
Leves certezas, primer libro de Victoria López Mata, no consiste en certezas pesadas ni enunciados cerrados, sino que palpita la oscilación entre la identidad que se busca y el vacío que la socava, un tránsito en que las palabras se vuelven vestigio, eco, pero también rescate. La paradoja de su título condensa el gesto del libro: no la certeza como roca, sino como brizna que se sostiene en el aire, apenas y de manera provisoria. El prólogo de José Luis Rey marca la clave de lectura: el lenguaje poético como extremo, como límite, como umbral de trascendencia. “Ni siquiera el lenguaje vence a la muerte”, pero en su exceso, en su entrega total, se insinúa un modo de rozar lo inefable. La poesía de López Mata se instala justamente en esa intemperie: la muerte como trasfondo, la fugacidad como evidencia, pero también la obstinación del canto como forma de resistencia.
El libro se organiza en cuatro secciones, que trazan un arco vital y ontológico. En Cimientos, el yo se interroga por el origen y la infancia, pero lo hace sin nostalgia complaciente. Los poemas retornan al campo, al pan materno, a la ermita, como si la identidad se configurara en la tensión entre arraigo y exilio: “Yo soy de este otro tiempo / que me ha llevado lejos de la encina donde / ser una esclava de las mareas / no abre duros surcos en las manos, / pero bajo banderas liberales / tatúa su aspereza en las entrañas” (Recuerdo que saltaba sobre la siembra). No es casual que la voz declare: “Fantaseo con ser una ermitaña, / romantizo / la vida en soledad / dentro de los confines de este campo / al que siento que robo / la semilla de una planta que no me corresponde” (Ermitaña), enunciando un deseo de apartamiento que es al mismo tiempo imposibilidad. La fe se cifra no en altares trascendentes, sino en el pan que parte la madre, donde lo sagrado se reviste de gesto doméstico. En esta primera sección, la poeta asume que la madurez no es plenitud sino pérdida: “He cambiado tanto en estos años / que al final la madurez ha engullido / ganas, deseos y chorros de energía” (Infancia). El tiempo aparece entonces como un doble filo: erosiona, pero abre también a la conciencia de lo infinito en lo minúsculo.
Si algo caracteriza a esta primera obra es la conciencia de fragilidad: “Subo a la ermita y observo desde ella / la sombra pasajera /…/ Me asombro al contemplar hoy cautivada / cómo en un sitio / tan leve y limitado / tiene cabida una existencia inmensa / que convierte en infinito este lugar” (San Gregorio). La identidad, el tiempo, la fe, la memoria, el cuerpo: todo se percibe como tránsito, como movimiento inestable: “Mi verdadero Dios / estaría en el pan / que partía mi madre los domingos antes del arroz / donde los fieles éramos nosotros” (Fe). Sin embargo, es en esa inestabilidad donde se cifra la posibilidad misma de lo poético. El sujeto no busca certezas plenas, sino apenas destellos que iluminen, aunque sea por un instante, el trayecto: “Un instante contemplativo, etéreo / de suave calma y fe, / que abrazo como un último regalo, / una antesala de paz” (Final del verano). De allí que la lectura de este volumen produzca un efecto ambiguo: una mezcla de desasosiego y consuelo, de inquietud y reconocimiento: “Algún día veré caer mi rostro. / Veré en mi propia imagen ese peso / de las cuerdas que tiran hacia tierra / pero también de todo lo vivido” (Envejecer).
En Sombras transitorias emerge con mayor nitidez la contradicción: el sujeto poético se declara hecho de conflictos, de tensiones irresolubles: “Repaso poco a poco mis palabras / como si fueran cuentas de un rosario / y el rezo terminase en mi vergüenza” (Tren de resaca). La metáfora de la maleta de vuelta o la imagen de un coche umbrío condensan ese retorno a la sombra, a lo no resuelto: “Estoy hecha de mil contradicciones, / pero agarro levísimas certezas /…/ Hallo la incertidumbre en mi camino / y acepto estar plagada / de conflictos, / cayendo en la indecencia de las musas / que repuso más tarde en mi interior” (Certeza). El nihilismo, asumido, no desemboca en un vacío radical, sino en la constatación de la liviandad de la existencia, que se contempla con cierto desapego. La doma del ego aparece aquí como exigencia y como imposibilidad: “Cruzar la selva pérfida del ego / requiere siempre un continuo esfuerzo / de dones eternos y domesticación” (La doma). El tono de esta sección oscila entre la confesión y la crítica, entre la vergüenza íntima y la lucidez irónica: “Y trato de buscar algún contacto / en este coche umbrío / que hoy encierra / todo el llanto sordo de un verano / que estalla en mí como un globo de cal” (Maleta de vuelta); “Comprendo hoy más que nunca / en este punto / la frágil liviandad de mi existencia /…/ Solo soy otra afanosa hormiga / que desganada e impasible mira al sol” (Nihilismo).
La tercera parte, Retales de artefactos, se abre a lo ajeno, a lo extranjero, a la memoria de viajes y distancias. El yo poético ya no se busca solo en sí mismo, sino en la alteridad, en el recuerdo de paisajes y en la figura del otro. Sin embargo, lo extranjero no redime, sino que acentúa la condición de extrañeza: “Yo soy una extranjera en esa tierra” (Mensaje en bosque extraño). El país evocado nunca llega a ser real, queda como relato seductor pero inaccesible: “descifrando aquel mundo tan nuestro / un seductor e íntimo relato / que nunca llegaría a ser real” (Aquel Perú). La distancia se convierte en estado de ánimo, y el abandono se traduce en horizonte truncado. Hay, no obstante, instantes de belleza pura, como en la escena de la muchacha que contempla una concha, donde lo humano se reencuentra en el gesto estético mínimo: “Esa chica se concentra en una concha, / y la invada todo lo vivido. / Siento el gozo de creer lo humano / en la pura belleza de este instante / y en el gesto sutil / de su mirada que le devuelve aún más ligera al mar” (Retales de la marea).
Si leemos la obra desde su interior, atendiendo a la textura verbal y a la arquitectura simbólica que la sostiene, Leves certezas se ofrece como un tejido delicado, donde cada imagen reverbera en otra, donde los motivos del exilio, de la extranjería, del pan materno, del mar y de la herida se entrelazan como hebras de un mismo tapiz: “Una espera se va abriendo camino / y a ratos hace olvidar / que estamos lejos, soportando las dos una honda tregua” (Distancia). No se trata de un diario íntimo ni de una meditación filosófica disfrazada de poesía, aunque no se escapan versos de profundidad filosófica (“No supimos ver que a nuestro vuelo / todavía cabía el horizonte”, Abandono; “Muy pocos encontramos las certezas / para asentarlas o emprender búsquedas nuevas”, Búsqueda), sino de un organismo verbal autónomo, que respira su propia lógica y nos arrastra hacia su ritmo: “Ahora que los ladridos han cesado, / te imploro que me vengas a buscar” (Recórreme).
Por último, en De este y otros mundos, la voz poética ensaya una visión más amplia, casi cósmica. El mar se convierte en cifra, en clave que oculta el sentido de la vida, aunque ese sentido suponga un precio. La herida íntima se reconoce como única fuente de saciedad, y la búsqueda aparece como tarea interminable, compartida por muy pocos. En esta sección, la memoria y el futuro se entrelazan: “Hoy bajaré a ese pozo de recuerdos / y avanzaré por el vasto bosque / de lívidas vivencias que hoy no están / intentando salvar trozos de mí” (Vidas olvidadas). Aquí anuncia la arqueología íntima, mientras señala un porvenir apocalíptico: “y atravesando campos de nieve e infertilidad, / campos de distopía / transformada en una misteriosa realidad” (Nevada). La voz se ampara en las “luminosas manos” del otro, única salvación frente al lugar hostil: “Es difícil romper esa cadena / de ofensas que se enlazan / sin remedio /…/ Hoy solo tengo fuerzas para huir / y ampararme / en tus luminosas manos / donde me siento en calma y protegida” (Lugar hostil). El final del libro se inscribe así en una tensión entre la amenaza y la bondad, entre el apocalipsis y el resguardo.
Lo que articula este conjunto no es un discurso lineal, sino una cadencia de imágenes que se repliegan y despliegan: “Ahora ya lo hago con el mar, / como si esos destellos relucientes / ocultaran / la clave de la vida / y hubiera que pagar un cierto precio / para poder comprender su lógica” (Brillo del mar); “hasta que vuelvo / las miradas a mí para saborear mi propia herida / y darme cuenta de que soy la única / que logro aquí saciar mi extraña sed” (Otros mundos). La poesía de Victoria López Mata rehúye lo evidente: se alimenta de contradicciones, de leves certezas que apenas alcanzan a sostener la voz. Su tono es confesional sin ser intimista, filosófico sin ser abstracto, concreto sin caer en el costumbrismo. La musicalidad de sus versos, donde conviven cadencias clásicas y giros coloquiales, refuerza esa voluntad de situarse en el límite, en el borde entre lo dicho y lo indecible.
La obra de Victoria López Mata, en este debut, deja la impresión de un comienzo seguro en la inseguridad: un primer libro que asume la contradicción como núcleo y que, en su aparente fragilidad, se erige en un gesto de firmeza. Al fin y al cabo, solo en las leves certezas se encuentra la verdad de la poesía: aquella que no clausura, sino que abre, aquella que no dicta, sino que pregunta, aquella que, al borde del silencio, sigue diciendo: “un impás ante el apocalipsis / que ya preveo y está aún por llegar” (Bondad).
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