domingo, 16 de agosto de 2026

Reseña de la revista ‘Los poetas no son gente de fiar. Revista microscópica de poesía’. Número 9. Liliputienses. Noviembre de 2025

 


La novena entrega de Los poetas no son gente de fiar. Revista microscópica de poesía bajo la dirección de Fabio Betancour, consejo de redacción formado por Irene Marrero, Manuel Arteaga, María José Reina y Rima Espada, con diseño y maquetación de Nemo Mayo y desde esa imposible Isla de San Borondón (que ya es una declaración estética) confirma de nuevo algo que el propio título insinúa: la poesía no es un lugar de confianza, sino de riesgo. La revista microscópica se vuelve aquí un laboratorio de fisuras, un archipiélago de voces donde cada poema parece escrito con una navaja diminuta sobre la piel de lo cotidiano. Se ha tejido una constelación heterogénea donde conviven el desgarro íntimo, la crítica social, el humor oblicuo y una extraña ternura por las ruinas humanas.

Uno de los ejes más intensos del volumen es el cuerpo. Mara Parra (Patagonia, Argentina. Aprendió a leer Tarot para desmaterializarse de su vida) desmonta de un golpe la violencia normativa cuando escribe: “Los que inventaron / que hay una forma / ideal de nuestros cuerpos / son los mismos/ que alguna vez / comieron de ellos”. El verso no acusa: revela. Hay en esa imagen una antropofagia simbólica del poder, una denuncia de quienes primero devoran y después dictan el canon. En una línea distinta, pero igualmente feroz, Lolbé González (Maestra en Psicología Clínica por la Universidad Autónoma de Yucatán. Estudió Creación Literaria en el Centro Estatal de Bellas Artes) convierte una escena colectiva en un espejo generacional: “Alguien pidió que levantaran la mano aquellas de nosotras a las que su madre les hubiera dicho o insinuado que eran unas putas. Todas levantamos la mano”. La frase final resuena como un campanazo seco. No hay metáfora que amortigüe el peso de esa unanimidad. El poema funciona como una asamblea de heridas transmitidas de madre a hija, una genealogía del insulto que la escritura devuelve al espacio público para quebrar su secreto.

También Flavia Calise Buenos Aires, Argentina. poeta, performer, co-editora del fanzine "AludZine" y curadora de los ciclos literarios) condensa una ética del deseo en apenas cuatro palabras: “Mi sed no es / inofensiva”. La sed aquí no es carencia, sino fuerza de irrupción. El deseo deja de ser ornamento para convertirse en fuerza de transformación, acaso de peligro. Varios poemas parecen escritos desde una intemperie compartida. Juan Bello Sánchez (Santiago de Compostela, escritor gallego en lengua castellana) sueña: “A uno le gustaría ser como una bandera / que mueve el viento. / Sin ninguna obligación. / Sin ningún peso”. La imagen, lejos de la épica patriótica, adquiere una melancolía doméstica: la bandera no representa, simplemente se deja mover. Florencia Defelippe (Escritora y licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. También ha estudiado dramaturgia, actuación y danza, forma parte del equipo editorial de la revista El Ansia) lleva esa sensación al límite del naufragio: “Nos quedaremos ahí / en medio del naufragio / sin la porción necesaria de tierra / sin un punto cero donde regresar”. Es uno de los versos que mejor sintetizan el clima del número: la imposibilidad del retorno. La imagen dialoga, de forma soterrada, con la propia revista: una comunidad de voces que navega sin promesa de puerto.

En Alkaíd Marino (Ciudad de México. Poeta), la incertidumbre se vuelve ontología: “Nada en esta vida / es enteramente algo /…/ mis padres jamás llegarían / a ningún resultado”. El poema rehúye las conclusiones y acepta la mezcla, la ambigüedad, el fracaso de las definiciones. Desde esa ambigüedad contempla a unos padres incapaces de llegar a ningún resultado. La identidad, la familia, el sentido: todo queda suspendido en un estado intermedio.

El número contiene varias reflexiones sobre el propio acto de escribir. Manuel Espinal (Don Benito, Badajoz. Estudió filología en Cáceres. Profesor de Secundaria) propone cultivar la poesía: “cultivemos / la poesía / –o cualquier otra droga legal– / como algo que protege a la vida / de la vida”. Una defensa hermosas de la literatura no como ornamento, sino como escudo precario contra el desgaste de existir. Sara Montaño Escobar (Escritora, Magíster en Literatura y psicóloga ecuatoriana radicada en Argentina) introduce el conflicto familiar y económico con una sinceridad devastadora. Entre escribir sobre el perro o sobre el padre, elige al perro: ‘Debo confesar / que era escribir sobre mi perro / o escribir sobre mi padre. / No dudé ni un segundo / cuando mi padre me preguntó / si la poesía no me daba dinero, / ni siquiera un trabajo, / ¿por qué seguía escribiendo?”. La pregunta queda suspendida como una condena y una absolución simultáneas. El poema revela, con una honestidad desarmante, que la poesía suele avanzar precisamente hacia aquello que menos se espera de ella. javier bê (San Sebastián. Explora la poesía expandida, sea lo que esto signifique. Dirige Editor Barrera, sello de edición de poesía experimental) responde desde el extrañamiento: “cualquier idiota miraría / debajo de la cama”. La poesía, parece sugerir, debe buscar donde nadie mira o mirar de otra manera aquello que todos consideran evidente.

Uno de los momentos más memorables del volumen pertenece a Alejandro Céspedes (Gijón, poeta, gestor cultural y crítico literario. Ha recibido entre otras distinciones el Premio Hiperión de poesía y el Premio Iberoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez): “Pudiera parecer que en el ejemplo del martín pescador / no existe nada que abunde en lo poético. / El ave cierra los ojos / al lanzarse a por el pez que ha descubierto / desde la rama de un árbol. / Con los años el ave queda ciega / de tanto golpearse contra el agua. / Muere por desnutrición”. Es una parábola sobre el conocimiento, sobre el oficio del poeta y quizá sobre cualquier pasión llevada hasta sus últimas consecuencias. En otro registro, Fernando Pérez Fernández (Cáceres. Poeta) alcanza una emoción silenciosa con la anciana que recibe un reloj elegante: “Los hijos que le quedan le han comprado / un reloj pequeño que utiliza de pulsera. // Es una joya muy elegante / y además le sirve para preguntarnos / qué hora pone, hijo”.  La memoria, el deterioro, la soledad caben en esa pregunta mínima.

La revista no se queda en la intimidad tradicional. Michelle Pérez-Lobo (Ciudad de México. Poeta y editora) imagina seres capaces de ser fantasma y monumento: “Cuando una glosa / se convierte en verso, o una nota al pie / se vuelve tesis; /…/ representantes de dos universos, / seres duales, con potencia para ser fantasma / y monumento”. La literatura como doble existencia: presencia que se desvanece y piedra que permanece. Mientras Micaela Martínez (Buenos Aires, Argentina. Estudió Relaciones del Trabajo en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y cofundadora de The Cat, un proyecto de traducción audiovisual y literaria) introduce el lenguaje de los CAPTCHA y la verificación digital para preguntar qué significa ser humano en una época de imágenes automáticas: “Se necesita ser humanx / para poder distinguir / los semáforos / o motos / o similar / en una serie random de imágenes. / Se puede fallar / hasta tres veces: / no soy un robot / en el segundo intento”. El resultado es un poema inquietante: la tecnología aparece como un espejo absurdo de nuestra condición.

Y cerramos con Gustavo Yuste (Buenos Aires, Argentina. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires, periodista cultural y escritor): “Hay distintas formas / de utilizar la alegría: / -como un cepillo de dientes; / dos o tres veces por día. // -como la vajilla de mamá; / solo para las ocasiones importantes. // -como las joyas de la abuela; / guardarla en la caja fuerte / para poder pagar el propio entierro”. Es una de las piezas más lúcidas y amargas. Con humor negro se convierte aquí en una filosofía doméstica. La alegría no se celebra; se administra.

Lo más admirable de este número es su capacidad para ser pequeño sin resultar menor. Es mucho más que un reclamo de una editorial arriesgada y compleja. La revista microscópica observa las partículas elementales de la experiencia: el cuerpo, la familia, el deseo, la precariedad, la vejez, la tecnología, la alegría administrada con cautela. El número se mueve constantemente entre la confesión y la reflexión Cada poema actúa como una lente de aumento sobre aquello que normalmente pasa desapercibido. Una isla microscópica donde caben el naufragio, la ternura y la obstinada necesidad de seguir escribiendo aunque nadie pueda explicar del todo para qué.

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