
La otra, poemario en edición bilingüe castellano-asturianu, pertenece a esa estirpe incómoda y necesaria de obras que no buscan ser comprendidas de inmediato, sino habitadas. Es un poemario que se cruza como un umbral que, al franquearlo, altera la manera en que una –y uno– mira —y se mira— en lo sucesivo. Desde sus primeras líneas, el texto se abre como una herida lúcida y colectiva, donde la identidad no es un punto de partida sino un territorio en disputa. No es casual que el libro esté dedicado “a todas las mujeres del mundo”: no como fórmula retórica, sino como programa poético, como gesto de inclusión radical que, sin embargo, rehúye cualquier ingenuidad conciliadora.
El prólogo de Berta Piñán –como luego el epílogo de Marta Mori–anticipa la naturaleza del viaje: una escritura “salvaje, algo furiosa, indomable”. Y en efecto, lo que Ana Lamela construye no es un discurso ordenado, sino una constelación de fragmentos, voces, escenas y resonancias donde “todo es juego para subvertir la realidad, todo es espejo, distorsión”. Esa distorsión no es un defecto: es la herramienta misma de la revelación. En ese espejo deformante, la identidad femenina deja de ser una categoría estable para convertirse en un proceso, en una fabricación continua, colectiva y, a menudo, dolorosa. Las ilustraciones de Laura Fernández Blanco contribuyen a crear la atmósfera para habitar este durísimo alegato.
El tránsito “del yo al nosotras” articula buena parte de la poética del libro. Frente a una tradición lírica que ha privilegiado la voz individual como centro de la experiencia, Ana Lamela propone una disolución del yo en una multiplicidad de voces que se contaminan, se contradicen y se sostienen mutuamente. “Pertenezco al magma /…/ Pertenezco a las palabras muertas”: la afirmación no es una declaración de derrota, sino de origen. El sujeto poético no nace de una esencia, sino de un sedimento, de una acumulación de restos lingüísticos, históricos y corporales. En ese sentido, la autora dialoga con ciertas líneas de la poesía contemporánea —pienso en la herencia de Alejandra Pizarnik o de Chantal Maillard— donde la identidad se construye desde la fisura, desde lo que no termina de cuajar.
Pero si hay un núcleo que organiza el libro es, sin duda, la figura de “la otra”. No como alteridad abstracta, sino como experiencia encarnada, íntima y social al mismo tiempo. “No es fácil llevar la marca / de otras en un cuerpo de mujer / que acaba de nacer. // Tampoco es fácil / vivir en el lugar de las otras /…/ Pero no creáis lo que dicen: no se nace otra. / Las otras se hacen a mano, entre todas”. Este pasaje condensa una de las intuiciones más potentes del libro: la otredad no es una condición natural, sino una construcción colectiva. Ser “otra” implica haber sido nombrada, moldeada, violentada por un entramado de discursos y prácticas que exceden al individuo. En esa construcción, la violencia aparece como un elemento constitutivo. No se trata de una violencia espectacularizada, sino de una violencia cotidiana, casi banal, que se filtra en los gestos más aparentemente inocuos. “Las otras son ellas, esas niñas blandas de colores aceitosos. // Hacerles daño es sencillo. / Aplastarlas también”. La imagen es perturbadora por su simplicidad: la infancia, asociada tradicionalmente a la pureza, aparece aquí como un espacio de vulnerabilidad absoluta. La facilidad con la que se puede dañar a “las otras” revela una estructura social que legitima —o al menos tolera— esa violencia.
El cuerpo, en este contexto, se convierte en el principal campo de batalla. “Tu sexo como otro sexo”: la frase, escueta, abre un abismo de significados. El cuerpo femenino es presentado como un territorio colonizado, ajeno incluso para quien lo habita. No hay aquí una celebración del cuerpo como espacio de empoderamiento inmediato, sino una exploración de su extrañeza, de su condición de objeto para otros. De ahí que la memoria corporal esté atravesada por escenas fragmentarias, casi oníricas: “Cada vez que pasas por el parque, te acuerdas de los columpios. / Del banco. / Del abrigo verde. / De aquella mano”. La mano, ese contacto apenas sugerido, concentra una carga emocional que el texto no explicita, pero que se impone con una intensidad silenciosa.
La ausencia y la negación también desempeñan un papel crucial en la configuración de la identidad. “Sabe desde hace tiempo que tu madre no existe”. La frase no debe leerse literalmente, sino como una desarticulación de los referentes que sostienen el yo. La figura materna, tradicionalmente asociada al origen y al cuidado, se desdibuja hasta desaparecer, dejando al sujeto en una especie de orfandad simbólica. En ese vacío, la voz poética se construye a partir de lo que falta, de lo que no puede nombrarse. El aprendizaje del silencio es otro de los ejes que atraviesan el libro: “Nunca se te oye. / Te han enseñado bien”. La ironía es evidente: lo que se presenta como una buena educación es, en realidad, un mecanismo de control. Callar no es una elección, sino una imposición que garantiza la reproducción de un orden desigual. Sin embargo, ese silencio no es absoluto. Desde sus grietas emergen “voces de mujeres salvajes /…/ Son voces duras, / bellas piedras”. La imagen de la piedra es especialmente significativa: remite a algo resistente, a algo que, pese a la erosión, persiste.
La cuestión de los pronombres introduce una dimensión lingüística fundamental en el libro. “No, no os miréis. / No reconozcáis otra piel. /…/ Si te conocieras, os caeríais bien. // Pero entonces a él ya no le interesaríais, ella ya no sería otra, / tú no serías ella y no habría manera de que los pronombres / no os hicieran la vida imposible”. Aquí, el lenguaje deja de ser un mero instrumento de representación para convertirse en un dispositivo de poder. Los pronombres, que en principio deberían facilitar la identificación, se revelan como trampas que fragmentan y jerarquizan las identidades. La imposibilidad de fijar un “tú”, un “ella” o un “nosotras” estable refleja la inestabilidad misma del sujeto. Esa inestabilidad se intensifica en los pasajes donde la violencia alcanza su expresión más cruda. “Ella elige los días fértiles con calculadora. / Una vez dejó un feto de tres meses creciendo en el cubo de basura”. La frialdad del tono, casi clínico, contrasta con la brutalidad de la escena. No hay aquí juicio moral explícito, sino una exposición descarnada de las condiciones en las que ciertas decisiones se toman. La maternidad, lejos de ser idealizada, aparece como un espacio atravesado por la precariedad, el cálculo y, en ocasiones, la desesperación.
La afirmación “Pero en realidad, tú y ella no os parecéis. / Mujeres, nada más” introduce una tensión interesante. Por un lado, subraya la diversidad de experiencias dentro de la categoría “mujer”; por otro, señala la reducción a la que esa categoría somete. Ser “mujeres, nada más” implica ser definidas por un rasgo que, aunque compartido, no agota la complejidad de cada individuo. En esa tensión entre lo común y lo singular se mueve gran parte del libro. La dimensión colectiva de la violencia se hace explícita en uno de los pasajes más sobrecogedores: “Cuentas que hay muchas otras mujeres muertas / en el fondo del mar Adriático, en el mar Mediterráneo /…/ en pisos de Barcelona, de alicante, de Madrid”. La enumeración geográfica rompe cualquier ilusión de distancia: la violencia no es un fenómeno aislado ni ajeno, sino una realidad que atraviesa distintos espacios y contextos. El mar, tradicionalmente asociado a la vida y al movimiento, se convierte aquí en una fosa común. La escena de Concha intensifica esa sensación de inquietud: “El cuerpo de Concha, envuelto en cartones, estaba colocado en el asiento-cama donde antes, su madre, esa otra mujer abrazaba la caja de galletas al lado del hombre al volante. // Con cada bache de la carretera, Concha se movía como si estuviese viva”. La imagen roza lo fantasmagórico. El movimiento del cuerpo sin vida sugiere una persistencia, una negativa a desaparecer del todo. Como si las “otras” siguieran presentes, reclamando ser vistas y nombradas.
En medio de esa oscuridad, el libro no renuncia del todo a la posibilidad de una comunidad. “La otra llora como lloran los insectos”: la comparación, extraña y casi inquietante, remite a una forma de comunicación que escapa a lo humano, pero que, sin embargo, insiste. Del mismo modo, la referencia a “Ola”, “otra de las niñas que se venden”, introduce la dimensión económica de la violencia: los cuerpos no solo son controlados, sino también mercantilizados. “Y no es que importe la tierra”: la frase subraya la indiferencia con la que estas prácticas atraviesan fronteras. El lenguaje insultante —“Y tú eres gorda, fea, inútil, estrecha, idiota, inexpresiva, arrugada. Eres una zorra, demasiada sonrisa, demasiada atractiva, demasiado escote, demasiado sola, demasiado embarazada”— funciona como un catálogo de violencias simbólicas. La acumulación de adjetivos, aparentemente contradictorios, revela la imposibilidad de cumplir con las expectativas sociales: siempre hay un exceso, un defecto, algo que desborda la norma.
Sin embargo, el libro también cuestiona ciertas categorías que damos por sentadas: “Ni tú ni ella sabéis de soledad. Quizás de distancia pero no de soledad /…/ Otras tús plañideras, casi putas”. La distinción entre soledad y distancia introduce un matiz importante: incluso en la separación, hay una forma de vínculo, una conciencia de las otras que impide el aislamiento absoluto. La escena del tren sintetiza muchas de las tensiones del libro: “En un tren que viaja por raíles imprescindibles, esa otra mujer que se levanta y se mete en un baño estrecho, /…/ y abre una ventana pequeñísima. / Se bebe un vaso de agua cargado de un polvo azulado. / Y vomita la comida de ayer”. El movimiento del tren, aparentemente inevitable, contrasta con el gesto íntimo y desesperado de la mujer. El cuerpo vuelve a ser el lugar donde se inscribe el conflicto, donde se manifiesta una lucha que no encuentra salida en el exterior. El cierre de esta primera sección es contundente: “Todas están en la lista de las otras Perdiéndose. / Tú también”. No hay excepción posible. La pérdida no es un destino individual, sino una condición compartida.
La segunda parte, La avellana, introduce un cambio de registro que, sin embargo, no rompe con lo anterior, sino que lo desplaza hacia una dimensión más simbólica. “Me abro. / Como cualquier otro fruto. / Y vosotros, que me veis, / tocáis mi espacio abierto”. La metáfora del fruto remite a la vulnerabilidad, pero también a la posibilidad de ser compartido, de ser tocado. El cuerpo se abre, se ofrece, pero esa apertura no está exenta de riesgo. La relación entre lenguaje y deseo aparece en un pasaje especialmente sugerente: “Y de esa incapacidad de palabras de la frente o de la boca pequeña / nace el goce de acariciar”. Cuando el lenguaje falla, el cuerpo toma la palabra. El tacto se convierte en una forma de conocimiento que escapa a las limitaciones de lo verbal. La identidad vuelve a construirse desde lo biológico y lo simbólico: “Dicen que de esa mujer ha nacido una fruta: yo”. La afirmación, aparentemente sencilla, encierra una complejidad notable. El “yo” no es un sujeto autónomo, sino el resultado de una genealogía que lo precede. “Soy un pequeño fruto y sé de lo que hablo porque me maceráis y tostáis antes de ser”: la violencia vuelve a aparecer, ahora bajo la forma de un proceso que transforma al sujeto antes incluso de su existencia plena. La reflexión sobre el nacimiento introduce una nota de desencanto: “Muchos niños no nacen de un amor intenso. / Por eso lloran al nacer”. La relación entre amor y origen se pone en cuestión, desmitificando una de las narrativas más arraigadas de nuestra cultura.
El libro no rehúye tampoco la cuestión de la muerte y del suicidio: “Y no me vengáis con tonterías, no existen los suicidios perfectos. / Siempre hay alguien mirando / y sois vosotros”. La mirada del otro aparece como un elemento constante, incluso en los actos más íntimos. No hay escape posible de esa vigilancia. La imagen del árbol y el cristal introduce una tensión entre naturaleza y cultura: “Nunca / hemos escalado un árbol. / Tampoco hemos arañado nunca su corteza. / Sin embargo, la rama del avellano que crece al lado / de aquella ventana está a punto de romper nuestro / pecho. // Tan confuso es el cristal. / Tan helado y sucio nuestro deseo”. El deseo, mediado por el cristal, se vuelve opaco, inaccesible.
La última sección, La otra, las otras y yo, articula de manera más explícita la dimensión colectiva del libro. “A las otras, como a mí, nos atrapan fácilmente con palabras / de nadie, con poemas que se pierden en la raya del horizonte /…/ Pero a las otras, como a mí, nos vale cualquier bosque para empezar a cantar, nos vale cualquier esquina para cogernos / del brazo, gritar y enseñarnos las tetas con letras que salvan, / nos vale cualquier momento para sentir que somos. / Lo decíamos todas levantando las faldas: / somos mujeres y eso ya es bastante”. Aquí aparece, quizás por primera vez de forma clara, una afirmación de existencia que no pasa por la negación. Ser “mujeres” deja de ser una reducción para convertirse en un punto de partida, en una posibilidad de comunidad. El falso epílogo cierra el libro con una declaración que funciona como deseo y como advertencia: “Deseo que los pronombres os descoloquen, os mientan y que no distingáis dónde empieza esa mujer y acaba la otra /…/ Se os imprime la imagen de una sola mujer, de una gran mujer que nos incluye a todas”. La unidad no se presenta como una solución simple, sino como una imagen que desborda las categorías tradicionales. No se trata de borrar las diferencias, sino de pensar una forma de comunidad que no se construya a partir de la exclusión.
En ese sentido, La otra dialoga con una tradición literaria que ha explorado las fracturas del sujeto femenino, pero lo hace desde una radicalidad formal y temática que la sitúa en un lugar propio. Si en poetas como Sylvia Plath, Adrienne Rich o Anne Sexton encontramos una introspección desgarrada, en Ana Lamela esa introspección se expande hacia lo colectivo, hacia una red de voces que no pueden reducirse a una sola experiencia.
Leer este libro es, en última instancia, aceptar la incomodidad de no poder fijar un sentido definitivo. Es dejarse afectar por una escritura que no ofrece respuestas fáciles, pero que, en su insistencia, abre un espacio de reflexión necesario. En tiempos donde las identidades tienden a simplificarse en discursos cerrados, La otra recuerda que ser —y ser mujer— es, ante todo, un proceso inacabado, una construcción en permanente tensión. Y quizá ahí resida su mayor logro: en obligarnos a mirar de nuevo, a reconocer en esa “otra” algo que nos atraviesa, que nos constituye. Porque, como el propio texto sugiere, no hay una línea clara que separe a una de otra. Y en ese desdibujamiento, en esa incertidumbre, se juega también la posibilidad de una nueva forma de comunidad, más compleja, más honesta, más abierta.
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