
En Fábulas urbanas, Ana Patricia Moya propone una colección de relatos breves —en muchos casos cercanos al microrrelato— que se aleja deliberadamente de la tradición moralizante asociada al género de la fábula. Aquí no hay enseñanzas reconfortantes ni finales edificantes: lo que encontramos es, más bien, una serie de estampas crudas de la vida contemporánea, atravesadas por la precariedad, la frustración y el desencanto. Desde las primeras páginas, el libro deja clara su vocación. El desempleo, la sobrecualificación, los sueldos bajos, la incertidumbre vital o la dificultad de construir un proyecto de vida aparecen como constantes que moldean a los personajes. No se trata de un telón de fondo, sino del núcleo mismo de las historias: la identidad individual queda condicionada —y a menudo erosionada— por estas circunstancias. Julia Navas, en el epílogo, pone el acento en el carácter de impostores que tienen que utilizar los personajes para sobrevivir. Pero son mucho más que mentiras –piadosas– por las que vivimos. En el prólogo, Ramón Bascuñana acierta a resumir:
buscan meter el dedo en la llaga o en la herida, sobre todo social y económica. Porque somos animales sociales y económicos y esa es nuestra circunstancia (…). Estos relatos son bombones, pero envenenados. Te los tragas con facilidad, pero tienen efectos secundarios. Son como la vida misma: golpean. Con insistencia, con contundencia. Con desesperación. Sin anestesia. Porque la autora sabe que la literatura, con mayúsculas o con minúsculas, no cambia nada
En estas páginas encontramos historias de derrotados y derrotadas, de fingidores de dignidades perdidas, de buscavidas fracasados, de paro, miseria, depresión. Como en Carver, como en David González que reivindicaba la ficción basada en hechos reales, todo podría formar parte de una misma historia. Todos son, en el fondo, el mismo personaje. Es el derrotado por lo que se viene a llamar la “crisis”, aunque bien sabemos que no es una excepción, sino la regla. La situación económica atraviesa a los personajes y les afecta en lo material, en lo espiritual, en los valores y en los afectos. En el fondo del pozo donde se encuentran hay ternura, pero también hay un humor despiadado. Personajes que todos conocemos, que nos cruzamos, invisibles, por las calles o en el espejo: “De madrugada, te abraza la sombra de la hipoteca, y luego, tu chica, con esas ojeras que son idénticas a las tuyas: las huellas de la incertidumbre” (todo se resuelve con unas oposiciones).
El paisaje, el territorio urbano es una sabana con pocas sombras. Pero habría que preguntarse, ¿por qué “fábulas”? ¿Debemos sacar alguna enseñanza? En lo que nos enseñan los cómics reflexiona: “¿Qué coño os enseñan los cómics? Nada: son solo ficción para entretener a antisociales freaks con acné”. El tono general de la obra es abiertamente pesimista, en ocasiones cercano al nihilismo. La mirada sobre el ser humano es dura, incluso despiadada: los personajes se perciben a sí mismos como fracasados, prisioneros de una realidad que no ofrece salidas claras. En este sentido, Moya renuncia a cualquier forma de idealización. Sus relatos no consuelan, sino que incomodan; no ofrecen respuestas, sino que insisten en las preguntas. ¿Este realismo sucio no es una realidad una fotografía, sino la imagen, la alegoría de algo más? Decía Oscar Wilde que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. O quizás se esconde en un rincón. O salta con él la pureza, la esperanza, la salud mental, la identidad.
“El pasaporte a la felicidad era caro: había que pagar con mentiras. Pero él ya estaba demasiado harto de trabajar horas extras, del miserable sueldo que percibía, de convivir con sus padres jubilados en un ridículo piso y, sobre todo, de tener colgado en la pared de su habitación un diploma universitario que le recordaba que era otro perdedor más” (fauna urbana)
Ningún personaje sale, ninguno logra la redención. Fracasos en el trabajo, en las redes de apoyo, en las oposiciones (“Conozco al ser humano: es capaz de ensuciar la vida de todas las formas posibles. Somos así de penosos. Estoy acostumbrado a la miseria del hombre y a su mierda”, desechos). Parafraseando a Quevedo, concluimos que no hallé cosa en qué poner los ojos que no fuese recuerdo de la ruina. No esperamos a los bárbaros, esta es ya una civilización urbana y decadente. Fábulas urbanas es un retrato ácido y sin concesiones de la precariedad emocional y material del presente: “Cuando el poder se convierte en misericordia, ya solo queda el olvido” (poder). Los problemas que articulan las tramas son estructurales. La hipoteca, los sueldos bajos, la sobrecualificación o la edad como obstáculo laboral no son fondo, sino núcleo temático. La autora parece sugerir que la identidad individual está profundamente condicionada por estas circunstancias.
“Es lo que tiene el desempleo: te aburres. No sabes qué hacer con tanto tiempo libre. A menudo te planteas si tienen sentido las incursiones diarias a la oficina de empleo para estar al tanto de las (escasas) novedades, ya sean cursos de formación u ofertas laborales. Algunos individuos continúan con las visitas diariamente, por si un golpe de suerte les cambia su anodina existencia. Respeto su decisión de aferrarse a un clavo ardiendo” (aburrimiento)
Uno de los mecanismos más eficaces del libro es el contraste entre apariencia y realidad. Bajo discursos de éxito, amor o realización personal, laten la inseguridad, la frustración y el autoengaño. Este desajuste se manifiesta tanto en las relaciones personales como en el ámbito laboral o en la propia construcción del yo. Ejemplos hay muchos: “Hay que continuar la farsa por amor” (cabeza de familia); “Entre copas, él presumía de ser un triunfador nato: independiente, emprendedor, generoso. Ella, entusiasmada, aplaudía las hazañas de aquel caballero curtido en mil existenciales batallas” (príncipes y princesas del siglo XXI). La ironía emerge así como herramienta clave: los personajes se sostienen, muchas veces, sobre ficciones que ellos mismos han creado o aceptado. La identidad es poliédrica y estas historias vienen sin ganas de nada, son autoexploraciones, tanto da si es primera persona o en tercera, todo menos autoficción, tanto de los hombre o mujeres, de jóvenes o ancianos. La crisis y la depresión contienen multitudes.
“La depresión me está minando por dentro, soy consciente, pero, como reza la famosa canción, el espectáculo debe continuar (…) Y cuesta reconocerse en el reflejo, sí, reconocer al hipócrita que es capaz de hacer feliz a los demás pero desconoce cómo hacerse feliz a sí mismo.” (the show must go on)
En estos relatos se gana por k.o. en cada uno, son puntos en un combate como puntos de sutura. No hay ni una concesión al preciosismo. Hay un profundo conocimiento, nunca mejor dicho, de las circunstancias, los afectos y las esperanzas. No hay moralina, hay rabia y desesperación. Ana Patricia Moya prefiere, como Nietzsche, abandonar cualquier esperanza para dilatar el sufrimiento: “El amor y la destrucción en esta escena cotidiana: la realidad de nuestro mundo” (humanidad). La dolorosa conciencia de lo inútil, de la gran piedra de Sísifo, de la desgarradora secuencia de la vida que se repite y repite. A veces no suceden cosas, no hay casi ni trama. Solo la descripción certera de vidas que se resisten a ser vacías, con la misma fuerza, el mismo empeño que ponen los protagonistas en no llorar, en no desfallecer: “No importaba si su novia le hacía sentir tan especial. Él era un fracasado, un pringado” (elefante). En cuanto al estilo, Moya apuesta por la concisión y el impacto. Sus textos son breves, directos, sin rodeos, y buscan el golpe final que deja al lector en suspenso o lo obliga a replantearse lo leído. Esta economía expresiva refuerza la intensidad de los relatos, aunque también puede generar una cierta sensación de acumulación: la reiteración de temas y tonos termina por construir un universo coherente, pero deliberadamente asfixiante.
“El marido se levanta temprano: tiene una importante de trabajo. Su mujer, entusiasta, le anima (…) Él, más pragmático, prefiere no ilusionarse, es consciente de que con cincuenta y tantos, en la situación del mercado laboral, no se propicia el reclutamiento de personas con tanta edad y experiencia. Dos años y medio en el paro marcan” (apariencia)
A esta dimensión social se suma una interesante reflexión metaliteraria. Varios relatos cuestionan el valor de la literatura y del arte en un contexto dominado por la lógica utilitarista (“Hasta mi gato detesta las metáforas”, el [inconfesable] crimen de chinaski). ¿Para qué escribir, para qué crear, en un mundo donde “las facturas no se pagan con talento”? La autora introduce así una tensión entre vocación y supervivencia que añade profundidad al conjunto y conecta con una preocupación muy contemporánea. En vaso de bourbon leemos “una realidad a la que no le importa el hermoso pero inútil arte de los versos. A nadie le interesa lo que tú sientas. A nadie. Ni a mí tampoco”. Y en lecciones que jamás se aprenden: “Los poetas prefieren enfermar de orgullo y no admitir que la poesía no entiende ni de pasado, ni de presente, ni de futuro: es eterna”. Y concluye: “Soy la gran promesa de mi generación, escribiré la mejor novela del siglo veintiuno, seré la envidia de los escritorzuelos y los editores apreciarán mi talento. (…) ¿Sabéis? Mejor jugaré a ser rebelde otro día” (on the road).
“Allí, indefensa y humillada, es solo una empleada más que tendrá que aguantar la desaprobación de jefes explotadores y clientes desagradables, broncas con compañeros que no dudarán en pisotearle el cuello en un descuido, horarios abusivos y un sueldo miserable. Dentro de aquel supermercado, la poeta se siente indigna, pero las malditas facturas no se pagan con el talento. Welcome, poet, welcome to the real world” (welcome to the real world)
Fábulas urbanas se configura como una suerte de anti-fábula: en lugar de ofrecer moralejas claras, expone sin filtros las contradicciones y heridas de la vida moderna (“En fin. Cosas de homo sapiens sapiens, supuestamente superior”, cosas de homo sapiens superior). Es un libro incómodo, a ratos implacable, pero también lúcido en su diagnóstico de una realidad marcada por la precariedad y la incertidumbre. Su mayor virtud reside precisamente en esa capacidad de golpear sin anestesia; su posible límite, en la ausencia de resquicios para la esperanza. Como la vida misma que retrata, estas fábulas no prometen consuelo, pero sí invitan —aunque sea desde la incomodidad— a mirar de frente. Ana Patricia Moya habla como quien conoce bien el infierno y todavía está en él. Y sabe que los demás también lo estamos, aunque no queramos aceptarlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario