domingo, 22 de marzo de 2026

Reseña de Manuel J. Pacheco: ‘El carmín y la ceniza’. Pie de Página, 2025

 El carmín y la ceniza


“Así quiero cantar, / igual que la corriente de un arroyo, / queda, sonora y clara / a un mismo tiempo”. En estos versos iniciales se cifra ya una poética: el deseo de una palabra que fluya sin estridencias, que sea música y pensamiento, cuerpo y transparencia. El carmín y la ceniza, de Manuel J. Pacheco, se despliega desde esa voluntad de claridad honda, de canto contenido, donde lo íntimo no se confiesa: se escucha. No es un libro que busque el fulgor inmediato, sino la permanencia; no aspira a la revelación súbita, sino a una lenta combustión que deja restos, huellas, cenizas fértiles. Tras unos primeros pasos prometedores, Manuel J. Pacheco nos entrega un poemario depurado, lleno de sensibilidad y hondura. El título anuncia una dialéctica esencial. El carmín: la sangre, el deseo, la carne viva del amor y del tiempo compartido. La ceniza: lo que queda cuando el fuego ha pasado, la memoria, el duelo, la conciencia de la pérdida. Pero entre ambos no hay ruptura, sino continuidad. Como en Pedro Sevilla o José Mateos, lo vivido y lo perdido no se oponen: se transmutan. El canto es el lugar de esa alquimia.

La primera parte es la titulada El carmín. El carmín es aquí el territorio del amor, pero no de un amor idealizado, sino de un amor encarnado, vulnerable, atravesado por el tiempo. “Los besos aceleran los minutos // y no nos basta / la eternidad que cabe en una noche” (Canço de l’alba). El verso contiene una paradoja que remite a la tradición amorosa —de Garcilaso a Idea Vilariño—: el instante como exceso, la noche como eternidad insuficiente. El tiempo no se suspende; se intensifica. El amor no anula la conciencia de lo finito, la agudiza. Hay en estos poemas una atención casi mística al lenguaje del cuerpo. “Ese tenue y profundo / idioma de silencios primitivos / con el que hablan / los ojos y la carne” (Hay algo). La palabra poética no describe: traduce. Se sitúa en un umbral anterior al discurso, donde el sentido es todavía respiración, mirada, roce. Como en algunos poemas de Chantal Maillard, lo esencial ocurre antes del lenguaje, y el poema apenas logra acercarse, balbucear.

El amor, además, aparece despojado de cualquier retórica de posesión. “Tu amor estaba lejos de ser cárcel. // Lo que me unía a ti nunca me ató. / Y en cambio ahora, en tu ausencia, / sí siento el cautiverio” (Cárcel de amor). Este desplazamiento es crucial: no es el otro quien encierra, sino su falta. La libertad se experimenta plenamente en la presencia; la ausencia, en cambio, se vuelve cerco. Pacheco invierte así uno de los tópicos más persistentes de la lírica amorosa y lo hace con una sencillez que conmueve. Incluso el deseo, lejos de saciar, revela una intemperie esencial: “Qué fría el hambre del que no se sacia” (Hambre). El hambre no es solo corporal; es ontológica. Hay en estos versos una conciencia del deseo como fuerza inagotable, como carencia constitutiva. El carmín no es plenitud estable: es latido, necesidad, exposición.

La segunda parte del libro, Y la ceniza, se adentra en la experiencia del duelo, en aprender a habitar la pérdida. Pero no desde el grito, sino desde una ética del cuidado. “Ampararé tu muerte, sabiéndote en mi sangre / Ampararé tu muerte, / aunque para tocarte no me quede / ni ceniza en las manos” (Quid pro quo). El verbo amparar resulta revelador: no se trata de aceptar pasivamente la pérdida, sino de protegerla, de darle cobijo. La muerte del otro no se expulsa de la vida: se integra, se guarda en la sangre. La memoria se convierte entonces en una forma de responsabilidad. “Me corresponde ahora preservar / esta versión de ti que guardaba un nosotros. // Y lo haré como tú, / con paciencia y a oscuras, // haciendo que el olvido no quepa entre estos muros” (El intruso). Preservar no es congelar, sino cuidar en la penumbra, aceptar que el recuerdo necesita sombra para no desvanecerse. Hay aquí un eco de la poesía elegíaca de Joan Margarit, para quien la memoria es siempre un acto de fidelidad humilde. La muerte enseña a habitar de otro modo el mundo. “Has tenido que hacer / de la tierra tu casa, / para que entienda bien / tu constante enseñanza” (Canción de aprendizaje). El aprendizaje no es abstracto: es telúrico. La tierra no es solo destino final, sino maestra silenciosa. Como en Rilke, la muerte no interrumpe el diálogo: lo profundiza.

Ese diálogo se vuelve explícito en uno de los poemas más estremecedores del libro: “En esta casa fría / y agrietada, / esta es mi nueva forma / de estar juntos. // La muerte es un diálogo / de palabras que tiemblan” (Cumpleaños). La casa, metáfora del cuerpo y de la memoria, se agrieta, se enfría, pero sigue siendo espacio compartido. Las palabras tiemblan porque ya no se apoyan en la presencia, pero siguen buscando al otro. El tiempo, inevitablemente, amplía la herida. “También se hacen mayores las ausencias” (Tiempo después). No hay acostumbramiento posible. La ausencia crece, madura, ocupa nuevos espacios. Esta conciencia del tiempo como intensificador del vacío sitúa a Pacheco en una línea cercana a la de Machado, donde el pasado no se atenúa, sino que se espesa.

El poemario se termina con Después del carmín y la ceniza, con un acento también Machadiano, pero, en este caso, más cerca de Manuel. Tras el amor y el duelo, el libro se abre a una reflexión más amplia sobre el ser, el misterio, la palabra. “Qué sorprendente árbol / es el hombre / que puede albergar pájaros / dentro de su cabeza /…/ Pero sufre / la rara maravilla / de tener sus raíces / dentro del corazón” (Arborescencia). La imagen del árbol humano remite a una concepción orgánica de la existencia: pensamiento y afecto, altura y profundidad, vuelo y arraigo. El hombre es un ser escindido, pero también un ser capaz de hospedar lo otro. Frente a la tentación de explicar, el poema propone el silencio respetuoso. “No intentes explicarlo. // No ensucies el misterio” (Origami). Esta advertencia podría firmarla el propio Juan Ramón, Valente o incluso María Zambrano: hay verdades que solo se sostienen en la penumbra. Explicar es, a veces, una forma de profanación. La palabra poética, cuando acierta, se vuelve contacto. “Su corazón me lleva / mi corazón al labio” (Brevas). El verso condensa una poética de la respiración compartida, del decir como acto corporal. La palabra no es ornamento: es tránsito.

En los poemas nocturnos, la identidad se vuelve pregunta. “El agua fluye quieta bajo el puente / y fulge el fino mármol de la luna. // ¿Quién eres tú? / ¿Qué sombra, qué añoranza, cuál ausencia? // ¿Qué yo anterior perdido es la otra orilla?” (Tres estampas nocturnas). El paisaje no describe: interroga. El yo se desdobla, se busca en la otra orilla del tiempo. Hay aquí una resonancia machadiana —Antonio, no casualmente—, donde el río es siempre metáfora del devenir y del desdoblamiento interior. La espiritualidad que atraviesa el libro no es doctrinal, sino sensorial. “Deja que solo / hable la luz” (Capilla de Kamppi). La luz no revela conceptos, sino presencias. Y cuando el pensamiento se aproxima a la mística, lo hace desde el despojamiento: “Que a través del vacío me haga útil / igual que una maleta, un jarrón o un lebrillo. // que la mente se acalle /…/ Que ocurra, sí, que ocurra / para alumbrar el ser escondido de mí mismo // y mantenerme al margen e ignorarme” (Leyendo a Eckhart). La lectura de Eckhart conduce a una poética del vaciamiento, donde el yo debe hacerse utensilio, espacio disponible. Al final, el canto asume su condición transitoria. “Este canto es ceniza; este canto es nostalgia / de lo que fue, de lo que ya es eterno” (El soplo). La ceniza no es fracaso del fuego, sino su memoria. El poema sabe que no retiene, pero acompaña. Como en la mejor tradición elegíaca, la palabra no vence a la muerte, pero la nombra sin miedo.

El libro se cierra con una entrega serena a la tierra, en diálogo explícito con Manuel Machado: “Tierra, / te entregaré mi cuerpo un día. /…/ Tierra, / teje con mis despojos / tu secreta armonía”. No hay aquí dramatismo, sino aceptación musical. El cuerpo vuelve a la tierra para integrarse en una armonía que lo trasciende. El carmín y la ceniza es un libro que entiende la poesía como forma de cuidado: del amor, de la memoria, del misterio. Manuel J. Pacheco escribe desde una intemperie lúcida, donde el canto no pretende imponerse, sino acompañar. Como el arroyo de sus primeros versos, su poesía fluye “queda, sonora y clara”, dejando en quien la lee no una certeza, sino una vibración persistente, una ceniza todavía tibia.

 

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