
En El magisterio de los árboles la palabra se asienta como la tierra húmeda en torno a las raíces: lentamente, con paciencia vegetal, con una conciencia del tiempo que recuerda que toda verdad profunda necesita demorarse. El libro, merecedor del XXXI Certamen de Letras Hispánicas Rafael de Cózar, avanza desde una ética de la observación y desde una emoción contenida que nunca se entrega al desbordamiento. De ahí su rara intensidad. La poesía de Gilabert se instala en una tradición de la intimidad meditativa que podría emparentarse, en algunos momentos, con Eloy Sánchez Rosillo o con el Luis García Montero más elegíaco, aunque en estas páginas late también una relación más honda con la desnudez reflexiva casi mística, con ese modo de escuchar el mundo como si la realidad estuviese pronunciando continuamente un secreto. Los árboles, en este libro, no constituyen un simple motivo ornamental ni una metáfora recurrente: son una pedagogía de la existencia, una gramática moral. El poeta los contempla como quien escucha una lección antigua.
Desde el comienzo se advierte que la memoria familiar constituye uno de los núcleos emocionales del libro. El padre aparece convertido en una presencia tutelar, no solo afectiva sino simbólica: “Un padre es como un árbol. A sus ramas / trepamos por primera vez e hicimos / un nido en el que aún nos cobijamos” (El primer árbol). La imagen evita el énfasis porque nace de una verdad emocional reconocible: la infancia como refugio suspendido en las ramas de una autoridad protectora. La metáfora del árbol no se limita aquí a la fortaleza o al arraigo, incorpora también la idea del cobijo, de aquello que sigue sosteniéndonos incluso cuando la vida ya ha comenzado a erosionar las certidumbres.
La infancia ocupa en estas páginas un territorio de persistencia. “Nunca camino a solas por la calle /…/ Mi infancia me acompaña de la mano” (Retrospectiva). Hay en estos versos una serenidad melancólica que recuerda que crecer no significa abandonar del todo lo vivido, sino aprender a convivir con sus espectros. Gilabert entiende que la memoria no es una estancia clausurada, sino una respiración continua dentro del presente. Por eso su evocación nunca cae en el sentimentalismo complaciente. La infancia no aparece idealizada, se percibe más bien como un bosque que lentamente se vacía: “La infancia es como un bosque / que se va despoblando con el tiempo” (Arraigo). Ese bosque despoblado conduce inevitablemente a la conciencia de la pérdida. El libro está atravesado por una meditación sobre la muerte que jamás se convierte en abstracción filosófica. La muerte aquí tiene nombre, habitaciones concretas, objetos reconocibles: “De nuevo en esta sala en pocos meses, / apenas soy capaz de distinguir / si acaso no es a mí a quien despiden” (De nuevo en esta sala). El estremecimiento nace precisamente de esa confusión entre el que acompaña y el que será acompañado algún día. La experiencia del duelo deja de ser un acontecimiento ajeno para convertirse en un espejo.
Hay poemas donde la ausencia del padre adquiere una intensidad casi física: “Hoy todo aquí te nombra y te contiene” (Todas estas cosas). La casa, los objetos, la atmósfera entera parecen impregnados de una memoria que no se resigna a desaparecer. En otro momento, el poeta escribe: “Y sin embargo, padre, / no hay día que o vengas a mi lado / y me susurres hijo, no me olvides” (No me olvides). Esa apelación directa conmueve porque carece de artificio. La voz no dramatiza sino que se limita a reconocer que la muerte no cancela el diálogo interior con quienes amamos. Quizá uno de los mayores logros del libro consista en haber comprendido que la elegía no necesita buscar el efectismo dramático. Gilabert escribe desde una sobriedad expresiva que vuelve más penetrante la emoción: “La muerte duele menos / si alcanza la costumbre” (Costumbre). El verso parece sencillo, pero encierra una intuición devastadora: incluso el dolor termina domesticándose en la rutina de la ausencia. Esa normalización del vacío constituye una de las experiencias más difíciles de aceptar.
El poeta observa el mundo con una atención que tiene algo de ejercicio moral: “Se trata de ver en las cosas, / vencer a la certeza que disuelve / las nubes, los gorriones o los árboles, / mirar contra el olvido su importancia” (Abrir los ojos). Esta declaración podría leerse como una poética. Frente a la velocidad contemporánea, frente a la anestesia perceptiva de una realidad consumida con prisa, el libro propone una ética de la mirada. Saber mirar equivale a resistir el desgaste de lo cotidiano. En ese sentido, El magisterio de los árboles participa de una tradición que entiende la poesía como una forma de atención. Simone Weil escribió que la atención absoluta es la forma más pura de generosidad. Los poemas de Gilabert parecen sustentarse en esa convicción. La contemplación de los árboles no es paisajismo; es una manera de aprender a habitar el tiempo.
Uno de los símbolos más hermosos del libro aparece en el poema dedicado al olivo: “Siempre quise tener unos olivos /…/ Lo encontré en la basura, / desahuciado, / y se vino conmigo”. La imagen del árbol rescatado posee una dimensión casi moral. Cuidar un árbol abandonado equivale a sostener una forma de resistencia contra la intemperie del mundo. Más adelante, el poeta añade: “Ha crecido hasta alcanzar la altura de mi hijo / y no hay día que al mirarlo no piense / que es un digno heredero / de los viejos olivos / cuya raíz sostienen nuestra historia” (Olivo). La herencia familiar, la continuidad entre generaciones y el vínculo con la tierra convergen aquí con admirable naturalidad. El árbol se convierte entonces en una cifra de permanencia. Pero no de una permanencia inmóvil, sino de una continuidad vulnerable, expuesta al desgaste de las estaciones. De ahí la importancia del otoño en varios poemas: “Hay algo traicionero en el otoño, / como la falsa sensación de que es amable / como una lluvia fina o un poema” (Un niño ante el espejo). El otoño deja de ser un tópico melancólico para revelarse como una belleza engañosa. Su suavidad esconde siempre la proximidad de la pérdida.
El título del libro encuentra su justificación en varios textos donde los árboles adquieren una dimensión casi sapiencial. “No hay cosa que los árboles no sepan, / ni nada que no enseñen si se atiende, / partiendo del asombro, a su dictado” (Magisterio). El poeta reivindica el asombro como forma de conocimiento. Solo quien conserva intacta cierta capacidad de admiración puede escuchar esa enseñanza silenciosa. La naturaleza no aparece idealizada ni convertida en refugio ingenuo; funciona más bien como un espejo ético. En uno de los poemas más logrados del conjunto, Gilabert escribe: “Esculpir un bonsái es un misterio / que siempre se resuelve con la escucha: / la forma original de cada árbol / tan solo el árbol puede definirla”. Resulta difícil no leer estos versos como una reflexión sobre la educación, la paternidad e incluso la escritura. Toda verdadera formación exige escuchar la forma secreta del otro. Continúa el poema: “Entonces corresponde al jardinero / buscarla con paciencia, traducir el lenguaje / que solamente puede ser oído / a golpe de silencio y de tijera” (La forma original).
El silencio desempeña un papel decisivo en este libro. No solo como tema, sino como respiración interna del poema. Gilabert escribe desde una contención que recuerda a ciertos poetas orientales, donde la sugerencia vale más que la acumulación verbal: “Todo se manifiesta en lo que callas / y existe como un texto indescifrable” (Lluvia en los cristales). El verso define no solo una experiencia afectiva, sino una concepción de la poesía: aquello esencial nunca termina de explicarse. También la incertidumbre comparece como una presencia constante: “Se vuelve más cruel la incertidumbre / si el brillo del futuro nos deslumbra” (Higuera). La lucidez de estos versos reside en señalar cómo la esperanza puede agravar el miedo. El futuro, cuando se contempla con exceso de expectativa, adquiere una violencia silenciosa.
La paternidad ocupa otro de los ejes emocionales del libro. Gilabert observa a sus hijos desde una ternura atravesada por el temor: “Al volar, cada pájaro / va dejando una estela / que atrae levemente al que le sigue. // Es como abrir caminos en el aire. // Los padres, sin saberlo, / tratamos de imitar esa costumbre” (Estela). La imagen de la estela resulta extraordinariamente precisa para expresar la herencia invisible que dejamos en quienes vienen detrás. Hay además un hermoso temblor de vulnerabilidad en los poemas donde la hija pregunta por la muerte: “Me pregunta mi hija por la muerte. /…/ Con qué ternura asisto a su discurso, / pero también con miedo / a no saber brindarle una respuesta” (Preguntas difíciles). El poeta descubre aquí el límite de toda experiencia adulta. Ninguna madurez nos prepara realmente para responder a las preguntas esenciales. En el fondo, el libro entero parece preguntarse cómo transmitir una forma digna de estar en el mundo. De ahí la importancia de la escucha en la que insiste en varias ocasiones: “Saber mirar es parte de la escucha” (Ficus). La frase contiene una sabiduría elemental que nuestra época, saturada de ruido, parece haber olvidado. Mirar implica detenerse; escuchar exige renunciar momentáneamente al protagonismo.
Muchos poemas encuentran su fuerza en una sencillez expresiva que jamás deriva en pobreza verbal. Gilabert sabe que la claridad puede ser una forma de profundidad. Su lenguaje evita deliberadamente el hermetismo y la ornamentación excesiva. Hay en ello una ética de la transparencia. El poema no busca imponerse al lector mediante la dificultad, sino acompañarlo hacia una experiencia reconocible. Por momentos, esa limpieza verbal recuerda la poesía de Felipe Benítez Reyes cuando abandona la ironía y se entrega a la contemplación elegíaca. También podría pensarse en Javier Egea y en su capacidad para convertir lo cotidiano en una meditación sobre el tiempo. Sin embargo, Javier Gilabert posee una voz propia, asentada en una emoción contenida y en una confianza radical en el valor simbólico de lo sencillo.
La relación con los árboles alcanza a veces una dimensión casi espiritual: “No puedo resistirme a rescatar un árbol / si sé que el abandono es su destino” (Pinea). Hay algo profundamente humano en esa necesidad de salvar lo vulnerable. Más adelante añade: “Aquí cada mañana, mientras tanto, / será mi compañía y su silencio, / la paz que necesito”. El árbol deja de ser un objeto exterior para convertirse en una presencia moral, en un interlocutor silencioso.
La lluvia, la tierra mojada, las gotas, los pájaros, las raíces: todo el imaginario del libro participa de una sensibilidad que busca reconciliar al ser humano con una lentitud esencial: “Si cerramos los ojos, el mundo se detiene” (Tierra mojada). El verso posee una cualidad casi aforística, pero su verdadera fuerza reside en lo que calla: quizá el mundo continúe, pero nosotros dejamos de pertenecerle cuando renunciamos a percibirlo. Incluso la mínima imagen de una gota adquiere resonancia existencial: “A veces una gota es suficiente / para calmar la sed, / para colmar el vaso” (A una gota de lluvia). La paradoja resume admirablemente la doble condición de la realidad: lo pequeño puede salvarnos o desbordarnos. Otro aspecto destacable del libro es su capacidad para extraer significado de gestos mínimos: “Después de eliminar lo que en silencio / me dice que le sobra, / exhibe con orgullo su belleza” (Ginseng). Vivir quizá consista también en desprenderse de aquello que impide nuestra forma verdadera. Esa búsqueda de autenticidad atraviesa muchas páginas del volumen. Los árboles no fingen. Permanecen fieles a su naturaleza incluso cuando las estaciones los hieren. Tal vez por eso el poeta encuentra en ellos una lección ética. Frente a la impostura contemporánea, frente a la aceleración y la frivolidad, el árbol representa una forma de resistencia silenciosa.
La conciencia del tiempo se intensifica hacia el final del libro: “El árbol que ahora somos / no es más que la ceniza que seremos” (La ceniza que seremos). El verso posee una gravedad clásica. La imagen de la ceniza devuelve al lector a la fragilidad radical de toda existencia. Sin embargo, no hay nihilismo en estas páginas. La conciencia de la finitud no desemboca en la desesperación, sino en una forma más honda de atención. Quizá ahí resida la verdadera enseñanza de este libro: aprender a mirar el mundo desde la vulnerabilidad compartida. Los árboles sobreviven porque aceptan el ritmo de las estaciones. No luchan contra el tiempo; crecen dentro de él.
En una época donde la poesía con frecuencia se entrega a la consigna, al exhibicionismo emocional o a la pirueta verbal, El magisterio de los árboles reivindica algo mucho más difícil: la serenidad. No una serenidad ingenua, sino conquistada después de atravesar la pérdida, la incertidumbre y el miedo. Javier Gilabert ha escrito un libro de madurez, un volumen donde cada poema parece respirado antes que escrito. Al terminar su lectura queda una sensación extraña y persistente, semejante a la que experimentamos después de caminar lentamente por un bosque: no recordamos cada árbol, pero sí la música secreta que todos juntos levantaban. Esa música, hecha de memoria, afecto y contemplación, continúa resonando mucho después de cerrar el libro.
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