lunes, 15 de mayo de 2017

Al revés te lo digo



Una de las cosas que más me fascinan y a la vez me sacan de quicio de los filósofos franceses esos de la posmodernidad es su capacidad de prestidigitador para hacer aparecer lo bueno como malo, lo blanco como negro, la generosidad como orgullo. Dews decía con buen tino que estos personajes prefieren cualquier cosa antes de quedar como ingenuos. Y los entiendo, se ha dicho ya tanto de todo que para parecer original hay que darle la vuelta desde el origen a las cosas. Todo esto por desengañarse con Nietzsche y sospechar de cualquier moralidad.
                Pero una cosa son estos juegos de logotomaquia y otra muy distinta es confundir la velocidad con el tocino en la vida cotidiana. No podemos negar que en estos tiempos inciertos la verdad y la mentira se transfiguran y los valores se trucan como en la chistera de un mago de circo. No deja de parecerme curioso que el programa de televisión que más hace alarde del poder de la ciencia, paradójicamente, sea Cuarto Milenio. En este increíble –en cualquier sentido de la palabra– programa se hace gala de una metodología científica casi impecable. Al menos de una apariencia totalmente inmaculada. Batas blancas, instrumentos de medición, hipótesis, teorías, toda una parafernalia para ocuparse de hechos que, básicamente, no existen. Al final, como aprendiendo la lección de Popper, todo puede ser falseable y todo, por lo tanto, puede ser real. La ciencia en los tiempos modernos. O quizás, como sostiene Latour, nunca hemos sido modernos.
                Los científicos aparecen como seres caprichosos, imbuidos de política y de intereses ocultos, al servicio de las grandes corporaciones, del ejército o del Estado y sin ningún respeto por la verdad. Se igualan prácticas con poco carácter científico al mismo tiempo que los defensores de la ciencia se comportan como seguidores de un culto mistérico.
                En cambio, los que aparecen como seres luminosos son los creyentes. Y no hace falta que sean de novedosas doctrinas con regusto oriental, puede ser el mismo catolicismo, el más rancio, aquel del que abominaba Antonio Machado en La Saeta –que, curiosamente, se adopta como himno para ensalzar justo lo que se proponía criticar el poeta–. Ahora son los católicos que pretenden segregar en las escuelas, que imponen su catecismo como asignatura –doctrinal, como no tienen reparos en confesar–, que se hay llevado toda la historia de la cristiandad prohibiendo el mundo, el demonio y la carne, estos católicos son los que pretenden ser los tolerantes y acusan a los demás de ser censuradores de sus creencias. En estos tiempos son conscientes de que no pueden obligar a todos a comulgar –nunca mejor dicho– con sus creencias, así que pretenden crear un bastión amurallado alrededor de los fieles para que no se contaminen de laicismo o pensamiento crítico. Poco a poco, con los medios que dios y el IRPF les ha dado conseguirán aumentar sus adeptos, asumiendo el aspecto de nuevo-a-la-vez-que-tradicional.
                Piden libertad de religión cuando están en minoría, no lo hicieron cuando era la religión oficial. No he escuchado a ninguna jerarquía eclesiástica defender la separación entre Iglesia y Estado en Europa mientras que claman por ella en los países musulmanes. En realidad, no creen en la libertad de conciencia, lo que quieren es libertad para seguir adoctrinando a los suyos.
                Se quejan de sufrir persecución cuando ellos crearon la Inquisición y la siguen manteniendo con el nombre de Tribunal Supremo para la Congregación de la Doctrina de la Fe. Movilizan “millones” de personas para “defender” la familia de los ataques de la “ideología de género” (sé que son muchas comillas, pero todas necesarias), acusan desde los púlpitos a los gobiernos de PSOE de quitar el dinero de la Iglesia para “dárselo a los gays”, ponen la voz en grito cada vez que se plantean debates sobre reproducción… Y se comportan como víctimas cuando se les pone a parir desde cualquier tribuna. Señores, en una democracia todo es susceptible de crítica y si dios les ha dado la verdad verdadera, que se hubiese explicado mejor y todos la tendríamos. Tienen la osadía de igualar el espíritu crítico que da el relativismo con el mayor de los absolutismos. Ellos, que ponen su fe en un dios indemostrable, acusan de adoctrinar a quien aconseja dudar de todo.
                La desfachatez es enorme cuando tienen privilegios fiscales, cuando se rigen por un Concordato pre-constitucional y probablemente anti-constitucional y se ven a sí mismos como atacados por unos grupos políticos que se atreven a poner sobre la mesa estos privilegios. Se organiza el calendario a su servicio y olvidan que la navidad no es el nacimiento de Jesús, sino el solsticio de invierno.
                En este orden de cosas todos estos tradicionalistas acusan de obsoletas a las ideologías del movimiento obrero cuando nacieron en el siglo XIX, ¡desde un credo que tiene dos mil años! Estos conservadores acusan de intransigentes a quienes no queremos que sigan dirigiendo la sociedad como si les perteneciera.
                También es llamativo que se acuse de prohibicionismo a los llamados “progres”. Los herederos del “prohibido prohibir”, los que abanderaron la revolución sexual, las manifestaciones antifranquistas, los que defendieron el top less y el aborto son ahora los malvados prohibidores, censuradores, inquisidores… Son totalitarios porque no quieren que se utilice a la mujer como objeto, son prohibidores porque quieren evitar la degradación del medio ambiente, son inquisidores cuando prohíben el tabaco en los lugares públicos, les hacen quedar como enemigos de la libertad por defender unos mínimos derechos de los trabajadores frente al inmenso poder del capital a la hora de hacer contratos.
                Desde las tribunas y las barras de los bares se confirma una y otra vez que los defensores de la libertad son los que dejan el mundo a merced de los que pueden, y abandonan a su suerte a quienes no tuvieron la fortuna de nacer en la familia adecuada. ¿Qué libertad es la que tienen los millones de niños que nacen en África? Ni siquiera se les permite emigrar para buscar un mundo mejor. ¿Qué libertad les queda a los que quieren huir de una guerra? Ninguna, porque entre ellos puede haber terroristas. Estos argumentos los defienden quienes se muestran ufanos de profesar una fe que habla de la hermandad universal y de hacer el bien al prójimo.
                Hay quienes llaman fascistas a todos los que no opinan como ellos, que no se deciden a condenar ni el fascismo ni el franquismo, que participan de esta corriente extraña de simpatía hacia el fundador de Falange, aquel que quería que España fuese una unidad de destino en lo universal –significara lo que significara– y que todos los intereses, personales, de grupos o de clase se tenían que plegar a la suprema realidad de la patria. Ahora aparece como el gran defensor del entendimiento entre los españoles quien no se detenía ante el uso de la violencia, un poeta soñador en tiempos revueltos.
                Los que ponen impuestos a la energía solar se venden como adalides de la bajada de impuestos. Los que censuran a los periodistas en las ruedas de prensa y las hacen a través de un plasma y sin preguntas, los que elaboran una ley que permite encarcelar como a terroristas a unos guiñoles que denunciaban la falsificación de pruebas por la policía, los que vigilan a tuiteros y denuncian chistes de hace 40 años… esos son los paladines de la libertad de expresión, simplemente porque estos tiempos exigen una corrección en el estilo que tiene que asumir los cambios sociales en materia de género. Son precisamente los que denigran a la mujer y la hacen aparecer como florero, organizan cursos de cocina y costura, de dolores en la espalda, los que dejan sin dotación económica los programas contra la violencia machista son los que pretenden ser los defensores de la mujer frente al malvado islam que les pone velo, como a las monjas.
                Sin duda es el mundo al revés.

martes, 9 de mayo de 2017

Diferencia y repetición



Voy a apropiarme del título de Deleuze para mis propósitos, no hagamos responsable al francés de mis desvaríos y que me perdonen José Luis Pardo y Luis Castro. Tratar de explicar un fenómeno se basa, esencialmente, en encontrar un paralelismo más evidente y sencillo para los términos conflictivos. La cuestión consiste en encontrar cuál es el paralelismo más adecuado. Comparar cualquier cosa consiste en encontrar las diferencias y las similitudes. Puede sucedernos que tengamos muy claro que A es completamente diferente a B, pero no sepamos explicar en qué consiste su diferencia. Por ejemplo, ¿qué diferencia hay entre un cuaderno y un elefante? A todos nos resulta obvio que son distintos, pero se nos hace un poco fastidioso expresar con palabras algo tan evidente. Cuando aventuramos que uno es pequeño y el otro grande, que el primero es un objeto y el segundo es un animal nos estamos esforzando en encontrar un punto de comparación. Y por eso decimos que entre dos personas no hay ni punto de comparación.
                Un tema que se está discutiendo mucho estos días es la maternidad subrogada. Para defenderla o atacarla se hacen referencia a metáforas que ponen de relieve la intención que tenemos al respecto. El genio del idioma puede poner en circulación muchísimas formas de hablar sobre un tema y es el oído de los hablantes el que se apropia solo de algunas de ellas. Son los hablantes quienes realizan la selección. Las metáforas triunfadoras, además de tener detrás, en ocasiones, una gran corporación de medios de comunicación o institutos de pensamiento, necesitan tener cierta lógica dentro de la percepción de los hablantes para seguir su curso, aunque puedan atacar radicalmente la lógica aristotélica, como pasaba cuando nos decían y repetíamos que vivíamos por encima de nuestras posibilidades, expresión a todas luces impropia, pero que cobraba un sentido clarísimo y ejemplarizante.
                ¿Qué es la maternidad subrogada? ¿En qué consiste un vientre de alquiler? Gran parte de nuestra posición al respecto dependerá de cómo definamos el término, a qué asimilemos la práctica, porque las connotaciones que puedan tener las palabras se unen a las consecuencias metafóricas de una manera que clausura cualquier otra interpretación. Para un sector importante de la sociedad cualquier técnica de reproducción asistida está vedada por definición. Es Dios quien decide a su arbitrio quien puede y quien no puede tener hijos. El marco interpretativo se reduce a la negación de “técnica de reproducción asistida”. Esa categoría identifica de manera suficiente la práctica para que sea rechazada.
                Incluso la clasificación entre “técnica” y “práctica” puede suscitar un debate intensísimo que tiene consecuencias jurídicas definitivas. Si se considera una “técnica” podría entrar dentro de la legislación española de reproducción asistida, pero si es una “práctica” independiente, al no estar reconocida en la normativa como tal, no podría aprobarse con el ordenamiento jurídico actual. Considerar, por otra parte, como “técnica” supone, a juicios de muchos, cosificar a la mujer, considerarla como un mero instrumento de gestación.
                Por si fuera simple la cuestión se mezclan otros vectores en la discusión pública. Por parte de un sector del feminismo se ofrece una repulsa total a la maternidad subrogada –un poco más adelante veremos por qué–, esto consigue el rechazo automático de quienes se consideran antifeministas. En la discusión no se aportan argumentos sobre la maternidad, sino de descalificación hacia el feminismo.
                Hablar de un “vientre de alquiler” tiene la connotación mercantilista, monetaria. “Alquiler” sitúa la maternidad en la esfera del dinero que todo lo contamina. “Mi útero no se alquila”, “Mafia, fuera de mi útero” o “Patriarcado y capital, alianza criminal” son los eslóganes que sitúan la subrogación en el campo de la economía. Entran en este marco las referencias al origen social de las mujeres que gestan, que supuestamente nunca son de clase alta. Se incide también en el origen social de los futuros padres, porque sólo podrían costearse el tratamiento las clases más acomodadas, quedando sólo para los caprichos de quienes pueden permitírselo. Y una referencia a la dominación masculina si los padres son una pareja de varones homosexuales. De todas formas, numéricamente, este último caso es el menos representativo. Es evidente el peligro de explotación, que en este caso es exclusivo hacia las mujeres.
También se argumenta desde esta posición la identificación de la maternidad con algo más que ser el recipiente. “No somos vasijas”, se dice. Este juicio de la mujer como simple depositaria de la semilla, el semen, que no aporta nada específico a la concepción tiene una tradición enorme dentro de la cultura occidental y del cristianismo en particular. El rechazo a considerar a las mujeres como vasijas lleva al rechazo, a su vez, de las maternidades subrogadas. Aquellos que defienden esta postura saben perfectamente que la mujer en la maternidad subrogada no es literalmente una vasija, ni un horno, ni que se puedan construir “granjas de mujeres”, pero esas diferencias les parecen menos significativas que la identificación con la metáfora.
Yo me considero feminista y comprendo perfectamente el peligro de explotación de esta práctica. Sin embargo, creo en el altruismo de las personas, de donantes de sangre, de óvulos, de riñones… Es decir, planteo la cuestión en el marco de la identificación con la donación altruista frente a la identificación con el alquiler económico o la vasija. Veo claras diferencias entre la donación de sangre, de la que todos podemos formar parte y que no comporta riesgos para la salud. También veo la diferencia entre una donación de riñón para salvar una vida de la utilización del vientre ajeno para cumplir el deseo de ser padres.
El campo de batalla entre el deseo y el derecho radica también en un enfrentamiento entre la diferencia y la repetición. No todos los deseos tienen que ser derechos. Eso es evidente. Cualquiera que desee matar a todo el que se ponga por delante tiene que enfrentarse con el muro de la realidad y la legalidad. No se discute si todos los deseos deban ser derechos, sino precisamente este de la maternidad. Diferencia. Todas las técnicas de reproducción asistida, las incluidas en el sistema nacional de salud y las no incluidas, dan respuesta al deseo de ser padres, de la misma forma que la vasectomía responde al deseo de no tener hijos. Repetición. Por poner un ejemplo disparatado, que el deseo de tener un yate sea solo un capricho que se pueden permitir las clases altas no es obstáculo para negar los yates. Con esto quiero referirme a la argumentación en abstracto, no estoy comparando yates con bebés.
Hay de defender indudablemente la dignidad de las mujeres en cualquier situación, y creo que un sistema de garantías legales y seguimiento puede disminuir sustancialmente el riesgo que siempre existe de explotación, que repito, siempre existe en cualquier contrato. Los casos que, antes de este debate, hemos conocido por los medios son muy específicos y se ofrecía un perfil muy claro de altruismo. Mujeres de clase media, con estabilidad material y afectiva, con hijos propios que se ofrecían para gestar el niño de otra pareja. Podemos imaginar las barreras más exigentes para salvaguardar que nadie se vea obligado a vender su cuerpo por necesidad de dinero, aunque es lógico que reciban una compensación económica para aliviar de alguna manera su esfuerzo y su riesgo. También se puede regular el negocio por parte de las clínicas y bufetes de abogados que tercian en estos menesteres.
Algunas detractoras ponen el ejemplo de las donaciones de óvulos. Dicen que muchas chicas jóvenes recurren a esta práctica para conseguir dinero para pagarse la matrícula de una universidad cada vez más elitista. Y probablemente tienen razón, aunque se conocen otros casos de clínicas que ven aumentadas las donaciones cerca fiestas, eventos, de la feria y confiesan en las entrevistas que las chicas quieren conseguir dinero para algunos caprichos. Siendo un tema mucho más delicado y esencial de la mujer no quiero caer en la banalidad de compararlos con los trabajos basura a los que están abocados muchos jóvenes para poder seguir adelante en los estudios o pagarse unos caprichos. No siempre es por necesidad.
Otro marco posible para la maternidad subrogada es valorar la capacidad de la mujer para usar su cuerpo. Este argumento puede englobar tanto el aborto como la prostitución. “Nosotras parimos, nosotras decidimos” puede servir también para reivindicar la posibilidad, libremente elegida, de servir de instrumento para gestar el bebé de otra pareja.
Es importante, de todas formas, considerar serenamente las propuestas y los argumentos, no dejarse ir por los eslóganes (“hornos humanos”) o por la falsa asepsia que los grupos de intereses introducen en los eufemismos para los vientres de alquiler. No es fácil decidir este tema. No es fácil, y gran parte consiste en cuáles son las diferencias que nos parecen relevantes y cuáles debemos soslayar.

               

lunes, 8 de mayo de 2017

Vigas y pajas (y II)



Como decía más arriba, me gustaría que aquellos que defienden mis ideas políticas, o por lo menos unas que se parecen algo, fueran íntegros, que no jugaran con el electorado o que coincidieran en las actuaciones con lo que a mí parezca lo mejor. Por ejemplo, que la izquierda se esté enfrentando en facciones es casi un tópico. Tampoco ayuda, creo, utilizar técnicas de acción política propias de grupos que no están en el parlamento. Para llamar la atención sobre un aspecto no basta con convencer a los ya convencidos, se trata de conseguir apoyos nuevos. Un autobús no ayuda.
                Creo que la visión regeneracionista, metáforas biológicas incluidas, sobre la vida política no es que esté caduca (nótese el paralelismo), sino que acogía sobre sí un peligro muy importante. La diferenciación entre las masas (llámense bases, pueblo, ciudadanía) y una élite dirigente que debía llevar adecuadamente el timón del Estado se puede volver en su contra. Es cierto que una parte de las élites del poder son tradicionales y se han ido adaptando a los tiempos y reconvirtiendo. Y vemos familias que ya se aprovechaban del turnismo de Cánovas y se mantienen en la actualidad. Pero también es cierto que el país ha cambiado y muchas de las familias influyentes en las decisiones políticas y económicas ni siquiera residen aquí.
                ¿Moción de censura? Por supuesto, el Partido Popular no es sólo nefasto en sus políticas, está carcomido desde los cimientos en corrupción y el gobierno gasta más energías tapando estos “casos aislados” que en los asuntos propios del Estado. Lo que no entiendo son las reticencias del PSOE argumentando que está perdida la moción. Como la de Felpe González contra Suárez estaba perdida de antemano. Es una estrategia de desgaste. Tampoco entiendo que Podemos esté dispuesto a aceptar cualquier candidato con tal de quitar a Rajoy de la Moncloa cuando en las primeras elecciones rompió el pacto que parecía a punto de firmar con Pedro Sánchez. Aunque sí entiendo que lo hiciera, no sólo porque se escuchan voces dentro del PSOE que admiten que quienes propiciaron la ruptura fueron los socialistas, también porque el PSOE los hubiera engullido durante la legislatura. No compartí las expectativas de sorpasso que les hicieran pensar que iban a salir ganando con unas nuevas elecciones, aunque me parece una buena idea votar mientras que no haya acuerdo. La política de gestos tiene un límite y no se puede uno quedar en celebraciones o símbolos. Como las celebraciones escolares de las conmemoraciones, sí sólo se quedan ahí, son inútiles. Otra cosa es que la prensa sólo airee los gestos más conflictivos y chocantes y oculte la labor más callada de la política “real”.
                El famoso lema “No nos representan” admite dos sentidos. Por un lado, representar en términos políticos, actuar en lugar de otro, y por el otro, llevar a cabo una representación, como en el teatro o en el cine. Este último sentido incluye considerar el ámbito de la política en sí mismo como un escenario donde hay que “representar” unas ideas. Tengo el temor de que se vuelquen los esfuerzos en escenificar, en idear acciones que llamen la atención mediática y se olvide la representación parlamentaria, el trabajo en el seno del poder legislativo. En realidad, todos los partidos juegan (play) a eso, especialmente en las campañas electorales. Muchos dan por sentado que la izquierda más alternativa, Podemos incluido, están más preocupados por salir en las noticias que por llevar a cabo labores políticas. Todavía hay tiempo de rectificar.
                No “pertenezco” a ningún partido. No hay siglas que me posean y estoy orgulloso de cambiar de ideas cada vez que reflexiono y encuentro otras mejores. He votado a diferentes formaciones políticas y no necesariamente me identifico, con más razón, con cada uno de los dirigentes de las formaciones políticas a las que puedo votar. De la estupidez no se libra nadie.
                Me indigno con muchas cosas que hacen los dirigentes de izquierdas, aunque me parezcan ridículas comparadas con las monstruosidades que hacen los grandes partidos. No quisiera que hicieran el ridículo ni que fueran corruptos. Tampoco me hago responsable de lo que haga cualquiera que se diga de izquierdas, por mucho que le avalen unas siglas centenarias, o que enarbole una bandera revolucionaria. Por eso el voto a la izquierda es tan volátil, quizás porque somos muy exigentes con los que se supone defienden nuestras ideas. Lo que me pregunto muy a menudo es cómo se deben sentir los votantes del Partido Popular con el descubrimiento de los nuevos casos de corrupción generalizada, o con las declaraciones claramente xenófobas, franquistas o machistas. No debe haber nada vergonzoso, a priori, en defender tus ideas –la mayoría de las ideas–, sean de izquierdas o de derechas, pero sí que es una vergüenza defender a sinvergüenzas porque sean los tuyos. Eso te hace un miserable.

jueves, 4 de mayo de 2017

Vigas y pajas (I)

Defender a los propios se convierte demasiado a menudo en la úrica estrategia que podemos desarrollar en el ámbito político. Quizás es tanto el miedo que tenemos a que los rivales consigan el poder que nos aferramos a los de nuestro bando aun sabiendo perfectamente que muchos de ellos se comportan como auténticos sinvergüenzas. Si nos empeñamos en pensar bien supondremos que las políticas de los contrincantes son tan horrendas para el país que lo arruinarían en todas las facetas. Pero, mucho me temo, que sea porque lo que se teme no es lo malo para el país, sino la pérdida personal de una parcela de poder. O al menos de satisfacción de estar en el bando ganador. De otra forma no cabría entender esas enfurecidas disputas entre aficionados a distintos equipos de balompié. El país o la liga no van a ser mejores o peores porque ganen los blaugranas o merengues, periquitos o colchoneros.

    Los trapos sucios se lavan en casa, dicen. Las críticas internas se quedan en los despachos de las sedes y luego se ofrece una altísima imagen de unidad y se contraataca con lo que sea del contrario real o ficticio. Hay casos de corrupción en el PP, pero a ellos les preocupa Venezuela. Es la típica estrategia del “puesandaquetú”. y como los partidos políticos en España no se caracterizan precisamente por su limpieza, hay para engarzarse en un conflicto de pajas y vigas en ojos ajenos y propios.

    En la dialéctica y en los discursos se tiende a pensar que los errores y las barbaridades de los contrarios son ejemplo de su maldad intrínseca. Se ha caído la careta, dicen cuando se descubre un caso de corrupción ajena. En cambio, cuando el sospechoso es de los nuestros, invocamos la presunción de inocencia hasta que no queda más remedio que aceptar que es un caso aislado, un individuo llevado por las circunstancias, un garbanzo negro, un señor del que usted me habla. Los nuestros son excepciones, los ajenos, ejemplos.

    Con los países pasa un poco lo mismo. No paramos de criticar al nuestro excepto cuando se meten con él o nos medimos con otro, ya sea en los deportes o con Eurovisión. Detestamos a nuestro representante, nos parece un impresentable, pero se pierde porque todo es política y Rusia tiene controlado a todos los países del Este.

    Personalmente me gustaría estar orgulloso de los míos. Y me gustaría conseguir que siempre obraran bien, que tomaran decisiones juiciosas y emprendieran acciones inteligentes y sensibles. Y es cierto que en numerosas ocasiones los mensajes están tergiversados, malintencionadamente sesgados y retorcidos para confundir. Y es cierto también que uno comprende mejor a los suyos y el porqué de sus enfados. Pero no es óbice para que seamos los primeros críticos. No queremos quedar mal. No deberíamos querer quedar mal.

    Por lo que respecta a los países, la izquierda tenemos una increíble fama de estar en contra de todo lo español, de la bandera a los toros, las tradiciones y hasta la paella, Dicen que queremos romper el país y que nos entusiasma todo lo que es de fuera mientras denigramos lo propio. Que somos unos aguafiestas de todo lo que parece propio de la herencia carpetovetónica. Es un argumento muy potente, y que recuerda a cómo se terminaron llamando los bandos en la Guerra Civil, mientras que unos, los rebeldes, los sublevados contra el orden constitucional eran los “nacionales”, los otros eran los “republicanos”, dejando de paso claro que no eran patriotas. Estaban a sueldo de Moscú, y se cerraba el argumento.

    Esta clasificación ha perdurado en el imaginario y contribuye el gusto multicultural de gran parte de la izquierda. Una cosa es apreciar la música, el arte la cultura de otros pueblos y otra, muy distinta, es tener que simpatizar con rancias tradiciones que representan lo más arcaico de las costumbres propias. Imagino que habrá quien abrace ciegamente todo lo de fuera por ser de fuera y renuncie a lo propio por conocido, pues de todo hay en la viña del señor, pero si pedimos respeto para lo nuestro, lo mínimo es ser respetuosos con los demás.

    Mi caso es que no siento ningún afecto ­–ni positivo ni negativo– hacia el país en el que vivo, no me siento identificado con esa tradición de la piel de toro mucho más que la herencia griega, de la Ilustración Francesa o de la cultura popular anglosajona. No entiendo por qué los habitantes oriundos de una frontera tienen que tener más derechos que los que nacen más allá de los mares. No me atrae el pasodoble y sí la música de un canadiense como Neil Young. No soporto las sevillanas pero tampoco el reggeaton. Pero ese es mi problema.

    Cuestión distinta es la defensa de los derechos de los animales y posicionarse en contra de las corridas de toros. Porque eso no depende de ser español, sino de ser cruel. Problema distinto es defender un estado laico que no permita la injerencia continua que hace la Iglesia Católica en España. Mucho más importante que el protestantismo en otros países y mucho menos que el islam en según qué estados. Si me parece impropio que normas dictadas por un dios que considero inexistente se impongan a los demás que no creemos, no voy a aceptar que impongan moralidades más severas y restrictivas en otros lugares.