miércoles, 9 de octubre de 2019

Reseña de Lola Mascarell: ‘Un vaso de agua’. Pre-Textos. Col. La cruz del sur. 2018

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Nos encontramos aquí con un libro singular. Una joya poética cristalizada, nunca mejor dicho alrededor de la écfrasis. Mecánica del prodigio (2010) fue el primer poemario de Lola Mascarell quien obtuvo en 2013 el Premio Internacional de Poesía Emilio Prados con Mientras la luz. Además de su labor docente y como periodista, dirigió el Taller de Narrativa de la Universidad Politécnica de Valencia, experiencia que le valió para Palabras en el yunque (2012). El presente volumen está dedicado al malogrado Antonio Cabrera, con quien comparte la sensibilidad poética hacia la contemplación de la naturaleza  con la serenidad que va de la lírica tradicional a Antonio Machado o Eloy Sánchez Rosillo.
                Son los elementos de lo dado, la realidad como materia poética que depende de los ojos del poeta, capaz de descubrir el aliento que de tan obvio en los objetos está invisible a la mirada apresurada. “Yo quería anotar en mi libreta / cómo cantan las cosas y no puedo: / son ellas las que escriben el poema” (Unión). No sin razón recoge una tradición Lakota (sioux) para destacar que “Y vi que todo era sagrado” (Plegaria). En Abrazo vuelve a hacer explícita esa certeza de la existencia de lo incognoscible en lo que tenemos más cercano: “Aléjate del límite impalpable / que separa las cosas, de ese surco / que dibuja ante ti / su contorno y su nombre. / Reconcíliate con ellos / … / Detente en tu camino y habita ese misterio”. La promesa es mucho mayor: “No cogemos los frutos literales / que nos brindan los campos, / más honda es su cosecha” (Huertas).
En uno de los primeros poemas advierte, “En las noches a salvo, en nuestro piso, / con las puertas cerradas y la colcha, / y quizá el radiador, y la cena caliente, / olvidamos la idea de montaña.” (Idea de montaña). La pugna entre el pensamiento racional y la intuición del instante es la tensión que articula la propuesta poética de Lola Mascarell: “Intento no pensar en lo que pienso, / en el modo veloz y escurridizo / con que escapan de mí los pensamientos” (Peces).
El pausado acontecer del tiempo en el campo como punto de partida para la reflexión: “Hay un álgebra de haber pertenecido / a un lugar y a una gente / ahoga su dolor en el silencio” (Agujero negro). Así vivir, escribir es sólo una cuestión de “Elegir una forma de quedarse / en breve equilibrio de la ola: / anclarse, derivar” (Equilibrio). Y, a la vez, tener la valentía de reconocer que “Cada renuncia eleva / la cima en la que crece tu deseo” (Cima).

Voy de paso por sendas y caminos,
de paso entre las rocas, de prestado
por estos caminales
repletos de memoria y de pisadas.

Voy tratando de asir alguna cosa,
una rama de árbol,
una breve emoción, algún recuerdo,
un pájaro, una piedra, una pisada,
una mínima prueba que me deje
saber que estuve aquí, sólo de paso,
y que nada era mío” (Paso)
Contemplar, esa  es la clave, no es sólo mirar, no es sólo ver, es un tempo, una manera de estar en el mundo donde todo, cada detalle es el significante de algo que desconocemos: “Un segundo de paz impregna el mundo / todo acude a su sitio. / El agua se ha fundido con la tierra. / La muerte se ha hecho barro con la vida”. Más que pertinente es la identificación con la fotografía: “¿Soy yo la que mira en la pantalla / de mi cámara ahora?” (Fotografías). Tampoco debe extrañarnos que aparezca Georges La Tour, con quien comparte una manera de mirar íntima y serena, delicada y profunda: “Mi infancia es una lámpara / en medio del salón / una tarde de invierno interminable” (Lámpara).
La marcada presencia del tiempo, la conciencia de su paso y las conexiones con el pasado posibilitan el encaje de la voz poética en un hilo argumental y vital en el que la poesía es una marca, una constancia: “Una nostalgia inmensa, repentina / de todo lo que nunca sucedió / y el qué hubiera pasado / de haber sido posible / … / de haber saltado a tiempo / de no haber sido yo” (Nostalgia); “Al volver a los sitios / buscando reencontrarnos / con aquello que fuimos / cuando éramos otros / … / Yo busco en los caminos repetidos / el poema que nunca escribiré” (Regreso)
Lola Mascarell despliega una reflexión poética que es tan esencial a la contemplación como el objeto mismo: “Y quiero escribir cosas / como que hoy hizo frío / y que empieza noviembre” (Sencillez); “No es sólo perspectiva / lo que otorga la cumbre a quien la alcanza, /… / Un estado de ánimo / y no una cualidad / moral o metafórica, / la fortuna de ver, / de ser en lo que veo, / más pájaro, más cielo” (La altura).
Transmite, además, como un regalo la certeza de plenitud de encontrarse en el lugar exacto donde el universo encaja: “A veces uno tiene / la absoluta certeza / de saber que está justo donde ama. / … / Que huyen los que no quieren estar / en la beatitud de hallarse a salvo // No hay mayor aventura / en medio de este sábado de invierno / que quedarse dormido en el sofá / apoyando muy fuerte / mi cabeza en tu pecho” (Aventura). El conjunto de sensaciones que nos acompaña en la contemplación forma parte de esa experiencia sublime y se pregunta “¿Por qué nos reconforta contemplar / el relieve azulado de la sierra / … / ¿De qué rincón salvaje de nosotros / nos habla la montaña? (Relieve). No es, sin embargo, un poemario anestesiante ni exultante de júbilo, Lola Mascarell contempla el precipicio percibiendo la belleza de cada reflejo de luz, sin dejar de sentir la necesidad del otro: “Respira a mi lado, en tu sonrisa / un sereno rumor / que apenas distingo del silencio / … / Yo me aferro a tu hombro antes de hundirme / me salva en su dureza, tu alegría” (Músculo de la alegría).
Keats en su Endymion nos advirtió que la belleza es el júbilo eterno y, ahora, Lola Mascarel se pregunta “¿Quién puede renunciar a la belleza / tan solo porque es breve?” (El tiempo gira). Y así puede dar paso a un poema romántico, tierno y sereno, intenso como Y bastará tu nombre. En la poesía de Lola Mascarell no necesitamos el relato como argumento, como en las obras de Virginia Woolf, el mero paso del tiempo es la narrativa: “Estamos junto al mar: se adensa el tiempo.  / Tú duermes en la arena y yo te miro. / Después me duermo yo. / Nada sucede” (Playa). El paso del tiempo, las estaciones, la contemplación del paisaje, la serenidad son temas por sí mismos imprescindibles en su poética (Presente, Espino)
Quizás encontremos en los últimos poemas más clara la vocación de servir de testimonio del objeto y todo lo que hay detrás de cada uno de ellos: “Hay algo de mi muerte en cada objeto, / algo sólido, tonto, intrascendente, / tan breve y pasajero como yo, / que me agarra a la vida” (Objetos). Nada dura, nos recuerda, “Borra el mundo, la rosa, mis pupilas, / borradura de nada será el tiempo: / el tenue parpadeo de la rosa / brillando para mí / y que no dice nada / y que lo dice todo” (Una rosa).
El poemario toma su nombre del último poema, Un vaso de agua, inspirado en un dibujo de Isabel Quintanilla y está dedicado a “Eloy Sánchez Rosillo, que conoce el suceso increíble de llenar un vaso de agua y acercarlo a la boca”. Aquí se condensa la hondura poética, la mística sin elemento religioso que interfiera en la contemplación directa y, por eso, pura y creadora de lo cotidiano:
“ahora habita el papel y ese papel
una sala remota en un museo.
/…/
El sencillo misterio
que es a veces la vida:
 este vaso de agua” (Un vaso de agua)

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