En Viajeros sedentarios, José Luis Morante vuelve a ejercer ese “oficio de mirar” que desde hace años sostiene su obra poética: un mirar que no se expande hacia lo grandioso, sino que se afina en lo ínfimo, en esos destellos mínimos donde reside —como él mismo sugiere— “la modesta química de lo instantáneo”. La Garúa Poesía acoge este nuevo libro de haikus del autor, un proyecto que se ofrece como homenaje discreto, casi susurrado, al amigo y añorado haijin Lara Cantizani, cuya huella luminosa parece recorrer cada página como un rumor persistente. La poética de Morante, fiel al espíritu del haiku, apuesta por “acoger el contacto con lo efímero, el suceso mínimo cotidiano y la maraña de encuentros con protagonistas y secundarios de la vida social”. Nada más certero para describir el impulso que guía estos poemas breves: una voluntad de permanencia en lo inasible, la obsesión por fijar lo que ya se está yendo. Así, los haikus se convierten en un cuaderno de viaje del que escribe; un viaje, sin embargo, paradójicamente quieto, detenido, como si el poeta fuese —y se confesase— uno de esos “viajeros sedentarios” que avanzan más hacia dentro que hacia el mundo.
El libro se articula en dos secciones: Oficio de mirar y El rumor de la luz. Desde sus primeros versos, el lector percibe de inmediato un clima sensorial que mezcla brisa, vuelo, silencio, fuego, lluvia y sombras, cada elemento transformado en un espejo donde el yo poético se tantea a sí mismo. En la primera parte, Oficio de mirar, el haiku se despliega con una delicadeza que no excluye la intensidad. La mirada, como una mano que roza sin tomar, deja constancia de la fugacidad: “Pizca de brisa / mientras el estornino / vuela por mí”. En este primer gesto, el poeta se vuelve permeable, atravesado por el simple movimiento del ave. No necesita nombrar el asombro: basta la imagen para que el lector experimente esa ráfaga interior. Morante también sabe del silencio de las cosas, de su quietud antigua: “Nadie pregunta / al manojo de lilas / si tienen sed”. Aquí lo cotidiano es herido por una compasión leve, casi imperceptible, que revela una ética del mirar: la conciencia de que incluso lo más frágil guarda una voz que apenas alcanzamos a oír.
Los haikus se suceden como notas de un pentagrama secreto: “Guardan los cables / pentagramas de trinos / negras corcheas”, y cada imagen se corresponde con una música interior, la música del poeta que reconoce en lo urbano un orden invisible. La naturaleza del haiku es detener una vibración, y Morante lo consigue sin alzar la voz; basta un detalle mínimo para que lo real adquiera dimensión simbólica. En ocasiones, ese “oficio de mirar” se interna en la intemperie de lo humano, en sus pérdidas y sus desgarros: “Qué voluntad / en las huellas perdidas / fuera de sitio”. O en la devastación: “Toda la noche / las brasas del incendio. / Dónde la lluvia”. La angustia aquí no es grito: es ceniza que respira.
La mano aparece como instrumento y metáfora: “Hundir las manos / en las grietas celestes. / El mar adentro”. El verso abre un espacio onírico, casi místico, donde lo celeste se vuelve fisura y entrada. Ese deseo de traspaso continúa en la frase: “Después de todo, / a través de la noche, / llegar a ti”, donde la noche es tránsito y el tú un refugio, un regreso. A veces, el poeta insiste en la textura de lo oscuro: “Rayas oscuras, / lápices de grafito / en la tormenta”. O en lo doméstico hecho enigma: “Allí también / alfileres y agujas / cosen palabras”. El lenguaje aparece entonces como una costura febril, un remiendo de lo que la vida descose. El poemario es una invitación a educar la mirada, a recuperar un ritmo distinto frente a la prisa contemporánea. En estos haikus destaca cómo se filtra la delicadeza al mirar, la celebración de lo sencillo y la manera de habitar el silencio.
Hay lugar también para el reconocimiento del otro: “Otros caminan / por el mismo sendero. / Me guardan sitio”. Y para la flor que rehúye la vanidad: “Allí la rosa / no se mira al espejo, / cierra los ojos”. El amor, en cambio, se muestra quebrado: “Ya no se aman. / Las lumbres del deseo / queman de espalda”. Y el silencio se vuelve territorio narrativo: “No decir nada. / Que cuenten los silencios / relatos mudos”. El clima se enfría y arde a la vez: “Nubes de frío / acampan en mis labios / y ponen lumbre”. La ruta prosigue sin certezas: “Los riesgos callan / al azar de la ruta. / Basta seguir”. Y el pasado, antes del encuentro amoroso, se desvela en una frase precisa y desolada: “Antes de ti / la noche congelada / Solo piel seca”.
La segunda
parte, El rumor de la luz, se abre con un llamado a la puntería
interior: “Tensar el arco, / que viajen
a la flecha / certeros ojos”. Se requiere una mirada justa, concentrada,
capaz de atravesar la bruma emocional de quien escribe. La tristeza se posa en
las horas: “Solo pisadas. / Incógnita
tristeza / sobre el reloj”, y la alegría busca un punto luminoso en el
horizonte: “Atardecer. / Alegría busca
la luna / en un poema”. El poeta pide a la luz que cure aquello que el
tiempo ha herido: “Mirar arriba / y que
la luz restañe / la cicatriz”. Y reconoce que la belleza es libre,
soberana: “Las cosas saben: / de nadie
es patrimonio / tanta belleza”. A pesar de todo, la sombra regresa con
su despojo: “Zona de sombra. / Huye la
luz de nuevo. / Me deshabita”. Aun así, los ojos, abiertos incluso entre
la noche, buscan confidencias:
“Ojos abiertos / entre las sombras al
raso / los confidentes”. La nostalgia se manifiesta como un leve
despertar de las manos: “Un cosquilleo
/ en las manos dormidas / de la nostalgia”.
El yo se dicta a sí mismo una única tarea: “A solas dicto / tareas por hacer: / mirar tus ojos”. Y la luz se vuelve sueño: “Solo, testigo / entre tanta belleza. / la luz soñé”. Hay trayectos que terminan y exigen un paso más: “En el andén / al final del trayecto / un paso más”. Y recuerdos que brotan desde la niñez: “La bici, cerca, / el juncal, los tebeos… / Huellas del niño”. A veces la noche se derrama: “La noche breve / y el tintero vertido / en las baldosas”. O el fuego se convierte en frío: “Una fogata / es manantial de frío / mientras arrulla”. El amanecer es desplazamiento: “Amanecer. / Los zapatos caminan, / lugares solos”. El tiempo se vuelve piedra vigilante: “Que no se duerma / en el reloj de piedra / ninguna hora”. Y el gesto humano borra, rehace: “Dónde las manos / que borran cielos rasos / a cada gesto”.
El amor renace desde el centro del cuerpo: “Dentro de mí / la lumbre recobrada / del primer beso”. Y el ser se desdobla: “Ser casi nada, / empaña los espejos / otra mitad”. La muerte de los signos, la quietud extrema, aparece así: “Duerme, sin pulso, / un mar muerto de signos. / Solo silencio”. O la ausencia, convertida en alambrada: “Tu alambrada / y la ropa invisible / de los que faltan”. Morante se sitúa dentro de una tradición del haiku en español en su respeto por la métrica flexible, la renuncia al sentimentalismo explícito y su búsqueda de una imagen que no describe, sino que revela. Y dentro de ella este libro prolonga las preocupaciones esenciales de Morante: la mirada ética, la exploración de lo frágil, la atención al instante, la desnudez expresiva. Destacar que Viajeros sedentarios no es un paréntesis, sino un paso coherente en su obra. Su interés –profesional, no podemos olvidar su pasado como docente de geografía e historia– le hace centrarse en la capacidad para convertir lo mínimo en escenario simbólico: estaciones, andenes, amaneceres, objetos domésticos… Todos funcionan como pequeñas escenografías donde la emocionalidad se concentra sin explicarse. El poemario destaca la serenidad, su inclinación a la contemplación, la respiración lenta del verso, el modo en que cada haiku parece reclamar un lector que se detenga y escuche.
El poeta declara su condición: “Noche y día; / viajero sedentarios / sin cobertizo”, y concluye con una afirmación que es también un enigma: “Con luz o noche / en su lugar, es otro, / pero contigo”. Esa última frase parece contener el sentido del libro: la transformación que supone el encuentro, la alteración del ser cuando el otro irrumpe y ocupa un lugar. El autor construye poemas que dialogan con el dolor y la memoria, pero también con la esperanza contenida. No busca imponerse con grandilocuencia, sino invitar al recogimiento, a ese mirar hacia adentro que se parece más a un susurro que a un grito. Hay en este libro una voluntad de claridad —no esa claridad de luces encendidas, sino la de quien prefiere lo reducido, lo esencial: un verso despojado, un trazo preciso, un significado que late sin estridencias.
En Viajeros sedentarios, Morante reafirma su maestría en el haiku como una forma de vigilancia amorosa del mundo. Cada poema es un fragmento detenido, un intervalo donde la realidad tiembla y se deja mirar en su desnudez más clara. Su escritura no pretende exhibición ni artificio: busca la verdad de un instante, la huella mínima de lo que ocurre, la respiración tenue de lo que la vida nos da y nos quita. Este libro es un cuaderno de viaje interior, un mapa de sensaciones donde la luz y la sombra, la brisa y el fuego, la palabra y el silencio conviven en una tensión serena. Con paso lento y voz medida, llega dispuesto a abrir grietas en la conciencia del lector. Lo hace con un pulso poético tenue, con la bruma de lo cotidiano como material de escritura, y con la convicción —heredada del silencio— de que cada palabra puede ser puñado de luz en la sombra más íntima.
José Luis Morante, en efecto, mira. Y en esa mirada, el lector encuentra un modo de habitar el mundo con más lentitud, con más escucha, con más gratitud por la pequeña epifanía que se esconde en cada gesto, en cada mínima vibración del día. El poeta nos recuerda que todo —hasta lo aparentemente insignificante— puede arder con la intensidad de lo verdadero. Y que a veces basta un haiku para que el mundo, por un instante, vuelva a brillar. Leer Viajeros sedentarios se convierte en un viaje hacia lo íntimo: la mirada atenta del caminante, solo, en el borde del día; el caminante que sabe que lo frágil es más verdadero que lo ostentoso; que lo mínimo puede albergar la plenitud de un mundo entero.
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