domingo, 12 de abril de 2026

Reseña de Elsa Moreno: ‘Prendida o el valor de erguir’. Arrebato libros. 2024

 Prendida o el valor de erguir : Moreno, Elsa: Amazon.es: Libros


Con Prendida o el valor de erguir, Elsa Moreno propone algo más que un poemario: abre un espacio de experiencia. El libro se inscribe en un proceso mayor —“forma parte de la investigación poética y poliédrica acerca de las Prácticas para inmanecer, iniciada en 2023”, que se despliega entre la escritura, la performance y el pensamiento— y, sin embargo, se sostiene con autonomía, como una hoguera pequeña pero obstinada. Hasta el momento de la publicación del libro, el proyecto se compone de una performance homónima, las Prácticas para inmanecer del Festival Russafe Escènica (2025). Desde el inicio, con las citas de Gloria Fuertes, Alda Merini, María Zambrano, Jorge Riechmann, Simone Weil, Ana Pagés o el EZLN, se advierte que estamos ante una constelación ética y poética donde pensar, sentir y estar en el mundo no son operaciones separadas.

El eje conceptual se nombra pronto y con precisión: “1. Inmanecer: ir más acá, introducirse en / hacia sí mismo, replegarse. Opuesto a trascender”. No se trata de una definición neutra, sino de una toma de posición. Frente a la pulsión de huida, de sublimación o de promesa futura, Moreno escoge quedarse. Y quedarse duele. Pero también enciende. En uno de los versos más nítidos del libro leemos: “el nuevo mundo / me duele tanto como me enciende”. Esa doble valencia —dolor y fuego— atraviesa todo el poemario y lo vuelve profundamente contemporáneo: no hay redención sin cuerpo, no hay pensamiento sin herida.

Hay, además, una conciencia irónica de la arbitrariedad de nuestras elecciones: “Hacia dónde mire el sujeto es irrelevante. Es una decisión estética, política, teórica irrelevante. Pero decidir una decide y eso nos da gustito. El libre albedrío. Esas cosas”. El tono aquí, casi coloquial, desactiva cualquier solemnidad. Elegir la inmanencia no es un gesto heroico, sino urgente: “2.2. No obstante, escogemos la inmanencia porque nos urge el presente”. La urgencia del presente se manifiesta en el cuerpo, en los sentidos: “3. El contacto con la inmanencia lo encontramos en los estímulos sensitivos: contemplar, escuchar, tocar, paladear, olisquear”. En este punto, la poesía de Elsa Moreno dialoga con Simone Weil y su atención radical, pero también con una tradición más carnal, donde el conocimiento pasa por la piel.

El amor es uno de los lugares privilegiados de esa experiencia. “4. En el amor, Una está prendida, en sus múltiples acepciones: prendida como en llamas, como colgando de algo, como enganchada a alguien”. El verbo prender, tan físico y tan ambiguo, articula el libro entero. Amar es arder, pero también quedar suspendida, dependiente, vulnerable. De ahí que el valor de erguir no sea una épica del triunfo, sino una ética de la resistencia mínima. “La voluntad de erguir ha de ser aberrante. Una reacción aberrante”. Erguirse no es adaptarse, sino torcer la norma, sostener una verticalidad extraña en medio del derrumbe. No hay que olvidar que, “Desde según qué lugar, / la distancia es hija del tiempo”.

Elsa Moreno escribe desde una atención radical al mundo: “Engancharse al movimiento de las cosas”. La imagen del surco en la montaña (“Paseando vi: / un surco en la pared de una montaña. // Pensé: ¿cuánto tarda la montaña / en hundirse por una gota?”) condensa una poética de la erosión lenta, cercana a ciertos pasajes de Francis Ponge o de Chantal Maillard: lo ínfimo como fuerza transformadora. Inmanecer no es encerrarse en el yo, sino afinar la escucha del entorno: “Para inmanecer, hay que prestar atención al entorno. Aunque sea un viaje hacia dentro, hacia la entraña”. Esa escucha, sin embargo, no ofrece respuestas consoladoras. “Escúchame, / Pájaro Varado: / estoy triste, / solo sirvo para hacerme cuestiones / sobre la vida y el mundo / que son cosas distintas”. Hay aquí una humildad radical: la poesía no salva, pregunta. Y en ese preguntar, el yo se desborda hacia los otros cuerpos: “6.1. Por ser testigos del alma, Una se refleja sobre las pieles también, sobre la piel de los otros y sobre la piel del mundo. Los ojos tampoco llegan al centro del alma”. La mirada es insuficiente; hace falta el roce, la exposición.

En Notas desde la inmanencia aparece una conciencia autorreflexiva, incluso irónica: “Escrito entre el autoconocimiento / y la autocomplaciencia”. Y, de pronto, una grieta generacional y cultural: “Quería ser Patti Smith en los 70”. No es una cita anecdótica. Patti Smith representa una genealogía de cuerpo, voz y rebeldía que resuena en el libro, especialmente cuando el deseo y la escena amorosa se vuelven performativas. En la sección Prendida, el amor se nombra desde el vacío creativo: “Estar a tu lado se parece al vacío. / Al vacío de la creación”. Amar es exponerse a no saber, a no tener forma. De ahí el gesto casi cinematográfico de: “Y no me mires. / Interpreta la escena de / ‘Chico proyecta su mundo interior / con la mirada profunda al vacío’”. El amor como proyección, como malentendido inevitable. Pero también como danza: “Besar es competencia de la danza”. El cuerpo sabe antes que el lenguaje: “te quería / y no sabía / cómo decirlo”.

La sombra, el arrastre, la huella aparecen como signos de una identidad en tránsito: “Me arrastro / y dejo mi sombra por huella”. Incluso el juego con el inglés —“Belly button in your eyes”— y la referencia explícita a Feetplay conectan de nuevo con Patti Smith, con una tradición donde el poema es también gesto, escena, música. Hay un punto en que los cuerpos alcanzan su límite: “En el encuentro amoroso, llega un momento en que los cuerpos no pueden abarcar más, apretarse más, atravesarse piel con piel /…/ Extraña vocación de los cuerpos encontrados”. Esa imposibilidad no es fracaso, sino revelación. Porque “por muchas llamas / no se puede iluminar un incendio”. El exceso no garantiza claridad. El tacto, incluso, puede volverse delirio: “Punzarse era un delirio, // cualquier tacto / estaba anunciando”.

Elsa Moreno desconfía de las grandes palabras: “No me des palabras grandes / porque están vacías”. Prefiere una lengua primordial, casi infantil: “Quiero que me hables en la lengua temprana / de espirales con los dedos en el mundo”. Aquí la poesía se hermana con María Zambrano, con su razón poética, pero también con la intuición corporal de ciertas poetas contemporáneas que escriben desde el gesto. El amor, sin embargo, no se idealiza. Hay promesas que se miran con escepticismo: “Y pensé que hay amantes felices / –tal vez– e insensatos –seguro– / con valor para hablar de promesas”. Y una nostalgia amarga: “Fue lindo ser tan lindos / jugar a engañarme / con ser adultos”. La ruptura aparece como una fractura explícita: “Así, toda partida será un parto / con su dolor, su desgarro y su trauma” (Aquí sucede una fractura). Partir es nacer de nuevo, pero sin garantías.

La poesía, en este contexto, no pretende iluminarlo todo: “Ilumina el misterio, sí / pero no más que una luciérnaga”. La imagen es precisa y humilde. “La poesía entra en la noche / lumen inútil, fuego asombrado, / baila sin asolar”. No coloniza la oscuridad; la acompaña. De ahí el deseo final: “Que la alegría sea un misterio. / Que cuando oremos sea pensando / en esa plaza recóndita donde / solo ella sabe que está / y solo nosotras intuimos”. Una alegría no programada, casi secreta. El libro se abre también a una dimensión geológica y política: “Cada roca en el encuentro entre la roca y la marea”. La erosión, de nuevo, como lenguaje del tiempo. “La geografía nace de la violencia / y frente a estos paisajes / qué decir, / todas mis batallas / me parecen ridículas”. Hay aquí un descentramiento del yo, una conciencia de escala que recuerda a ciertos poemas de Riechmann o incluso a la ética zapatista citada al inicio.

Las palabras mismas se erosionan: “Poniendo que las palabras también se erosionan. Cuántas veces puedo decir roca / hasta que sea cueva /…/ cuántas veces puedo decir agua / hasta quedarme seca /…/ cuántas veces puedo decir voz / hasta que sea canto”. El lenguaje no es estable; se desgasta con el uso, se transforma. Y aun así, insiste. Entre la fe y la duda: “Si cierro los ojos / una voz me dice que voy a estar a salvo, / pero si miro al cielo, / todavía me confundo y pienso / que solo soy este humano que duele”. La materia insiste: “La tierra mojada / escoge ser agua sucia”. No hay pureza. Solo mezcla, barro, vida. El Epi-logo cierra el libro con una imagen de suspensión temporal: “La memoria es como dos manos como / los dedos son como dos hilos / que me levantan / y me dejan levitando en el / aquí y ahora. / Casi estoy en / un momento”. El presente es frágil, casi inasible.

Y finalmente, una paradoja fundamental: “7. Al enunciar la inmanencia, hemos creado la posibilidad de no estar. Al crear el verbo, afirmamos su potencial inexistencia. // Inmanecemos porque no somos inmanencia. Hemos creado un agujero. Nos hemos sentado en un limbo”. Nombrar es abrir un vacío. La poesía no clausura, horada. De ahí la última inquietud formal y ética: “Mira la linealidad de estas palabras. / Debe de haber otra forma”.

Prendida o el valor de erguir es, en ese sentido, un libro que no se conforma con decir: busca una forma de estar. Una forma precaria, ardiente, consciente de su insuficiencia. Como una luciérnaga en la noche. Como una gota que insiste sobre la montaña.