
En Héroe menor, Alicia Louzao levanta un territorio poético donde los restos de la tradición clásica conviven con la crudeza íntima, el humor extraño y la ternura que apenas se atreve a pronunciarse. Este libro “surge del estudio pormenorizado de versos de poetas griegos que no se estudian en la escuela ni se citan continuamente”, y, sin embargo, algo en ellos palpita todavía en nuestro presente. Entre los fragmentos de Simónides, Ión de Quíos, Anacreónticas, Diógenes de Melos o Safo, Alicia Louzao no busca recrear la Antigüedad, sino reescribirla como si su luz llegara hasta hoy refractada, temblorosa, casi doméstica.
Desde los primeros poemas se hace visible un desplazamiento físico y simbólico: el viaje hacia el norte, hacia una geografía real pero también emocional. “Vine hasta el norte para cubrirlo de piedras /…/ Alquileres de estrofas revientan los espejos y salen augurios blancos / que empujan y gritan”, leemos en Torbellino. Esa irrupción de lo profético en lo cotidiano apunta ya a una de las claves del libro: la tensión entre la herencia épica y la fragilidad del sujeto. En Canta, oh musa, la poeta juega precisamente con esa distancia entre la invocación clásica y la vida utilitaria: “Canta, oh, musa, / el tiempo exacto de las estaciones /…/ Esconde la lírica en los cajones Ikea / polvo y polillas que levantan nidos entre las palabras”. Allí donde antes la épica abría mundos, ahora lo hace un mueble de montaje rápido, y esa ironía contenida no destruye lo sagrado; más bien lo desplaza hacia un territorio más humilde, más cercano, donde el canto debe convivir con los desgarros pequeños.
El héroe del libro —héroe menor, como reza el título— es una figura movediza que aparece y desaparece entre los poemas, a veces con la inocencia de un niño, otras con el cansancio de quien ha atravesado demasiadas pérdidas. En En la llegada el musgo, Louzao escribe: “llegaba el héroe menor al aeropuerto con un puñal entre los dientes / que son los dientes del chico que más quise / porque así es como describo a aquellos que marcaron un camino”. La violencia, aquí, se vuelve un delicado homenaje amoroso: la herida como símbolo de lo aprendido, de lo vivido.
La poeta también introduce una dimensión comunitaria, como si el mito necesitara ser sostenido por voces múltiples. En Nomen Nescio, se lee: “Conozco la melodía de las aves / pero no se acostumbra el héroe ante esto. / Son tantos los que han muerto que el temblor levanta su lengua / y pide agua en la plaza de las fiestas”. La fragilidad del héroe, incapaz de acostumbrarse al canto, recuerda que la épica también es duelo, y que incluso en las celebraciones resuena una memoria de pérdida.
Los poemas se llenan de escenas populares: cuerpos que pasan, mujeres que beben cerveza, santos que tiemblan. En Siesta popular, “Santa Teresa con las manos abiertas y los pies descalzos / cruza el huerto temblorosa de frío /…/ Una chica lleva cerveza en la mano como auténtica ofrenda / y el héroe agradece cualquier tipo de victoria menor / en el pueblo viejo desde los lobos aúllan al agua mansa”. La convivencia entre lo sagrado y lo simple es uno de los mayores aciertos del libro: Alicia Louzao dignifica lo ordinario sin solemnizarlo.
Aparecen también visiones oníricas, casi metafísicas, como en Documento de identificación persona: “Hijo de una roca y de la mar salina, / los caminantes abandonan los pueblos y la noche agitada promete una canción triste. // Nada podía salir de nada”. El origen, la genealogía y la imposibilidad de retornar se articulan con una sensibilidad que no renuncia a la claridad.
En la segunda sección, los poemas se vuelven más introspectivos, más perturbados por el misterio. En Milagro, Alicia Louzao escribe: “Santas imágenes despiertas / que con el alboroto se agitan entre las grietas de los templos. / Pero si para ti fuese terrible lo que es terrible / jurarías haber visto la melena sagrada recogida en trenzas que olían a Chanel”. Esa mezcla de lo divino con el perfume de una marca comercial produce un extrañamiento delicioso, casi cinematográfico. La noche y el silencio también son protagonistas. En Dos extraños cruzan la noche: “También hay del silencio un premio que no es peligro. // Para el ojo que nos mira somos dos extraños / que cruzan la noche / que cruzan la noche”. Un poema mínimo, pero que condensa la intuición de que el anonimato puede ser un refugio.
El mito reaparece una y otra vez: Faetón, Arturo, Narciso (“En esta parte del mundo donde nada se agita / la noche devora el viernes como trozos de pizza y aceitunas. / No podremos vencer la destrucción y las ramas”, Enamorado mira el agua de Narciso). En Honorable, Alicia Louzao observa: “Llega el pequeño héroe cansado de atizar látigos a los caballos fieros. / No tuvo la fortuna de Faetón ni su muerte indigna / pero tampoco es el héroe verdadero de Homero cuando descubrió a Héctor y su perfil / honorable”. Aquí se establece con claridad la frontera entre el héroe mítico y el héroe menor: el moderno no aspira a la gloria, sino a mantenerse en pie.
La voz íntima del libro se abre a lo intergeneracional, como en Advertencias ante el camino rugen en el héroe: “Voz de abuela que levanta cristales / y lava trapos de agua sucia envueltos cuerpos pequeños y arrugas finas. / No le temerás al hombre del saco. / Lávate los dientes tras la cena de almíbar. / En la tierra la boca no cabe”. También en Mística del rey Arturo (Waterhouse): “El pueblo viejo contiene otro pueblo dentro / mucho más pequeño / y otro pueblo / dentro de una bolita dentro de una caja dentro de una boca”.
En la tercera parte, el tono vuelve a expandirse hacia lo lúdico y lo afectivo. En Desconocida fauna, la autora escribe: “El albedrío consiste en la búsqueda permanente de migas de pan / los que nos preceden las dejan caer determinados / porque creen en la magia de las cosas que no se ven / pero resisten. Pájaro que brota en el pecho”. En Espejo, aparece Rolando, figura casi pop: “Llegaba Rolando en una nube de oro / espléndido Goku de los años 2000. / un soplo que se clava en el mar, / Si tuviera en una habitación reunidos a todos los chicos posibles / el héroe menor podría estallarles un huevo de Pascua sobre la cabeza / y erigir a Rolando como rey supremo de batallas heladas”. La actualización de estos mitos se sustenta a menudo en la tradición, en las fiestas rituales que se van actualizando. Alicia Louzao, con una mirada no exenta de ironía compone un Folleto informativo de fiestas populares: “Lentos pasos que recuerdan el bostezo de las fieras ocultas. / Niños sobre la mesa como ofrenda con mantelitos de nieve. / Recitan canciones que el mundo olvida. / La cocina siempre estará encendida par infusiones o pócimas corrientes de hierbas y / azúcar. Cuidado con el vaso porque produce el milagro de estallar en la química”.
Finalmente, la voz se pregunta por la imposibilidad de cantar aquello que no culmina: “Los romanos cantaban las victorias / y los fracasos en voz baja / que no eran cantados. / ¿Cómo puedo recoger aquello / que no llegó nunca a cumplirse?” (Victoria en español), y culmina con la imagen de Rolando, de rodillas, consciente del peso del pasado: “De rodillas en una iglesia de agua marina y corazones de abeja / está Rolando / que solloza / porque los héroes antes eran más hombres que ahora” (Cantar de Roland).
Héroe menor es un libro de extrema sensibilidad: un viaje entre lo mítico y lo doméstico que dignifica la fragilidad sin disolver su belleza. Un canto menor, sí, pero también un canto imprescindible en una voz poética que se asienta entre los terrenos brumosos de lo onírico y lo más profundo de las conciencias.
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