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domingo, 5 de septiembre de 2021

Del pasado efímero. La recuperación de la memoria visual a través de las redes sociales

La memoria colectiva es un concepto frágil, incómodo. Le pasa un poco como a lo de la opinión pública, que acaba significando un consenso más o menos conseguido entre los articulistas, tertulianos y editoriales de los principales medios de comunicación. Solemos referirnos a la memoria colectiva como una especie de marca sentimental sobre ciertos acontecimientos bien traumáticos, bien festivos que marcan, de alguna forma, el corazón de los conciudadanos, al menos de bastantes de los que conozcamos.

Maurice Halbwachs lanzó un concepto novedoso de memoria colectiva dentro de una reflexión sociológica sobre lo que él denominó marcos sociales de la memoria. Cada recuerdo particular está integrado, ¿qué duda cabe?, en un momento sociohistórico que puede vincularse a él o no, pero que siempre condiciona el valor que pueda tener al margen de la significación personal e intransferible del recuerdo en sí. Tenemos que reconocer que una foto de la niñez de nuestros abuelos pertenece a un imaginario especial que puede ser encuadrado precisamente por las convenciones –sociales y técnicas– de la fotografía. El posado ha evolucionado de manera muy evidente y un espectador entrenado puede deducir el momento de una instantánea por la postura corporal de sus personajes.

La fotografía por sí misma tiene ya un volumen denso de estudios sociológicos, desde los clásicos trabajos de Freund, Bourdieu o Susan Sontag. Todos ellos dirigen su análisis enriqueciendo la lectura de las imágenes, su contexto y su significado, tanto o más que la impresión que nos suscita la visión. Walter Benjamin acuñó  el controvertido concepto de aura, el prestigio de la lejanía, que, coincidiendo con los augurios de Adorno, acabarían durante la producción industrial de los productos en general, y de la fotografía en particular. Esta advertencia debe tomarse con precaución pues hemos comprobado que los objetos fabricados en serie pueden ser también dotados de aura, no solo porque Warhol tomara un bote de detergente para hacer de él un objet d’art, sino porque las marcas en sí mismas se han esforzado en fabricar un aura con el mismo empeño que en la fabricación del producto en sí. Para muchos mitómanos la portada original de un disco ya posee un aura, a pesar de que se vendieran cientos de miles de copias. Es el paso consecuente de las tiradas de grabados en las que cada una de las hojas se considera un original.

Uno de los aspectos fundamentales en el estudio sociológico de la fotografía debe abarcar su distribución y consumo. Se pueden diferenciar, indudablemente, los soportes puesto que ellos determinan la manera en la que pueden ser observadas y disfrutadas. Los soportes digitales aportan una inmediatez entre el disparo y la visión mientras que los soportes basados en el papel fotográficos solían tener un tiempo de espera relacionado con el revelado, normalmente, también, encargado a un agente externo. La inmediatez para compartir archivos digitales a través de servicios de mensajería y las redes sociales permite el consumo de imágenes a escala masiva. Instagram se basa casi exclusivamente en las imágenes. Hasta hace no mucho, la publicación de imágenes comportaba unos gastos, no solo económicos. Además del desembolso a la hora de comprar la publicación, implica una infraestructura específica, exposiciones, libros, revistas… Esta fase de la distribución, consumo y almacenamiento ha cambiado radicalmente. Simplemente con un teléfono móvil con conexión a internet pueden recopilarse millones de fotos, en el dispositivo, en la cámara o en las redes sociales. Listas para ser consumidas y valoradas.

La nostalgia en las redes sociales se concreta en muchísimas publicaciones relacionadas con objetos y recuerdos y se organizan grupos para compartir fotografías antiguas de las distintas localidades. La labor de sus administradores y de sus integrantes es encomiable. Están sacando a la luz una cantidad ingente de material que podría perderse si siguieran en manos particulares. La digitalización de estos materiales se está haciendo de manera individual y altruista, sin protección pública. Es cierto que a veces se hace de manera poco profesional, sin acreditar y con poca calidad. Aun así tenemos a nuestra disposición un archivo enorme.

La recuperación de estas imágenes ayuda a la conservación  de un patrimonio y a poner en común una memoria colectiva. La significación de estas fotografías está evidenciada en los comentarios, que, por su parte, ayudan identificando los personajes y las fechas. Es una labor masiva de individuos concretos que bucean en estos fondos para sacar a la luz un pasado particular que se convierte en un marco general para la memoria colectiva.

Cuando se descubrió la célebre maleta de negativos de Robert Capa que se creía perdida después de la Guerra Civil, todos pudimos asistir a la revelación de un secreto, a la ceremonia de una fuente histórica de primer orden que, además, estaba dotada de una sensibilidad estética y un compromiso que pesaban tanto como los documentos en sí. Poco a poco todos estos administradores de grupos, todos los colaboradores y todos los que comparten y comentan ayudan a que maletas de negativos desconocidos se vayan perdiendo.

Gracias a estas colecciones se tiene material para documentar los cambios urbanísticos. Las costumbres. Hay fotografías temáticas de futbolistas, maestros, de paisajes, monumentos. Hay documentos gráficos muy valiosos en sí mismos porque ofrecen vistas de procesos de cambios urbanísticos justo en el momento en el que se produjeron. Ayudan a poner caras a los rostros que tenemos asociados a una infancia que quizás no fuera la nuestra, sino la de nuestros ancestros.

A veces estos fondos documentales gráficos sirven para una publicación en papel. Una publicación convencional que luego tiene que ser puesta a disposición del público por los canales habituales y que exigen un desembolso de los particulares y, normalmente, de algún tipo de institución, como los ayuntamientos o las extintas Cajas de Ahorros. Mientras tanto, agradezcamos la labor de subir a las redes las fotografías de un tiempo pasado, ese que conforma la memoria y la identidad, en el que nos sentimos a la vez, cómodos y extraños, dentro y fuera, curiosos y protagonistas.

Son materiales históricos, antropológicos dignos de un celo mayor por parte de las autoridades. Tampoco conviene olvidar que todos esos materiales pertenecen a las redes que usamos para compartirlos. Y que, además, todo lo que subamos ahora de nuestra realidad cotidiana no contará con esos celosos guardianes que rebuscan en cajas de lata, escanean y comparten. Todo estará ahí arriba, en los novísimos soportes que dependen de la tecnología para ser contemplados. Para la fotografía convencional en papel un poco de luz era suficiente. El cierre de la popular aplicación Tuenti hace unos años supuso un pequeño terremoto para las memorias de muchos adolescentes y jóvenes, ahora no tanto, que perdieron sus recuerdos por el descuido de no almacenarlos en otros soportes. Quizá sean los archiveros quienes son más conscientes de la dificultad para conservar unos documentos que dependen tanto de la tecnología, efímera cada vez más, incompatible entre equipos, demasiado popular como para ser tenida en consideración seria.

lunes, 28 de diciembre de 2020

La utopía futura del pasado (y II)

Se suele concebir la utopía como un espíritu político caracterizado por una pretensión ilusa e irrealizable. Literalmente, sabemos, que se trata de un no-lugar, no de la imposibilidad de lugar. Los revolucionarios utópicos siempre han pretendido traer el cielo a este mundo. Si bien Tomas Moro la situaba como una isla perdida, a menudo se ha tratado de un paraíso perdido al que volver como hijos pródigos. Lo interesante de la cuestión es que no se trata de volver al pasado como tal, sino de una reinterpretación, un aggiornamento. El caso quizás más llamativo es el nacionalismo. Según las propias narrativas la construcción nacional no se trata de crear un edificio desde un plano, con buenos cimientos y materiales nuevos, siempre se justifica como una renovación de unas ruinas. El bucle melancólico del que hablaba Jon Juaristi. Podríamos discutir si la nación es preexistente o si es fruto de la unión administrativa, que fuera hija del Estado, pero no deja de ser básico el retorno al pasado. “Los andaluces queremos / volver a ser lo que fuimos” dice el himno de Andalucía creado por Blas Infante. “La bandera blanca y verde / vuelve tras siglos de guerra”, canta en otra estrofa, cuando precisamente es Blas Infante quien ha creado la bandera, el escudo y el himno. La bandera justifica sus colores como un retorno de lo Omeya, en la insignia, que es el término que Blas Infante utiliza, conviven el Hércules griego con las dos columnas y el león, con el lema en latín “Plus ultra”. Se aúnan las tradiciones grecolatinas y árabe para un nuevo proyecto político.

Incluso el famoso Neuordnung, el Nuevo Orden, en su delirio, no pretende ser otra cosa que la restauración de la dignidad perdida para la Raza Aria, a pesar de la propia denominación. El Imperio (Reich) es el motor del imaginario político, como lo fue para Carlomagno o para Napoleón. Otros momentos estelares para abanderar es el famoso Motín del Té que inició la revuelta de las 13 colonias contra Gran Bretaña. El Boston Tea Party enarboló el lema “no taxation without representation” que fue retomado por un ala importante del Partido Republicano, con un importante componente libertario que chocó en no pocas ocasiones con el conservadurismo moral del establishment del partido. A pesar de ser literalmente un partido reaccionario en el sentido de que actúa como reacción ante las políticas del bienestar encarnadas por los demócratas, los modos y las pretensiones pretenden una nueva relación del ciudadano con el Estado. Y se ha aprovechado bien desde el neoliberalismo. Si se asumía que el Estado era garante de una serie de derechos, se deja de considerar a la administración pública como suministradora de esos derechos. El cheque escolar es un buen ejemplo. Se le descarga al Estado de la obligación de crear y dotar escuelas, esa labor puede ser asumida desde la empresa privada. Para garantizar el acceso universal a la educación basta con un cheque escolar que sufrague los gastos mínimos y que cada familia pueda, libremente, contribuir a la formación eligiendo el centro educativo y completando los gastos pertinentes. Las consecuencias de esta línea de pensamiento están muy lejos de ser asumidas en la actualidad por el mundo occidental, pero sigue siendo llamativo recurrir a un hecho fundamental para la nación americana para justificarlo.

Los nuevos movimientos sociales y políticos llevan con orgullo recuperar las asambleas ciudadanas. El 15M, el movimiento occupy, son indudablemente nuevas prácticas. No son las sentadas de los años 60, ni las marchas como la que sobre Washington lideró Martin Luther King (quien, por cierto, desde la cárcel también señaló el ejemplo del Motín del Té de Boston para justificar la desobediencia civil). Las convocatorias, a menudo, son virtuales, casi instantáneas para burlar los infiltrados de la policía y las fuerzas represoras. Para las manifestaciones del independentismo catalán se utilizó la mensajería instantánea con fotografías de instrucciones escritas en un papel, que resultan ilegibles para los algoritmos, y luego borradas, destruidas…  Sin embargo, late en todas estas manifestaciones, el horizonte añorado de la democracia ateniense. Precisamente José Luis Moreno Pestaña acaba de publicar un interesantísimo volumen en el que analiza qué podemos, todavía, aprender del funcionamiento de la democracia ateniense. Oportunamente se titula Retorno a Atenas, porque “solo desde el retorno a Atenas podremos hablar del final del siglo XX y de nuestro presente en el XXI”.

 

Bergua, José Ángel (dir.); Carretero, Enrique; Báez, Juan Miguel y Pac, David (2016). Creatividad. Números e imaginarios. Madrid: CIS.

Bueno, Gustavo (2088): El mito de la derecha. Madrid. Ediciones Martínez Roca.

Fernández Ramos, José Carlos (2017). Leviathan y la cueva de la Nada. Barcelona: Anthropos.

Infante, Blas (2015). El Ideal Andaluz. Sevilla. Fundación Centro de Estudios Andaluces. Original 1915.

Juaristi, Jon (1997): El bucle melancólico. Historias de nacionalistas vascos. Madrid. Espasa.

Moreno Pestaña, José Luis (2019). Retorno a Atenas. La democracia como principio antioligárquico. Madrid, Siglo XXI.

Sloterdijk, Peter (2017). Ira y tiempo. Madrid. Siruela. Traducción de Mario Wenning

domingo, 27 de diciembre de 2020

La utopía futura del pasado (I)

Los estudios sobre la creatividad siempre han discurrido por senderos mestizos. Se mezclan elementos psicológicos, sociológicos, incluso místicos. Una extraña conexión con algo que no logramos entender propicia que nos adentremos en los territorios de la poesía, la auténtica poiesis, creación. Los intentos por darle un estatuto científico a los estudios sobre la creación son relativamente recientes, aun así, se resisten a la cuantificación siquiera en sus aspectos más economicistas. Hay que reconocer el intento pionero del  equipo liderado por José Ángel Bergua para dotar de contenido sociológico a un asunto tan escurridizo por definición. Uno de los elementos más destacables de su propuesta es la de prestar los oídos a los procesos creativos que realmente se llevan a cabo. Escuchar, atender y tomar en serio los discursos de quienes hacen de la creatividad una profesión, los imaginarios frente a lo cuantitativo.

                En cuanto a la política, los imaginarios son también escurridizos. Son susceptibles de ser analizadas tanto las propuestas teóricas como las prácticas concretas. La imbricación entre teoría y praxis es una vieja conocida para los sociólogos, y resulta imprescindible para cualquier acercamiento descriptivo o interpretativo. Como en otros campos, la creatividad oscila entre una interpretación de lo existente y la inclusión de nuevos elementos. No siempre se trata de inventar algo, a veces, ser creativo consiste en reinterpretar lo que ya se conocía de antemano, lo disponible. La tradición, como bien recoge Sloterdijk, no repite el pasado inalterable, tiene que asumirlo y añadir algo, transformar algún detalle que lo enriquezca. Un acto que pertenezca a la tradición no repite año tras año la misma festividad, sino que se procura ser mejor que el año anterior, con más fastos, con mayor número de personas… todo sin perder la identidad básica. En efecto, la creación artística hasta el romanticismo no pretendía sino hacerse merecedores de una tradición. Solo a partir de la exaltación del genio individual (sea persona o pueblo) del romanticismo decimonónico se pueden entender las rupturas adánicas de las vanguardias de principios del siglo XX en las que el valor de la obra no se sustentaba en su perfección formal o en el uso de los elementos tradicionales, sino en que fuera la única, la primera, la génesis de un nuevo género… Si no puedes ser mejor, al menos sé único, parece que se entendió de los textos de Rousseau. La creación artística, la innovación científica olvidaron la máxima atribuida a Newton de ser enanos subidos a hombros de gigantes. En realidad, la frase pertenece a Bernardo de Chartres, conocido a través de Juan de Salisbury.

En el ámbito político, el recurso al pasado no es patrimonio exclusivo del pensamiento conservador. A pesar de lo que sostienen algunos pensadores, como Gustavo Bueno, el conservadurismo no es el pensamiento establecido contra el que se alza la revolución. Al contrario, Benjamin Constant, Joseph de Maistre o Louis De Bonald son un subproducto de la Revolución Francesa, admiten aquellos cambios legislativos imprescindibles para el desarrollo de la actividad económica y política de la burguesía, pero añoran el mundo estable y predecible, de claridad delimitadora en la jerarquía social y en las costumbres. Abominan de los cambios bruscos y están abrumados de las consecuencias sangrientas e impredecibles del régimen jacobino.

Partiendo de esta base no deja de ser llamativa la recurrencia al pasado como fuente de, legitimidad por un lado y de creación por otro. En muchas culturas no se concibe la creación sino como un acto de actualización, o de recuperación de un paraíso perdido. El mismo concepto de “regeneración” que tanto éxito ha tenido en la política española desde la crisis de la Restauración, otro elemento también llamativo. Las nuevas formas políticas se presentan como una vuelta a los orígenes. Al principio no fue el caos, el caos es la degeneración actual de aquellos principios.

Numerosas ideologías políticas también han situado una Arcadia en el pasado mítico. Muchas vueltas le han dado los antropólogos al  matriarcado inicial para justificar una ruptura traumática que hay que volver a sanar. Pero quizás el ejemplo más evidente del pasado como creación es el Estado de Naturaleza. Esta ficción sobre la fundación de la sociedad ha tenido una poderosísima influencia en el pensamiento político desde posturas, en principio antitéticas como las de Hobbes o Rousseau. José Carlos Fernández Ramos en Leviathan y la cueva de la Nada desmontó a conciencia esta ficción pre-estatal y precisamente, en su evidente desafío a la lógica y a la historia, radica su potencialidad como imaginario. Hobbes, como Milton, añoraron un paraíso que los vaivenes de una época turbulenta hacían idílico. Retomar el orden como inicio de un contrato social entre el monarca y sus súbitos solo funciona si dentro de éstos resuena una época de tranquilidad y seguridad a la que añorar. Cuando Rousseau es rechazado por la sociedad de París prefiere culpar a una sociedad enferma de hipocresía antes que reconocer su incapacidad para la vida en común. Borrar lo que la sociedad ha edificado para empezar a construir un contrato obviando la cláusula inicial de la propiedad como sagrado es su intención revolucionaria.

No solo los conservadores. Incluso cuando se crea un nuevo régimen lo que se intenta es volver al pasado. En las Cortes de Cádiz de 1812 se aprueba una constitución que significa de facto y de derecho el fin del Antiguo Régimen, la abolición de la servidumbre y la instauración del régimen jurídico de propiedad individual, se acaban de eliminar los señoríos y el rey tiene que compartir el poder, es inviolable, pero también irresponsable. En su preámbulo leemos:

En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo autor y supremo legislador de la sociedad.

Las Cortes generales y extraordinarias de la Nación española, bien convencidas, después del más detenido examen y madura deliberación, de que las antiguas leyes fundamentales de esta Monarquía, acompañadas de las oportunas providencias y precauciones, que aseguren de un modo estable y permanente su entero cumplimiento, podrán llenar debidamente el grande objeto de promover la gloria, la prosperidad y el bien de toda la Nación, decretan la siguiente Constitución política para el buen gobierno y recta administración del Estado.

No solo es el recurso a Dios como supremo legislador, que es el esquema de poder del absolutismo, es la pretensión de simplemente hacer “las oportunas providencias y precauciones” a las “antiguas leyes fundamentales”. Los diputados liberales podían haber planteado una ruptura radical, de raíz, contaban con el apoyo del pueblo de Cádiz que jaleaba a unos mientras pateaba las intervenciones conservadoras de los serviles. No es una mera cuestión de prudencia, es el convencimiento de que el régimen político debe ser eterno y la labor legislativa debe consistir en la actualización para conservarlo. La creación como vuelta al pasado.

 

martes, 21 de julio de 2020

Ascensión y caída del biopoder (y III)


El reverso tenebroso está surgiendo de la propia comunidad. Los comportamientos disciplinarios que se ejercen desde los propios sujetos encaramados a sus balcones, insultando o gritando a quienes, por una razón plausible o por otra, atraviesan la calle. Se pide mayor contundencia y la policía de los balcones ejerce su poder de turba y linchamiento. Si el Estado quería que nos controlásemos nosotros mismos, salpican las calles pequeños conatos fascistas con el beneplácito de los medios de comunicación que también dedican su tiempo específico a descalificar a los “desalmados” que aún se niegan al confinamiento.
Quizás los desarrollos teóricos de Roberto Esposito puedan aportar algún tipo de claridad en estas aporías de la inmunidad de la comunidad. Este pensador italiano plantea una reinterpretación de la etimología de la comunidad, la gemeinschaft, para los filósofos y sociólogos germanos y para gran parte de la escuela francesa clásica de sociología, venía a representar la esencia común, la identidad común a la que se pertenece. No se entiende el sujeto sino como parte de una comunidad que lo sitúa y le da sentido. Esposito prefiere entenderla como el ser mismo de la relación, de la misma forma que Bruno Latour defendía repensar lo social no como algo dado, sino como el conjunto de conexiones. En esta reversión de los significados, la communitas implicaría la compartición de un munus, término que implica tanto un don como una obligación. El compartir supone, en primer lugar la obligación de donar-se, es decir, la pérdida de la identidad propia.
El término espejo sería, para Esposito, la inmunidad. La inmunización es una técnica de protección de la vida mediante la exposición a aquello que lo niega. Pequeñas dosis de lo que, en dosis mayores llevaría a la muerte. Conecta inevitablemente con la manera en que Derrida leía la farmacia, el pharmakon, a la vez veneno y antídoto. La connotación ontológica y política de la inmunidad es el reverso de la comunidad. La inmunización busca, si no se puede prevenir el contagio, al menos, estar preparado para superarlo. La inmunización pone de relieve la tendencia a evitar la vida en común, esa obligación común, tan necesaria para la modernidad tras la revolución demográfica. Esposito pretende, de este modo, superar la dicotomía de la biopolítica foucaltiana de forma que se incluya los aspectos positivos y negativos del poder. El poder afirma la vida con lo que tiene de negación.
Si la communitas es aquello que liga a sus miembros en un empeño donativo del uno al otro, la immunitas, por el contrario, es aquello que libra de esta carga, que exonera de este peso. […]He aquí la contradicción que he intentado poner de relieve en mis trabajos: aquello que salvaguarda el cuerpo —individual, social, político— es también lo que al mismo tiempo impide su desarrollo. Y aquello que también, sobrepasando cierto umbral, amenaza con destruirlo. […] Si la inmunidad tiende a encerrar nuestra existencia en círculos, o recintos, no comunicados entre sí, la comunidad, más que ser un cerco mayor que el que los comprende, es el pasaje que, cortando las líneas del confín, vuelve a mezclar la experiencia humana liberándola de su obsesión por la seguridad. (Roberto Espósito)
Goza este paradigma de la seducción de las etimologías, sin embargo, presenta algunas aristas problemáticas. En primer lugar, porque la exposición a lo negativo es imprescindible para la inmunización. Nadie nace inmune, nos hacemos inmunes mediante la exposición al peligro que tiene el Otro. Aunque sea en pequeñas dosis.
Otra cuestión es la noción de inmunidad comunitaria, es decir, la protección de la comunidad entera tras un periodo de contagio masivo controlado, por ejemplo, mediante las vacunas. A partir de ese punto de no retorno, no es necesario escabullirse de lo común, puesto que es la comunidad en su devenir, la que está protegida ante ese peligro, ya sea de carácter vírico o de cualquier otra índole social. Las vacunas son un instrumento biopolítico de control social indiscutible pero permite el desarrollo de la comunidad sin el peligro.
La comunidad solo es posible en tiempos de amenaza violenta, dice Esposito, dando la razón a los teóricos de la creación de Estados, aprendiendo de Otto von Bismark que ratificó la unificación de Alemania gracias a la guerra franco-prusiana. La amenaza es, como sospechamos, siempre permanente, solo hay que identificarla para que se active el mecanismo del imaginario social. Pero también es cierto que la amenaza violenta puede destrozar los lazos comunitarios sembrando el miedo al prójimo, la desconfianza y la lucha por el control de los bienes esenciales. Los conatos de desórdenes se irán, probablemente intensificando a medida que el confinamiento y la paralización económica se extiendan y comiencen a notarse de forma más cruda las desigualdades sociales y las necesidades se hagan imperiosas. El fantasma del estado de Naturaleza fundador del Estado hobbesiano recorre no solo Europa. Sin embargo, aquel se fundaba en la respuesta ante la guerra de todos contra todos asumida como elemento primordial de las relaciones entre individuos. El Estado ofrecía seguridad a cambio de obediencia. En cambio, durante la pandemia el Estado no puede garantizar la seguridad ante el virus mediante la obediencia, por mucho que se esfuerce en prometerlo. Ahora el Estado confía en las inercias de los individuos frente a la paz social. Mediante la disciplina del biopoder aumenta su control, pero el ansia de protección queda frustrada. Como bien resume Juan Domingo Sánchez Estop: “Estado ya no produce paz ni seguridad, sino que vive de la renta que es capaz de extraer a la cooperación social”.
No deja de ser curioso el eslogan que utiliza el gobierno de España, el hashtag “este virus lo paramos unidos” encierra una contradicción, nunca mejor dicho. Para “vencer” al virus debemos permanecer aislados. La solidaridad como sociedad no viene, esta vez, del estar-juntos, como diría Maffesoli, sino de sentir-juntos pero cada uno en su hogar, separados por la llamada “distancia social” que evite la transmisión del coronavirus. Todos somos sospechosos, y como todos somos sospechosos de ser portadores, la solidaridad pasa por aislarnos. Respiraremos juntos, pero no la misma atmósfera. Los estados no solo de euforia, sino de afecto quedarán sometidos a una disciplina hierática de precaución y distancia. Tendremos que disciplinarnos con estas tecnologías, que, por primera vez en la historia, incluirán dispositivos digitales a los que no se puede engañar fácilmente, geolocalización y aplicaciones que pueden señalar a las autoridades si estamos donde debiéramos estar y con quienes debiéramos estar. El Corona-app es el instrumento que se está utilizando en Corea ya en esta pandemia. Aprendieron con el Sars-2 y en este caso han conseguido una respuesta mucho más efectiva, reduciendo el número de contagiados y de fallecidos. Podríamos decir que tuvieron un ensayo general para prevenir los planes ante la pandemia.
En la cuarta semana de confinamiento por el estado de alarma, el gobierno de España plantea la posibilidad del confinamiento aislado de quienes son enfermos asintomáticos en pabellones, hoteles o en hospitales. Esto supondría un paso más allá en el biopoder resituando el escenario en lugares ajenos. Una completa disposición de los cuerpos, que no solo incluirían los hechos (las cárceles), sino también los sentires y pensamientos (asilos mentales) sino incluso el no hacer o planear (aislamiento de asintomáticos). No puedo sino recordar al Marqués de Sade, quien, en una carta a Gaufridy, se preguntaba: "¿Debemos permitir que alguien castigue nuestros pensamientos? Sólo Dios, que es el único que los conoce de verdad, tiene tal derecho”. Lo que se está amenazando es con controlar no solo los pensamientos, también el no tener síntomas.
Según Foucault, las relaciones del poder con el cuerpo comienzan por el castigo corporal. En la sociedad de soberanía el Poder es capaz de provocar el sufrimiento físico hasta la muerte. A medida que fueron creciendo las sociedades tuvo forzosamente que pasar a un régimen de visibilidad en torno a una distribución de los cuerpos en el espacio, talleres, escuelas, manicomios y prisiones. Estos métodos son micro y garantizan una sujeción constante. El Panóptico es la utopía de esta territorialización de los cuerpos y las prácticas, control y clasificación a través del Saber, designando lo normal y lo patológico. En la segunda fase, el poder sobre la vida intensifica las capacidades de esta. El arte de gobernar pasa a ser el arte de procurar el bienestar de los pueblos, comenzando por la gestión de la mortalidad, aumentando la duración de la vida y el nivel de salud. El concepto de policía, mucho más totalizador e individualizante incluye el aspecto controlador (lo que antes se denominaba urbanidad) y un aspecto reconfortante, incluyendo limpieza higiene y salud. Los aparatos del estado obligan a garantizar la salud. Se medicaliza la sociedad. El dispositivo de sexualidad y del cuidado de sí son los ejemplos canónicos porque hace que los hombres se construyan a sí mismos. Así, el conocimiento objetivo que producen estas técnicas permite ejercer el gobierno sobre los hombres entre sí y con respecto a sí mismos. Es cuando el sujeto se crea, en todos los sentidos.
Lo fascinante del concepto foucaltiano de dispositivo es su heterogeneidad, ya que incluye discursos, incluidos los científicos y morales, las leyes e instituciones que deciden lo que se dice y lo que no. Actúa en red y está en continua variación, y puede, aplicarse de un modo y su contrario, la llamada “polivalencia táctica de los discursos”. Aunque se perpetúa en el tiempo, tiene una dimensión histórica, por mucho que sus componentes se sumerjan en distintos puntos del pasado, concurriendo como los materiales que se incorporan al río desde la corriente principal o sus afluentes. Esto no quiere decir que sean inmunes al acontecimiento, como las posteriores puntualizaciones de Deleuze ilustran. El dispositivo afecta, entre otros frentes, a la visibilidad o invisibilidad. En los medios se está mostrando una cara amable del confinamiento, resaltando la solidaridad, el humor y la resignación de la mayor parte de la población mientras que se demoniza a una minoría que se salta las normas. Un pequeño chivo expiatorio para que lavemos nuestras culpas mientras nos lavamos las manos. Con la mentalidad de una máquina de combate, se evitan noticias que puedan desmoralizar a la tropa, se demoniza a los derrotistas y se eligen las tragedias que se pueden mostrar en cámara. La reclusión/represión es también creadora. El encierro que está siendo una fuente de producción audiovisual, vídeos caseros, canciones, reflexiones, monólogos, conciertos en reclusión… Pueden llenar horas enteras de programación televisiva en los que se (re)crea la verdad del confinamiento privado. Sin embargo, en los medios de comunicación no se habla de los que dependen de las drogas ilegales, bien porque las consumen o porque es su pobre medio de vida, ni de quienes se dedican a la prostitución, ni otros problemas que se suceden durante la cuarentena. No se hace hincapié, como en otras catástrofes, en la sucesión de tragedias particulares. Ni las muertes, ni las quiebras económicas o emocionales, ni los sueños quebrados.
Si el hecho de ser interpelado, se conteste o no, ya es un signo de esclavitud, ¿cómo escapar? El silencio no es una opción puesto que se controlarán la temperatura y se utilizarán tests rápidos que harán hablar a los cuerpos con la biotecnología. Quizás, a pesar de los errores de cálculos de Agamben, nos estemos introduciendo cada vez más violentamente en una sociedad disciplinaria que está en vías de conseguir la pastoral panóptica.
Así han parecido entenderlo muchos sectores ultraconservadores, comenzando por las proclamas del presidente Trump a liberar Virginia, Michigan o Minnesota y acabando con las protestas de los Cayetanos en el barrio de Salamanca de Madrid. Todos estos movimientos venden la legitimidad basada en la libertad individual frente al poder del Estado. Entienden que el biopoder es la fuente del comunismo y prefieren una concepción darwinista de la sociedad en la que, por el bien de la comunidad, se han de sacrificar a los más débiles, seguros de que son ancianos o minorías. Precisamente parece que el covid19 se ceba en los barrios más pobres, aunque no se frena en ellos y se extiende por todo el país. Estados Unidos es, por ahora, el más afectado en número de contagiados y de víctimas, teniendo en cuenta, además, la distribución de su población que deja grandes vacíos demográficos en el medio oeste. El siguiente país, Brasil, también ha optado por una perversión de la respuesta a la pandemia. Sin embargo, en lugar de abanderar la libertad individual, Jail Bolsonario se suma al negacionismo, cesando o haciendo dimitir, a los responsables de salud. El Estado abandona, si alguna vez tuvo, la obligación de velar por la seguridad del ciudadano. Bolsonaro ejemplifica la negación discursiva del biopoder mientras que aprovecha la pandemia para reestructurar demográficamente el país. Trump y el resto de la alt-right oscilan entre el discurso negacionista y el libertario dando lugar a incongruencias cuyo único objetivo parece ser atacar a los gobiernos, como el de coalición PSOE-Unidas Podemos, tanto por su dejación de funciones como por el autoritarismo en la respuesta.
Habida cuenta de la cesión voluntaria de datos de todo tipo (preferencias, biomédicos, ideológicos, geolocalización) que cedemos a las aplicaciones tecnológicas no deja de ser algo alarmista, incluso ridículo, acusar a los Estados de pretender ser el Gran Hermano aprovechando el covid19. Sobre todo si prevemos el estado ruinoso en el que van a quedar las arcas públicas y grandes capas de la población sobre las que habrá que tener más atenciones que control de cuerpos, especialmente si se quieren evitar disturbios y caos.

lunes, 20 de julio de 2020

Ascensión y caída del biopoder (II)


Acto III
Y en ese ínterin llegó el coronavirus. Al principio parecía lejano y las sociedades occidentales oscilaban entre el catastrofismo mediático y las llamadas a la calma. Cuando aparecieron los primeros casos en Italia o España, las autoridades parecían seguir el guion de las autoridades en las películas de catástrofes de los años 70, ante todo mantener la calma y no provocar el pánico en la población. Aun así se acabaron las reservas de papel higiénico, lejía y alcohol desinfectante, en más de una cadena de supermercados. Sin embargo, la escalada logarítmica de contagios no podía seguir la misma lógica que en la provincia de Wuhan. Allí solo podían contagiarse de los que vivían en la región, en cambio, en Europa, el contagio se produce desde los que viajaron a China a los que tuvieron contacto con esos viajeros, ya pertenecieran a un país de Oriente como a otro Europeo. Desde Italia se ha podido contagiar a parte de la población de Francia, o de Alemania, o de Libia… y todos estos pueden aparecer por Madrid. Las sucesiones en progresión logarítmica son el resultado de multiplicarse los nódulos de contacto hasta que la OMS decretó la pandemia.
Cada país ha ido optando por soluciones diversas, especialmente dos con variantes. La primera es la del confinamiento para controlar la difusión del virus y no colapsar el sistema sanitario. De una forma más rígida o más comedida, los países de la Unión Europea han optado por esta. En especial Italia y España. Otros, como el Reino Unido en un primer momento, Suecia o Estados Unidos, han preferido optar por un enfoque econométrico y aceptar que sus intereses van más allá de lo inmediato, que es el problema de salud, y mirar hacia la guerra económica. Asumen un alto porcentaje de muertes a cambio de que la actividad económica no se resienta. Sin embargo, tanto unos como otros parecen vueltos hacia el keynesianismo de alguna forma. Para lidiar con la catástrofe hay que recurrir a la intervención del Estado en el sector productivo y en los intercambios, en la financiación, y si es necesario, en el bloqueo de fronteras y el confinamiento.
En realidad, este 2020 está resultando ser el Gran Confinamiento con más propiedad que el acuñado por Foucault para la locura en la época clásica, con el gran antecedente de la Peste Negra. Quizás todos estemos locos, o lo acabemos estando entre las paredes de nuestro hogar –quienes lo tenemos–. Quizás la estrategia es la transferencia total del control sobre los cuerpos sobre cada individuo. Transferencia, que no independencia. Todos seguimos las instrucciones de las autoridades sanitarias. Es por nuestro bien, por nuestra supervivencia.
La cuestión es que las condiciones son mucho más duras en esta situación de crisis. La consigna es una metáfora bélica, al menos, en España. Esto es una guerra, los sanitarios son soldados… Todos tenemos que contribuir a la victoria. Venceremos. Además de las implicaciones de la metáfora (que brillantemente comentaron Santiago Alba Rico y Yayo Herrero), la realidad palpable es la aplicación solemne de los principios del Poder en el Antiguo Régimen, la aplicación del monopolio legítimo de la violencia, la policía patrullando y el ejército por las calles. Hobbes fue el resultado de la gran convulsión de los tiempos de Cromwell y la Guerra Civil. El Estado Absoluto se activa con la aparición del peligro hacia su integridad. El Estado nace del estado de excepción, que suspende la ley sin salirse de ella. El Estado de derecho es la continuación de la excepción por otros medios.
Esta situación es la superposición de ambas concepciones del poder. La antigua concepción del poder de hacer matar con la nueva del hacer vivir. Y, a diferencia del Antiguo Régimen, el Estado posee ahora mucha más efectividad, mejores y mayores recursos y tecnologías para acceder al control de los cuerpos y a la información que ellos proporcionan a través de la cual pueden moldearlos. Se baraja la utilización de los datos de geolocalización de los móviles para comprobar la efectividad del confinamiento.
La lucha por el control de la información está demostrando ser un duelo del saber/poder. No tanto porque el conocimiento sea poder, sino porque el poder deviene de la autoridad del conocimiento. El líder de la oposición, Pablo Casado acusaba sin sonrojarse al jefe del Ejecutivo de parapetarse en los científicos en lugar de asumir el liderazgo de la situación. Probablemente el presidente del Partido Popular no se refiera a las críticas de la sociología del conocimiento ni sea un nietzscheano que desconfíe de la ciencia. No es un filósofo posmoderno que sostenga que la verdad sea un constructo definido por los ganadores. Lo que pone de manifiesto es la lucha por el control político y, quizás, un rango de ciencia que habría de escoger entre las relacionadas con la medicina y la biología con la estadística y la economía.
Pero, como sostenía Foucault, el poder es el poder sobre los cuerpos. Sin embargo, no es el poder quien controla los cuerpos, el poder fabrica los cuerpos. En los tiempos de la pandemia la fabricación de los cuerpos incluye extensiones tecnológicas mucho más sofisticadas. Las conexiones digitales ya son suficientemente creadoras/represoras antes de la utilización de los dispositivos de control de la salud. El flujo de información va parejo al flujo de los deseos que se materializan o continúan en las pantallas. De este poder creador se nutren las decisiones de los Estados en los momentos de la pandemia. Ya no se trata, dice Paul Preciado, de la obsesión por la pureza de sangre, o de la raza, no se trata de la preservación de la virtud frente a la sífilis. Ahora estamos en una sociedad digital y el control de los cuerpos se hace a través de los dispositivos. Cuando decimos control decimos creación. No se trata de la regulación por instituciones disciplinarias, al contrario, se trata de la hipermedicalización somática y psicológica. La epidemia mundial acelera el proceso. Deleuze pudo actualizar las tecnologías de control más allá de lo que Foucault pudo atisbar antes de su muerte. Las nuevas máquinas están mucho más perfeccionadas y son a la vez indicio y producción de ese biocontrol, máquinas de un tercer tipo:
En el régimen hospitalario, la nueva medicina «sin médicos ni enfermos» que localiza enfermos potenciales y grupos de riesgo, y que en absoluto indica un progreso en la individuación como a menudo se dice, sino que sustituye el cuerpo individual o numérico por una materia “dividual” cifrada que es preciso controlar. (Deleuze)
Agamben situó el estado de excepción como el eje en el que el Estado queda evidenciado sin mediaciones sobre la vida y la muerte de los ciudadanos. Él aventuraba que el estado de excepción se volvería la regla de la política contemporánea. Su modelo-espejo era el de los campos de concentración. El temor al autoritarismo quizás le haya forzado a desconfiar sobre la epidemia y a errar completamente en los cálculos de alcance del coronavirus, desprestigiando su opinión en esta crisis.
Es también muy interesante cómo la población está aceptando las medidas dictadas desde el gobierno. Al margen de usarlo como arma política para desprestigiar al gobierno, la mayoría de la población está asumiendo la postura e haciendo interno el control para no salir de las casas. No todo el mundo, no todo el tiempo. En los primeros momentos, cuando se establecía el decreto de alarma y el confinamiento. No fueron pocos los que decidieron huir de las grandes ciudades, especialmente de Madrid, para refugiarse en segundas residencias o reunirse con las familias, en el caso de los estudiantes y desplazados. Quizás esta migración fuera tan decisiva como las concentraciones previas de manifestaciones y actos públicos. Algunos, principalmente, desde el espectro de la derecha, solicitaban el cierre de fronteras haciendo gala de la política xenófoba. El president Torra solicitaba el confinamiento de Catalunya para, con la excusa de prevenir la propagación del coronavirus, se formalizara de facto la independencia que llevan ansiando los nacionalistas. A diferencia de otras pandemias, como la del SIDA en los años ochenta, o la consideración de los judíos como “sangre sucia”, incluso de los emigrantes para el imaginario de los países del Primer Mundo, en el caso del coronavirus el enemigo es interno, se conforma en los propios cuerpos. Las fronteras que se establecen entre Estados se convierten en fronteras dentro de los propios individuos. La epidemia está volcando sobre los sujetos (cuerpos) las decisiones que se tomaban como Estados. La pandemia está justificando y legitimando este control.
Se reproducen ahora sobre los cuerpos individuales las políticas de la frontera y las medidas estrictas de confinamiento e inmovilización que como comunidad hemos aplicado durante estos últimos años a migrantes y refugiados —hasta dejarlos fuera de toda comunidad—. Durante años los tuvimos en el limbo de los centros de retención. Ahora somos nosotros los que vivimos en el limbo del centro de retención de nuestras propias casas. (Paul Preciado)
En un paso más allá de la gestión de la peste, que conocemos gracias al Decamerón o que sufrió el pobre Romeo cuando su enlace, Fray Lorenzo, es apartado por la sospecha de venir de una ciudad con la peste; el confinamiento no es dentro de los muros de una ciudad. El confinamiento es entre las paredes de la propia casa. El siguiente paso es la biovigilancia a través de los test que localicen los casos y prevengan la respuesta sanitaria. La consecuencia, según Paul Preciado es la conversión del cuerpo físico en un cuerpo sin piel. Una nueva subjetividad sin manos, sin moneda, todo ordenado y trabajado desde la red; pagado con tarjeta, sin contacto físico. La casa no es solo el lugar de confinamiento, como la actividad de ocio no es solo el consumo. A través de la sociedad de la información, la casa es el lugar de producción y distribución de bienes y servicios en una “prisión blanda”. Teletrabajo y teleconsumo en una especie de transformación del Cuerpo Sin Órganos, es el sujeto sin cuerpo. Y, sobre todo, y más inquietante, una subjetividad que no se reúne, no se colectiviza.
En la terminología de Sloterdijk, hemos llegado al extremo de la creación de una atmósfera propia. Las mascarillas traspasan el límite de las esferas íntimas para recluirse en elementos autónomos. La lucha por la adquisición de mascarillas está resultando una cuestión de Estado al par que una cuestión de estatus. Las mascarillas habituales, como las que se llevan de manera cotidiana en algunos países del Extremo Oriente, no son tanto una medida de defensa contra un virus exterior como un signo de cortesía hacia los demás. De esta forma, utilizar tanto las tradicionales de tela como las quirúrgicas es más una manera de sentir que se está tomando algún tipo de medidas que una medida eficaz en sí misma. Las mascarillas que protegen realmente del contagio son las FFP2 o FFP3, que, en estos momentos de pandemia, se convierten en un material susceptible de mercado negro mientras que los sanitarios carecen de ellas. Los equipos de protección individual o EPI son muy escasos. Todo ello dibuja un panorama de microatmósferas en las que cada individuo respira su propio aire, se contagia de sí mismo con la ilusión de mantener las fronteras de su propio cuerpo a salvo. Miles de microatmósferas en burbujas que se mueven en oleadas minúsculas por las restricciones del movimiento de la población.
Los hikikomoris son adolescentes japoneses que se confinan voluntariamente en sus cuartos para evitar los contactos sociales de los cuerpos mientras que, gracias a las tecnologías digitales pueden desarrollar una vida social virtual. Estos eremitas del siglo XXI han sido la avanzadilla para este confinamiento. Somos, en palabras de Juan Irigoyen, hikikomoris obligatorios. Después de la República Independiente de tu casa, llega el hábitat atómizado e higienizado del hogar. Un paso más en la reducción de la vida social y el aún mayor declive del espacio público –el automóvil fue otra avanzadilla, pero en esta fase se sacrifica la movilidad del individuo.
Afortunadamente siempre quedan resistencias. Las comunidades virtuales están apenas funcionando, las redes de solidaridad se van estableciendo, si bien en pequeños detalles y a pequeña escala. Los aplausos a las 20:00 para los sanitarios y personal que se encarga de la protección son una vaga seña de identidad comunal. Una nueva tribu de balcones, programada y limitada en el tiempo. Organizaciones de voluntarios para hacer las compras o entregar medicamentos, solucionar problemas de falta de medios y de pobreza que irán aumentando con la paralización económica. Los ciudadanos están asumiendo que el Estado no va a poder asistir como durante el proyecto del Bienestar se presumía.