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domingo, 1 de febrero de 2026

Reseña de la revista Ítaca. Nº 13. 2025

 


En un panorama cultural cada vez más saturado de urgencias, estímulos y opiniones apresuradas, la revista Ítaca se mantiene fiel a su espíritu: ser un territorio de calma, reflexión y pluralidad poética. Su número 13, correspondiente al otoño de 2025, refuerza esta vocación con una propuesta madura, amplia y cuidada, que combina entrevistas, ensayos, poesía y diálogos interculturales con un hilo conductor muy nítido: la poesía como forma de conocimiento y como refugio frente al vértigo de la modernidad. Desde el editorial de Isabel Marina, la directora invita al lector a entrar en la revista como quien pisa una isla de sosiego: “Vivimos en una sociedad marcada por la prisa”, recuerda, y la poesía ofrece un espacio de silencio necesario. Esta metáfora inicial no es accidental: Ítaca aspira a ser ese lugar al que regresar, como en el mito homérico, no para encontrar respuestas definitivas, sino para recuperar la mirada contemplativa que la vida cotidiana suele erosionar.

Junto a esta conversación, destaca el artículo del psicólogo clínico Andrés Calvo, que firma una reflexión sobre “la hiperconsciencia de los poetas”. Calvo plantea que la sensibilidad poética no es una extravagancia ni un exceso emocional, sino una forma intensificada de percepción que compensa, en cierto modo, la tendencia general de nuestra época a evitar la introspección. “Gracias por vuestra hiperconsciencia, que cura nuestra inconsciencia”, afirma, en uno de los pasajes más bellos y generosos del texto. La idea de la poesía como un puente entre emoción y razón, como un espacio simbólico que permite expresar lo que el lenguaje directo no alcanza, enriquece la propuesta de la revista y le otorga una dimensión humanística singular.

Uno de los núcleos centrales de este volumen es, sin duda, la entrevista al poeta Hilario Barrero. En ella, el autor toledano afincado en Nueva York desde hace décadas despliega una sinceridad desarmante y una notable profundidad intelectual. Sus palabras destilan la lucidez de quien ha vivido en la intersección de dos mundos —España y Estados Unidos— y ha encontrado en la poesía un modo de vida. Frases como “escribir poesía es una forma de aprender a morir” no buscan solemnidad sino expresar la íntima conexión que él establece entre creación y conciencia de la finitud. Se trata de una conversación que invita a pensar en la poesía no como un adorno, sino como una experiencia total: emocional, estética, ética. Barrero reflexiona sobre su obra, su tardía publicación en España, alejado de la vida literaria española, la simbología que recorre sus versos y su relación con la tradición literaria. Menciona tanto a clásicos españoles —Machado, Aldana, Quevedo— como a voces anglosajonas que nutrieron su imaginario —Auden, Ginsberg, Frost—. También habla de sus Cuadernos de Humo, una publicación artesanal desde Brooklyn que ha construido una comunidad afectiva entre poetas y lectores. La entrevista está espléndidamente planteada, sin artificios, y permite entrever el carácter íntimo y a veces áspero de sus temas predilectos: el amor, la muerte (“Tengo miedo de la vida porque temo a la muerte”), el tiempo, la fragilidad humana. Su lema de menos es más: “La oscuridad le da al poema una distancia y lo hace minoritario e inalcanzable: un coto privado de belleza”. De los poemas de Hilario Barrero se destacan algunos versos:  “Lo más difícil en el trazo de mi vida siempre ha sido / que la sombra parezca verdadera / no una mancha adherida / al boceto de lo que fue mi infancia” (Bleistifte höchster qualität); “Me arrimo a ti / en una calle estrecha / y dejo pasar la sombra / que nos viene siguiendo” (Postdata); “Y aunque a lo lejos cruje el ruido de la muerte / ya tienen preparada la vasija donde irán sus cenizas” (Ceniza); “Morir es encontrarse con lo perdido” (Atardece en Brooklyn, inédito) y uno de sus poemas más emblemáticos, Subjuntivo: “y usando el subjuntivo de mi lengua de humo / mi deseo es que tengan un amor como el nuestro /…/ Pero hoy tienen prisa, como la tuve yo, / por salir a la noche, por disfrutar la vida, / por conocer el rostro de la muerte”.

La revista también dedica un amplio bloque a la poesía búlgara contemporánea, con un ensayo introductorio de Georgi N. Nikolov y una selección poética traducida por Zhivka Baltadzhieva. El análisis de Nikolov destaca el contexto histórico y político que marcó la evolución de la literatura búlgara a finales del siglo XX y su transición hacia una poética plural, viva y en constante transformación. Estos poetas “revelan un deseo de redescubrirse a sí mismos en la asombrosa inmensidad de los horizontes planetarios y, al mismo tiempo, en las tablas dinámicamente cambiantes de nuestro sistema de valores, que determina el significado del ‘yo’ personal” y el colectivo de Bulgaria. El repaso a autores y corrientes, incluyendo la diáspora, resulta esclarecedor para un lector español que quizá desconozca esta tradición. Los poemas traducidos, por su parte, revelan un imaginario rico, con un fuerte sentimiento de pertenencia a la tierra, una sensibilidad metafísica y una preocupación por el destino humano que se percibe cercana pese a la distancia cultural. Georgi Konstantinov (“Mágico instante, / cuando el pájaro tiene raíz, / y el árbol alas”); Dimitar Hristov (“florecerá una vida / en donde nadie morirá / excepto por pasión, / o ternura no compartida”); Atanas Krapalov (“Los heridos por nosotros / ¡ojalá nos perdonen!”); Natalija Dedyalkova (“Tantas palabras: / ¿Cuál es la verdadera, 7 la que / abre las puertas de hierro /  o aquella, / que volará / como una piedra?”); Gina Dundova-Pancheva (“Y tal  vez nosotros / cada vez más distantes uno de otro estamos, / ante el milagro de este mundo enmudecidos, / y dura la soledad eternamente”).

Felipe Juaristi, Pello Otxoteko, Juan Ramón Makuso y Aritz Gorrotxategi reivindican el conocimiento del ser humano a través de la relación entre poesía y canto: “El poeta se vale de la poesía para interrogar, no porque esté sediento de verdad, sino porque él mismo se materializa a través de la pregunta, de la duda, de la contradicción”. “La poesía es el arado que desentierra el tiempo”, citan, trayendo a Mandelstam como referencia esencial. Este texto se adentra con elegancia en las tensiones entre razón y emoción, palabra y silencio, límite y trascendencia, configurando una suerte de poética compartida que sirve de marco teórico y vital para este número de la revista. Defienden el papel de la palabra frente a la barbarie: “La poesía es la última frontera de la libertad”. Aritz Gorrotxategi (“… Nadie recuerda / dónde se hundió la llave / que abría la infancia, / esa lluvia minuciosa / que cae o cayó”); Juan Ramón Makuso (“Cae la lágrima / anunciando el perdón”); Pello Otxoteko (“La esperanza es lo absurdo de nuestro ser; / lo que será o sucederá, / pensar que llegará alguna vez y en alguna parte, / sería confirmar lo incierto”); Felipe Juaristi (“El vasco calló. / Su corazón latía con fuerza / como un roble agitado por el viento.  /Llevaba todo el otoño de Irati en sus ojos”).

El retrato de la poeta japonesa Kaneko Misuzu, elaborado por Adolfo Majado, es otro de los grandes aciertos del volumen. Su aproximación combina biografía, análisis literario y sensibilidad narrativa, contando la historia trágica pero luminosa de una autora cuya obra quedó silenciada durante décadas hasta su redescubrimiento en la segunda mitad del siglo XX. Majado reconstruye la vida de Misuzu desde su infancia marcada por la ausencia paterna hasta su muerte fruto de las presiones sociales de su época. La selección de poemas, delicados y casi transparentes, confirma una voz que encuentra en lo pequeño —las flores, los animales marinos, la infancia— un modo de revelar el mundo. Se trata de una ventana conmovedora a una poesía cuya ternura —lejos de lo naïf— se sostiene sobre la empatía y la lucidez: “Mi padre en el barco rojo, / mi padre en mi sueño del pasado”. Practicaba el género dôyô, poemas de un “estilo lingüístico infantil, aunque sus reflexiones y planteamientos pueden ser sugerentes desde una perspectiva adulta”: “Aunque sean invisibles, están ahí. / La belleza invisible está ahí”; “mas la princesa solitaria, sola en su jardín / no mira las rosas, sino al cielo”; “Cuando me siento sola, / Buda se siente solo”; “Hay algo esperando / al final de este camino. / sigamos todos, todos juntos. / Sigamos por este camino”.

La sección de poemas comienza con José María Aladro (“Nada fue lo mismo, / todo se ocultó bajo las amenazas, / y me quedé solo soplando las velas, / rompiendo las guirnaldas”); Marina Aoiz Monreal (“Te espera un nido de cuatro alturas,/ chiquillo azul tornasol, pleno de luz /…/ Chiquillo, te daré un palomar, un alcázar, / una perla del Caribe y una biblioteca hexagonal”); Ernesto Frattarola (“Hay quien sostiene que / son solo el otro lado del cristal. / Es difícil saberlo”); “Allá en la lejanía, / donde el cielo / y la tierra se confunden, / al firmamento lo llaman ÍTACA; / su alma es poesía”); Laura Giordani (“Algo nos condena / al morder su escarcha dulce / algo que conmueve / los cimientos de la culpa / y no deja / piedra sobre piedra / de la historia”); Álvaro Hernando (“Las laceraciones buscan hogar y habitan en las cicatrices, sin arder ni cuando arden”); Julio Antonio Huillca (“Hago un pequeño ritual; / ofrezco mi cuerpo bruto por esta paz de mutuas mariposas, / y quiero sus efectos, todo en su principio rueda, / masa, muerte, idea, tiempo. Se nace entonces: ¿cuántas veces?”); Mario Álvarez Porro (“y la claridad nos va consumiendo, / tan ciegamente, // por la palabra dada”); Alfredo Sánchez (”y dentro de la noche / nuestra noche interior, / ya sin escapatoria, / sin podernos mentir, ensimismados / en el enigma trágico 7 de ser lo que en verdad somos: / un gesto, un resplandor, un abandono”); Antonio Solano (“y mirar sobrecogidos el mar / sobre un lecho de hojas de almanaque”); Miguel Ángel Alonso Treceño (“Pide un deseo. / La niebla está ocultando / ya las estrellas”); María Helena Ventura (“Sin ti no hay transparencia / solo el polvo que levantan / las ondas del viento”).

En el apartado de reseñas, Eva Beriain comenta el libro de Pablo Núñez Joaquín Sabina en la poesía de su tiempo (Renacimiento);  Jesús Cárdenas, El gran amor de Andrés García Cerdán (Visor);  Juan Francisco Quevedo reseña Alquimia del amor consciente, de Julio Sánchez Martín (Libros del Aire); Isabel Marina pasa revista a Eva Beriaín con su Sobre el raíl (Torres editores) y a Faustino Lobato, Donde el alma ignora (Olélibros); un servidor se ocupa de Gerardo Venteo, La veladora (Olélibros) y cierra el número Ricardo Virtanen sobre Las horas sucesivas. Poesía 1978-2022 (Renacimiento).

En conjunto, este número destaca por su equilibrio entre reflexión, entrevista, crítica y creación. La revista demuestra una vocación clara de tender puentes entre culturas, generaciones y sensibilidades. Su tono —amable pero riguroso, profundo pero accesible— la convierte en una publicación indispensable para quienes conciben la poesía como un espacio vivo, capaz de iluminar la experiencia humana desde ángulos distintos. Ítaca continúa, así, su travesía como esa isla simbólica que propone desde su editorial: un lugar de reencuentro con la palabra, con la emoción y con el pensamiento. Un territorio donde la belleza no se impone, sino que se ofrece, y donde la poesía, como afirma Hilario Barrero, sigue siendo “el lenguaje del alma”.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Amor de madre. Reseña de Gerardo Venteo: ‘La veladora’. Olé libros. 2025

 


En La veladora, Gerardo Venteo compone un himno doméstico y lírico que se alza desde las cenizas cálidas de la memoria familiar. A medio camino entre la elegía, el diario íntimo y el testamento espiritual, esta obra publicada es un tributo a la figura materna —no idealizada, sino encarnada, desde dentro de la carne, el miedo, la ternura, la fatiga— y al linaje silencioso de las mujeres que han sostenido generaciones con el ímpetu invisible de su presencia. La escritura de Gerardo Venteo se mueve en el arriesgado terreno de la poesía que se cuela en las grietas de la prosa. Con cautela, con emoción contenida, con la mirada que arrastra el pasado y es capaz de revelarlo a la luz de los ojos que miran, que miramos con él. Ya lo habíamos comprobado desde Los verbos conjugados (Ediciones Adhara, 1996); En el corazón dormido del esparto (Proyecto Sur de Ediciones, 2003); El nombre del frío (Maclein y Parker, 2018) y Casa de dos plantas (Sonámbulos Ediciones, 2021). En todos ellos el paisaje y quienes lo habitan tienen el protagonismo. Este libro no se presenta como una narrativa convencional, más bien, se trata de una suerte de canto polifónico que da voz a Juana —la madre— y a sus hijos. Cada poema o fragmento es un trazo bordado en la tela de la intimidad doméstica, donde la espiritualidad, la maternidad, el sacrificio y la herencia emocional se entrecruzan con la palabra como acto reparador.

Muy pocas veces la madre toma la palabra, en algún fragmento, pero sobre todo en los dos poemas que abren y cierran el poemario. El primero se llama Amor: “Te diría, te daría la verdad de las cosas si la tuviera, dijo la madre con franqueza al hijo (…). Y el hijo aprendió aquello y lo hizo hondura de verbos a la boca y lo hizo palabra y la hizo mano”. Y el último, Juana. Que es también el nombre de la primera parte. La segunda se titula La cosecha y toma el punto de vista de los hijos.  Desde las primeras líneas, la madre se nos presenta no como un personaje, sino como una fuerza vital: “Era la segunda de las hijas, la más atenta. La que dio gloria en su cuidado: la que mejoró su especie y fue madre al fin también, la que lo fue de todos y de nadie; la sola, la que nada más que sus hijos. De ellos siempre ella, la veladora”. La imagen de la veladora, esa vela que arde en silencio, que alumbra pero se consume, estructura todo el poemario como símbolo de cuidado constante, de amor encendido y de ofrenda silenciosa.

Gerardo Venteo hace un exquisito recorrido por lo cotidiano como algo significativo, con una descripción llena de ternura y minucioso cuidado: “Cuando por la noche se quita el luto, se mete en la cama y se agazapa bajo las sábanas. Llora por el dolor de no saber qué hacer, cómo hacer para poner la mesa al día siguiente, cómo hacerlos para que sean de provecho para sí y para el mundo”. Es en el cuidado, en el desvivirse, o mejor, en el vivirse en el cuerpo de sus hijos donde toma la esencia: “La confianza entonces era una hoguera / encendida bajo el tejado / que abrigaba los muros de la casa”;  “Por estar en el sitio que debe estar, / desplaza todo lo demás (…) Su vocación es animal, / un instinto más allá / que solo sabe ella que los parió”. Resume el poeta de una manera concisa, pero efectiva: “Se ama a sí misma a través de los hijos”.

Lo que hace vibrar esta obra es su constante equilibrio entre lo terrenal y lo trascendente. La madre no es solo un cuerpo que nutre, sino una figura cuasi mística, a veces identificada con la divinidad: “Lo que no sabe resolver, / lo encomienda / al todopoderoso / que es ella misma con un amor, / con una confianza tan grande / que lo todopoderoso responde”. Esta inversión sutil —la madre como Dios, el hogar como altar— no idealiza sino que magnifica lo cotidiano, elevando la rutina doméstica a acto sagrado: “Con la boca lanza plegarias / y con las uñas rasca”.

El poeta no escatima los elogios, porque es el amor que ha aprendido el que le devuelve. Con imágenes muy elocuentes, descubrimos el prodigio de la siembra: “Decía que no tenía oído / pero lo escuchaba todo / y lo pronunciaba todo escribiendo / sobre el renglón de su casa como la que borda / un paño dulce de entretela para el invierno”. La educación sentimental que se recibe de la madre es una transmisión de un genoma afectivo, de toda la esencia de la persona: “El miedo como el afecto / son instintos de agazapo / que multiplica la especie”. Y no queda sino preguntarse de dónde le pudo llegar la fuerza que necesitaba: “¿Quién, qué la ampara a ella que es músculo de amparo?”. Con una mirada es crítica y amorosa a la vez y se pregunta el hablante, en un gesto de reconocimiento hacia la soledad muchas veces silenciada de estas mujeres pilares. En el último poema de esta sección, Juana toma la palabra, explicita su intención que sus hijos han comprendido tan bien y tanto agradecen: “Sé que os dejo sin mí en el mundo, a su intemperie / y mi amor debe bastaros para ser / semilla dulce en el mundo, / lugar sanador donde el agua haga de él su fruto”.

Venteo escribe con la devoción de quien sabe que el lenguaje puede reconstruir lo perdido y ofrecer abrigo: “Ahora sé que solo el amor es lugar; / sitio de proveer, / acción de bienaventuranza”. Aquí, el hogar no es un espacio físico, sino un centro emocional que resiste el tiempo y el dolor, construido en la memoria de los hijos que fueron y de los hombres que aún buscan abrigo en esa voz primigenia. La cosecha, que es la segunda parte, está, a su vez, dividida entre un hijo y otro hijo. Es una prueba más de este amor que se ha recibido de manera incondicional y que ha marcado la manera de entender el mundo: “Era un niño feliz / en el amparo seguro de mi madre”, dice claramente. El amor, que está entreverado de obligaciones (“Al día siguiente, la aritmética / de las horas en sus labores / enhebraban el presente y el futuro”), se despliega a los ojos de un niño: “Era entonces el tiempo de la alegría / que parecía infinita / antes de rompernos en la herida”. Este amor colma en todos los sentidos, el material (“El agua para la sed / de todos los desiertos”) y el afectivo (“su risa se hacía luz / en la sombra tan sobria de la casa. / Mi regalo era hacerla reír, / distraerla apaciguar la gravedad / de tanto pesa a cuestas”). Y, además, fue el ejemplo para el futuro, para ser padres siguiendo ese modelo: “Lo supimos como ahora sé / cuánto cuesta hacer un hijo y que sea”.

Uno de los aciertos más hondos del texto es la capacidad de hablar de lo colectivo desde lo íntimo. La figura de Juana no se agota en su biografía: ella es una, pero también es todas. Es la epopeya de las mujeres que “Fueron mujeres épicas de otra época. / Su obligación se la creyeron a pies juntillas /…/ Su vida entera, fueron, / pronombres solo en los pronombres”. Son aquellas que acataron su deber no por resignación, sino por una ética de entrega absoluta. Pero el libro no se conforma con la nostalgia.

El lenguaje de Venteo es sencillo pero depurado. Evita lo grandilocuente sin renunciar a lo profundo. En su poética, lo lírico se halla más en el contenido que en la forma: “Lo lírico, si lo hubo, estaba en su corazón que nombraba las cosas, empeñada en la tarea”. Esta frase resume la esencia de su escritura: una estética que nace de lo vivido, de lo bordado en las labores de la casa, del cuidado transformado en verbo. Aprovechar lo que de poético tiene el lenguaje más cotidiano, revelar la belleza que pasa desapercibida consigue una fuerza expresiva enorme: “Mi afecto también es animal; / nada más llena y me vacía de tanto”- Además, consigue transmitir la sabiduría como gotas que se van filtrando de madre a hijo: “He aprendido a estar alerta, / anticipar el daño / para que no entre en mi casa”. Y es que, el destino, la ventura se fabrica, “Quizás nos proveía de la suerte / era mi madre”.

La última parte, la titulada Otro hijo, complementa la anterior. Los hijos, en su pluralidad de voces, son también narradores de una herencia afectiva y de un legado que no cesa. En sus palabras, la madre reaparece como guía, como fuerza modeladora: “De ella aprendió mi hermano / a velar las horas de su hijo, / con tanto amor que no sé / si era mi madre la que hacía / por sus manos o por su boca”. Así, el cuidado no muere: se transmuta, se hereda, se repite: “Lo que debía hacerse, se hizo. / Hoy seguimos masticando el pan que nos ofreciste en la boca”. Gerardo Venteo sabe que el alma también recibe el alimento, que el carácter se forja y así se construye un mundo: “La templanza tuya era / una manera de acatar / las reglas del mundo y resolver / con la voluntad de resolver / y la inteligencia y el afecto a su servicio”. Juana es la providencia. Dios no existe, es la madre: “Pronunciaba amén / como si su deseo / se estuviera cumpliendo / entre el paladar / y el hueco que junta la lengua”-

Pero La veladora no es solo un canto de gratitud. También es un intento de restauración: “Escribo para (re)parar / en agradecimiento”. Reparar lo dicho y lo no dicho, lo vivido y lo que aún duele. Como un bordado, la escritura cose el hueco de la ausencia con hilos de voz. La madre encuentra en estas palabras el eco que prolonga su existencia más allá de la muerte. Es el cobijo que se habita: “Cuando decías hijo mío, yo me hacía ovillo en las palabras de tu regazo que me devolvía a ti”. Hay una clara conciencia del tiempo, del desgaste que implica cuidar, del silencio que acompaña tantas veces a las mujeres: “Porque mi voz ha sido un nido / de silencio, ahora me inventa / solo yo supe la que fui y lo que hice / y mi tiempo fue solo / mi tiempo, solo, / entre todo”. Este pasaje, firmado como Juana, es quizá el más desgarrador, porque rompe el molde tradicional y otorga voz plena a quien tantas veces fue solo escuchada desde el rol.

La veladora es un libro que no solo se lee, sino que se habita. Conmueve sin sentimentalismos, acaricia sin caer en la cursilería. Su honestidad, su ternura contenida y su profundidad emocional lo convierten en una obra necesaria, sobre todo en tiempos donde el cuidado se ve como carga más que como gesto transformador: “Mi suerte de amor has sido / tú, / la veladora, / el hada buena / que custodiaba los días”. Tal como es presentada, el amor que esa madre regaló y fabricó, es un acto de resistencia, de rebeldía: “Su transgresión fue querernos / sobre todas las cosas /…/ Y, sin embargo, nunca le pareció bastante”. Que sacaba fuerzas desde ella misma, desde su voluntad hasta extremos inimaginables: “¿Qué pasó, cómo pudo sujetar / su hebra en el mundo tan sola?”. También comprobamos la responsabilidad de hacer crecer la semilla que Juana ha ido sembrando hacia el futuro: “Ha doblado las fuentes del tiempo. / Su presencia rescoldo de hermosa alegría. / Es la siembra”.

domingo, 23 de marzo de 2025

Reseña de la revista ‘Ítaca’, nº 12. Primavera 2025

 Puede ser una imagen de texto que dice "№ 12 Primavera 2025 Edición cuatrimestral Ítaca La poesía ayuda a vivir 4€"


La revista Ítaca, en su número 12, primavera de 2025, reafirma su compromiso con la literatura y el pensamiento crítico a través de una cuidada selección de artículos, entrevistas y poesía inédita. Bajo la dirección de Isabel Marina y con un sólido Consejo de Redacción compuesto por Ángeles Carbajal, José Luis García Martín, Jesús Cárdenas, Ricardo Labra y Sandra Sánchez. El sumario se afianza en cada número tanto en los artículos como en la sección de poemas inéditos. Esta edición destaca por la profundidad de sus textos y la riqueza de sus voces. Como es habitual, el número comienza con un artículo de Andrés Calvo Kalch, psicólogo especialista en psicología clínica que, en esta ocasión, resalta los beneficios de la poesía para la salud mental y en cómo asimilamos conceptualmente la realidad en la que vivimos.

Uno de los platos fuertes es la entrevista que la directora, Isabel Marina, hace a Ángeles Mora, Premio Nacional de Poesía, con gran trayectoria, a partir de la publicación de Quién anda aquí, poesía reunida. En esta revisión, Ángeles Mora confiesa que su poesía es, sin duda, feminista y rebelde, reivindicando a Rosalía de Castro. Reivindica también la necesidad de la memoria, y también, en cierta manera, el olvido, en una poesía que se expresa a través de lo cotidiano y la construcción de la propia identidad. “Escribir poesía ha sido para mí una forma de vida, una manera de pensar, como creo haber dicho, y pensarme también”, responde la poeta. Acompaña una pequeña selección de poemas: “¿Complejos de mujer? / ¿Deudas del corazón? / ¿Pura literatura? // O más sencillamente: / no borrar nuestras huellas”.

Julia Otxoa reflexiona, por escrito y a través de la imagen, sobre la creación como un “paisaje protector tanto individual como colectivo, un cobijo de belleza donde ampararnos de las vicisitudes de la existencia y, sobre todo, una poderosa pedagogía del espíritu”. Juan Antonio Millón hace una semblanza de Salvatore Quasimodo, resaltando su rebeldía contra las contradicciones de la existencia, con una mínima antología de poemas: “¿O ni siquiera la muerte ya consuela / más a los vivos, la muerte por amor?”.

La sección de poemas incluye a Javier Almuzara (“Sin la armonía de tus movimientos, ¿por qué ibas a querer bailar conmigo?”); Hilario Barrero (“Somos afortunados con la sombra: / nos presta generosa un tiempo más / para poder morir en transitivo”); Ramón Bascuñana (“no volver a pensar en el pasado. / No volver a caer en la mentira / de engañarme a mí mismo por pereza”); Ismael Cabezas (“Si has dañado a un inocente, si has tenido / voluntad de herir, si sabías que tus palabras / eran crueles y aún así las has pronunciado, / escribir un poema no te va a salvar”); Jesús Cárdenas (“En el paisaje / palabras para amar / si es trazo de tu cuerpo”); Antonio Castro (“El abrazo  sin voz / del amigo vencido”); Efi Cubero(“Escribo al corazón de vuestro anhelo / y a todos los matices que contiene la savia”); un servidor; Alfredo Garay (“Tu cures los míos males / cuando poses el to nome / na mio boca”); Lauren García (“Mentí a los altos altares por ti, / en los parajes del amor / que dejan la huella de la ebriedad / malintencionada y torpe”); Javier Gilabert (“No logro recrear en mi memoria / ninguna imagen clara de tu aspecto”); Goya Gutiérrez (“Piedras que nos enseñan / la fuerta que persiste / frente a la brevedad / de todo lo inmediato”); Perfecto Herrera (“En invierno, un clavel en la solapa / es capz de encender solitarios caminos”); Luis Llorente (“Diciembre nos traslada a otra memoria / y mis ojos no se cansan de amar, / porque saben”); Adolfo Majado (“Hace años que el invierno / no es más que una estrella / sembrando atardeceres”); Carmen Sánchez Álvarez (“Huele a aquellas tardes / que nunca pude disfrutar contigo”); Sandra Sánchez (“Y nadie puede ya arrebatarme / estas migajas, / el instante compartido, / la pequeña muerte / que aún viva me mantiene”); Manuela Vicente Fernández (“Las hijas no siempre sabemos ni podemos / enjugar los desvelos de nuestras madres”).

Las reseñas incluidas son las de Pedro López Lara (Escolios, Hiperión, 2024) por Jesús Cárdenas; Marta Pumarega Rubio (La sombra arrojada, BajAmar, 2024) por quien esto redacta; Miguel Ángel Alonso Treceño (Afonías, Apeadero de aforistas, 2024) por Michel F.; y Luis Miguel Malo Macaya (En papel, Mahalta Ediciones, 2024).

El contenido de Ítaca, como vemos, ofrece un espacio de reflexión y disfrute literario, consolidando su lugar en el panorama cultural contemporáneo.

 

domingo, 9 de marzo de 2025

Reseña de Marta Pumarega Rubio: ‘La sombra arrojada’. BajAmar. 2024

La sombra arrojada - L’Esplai Llibres


Tras Antónimo de Cobijo (2018) y El cielo no es azul (2021), llega La sombra arrojada, prologado acertadamente por Marisa Adal, con dos protagonistas principales, que son su hijo y su padre, a los que dedica el poemario. En esta ocasión, Marta Pumarega entrega un compendio poético, un mapa emocional y una meditación profunda sobre los vínculos humanos, la memoria y la pérdida. Desde el primer verso, invita al lector a sumergirse en una narrativa íntima y honesta que entrelaza lo cotidiano con lo trascendental y que habla de la desolación que ni siquiera el poema puede consolar: “No quiero saber nada de la poesía, / hoy todo son ruinas, / hierba seca quemada /…/ Que no haya hueco en mi cuerpo / para ninguna palabra’ (La poesía). Marta Pumarega recapitula la función de la poesía como sanación con poemas dolientes: “Lee este poema / como si fuese una nana a un niño /…/ Léelo sin miedo / y, cuando termine, abraza / la inocencia de tu hijo, / él no conoce lo omitido / y ojalá no lo conozca nunca” (La nana); “Duermes, / y de tus labios cerrados / brota el poema” (El poema). Es la belleza de las palabras que puede adormecer y que hay que manejar con exquisito cuidado para no dañar: “Ven conmigo, / traigo el misterio / de una ciudad apagada” (La calma). Son poemas que tienen como interlocutor a su hijo.

El libro se estructura en torno a dos núcleos temáticos: la exploración de la relación entre la madre y su hijo, y la introspección sobre el duelo y la memoria. La obra también se sumerge en la belleza efímera de la vida y la juventud, destacando una sensibilidad estética que conecta las experiencias personales con una visión más amplia de la existencia: “Atiene la insoportable / belleza de la juventud, / tienes ojos grandes como puentes / que me miran / a través de esta fotografía” (La juventud). Y, por extensión, la belleza de la vida se traduce a través de los cambios vitales: “Esa mujer no soy yo, /ha ocupado en algún momento / otra mi lugar, / más vieja, / más cansada. /…/ Camina con un cuerpo que ya no es el mío, / es más torpe, / y te acaricia cada noche / como si fuera a perderte”; “También he estado alguna vez / al borde de la vida” (El abismo). También, por supuesto, en las relaciones afectivas más íntimas: “Me gusta el hombre / que mueve las hojas, / arrastra el otoño consigo, / el mío” (El regalo).

Además, el libro aborda temas como la soledad (La soledad / el frío del azul / sobre el cuerpo desnudo, El círculo), la nostalgia (“En diciembre sucede / que los puentes lloran / sobre los parabrisas de  los coches”, El frío) y la fragilidad del tiempo, presentes en versos tan Gil de Biedma como: “Qué breve ha parecido / y hace ya más de veinte años” (La amistad) “Habrá que abrir las ventanas, / quizás uno de ellos / venga para decirme / que es posible aún / la primavera” (El canto). Especialmente conmovedor es la descripción de un hecho real, una muerte repentina: “Ayer vi morir a un hombre, / cayó fulminado en una terraza / entre las palomas y los gorriones. /…/ Lo vi morir / era su latido / una línea de horizonte / y yo solo pude / verlo atardecer” (La terraza).

El estilo de Marta Pumarega destaca por su elegancia lírica y la intensidad emocional que impregna cada poema. La repetición y las imágenes vívidas son herramientas recurrentes que construyen un ritmo envolvente y evocador. Por ejemplo, en El grito, la repetición del deseo de no perder a alguien amplifica la desesperación y la vulnerabilidad: “Que no se me lleve el viento / el día que te mueras, / que no me vuelvas loca /…/ Que no me muera”. Recurre a metáforas cargadas de simbolismo, como en La sed, donde el agua que se evapora representa tanto la pérdida física como emocional: "Esta agua que como tú / tenía tan cerca / y ahora se evapora / lejos de mi cuerpo".

En un mundo donde la inmediatez y la superficialidad parecen dominar, La sombra arrojada se erige como un recordatorio de la importancia de la introspección y la conexión emocional. El duelo y la soledad resuenan profundamente en una sociedad de aislamiento y pérdida de vínculos familiares. El poema La oscuridad describe la escritura nocturna como un acto solitario y casi ritual, también puede interpretarse como un reflejo de la alienación contemporánea: "Escribo de noche / y nadie atiende mis plegarias, / soy una insomne / en un mundo de dormidos". La desorientación y el azar que zarandean los destinos son protagonistas de gran parte de los poemas: “Salvar los poemas / aunque perdamos pie, / aunque acabemos a la deriva” (La deriva). Lo único que parece permanecer es la desaparición: “Nada impide / este goteo incesante / de tu nombre” (El recuerdo); “La ausencia es tenerte / aunque no te tenga” (El llanto). Una ausencia que se tiñe de sufrimiento en los diferentes contextos, en el hospital (En el hospital / los sueños, / en las noches más oscuras y triste, / se tiraban por las ventanas”, La nostalgia), en cada instante vivido (“En las horas más frías, / donde busco tu nombre, / y nada encuentro, / donde no hay rastro / de lo que fuimos, / de lo que somos, / de lo que seremos”, El dolor) o en el hogar, como El nido vacío: “Llorar, lloré / todo lo que no está escrito, / pero siempre hemos sido nosotros / y eso lo puede todo. // Solo hay una cosa / que aún me entristece. // Cada vez que vienes es para marcharte”. Sin embargo, la primera parte acaba con La esperanza: “Hay un hombre / que descansa en mí / los días de lluvia”.

La última sección, Cartas a mi padre, directamente aborda los momentos de duelo por su muerte. Piezas como La introspección reflexionan sobre las cicatrices emocionales que deja la pérdida y El miedo (“El miedo / lo cabalgaba todo, / estaba / en tu falta de oxígeno / y en tu tos, / en esta mano / que te daba agua, / en el llanto de mi hermano”, El miedo) y La despedida capturan con una precisión desgarradora los momentos finales de un padre: “En la planta dos del hospital / mi padre muere, / los tres hermanos / rodeamos la cama / para que no se vaya, / le damos la mano / y agua, / le decimos que le queremos. / Mi padre no quiere dormirse / porque no quiere morir. /… /A las seis de la mañana / todos los pájaros cantan”. Una muerte, por segura y presentida no deja de doler en su amenaza: “La muerte ha vuelto, / y canta su espanto, / chirría en mi oído / su canción” (La consciencia).

El estilo de Marta Pumarega se caracteriza por su capacidad para equilibrar la sencillez y la profundidad. Los versos breves y contundentes transmiten emociones complejas sin recurrir a artificios innecesarios: “Mi padre murió / cuando nacen las flores” (Mayo). Su lenguaje, cargado de humanidad, conecta con experiencias universales como la pérdida, el amor: “Sabes que para mí / no hay nada, / que tras tus ojos cerrados / todo termina /…/ Yo lo sé, / porque nada / de lo que perdí / ha vuelto” (La fe). Y, aunque cada poema funciona como una pieza autónoma, al mismo tiempo contribuye a un conjunto mayor que revela la narrativa emocional de momentos tan dolorosos: “Desde tu muerte, / disimulo la tristeza /…/ Sola// Me siento al filo de la cama, /lloro sin mesura, / y escribo: / la tristeza es el río / en el que muchos se ahogaron” (El río).

Más allá de la necesidad de encontrar sentido a la existencia (“No sé si será preciso / entender tu muerte, / para entender la vida”, La paradoja), estos poemas de duelo aportan la capacidad de condensar en detalles el sentimiento más hondo de la elegía: “Un silencio que sostengo / en el tiempo / y habla de ti, / aunque no te nombre” (La introspección). Se comportan como el diálogo imposible pero imprescindible de las palabras que no han podido decirse, y aquellas que se dijeron y que siempre en necesario repetir: “Y aquí estoy escribiendo / algo que nunca te podré leer, / y aquí estoy escribiendo / sin soltarte / y aquí estoy escribiendo / sin nadie que escuche mi voz / al otro lado del teléfono” (El absurdo).

Marta Pumarega Rubio demuestra una maestría poética que combina sensibilidad, honestidad y un profundo entendimiento de la condición humana. No solo es un testimonio del poder de la palabra para sanar y transformar, sino también una invitación a abrazar las sombras y la luz que conforman nuestras vidas.

“Papá,

todo el día hoy es noviembre,

en mis ojos de nuevo,

esa mirada de infancia

/…/

Me he quedado más pobre que nunca.

Sola

con el tacto

de tu mano en la mía” (Noviembre)