jueves, 25 de julio de 2019

Reseña de Nicolás Corraliza: ‘Abril en los inviernos’. Chamán Ediciones. Chamán ante el fuego. 2019

Después de El estro de los locos, Nicolás Corraliza explora la mitología de abril, el mes más cruel. Comienza con una cita de Claudio Rodríguez: “Tan solo abril acude” y siguen una generosa porción de grandes poemas en los que predomina el pequeño formato, continuando la senda de destilación en la que lleva inmerso el autor y que perfecciona con cada nueva entrega. La pureza de los conceptos no impide que se juegue con los sonidos y las resonancias, con las sugerencias y connotaciones: “El olvido que germina / sin el agua de los verbos” (I). Importa tanto cada vocablo para este oficio de relojero emocional: “Ya está la noche en los huesos de la desgana. / El silencio de la herida que guarda las horas sin luz” (II).
                Abril en los inviernos tiene vocación de doler, de recalcar la herida: “Todos vivos. / Los supervivientes y los resucitados. / El mar se acaba / ante el espejismo de los ojos / para no entender la muerte” (III). Y a la vez su incardinación concreta, su cotidianeidad habita la esperanza: “Alejase del eje confuso / donde el engaño instala sus coordenadas” (IV); “Los secretarios de la tristeza buscan adeptos” (VII); “Los peces de arrecife / lloran al mar que no llega. / Se consume el invierno / en los acuarios” (XIX)
En cierta forma es una liturgia de la luz: “Despertar un día / con el aliento viejo, / y sabes que el sueño fue la juventud” (VIII); “Caricias de llama / y calentura. / Refugio febril / donde curan los amantes” (X); “Un olvido de niebla salvaje / para que el arquitecto construya la claridad. / Las ventanas no protegen, / los muros no salvan la altura del gigante miedo. / Nos alcanza el día siguiente” (XI); “He dejado encendida las luces del laberinto” (XVIII).
La eterna rueda del ciclo de la vida, abril como brecha en el invierno, la primavera del invierno, el invierno de nuestro descontento. Se suceden las metáforas y el simbolismo, y es uno de los puntos fuertes de este poemario: somos madejas y el nudo la muerte (XXXIX); “empeño la caja y el grial por un mapa de caricias” (XXXVI). en su labor de eliminación de lo superfluo, Nicolás Corraliza juega con el impresionismo, con pinceladas de sensaciones: nieve sucia, escoria, silencio, perfume, cordón del aire. Es una táctica de situar al lector. Y de sitiarlo: “Primera lección de balística: / la poesía es una bala / de un calibre excepcional” (XXXVIII). La meditación sobre el paisaje: “Así es lo indescifrable” (LII).
En este abril se conjugan elementos vitales (por ejemplo, la escuela como cárcel, XL, XLII), elementos contemplativos (la piedra que sostiene la casa, XLI), elementos cotidianos (el ascensor XLIII y la vida que subsiste: “Llevamos el horror de la supervivencia”, XLIII). Y se van intercalando “Hombres, pero no humanos” (XLV), insensibles a la tragedia cotidiana. Precisamente por esa cotidianeidad hay vocabulario no tradicionalmente, convencionalmente poético.
Tenemos también un contenido más íntimo, “los males en casa” (XLVI) y social: “Todo el sudor. / Espiga de los puentes / de tantos hombres “(XLVII). Haikus disimulados: “He sido otros. / He escuchado próximas sus voces” (XLVIII). En este caso no como Rimbaud, Nicolás Corraliza más que de la despersonalización, habla de saltar del yo al Otro. “Otro yo, me lleva por / el fuego interminable / del invierno. / Me guardo. / Me recojo a mirar / la lluvia y sus pavesas” (LXIII). Se deducen de los poemas que hay un claro enraizamiento, la infancia es un contrapunto recurrente. La infancia y la vejez, el paso por las edades (LVI) y la añorada juventud LXXXIX: (“La edad es el espacio / que nos separa de lo nítido. / Perfecta geometría / la juventud”, LXXXIII).
En un consejo muy valioso tenemos: “Olvida el poema: / búscate un sueño que te haga feliz” (L). Y leemos poema como pensamiento, como filosofía fuera de la vida. Cuando nos dice de “Un verso en defensa propia” (LI) demuestra un Ángel González bien entendido. LXV Gil de Biedma, León Felipe… como Carlos Cano en su primer disco.
La reflexión tiene también un lugar importante entre los versos de Nicolás Corraliza: “Hay excusas para malos y buenos / Estamos aquí para cantar al amor” (LIII); “No busques interrogantes. / Cada certeza viene anclada a otra pregunta, / y al final, la tierra es plana en las guerras” (LIV). Y se acompaña de poderosas imágenes: “La esperanza estudia / en academias de nieve. / Quiere ser abril” (LVII); “Todo es la nada. / Ausencia de la luz / de nuestro mundo” (LX); “Apenas hay tiempo para morir / y ya renace la nieve en tus medidas” (LXXI). Igualmente, un compromiso concreto, muy en la onda de León Felipe: “Doctor: / hoy me duele el mundo / a la altura del Hombre” (LXXVII); “Basta un monosílabo / para seguir engañados” (LXIV). La certeza de la incertidumbre (“Nunca avisa el desorden”, LXX) es una constante en la poesía –y la filosofía de los últimos tiempos. Ni siquiera nos queda el refugio del pasado (“No eres tú la que viene. / Es el pasado el que acude / cuando te pienso”, LXVIII). Queda, si acaso, la evidencia de estar vivos en cada momento y que la muerte llegará inexorable: “Ser. / Pertenecer a una emoción / para estar vivo / o morir en el intento” (LXXXII).
 “Nunca duermen las estatuas.
Férreas en su muerte y su quietud nos miran sin maldad,
como si supieran que los vivos también estamos muertos.
Será nuestro este lugar cuando no tengamos nada” (LXXXVII)
Poemas de aliento más largo, más clásicos XCVI, alternando con la bala certera de otros poemas: “No escuches el ruido / ni desatiendas el hambre de su eco. / La proeza es bajar en equilibrio, / agarrarse a la furia desigual de la pendiente. / Llegar a casa es volver a abrirla puerta” (XCIX). El final es claro: “Entre los juncos de los manantiales / se esconde el pájaro poema. / NO vuela si no quiere. A veces está quieto / y a veces no está” y termina, “El mar estuvo aquí. Siento sus lindes” (C).
“En la sana ebriedad
de la euforia y el fervor,
un nacimiento
cruza las líneas inéditas.
Para cada ser un nombre,
para cada hombre
un papel timbrado en el registro.
Todos iguales.
Todos distintos
en la pureza de los números” (XCIII)

martes, 23 de julio de 2019

Reseña de Ana Martínez Castillo: “Me vestirán con cenizas”. Versátiles. Col. Avanti. 2019



Encomendada a Pizarnik: “Mañana / me vestirán con cenizas al alba / Me llenarán la boca de flores”, Ana Martínez Castillo nos presenta un libro que bordea la tragedia, se sumerge en ella y sale llena de heridas. Algo que flota implícitamente. Una pérdida que son todas las pérdidas, una muerte que somos todas las muertes. “Nichos” es su primer poema y ya nos avanza cuando “Éramos aún seres del rumor” y “Supimos que era indolente el mundo, que apenas había espacio para nosotros los muertos cansados. Los muertos repletos. Los muertos arrepentidos de su vejez (…) Nos escondimos de la piel y de todo aquello que pudiera mirarnos” (Nichos). La sensación predominante es la de la inmediatez de la tragedia que sobrevuela la cotidianeidad y la incertidumbre ante el pesar. La forma da igual si los renglones se cortan, se distribuyen por las páginas o se contraen en párrafos. Ana Martínez Castillo sabe llevar el ritmo y la poesía más allá de la imagen y el concepto. La grandeza de este libro es trascender el motivo concreto, que puede ser real, desconsoladamente real o tener un referente mítico, el dolor que siente, que sentimos es tan grande que “Olvídate el tiempo que pasaste viva” (Luz).
                En la narración del sufrimiento hay un inicio (“Mira, el niño venía mal. / Era una mentir, un absurdo entre mil”, Absurdo) y una respuesta, un intento de respuesta de contener la desesperación, “Delirio de aquello que se arrastra. Lo eterno” (Eternidad). Reconocerse en la inutilidad de seguir viviendo:
 “Porque era todo inmediatez y mordedura
Tenía que morirse un rato cada tarde,
ser otra,
abandonar los dientes y adentrarse sola en la ciudad,
adentrarse en la mugre que anuda el ojo.
Tenía que saber que es garganta imbécil la noche, tener muy claro que se quedaría allí, allí en la fosa,
muerta sencilla aguardando,
….
anhelo de droga que serene las palabras, que bendiga las palabras, que atiborre de sentido las palabras” (Luto)
El instante en el que ya no hay retorno, la incredulidad y la dificulta de aceptar “Que todo quede a medio por capricho de la muerte, por capricho de la muerte mis palabras” (Consumación); “vine aquí con todas mis promesas, con todas mis promiscuas variaciones, con el beso de la locura en la frente / … / Y la locura está ahí, siendo un regalo, siendo una hermana más, glamurosa nota de suicidio, alabastro”.
En este libro Ana Martínez Castillo hace desaparecer el paisaje (“la implacable belleza del llano, el frío que ensordece, me golpea”, Frío) para concentrarse en la explicación, en encontrar las razones para el dolor, “Encontré la certeza y aquello que reposa, que se enturbia dentro del velo, la savia órfica que aventaja la tarde y enfría estos versos” (Sedimentos). La respuesta, la falta de respuesta, los ensayos vienen envueltos en una musicalidad de himno, de letanía, de coro fúnebre y hermoso. La imposibilidad de expresar con conceptos lógicos la desolación y la certeza de la desolación nos lleva al grito primario, a desconcertar al Logos, a apurar cada connotación y cada metáfora, cada sensación que asociamos a la palabra, al gesto, al mutismo: “Que venga a mi voz que mastica el cráneo. La voz que lame heridas tóxicas, / breves placeres tóxicos, / el genio venenoso de lo rápido” (Voz).
Esta muerte, todas las muertes ponen un punto temporal que no podemos atravesar. La realidad queda de un lado y el recuerdo es atemporal: “Podía sustantivar la eternidad” (Eternidad Dos). Y perfecto: “Seremos víctimas oscuras de la aurora, frágiles cadáveres perfectos, leves cuerpos dañados por la luz, vapuleados por la luz, humillados por la luz. /…/ Seremos al fin lo que no fuimos” (Perfección).
Tampoco nos es ajena la necesidad de atravesar ese umbral: “Y vas a la muerte y escribes la muerte y deliras la muerte y deseas la muerte que no moriste, la que no te dieron, la muerte afilada en la noche turbia, la muerte de vidrio que nombras en metáforas, la muerte de mentira que habita ridículamente estos versos” (Metamorfosis); “Cuando nos alcance la noche, / sabremos al fin que hemos muerto. / Que hemos muerto” (Tormenta); “Consumió terribles venenos metafóricos, sustancias poéticas de la prisa, líquidas sustancias afiladas como perros moribundos” (Ceniza); “El mundo es un odioso numen blanco /…/ Celebremos la aurora que no llega /…/ Celebremos el pecado, el salvaje lecho, el bautizo de cianuro y escarcha. Y dijimos: /…/ voy a morir aquí, entre tanta belleza. Entre tanta carne abierta. Entre la dulzura de las amapolas voy a morir. En la arquitectura desquiciada del silencio” (Alucinaciones); “Despreciar la ayuda, cualquier ayuda y desaparecer. Quitarse de en medio. Atesorar trazos de pureza, espaciar las visiones para que no sean costumbre” (Regreso).
Da igual que sea real o metafórica, como en 37’5 de Tulia Guisado: “Había muerto siendo diminuta, siendo breve indicio, conjetura, tan pequeña que era enorme la fosa en sus huesos, que era ingente la fosa en su lengua” (Niña); “Ellos mencionaron la costura paladar, la nombraron racimo. Dijeron que se caen las cornisas en armónico derrumbe, / en sincronía perfecta” (Ellos).
 “Nació la autómata. Se formó de metales, fibras, ranuras. Amaneció desnuda, pura, sin mácula. Vino a morir al mundo. Soñó nítida su calavera. Soñó como sueñan las bestias, con la respiración fuerte, con el latido, con el olor a sudor en las articulaciones” (Autómata)
La sensación del páramo desolado se va filtrando en la sangre, “Estábamos muertos y nos supimos cómo” (Estábamos) y en las otras, “Las otras niñas cansadas estuvieron también muertas un poco. Solo un poco. / Decidieron morir quedamente /…/Las otras niñas cansadas tuvieron muertes suaves. / Desearon los rincones, los márgenes, las esquinas, construyeron delicados pretextos, razones, y fueron a la muerte como quien respira, como quien fuma, como quien recibe un regalo” (Eternidad cinco). Imposible buscar un refugio firme: “Tuvimos que guardarnos pequeñas mutaciones de fe, breves retales de locura, caída y vuelo, como si fueran las venas de otro, como si fueran de otro” (Fe).
La otra salida pasa por revolverse, como en Eternidad Tres, con el sexo y la muerte: “Caminos por los rincones hacia la muerte blanca, / hacia los muros de frío y encaje /…/ y sabes que todo es blanco de la muerte, / que todo es frío, / que sólo eres huésped de nieve y escarcha, / que solo te queda la frialdad del lecho / el abrigo de las cenizas” (Blanco). Consuela, y lo sabe bien Ana Martínez Castillo, la necesidad de conjurar el olvido: “Para quedarnos y olvidar arrepentidos nuestro cielo, / olvidar / el día de difuntos, / olvidar la muerte inflexible que nos pesa” (Limbo).  Así sabremos que “Vendrán desastres, / lluvia, / vendrá la piadosa / sustancia de la noche. / Seremos / el ciervo atropellado / junto a la carretera” (Vendrán). Al fin y al cabo, “da igual lo que fuiste. Da igual. / Ya nadie lo recuerda” (Eternidad Seis)
El volumen termina con un sublime y tristísimo el poema final:
“me pondrán el velo, sublime mortaja de luz, manto que enfría mis pómulos.
Y sellarán el hueco con mi cuerpo dentro.

Vendrá mi hija.
Vendrá mi esposo
Vendrán

y se marcharán hasta que sus nombren reposen junto al mío” (También)

domingo, 21 de julio de 2019

Paisajes de ciencia ficción


La capacidad de los seres humanos para imaginar un futuro, más o menos deseable, más o menos terrible es menos variada de lo que podríamos sospechar. Los paisajes del futuro lejano, en realidad, nos parecen demasiado cercanos, demasiado familiares. Quizás sea por esta razón por la que nos entusiasman los relatos del futuro y la utopía, porque reconocemos en ellos a la humanidad, sus paisajes y sus pasiones, sus retos y sus decepciones. Las transformaciones que los autores (literarios, cinematográficos) introducen en la vida de los hombres futuros no sólo están limitadas por las posibilidades técnicas, están también marcados por la imitación. La creatividad, que en estas ocasiones podría partir de cero, no tener ninguna referencia reconocible, está muy pegada a la realidad concreta, a las condiciones materiales concretas de la vida del momento que da a luz las criaturas. Los viajes de Gulliver nos sirven casi más para entender la sociedad de Jonathan Swift que un país de enanos o gigantes. La utopía de Tomás Moro no parece sino una Inglaterra vuelta del revés donde las ovejas se comen a los hombres.
Con un poco más de detalle, los diseñadores de producción de las películas de ciencia ficción –o para la imaginación de los escritores que las soñaron– se acaban circunscribiendo a una serie de estereotipos espaciales, de paisajes humanizados muy concretos y reconocibles, pero, a la vez, cambiantes con cada momento histórico concreto.
En la selva, húmeda, densa, incómoda por el calor y amenazante por sus criaturas, se sitúa el futuro que H. G. Wells escribió en La máquina del tiempo. Dos razas, una de humanos y otra de subhumanos conviven una a costa de la otra. Unos en la superficie densa de vegetación tropical; otros en las cuevas, lejos de la luz del sol. Es también el escenario elegido para la inquietante saga de El planeta de los simios.
La desolación es el paisaje elegido para Mad Max y tantas otras distopías del futuro. Las amenazas del cambio climático, del fin de los combustibles fósiles cumplen su profecía y sólo quedan en pie las ruinas y las carreteras. Elysium, interesante film sobre una humanidad dividida entre una élite que vive en un satélite toroidal pleno de salud y bienestar, de medio ambiente cuidado y técnicas médicas infalibles; mientras que el resto vive en vertederos (literalmente ya existentes en la realidad) desérticos, sin apenas vegetación y cegados por el sol.
Las colonias espaciales se parecen muchísimos a las atmósferas artificiales que los Centros Comerciales se empeñan en construir. Los ejemplos de Qatar en la realidad o Mallrats en el cine son sospechosamente parecidos a las muchedumbres que pululan en Desafío total. La larguísima tradición de naves espaciales recuerda tanto a los pasillos de un hospital o una institución despersonalizada, como a los deshechos industriales de las fábricas con tuberías a la vista y grasa.
Star Wars ha sabido combinar en sus diferentes episodios todos estos paisajes, con excepción quizás del universo asfixiante y terrible de Blade Runner. Uno de los ejemplos de cómo se puede determinar un cambio en la concepción visual del futuro. Ciudades post-industriales oscuras, húmedas, sin luz del sol, llenas de basura y ruinas. Luego llegaron otros títulos que tomaban esa ambientación como la más probable para el futuro del planeta Tierra como Dark Rain, o Ghost in the Shell.
Es curioso cómo el imaginario de las narraciones de ciencia ficción se parece tanto a la distopía, y que estas tengan las apariencias de un no-lugar. Sin historia, donde la despersonalización y la masificación se alternan con los parajes desolados del desierto y la vuelta al reino de la naturaleza que reclama lo que es suyo. El espacio exterior, vacío, es la mayor expresión del no-lugar.
Vito Fumagalli describió con gran maestría el paisaje de ruinas para la mentalidad medieval. Pocas ruinas vemos en los paisajes apocalípticos, restos de arqueología industrial, la Estatua de la Libertad semihundida… Muy pocos paisajes que contengan la historia en el mundo tras el fin de la historia.
De todas formas, no podemos obviar las historias que suceden en escenarios casi idénticos a los actuales. Principalmente ofrecen un viso de verosimilitud y de identificación al espectador. Añaden una dosis de inquietud al ver que el futuro no es tan diferente y no está tan lejos, aunque se disfracen un poco camp como en la adaptación de Fahrenheit 451 de Truffaut, o las novelas de J.G. Ballard.
Mención aparte merece la corriente del steampunk y el retrofuturismo, que recrean de una manera muy posmoderna elementos tradicionales, incluso del siglo XIX con la tecnología artificial que se supone al futuro. La pérdida del horizonte espacial, además del temporal, puede jugar con mezclar el imaginario del salvaje oeste (rudimentario, duro y varonil) con las sofisticaciones tecnológicas. El futuro ya no es lo que era, pero podría volver a serlo. Barbarella como referente. Mucho más inquietante es la vuelta a la estética puritana del siglo XVII que planea en El cuento de la criada.
Independientemente de apocalíptica o salvífico, las visiones de la utopía del futuro incluyen las grandes urbes, bien en forma de ruina (Yo soy leyenda, 33 días después. El último hombre en la tierra) o de amenazante conglomerado de multitudes heterodirigidas (Blade Runner, Minority Report). En ellas la pugna con la naturaleza alcanza resultados dispares. A veces desaparece por completo entre el asfalto. En otras ocasiones va avanzando para recuperar lo que fue suyo a través de una vegetación exuberante (El planeta de los simios) o con la desolación del desierto que todo lo cubre. en muchos aspectos, la clásica ciencia ficción de ambientes asépticos, líneas claras, luz se ha ido oscureciendo, quizás Alien pudo ser un indicio. Sin embargo, mirando hacia el pasado o incluso al presente, la sensación es mucho más terrorífica. Black Mirror transmite su desasosiego por su inquietante parecido con el mundo actual. Actual, demasiado actual.