viernes, 11 de octubre de 2019

Reseña de Alfonso Brezmes: ‘Ultramor’. Renacimiento. Col. Calle del Aire. 2017


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Hablar de Ultramor de Alfonso Bezmes con tanto retraso obedece, sobre todo, a compartir la sobrecogedora belleza que se encuentra entre sus páginas. Abre con lo que podía parecer una queja ante la imposibilidad de la expresión verdadera, ante lo inefable de la verdad y se enfrenta con ironía: “Escribo para traductores, para locos /…/. Puede que alguna vez acierte sin saberlo”. Brezmes es un poeta sobrio, elegante.
“Lo que ves aquí no es lo perdido,
es lo que queda después del huracán.” (Pregúntame)
No se puede negar un tono confesional, de conversación, de tú, que no le impide el tema filosófico: “No sé bien por dónde empezar. Verás, la realidad no existe, / pero existe su posibilidad, y eso / es lo que mantiene al mundo en vilo” (El mundo en vilo) y cierra “Verás, no existe la realidad: es su deseo el que la hace posible, / pero al menos estamos juntos / en el sueño de un dios muy borracho / que acaba de quedarse dormido”. En El primer poeta recoge la herencia platónica del poeta como embaucador: “así fue cómo el primer poeta inauguró / con palabras de miel la época del ruido”, así que, “Qué insensatez la tuya de leerme” (Proustiana).
                Dejando al margen estas consideraciones previas, el poeta se sumerge en las relaciones humanas: “Donde he perdido algo / lo perdido me llama / y algo de mí llama a lo perdido” (Perdido). El tono se vuelve aún másreflexivo: “No es verdad que el tiempo nos destruya, / ni que contemos nuestras horas / como un avaro cuenta su oro pobre: / son ellos los que nos cuentan a nosotros” (Maneras de despertar de un sueño). Catulo sonríe al escuchar su eco.
“Elegí para vivir este desorden,
esta ciudad de invierno, esta tundra
de edificios grises, como augurios,
para poder soñar lo que me falta:
aquella isla, la luz, sus arrecifes,
en donde brilla oculto ese tesoro
que un día enterré junto a mi infancia” (La isla)
El oficio de poeta, en estas páginas, es tanto la expresión de un yo que siente y que reflexiona sobre lo que le circunda, lo que anhela y lo que le espera tanto como un medio para conectar, para sentirse acompañado: “Hoy no quiero escribir para escuchar / el dulce percutir de las palabras / armas cargadas apuntando / al corazón de todos los silencios” (La llamada). Con la misma insistencia neoplatónica con la que Juan Ramón interrogaba, el poeta sabe que “Los nombres que regresan a las cosas” (La llamada) y que las palabras tienen un poder de conjuro que conmueve (“Escribo para que lo otro sea esto, / para que las cosas cambien de lugar / y las viejas historias recuperen / la frágil densidad de lo posible”, A la que sueña) y que protege (“Así viaja la luz / por esta casa sin puertas / cuyos muros son palabras: / iluminando unos cuartos, / tras dejar otros a oscuras”, La casa sin puertas). No es de extrañar que venga a acompañar Borges, pasando de Dios a Homero.
 “Es la belleza, estúpido –me digo–.
Y lloro” (Je crois entendre encore)
Predominan los paisajes urbanos, domésticos incluso: “Me dan miedo los espejos, esos será / que, después de hechos añicos, / siguen siendo cada uno en cada trozo. // Se parecen demasiado a un corazón” (La memoria herida). Estos paisajes, son el marco para el sueño y el despertar, la metáfora de la vida y la conciencia, la realidad y la imaginación, la realidad y el deseo, el recuerdo, la niñez: “Cuando comprendí que era cierto / como la vida misma, salí huyendo / de la realidad y sus disfraces, / y cerré suavemente los ojos / para poder volver a soñarla” (Ensoñación). Una necesidad subyace entre los versos, la de asirse al mundo de manera etérea: “Yo no estoy, yo voy, / y ese es mi estar en el mundo. // Como esas plantas que crecen hacia abajo / para poder echar raíces en el aire” (Hipermetropía); “Creí en cosas que no pudiera tocar, / pues el deseo no conoce / la rara condición de lo tangible” (Arte de cetrería). Alfonso Brezmes participa de la fragilidad de la existencia como esencia de la propia existencia y suspira como Alberto Caeiro, “Pero tampoco importa” (No sé).
La condición de poeta –y de sujeto– es la del desdoblamiento, sujeto escindido en varios poemas: “Hace tiempo que se ha ido / el hombre que escribía mis poemas /…/. Hace mucho que no ha vuelto / el hombre que un día quise ser” (El hombre que escribía mis poemas); “Mirarte al espejo / y no reconocerte” (El doble). De nuevo el ambiente borgiano de los espejos (“El precio de lo impar es despertar / y no verse reflejado en el espejo”, Las casas impares), aunque me gusta especialmente la conexión de poemas como Vértigo con poetas como Juan Peña, tanto como el recurso a las fábulas: Fábula, La casa… Homenajes a Poe (Nevermore, El paquete), a Kafka: “Me dije: La literatura siempre vence”, Lewis Carroll: “Inventé este país para salvarme” (A través del espejo);  Alicia y el sombrerero loco (Respuesta a un acertijo embrujado).
La simbología de la luz se hace muy patente entre estas páginas: “Fue como la luz: / algo tan evidente / y al tiempo tan oscuro, / que me hizo ver / y no supe quién era” (Claroscuro); “Al despertar, la luz / de nuevo nos confunde: / no hay nada que temer; / los fantasmas no existen, / amor, porque nosotros / somos los fantasmas” (Nos otros).
En la segunda parte, Corazón que presiente, encontramos una especie de oración, Invocación. Ella es, por su parte, una lista de misterios y deseos. El territorio limítrofe entre el sueño y la vigilia es el paisaje donde se sitúan versos que cuestionan la percepción de la realidad y la trascendencia: “La realidad nos encontró despiertos” (La pregunta), “En el silencio exacto de la noche / todo lo que no soy yo / llega a mí y me señala, / reclama su lugar en mi hendidura” (Nocturno invertido); “El riesgo del deseo es despertar / y no haber regresado desde el otro” (Mientras); “Ahora viajo con el peso invisible / del recuerdo, ese extraño pasajero / en este tren que viaja  hacia el ayer, / sentado en un asiento de tercera” (La fortuna de Sísifo); “Así el deseo –ese topógrafo cojo– / dibuja sus mapas a oscuras / cuando las casas aún duermen, / y en cada lecho del mundo / deja una cruz con un nombre, / para que siempre estemos allá / donde otro nos sueña, / y nunca estemos aquí / donde nadie nos nombra” (Topografías). Es la memoria quien posibilita esos saltos del tiempo, la identificación del yo que siente y anhela: “habla, memoria, cuéntame / otra vez mi vida y levanta / sobre el árido solar de las ruinas / el castillo encantado en donde sea / el nuevo hogar de tus apariciones” (Donde muere el olvido). Pese a reconocerse propio de la oscuridad, Alfonso Brezmes lucha por encontrar balizas para orientarse: “Aprendí a escribir en lo oscuro, / a yacer callado en las palabras” (Aviso para navegantes); “En ese lugar, en ese instante, / que sabes que el viaje ha comenzado, / porque tú eres ahora el horizonte” (Alguien). Es la búsqueda la que da sentido a la escritura y a la vida. En su hermoso poema dedicado a Abelardo Linares sostiene:
“Todos los poetas han muerto
en una epidemia selectiva,
el mundo ha vuelto a creer
en lo que no precisa ser cantado,
y la belleza consiste ahora en escuchar
cómo algo se escribe dentro de nosotros,
mientras en las ruinas de antiguas bibliotecas
los pájaros se posan en silencio,
con la emoción apenas contenida
de aquello que está a punto de decirse” (Después de todo)
Ultramor es el poema que da título al libro y se ancla en la atmósfera del Lorca de Poeta en Nueva York. Con este poema Brezmes completa el círculo que transita del yo al nosotros, de la mirada del sujeto a las sujeciones de cada individuo, envuelto en la música de una ciudad despiadada en la que, tras el elemento aparentemente inerte de ladrillos y cemento, asfalto y luces, palpita una vida que sufre y trasciende.
“Hay suburbios, ciudades y piscinas donde duermen los niños vagabundos
 y un museo muy blanco del que escapa
un pequeño ladrón de guante negro
que lleva bajo el brazo tu retrato” (Ultramor)
Hay obras a las que volver en diferentes ocasiones para gozar de los matices y recrearse, con el paso de los años, en la melodía sabia y emocionante de un poeta con mayúsculas.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Reseña de Lola Mascarell: ‘Un vaso de agua’. Pre-Textos. Col. La cruz del sur. 2018

https://www.pre-textos.com/escaparate/images/978-84-17143-66-4.jpg

Nos encontramos aquí con un libro singular. Una joya poética cristalizada, nunca mejor dicho alrededor de la écfrasis. Mecánica del prodigio (2010) fue el primer poemario de Lola Mascarell quien obtuvo en 2013 el Premio Internacional de Poesía Emilio Prados con Mientras la luz. Además de su labor docente y como periodista, dirigió el Taller de Narrativa de la Universidad Politécnica de Valencia, experiencia que le valió para Palabras en el yunque (2012). El presente volumen está dedicado al malogrado Antonio Cabrera, con quien comparte la sensibilidad poética hacia la contemplación de la naturaleza  con la serenidad que va de la lírica tradicional a Antonio Machado o Eloy Sánchez Rosillo.
                Son los elementos de lo dado, la realidad como materia poética que depende de los ojos del poeta, capaz de descubrir el aliento que de tan obvio en los objetos está invisible a la mirada apresurada. “Yo quería anotar en mi libreta / cómo cantan las cosas y no puedo: / son ellas las que escriben el poema” (Unión). No sin razón recoge una tradición Lakota (sioux) para destacar que “Y vi que todo era sagrado” (Plegaria). En Abrazo vuelve a hacer explícita esa certeza de la existencia de lo incognoscible en lo que tenemos más cercano: “Aléjate del límite impalpable / que separa las cosas, de ese surco / que dibuja ante ti / su contorno y su nombre. / Reconcíliate con ellos / … / Detente en tu camino y habita ese misterio”. La promesa es mucho mayor: “No cogemos los frutos literales / que nos brindan los campos, / más honda es su cosecha” (Huertas).
En uno de los primeros poemas advierte, “En las noches a salvo, en nuestro piso, / con las puertas cerradas y la colcha, / y quizá el radiador, y la cena caliente, / olvidamos la idea de montaña.” (Idea de montaña). La pugna entre el pensamiento racional y la intuición del instante es la tensión que articula la propuesta poética de Lola Mascarell: “Intento no pensar en lo que pienso, / en el modo veloz y escurridizo / con que escapan de mí los pensamientos” (Peces).
El pausado acontecer del tiempo en el campo como punto de partida para la reflexión: “Hay un álgebra de haber pertenecido / a un lugar y a una gente / ahoga su dolor en el silencio” (Agujero negro). Así vivir, escribir es sólo una cuestión de “Elegir una forma de quedarse / en breve equilibrio de la ola: / anclarse, derivar” (Equilibrio). Y, a la vez, tener la valentía de reconocer que “Cada renuncia eleva / la cima en la que crece tu deseo” (Cima).

Voy de paso por sendas y caminos,
de paso entre las rocas, de prestado
por estos caminales
repletos de memoria y de pisadas.

Voy tratando de asir alguna cosa,
una rama de árbol,
una breve emoción, algún recuerdo,
un pájaro, una piedra, una pisada,
una mínima prueba que me deje
saber que estuve aquí, sólo de paso,
y que nada era mío” (Paso)
Contemplar, esa  es la clave, no es sólo mirar, no es sólo ver, es un tempo, una manera de estar en el mundo donde todo, cada detalle es el significante de algo que desconocemos: “Un segundo de paz impregna el mundo / todo acude a su sitio. / El agua se ha fundido con la tierra. / La muerte se ha hecho barro con la vida”. Más que pertinente es la identificación con la fotografía: “¿Soy yo la que mira en la pantalla / de mi cámara ahora?” (Fotografías). Tampoco debe extrañarnos que aparezca Georges La Tour, con quien comparte una manera de mirar íntima y serena, delicada y profunda: “Mi infancia es una lámpara / en medio del salón / una tarde de invierno interminable” (Lámpara).
La marcada presencia del tiempo, la conciencia de su paso y las conexiones con el pasado posibilitan el encaje de la voz poética en un hilo argumental y vital en el que la poesía es una marca, una constancia: “Una nostalgia inmensa, repentina / de todo lo que nunca sucedió / y el qué hubiera pasado / de haber sido posible / … / de haber saltado a tiempo / de no haber sido yo” (Nostalgia); “Al volver a los sitios / buscando reencontrarnos / con aquello que fuimos / cuando éramos otros / … / Yo busco en los caminos repetidos / el poema que nunca escribiré” (Regreso)
Lola Mascarell despliega una reflexión poética que es tan esencial a la contemplación como el objeto mismo: “Y quiero escribir cosas / como que hoy hizo frío / y que empieza noviembre” (Sencillez); “No es sólo perspectiva / lo que otorga la cumbre a quien la alcanza, /… / Un estado de ánimo / y no una cualidad / moral o metafórica, / la fortuna de ver, / de ser en lo que veo, / más pájaro, más cielo” (La altura).
Transmite, además, como un regalo la certeza de plenitud de encontrarse en el lugar exacto donde el universo encaja: “A veces uno tiene / la absoluta certeza / de saber que está justo donde ama. / … / Que huyen los que no quieren estar / en la beatitud de hallarse a salvo // No hay mayor aventura / en medio de este sábado de invierno / que quedarse dormido en el sofá / apoyando muy fuerte / mi cabeza en tu pecho” (Aventura). El conjunto de sensaciones que nos acompaña en la contemplación forma parte de esa experiencia sublime y se pregunta “¿Por qué nos reconforta contemplar / el relieve azulado de la sierra / … / ¿De qué rincón salvaje de nosotros / nos habla la montaña? (Relieve). No es, sin embargo, un poemario anestesiante ni exultante de júbilo, Lola Mascarell contempla el precipicio percibiendo la belleza de cada reflejo de luz, sin dejar de sentir la necesidad del otro: “Respira a mi lado, en tu sonrisa / un sereno rumor / que apenas distingo del silencio / … / Yo me aferro a tu hombro antes de hundirme / me salva en su dureza, tu alegría” (Músculo de la alegría).
Keats en su Endymion nos advirtió que la belleza es el júbilo eterno y, ahora, Lola Mascarel se pregunta “¿Quién puede renunciar a la belleza / tan solo porque es breve?” (El tiempo gira). Y así puede dar paso a un poema romántico, tierno y sereno, intenso como Y bastará tu nombre. En la poesía de Lola Mascarell no necesitamos el relato como argumento, como en las obras de Virginia Woolf, el mero paso del tiempo es la narrativa: “Estamos junto al mar: se adensa el tiempo.  / Tú duermes en la arena y yo te miro. / Después me duermo yo. / Nada sucede” (Playa). El paso del tiempo, las estaciones, la contemplación del paisaje, la serenidad son temas por sí mismos imprescindibles en su poética (Presente, Espino)
Quizás encontremos en los últimos poemas más clara la vocación de servir de testimonio del objeto y todo lo que hay detrás de cada uno de ellos: “Hay algo de mi muerte en cada objeto, / algo sólido, tonto, intrascendente, / tan breve y pasajero como yo, / que me agarra a la vida” (Objetos). Nada dura, nos recuerda, “Borra el mundo, la rosa, mis pupilas, / borradura de nada será el tiempo: / el tenue parpadeo de la rosa / brillando para mí / y que no dice nada / y que lo dice todo” (Una rosa).
El poemario toma su nombre del último poema, Un vaso de agua, inspirado en un dibujo de Isabel Quintanilla y está dedicado a “Eloy Sánchez Rosillo, que conoce el suceso increíble de llenar un vaso de agua y acercarlo a la boca”. Aquí se condensa la hondura poética, la mística sin elemento religioso que interfiera en la contemplación directa y, por eso, pura y creadora de lo cotidiano:
“ahora habita el papel y ese papel
una sala remota en un museo.
/…/
El sencillo misterio
que es a veces la vida:
 este vaso de agua” (Un vaso de agua)

domingo, 6 de octubre de 2019

En campaña


Una de las ventajas de estar en perpetua campaña electoral es que los gobiernos se avienen a realizar promesas, incluso a cumplir algunos detallitos con el fin de ilusionarnos. Da gusto ver cómo todos los políticos colaboran en este sentir común de mejorar la patria. Incluso muchos se ponen de acuerdo en las mismas medidas, aunque, por supuesto, cada cual lo toma a su manera. Lo irónico, lo cínico es que se acusen unos a otros de electoralismo. Es triste que sólo cumplan promesas para salir elegidos, pero, por otra parte, se supone que ese es el reclamo de la democracia, que los diputados y gobiernos realicen medidas para contentar a la ciudadanía.
                Es triste también que las únicas medidas sean las que no cuesten dinero, o las que el dinero los ponga otro. Al parecer, la promesa estrella del desgobierno de Pedro Sánchez es la de la exhumación del dictador. Es difícil oponerse a esta medida sin parecer un canalla. Las derechas, sin embargo, lo están intentando, no sé si con buenos resultados. Varios argumentos son los barajados. Por un lado está la cuestión de que es el pasado. Argumento falaz, porque el Valle de los Caídos sigue en pie, regentado por una congregación refractaria a acatar las leyes de una democracia. (Ojo, democracia es aceptar las leyes y las decisiones judiciales, acusarlas de estar politizadas es cosa de malvados independentistas que claman por todos lados contra la dictadura del Estado español.) Además, nos cuesta un dinero, con lo que el argumento tacaño se cae un poco, sr. Casado.
                Yo prefiero el argumento de que eso divide a los españoles. Unos españoles casi gatos de Schrödinger, que están simultáneamente en un estado de indiferencia (a nadie le importan los huesos del dictador) e indignados por su cambio de residencia eterna. Contemos por si acaso. Los partidos que han votado a favor de la Ley de Memoria Histórica y han apoyado un traslado de los restos representan un número considerable de votantes. Vamos a pensar que a algunos les traiga sin cuidado, como a muchos otros que han votado a Ciudadanos o al Partido Popular. Se supone que si les trae sin cuidado es tanto si se queda o si se marchan. O, a lo mejor, les trae sin cuidado que estén allí porque no les parece tan mal la acción del Caudillo liberando a la España Católica de los malvados rojos a sueldo de Moscú.
                Supongo que serán igual de incoherentes como los que llevan alabando a Trump y seguirán haciéndolo a pesar de que su guerra comercial contra la Unión Europea suponga millones, miles de millones de euros de pérdidas para el sector del aceite y el vino de su querida España, esa España nuestra.
                Pensemos también que hay un sector nada despreciable que admira fervientemente, febrilmente a Franco, un sector protegido por los jueces que ven fascismo en todos menos en los directamente fascistas. No es de extrañar que el PP se arriesgue a perder estos votantes que le están siendo infieles con Vox. No hay riesgo de perder a los liberales porque se manejan muy bien en las dictaduras, y porque su odio al PSOE y a Podemos-IU-MásPaís-Equo-Compromís-FrentePopulardeJudea les impide votar a la izquierda del Padre.
                En campaña están también ellos, aprovechando cualquier ocasión, como la visita a un colegio para aleccionar a los niños de que la izquierda quiere imponerles sus ideas. En serio me pregunto si eso es legal. Por supuesto que no es ético, eso lo saben hasta los votantes-Schrödinger de derechas, que tienen que imaginar los imaginarios guiones que tienen aprendidos esos niños para preguntar y sorprenderse. Si conforme cumplieran años no perdieran capacidad interpretativa, habría que inventar categorías extra para los Goya y arrasaríamos con Hollywood de manera más fulminante que Antonio Banderas y Jordi Mollà.
                Uno de los muchos problemas de la izquierda, además del síndrome de Brian, es pensar que a la derecha se le gana con ingenio y el humor. Quizás porque recuerden la censura franquista, o porque estén malinterpretando a Bajtín y Peter Berger. El caso es que a la nueva derecha no le importa lo más mínimo el humor. Al contrario, como un buen yudoca, utiliza la fuerza del contrario para derrotarlo. En las primeras sesiones de la constitución de las Cortes, saltó a las redes una fotografía de unos diputados con la camiseta de Gaysper tras Abascal, que estaba sentado en su escaño. Gaysper es la respuesta del colectivo LGTBI+ a las provocaciones de Vox que asusta con los fantasmas arcoíris. ¡Vaya zasca! Jaleaban en la prensa progresista y en las redes. Sin embargo, en la caverna rojigualda se estaban partiendo la caja con la dichosa foto. Se reían francamente, nunca mejor dicho, de las tonterías de los activistas que buscaban la foto.
                Trump, Johnson, Abascal saben que el humor de izquierdas (que, por cierto, suele ser mucho menos zafio que el de El gato al agua) no hace daño, al contrario, les permite aparecer como víctimas del acoso mediático. No se puede decir nada, no se puede hablar claro porque llegan los ofendiditos. Ellos, tan machotes, con su hombría Schrödinger, que son a la vez el legionario más bravo y el que se toma la baja por comentarios en las redes sociales. El humor, los retuits y los likes son armas para conseguir menciones y así, financiación y que se den a conocer sus bárbaras propuestas. Porque, a diferencia de la izquierda, que promete y es impecable en el discurso pero tiene miedo de llevarlo a cabo, la derecha está deseando realizar lo que proponen los ultras, pero no se atreven a decirlo. Así ponen en práctica las políticas, pero no se ensucian con los discursos y parecen moderados y sensatos.
                La política del payaso, de la exageración de la barbaridad en los medios es muy rentable, porque se discuten en los foros públicos auténticas insignificancias, mientras que se cierran radios, se pervierte Madrid Central o se destroza el sector público para conseguir negocios con cargo a las arcas públicas. Parecer un chiste es muy peligroso. Debimos aprenderlo con Esperanza Aguirre y el juego que le dio Caiga quien caiga. No es baladí que el vicepresidente de la Comunidad de Madrid, que es de Ciudadanos, haya anunciado que se tomarán las medidas necesarias para evitar que ardan las parroquias como en el 36. Y seguro que son tan efectivas como las preparadas para un apocalipsis zombie. O como mi método infalible para ahuyentar cocodrilos subiéndome las gafas con el dedo corazón.
                Pero, antes que arda ni una papelera, ultras de España 2000 irrumpen en un cine valenciano e intentan impedir la proyección de la última película de Amenábar. Si el cineasta ha intentado no ser maniqueo y ha procurado equilibrio (espero que no equidistancia), imagino que la cinta no será nada revolucionaria, así que la protesta preventiva del fascismo español es un signo de los tiempos. Confiemos en que los jueces tenga la misma contundencia que acostumbran en casos que atentan contra las libertades de los ciudadanos. Como sabemos que han actuado contra su líder, José Luis Roberto por su acoso a Mónica Oltra.
                Y no caigamos en la barbaridad de atacar por el lado del físico, dejemos eso a esos simpáticos foreros y pseudo-periodistas de la libertad que demuestran que las feministas son más feas que las mujeres normales. Todas estas pantomimas están programadas, no son el signo de la degradación de la clase política española de derechas, sin clase, sin cultura y sin respeto. Ninguna de esas provocaciones son palabras huecas. Estamos en campaña y la derecha está ganando la batalla cultural. La económica la perdimos hace décadas.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Reseña de Sofía de la Vega: ‘La idea es vivir cerca pero no encima’. Ediciones Liliputienses. 2019.


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Sofía de la Vega es una poeta argentina.  En 2018 publicó Blanca y plateada y organiza el Festival Internacional de Literatura Tucumán. Ediciones Liliputienses se encarga de acercarnos su propuesta poética, poemas río donde caben las reflexiones, los saltos en el flujo de conciencia, voces que surgen en la muerte, el relato cotidiano. El poema Iceberg define muy bien las intenciones, solo mostrar, dejar intuir antes que ser exhaustivos, racionales, clasificadores…: “… Nunca entendí por qué las cosas / que nos hacen bien de chicos son malas / de grandes. Es como si fuésemos / mini-personas y después macro-personas distintas” (Iceberg).
Tiene como punto de partida la narración y el subtexto que la conciencia aporta (Nunca me fracturé), las vivencias internas que se traslucen entre las palabras del texto, hablar por teléfono, charlar por Skype con un amigo, un viaje sirven de inicio de poemas (Curva de Lorenz, Karate Kid, Es muy molesto ser joven). Sofía de la Vega aprovecha los encabalgamientos salvajes, más cerca de la prosa que de las leyes del verso para una inmersión en el desasosiego y la incertidumbre: “No sé cómo hacemos para unirlo todo. Todo el resto. / Lo demás se vuelve lo que estábamos buscando” (Las chelas son las cervezas).
“… Nada desaparece,
los afectos están en espera
pero pasan cosas como los perros que mueren,
o ganarse una beca o terminar
 un libro o empezar un deporte
nuevo que sí te sale bien” (Casa de campo)
Los poemas giran alrededor de unos núcleos temáticos, especialmente las relaciones y el amor. Más que un recurso a la nostalgia, la juventud se muestra como pivote, entre una niñez lejana y antes de llegar a la madurez, la conciencia del tiempo al constatar una fase que culmina y acaba: “…Después de los chapuzones / me sentía más vieja en el sentido de menos irreverente / y más paciente. Así veía a mi amigo con una bermuda larga / pidiendo a sus hijos que no hagan pis en el mar” (Es muy molesto pero joven).
                Un estilo casi descarnado, en el que los sentimientos y aspiraciones son la materia poética, donde caben las confesiones (Rompecabezas) y los miedos: “… Todavía quiero ser madre pero / no sé si me interesa mi muerte. Me interesa / si el diablo aparece, aunque dicen que existe / solo si lo creés” (La elegida). En el horizonte va surgiendo poderosa la sombra de la muerte y la destrucción que Sofía de la Vega incardina en un contexto más global (“Dicen que la polución sonora nos va a matar / a todos en 2043 ¿Será que uno se muere hablando?”, 2043). La materia prima recurre a la narración y a la anécdota (Karate Kid), pero más habitualmente al propio terreno, como una forma de introspección emocional:
“… Nunca supe
cuál cantante me gustaba o cuál era mi canción favorita.
Pero me encanta decir que el chocolate
no me gusta y que mi gusto favorito de helado
es el de chocolate. Es igual a cuando te gusta
mucho una persona y te hace daño,
entonces,
consumís todo lo que la rodea tipo los amigos
y sus bares o cafés pero odiás cruzártela
o que te cuenten cosas de ella. La idea es vivir
cerca pero no encima.
conocer cuando va a llover no es lo mismo
que salir con paraguas” (Helado de chocolate)
Hace gala Sofía de la Vega de una perplejidad constante para luego aceptar la realidad: “La incomodidad del amontonamiento / se hace parte de su vida. / Como el día que estaba sola con vos, / pero al final nunca te diste cuenta” (Animales que arrastran). Estas referencias narrativas funcionan más allá del mero pretexto para iniciar un poema. Son síntomas de una relación difusa entre la realidad y el deseo, por usar la recurrente expresión de Cernuda). El posicionamiento espacio-temporal del poema puede, así, jugar con la utopía trágica o irónica (“Todo lo hecho en compu parece el futuro. / Lo bueno es que depende de nosotros”, Cumpleaños número 2) y puede desenvolverse entre un mundo literario, con referencias a Jeffrey Eugenides, Elisabeth Bishop o a Valéry, inmersa en un mundo pretendidamente banal y rutinario: “La tranquilidad es lo más aburrido, son las cosas / que te salen siempre bien o la felicidad / contenida cuando escribía un buen poema” (Una profecía de Valéry).
                No es sorprendente, pues, que las localizaciones espaciales jueguen un papel no menor en la construcción poética. La distancia en una conversación de Skype, el viaje, la mirada al pasado incluso: “… Una vez / me dijeron  que hay que respetar los espacios / de la gente. La soledad es el lugar favorito que nunca / pude tener”.
                Al final del poemario detectamos un desencanto, una esperanza en el conocimiento (“Lo que no esperamos parece hostil / si no tenemos fe en la ciencia”, Curva de Lorenz), esperanza frustrada en un mundo donde todo es un inmenso set compuesto de escenarios diminutos en los que cada uno intenta parecer el protagonista de un arquetípico videoclip, el gran teatro del mundo digital:
 “Las historias de los artistas
parecen ser rebeldes o tristes siempre.
A veces no es ninguna de las dos. Solo
son escenas de videoclips de chicos
rubios de pelo largo con escopetas en un desierto” (Lo que quieres)