de poesía en 2022.

Los hilos que tensan este poemario se anuncian desde la primera sección, Todo cuanto supe, donde la poeta parece traducir un destello de Emilio Prados, quien presta un pórtico para recordar que todo saber es, en el fondo, un desafío a la intemperie. Ese eco inicial se despliega en los versos: “Cruzas una puerta, la llamarás ‘futuro’ / y no podrán seguirte los que tanto te aman” (Hablo a la niña que un día fui). En ellos se condensa la fractura inicial, la que inaugura la conciencia de la separación. La infancia, o mejor dicho, la niña que una vez fue la autora, no desaparece: observa. Advierte. Señala desde la distancia algo que la adulta todavía ignora. Esta herencia primera define el tono meditativo del libro: el tránsito hacia una madurez que se construye desde la fragilidad.

La vulnerabilidad del origen se repite, casi como una confesión íntima, en otra de las citas que integran esta primera parte: “No sabría escribir mucho más que mi nombre / con pulso tembloroso, con el feroz empeño / de dominar el territorio de la página en blanco” (Avecilla, número 2). Aquí el temblor se vuelve también acto creador: escribir no es solo afirmar la identidad, sino fundarla a pulso, como si el lenguaje fuera un refugio y un campo de batalla a la vez. La poeta se reconoce a sí misma en esa precariedad de quien sostiene la pluma como si sostuviera su vida entera.

La evocación de la ausencia —esa sombra que se proyecta desde cuerpos que no existen— aparece en los versos: “Todas las sombras se proyectan / desde algún cuerpo, / pero el tuyo no existe y, sin embargo, / veo tu cambiar inmóvil / cubriendo las habitaciones de la casa / y el pedazo de mar en que te perdías” (Física elemental). La paradoja del “cambiar inmóvil” es una de las imágenes más luminosas del archivo poético de Casado: la presencia del ausente, aquello que no está pero permanece como una variación silenciosa. La casa y el mar funcionan como dos territorios simbólicos: la intimidad y la vastedad, lo doméstico y lo mítico, lo real y lo imaginado. Esa oscilación marca el ritmo de todo el libro.

Pero también hay infancia, no ya como nostalgia, sino como reino perdido: “Quisiera regresar al sueño primigenio, / ver sus ojos salados espiando los barcos, / imaginando amores con un final feliz, / trenzar mi cabellera y escuchar las historias / que Peter Pan nos traería / al esconderse el sol” (La ingenuidad de las sirenas). En estos versos, la poeta busca un origen anterior al dolor, antes de que la vida se llenara de despedidas. Pero incluso ahí se intuye la pérdida: Peter Pan llega cuando se esconde el sol, como si la imaginación fuera un rescoldo en la penumbra.

La memoria se vuelve mitología en la sección donde Casado afirma: “El tiempo ha desgastado la realidad; / los recuerdos se esconden entre ninfas y cíclopes / agitando mi sueño, plantando fogonazos de ternura / en la mitología azul de nuestra historia” (Mitologías). Lo azul, palabra recurrente en la poética de la autora, actúa como un reino simbólico donde se mezclan sueño y recuerdo. El mundo antiguo aparece no como ornamento, sino como manera de nombrar el pasado cuando ya no responde al lenguaje común.

La primera parte culmina con un gesto cinematográfico: “Y antes que eso ocurra / habrá alguien que llore una vez más, / se apagarán las luces de la sala / y será como el canto último de un cisne” (Cine Avenida). El cine, siempre presente en la obra de Marina Casado, se convierte en metáfora del instante que se apaga. La sala oscura guarda el ritual del adiós, y la imagen del cisne intensifica la sensación de despedida.

La segunda parte del libro, Destierros, profundiza la fractura. El mar, que había sido territorio ambiguo, aparece ahora como borde, como orilla que no pertenece a nadie: “Nunca fui de esta orilla / ni de aquel otro mar /…/ El mar era la puerta a alguna juventud / que caminó a mi lado sin mirarme / y se enquista al insomnio / y es detenido por el canto de los pájaros /…/ el mar fue todo aquello / que hoy no me pertenece” (Toda la noche el mar en mi ventana). Este mar ya no es la promesa de un origen, sino el recordatorio de la ajenidad. La poeta es extranjera en ambas orillas. La costumbre, por su parte, se convierte en un animal herido: “La costumbre es un lobo / que aúlla en el silencio / recordando que un día / tú / aquí / fuiste feliz” (La costumbre). La ruptura emocional aparece aquí como un animal que vigila desde la sombra, que recuerda y muerde sin descanso. La elipsis del “tú / aquí” intensifica la ausencia: el espacio queda vacío.

La fotografía, fiel guardiana de lo que nunca se muestra, revela otro tipo de destierro: “En las fotografías que nunca me has mostrado / permanece encerrado un fragmento de mí/ un gesto indescifrable” (Invierno en Praga). La memoria aparece congelada en un negativo que nadie ha revelado: la identidad misma depende de imágenes ocultas. La atmósfera cinematográfica vuelve con fuerza en los versos: “Jamás hubo piano que llorase /…/ Nunca existió París. // Tuvimos que cerrar los ojos / para oír esa música” (Casablanca). Aquí se quiebra la ilusión romántica. París nunca existió, pero la música sí: oír es cerrar los ojos, aceptar que toda belleza es imaginada y, sin embargo, real.

La niebla, que en la obra de Casado es casi un personaje, desciende: “la niebla descendió como una lágrima / y se callaron las trompetas; / esperé tristemente aquel refugio, / pero el frío quemaba los ojos de la noche / y ya no comprendía” (El Ángel Azul). Se advierte el desconcierto de quien busca un refugio en lo conocido —el cine, los símbolos— y encuentra que ya no lo entiende. Finalmente, el tiempo se vuelve música: “El ritmo melancólico de las seis de la tarde / en un invierno madrileño en el que nada / sucede de verdad: todo es un eco / de otra época que me mira / desde el balcón de la memoria /…/ y sé que no soy joven, que no puedo ser joven / con toda esta nostalgia colgando de los ojos” (Albinoni). La poeta se asoma al balcón de su propia vida: lo que mira es un eco, no un presente. La juventud ya no se vive: se recuerda.

La tercera parte, Perpetuar la memoria, reúne las raíces familiares y el legado afectivo que sostiene a la autora. La primavera —símbolo de renacimiento— llega con preguntas: “Vuelve la primavera ahora y me pregunto / por qué mi madre todavía es joven, / por qué su voz resuena azul, / aunque tenga la edad de aquellos viejos / que recuerdan a los difuntos” (Otros sabrán de mí). Lo “azul” vuelve a iluminar la voz materna, que se resiste a envejecer en el recuerdo de la hija. Otras voces, como la de las encinas, susurran advertencias: “… Escucho a las encinas: me susurran / que no regresaré para mirarle / con mis ojos de niña”. La infancia no es recuperable: es solo un rumor entre las hojas.

La pérdida se afila en estos versos: “Algunas noches pienso / que en este mundo existen cada vez / menos personas que me quieren, / que los paisajes de la infancia / se van deshilachando por los puños / y acaban por borrarse” (Esta herida). Esta confesión trasciende la experiencia personal: en ella se reconoce toda una generación que observa cómo se van deshilachando los afectos y los lugares que le dieron identidad. La memoria histórica aparece también, silenciosa y necesaria: “Nos dice que están lejos, / que ya nadie recuerda”. Un lamento por quienes ya no están, y por quienes han dejado incluso de ser recordados.

El poema el Oeste ofrece un deseo de comunión con los muertos: “Me vestiría con la edad exacta de los muertos / para volver a recorrer los campos: / embriagarme de viento entre los encinares / y vaciar mi cuerpo de esta soledad, / de esta lluvia que ahora eterniza el presente, / esperando el regreso de los caracoles”. La lluvia que eterniza el presente es una de las imágenes más conmovedoras del libro: la imposibilidad de avanzar mientras se espera un regreso imposible.

El legado del padre aparece como un refugio luminoso: “Sigo sin aprender el nombre de las aves, / pero escribo poemas en los que te susurro / las cosas que suceden / bajo tu cielo. // Y siempre estás aquí para escucharlas” (Crónica de estos años). En esta ternura está el corazón emocional del libro: escribir es también hablarle al padre. El amor, mientras tanto, se sostiene sobre un abismo: “Ese mismo vacío que me devorará / el día en que se apague nuestro beso” (Caballos). La poeta admite que el final es parte del amor.

La tradición literaria comparece con delicadeza en el homenaje a Cernuda: “Escondida en los muros del jardín, / anhelando dos sombras que se amaran, / iguales en su forma, ascuas bajo la nieve, / con la fragilidad tan bella de lo efímero” (A un poeta pasado). Las sombras que se aman remiten a ese deseo de persistir en la belleza, aunque sea por un instante. La última sentencia podría cerrar todo el libro: “Nadie quiere reconocerse en el silencio” (Meditación para el fin del día). Quizá porque reconocerse en el silencio implica aceptar la verdad más íntima: la fragilidad.

Otros sabrán de mí es, así, un libro que canta desde la frontera entre la nostalgia y la revelación. Un poemario donde el mar, la infancia, el cine, la música y la memoria familiar se entrelazan en un tapiz de voces que nunca se apagan. Marina Casado escribe desde esa orilla que no pertenece a nadie, pero en la que todos nos reconocemos. Porque en su poesía se filtra la certeza de que la vida es un territorio vulnerable y hermoso, un lugar donde el tiempo desgasta pero también ilumina. Y que, a pesar de la ausencia, siempre queda un eco, un color azul, un poema para sostenernos.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

Reseña de la revista Ítaca. Nº 13. 2025

 


En un panorama cultural cada vez más saturado de urgencias, estímulos y opiniones apresuradas, la revista Ítaca se mantiene fiel a su espíritu: ser un territorio de calma, reflexión y pluralidad poética. Su número 13, correspondiente al otoño de 2025, refuerza esta vocación con una propuesta madura, amplia y cuidada, que combina entrevistas, ensayos, poesía y diálogos interculturales con un hilo conductor muy nítido: la poesía como forma de conocimiento y como refugio frente al vértigo de la modernidad. Desde el editorial de Isabel Marina, la directora invita al lector a entrar en la revista como quien pisa una isla de sosiego: “Vivimos en una sociedad marcada por la prisa”, recuerda, y la poesía ofrece un espacio de silencio necesario. Esta metáfora inicial no es accidental: Ítaca aspira a ser ese lugar al que regresar, como en el mito homérico, no para encontrar respuestas definitivas, sino para recuperar la mirada contemplativa que la vida cotidiana suele erosionar.

Junto a esta conversación, destaca el artículo del psicólogo clínico Andrés Calvo, que firma una reflexión sobre “la hiperconsciencia de los poetas”. Calvo plantea que la sensibilidad poética no es una extravagancia ni un exceso emocional, sino una forma intensificada de percepción que compensa, en cierto modo, la tendencia general de nuestra época a evitar la introspección. “Gracias por vuestra hiperconsciencia, que cura nuestra inconsciencia”, afirma, en uno de los pasajes más bellos y generosos del texto. La idea de la poesía como un puente entre emoción y razón, como un espacio simbólico que permite expresar lo que el lenguaje directo no alcanza, enriquece la propuesta de la revista y le otorga una dimensión humanística singular.

Uno de los núcleos centrales de este volumen es, sin duda, la entrevista al poeta Hilario Barrero. En ella, el autor toledano afincado en Nueva York desde hace décadas despliega una sinceridad desarmante y una notable profundidad intelectual. Sus palabras destilan la lucidez de quien ha vivido en la intersección de dos mundos —España y Estados Unidos— y ha encontrado en la poesía un modo de vida. Frases como “escribir poesía es una forma de aprender a morir” no buscan solemnidad sino expresar la íntima conexión que él establece entre creación y conciencia de la finitud. Se trata de una conversación que invita a pensar en la poesía no como un adorno, sino como una experiencia total: emocional, estética, ética. Barrero reflexiona sobre su obra, su tardía publicación en España, alejado de la vida literaria española, la simbología que recorre sus versos y su relación con la tradición literaria. Menciona tanto a clásicos españoles —Machado, Aldana, Quevedo— como a voces anglosajonas que nutrieron su imaginario —Auden, Ginsberg, Frost—. También habla de sus Cuadernos de Humo, una publicación artesanal desde Brooklyn que ha construido una comunidad afectiva entre poetas y lectores. La entrevista está espléndidamente planteada, sin artificios, y permite entrever el carácter íntimo y a veces áspero de sus temas predilectos: el amor, la muerte (“Tengo miedo de la vida porque temo a la muerte”), el tiempo, la fragilidad humana. Su lema de menos es más: “La oscuridad le da al poema una distancia y lo hace minoritario e inalcanzable: un coto privado de belleza”. De los poemas de Hilario Barrero se destacan algunos versos:  “Lo más difícil en el trazo de mi vida siempre ha sido / que la sombra parezca verdadera / no una mancha adherida / al boceto de lo que fue mi infancia” (Bleistifte höchster qualität); “Me arrimo a ti / en una calle estrecha / y dejo pasar la sombra / que nos viene siguiendo” (Postdata); “Y aunque a lo lejos cruje el ruido de la muerte / ya tienen preparada la vasija donde irán sus cenizas” (Ceniza); “Morir es encontrarse con lo perdido” (Atardece en Brooklyn, inédito) y uno de sus poemas más emblemáticos, Subjuntivo: “y usando el subjuntivo de mi lengua de humo / mi deseo es que tengan un amor como el nuestro /…/ Pero hoy tienen prisa, como la tuve yo, / por salir a la noche, por disfrutar la vida, / por conocer el rostro de la muerte”.

La revista también dedica un amplio bloque a la poesía búlgara contemporánea, con un ensayo introductorio de Georgi N. Nikolov y una selección poética traducida por Zhivka Baltadzhieva. El análisis de Nikolov destaca el contexto histórico y político que marcó la evolución de la literatura búlgara a finales del siglo XX y su transición hacia una poética plural, viva y en constante transformación. Estos poetas “revelan un deseo de redescubrirse a sí mismos en la asombrosa inmensidad de los horizontes planetarios y, al mismo tiempo, en las tablas dinámicamente cambiantes de nuestro sistema de valores, que determina el significado del ‘yo’ personal” y el colectivo de Bulgaria. El repaso a autores y corrientes, incluyendo la diáspora, resulta esclarecedor para un lector español que quizá desconozca esta tradición. Los poemas traducidos, por su parte, revelan un imaginario rico, con un fuerte sentimiento de pertenencia a la tierra, una sensibilidad metafísica y una preocupación por el destino humano que se percibe cercana pese a la distancia cultural. Georgi Konstantinov (“Mágico instante, / cuando el pájaro tiene raíz, / y el árbol alas”); Dimitar Hristov (“florecerá una vida / en donde nadie morirá / excepto por pasión, / o ternura no compartida”); Atanas Krapalov (“Los heridos por nosotros / ¡ojalá nos perdonen!”); Natalija Dedyalkova (“Tantas palabras: / ¿Cuál es la verdadera, 7 la que / abre las puertas de hierro /  o aquella, / que volará / como una piedra?”); Gina Dundova-Pancheva (“Y tal  vez nosotros / cada vez más distantes uno de otro estamos, / ante el milagro de este mundo enmudecidos, / y dura la soledad eternamente”).

Felipe Juaristi, Pello Otxoteko, Juan Ramón Makuso y Aritz Gorrotxategi reivindican el conocimiento del ser humano a través de la relación entre poesía y canto: “El poeta se vale de la poesía para interrogar, no porque esté sediento de verdad, sino porque él mismo se materializa a través de la pregunta, de la duda, de la contradicción”. “La poesía es el arado que desentierra el tiempo”, citan, trayendo a Mandelstam como referencia esencial. Este texto se adentra con elegancia en las tensiones entre razón y emoción, palabra y silencio, límite y trascendencia, configurando una suerte de poética compartida que sirve de marco teórico y vital para este número de la revista. Defienden el papel de la palabra frente a la barbarie: “La poesía es la última frontera de la libertad”. Aritz Gorrotxategi (“… Nadie recuerda / dónde se hundió la llave / que abría la infancia, / esa lluvia minuciosa / que cae o cayó”); Juan Ramón Makuso (“Cae la lágrima / anunciando el perdón”); Pello Otxoteko (“La esperanza es lo absurdo de nuestro ser; / lo que será o sucederá, / pensar que llegará alguna vez y en alguna parte, / sería confirmar lo incierto”); Felipe Juaristi (“El vasco calló. / Su corazón latía con fuerza / como un roble agitado por el viento.  /Llevaba todo el otoño de Irati en sus ojos”).

El retrato de la poeta japonesa Kaneko Misuzu, elaborado por Adolfo Majado, es otro de los grandes aciertos del volumen. Su aproximación combina biografía, análisis literario y sensibilidad narrativa, contando la historia trágica pero luminosa de una autora cuya obra quedó silenciada durante décadas hasta su redescubrimiento en la segunda mitad del siglo XX. Majado reconstruye la vida de Misuzu desde su infancia marcada por la ausencia paterna hasta su muerte fruto de las presiones sociales de su época. La selección de poemas, delicados y casi transparentes, confirma una voz que encuentra en lo pequeño —las flores, los animales marinos, la infancia— un modo de revelar el mundo. Se trata de una ventana conmovedora a una poesía cuya ternura —lejos de lo naïf— se sostiene sobre la empatía y la lucidez: “Mi padre en el barco rojo, / mi padre en mi sueño del pasado”. Practicaba el género dôyô, poemas de un “estilo lingüístico infantil, aunque sus reflexiones y planteamientos pueden ser sugerentes desde una perspectiva adulta”: “Aunque sean invisibles, están ahí. / La belleza invisible está ahí”; “mas la princesa solitaria, sola en su jardín / no mira las rosas, sino al cielo”; “Cuando me siento sola, / Buda se siente solo”; “Hay algo esperando / al final de este camino. / sigamos todos, todos juntos. / Sigamos por este camino”.

La sección de poemas comienza con José María Aladro (“Nada fue lo mismo, / todo se ocultó bajo las amenazas, / y me quedé solo soplando las velas, / rompiendo las guirnaldas”); Marina Aoiz Monreal (“Te espera un nido de cuatro alturas,/ chiquillo azul tornasol, pleno de luz /…/ Chiquillo, te daré un palomar, un alcázar, / una perla del Caribe y una biblioteca hexagonal”); Ernesto Frattarola (“Hay quien sostiene que / son solo el otro lado del cristal. / Es difícil saberlo”); “Allá en la lejanía, / donde el cielo / y la tierra se confunden, / al firmamento lo llaman ÍTACA; / su alma es poesía”); Laura Giordani (“Algo nos condena / al morder su escarcha dulce / algo que conmueve / los cimientos de la culpa / y no deja / piedra sobre piedra / de la historia”); Álvaro Hernando (“Las laceraciones buscan hogar y habitan en las cicatrices, sin arder ni cuando arden”); Julio Antonio Huillca (“Hago un pequeño ritual; / ofrezco mi cuerpo bruto por esta paz de mutuas mariposas, / y quiero sus efectos, todo en su principio rueda, / masa, muerte, idea, tiempo. Se nace entonces: ¿cuántas veces?”); Mario Álvarez Porro (“y la claridad nos va consumiendo, / tan ciegamente, // por la palabra dada”); Alfredo Sánchez (”y dentro de la noche / nuestra noche interior, / ya sin escapatoria, / sin podernos mentir, ensimismados / en el enigma trágico 7 de ser lo que en verdad somos: / un gesto, un resplandor, un abandono”); Antonio Solano (“y mirar sobrecogidos el mar / sobre un lecho de hojas de almanaque”); Miguel Ángel Alonso Treceño (“Pide un deseo. / La niebla está ocultando / ya las estrellas”); María Helena Ventura (“Sin ti no hay transparencia / solo el polvo que levantan / las ondas del viento”).

En el apartado de reseñas, Eva Beriain comenta el libro de Pablo Núñez Joaquín Sabina en la poesía de su tiempo (Renacimiento);  Jesús Cárdenas, El gran amor de Andrés García Cerdán (Visor);  Juan Francisco Quevedo reseña Alquimia del amor consciente, de Julio Sánchez Martín (Libros del Aire); Isabel Marina pasa revista a Eva Beriaín con su Sobre el raíl (Torres editores) y a Faustino Lobato, Donde el alma ignora (Olélibros); un servidor se ocupa de Gerardo Venteo, La veladora (Olélibros) y cierra el número Ricardo Virtanen sobre Las horas sucesivas. Poesía 1978-2022 (Renacimiento).

En conjunto, este número destaca por su equilibrio entre reflexión, entrevista, crítica y creación. La revista demuestra una vocación clara de tender puentes entre culturas, generaciones y sensibilidades. Su tono —amable pero riguroso, profundo pero accesible— la convierte en una publicación indispensable para quienes conciben la poesía como un espacio vivo, capaz de iluminar la experiencia humana desde ángulos distintos. Ítaca continúa, así, su travesía como esa isla simbólica que propone desde su editorial: un lugar de reencuentro con la palabra, con la emoción y con el pensamiento. Un territorio donde la belleza no se impone, sino que se ofrece, y donde la poesía, como afirma Hilario Barrero, sigue siendo “el lenguaje del alma”.

domingo, 25 de enero de 2026

Reseña de Cuadernos de humo, 47. ‘Desde Italia muestra de poesía en español’. 2025

 


El número 47 de Cuadernos de Humo, además del equipo habitual de la revista, se ofrece una panorámica vibrante de la poesía contemporánea en español, reunida bajo la mirada cosmopolita de Marcela Filippi, traductora ítalo-chilena que logra tender puentes entre geografías y sensibilidades. Con ilustraciones de Juan Carlos Mestre, la antología es un mosaico de lenguas hermanadas y emociones compartidas, donde la poesía se vuelve territorio común: “Es esta una muestra de la poesía actual en español, de ida y vuelta, seleccionada en Italia con la mirada chilena, corazón español, y sentimiento romano”. Y con acierto se entrelazan voces muy consolidadas con otras firmas renovadoras que mantienen la riqueza poética contemporánea.

Por orden estrictamente alfabético los autores incluidos comienzan con Olalla Castro: “Somos los animales / que descendieron de los árboles /…/ Erguirse es también alejarse del bosque. / Erguirse es también aprender a mentir”; José Cereijo: “Todo para la muerte, que me ha querido tanto”; Alejandro Céspedes: “Cada uno divido a su manera / por una extraña herida / que vive entre los dos y multiplica / este vacío que a los dos nos llena”; Antonio Colinas: “Al fin, qué dicha poderte abrazar, / poderte amar en toda / tu intensidad sublime, / mar de mis pesares, mar de mis delicias”; Luis Alberto de Cuenca: “No hay personaje, escena, situación o diálogo / de la más alta historia que se haya escrito nunca / en que no siente cátedra de humildad o altivez / la miserable vida, la prodigiosa vida”; Santos Domínguez Ramos: “¿De dónde viene, frágil, el hombre que camina? / ¿A qué futuro incierto se dirigen sus pasos?”; Clara Janés: “Ábreme tus calles, Bucarest, / acoge mis ansia insomne de paseo, / deja que deambulen mis sueños / sin oriente / por tus miembros de ciudad”.

Continúan Manuel López Azorín: “El dolor verdadero no hace ruido, / no sangran las heridas del espíritu”; Pedro López Lara: “Antes que muera en otros brazos, / ofrécele los tuyos: lo has gastado / y te ha gastado, es justo / que encuentre donde ardió reposo”; Javier Lostalé: “Abandonado y sin territorio, / no regreses de donde estás, / pues no hay espacio más hondo / que el de un alma habitándose en soledad”; Aurora Luque: “Nunca dejes vacía la bodega: / ve cambiando el crianza del placer inmediato / por el viejo coñac, ese actor de doblaje”; Alicia Mariño: “En mis heridas / florecerá el jardín de la memoria”; Ana Belén Martín Vázquez: “Hablas sola / para esquivar las letras de la muerte. // Intentas pronunciar tu salvación // Leve y falsa / como la pluma del pájaro // enjaulado en la niñez”; Juan Carlos Mestre: “queridos carpinteros y ebanistas / les traigo el saludo solidario de los metafísicos / también para nosotros la salvación se ha hecho insostenible / los afiliados se niegan a seguir pagando cuotas / a partir de este momento la lírica no existe”.

Por último, la selección se cierra con Selena Millares: “Un solo cobarde puede con mil valientes / lo sabe el cielo de Gaza / y lo saben sus hijos”; Alejandro Olivares: “no me desvelan la inmortalidad / ni la pureza blanca del espíritu / si he de vivir sin la luz de tu pie, / y los olores de tu pecho dormido”; María Ángeles Pérez López: “Caen las hojas con un fragor indescriptible / escucho cómo tiemblan contra el suelo / golpean las aceras / salpica entre el barro de las calles”; Manuel Rico: “Cuando la tarde muere / y el invierno se extiende por sus frías tabernas, / en ese claroscuro / que llaman extrarradio”; Miguel Sánchez-Ostiz: “El valor de regresar / hasta la torre abolida, / contemplarla largamente / y no sentir ni rencores / ni nostalgia ni deseo”; Álvaro Valverde: …”Posiblemente / de esa felicidad dependa el hecho / de insistir en la noche, sospechando / que en ella hay una luz no más recóndita”; Juan José Vélez Otero: “Conduzco con temor hacia lo incierto / y la noche se cierra tras de mí / como boca de lobo. / Qué sensación extraña, ni una luz; / solo mis faros, el desierto enfrente”.

Para culminar el número 47, hay un homenaje al malogrado Luis Miguel Rabanal, In memorian, con dos poemas: “O morir, pero contigo. / En ese interludio que respiran nuestros besos: la muerte / carece de mirada cuando desnudo tu saliva, / cuando tu cuerpo deja extendido / su trecho en la alfombra, al norte de los labios”; “Palabras de ternura para denigrar / esta memoria que ata nuestra vida / a un árbol en llamas”.

Marcela Filippi  ha recogido desde versos introspectivos hasta voces místicas y luminosas. La evolución humana puede dar como resultado la pérdida de lo natural, pero también es cierto que la palabra permite distintas formas de habitar el lenguaje y el tiempo. Hay en ella una conciencia aguda de la fragilidad, pulsos de insurrección ante la muerte. El tono general oscila entre la melancolía y la celebración. En algunos poemas se mezclan del placer con la sabiduría o se trasciende la intimidad para denunciar el dolor colectivo. Por otra parte, no falta  cierta ironía metafísica, cuestiona el sentido mismo de la lírica en un tiempo desencantado. Cada poema parece dialogar con los otros, creando un coro donde lo personal y lo universal se entrelazan. Las imágenes —la herida, el mar, la noche, el regreso— se repiten como espejos, revelando una búsqueda persistente: la del ser en medio de la pérdida y la memoria.

Desde Italia muestra de poesía en español no es solo una antología: es un testimonio del vigor y la diversidad de la poesía hispánica actual. Entre la nostalgia y la lucidez, entre el amor y la muerte, estas voces confirman que la poesía sigue siendo —como escribió Mestre— una forma de resistencia metafísica. Este número de Cuadernos de Humo celebra, en definitiva, la persistencia del verbo poético como espacio de comunión entre lenguas, cuerpos y destinos.

domingo, 18 de enero de 2026

Reseña de José Luis Morante: ‘Viajeros sedentarios’. La Garúa Poesía. Haiku. 2025

 Viajeros sedentarios - Librería La Mistral


En Viajeros sedentarios, José Luis Morante vuelve a ejercer ese “oficio de mirar” que desde hace años sostiene su obra poética: un mirar que no se expande hacia lo grandioso, sino que se afina en lo ínfimo, en esos destellos mínimos donde reside —como él mismo sugiere— “la modesta química de lo instantáneo”. La Garúa Poesía acoge este nuevo libro de haikus del autor, un proyecto que se ofrece como homenaje discreto, casi susurrado, al amigo y añorado haijin Lara Cantizani, cuya huella luminosa parece recorrer cada página como un rumor persistente. La poética de Morante, fiel al espíritu del haiku, apuesta por “acoger el contacto con lo efímero, el suceso mínimo cotidiano y la maraña de encuentros con protagonistas y secundarios de la vida social”. Nada más certero para describir el impulso que guía estos poemas breves: una voluntad de permanencia en lo inasible, la obsesión por fijar lo que ya se está yendo. Así, los haikus se convierten en un cuaderno de viaje del que escribe; un viaje, sin embargo, paradójicamente quieto, detenido, como si el poeta fuese —y se confesase— uno de esos “viajeros sedentarios” que avanzan más hacia dentro que hacia el mundo.

El libro se articula en dos secciones: Oficio de mirar y El rumor de la luz. Desde sus primeros versos, el lector percibe de inmediato un clima sensorial que mezcla brisa, vuelo, silencio, fuego, lluvia y sombras, cada elemento transformado en un espejo donde el yo poético se tantea a sí mismo. En la primera parte, Oficio de mirar, el haiku se despliega con una delicadeza que no excluye la intensidad. La mirada, como una mano que roza sin tomar, deja constancia de la fugacidad: “Pizca de brisa / mientras el estornino / vuela por mí”. En este primer gesto, el poeta se vuelve permeable, atravesado por el simple movimiento del ave. No necesita nombrar el asombro: basta la imagen para que el lector experimente esa ráfaga interior. Morante también sabe del silencio de las cosas, de su quietud antigua: “Nadie pregunta / al manojo de lilas / si tienen sed”. Aquí lo cotidiano es herido por una compasión leve, casi imperceptible, que revela una ética del mirar: la conciencia de que incluso lo más frágil guarda una voz que apenas alcanzamos a oír.

Los haikus se suceden como notas de un pentagrama secreto: “Guardan los cables / pentagramas de trinos / negras corcheas”, y cada imagen se corresponde con una música interior, la música del poeta que reconoce en lo urbano un orden invisible. La naturaleza del haiku es detener una vibración, y Morante lo consigue sin alzar la voz; basta un detalle mínimo para que lo real adquiera dimensión simbólica. En ocasiones, ese “oficio de mirar” se interna en la intemperie de lo humano, en sus pérdidas y sus desgarros: “Qué voluntad / en las huellas perdidas / fuera de sitio”. O en la devastación: “Toda la noche / las brasas del incendio. / Dónde la lluvia”. La angustia aquí no es grito: es ceniza que respira.

La mano aparece como instrumento y metáfora: “Hundir las manos / en las grietas celestes. / El mar adentro”. El verso abre un espacio onírico, casi místico, donde lo celeste se vuelve fisura y entrada. Ese deseo de traspaso continúa en la frase: “Después de todo, / a través de la noche, / llegar a ti”, donde la noche es tránsito y el tú un refugio, un regreso. A veces, el poeta insiste en la textura de lo oscuro: “Rayas oscuras, / lápices de grafito / en la tormenta”. O en lo doméstico hecho enigma: “Allí también / alfileres y agujas / cosen palabras”. El lenguaje aparece entonces como una costura febril, un remiendo de lo que la vida descose. El poemario es una invitación a educar la mirada, a recuperar un ritmo distinto frente a la prisa contemporánea. En estos haikus destaca cómo se filtra la delicadeza al mirar, la celebración de lo sencillo y la manera de habitar el silencio.

Hay lugar también para el reconocimiento del otro: “Otros caminan / por el mismo sendero. / Me guardan sitio”. Y para la flor que rehúye la vanidad: “Allí la rosa / no se mira al espejo, / cierra los ojos”. El amor, en cambio, se muestra quebrado: “Ya no se aman. / Las lumbres del deseo / queman de espalda”. Y el silencio se vuelve territorio narrativo: “No decir nada. / Que cuenten los silencios / relatos mudos”. El clima se enfría y arde a la vez: “Nubes de frío / acampan en mis labios / y ponen lumbre”. La ruta prosigue sin certezas: “Los riesgos callan / al azar de la ruta. / Basta seguir”. Y el pasado, antes del encuentro amoroso, se desvela en una frase precisa y desolada: “Antes de ti / la noche congelada / Solo piel seca”.

La segunda parte, El rumor de la luz, se abre con un llamado a la puntería interior: “Tensar el arco, / que viajen a la flecha / certeros ojos”. Se requiere una mirada justa, concentrada, capaz de atravesar la bruma emocional de quien escribe. La tristeza se posa en las horas: “Solo pisadas. / Incógnita tristeza / sobre el reloj”, y la alegría busca un punto luminoso en el horizonte: “Atardecer. / Alegría busca la luna / en un poema”. El poeta pide a la luz que cure aquello que el tiempo ha herido: “Mirar arriba / y que la luz restañe / la cicatriz”. Y reconoce que la belleza es libre, soberana: “Las cosas saben: / de nadie es patrimonio / tanta belleza”. A pesar de todo, la sombra regresa con su despojo: “Zona de sombra. / Huye la luz de nuevo. / Me deshabita”. Aun así, los ojos, abiertos incluso entre la noche, buscan confidencias:
Ojos abiertos / entre las sombras al raso / los confidentes”. La nostalgia se manifiesta como un leve despertar de las manos: “Un cosquilleo / en las manos dormidas / de la nostalgia”.

El yo se dicta a sí mismo una única tarea: “A solas dicto / tareas por hacer: / mirar tus ojos”. Y la luz se vuelve sueño: “Solo, testigo / entre tanta belleza. / la luz soñé”. Hay trayectos que terminan y exigen un paso más: “En el andén / al final del trayecto / un paso más”. Y recuerdos que brotan desde la niñez: “La bici, cerca, / el juncal, los tebeos… / Huellas del niño”. A veces la noche se derrama: “La noche breve / y el tintero vertido / en las baldosas”. O el fuego se convierte en frío: “Una fogata / es manantial de frío / mientras arrulla”. El amanecer es desplazamiento: “Amanecer. / Los zapatos caminan, / lugares solos”. El tiempo se vuelve piedra vigilante: “Que no se duerma / en el reloj de piedra / ninguna hora”. Y el gesto humano borra, rehace: “Dónde las manos / que borran cielos rasos / a cada gesto”.

El amor renace desde el centro del cuerpo: “Dentro de mí / la lumbre recobrada / del primer beso”. Y el ser se desdobla: “Ser casi nada, / empaña los espejos / otra mitad”. La muerte de los signos, la quietud extrema, aparece así: “Duerme, sin pulso, / un mar muerto de signos. / Solo silencio”. O la ausencia, convertida en alambrada: “Tu alambrada / y la ropa invisible / de los que faltan”. Morante se sitúa dentro de una tradición del haiku en español en su respeto por la métrica flexible, la renuncia al sentimentalismo explícito y su búsqueda de una imagen que no describe, sino que revela. Y dentro de ella este libro prolonga las preocupaciones esenciales de Morante: la mirada ética, la exploración de lo frágil, la atención al instante, la desnudez expresiva. Destacar que Viajeros sedentarios no es un paréntesis, sino un paso coherente en su obra. Su interés –profesional, no podemos olvidar su pasado como docente de geografía e historia– le hace centrarse en la capacidad para convertir lo mínimo en escenario simbólico: estaciones, andenes, amaneceres, objetos domésticos… Todos funcionan como pequeñas escenografías donde la emocionalidad se concentra sin explicarse. El poemario destaca la serenidad, su inclinación a la contemplación, la respiración lenta del verso, el modo en que cada haiku parece reclamar un lector que se detenga y escuche.

El poeta declara su condición: “Noche y día; / viajero sedentarios / sin cobertizo”, y concluye con una afirmación que es también un enigma: “Con luz o noche / en su lugar, es otro, / pero contigo”. Esa última frase parece contener el sentido del libro: la transformación que supone el encuentro, la alteración del ser cuando el otro irrumpe y ocupa un lugar. El autor construye poemas que dialogan con el dolor y la memoria, pero también con la esperanza contenida. No busca imponerse con grandilocuencia, sino invitar al recogimiento, a ese mirar hacia adentro que se parece más a un susurro que a un grito. Hay en este libro una voluntad de claridad —no esa claridad de luces encendidas, sino la de quien prefiere lo reducido, lo esencial: un verso despojado, un trazo preciso, un significado que late sin estridencias.

En Viajeros sedentarios, Morante reafirma su maestría en el haiku como una forma de vigilancia amorosa del mundo. Cada poema es un fragmento detenido, un intervalo donde la realidad tiembla y se deja mirar en su desnudez más clara. Su escritura no pretende exhibición ni artificio: busca la verdad de un instante, la huella mínima de lo que ocurre, la respiración tenue de lo que la vida nos da y nos quita. Este libro es un cuaderno de viaje interior, un mapa de sensaciones donde la luz y la sombra, la brisa y el fuego, la palabra y el silencio conviven en una tensión serena. Con paso lento y voz medida,  llega dispuesto a abrir grietas en la conciencia del lector. Lo hace con un pulso poético tenue, con la bruma de lo cotidiano como material de escritura, y con la convicción —heredada del silencio— de que cada palabra puede ser puñado de luz en la sombra más íntima.

José Luis Morante, en efecto, mira. Y en esa mirada, el lector encuentra un modo de habitar el mundo con más lentitud, con más escucha, con más gratitud por la pequeña epifanía que se esconde en cada gesto, en cada mínima vibración del día. El poeta nos recuerda que todo —hasta lo aparentemente insignificante— puede arder con la intensidad de lo verdadero. Y que a veces basta un haiku para que el mundo, por un instante, vuelva a brillar. Leer Viajeros sedentarios se convierte en un viaje hacia lo íntimo: la mirada atenta del caminante, solo, en el borde del día; el caminante que sabe que lo frágil es más verdadero que lo ostentoso; que lo mínimo puede albergar la plenitud de un mundo entero.