lunes, 1 de agosto de 2016

Contra-inteligencia



En muchos sentidos, la política es como una guerra. Y a menudo, no por otros medios, sino por los mismos. Los planteamientos metafóricos son claramente belicosos. Hay adversarios, aliados, se atacan y se defienden, se plantean estrategias. En cierto sentido, es cierto que los ciudadanos a veces nos podemos sentir como la carne de cañón en unas guerras que no son las nuestras. El problema quizás, es tomar las metáforas demasiado al pie de la letra.
Tanto en los enfrentamientos bélicos como en los políticos parece habitual, que no justificable, recurrir a la guerra sucia. Tienen, para más inri, el indecoroso nombre de “Inteligencia” y “Contrainteligencia”. Los partidos políticos dedican muchísimo esfuerzo a buscar los trapos sucios de los contrincantes con la intención de denigrar tanto a la persona como a la causa. Lo estamos comprobando de una manera bastante penosa a través de las filtraciones de las grabaciones del ministro de interior en funciones. Si ya es bastante triste rastrear los tweets antiguos de un concejal, es vergonzoso que se utilicen los poderes del Estado para estos menesteres partidistas.
Pero no vayamos a pensar que todo es una conspiración orquestada con claridad desde los despachos de los partidos. Habida cuenta de la chapuza de los resultados, parece claro que hay legiones de enfervorecidos voluntarios dispuestos a crear, difundir y comentar cualquier aspecto que pueda servir a la causa. Las conexiones de los grandes partidos con los grupos mediáticos también son motivo de alarma y seguro que hay muchos internautas con contrato precario disfrazándose de troll para poner coto a cualquier opinión ajena.
En otras ocasiones me he preguntado por qué hay tanta gente dispuesta a creerse cualquier maledicencia sobre su grupo adversario preferido. Me interrogaba cuáles eran los motivos para tantas páginas de anti-podemos, anti-Rajoy, anti-catalanistas, anti-españolistas, anti-feministas, anti-lo que sea. Sigue resultándome curioso que haya tanta gente que da a un me gusta o a un compartir según quién y no según qué. Estafar millones de euros en comisiones y mordidas nos deja impasibles mientras que contratar a un “asistente” sin dar de alta nos altera.
Hay todavía algo más sangrante. La invención de bulos. Es increíble la cantidad de bulos que circulan en internet, más aún gracias a las redes sociales. Estos rumores demuestran varias cosas. En primer lugar, la credulidad selectiva que tenemos. Hacer pasar noticias de El Mundo Today por ciertas puede tener un punto de gamberrada y de descuido. La tergiversación de declaraciones puede tener la disculpa de la torpeza del entrevistador, aunque de sobra sabemos que un micrófono puede ser un arma de destrucción masiva merced a preguntas capciosas como: “¿suprimirían ustedes la Semana Santa?”, o “¿desde cuándo están recibiendo dinero de Venezuela?” Se responda lo que se responda ya hay implícito un reconocimiento de culpabilidad.
Pero, ¿qué pasa cuando directamente se inventan las declaraciones? Todos hemos podido ver ocasiones en las que se atribuye a un obispo decir que las felaciones en nombre de Jesús no son pecado. Una vez que se leen en algo que parece un periódico cobran visos de realidad, se reifican y de ahí al rumor que se corre de boca en boca.
Ante este tipo de “noticias” es fácil tomar precauciones, contrastar en internet es relativamente muy fácil y, aunque nunca se está seguro y es siempre sano cierto grado de incredulidad, se puede uno decantar por la falsedad o veracidad sin arriesgar demasiado. Yo tengo una norma, quizás caprichosa, que es poner en duda todo lo que critique a la izquierda, a cualquier izquierda, pero especialmente a Podemos, si viene de un medio terminado en –digital. Hay muchos otros que son de la misma ralea, pero esos, para mí, no es que sean indicios de duda, son seguridades de falsedad. Lo mismo me equivoco.
Más difícil de comprobar son las cuentas de las redes sociales. Hay muchos perfiles falsos que sueltan barbaridades para crear un estado de opinión contrario a un grupo social. Dos ejemplos, el feminismo o Podemos. Una vez que cualquier persona de buena fe lee declaraciones de esas cuentas es normal que se indigne y que inmediatamente exclame improperios contra el feminismo o la formación morada. Repito, cosa distinta es que seamos proclives a creernos estas barbaridades. El caso es que todas las ideas provenientes de esas ideologías se convierten en irracionales. Lógico.
Lo que me pregunto es por la persona que crea esos bulos. Quien atribuye a un círculo de Podemos un mensaje pro-islamista sabe de sobra que no es cierto. Confía en que la mayoría de la gente lo va a tomar por real, pero él sabe que no es así. Lo mismo pasa en la guerra. Los servicios secretos se encargan de exagerar o de inventar barbaridades de los contrarios para movilizar a la opinión pública. Pasó, por ejemplo, en la primera guerra del Golfo cuando, ante las Naciones Unidas, una chica con el corazón encogido, narraba cómo los soldados de Sadam habían sacado a los bebés de las incubadoras y las habían destrozados. Luego nos enteramos que la joven en cuestión era la hija de un embajador kuwaití que llevaba años sin pisar la tierra de sus padres. El daño estaba hecho. Las famosas e inexistentes armas de destrucción masiva pueden ser otro trágico ejemplo.
Los inventores de bulos deben de tener un corazón dividido. Por un lado parecen ser personas totalmente entregadas a una causa, tanto que son capaces de vulnerar cualquier ética inventando falsedades. Por otro deberían de sentirse incómodos porque ellos sí que saben positivamente que sus enemigos no son tan malos como ellos mismos pintan. Los que inventan monstruosidades sobre Podemos tienen la certeza de que los secuaces de El Coletas no tienen tantos trapos sucios, que no han cometido tantas irregularidades y que sus declaraciones no son tan radicales. En cierta manera, en su fuero interno, deberían concederles una altura moral mayor de la que van a tener gracias a las fechorías que están inventando.
El que inventa un bulo reconoce que sus enemigos no son tan horribles, aunque le gustaría que lo fueran. Quizás sepan que no son tan distintos, que, en el fondo, no son malos chicos y que si la gente conociera realmente lo que dicen o hacen, tendrían más éxito y ganarían más votos. Aunque la fidelidad al partido hace caer en el abismo ético a estos luchadores de las cloacas. A lo mejor sospechan que los enemigos son mejores personas que ellos mismos.
Lo justifica el paradigma de la guerra, el maquiavélico fin de mantener el poder. Deberíamos hacer imponer otro paradigma. Quizás deberíamos ser el cliente al que deberían complacer los partidos. Y el cliente siempre tiene la razón.

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