
Hilario Barrero habla desde la
primera persona, una doliente y gozosa primera persona, heredero, sin duda, de
Luis Cernuda, como también de Yeats o Cavafis y otros poetas norteamericanos,
como el recientemente fallecido Donald Hall, o incluso de Quevedo: “Aunque yo
no lo vea y tú lo dudes / esa hoguera de brasa luminosa / será ceniza seca y
sin perfume, / tizón que sin ser fuego se ha quemado. / Enciéndelo antes que se
calcine / ahora que eres el dueño de la noche” (Consejo). Una impresión de profunda sinceridad por mucho que
sepamos del fingidor de Pessoa: “Tu vida, no lo olvides, es un acto / continuo
de escritura maldita” (Correspondencia).
Los cuerpos, el deseo, la muerte y el paso del tiempo pueblan su poética bien
en la forma de reflexiones más o menos crípticas y simbolistas, bien en la
manera de pequeñas instantáneas cotidianas. Alcanzamos a ver una biografía del
amor y la sensualidad, el sexo y la muerte, atravesada por la tragedia del paso
del tiempo (“Tienen miedo de mirarse a la cara / y no reconocerse de tanta
oscuridad / que ha crecido en sus ojos”, Vigilantes)
o los azotes del sida (“Fue un diminuto copo precursor / en un millón de
cuerpos escogidos”, Precursor) y el
impacto del 11 de septiembre (“Algunos llevan mapas, todos están perdidos”, Turistas buscan el World Trade Center). Las vivencias que dan
pie a la reflexión lírica, de marcado acento elegíaco, saltan como la memoria
caprichosa que recapitula una vida, echando de menos los cuerpos que se han
ido, las labores o los viajes. El amor, el erotismo y la sensualidad son los
protagonistas de gran parte de la obra poética: “Otros llaman amor a lo que es
fuego” (VII).
Es Nueva York el espacio principal
de su poesía, aunque no deja de estar presente su Toledo natal (“La mirada del
joven es lo único vivo en el museo”, Inventario
en el museo diocesano), o la Barcelona de su juventud (Julio 1971 en Barcelona), así como la Italia de los viajes (Plaza de San Marcos, Venecia), como en
el poema que abre el volumen (Autorretrato),
Gijón o Lisboa (Fado, Guía). Como bien señala García Martín en
el prólogo, el libro se estructura como una novela de aprendizaje o Bildungsroman.
Es imposible no acordarse de
Lorca, demasiado obvio ser Poeta en Nueva
York, y aunque Hilario Barrero prefiere otras formas expresivas, resuenan
más allá del poema que le dedica (FGL en
Columbia University). La depuración poética del autor va más allá de la
exigente selección de los poemas (sin embargo, he echado de menos La brigadista, incluido en Libro de familia, El Brocense, 2011), es
la propia destilación de cada palabra, sin sobrar ninguna más de lo necesario.
Como en la escritura de los diarios o en la técnica del haiku, se trata de
buscar la iluminación, el relámpago, la escena definitiva y definitoria para establecer el
aliento poético. Sus poemas son claros, intensos, huyen de lo críptico y del
efectismo, juegan con la narratividad (Punto
de mira, Halloween en Brooklyn, Domingo Suburbano… ) y con las
resonancias de lugares y referencias fílmicas, literarias, vitales (“Y tener
que explicar de nuevo el subjuntivo, / acechante la tiza de la noche del
encerado en luto, / ahora que ellos entregan sus cuerpos a la hoguera / cuando
lo que desean es sentir el mordisco / que tatúa con rosas coaguladas sus
cuellos ofrecidos / y olvidarse del viejo profesor que les roba / su tiempo
inútilmente”, Subjuntivo).
La habilidad de Hilario Barrero de
condensar en un instante un universo es la que nos hace asomarnos a su
experiencia como una experiencia propia, por mucho que nuestra piel no sea la
que pasea por el reino de Bruklin: “tú y yo que hemos sido agua, / viento y
fuego enamorado / seremos un olvido. / Sólo uno” (Final).
Magnífica reseña de una obra excepcional.
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