domingo, 25 de febrero de 2018

El (negro) espejo en el que reflejarnos



Black Mirror se está convirtiendo en una serie de culto. Creada por Charlie Brooker y lanzada desde la plataforma Netflix, goza de las bendiciones de la modernidad. Ya posee una legión de seguidores que discuten los posibles significados del título y celebran la aparición de nuevos episodios, analizando las implicaciones y la sutileza de cada plano, diálogo o referencia.

            Con un aspecto muy cuidado y con guiones que aportan a la vez variedad y una imagen de marca, Black Mirror nos describe un futuro no muy lejano que se parece demasiado al presente. Una especie de advertencia sobre los peligros de las nuevas tecnologías y del uso que poderosos agentes, grandes corporaciones, políticos o el propio Estado, están haciendo de ellas. Black Mirror es la lucidez que necesitamos para prevenirnos. Las distopías que sirven de marco a la mayoría de los episodios se nos antojan versiones explícitas de un mundo que ya vivimos. Nos atraen porque son verdad, porque sospechamos que son verdad ya. Si a esto sumamos una realización muy eficaz y unos golpes de trama sorprendentes, no es de extrañar que vayan ganando seguidores y, lo más importante, consolidándolos con las nuevas temporadas. Esto es muy meritorio porque el fan que disfruta con este tipo de productos es muy exigente y volátil. Lo mismo que encumbra la primera temporada, tira por tierra la siguiente y espera con mezcla de ansiedad y sospecha el anuncio de la última.

            Los episodios de Black Mirror tienen, por supuesto, sus altibajos. Los hay más logrados y otros que son más espectaculares que efectivos. Sorprende, por supuesto, que sea un solo guionista el encargado de plantear escenarios tan diferentes unos de otros. Por eso son mini series de pocos episodios por temporada, para no quemar la creatividad demasiado rápidamente y cuidar la realización como si fueran películas a estrenar en salas de cine. Así son los tiempos de esta nueva edad de oro de las series, que quizás no podamos ya denominar televisivas, porque son consumidas desde diferentes dispositivos (legales e ilegales).

            Uno, que ya tiene bastantes años, encuentra parecidos razonables con el mundo de los cómics de su adolescencia, 1984 (luego Zona84), Cimoc, Comix, Creepy…, los relatos de ciencia ficción de Ray Bradbury y de Isaac Asimov (por entonces mis preferidos) y los episodios de la Dimensión Desconocida (The Twilight Zone). Pude leer bastantes, aunque no fui un fan. Las historias que recuerdo jugaban con las apariencias y con las preconcepciones, imaginaban mundos muy distintos en apariencia, pero que se parecían en el fondo a las reacciones humanas. Muchos de los guionistas parecían tener una visión lúcida de los males del capitalismo y, de la naturaleza humana en general. Pasiones, pulsiones, expectativas, motivaciones dirigían las acciones de mutantes espaciales, soldados de dictaduras totalitarias…

            Sin embargo, hay una diferencia. Lo que era misterioso e inquietante de aquellos episodios tenía que ver con lo desconocido, la dimensión quizás espiritual, quizás inquietante de inteligencias extraterrestres, es sustituido por la certeza de que es la tecnología quien maneja la trama, literalmente un deus ex machina. La tecnología lo arregla todo, lo causa todo, es el fin último de cada episodio. No hay que buscar nada, está ahí desde el principio. Son las tecnologías de la información y la comunicación las que organizan el mundo. Y nosotros, meros terminales que reaccionan ante sus reglas del juego. Todo tiene una explicación perfectamente racional, cosa que no ocurría en las propuestas del siglo XX, que siempre dejaban una puerta abierta a la espiritualidad, a que hubiera explicaciones que el hombre no fuera capaz de comprender, a que existieran realidades más allá de nuestras pobres mentes encerradas. En Black Mirror, frente a la tecnología, sólo queda la naturaleza humana, la penosa y miserable naturaleza humana.

            Teniendo como referencia toda una tradición, me da la sensación, y esto es algo personal, de que son algo superficiales. A medida que uno se mete en la trama de un episodio, es cierto que engancha el desarrollo, espera los giros inesperados y se deja llevar por todas las implicaciones sociológicas o morales que sugiere el argumento. El poder de las redes sociales, la manipulación consentida por el uso de dispositivos, la aquiescencia hacia una realidad que sabemos es falsa. Nada que no se haya descrito antes en otras novelas, películas o series. Pero lo hace de una manera muy superficial, para que sea apto para el consumo masivo. Por un lado, no se diferencia gran cosa de las advertencias que los padres más asustones hacemos a nuestros hijos. No compartas tanto en las redes sociales, que no son reales, pero sí que son reales sus consecuencias… que nos maneja el gobierno, que las grandes corporaciones, etcétera, etcétera. Por otro lado, situar la acción en un futuro tecnológicamente más avanzado permite cualquier acción, por muy inverosímil que sea. No hay problema en explicar, si se utiliza internet y aparatitos modernos, se puede controlar la mente, buscar en los recuerdos, borrarlos o localizar a cualquiera.

            Hay episodios inquietantes, como Oso Blanco (White Bear) que basan su atracción en el malestar de la brutalidad que está sucediendo y la que está a punto de pasar. Por eso está uno con el corazón en un vilo con la serie, esperando un susto, un grito, un monstruo. No falta algo de sexo. Los protagonistas gozan de indudable atractivo mientras que los antagonistas pueden carecer de ello.

            Después de sucumbir a la fascinación de la realización del episodio. Mientras desconectas el sentido crítico y te dejas embaucar por la magia de la televisión, todo parece maravilloso. Cuando vuelves atrás y le das vueltas al argumento y al mensaje, quizás es entonces cuando ves que es algo de humo, moralina y miedos difusos. Los últimos minutos de cada episodio se reservan para un giro sorprendente que trastoque todo lo que estabas predispuesto a pensar inducido por las pistas que dirigen hábilmente los realizadores. Como la crítica a la gordofobia en la primera temporada, son reflexiones más o menos trilladas, una oposición al progreso casi de manual, no hay posibilidad de imaginar otras sociedades. Imagino que Žižek podrá desmontar la serie para sacar todas las implicaciones, todo el texto oculto. Por lo pronto sabemos que su episodio preferido es el primero de la segunda temporada (En picado, Nosedive). Black Mirror es carne de comentario intelectual con ínfulas, advirtiendo de los peligros de la sociedad que se avecina.

            Igual es que me estoy volviendo un viejo protestón al que no le gusta nada y protesta con cada modernidad que le gusta a los jóvenes. En fin, todos podemos ser Žižek, just for one day.

           

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