domingo, 8 de febrero de 2026

Reseña de Marina Casado: ‘Otros sabrán de mí’. BajAmar. 2025

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En este poemario Marina Casado construye un refugio, una habitación sin tiempo donde alguien, ensoñada y despierta a la vez, garabatea sobre la piel misma de la memoria. Otros sabrán de mí pertenece a esa estirpe de obras que restauran el temblor, que devuelven al lector la antigua emoción de asistir a un descubrimiento íntimo: el de la pérdida, la identidad, el origen, la herida que funda y la voz que persiste. Somos afortunados de que BajAmar reedite este volumen merecedor del Premio Samuel Beckett de poesía en 2022.

Los hilos que tensan este poemario se anuncian desde la primera sección, Todo cuanto supe, donde la poeta parece traducir un destello de Emilio Prados, quien presta un pórtico para recordar que todo saber es, en el fondo, un desafío a la intemperie. Ese eco inicial se despliega en los versos: “Cruzas una puerta, la llamarás ‘futuro’ / y no podrán seguirte los que tanto te aman” (Hablo a la niña que un día fui). En ellos se condensa la fractura inicial, la que inaugura la conciencia de la separación. La infancia, o mejor dicho, la niña que una vez fue la autora, no desaparece: observa. Advierte. Señala desde la distancia algo que la adulta todavía ignora. Esta herencia primera define el tono meditativo del libro: el tránsito hacia una madurez que se construye desde la fragilidad.

La vulnerabilidad del origen se repite, casi como una confesión íntima, en otra de las citas que integran esta primera parte: “No sabría escribir mucho más que mi nombre / con pulso tembloroso, con el feroz empeño / de dominar el territorio de la página en blanco” (Avecilla, número 2). Aquí el temblor se vuelve también acto creador: escribir no es solo afirmar la identidad, sino fundarla a pulso, como si el lenguaje fuera un refugio y un campo de batalla a la vez. La poeta se reconoce a sí misma en esa precariedad de quien sostiene la pluma como si sostuviera su vida entera.

La evocación de la ausencia —esa sombra que se proyecta desde cuerpos que no existen— aparece en los versos: “Todas las sombras se proyectan / desde algún cuerpo, / pero el tuyo no existe y, sin embargo, / veo tu cambiar inmóvil / cubriendo las habitaciones de la casa / y el pedazo de mar en que te perdías” (Física elemental). La paradoja del “cambiar inmóvil” es una de las imágenes más luminosas del archivo poético de Casado: la presencia del ausente, aquello que no está pero permanece como una variación silenciosa. La casa y el mar funcionan como dos territorios simbólicos: la intimidad y la vastedad, lo doméstico y lo mítico, lo real y lo imaginado. Esa oscilación marca el ritmo de todo el libro.

Pero también hay infancia, no ya como nostalgia, sino como reino perdido: “Quisiera regresar al sueño primigenio, / ver sus ojos salados espiando los barcos, / imaginando amores con un final feliz, / trenzar mi cabellera y escuchar las historias / que Peter Pan nos traería / al esconderse el sol” (La ingenuidad de las sirenas). En estos versos, la poeta busca un origen anterior al dolor, antes de que la vida se llenara de despedidas. Pero incluso ahí se intuye la pérdida: Peter Pan llega cuando se esconde el sol, como si la imaginación fuera un rescoldo en la penumbra.

La memoria se vuelve mitología en la sección donde Casado afirma: “El tiempo ha desgastado la realidad; / los recuerdos se esconden entre ninfas y cíclopes / agitando mi sueño, plantando fogonazos de ternura / en la mitología azul de nuestra historia” (Mitologías). Lo azul, palabra recurrente en la poética de la autora, actúa como un reino simbólico donde se mezclan sueño y recuerdo. El mundo antiguo aparece no como ornamento, sino como manera de nombrar el pasado cuando ya no responde al lenguaje común.

La primera parte culmina con un gesto cinematográfico: “Y antes que eso ocurra / habrá alguien que llore una vez más, / se apagarán las luces de la sala / y será como el canto último de un cisne” (Cine Avenida). El cine, siempre presente en la obra de Marina Casado, se convierte en metáfora del instante que se apaga. La sala oscura guarda el ritual del adiós, y la imagen del cisne intensifica la sensación de despedida.

La segunda parte del libro, Destierros, profundiza la fractura. El mar, que había sido territorio ambiguo, aparece ahora como borde, como orilla que no pertenece a nadie: “Nunca fui de esta orilla / ni de aquel otro mar /…/ El mar era la puerta a alguna juventud / que caminó a mi lado sin mirarme / y se enquista al insomnio / y es detenido por el canto de los pájaros /…/ el mar fue todo aquello / que hoy no me pertenece” (Toda la noche el mar en mi ventana). Este mar ya no es la promesa de un origen, sino el recordatorio de la ajenidad. La poeta es extranjera en ambas orillas. La costumbre, por su parte, se convierte en un animal herido: “La costumbre es un lobo / que aúlla en el silencio / recordando que un día / tú / aquí / fuiste feliz” (La costumbre). La ruptura emocional aparece aquí como un animal que vigila desde la sombra, que recuerda y muerde sin descanso. La elipsis del “tú / aquí” intensifica la ausencia: el espacio queda vacío.

La fotografía, fiel guardiana de lo que nunca se muestra, revela otro tipo de destierro: “En las fotografías que nunca me has mostrado / permanece encerrado un fragmento de mí/ un gesto indescifrable” (Invierno en Praga). La memoria aparece congelada en un negativo que nadie ha revelado: la identidad misma depende de imágenes ocultas. La atmósfera cinematográfica vuelve con fuerza en los versos: “Jamás hubo piano que llorase /…/ Nunca existió París. // Tuvimos que cerrar los ojos / para oír esa música” (Casablanca). Aquí se quiebra la ilusión romántica. París nunca existió, pero la música sí: oír es cerrar los ojos, aceptar que toda belleza es imaginada y, sin embargo, real.

La niebla, que en la obra de Casado es casi un personaje, desciende: “la niebla descendió como una lágrima / y se callaron las trompetas; / esperé tristemente aquel refugio, / pero el frío quemaba los ojos de la noche / y ya no comprendía” (El Ángel Azul). Se advierte el desconcierto de quien busca un refugio en lo conocido —el cine, los símbolos— y encuentra que ya no lo entiende. Finalmente, el tiempo se vuelve música: “El ritmo melancólico de las seis de la tarde / en un invierno madrileño en el que nada / sucede de verdad: todo es un eco / de otra época que me mira / desde el balcón de la memoria /…/ y sé que no soy joven, que no puedo ser joven / con toda esta nostalgia colgando de los ojos” (Albinoni). La poeta se asoma al balcón de su propia vida: lo que mira es un eco, no un presente. La juventud ya no se vive: se recuerda.

La tercera parte, Perpetuar la memoria, reúne las raíces familiares y el legado afectivo que sostiene a la autora. La primavera —símbolo de renacimiento— llega con preguntas: “Vuelve la primavera ahora y me pregunto / por qué mi madre todavía es joven, / por qué su voz resuena azul, / aunque tenga la edad de aquellos viejos / que recuerdan a los difuntos” (Otros sabrán de mí). Lo “azul” vuelve a iluminar la voz materna, que se resiste a envejecer en el recuerdo de la hija. Otras voces, como la de las encinas, susurran advertencias: “… Escucho a las encinas: me susurran / que no regresaré para mirarle / con mis ojos de niña”. La infancia no es recuperable: es solo un rumor entre las hojas.

La pérdida se afila en estos versos: “Algunas noches pienso / que en este mundo existen cada vez / menos personas que me quieren, / que los paisajes de la infancia / se van deshilachando por los puños / y acaban por borrarse” (Esta herida). Esta confesión trasciende la experiencia personal: en ella se reconoce toda una generación que observa cómo se van deshilachando los afectos y los lugares que le dieron identidad. La memoria histórica aparece también, silenciosa y necesaria: “Nos dice que están lejos, / que ya nadie recuerda”. Un lamento por quienes ya no están, y por quienes han dejado incluso de ser recordados.

El poema el Oeste ofrece un deseo de comunión con los muertos: “Me vestiría con la edad exacta de los muertos / para volver a recorrer los campos: / embriagarme de viento entre los encinares / y vaciar mi cuerpo de esta soledad, / de esta lluvia que ahora eterniza el presente, / esperando el regreso de los caracoles”. La lluvia que eterniza el presente es una de las imágenes más conmovedoras del libro: la imposibilidad de avanzar mientras se espera un regreso imposible.

El legado del padre aparece como un refugio luminoso: “Sigo sin aprender el nombre de las aves, / pero escribo poemas en los que te susurro / las cosas que suceden / bajo tu cielo. // Y siempre estás aquí para escucharlas” (Crónica de estos años). En esta ternura está el corazón emocional del libro: escribir es también hablarle al padre. El amor, mientras tanto, se sostiene sobre un abismo: “Ese mismo vacío que me devorará / el día en que se apague nuestro beso” (Caballos). La poeta admite que el final es parte del amor.

La tradición literaria comparece con delicadeza en el homenaje a Cernuda: “Escondida en los muros del jardín, / anhelando dos sombras que se amaran, / iguales en su forma, ascuas bajo la nieve, / con la fragilidad tan bella de lo efímero” (A un poeta pasado). Las sombras que se aman remiten a ese deseo de persistir en la belleza, aunque sea por un instante. La última sentencia podría cerrar todo el libro: “Nadie quiere reconocerse en el silencio” (Meditación para el fin del día). Quizá porque reconocerse en el silencio implica aceptar la verdad más íntima: la fragilidad.

Otros sabrán de mí es, así, un libro que canta desde la frontera entre la nostalgia y la revelación. Un poemario donde el mar, la infancia, el cine, la música y la memoria familiar se entrelazan en un tapiz de voces que nunca se apagan. Marina Casado escribe desde esa orilla que no pertenece a nadie, pero en la que todos nos reconocemos. Porque en su poesía se filtra la certeza de que la vida es un territorio vulnerable y hermoso, un lugar donde el tiempo desgasta pero también ilumina. Y que, a pesar de la ausencia, siempre queda un eco, un color azul, un poema para sostenernos.

 

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