Hay en la poesía contemporánea una tentación frecuente: convertir la nostalgia en decorado, en una utilería sentimental hecha de marcas generacionales y referencias compartidas. Bastan unos cuantos títulos de películas, una canción de fondo, la evocación de un cine de barrio o de un viejo VHS para convocar de inmediato una emoción reconocible, casi automática. Una conexión íntima de baratillo. Lo difícil —lo verdaderamente raro— es hacer de esos materiales una indagación moral y afectiva, lograr que la memoria cultural no funcione como simple guiño cómplice sino como una forma de conocimiento. Eso es precisamente lo que consigue Itziar Mínguez Arnáiz en Próximamente, un libro que trabaja con los restos luminosos del cine popular para hablar, en realidad, de aquello que el tiempo va dejando atrás: el amor, las promesas, la derrota íntima, la persistencia de ciertas heridas y la extraña educación sentimental de quienes crecimos mirando pantallas.
Desde el título, el libro instala una poética de la espera. “No llegó a estrenarse / Gremlins en el cine de mi barrio / durante años se quedó / colgado el cartel donde decía / próximamente // Igual que tus promesas” (Gremlins). Hay algo devastador en esos versos porque condensan, con una precisión casi aforística, el mecanismo emocional de todo el poemario: la ficción cinematográfica y la vida dejan de ser ámbitos separados para contaminarse mutuamente. La promesa aplazada de una película acaba pareciéndose demasiado a la promesa aplazada del amor. El cartel que nunca se retira se convierte en emblema de todo aquello que permanece suspendido. Itziar Mínguez entiende muy bien que el cine no fue solamente un entretenimiento para quienes crecimos con él. Fue una gramática afectiva. Aprendimos a amar, a desear, a temer y hasta a imaginar el fracaso a través de las películas. El libro lo dice explícitamente en una de las notas finales: “hubo una época en la que sentir, en cualquiera de sus formas, esto es, amor, amistad, familia, está muy ligado a la manera en la que consumíamos ficciones”. Pero lo admirable es que el poemario nunca cae en la simple explicación sociológica. Todo está filtrado por una sensibilidad lírica que transforma la cultura popular en materia elegíaca. El cine es referencia, es contenido, es experiencia. No solo importa qué se ve, sino el propio hecho de ver una película, su ritual.
La desaparición de las salas de cine atraviesa el libro como un duelo silencioso: “Han derribado / los cines de nuestra infancia / con todo lo que fuimos dentro” (Segundas rebajas). El derribo no afecta únicamente a un edificio: lo que desaparece es una forma de estar en el mundo. Las salas eran lugares de iniciación sentimental, espacios oscuros donde se aprendía la intimidad compartida, el temblor de las manos rozándose en la penumbra, la intensidad irrepetible de mirar juntos hacia la misma luz. Hay aquí una conciencia muy aguda de que ciertas experiencias colectivas están extinguiéndose. Y, sin embargo, el libro evita la grandilocuencia elegíaca; prefiere el detalle mínimo, la ironía tenue, el golpe emocional administrado con una economía verbal admirable.
En ese sentido, Próximamente se emparenta con cierta tradición de la poesía de lo cotidiano —pienso en la sentimentalidad desarmada de Karmelo C. Iribarren o en los aforismos de José Luis Morente—, pero la voz de Itziar Mínguez posee una temperatura distinta. Hay menos complacencia narrativa y más capacidad de condensación. Muchos de estos poemas funcionan como pequeñas detonaciones emocionales. “Spoiler: / acaba mal” (La vid), dice uno de ellos. Y basta eso. El humor, el lenguaje contemporáneo, el registro coloquial, lejos de rebajar la intensidad del poema, la vuelven más hiriente. Porque toda la ironía del libro está sostenida sobre una conciencia trágica. Esa tensión entre humor y devastación atraviesa algunos de los mejores textos: “Las promesas / con contrato / por favor” (Convenio). O también: “te equivocas / eres tú contra ti // y solo puede quedar uno” (Los inmortales). La referencia cinematográfica opera como espejo moral. No se trata de insertar títulos famosos dentro del poema, sino de descubrir hasta qué punto ciertas frases del imaginario popular contienen una verdad secreta sobre nuestra propia vida. Como ocurría en la poesía de Ángel González, el humor aquí no suaviza el dolor: lo vuelve más exacto.
Uno de los grandes aciertos del libro es su capacidad para trabajar el amor desde la conciencia del artificio sin renunciar por ello a la emoción verdadera. La autora sabe que hemos amado contaminados por las ficciones, imitando escenas, copiando gestos, buscando inconscientemente una banda sonora: “o puede que sí / que en aquella sala / empezara a escribirse también / el principio del fin / de una historia tan hermosa / que no pudimos resistirnos / a imitar” (Los puentes de Madison). Hay algo profundamente contemporáneo en esa intuición: no vivimos solo nuestras vidas, vivimos también las narraciones que hemos heredado. El amor, en Próximamente, aparece como una mezcla de experiencia genuina y representación aprendida. Por eso algunos poemas alcanzan una intensidad extraordinaria al confrontar la fragilidad de la ficción con la fragilidad de los afectos: “no hagas caso / solo es una película / dijiste / apretándome / la mano // y yo te creí” (Herida). El verso final abre un abismo. Porque creer en la ficción era también creer en la persona amada. El engaño sentimental y el pacto cinematográfico terminan siendo la misma cosa: una suspensión voluntaria de la incredulidad.
Los versos de Itziar Mínguez condensan una poética de la intensidad emocional y de la reflexión sobre los límites del lenguaje, el tiempo y la experiencia amorosa. Su escritura se caracteriza por la economía expresiva: pocos versos bastan para abrir espacios de significado complejos y sugerentes. La conciencia de los límites de la palabra aparece de forma explícita en “porque no siempre nombrar / significa poseer” (El Bósforo de Almâsy). La autora cuestiona aquí la vieja aspiración de dominar la realidad mediante el lenguaje. Nombrar no garantiza la apropiación ni el conocimiento pleno; existe una distancia irreductible entre las palabras y aquello que designan. Esa aceptación de la incertidumbre se relaciona con la actitud vital de Vida sabática: “Aquí / a la espera / de los errores / que aún debo / cometer”. El error deja de entenderse como fracaso para convertirse en una experiencia necesaria del aprendizaje y de la construcción de la identidad. El sujeto poético se muestra abierto al devenir y a la imperfección. En el ámbito amoroso, Itziar Mínguez recurre a la memoria y la complicidad compartida. En Cinefilia el cine funciona como metáfora de una relación donde los verdaderos protagonistas son los amantes: “Tardábamos horas / en elegir la película // total / para qué // se apagaban las luces / y la acción se trasladaba / a nuestras butacas // cuántos finales felices / supimos escribir”. La ficción queda desplazada por la experiencia vivida. Contrapone amor y violencia mediante la contundente sentencia: “Morir matando / no es / morir amando” (Duelo al sol), que transforma un juego verbal en una reflexión ética. Del mismo modo, “encontrar tu letra / y que siga siendo verdad / tanta mentira” (No need to argue) expresa la paradoja de una memoria afectiva que conserva autenticidad incluso después de la ruptura. Podríamos hablar de una poética del silencio de la sala de cine: “Me miraste a los ojos / como quien llora / y / sobraron todas / las palabras” (Fin) cuando la emoción alcanza su máxima intensidad, el lenguaje resulta insuficiente y la mirada se convierte en la forma más verdadera de comunicación. Hay momentos en que el libro alcanza una desnudez emocional muy difícil de sostener sin caer en el sentimentalismo: “te amé / y lo dije // ahora / que no sirve de nada / lo retiro / y retiro también / todas y cada una / de las palabras / que me callé” (Deseando amar). Estos versos poseen la gravedad seca de ciertas confesiones tardías de Idea Vilariño. Decir y callar aparecen aquí como dos formas igualmente dolorosas de pérdida. El amor no fracasa únicamente por lo que se dijo mal, sino también por todo aquello que nunca llegó a pronunciarse.
Otro de los grandes temas del libro es el tiempo. No un tiempo abstracto, filosófico, sino el tiempo concreto de una generación que vio desaparecer ciertos rituales materiales: las entradas de cine, los carteles, las cintas VHS, las sesiones del día del espectador: “Era nuestro día // a veces íbamos por ir / como sucede también / en el amor” (Día del espectador). La comparación resulta luminosa porque define con precisión la naturaleza de muchos vínculos humanos: persistimos en ellos incluso cuando ignoramos ya qué buscamos exactamente.
En algunos poemas la autora logra algo especialmente difícil: convertir objetos triviales en símbolos de resistencia emocional. El poema sobre el jersey y los pantalones en Séptimo de caballería es ejemplar: “hoy te hacen parecer / desaliñada y sucia / vieja y cansada / pero no quieres retirarlos / porque significaría darte por vencida”. El deterioro material se convierte en metáfora de una fidelidad íntima a aquello que fuimos. Hay aquí una melancolía muy cercana a la de Raymond Carver o a ciertos poemas de Charles Simic o Sharon Olds: la conciencia de que los objetos guardan una memoria afectiva que el cuerpo no sabe abandonar.
Pero quizá el rasgo más admirable de Próximamente sea su capacidad para hablar de la derrota sin cinismo. En una época en la que tanta poesía contemporánea se protege mediante la distancia irónica, Itziar Mínguez se permite todavía una vulnerabilidad directa: “miénteme / pero no así / de mentira / miénteme / de verdad / como solo / se miente / a quien / se ama” (Súplica). Estos versos contienen una paradoja dolorosísima: incluso el engaño puede ser una forma de intimidad. Amar consiste a veces en aceptar ciertas ficciones necesarias para sobrevivir.
La autora posee además un oído magnífico para el cierre de los poemas. Utiliza la técnica del microrrelato, jugar a que los títulos, las referencias cinematográficas nos ubiquen en el momento exacto de la acción, que comprendamos los motivos, o adelantemos las consecuencias. Y da lo mismo si la referencia es de cine de palomitas o de cinéfilo, de los Gremlins a Deseando amar. Muchos terminan dejando una reverberación emocional que continúa mucho después de la lectura: “te dormiste sobre mi hombro / lo que soñaste no lo puedo recordar” (Matrioska). O este otro, extraordinario: “Desmontas el árbol / y el belén / metes cada pieza / en una caja // subes todo al trastero // seis metros cuadrados / donde encerrar / hasta el año que viene / los mejores deseos” (Qué bello es vivir). El trastero como cementerio provisional de la esperanza: difícil encontrar una imagen más precisa de cierta vida adulta.
La presencia del cine clásico y popular funciona también como una forma de conversación cultural compartida. Dirty Dancing (“perdona que no haya podido / resistirme / pero es que nací / para acercarme a ti / y temblando de pura vida / decirte / “no dejaré que nadie te arrincone / baby”), Alien (“”En el espacio / nadie puede oír tus gritos” // ya podemos añadir: / en la Tierra tampoco”), Terminator (“La cosa acabó así: / Sarah Connor consiguió / salvar a la humanidad / yo suspendí / el examen de mates // llamadme ilusa / pero cuando años después / aún mantengo la esperanza”), Indiana Jones (“Indiana Jones / nunca está / cuando más / lo necesitas / ni falta que hace”)… Son películas muy distintas entre sí, pero unidas por haber configurado una sensibilidad colectiva. O riza el rizo con doble referencia: “Vuelva / usted mañana” (Regreso al futuro) o “compartir / un paraguas plegable / para dos // eso es amor / quien lo mojó / lo sabe” (Paraguas para dos). Itziar Mínguez no las jerarquiza entre alta y baja cultura sino que comprende, como comprendieron Manuel Vázquez Montalbán o Luis Alberto de Cuenca, que la educación sentimental real de una generación no se produce únicamente en los libros canónicos, sino también en las imágenes populares que acompañan nuestra vida.
Especialmente hermoso resulta el diálogo final entre vida y cine que articula el poemario: “la vida / esa película que continúa / sin ti” (Próxima estación). La frase podría haber caído en el tópico, pero dentro del tejido emocional del libro adquiere una verdad inesperada. La vida continúa, sí, pero lo hace como una proyección donde de pronto falta alguien imprescindible. Y quizá por eso el colofón resulta tan conmovedor: “Este libro / se terminó de escribir / treinta y tantos años después / de que cerrase para siempre sus puertas / aquel cine donde quedaron atrapados nuestros / sueños” (Colofón). No es solo una evocación nostálgica de la infancia; es la constatación de que ciertas versiones de nosotros mismos permanecen encerradas para siempre en lugares que ya no existen.
En Próximamente, Itziar Mínguez Arnáiz consigue algo muy infrecuente: escribir un libro sobre la memoria cultural sin convertirlo en un catálogo de referencias vacías. Cada película, cada sala de cine, cada frase célebre aparece atravesada por una experiencia emocional concreta. El resultado es un poemario delicadísimo y feroz, consciente de que crecer consiste también en asistir al derribo paulatino de los escenarios donde aprendimos a imaginar la felicidad.