domingo, 4 de noviembre de 2018

Inconsistencias


El llamado procés nos está brindando la oportunidad de constatar la mayoría de las inconsistencias que tenemos como sociedad. Prefiero hablar de inconsistencias en lugar de referirme a ellas como cinismo por hacer un esfuerzo en no alterarme demasiado. Ninguna de las partes puede hacer gala de coherencia política. No sólo el presidente Sánchez que veía la rebelión donde ahora sólo ve sedición.
                La diferencia entre los dos delitos es discutible. Así lo han visto algunos jueces europeos. La violencia es, quizás, el punto clave. Y ahí parece que la cúpula independentista jugó bien sus cartas procurando que las escenas de violencia cayeran del bando del Estado. Quizás éstos también estuvieron orgullosos de hacerlo así. Que no se recurra a la violencia física no significa que sus actos no deban quedar impunes. Quien desafía a un Estado es consciente de los recursos que éste puede movilizar, que son muchos y variados.
                Sostenían los independentistas que el acto básico de autodeterminación no se puede asentar en la legislación del Estado matriz. Supone una nueva fundación. Se requiere un gran paso en la desobediencia civil. Lo que no parece muy honroso es querer evitar las sanciones del Estado si la declaración de independencia no triunfa. Poco decoroso es que seas el principal abanderado y huyas a otro país para evitar la acción de la justicia. Aunque parece que la estrategia está dando mejor resultado que si se hubiera quedado.
                No veo tampoco muy coherente declarar la independencia cuando, al menos, la mitad de la población no te apoya. Aunque este obstáculo se sobrepasa rápidamente descalificando a esa mitad de la población y excluyéndolas del sujeto político.
                En cuanto a la ciudadanía, para alguien que ve los nacionalismos como algo ajeno y se siente un poco extranjero en cualquier sitio, sorprende ver la agresividad con la que se agarran las banderas y la indignación que resulta de su afrenta. Da igual que sean esteladas o rojigualdas. Si alguien retira lazos amarillos se convierte en un fascista de manera tan inmediata como quien se suena los mocos en la bandera de España. Y el caso es que todos invocan la libertad de expresión para su caso a la vez que alzan el grito como si les arrancaran el corazón en vivo cuando son los contrarios. Quienes defienden un Estado grande y quienes un Estado pequeñito, a fin de cuentas, están utilizando los mismos recursos retóricos y emocionales. No deberían extrañarse.
                El diálogo, palabra fetiche para unos y para otros, sólo consiste en una manera elegante de decir que el Otro acepte nuestros presupuestos sin chistar. Unos amenazan con la fiscalía, otros, con la DUI. Se dialogan los presupuestos siempre que nos otorguen la libre absolución. Eso no es diálogo, eso es chantaje. Se ha conseguido la paradoja de vender España a la vez que se hace frente común con el 155. Es la aplicación política del gato de Schrödinger.
                Romper España es uno de las acusaciones estrella del Partido Popular y Ciudadanos hacia el PSOE por aceptar los votos de los implicados en el “procés”. Yo, que soy historiador a veces, me ha dado por recordar otra España, la del Sáhara, el Sidi-Ifni o Guinea. Todos esos territorios eran tan España como Canarias o Cuenca y se abandonaron, en muchos casos, de una manera vergonzosa, dejando a sus habitantes sin protección contra los Estados vecinos que quisieron aprovechar para repartírselo, o en manos de autócratas que siguieran manteniendo los negocios que los patrios quisieran mantener en el continente africano. Los países no son eternos, cambian las fronteras, se reagrupan y se transforman. No creo en las esencias de los países, creo que son paparruchas que sólo sirven para hacer chistes de va un alemán, un francés y un español.
                Solo se quiere ver las tergiversaciones en la Historia en los libros de texto de los Países Catalanes. Y realmente las hay. Y muy burdas. Pero no nos vayamos a creer que somos inmunes cuando damos temas como España en la Edad Media o la prehistoria de España. Gracias, entre otros vicios, a la enseñanza de la historia, creamos y creemos en un sujeto inmanente que va sobreviviendo siglo tras siglo, al que le damos un barniz musulmán.
                El Partido Popular y Ciudadanos puede repetir hasta la saciedad que es un golpe de Estado, apelando al sentimiento contrario de la población mientras que se niega a condenar el franquismo, que nació de un golpe de Estado y una guerra civil. Ni siquiera considerando que la Declaración Unilateral sea un golpe de Estado frustrado.
                Tanto el PSOE como el PP, estando en el gobierno, ponen la mano en el fuego sobre la separación de poderes. Los jueces y la fiscalía son independientes. Cuando pasan a la oposición, todo está clarísimamente orquestado desde Moncloa. Por eso no es de extrañar que los independentistas asuman que el Presidente del Gobierno de España dé instrucciones a los jueces para que dicten sentencias absolutorias.
                Inconsistente es ser presidente de una Comunidad Autónoma y decir a boca llena que no vas a aceptar otra resolución que la inocencia. ¿Quiere decir que sólo hay que obedecer a la autoridad pública cuando dicta normas que nos agraden? ¿Cómo puede ejercer el President su autoridad si sus ciudadanos actuaran con su mismo criterio?
                La postura de otros actores, como Podemos, es el paradigma de la contradicción. Al menos es la imagen que ofrecen, por mucho que ellos se vean muy coherentes en el derecho a la autodeterminación. Plantear un referéndum no suele acabar con la cuestión nacionalista, porque siempre queda repetirlo hasta que se gane. Proponerlo para pedir el voto para el “no” tampoco suena coherente con el Internacionalismo. La postura contraria, es decir, hacer de la negación del nacionalismo catalán la esencia de un partido, por su parte, lleva a las inconsistencias en todos los demás asuntos. A veces liberales, a veces socialdemócratas, a veces nostálgicos, a veces muy modernos…
                No estoy diciendo que todos los actores sean igual de injustos, no va por ahí. Simplemente pensaba en las inconsistencias de unos y otros.
                Lo único que me parece consistente es el ideal que el Partido Popular y el Partido Socialista tienen en mente. Me refiero al que George Lakoff, en No pienses en un elefante, describía. El teórico distinguía a los seguidores del Partido Republicano como asumiendo el papel de “padre autoritario”. Por eso defienden portar armas y está en contra de la intromisión del Estado en sus asuntos. El Partido Demócrata debía, pues, tomar el rol de padre comprensivo y conciliador. El Partido Popular y su amenaza permanente al 155 se encuentra cómodo en el papel de “padre autoritario”, aunque sus argumentos para defender un nacionalismo sean los mismos que tienen los independentistas catalanes. El PSOE intenta parecer un “padre conciliador”, pero que no se note demasiado, no vayan a pensar que está vendiendo su presidencia a cambio de perdonar a los “golpistas”.
                Apañados estamos.

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