domingo, 6 de septiembre de 2020

No tienen razón, pero tienen razones


Nos sorprendemos de que existan grandes agrupaciones de individuos que se nieguen a aceptar aspectos básicos de la covid19 o de las posibles soluciones que se han aplicado o que se estén previendo aplicar. He preferido hablar de agrupaciones de individuos porque a veces no son grupos, sino una mezcolanza de intereses y razonamientos que se unen frente a un enemigo común, aunque por diversos motivos y con diferentes horizontes. Por ejemplo, me he salido de un grupo de padres que, en principio, estaban por una vuelta segura al colegio. Con el tiempo, compruebo que hay de todo. La mayoría, padres responsables y preocupados por la falta de claridad en las medidas. A estos se unen quienes prefieren por diferentes razones la enseñanza online. Por ejemplo, los que han conseguido mejores resultados (vamos a pensar que honestamente). Otro grupo muy activo son los contrarios a la institución escolar, los que prefieren la enseñanza en casa porque temen que en los centros manipulen a sus niños. Como ya sabemos, el lobby gay organiza el curso con fiestas del orgullo LGTBI todas las semanas, incita a la masturbación a niños de 6 años y está a favor de la pederastia como todos los progres que son los enseñantes. De la mano de estos llegan, en tropel, las distintas facciones de negacionistas. Unos padres no quieren mascarilla porque es una brutalidad tener a niños de 8 años 5 o 6 horas al día con ella puesta. Es lógico que congenien con los que piensan que los políticos/el gobierno/ el poder / Soros y Gates están subyugando a los rebaños de ciudadanos obedientes.
La razón, o mejor, las razones han de ser examinadas con calma y detalle. Teóricos de los rumores (para ampliar el tema aquí) insisten en el desprestigio de la ciencia. Este es el tiempo de las brujas y de las tribus. Se puede culpar al pensamiento posmoderno y su descrédito de las Grandes Verdades. Y es cierto. Se puede culpar a la regresión de la cultura, científica y humanística, por culpa del desastre de las leyes de educación, la influencia de la televisión y los medios o lo que sea. Se puede también responsabilizar al funcionamiento de las redes sociales de la expresión de cualquier barbaridad que logran crear grupos de individuos cada vez más radicalizados en sus ideas, por más paranoicas que puedan ser. Son burbujas inmunes a la respuesta exterior. Su modo de operar invierte la obligatoriedad de la prueba. Las redes permiten que se unan unos pocos individuos de un lugar con otros de otro país llegando a números considerables de corpúsculos que serían indetectables si no fueran por su actividad en redes y foros. Sospechan de todo y que la información que les pudiera dar la razón no exista es una prueba definitiva para su verdad. No quieren que se sepa, dicen. Además, lo concluyen con una mirada por encima del hombro hacia los pobres crédulos. Prefieren atender los requerimientos de una doctora reloca en cualquier otro asunto siempre que redunde en su posición en este del covid.
Y es cierto. Las conspiranoias funcionan así.
Por ejemplo, los antivacunas se aferran al famoso estudio, totalmente descartado, que unía la vacunación con el autismo. El aumento de diagnósticos de este trastorno no tendría que ver con una mejora en el sistema de salud que los detecta cuando antes eran invisibles, sino por la vacunación masiva. El problema es que sí que es verdad que se han probado vacunas que no han resultado seguras. Fue en el pasado, es verdad, y se corrigieron. En otros casos, como el de la polio en España, se retrasó la vacunación masiva por decisiones político-económicas. El Estado no siempre ha resultado un buen garante de la salud de sus ciudadanos.
En el delirio de la sospecha hacia las farmacéuticas se las acusa de buscar solo beneficios. Y lo dicen como si fuera un pecado, cuando toda la demás actividad económica se basa en la búsqueda de beneficio, o al menos, eso se supone que hacen. Sería un delirio total si no supiéramos de casos, como el de la talidomida, en los que grandes empresas farmacéuticas presionaron para ocultar los desastrosos efectos secundarios en los fetos. En otras ocasiones han saltado a los tribunales la promoción de medicamentos que no eran más efectivos, pero sí más caros. Incluso la “creación” de síndromes o enfermedades para los que se descubre una cura.
La ciencia es el gran garante de la humanidad. No tenemos nada mejor que el recurso a la ciencia. Sería una temeridad dudar de ella, si no tuviéramos la experiencia de que los estudios están sesgados. Se sospechaba de la relación del tabaco con el cáncer desde hace muchísimo, pero las empresas tabaqueras procuraban desviar la atención, presentar estudios alternativos, desacreditar a los científicos… ¿Quién nos dice que no sucede con las grasas, el azúcar o con cualquier producto o medicamento? No es una sospecha filosófica mal entendida, son años y años de pequeñas y grandes decepciones. La ciencia se basa en la autocorrección continua. La comunidad científica, al menos idealmente, debe comprobar los experimentos y las pruebas aportadas con rigor y honestidad. Desgraciadamente no siempre ha sido así. Es inconcebible que miles de científicos del mundo estén comprados, cuando obedecen a distintos países enfrentados entre sí. Y es más probable que unos pocos negacionistas estén más influidos por motivaciones extracientíficas que el resto de la comunidad académica. Pero una vez sembrada la duda, quien quiera agarrarse a ella, lo hará.
No sería la primera vez que los gobiernos aprovechan situaciones extraordinarias para limitar la libertad de los ciudadanos. El estado de guerra permanente que describía Orwell en 1984 no está tan lejos de la realidad. El trabajo de la periodista Naomi Klein en lo que ella denominó Capitalismo del desastre (La doctrina del shock) ha puesto de manifiesto multitud de presiones para controlar de manera brutal a poblaciones enteras. Dictaduras de todo signo han preferido sacrificar a su población en su beneficio personal. Tantos años promocionando la rebeldía contra el consumismo, la vida acomodada y convencional acaban sirviendo para patrocinar descabelladas protestas.
Así que no es solo la falta de comprensión lector del personal que confunde que la OMS “no recomienda la mascarilla” en espacios públicos con que la OMS “recomienda que no se use la mascarilla”. En el primer caso es opcional el uso, en el segundo es imperativa la prohibición. Es el cúmulo de sospechas fundadas las que permite que los delirios vayan encontrando medias verdades y sumando adeptos. Unos defenderán que no existe el virus, otros que fue inventado por un laboratorio (añádase el país). Ambos irán de la mano aunque sean incompatibles. Pero se sumarán los que estén incómodos con la mascarilla más los que tengan arruinado su negocio por las restricciones. En la misma concentración estarán los que tengan prevención ante una vacuna concreta que se pruebe sin estar demostrada su eficacia y su seguridad; junto a los antivacunas por sistema y los que teman el chip de Gates. Cada uno tiene una versión diferente, y en gran medida, incompatible. Solo están demostrando un malestar y buscan racionalizarlo. Lo malo es que se les han dado motivos para desconfiar.
Si de verdad queremos solventar la pandemia y la crisis que tenemos encima no nos valen estas razones, hay que buscar entre todos y, si fuera posible, fuera del debate partidista, unos consensos sobre qué es lo verdadero y cómo podemos controlarlo, qué es lo recomendable y aceptar que siempre pueden existir fallos.

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