miércoles, 6 de abril de 2022

Reseña de Greta Solís: ‘Desgarros’. TerraIgnota. 2020

Desgarros : Solís, Greta: Amazon.es: Libros


Este es el primer poemario de Greta Solís y cuenta con el prólogo de Fernando Nobalbos Sánchez. Nos vamos a encontrar una colección de poemas que van describiendo una opción vital, a veces muy íntima y personal, en ocasiones, plural, casi generacional, en la que las propias contradicciones son asumidas con valentía: “Rayando la locura, amarrada a malos vicios” (Locura). O, en el caso de Pobre muchacha, es la descripción de un personaje: “Si en tu mano estuviera romperías la camisa, / bailarías un fandango, y saltarías, saltarías… / Charcos, mares, océanos”. La dialéctica que se establece con ese Tú tan presente al que recordar, añorar o enfrentarse: “En su sonrisa se ve el fondo del juego / y es la dueña de la tiza” (Linda).

Uno de los temas principales de los poemas es el amor, el deseo inicial, los avatares de la convivencia e incluso los duros finales: “Inercia en los silentes ojos, sin sueños, creados…” (Camisela). Encontramos elementos líricos que engarzan los poemas sin que se pueda entrever un ordenamiento narrativo. Van saltando los sentimientos de soledad (“Que de tus ausencias y tu soledad, epitafio de luna en tus pupilas, / caleidoscopios de un único solar…, ya / se encargó la bruma”, Sacrificio), a la alegría (“Pero sobre todo canta, / Canta victoria sobre mi locura, / contra mi sed y de mi hambre”, La canción). Hay poemas que recrean los inicios, la etapa del enamoramiento en la que el deseo va de la mano de la inexperiencia y el desconocimiento del otro:“¿Por qué me pides un beso? / ¿Por qué me pides entrega en fascículos de mi alma? / ¿Por qué quieres robarme y me quieres vencida?” (El beso); “¿Por qué el erotismo de tus cuadros? / Mercurio, te tomo líquido ante mí” (La entrega). Y también se reflejan los momentos más agrios, las consecuencias de un amor que maltrata, que abandona y que sufre: “Ahí donde la ven, / se enajenó de sí misma, / para gozarse en el paladar del verso, / para alimentarse del sexo de su propia esencia, / para dejar de sentir aquello que la amordazaba… // la nada” (La bruja); “Te vas en cada suspiro malgastado / en los bancos del parque / y los columpios del olvido” (Esperanza);“Agua, / vino derramado en la penumbra / del viento que te habita” (Delirio). Esta dualidad  se entiende mejor en estos versos de un poema precisamente titulado Amor: “Amor, te beatifico. / Eres Santa Pasión. Santa Entrega. / Todopoderoso y esclavista sentimiento”.

Pero, a pesar del desengaño, hay esperanza en los versos de Greta Solís, existe una ilusión entre los desgarros: “Y entre comas, y puntos y aparte, / le metemos algún paréntesis. / para dar sentido a la frase / y que haga menos daño” (La mala comunicación). Entre los versos encontramos una ayuda, un remedio, una defensa: “Ella, usando de escudo la vida” (Ella y él); “Alza los ojos y pide un cuchillo. / NO lo quiere en su carne, / No lo pide en su pecho, / no busca hacer sangre, // –corta mis hilos– la pide” (Los hilos). Incluso tiene la lucidez de comprender cómo todo tiene un zona tenebrosa, un peligro que acecha por mucho que las intenciones vayan en serio: “Te ofrecí un caldito caliente / de esos de restañar heridas y cerrar resfriados, / y al asirlo te quemaste las manos sin piel” (La melancolía). Y por mucho que el paso del tiempo pueda ayudar a la comprensión, a la intimidad mutua: “Solo cepilla su pelo, con la erótica de la que se entregaron y la incomodidad del que lo presencia” (Amor viejo).

Los desgarros del título van en este sentido, en el de resaltar todo lo que puede hacer sufrir una relación, por muy cuidada que esté. Si en un caso “Era ella una loca bestia destetada temprano” (Ella), en otras el riesgo está en la amenaza: “Caro dulce, Caro juego. / Caro caro, el precio del miedo” (Mis niños). Y si bien el amor está contemplado en todas sus caras y matices, dentro y fuera de la familia y el sexo, hay, sin duda una voluntad de ironía y de despecho: “Y en esta noche, / el verbo encorsetado / se desprende del corpiño de puta / tan putas conveniencias” (Las apariencias); “Abraro el nervo del lactante, / la erección del amante, / la entrega del condenado. // Mírame tomar carrerilla, / ese cabrón precipitado… /…/ Salivo un mar negro de violencia y convulsiones. / Y me atrevo. Y lo giro” (Atreverse (excitación)). Casi en forma de aforismo, tiene razón cuando señala que “Utopía tiene nombre de señorona”.

A pesar de todo continúa el amor, aunque suceda de unos amantes a otros: “Y sigues picando en barro. / Pero tu sonrisa le gana al sol” (Nochebuena). O pueda refugiarse en la ilusión (“Asolado páramo donde pernoctar / licántropo de pelo ancho y pluma erecta, / rasgando en jirones mi impaciencia / con inanes colmillos apoyados en mi piel”, En mis sueños) o en la nostalgia (“En algún momento, / el amor fue amor, / y se sentó a mi mesa, / y partió la sandía, / escanció el vino / y me señaló con sus largos dedos / reservando habitación para largo / y desayunamos comiéndonos a besos”, Érase una vez el amor).

La autora juega con distintos tonos y ritmos, por diferentes estrofas y verso libre: “Por saber de tu importancia, / barquitos en el estanque de mi pequeño sueño, / rodara calle abajo cuando apareciste” (Aquel día). Alterna poemas que resultan luminosos (“He creído ver su sonrisa / y resalando por su pecho de plumas blancas / la sangre de mis intenciones / los jirones de mis sueños y / la bondad que me habitaba”, Codicia); otros en los que se resalta la incertidumbre (“Y me dejo flotar, / en esa corriente de agua inventada, / en la que pelea lo caliente y lo frío / y la lo frío lleva ventaja”, El mar y el desierto) o la añoranza (“¡Qué ganas de pronunciarte en el calor / de la cocina de hierro”, Mi yo descreído). Pero, sobre todo hay que destacar la mirada ácida, hiriente de algunos momentos: “Caballero, el acero de tu espada, / mira, pintan bastos, / como mi risa cristalina nace de tu empuje, / y tu acero entre mis piernas, / se vuelve endeble, se tambalea” (La dama).

Me gustaría quedarme con la sensación de esperanza, de reconciliación con el amor y con el futuro tras el sufrimiento. Contraponer los momentos más tristes como “Y yo te espero entre enojos cargada / de fruta fresca para tu sed de sangre” (Tirititero) o “Ahora que agacé las orejas y / danzo alocada por un mendrugo de pan duro  y / una mano lánguida en el lomo” (Sortilegio) con ese espíritu indómito del que hace gala: “Si de mí dependiera, // anhelar sería verbo sagrado, / y en lo oblicuo de un nombre, / la mar no tendría ciénagas, / con su rana y beso /…/ Si de mí dependiera, / todos mis silencios gritarían / en las hojas de té que aborrezco, / y hastiada, / volvería a ser lo que era… // silencio” (Silencio). Aunque “olvidemos caminar” (La maraña), siempre haya un motivo para volver a la pasión y el deseo:

“Subo a este atril, amando…

Ven, declamo con tus alas de amapola

el verso encendido en tu lengua,

antes que mi beso beba su aire.

/…/

Ven, ven….

Susúrrame, jazmín encendido y canela” (Jazmín y canela)

domingo, 3 de abril de 2022

Ideología y utopía, bicicletas y candados (contestación a Jesús Cotta)

No sé qué me ha descuadrado más en el artículo de mi admirado poeta Jesús Cotta. No es que carezca de razón en sus argumentos, sino que encuentro algunas contradicciones y otras elusiones llamativas. Por ejemplo, comienza señalando que las ideologías “dominiantes adolecen de pensamiento utópico”. Las dominantes y las no dominantes, la ideología por definición señala una realidad de la que eliminan los elementos que no cuadran con su “ideal”, se sitúan literalmente fuera de lugar. Por decirlo en palabras del gran sociólogo Karl Mannheim, “toda afirmación es ideológica, incluida esta”.

Las “ideologías dominantes” según Jesús Cotta son “Ecologismo, feminismo, nacionalismo, indigenismo, progresismo, marxismo, anarquismo, animalismo…”. Realmente me sorprende que el anarquismo, por ejemplo, sea una ideología “dominante”, o que el ecologismo y el animalismo sean hegemónicas en un mundo en el que el cambio climático está producido, en una parte sustanciosa, por los residuos de la cría de ganado para el consumo. Y que el ecologismo sea, como mucho, un barniz para vender más. También me asombra que al marxismo, que no se aplica ni siquiera en Cuba o Corea del Norte, pueda aplicársele el adjetivo “dominante”. Viendo los rasgos faciales de los líderes de Iberoamérica tampoco parece que el indigenismo esté ganando la partida. Pero, en fin, lo mismo es que estoy yo empecinado en ver que es el liberalismo la ideología hegemónica, que se cuela hasta en los currículos escolares bajo la capa de la cultura emprendedora.

También me gustaría saber en qué medida cualquiera de estas ideologías propugna el fin de la testosterona o que se engendren solo los sanos. La caricatura tiene su gracia, pero es difícil seguir un razonamiento. He de confesar que el final de las fronteras no me parece mala idea y que la propiedad privada nos está dando muchos disgustos. He de confesar también que no revuelva la conciencia de personas de buen corazón la discriminación que sufren las personas que en su propio país no pueden alcanzar cargos públicos.

Ya le hice notar a Jesús Cotta, que no había incluido el conservadurismo o el liberalismo como ideologías. Porque también suponen una manera particular de ver el mundo, una manera deformada. Para el conservador el hombre es malo por naturaleza, roba bicicletas, por ejemplo, y solo atenderá a un poder cruel que atemorice a los súbditos. El conservador suspira porque se mantengan unas costumbres  y unos valores en un mundo en constante cambio. Eso suena muy poco práctico. ¿Y qué decir del liberalismo? Identificar la propiedad privada con la naturaleza humana, y que la competencia entre los seres humanos sea la esencia de estos es mucho suponer. Soy consciente de que no voy a hacer cambiar de tendencia ideológica a nadie, pero creo que es bastante sensato aceptar que también son ideologías con alto grado de utopismo. Por ejemplo, los liberales piensan que todo se solucionará cuando el Estado deje de intervenir en economía y se libren los ciudadanos de los impuestos. Sabemos que hay muchos fallos en el mercado y que es necesaria la regulación en sectores clave. Ojalá no hicieran falta policías, dicen los liberales, porque así no tendríamos que pagar impuestos para sus sueldos.

La diferencia entre unas ideologías y otras, que pueden ser utópicas ambas en el mismo nivel, no reside en la practicidad de sus propuestas, sino en las limitaciones que tienen a la hora de definir la propia realidad y la propia practicidad. Para cada ideología, incluso para cada persona, las soluciones son factibles en la medida que recogen la naturaleza humana, pero mucho me temo que esta es difícilmente definible. Unos dirán que es consustancial en el hombre la búsqueda del conocimiento y otros apostarán por la búsqueda de la riqueza, la fama o el poder y cualquier intento de cambiar eso es una utopía ilusa.

Jesús Cotta pone un ejemplo elocuente: “El pensamiento práctico quiere, por ejemplo, ponerle un candado a la bici para que no la roben, y el utópico quiere que no haya ladrones y que todos tengan bicis y así ya no habrá necesidad de tener candados”. He de decir que me gustaría que no hubiera ladrones, que todos tuviéramos bicis en la medida que cada uno lo desease. Pero no es así, incluso se roban bicicletas con candados. De hecho se roba muchísimo, por muchas medidas “prácticas” se tomen. La única manera de evitar los robos es que la gente, es decir, cada persona no robe. Y no es una utopía. La mayor parte de las personas no robamos ni aunque los objetos carezcan de candados.

Los conservadores se lamentan de que se hayan perdido los tiempos en los que se dejaban las puertas abiertas y nadie robara. Me cuenta mi hija que en Noruega hay muchos barrios en los que las puertas no se cierran con llave. Todos hemos experimentado el alivio de olvidar un objeto y volver con todo el miedo de que alguien se lo hubiera llevado y llevarnos la sorpresa de que estaba allí, o que alguien lo estaba recogiendo esperando nuestra vuelta. Creo, además, que todos educamos a nuestros hijos y a nuestras hijas para que eso sea así. Queremos que sean honestos y no se aprovechen de los demás. No sé si eso me hace estar entre los prácticos o en los utópicos.

Luchar porque las injusticias del mundo se reduzcan cada vez más es una tarea encomiable. Lo que no es obstáculo para reconocer cuando las cosas van relativamente mejor o peor. Los que hemos pasado nuestra juventud estudiando historia sabemos que han existido épocas con mayor índice de criminalidad, otras más tranquilas y que los factores sociales y culturales influyen. Las soluciones a los problemas de una sociedad son siempre complejos y si alguien los simplifica no tiene que ver con las ideas en las que se maneja, sino en el tipo de persona que puede ser más intransigente o no. Uno puede pensar que no se es suficientemente religioso y terminar azotando a quienes no comparten la manera en que se debe vivir la relación con la divinidad. Y sabemos de religiones distintas que acaban de esta trágica manera. Llamando dios a su manera o advirtiendo que no tiene nombre. ¿Es culpa de la divinidad o de  quienes se erigen en sus defensores? ¿Son las ideas o los gobernantes? ¿Savonarola o Dios? ¿Jomeini o Alá?

Y, sí efectivamente, Mao culpó a los gorriones de las malas cosechas, quizás simplemente haya que utilizar plantas genéticamente modificadas o insecticidas capitalistas, pero la naturaleza humana no está definida a partir de la maternidad, el dimorfismo sexual o una “universal preferencia por la carne, la competitividad, los afectos familiares, el deseo de propiedad, la espiritualidad”. La carne no ha sido la preferencia de los humanos en todas las sociedades, como bien sabía Levi Strauss; ni todas las sociedades son competitivas, lo sabemos cuando comparamos las sociedades tradicionales con las capitalistas, que son, efectivamente, las que toman por naturales la competitividad o la propiedad. ¿Cuántos siglos han pasado sin que las personas se comporten como compradores compulsivos? Ni siquiera la espiritualidad es un universal humano, máxime cuando las maneras de entender la espiritualidad son tan, tan diferentes que hay quienes piensan que pueden entrar en contradicción con el consumo de carne, los afectos familiares, la competitividad o la propiedad. No hay que irse muy lejos, cualquier comunidad cartuja reza y trabaja sin afectos familiares, sin propiedades y sin competitividad. Y, durante la cuaresma, sin carne.

 

viernes, 1 de abril de 2022

Reseña de Francisco Jota-Pérez: ‘Anamorfosis (una utopía)’. Liliputienses. 2021

Nacido en Barcelona (1979) es más conocido como novelista, pero también es interesante su faceta como ensayista, guionista, poeta y traductor. Entre sus obras podemos destacar Napalm Satori (2010); Máscara: Muerte: Rojo (2012); SolidO_Celado (2018), Luz simiente (2017), Endo (2019) y, englobando a todas ellas, es común el adjetivo de experimental. Anamorfosis es cabe también dentro de esta definición: palabras tachadas, disposición poco convencional, puntuación alterada. Una manera radical de entender la poesía, la que no se basa en recoger una tradición de sílabas y estrofas, sino la que sabe que la música acompaña a una mirada distinta, la poesía está en los ojos del que mira. De ahí el título del volumen: “Fíjate en ese punto oscurísimo, cómo sus bordes recortan el entorno y así aparece y ha estado ahí desde que empezaste a mirar. Concéntrate” (I).

El tema principal se desenvuelve alrededor de las distorsiones que vamos almacenando. Las primeras, las que tienen que ver con la memoria personal: “Una parte de lo que eras en el pasado tiembla entre las volutas: un muñeco al que solías llamar k”. Pero, sobre todo, donde indaga Francisco Jota-Pérez están relacionadas con las condiciones socio-económicas más elementales: “Te desenvuelves en consumo –la fuerza de trabajo tira de los engranajes en coito con el cálculo exacto del tipo de transmisiones que maximiza la eficiencia”. En ese sentido, la poesía adopta el lenguaje técnico de las ciencias sociales de una manera, podríamos decir, perversa: “Allí serán, aunque el efecto de distorsión del trabajo cobre el bazar de lo que es traiga un estado transitivo que vestir, cuantificable y explícito –sangre chatarra– un ahora quieto en el ahora de su paradoja consciente –chatarra estímulo– el arrojo de lo que no puede no ser en la forma, estímulo consciente, la transformación que pierde sentido en el tiempo, consciente enlace que se pregunta dónde se es”.

Cuando se habla de la relación con la tecnología lo que se está poniendo de relieve es la transformación radical de la vida humana a través de la mediación de los dispositivos: “El matrimonio con la máquina es un contrato ineludible con los tirones de la realidad en el cual te deslizas, resbalas; te atraviesa el rumor del efecto hacia los otros”. El poeta revuelve las referencias, las más tecnológicas, con las más convencionalmente poéticas o con las más triviales: “no tú, desde luego; ser-tú es la indigestión de jacintos en la tierra ahuecada de corrupciones urbanísticas y obsesión por la gominola y purpurina y endulzar la mostaza nada-ser más que escusas los sonidos que revierten ante la fortísima conciencia del final continuo”. En ocasiones, la forma del poema es la de un ensayo enloquecido, frases larguísimas, que se entrelazan y se subordinan, para emerger de nuevo.

Elementos temáticos son centrarse, tener objetivos, de poder, rebelarse, jugar, todo alrededor de la actividad con objetivos. En la segunda parte, los poemas quizás se vuelvan a elementos filosóficos dentro de este ensayo enloquecido: “La reducción drástica es seña de los lugares en que está de pozo a un primer recuerdo: el monolito de arcilla blanca que abrazas. Te aferras, entras. Su caverna no esconde nada. Pendes de lo transparente”. La tecnología deja paso más bien a lo bioquímico (“La vida / consiste en la descomposición de gradientes químicos / hasta generar desorden”), a la medicina (“Tu cerebro muere y revive a intervalos regulares. Parpadea. Ejerce como gradiente de los demás, la locura que circula por sus cuerpos y pide ser liberada de sus mentes, que se alberga en sus partes más animales, aquello de lo que los demás se esconden cuando se van a dormir, lo que callan”). Sobrevuela el mito de la caverna platónico en varias ocasiones para adoptar posiciones filosóficas, aun con reservas, más constructivistas: “Restringe la amable certeza de que este mundo hermoseado lo es, en efecto, por obra del común”. El ser-ahí no nos arroja al claro de bosque, nos arroja al centro comercial: “No existe la soledad en este presente de variados encuentros en la cuarta fase, sino aislamiento, producto del consumo de privacidad por parte de los observadores”.

Desde el punto de vista formal, plásticamente se puede comparar con los collages, o incluso con algunos trabajos de Chillida. Desde el punto de vista del contenido, hay una actitud de denuncia y rebeldía: “Los observadores parecen haber perdido la mente de los trozos –– la ternura y la deuda –– escamas vacías que deciden la suerte de los que quedaban por debajo incapaces de apreciar que no hay nadie en el salón”.  Más que una queja, es un grito de profeta ante el supuesto progreso, quizás solo tecnológico: “Líbrate de esa ropa que no atempera. Pégate contra los muros y haz el amor con los vecinos y vecinas que se han pegado ellos a su vez; los turnos de emancipación se han abolido también, ahora es esta hora de tu esparcimiento”.

En la tercera parte toma más protagonismo la enfermedad, que puede ser considerada como fallos de seguridad: “Pero, ¿qué se espera de ti exactamente? –– el enturbiar de la mañana, cuando el viento barre de las azoteas la cápsulas autónomas d reparto a domicilio de bienes de primera necesidad”. La enfermedad es uno de los desafíos al sistema de egoísmo narcisista que se traduce en los manuales de economía y sociedad: “En esta hegemonía de construcción, comunicación, conexión y cuidados no caben otros trabajos, han sido abolidos”. La enfermedad mental que requiere que se “Extrae la moneda de la locura”, “aquello que enlaza terror y libertad es una nación extática de la temporalidad y de la política”. La conexión de la tecnología con el ser humano, lo que se ha dado en llamar transhumanismo aparece claramente en esta sección: “Érase una vez tú –«había una vez un piloto»– consumiendo energía de forma solidaria y habitado los imaginarios transhumanistas del acoplamiento recursivo de mitos e imágenes”.

Todos los problemas que aparecen en estas sociedades tienen que ver con la manera de gestionar la crisis: “«O era el modo de enmarcar una crisis que se estiraba por el mundo y se hizo nudos perpetuos, régimen cultural especulativo sin uñas y estómago de seda empapado a listeriosis»”; “Imposibilidad de desconectar, furia por las decisiones políticas, ausencia de ocio, nuevos y nuevas relaciones personales”. El mito de Casandra es elocuente:

“Casandra, hermana de los hombres, pactó con Apolo, el lúcido, la obtención del don de la profecía a cambio de favores sexuales; una vez instruida la mujer rechazó al dios y este la maldijo escupiéndole en la boa, no retirándole las enseñanzas que la capacitaban para adivinar el porvenir, sino negándole toda posibilidad de persuasión y que sus adivinaciones fueran siempre certeras pero nunca creídas”

Continúa Francisco Jota-Pérez la denuncia airada que juega con el lenguaje académico: “La hiperrelativización intrínseca al pensamiento por el que importa nada – muy diferente del nada importa – conlleva la empatía absoluta de avecinarse al otro en su relativa totalidad, reconocerle y relacionarlo en la nada, sin atribuciones”. Aunque, hay que repetirlo, la poesía siga en estas páginas: “La nada es cierta y permite el todo”. Y la solución del cuidado de sí, que diría Foucault:

“resurgir la línea de múltiples tú –– la geociudad consume zonas de ocaso digiere los portales y lo real regurgita imágenes metamórficas en movilidad consumida de sustancia arcana como geociudad o sea recubierta de plasma de dudas y formas una lengua que sonsume texto crudo (…) la célula ósea como medida de calma es la lengua que hace la transustanciación del texto móvil y lo une a la zona arcana que ha consumido crudo el dato dado por el góbulo geociudad: Tú”

 


 

miércoles, 30 de marzo de 2022

Reseña de Marta Pumarega Rubio: ‘El cielo no es azul’. Alfar, 2021

El cielo no es azul - Ediciones Alfar


Antónimo de cobijo (Lulu, 2018) recogía los primeros poemas de Marta Pumarega, un interesante debut que hablaba de sentimientos y memorias, del paso del tiempo y mostraban las indecisiones propias de los inicios. También se han recogido poemas suyos en  la antología 54 poetas que corrieron la Maratón de Chicago (Ars Poética, 2018) o en la Revista cultural 142. Ha participado en festivales  online o en las lecturas del Aleatorio y ahora presenta una obra de madurez en muchos sentidos. Su título, además de ser científica y rigurosamente cierto proviene de preguntarse: “¿cómo sería ver el mundo a través de los ojos de alguien que pinta? (…) viendo el mundo a través de los ojos de mi madre acuarelista, dándole al cielo la importancia que se merece, todos sus colores”.  En  el volumen, como la autora anuncia, “Mis poemas tienen el temblor de quien se atreve a amar y el dolor de quien amó. Tienen en la mirada la muerte de un amigo, la vida en cajas por las mudanzas”.

Desde el primer poema, el emocionante El secreto, quedan sobre la mesa alguna de las líneas argumentales que atraviesan el volumen: “Ha perdido tantas veces / la razón/ frente al espejo. // No lo sabes, nadie podría saberlo, / pero tengo la necesidad de empezar a cantar / como un pájaro / que espera su primavera” (El secreto). Por un lado está la nostalgia hacia la niñez, el recuerdo familiar, y el personal, tomando la niñez como el cobijo al que se hacía referencia en el primer poemario de Marta Pumaraga: “La casa de mi infancia / es un poema que nunca termino” (La casa). El regreso a esa casa es el argumento para confrontar dos realidades, una presente tumultuosa, arrebatada, doliente, y la serenidad y los sanos afectos. Así habla de “Volver a mi tierra a nado, / a contracorriente, a pulmón” (El cobijo); “Déjame entrar, / en la sonrisa sincera de tu infancia, / en tus manos / de músico de cuerda” (La llamada). A la infancia se asocian los sentidos más cargados de emoción positiva, como el Petricor: “Y es mi infancia / la que mira por la ventana/ mientras llueve”. El emotivo recuerdo de su abuela: “Mi abuela es un retrato al final del pasillo. /…/ En el retrato mi abuela no llora, / pero yo recuerdo que / de sus pequeños ojos azules / caían lágrimas del mismo color /…/ Yo nunca supe por qué mi abuela lloraba” (El retrato). Por último, señalar que el territorio de la infancia pasa de generación y también implica a la poeta como madre, que ofrece también el refugio de la memoria.

Varios son los paisajes que marcan los afectos. Por un lado está el mar, el de la infancia, el de los cuadros de Sorolla y el metafórico que describe las relaciones (“Eres mar, / quiero decir: / eres deriva y calma, / lo que contemplan mis ojos / desde lejos, / amanecer tímidos sobre la ola”, La lejanía; “De todas las mujeres / que he sido /…/ De todas, / soy la mujer que espera, / soy la mujer que mira el mar”, Las mujeres). Por otro lado está la ciudad, Madrid, pero también Florencia: “Esta ciudad se sabe / tu nombre de memoria; / la geografía de sus calles / son las geografías de tu cuerpo” (Madre);  “Sin embargo, el resto de la vida, / es como ropa tendida al viento, / como aquella ciudad / que tenía tus ojos y mar, / como cuando abro mis brazos / y te pido que vengas/ como cuando dije quiero y quise” (La avenida).

El otro gran bloque temático, que atraviesa todo el poemario es una ruptura, con todas las fases del duelo, descritas minuciosamente las indecisiones, el dolor, la desilusión y  el estupor. Son poemas dedicados a un tú muy concreto, que está presente en el recuerdo y en la conversación, que representa el deseo, los anhelos y la traición, el sufrimiento y la tenacidad en el recuerdo.

Entre esos bloques aparece también otro tipo de sufrimiento, el que se anuncia en las palabras preliminares de la muerte de un amigo: “He escuchado / llorar a una mujer, / llora lluvia y arena, / sale barro de su garganta” (El duelo);  “Mientras te esperaba, / he visto a mi amigo muerto / paseando por la calle / con sus manos de buscador de oro” (La sombra). Este ahogo “Cada vez que alguien muere, / te mueres tú otra vez” (La muerte). De todas formas, se entrecruzan uno y otro: “La escritura / como abrazo de mi amigo muerto, / como tabla ante el naufragio / comida por la sal” (La escritura).

La presencia de los primeros tiempos de una relación, con su deseo, con su sensualidad, con su sensación de inicio se refleja en la nostalgia de algunos poemas: “Llenemos de infinitivos la noche” (El anhelo); “Te quiero, dice. // Y me mira / como un niño / que espera un beso” (El querer); “Nosotros que aprendimos a arder en la oscuridad” (La ruptura) o en ese verso “Tiemblo a tu lado / como un pájaro en una red” (El deseo) que evoca a Leonard Cohen de Bird on a wire. En la historia que atisbamos dentro de los poemas sabemos de las indecisiones y las dudas, de lo incierto: “A veces te vas / como quien imagina, / como aire caliente, / como quien tiene otro destino” (El viajero); “como estar con una venda / en una habitación a oscuras” (La confusión).

Dos versos que cierran el poema Morada son muy expresivos al respecto del inicio del final de esa relación: “Hay un hombre que me habita. / Se hace llave. / Se ha hecho puerta” (Morada). Marta Pumarega utiliza la referencia física a la casa, a las habitaciones, a la vida en el interior como sinécdoque de la vida en pareja: “Esta habitación no tiene reloj, / pero está llena de tiempo /…/ Veo la noche, / veo diez árboles, / cuatro tejados, / y el parque infantil, / y los coches volviendo / de las fábricas/ por aquella carretera pequeña” (La espera); “Nunca se aprende a olvidar. / La memoria es una casa / de ventanas abiertas” (Olvido); “Y allá, en mitad de esa nada, / de ese agujero negro, / de esas escaleras sin barandilla, / pronuncio tu nombre” (Los miedos). El insomnio, ángel terrible, es la manera de estar consciente de la realidad que atenaza: “No poder dormir, / abrir los párpados / hasta tocar el techo” (El paisaje). Por eso es tan significativa la referencia a la mudanza: “Últimamente, la mudanza, / la caja en la que guardé / mi infancia y sus anginas, / mi ventana con mar, / mi barrio” (Primera mudanza).

Marta Pumarega hace un interludio, como ya hizo en Antónimo de cobijo, de Renuncios breves, pequeños poemas que funcionan a medio camino del aforismo y el haiku, del instante y la reflexión: “El insomnio es una luz / que se enciende en mitad de la noche, / como un náufrago que lanza una bengala / en la oscuridad del mar” (Insomnio); “Desde que tú me miras / estoy mucho más guapa” (Espejo); “Para los pájaros, / mi mano es una nube / desde donde les llueve / el pan” (Alimento). Estos poemas, a veces, más amables funcionan como espacio para tomar aire antes de retomar la intensidad dramática en la segunda parte del poemario.

Continúan los poemas que retratan la ruptura: “Hay un silencio / que cabe entre nosotros, / silencio que salpica los zapatos, / silencio blanco que nos bebemos con las manos, / silencio que descansa bajo tierra” (El silencio);  “Dejé en tu mapa / toda mi orografía / de mujer descalza. // Salté / tristemente a tu vacío, / con una venda / y sin alas” (El canto). Son poemas de tono confesional, de tanta intimidad que buscan la herida que cualquier lector tiene guardada. Marta Pumarega consigue dibujar con dolorosa precisión los momentos en los que se alternan la necesidad del recuerdo y la necesidad de ruptura: “Es por eso que aún / me balanceo en tus ojos, / rumio tu recuerdo / moviendo los labios / de un lado para otro” (La herida); “Podría parecerme que vuelves / mientras miro por la ventana / y la figura de un hombre, / tras el cristal, / navega hacia mi puerta” (El retorno). Hubo, sin duda, un tempo para la negociación (“asistí al derrumbe / de nuestro hogar, / con un poema de amor entre los dientes”, Las creencias) pero llega el momento del duelo en el que la duda duele tanto como el sufrimiento que ocasiona la ruptura. Dos versos lo condensan: “La soledad / es la tristeza del arrepentido” (La soledad).

A la herida dedica una serie de versos que aportan imágenes expresivas, elocuentes: “Recuerdo el hospital, / los susurros por la rendija de la puerta, / sus horas muertas, / la habitación blanca a través del suelo, / un espejo donde no reconocerme /…/ Sin embargo, // a través de las ventanas, / estaba la vida” (El hospital); “Conozco la madrugada, / soy uno de sus silencios” (La madrugada); “Este blanco que me ahoga, / este papel que te sostiene” (La mirada). Las descripciones físicas quizás sean las que duelen más: “Tus ojos, / perder el pulso de tus ojos, / eso fue sin duda lo más terrible” (Los ojos); “Tampoco pude ver el mar; / tenía los ojos llenos de arena” (365 días); “Y yo recuerdo tu nombre, / salvaje como tu silencio, / como árbol torcido, / como pasos viniendo hacia mí / en la oscuridad de la calle” (Tu nombre).

En las fases canónicas del duelo se suele representar la ira como un paso necesario. Y más que resentimiento, en los poemas encontramos la conciencia del dolor causado con la ruptura: “En la casa solo quedan / unas librerías vacías. // Todo lo he perdido. // He perdido hasta mis libros, / soy un pájaro en el suelo” (Los libros); “Esta nueva casa / tiene el duelo / de lo perdido” (Segunda mudanza); “Escribo, / no hago más que escribir / en la noche, / aquejada de ciertos dolores antiguos” (El respirar); “Fuiste el idioma / esclarecedor de la duda, / un beso extendido / en mi carne devastada, / la luz encendida / en la casa de mi infancia, / el azul del cuadro” (La caída). Y, sobre todo: “Fuiste mi miedo a la oscuridad, / jauría de perros que ladraban / y atravesaban con sus incisivos / mis oídos. // Fuiste las farolas rotas / en mitad del camino, / los árboles aullando al viento, / el viento golpeando el cristal. // Fuiste la noche, / oscura dentellada / sobre mi cuerpo” (La noche). Por último, llega la aceptación, el reconocimiento de lo inevitable (“Te estoy mirando a ti / y mis ojos están completos /…/ Pero, después vino el silencio”, El olvido), la asunción serena de lo pasado (“Yo conocí una vez / un hombre / como aquel pájaro, / que era capaz / solo cantando, / de que entrara el sol por mi ventana”, La primavera). En suma, el recuerdo preciso del transcurso de la vida: “El sabor amargo / en el cielo del paladar, / una cama llena de cristales. /…/ No sabes todo / lo que he tenido que recordar para olvidarte” (El invierno).