viernes, 10 de abril de 2020

Reseña de Zel Cabrera: ‘Cosas comunes’. Ediciones Liliputienses. 2020.


Nacida en Iguala de la Independencia, México 1988 tiene publicados varios libros de poesía: Un jacarandá en medio del patio (Instituto Sinaloense de Cultura, 2018), La artista que no se toca (Instituto Municipal de Arte y Cultura de Tijuana, 2018), Cosas comunes (Simiente, 2019), Perra (FCE/Tierra Adentro, 2019). Zel Cabrera aborda  en su poesía la comprensión del proceso de aprendizaje de la vida. Incluye, como en otras ocasiones, el manejo del dolor y el sufrimiento y las relaciones familiares que influyen en la percepción del presente y de la identidad personal. Así comienza la historia, con una especie de recopilación del background: “Mi madre dice que mujeres como yo / sin traza para labores hogareñas / nunca encontrarán marido” (Instrucciones maternas); “La ropa íntima / es esa verdad a media voz / que susurra, / como un secreto, o eso piensa mi madre / cuando advierto el faltarle en aquel tendedero de mujer” (La mujer del albañil tiende su ropa); “Todos los días mi padre me enseña algo, / a los 27 años, me dice que los sueños, aunque postergados, son sueños que siguen, / que deben seguirse, como una línea de sombra / que no se pierden” (Enseñanzas). Es lo que la autora denomina hábitos comunes: “Le miraba intentando encontrar un vínculo / entre nosotros, un lazo irrefutable / que me hiciese sentirme más cerca, / y así entender la complicidad de aquellos / a los que sus padres les enseñan a jugar fútbol / o en conducir un automóvil” (Hábitos heredados)
La convivencia y los afectos componen una parcela importante en el cuestionamiento de la propia conciencia y de las alternativas que Zel Cabrera prevé para sí: “y era tiempo de entender / que hay personas inexpertas / que no están hechas para cuidar plantas, / o alumbrar promesas” (Bonsái). Recurrir a al objeto concreto, a esos “objetos comunes”, para simbolizar un todo es una buena estrategia poética: “yo me corto el pelo (también) / para que el dolor de la pérdida / disminuya.  Y como un Sansón / debilitado el recuerdo, / poco a poco deja de embestirme” (Cortarse el pelo es despedirse); aunque este objeto sea el folio en blanco y la actividad sea la escritura: “Quiero escribir un poema / garabateo en el blog en blanco / que lejos de tu cuerpo, / la cama parece más grande, / menos cómoda /…/ Todo está dicho y todo es nuevo, / el abrazo, la vida / el silencio” (Garabato).
Funciona el poemario como una especie de balance, de estado de la cuestión algo triste y desolado: “Ahora me veo, con un perro durmiendo a mis pies, / acostumbrándome a los nuevos personajes de mi vida, / habito tardes como risas” (Actos de magia). Un recuento reciente sin piedad hacia el propio yo: “Dijiste: ‘la lluvia / no va a derretirte, / acaso corres el riesgo de desdibujarte’ // Y así fue; a regañadientes, / olvidé mi paraguas, mis rainboots, / olvidé también el miedo a resfriarme / y fui un garabato de mí misma” (Nunca como hoy, la lluvia ha tenido razón de ser). Con amarga lucidez confiesa: “Pero el miedo al dolor es más fuerte / siempre prefiero ahogar en la rutina las lágrimas / darles la vuelta a lo que duele, / para que no duela” (La cobardía es un asunto serio).
Los vecinos, la ciudad, miles de historias, pero sobre todo la familia son los protagonistas de este poemario: “Porque la memoria es un milagro en el que anidan / las cosas simples; unas escaleras, / una caja musical, un beso, / algunas flores que nos ordenan / que al pudrirse nos desordenan” (apuntes entre Bolívar y Dr. Durán).
El tono pausado, de observación cotidiana otorga una poética particular de gran emoción: “A fuerza de estar callada, / el silencio desdobla lo que fue / y discreto el crucigrama de un llanto, / revela un dolor, / escombro de otra vida. // Acompaño su renuncia / y alargo un consuelo / con la esperanza de no estar sola” (Destellos). Impasible, desesperanzada, ante el futuro: “Por eso tiro esta moneda, me ato, / águila o sol, no importa mucho el resultado” (Monedas).
El lento paso del tiempo en estas cosas comunes permite a Zel Cabrera desarrollar la narración: “Me dices que los aviones / que atraviesan la noche / curan tu ansiedad. Los escuchas” (Aviones con un epígrafe de Pessoa); “A las 4:22) de la madrugada / pienso en mi madre descendiendo desde una nube, / llegará pronto, alumbrará la casa / con sonidos de vendaval” (4:22); “El lunes no es como un túnel larguísimo, / luminoso al final del trayecto; / es decir, solo cuando se termina” (Lunes). El recurso al camino es el locus que ocupa otra de las parcelas, “En las salas de espera comienza el camino” (El camino). En el viaje estamos acompañados de Sal Paradise, Neal Cassidy, Phileas Fogg. Concluyendo: “A veces la luz se apaga / y todos los pasajeros somos accidentes”.


martes, 7 de abril de 2020

Reseña de Pejk Malinovski: “Poetas / Digterne”. Chamán Ediciones. Traducción de David Sancosmed Masiá


Digterne/Poetas: 24 (Chamán ante el fuego): Amazon.es: Malinovski ...
“El poeta quiere recordarnos una caja de galletas rojas que no podemos alcanzar”

Chamán nos da la oportunidad de disfrutar de este poeta danés del que desconocía su existencia y que me ha dejado completamente deslumbrado. Pejk Malinovski (Dinamarca, 1976), poeta y documentalista, traductor. Este es su tercer libro de poemas. La traducción corre a cargo de Daniel Sancosmed (Madrid, 1982). Ha publicado en Nórdica una antología de poesía danesa contemporánea, Copenhague huele a Paris. La poesía que viene del norte nos ofrece maneras de entender el hecho poético que entran como aire fresco. Y más en este caso donde se trata prácticamente de una larga lista de aforismos poéticos que retratan diferentes tipos de poetas, recogen pensamientos o también ofrecen viñetas poéticas, incluso microrrelatos. A pesar, o más bien, gracias, a la heterogeneidad de los compuestos, el resultado resulta casi abrumador. Hay algo de imágenes surrealistas, flashes de intensidad, de intuición. Pequeños detalles que sugieren toda una historia detrás. Poesía, dicen a menudo, consiste en contar lo más con menos.
La larga lista incluye desde genéricos, “Poetas que aman”, a específicos, “Poetas que aman Grecia”, sin ser excluyentes. Más con la intención de que nos fijemos de dónde son los poetas, hacia dónde miran, desde donde escriben: “Poetas que quieren ser amados y que cuando lo sean, enseguida dejarán la poesía, aliviados”.
Malinovski golpea en la sugerencia inesperada, “Poetas que cortan limones en la oscuridad”, y en el imperio de los sentidos, “Las lágrimas  del poeta cuando se lleva el sexo de ella a la boca”. A veces, el poeta es una poeta, lo que nos lleva a preguntarnos por qué a veces Digteren es un poeta masculino y otras femenino: “La poeta que quiere ser una tía dura, y se compra una chupa de cuero y se sube a una moto y se folla a una chica que viene de un pueblecito y luego escribe poemas sobre ello y siente la fuerza zumbando a la yema de los dedos como pequeños relámpagos”.
En muchos sentidos esta es una indagación sobre la materia sobre la que se construye la poesía, por tal razón se incluyen propuestas poco convencionales (“Poeta investiga la poética de los hoteles”) junto a otras que reflejan un lugar común, una tradición en las atribuciones del origen del poema, “La noble melancolía del poeta, último resto del Imperio austrohúngaro”. Se puede entender, pues, una voluntad casi de manifiesto plural y poliédrico: “Los poetas que prefieren textos en los que el yo, si lo hay, es fluido. Un yo que puede ocupar todas las posiciones, masculino, femenino, joven, viejo, persona, animal, brizna de hierba, placa tectónica (a turnos o al mismo tiempo). Un yo que duda, busca, aspira. Un yo furioso, tranquilo, expectante)”.
A la vez, es una descripción del yo poético personal, de sus aspiraciones y su biografía –ya sea real o fingida, en el fondo es lo mismo–: “La poeta por la mañana estudia el paisaje del edredón”; “Poetas que escriben poemas con ayuda de la búsqueda en google”. Más claramente, con detalles concretos: “El poeta con 43 años, casado, con hijos y casa propia, echan pestes de la burguesía, se ve a sí mismo como anarquista revolucionario y critica a otros poetas por su apatía”. Y, a continuación, “El cómodo autoengaño del poeta”.
Pejk Malinovski dispara en muchas direcciones:“El poeta disuelve el idioma hasta convertirlo en pequeñas onomatopeyas ilegibles”; “El poeta blanco heterosexual desea que todo fuera como en los viejos tiempos”; “La pobreza autoimpuesta del poeta sufí le acerca más a lo divino que cualquier imán”; “El poeta persigue al fantasma de Bolaño dentro del café”. Y no deja sin aprovechar cualquier atisbo de ironía y de hiel: “Los poetas son los monjes del sistema del bienestar, dice riendo el artista” y al mismo tiempo, “El poeta pobre cree que todos se ríen de él” o “El poeta joven no encuentra la poesía que quiere, así que la hace él”. Como sospechamos de los grandes adalides de las vanguardias y la precocidad, “El entusiasmo del poeta joven le hace parecer talentoso”.
En ocasiones, el autor se extiende en pequeños relatos: “El poeta menor acaba en la cama con el gran poeta y una chica con la que han tonteado una noche muy húmeda en un bar del East Village”, llenos de sarcasmo y de humor vitriólico, “La poeta que escribe discursos políticos (trabajo estable)”; “La poeta de clase media romantiza al proletariado”. Quizás es así porque “El poeta se imagina que podría haber sido directos de cine”.
La distancia irónica también la toma contra sí mismo, “El poeta aspira a lo insignificante”; “El poeta vive sus mentiras, factualmente”;  “A la poeta se le da bien escuchar. Tranquila, atenta y constructiva, ayuda a los que vienen con problemas más que a sí misma”; “La poeta mira más allá del mar. Ahí está. El mar. Es casi como en el Louvre”; o más contundentemente: “La poeta ha echado a perder sus hijos con libros”; “La poeta cojea un poco para parecer heroica”; “El poeta arrastra su yo como si fuera un saco de ropa sucia”.
De la misma forma que puede mostrarnos la emoción más intensa, “La elegía del poeta a su padre fallecido es lo más cerca que han estado el uno del otro”, puede recurrir una cita pop, el Pharrel Williams, “El poeta se siente como un piso sin techo”. Y, a la vez, puede ser tremendamente  humano, “La poeta guapísima se pone furiosa cuando él no consigue que se le levante”.
Situación aparte es la de la historia del documental del pueblecito de Texas llamado Poetry o el relato de “una vaca, un día” o la ciencia ficción con la factoría de Mark Twain. De esta forma se denuncian los hipócritas con los que se relacionan los poetas, el trasfondo hueco del mundo del arte, la fotografía, la performance, las instalaciones. Igual que la solidaridad con lo exótico, Honduras, África…
Tampoco está ausente cierta conciencia social, cierta denuncia: “El poeta opina que hay que oír la verdad no de los niños y los borrachos, sino de las camioneras y los camioneros”; “El poeta inhala coca tirado en la calle de la soledad”, sin perder de vista la alta cultura, los elementos definitorios de tener esa distinción: “El poeta habla despacio y con solemnidad, como Johannes en ‘La palabra’ de Dreyer. No ve personas ante sí, ve bacterias, luz e intenciones.”
Dentro de su poética, Pejk Malinovski, advierte que “El silencio es el martirio del poeta”;  El poeta y su diccionario incompleto de lo innombrable”.  O nos muestra algunas técnicas poéticas más vanguardistas: “El poeta encuentra un texto sobre la prostitución en Dinamarca y cambia la palabra «prostitución» por «poesía» y prostituta por «poeta»”.

Incluye homenajes a poetas suicidas y parricidas: “El poeta que se quita la vida poco después de su último libro”, “Argumentos a favor de la vida” como la Violeta Parra que cantaba Gracias a la vida. Y es que “El poeta se levanta el ánimo a sí mismo porque nadie más lo hace”. Están presentes los momentos más desesperantes de la hoja en blanco, “Poetas que se enfadan consigo mismos cuando se atascan escribiendo”; “La adicción del poeta al tedio, a los deseos sin rumbo”. Y están presentes también los avatares en los que “El poeta se abruma enseguida por miedo a ser inscrito en una tradición detestable de poemas pegadizos y lacrimógenos de nobles solitarios en afectuosa gratitud a las jóvenes que sus poderosos y ausentes padres pusieron para criarlos”. Pueden ser tiernos “El poeta escribe con el mismo cariño que un padre que viste a su hijo el primer día de colegio” y pueden ser fríos: “El cariño del poeta está en una memoria usb”.
                El poeta busca la poesía en distintas estancias, “El dinero es una especie de poesía”; “El poeta se identifica con la vida interior de las cosas”; “La poeta saca enemigos imaginarios de los cisnes”, en distintos continentes: “El poeta emigrante ha comenzado a ver Nueva York como a su profesor budista. Siempre en transformación”.
 “El paraíso del poeta, las pocas palabras, versos, páginas, libros que atravesamos el estrecho ojo de aguja del poeta y salieron al mundo, donde pudieron llegar a otro. El otro yo, en el paraíso del poeta”

domingo, 5 de abril de 2020

Ascenso y caída del emprendedor


Hace  unos días hablaba con Juan Antonio González Ruiz-Henestrosa sobre la condición del “empresario” y cómo la crisis del covid-19 ha trastocado el concepto. Recuerdo también mi primer artículo en este blog allá por 2013, en el que resaltaba, como Weber, los tipos ideales en aquellos tiempos inciertos, que en parte son los nuestros. Los más insistentes, decía entonces, eran el atleta y el emprendedor. Estas dos figuras se habían convertido en los modelos a imitar, el atleta, más rápido, más alto, más fuerte, nunca satisfecho con lo conseguido. Y el emprendedor, ese ser intrépido e individualista que no necesita nada más que su talento para salir adelante. Un término que desde la economía fue colonizando todo el imaginario social. Incluso en las competencias educativas básicas, esenciales o clave, se incluye la iniciativa emprendedora. De esta forma tan curiosa, se desplazaba el término empresario hacia el término emprendedor.
Los empresarios subieron en autoestima, aunque sus condiciones laborales fueran pésimas. Su condición jurídica siempre fue la de autónomo, pero como clase aspiracional se presentaban como emprendedores o empresarios. Recuerdo más de una ficha de recogida de información familiar en las que abundaba el término “empresario”. Aunque la empresa fuera una mercería. Funcionó admirablemente a ese nivel porque, antes de la crisis, hubo muchos que, con pequeñas empresas pudieron tener un nivel de vida más que saneado. Quizá fueran aquellos que “vivieron por encima de sus posibilidades”.
                La figura del emprendedor nunca ha dejado de ser una especie de burla macabra que los medios han insistido en propagar. Programas de televisión sobre emprendedores y startups que buscan desesperadamente financiación y que ostentan orgullosos un popularidad en las redes y una confianza en sí mismos tras un entrenamiento en las técnicas de transmisión de información, con presentaciones digitales, pequeñas performances en formato TEDx. Cortos, intensos, persuasivos. Vender humo. Juan Antonio González también recordaba esa transformación.
                Fue especialmente significativo durante la crisis del 2008. Los cambios en la estructura productiva y empresarial acentuaron la tendencia a la concentración. Las grandes empresas se hicieron más grandes gracias a las fusiones y a la ruina de las medianas y pequeñas. Este proceso dejó en la ruina a muchos trabajadores y cuadros medios a los que era imposible recolocar. Se recurrió a la enseñanza continua y el reciclaje profesional, pero la figura del empleado indefinido, a tiempo completo parecía agotada en el sector privado y mucho más en el sector público acosado por las leyes de austeridad. Se empezó a hablar de precariado, como si esta no hubiera sido la condición esencial del trabajador desde el inicio del capitalismo, como bien decía mi admirado Enrique Carretero. La única posibilidad era el autoempleo. Y así se prometieron ayudas y se facilitó la capitalización con el subsidio de desempleo que se podía cobrar de una vez y así comenzar una andadura empresarial.
                A pesar de todo, la identificación con el empresario fue muy amplia. Son aquellos que defendieron, no solo la bajada de la cuota de autónomos, sino una bajada de impuestos general, especialmente los referidos al patrimonio y la herencia. Como si fueran pequeños Amancios Ortegas sofocados ante los impuestos bolivarianos de gobiernos insensatos que ahogaban la iniciativa empresarial. Nunca dejaron de ser trabajadores, aunque su nombre constara en el Registro Mercantil como empresa. La disociación entre patrono y obrero se hace en aquellos momentos en los que el obrero realiza el trabajo y el patrono solo se dedica a cobrar plusvalías y a asegurarse la gestión mediante otros profesionales. El mundo de la pequeña y mediana empresa no es este. El mundo de las pymes es el de trabajadores con bajos sueldos y trabajadores con un sueldo quizás en ocasiones más holgado pero con las preocupaciones de quien dirige la empresa.
                La clase trabajadora siempre ha sufrido desprecio, incluso criminalización. No hablemos de tanto descrédito hacia el trabajador, de tantos programas como el “jefe infiltrado”, de tantas noticias de fraudes a las aseguradoras, el currito de a pie está totalmente desprestigiado. Además llega el resentimiento de todos los de la construcción que ganaban sueldos astronómicos haciendo horas extras y que ahora no se quedaban con el culo al aire. El empresario/emprendedor era de otra pasta.
                Y llegó la pandemia y se desvelaron las caretas. Y, de la misma forma que aprendimos que todos somos precarios, caímos en la cuenta de que no valían emprendedores, que no había empresarios, que todos son trabajadores que necesitan la protección del Estado. Un Estado que se había ido vaciando de contenido y de recursos con las políticas de defensa de la empresa privada. Un Estado en vías de ser asistencial para no ser socialcomunista. Y es ahora cuando los colectivos de todo tipo requieren su ayuda. Dicho de otra manera, lo que siempre se ha sostenido es que el Estado no se encargue “de los otros” y que esté ahí para salvar la Banca, demasiado grande para caer; o los agricultores, sean pequeños olivareros o el duque de Alba.
                En estos durísimos momentos estamos todos en el mismo barco y hay que achicar agua y tapar los agujeros del casco como se pueda. Y los empresarios pasan a ser autónomos que necesitan amparo. Y piden la suspensión de sus cuotas, y ven que no pueden hacer frente a sus obligaciones con las pequeñas ayudas que les promete el Gobierno. Como los que pasan al paro temporal, o los despedidos o no contratados porque la actividad económica se ha paralizado. Todos necesitamos protección, no solo sanitaria.
                Todos somos currantes, eso sí, con diferencias. Es cierto que las pequeñas y medianas empresas están un poco dejadas de la mano de Dios, a merced de los vaivenes del mercado, acosadas por la competencia de las grandes y que sus trabajadores no cuentan con la simpatía de muchos sindicatos porque apenas tienen afiliación en este sector, donde las empresas familiares abundan (véase el artículo de Esteban Hernández). Compruebo que, ante la insatisfacción, aparece la sensación de “criminalización” de la clase empresarial. Como si las críticas a Amancio Ortega –que, si bien ofrece su red de abastecimiento, es cierto también que deslocalizó empresas textiles que podían servir para no tener que importar material– fueran destinadas a quien posee una ferretería o un bar, o una fábrica de roscas. Y me llama la atención cuando lo leo en personas anónimas y a la vez en los medios de comunicación que golpean sin conciencia al gobierno. El empresario es la figura que se quedaba con la mejor parte de la empresa, legalmente, sí; justamente para muchos, porque crea puestos de trabajo. Pero también es cierto que, además de trabajadores vagos y desmotivados, hay defraudadores en las empresas. Patronos sin escrúpulos que despiden a la mínima, que obligan a condiciones laborales inhumanas, que pagan una miseria o que, directamente, no pagan. No es justo meter a todos en la misma categoría, eso es cierto. Igual que no podemos meter en la misma categoría a Florentino Pérez con el de la floristería del centro.
                En estos momentos tan difíciles somos conscientes de nuestra fragilidad y, probablemente, no aprendamos lección ninguna y estemos aún más desprotegidos después de que se declare acabada la crisis. No sé si seguiremos engañados o desengañados después. Nos llamen como nos llamen.

viernes, 3 de abril de 2020

Reseña de Christian Nieto Tavira: ‘Apuntes para un futuro caos’. Boria ediciones. 2020


Apuntes para un futuro caos - Boria Ediciones
Christian Nieto (Ricote, Murcia, 1998) es estudiante de periodismo y tiene en su haber Última Bala (La Fea Burguesía, 2016) y Canto Desgarrado (Ediciones en Huida, 2018). Organiza recitales “siempre benéficos porque para él la poesía es un arma social”, según el texto de la solapa. Del prólogo se encarga Jesús Miguel Pacheco Pérez y del epílogo Samuel Martínez Callado. Este es un libro duro, que pretende aspirar a la comprensión de la vida propia y de la propia vida, del enigma del angst y de la ansiedad sobre el futuro.
                El autor parte de la conciencia global cósmica, de la sensación de hacerse uno con el universo: “andando por el bosque encuentro todos los muertos del mundo /…/ soy el único espíritu libre de este bosque, / nadie me ata ya a la realidad / y todos y cada uno de los muertos de este bosque / me acogen y abrazan. / me hago uno con el universo / y hoy el cielo es más bonito” (I). Sin embargo, pronto experimenta el dolor y la futilidad de la vida, la necesidad de buscar alternativas: “cuando quieras que vea mi futuro / tan solo déjame que mire en el vaso en el que bebo. / solo así podré decirte que hay bares que amarran / las almas de los que dejan su vida / a merced de una botella” (II).
                Aspira a convivir con los fantasmas como quien tiene compañeros de piso algo atolondrados de los que uno acaba por considerarlos de la familia: “y aun viendo la vida como una mera sombra, / la siento como mía. / mientras hablo de la muerte como una amiga / como una vieja amiga” (III). Y aspira también a tener una voz que sobrepase la aceptación condescendiente, la gloria vana de quienes aspiran simplemente a ser conocidos: “que no. / que no quiero que mis versos se escriban en letras de oro / para que los consuman burgueses deformes, / prefiero que sean para indignados y deprimidos / para los que el mundo ya ha perdido / todo resquicio de esperanza” (V). La suya es una manera de entender la poesía como arma social.
Como consiguió Lorca acercarse a una imaginería de los gitanos, cuchillas y lunas que sangran, Christian Nieto apuntala un estilo con unas referencias también muy claras (VIII), de una expresión agónica y vital, un sujeto escindido entre la conciencia del dolor y la necesidad de supervivencia. Así mientras dice “vivo lleno de palabras mudas / y de bocas que gritan que me calle” (XI) y “hay una tumba que tiene mi nombre” (XIX) o que “cumplo condena a la cárcel oscura de mis entrañas” (XV), “muriendo en el país de las sombras” (XVI),  “Estoy amarrado a mil almas en pena” (XX) comprende, al final, “La vida como un mal chiste” (XX). Esta es la tragedia que se repite, una banalidad que vivimos porque nos atañe personalmente.
Y es que en estos poema está omnipresente primera persona que se desdobla entre el sufrimiento interno y la supervivencia (“en el fango también se puede vivir”, XXI) y la advertencia de que hay sufrimiento más allá de tal modo que el propio parece, como decimos, demasiado banal: “en algún lugar del mundo / habrá alguien suicidándose / y yo / mientras pensando/ qué hacer de comer” (XXIII). Así, oscila entre la descripción el yo solitario: “no existen ojos que miren allá donde lo hago” (XXIII); “ya nada arde en este cementerio” (XXVI); “me preocupo por arrancar las malas hierbas de mi vida /…/ y sin posibilidad alguna de redención” (XXVII) y la conformidad del destino. Directamente lo escribe: “la muerte es en mi mundo / la que abre camino” (XXVIII).
El recurso al malditismo y al alcohol (“tengo insomnio porque no está. / el alcohol embota mi mente, / me hacen ser otro. / me envuelvo en los placeres de la carne / mientras espero la putrefacción”, XXX) va más allá de la pose vacía, es una estrategia vital: “no ser harina de otro costal también es cuestión de supervivencia, / admitir la derrota es otra forma de embarrarte los pies descalzos” (XXXIII). Incluso se permite advertir sobre la afectación romántica del maldito: “no te fíes de lo que dice un poeta suicida, / podría leer tu corazón / os pediré ahora algo: no os acerquéis si no queréis que os salpique” (XXXVI).
Un sufrimiento interno e intenso supura entre estos versos, “a veces sientes que sobras en el universo que has creado” (XLI). Una autocrítica feroz, “siempre fui de tener complejo de judas, / de destrozar mi corazón” (XLIV) al tiempo que dignifica su actitud vital como un compromiso con la muerte, la muerte omnipresente: “escribo de la muerte porque no hace mucho / me miró a los ojos y me prometió un baile / desde ese momento / no he dejado de ser el rey en este vil cementerio de elefantes” (XLIII)
A pesar de todo, parece que el poeta ha conseguido, como un equilibrista suicida, abordar la existencia como una derrota que es un triunfo: “pero bailaron los pies descalzos / para aparentar que eres, al final, lo que siempre has odiado: / un hombre feliz”. Quizás la cita que mejor resuelve esta ecuación y resume este volumen está en el poema XXXVII: “a veces no sé si escribir una nota de suicidio o la lista de la/ compra”.
                De todas formas, queda una rendija a la esperanza, una aspiración, un deseo de simplicidad y de comunión con el universo: “ojalá la vida fuera tan simple / como estar contemplando / la lluvia desde una ventana / y mientras las desgracias solo fueran / un papel mojado” (XLVIII). Mientras tanto, advierte, “seguiré escribiendo / hasta que de mis manos / brote la sangre / como la vida” (L).