miércoles, 26 de diciembre de 2018

Reseña de Pilar Blanco Díaz: ‘Vigía de tu paso’. Chamán Ediciones. Colección Chamán ante el fuego. 2018.


Resultado de imagen de pilar blanco díaz vigíaLa editorial Chamán acoge con su elegancia y buen gusto habituales la nueva entrega de la poeta leonesa Pilar Blanco. Desde 1982 ha publicado una docena de libros de poesía, participando en diversas antologías y galardonada con distintos premios.  Una interesante y densa actividad poética que sustenta una de las voces más interesantes del panorama actual. Vigía de tu paso se estructura a dos voces que se interpelan en la última parte. Afrontar los miedos y la incertidumbre, el dolor y la muerte son los temas sobre los que el volumen se organiza. El poemario comienza con Alfa, que insiste –junto con la introducción y la cita de Hugo Mujica– en la constatación de que, como aspiraba Deleuze, volar es nuestro estado natural, que hay que perder el miedo porque en el aire estamos sujetos: “Pájaro que quemó sus alas / ahora es fuego” (Alfa).
La primera parte, El que observa, comienza el juego de miradas. “Vigía” es su título. “¿Y los ojos? / se cerraron los ojos del padre, de la amiga. Se cerrarán los ojos del amor, que son tus mismos ojos” (I). El problema de la mirada no sólo es de efectos prácticos, es la lucidez epistémica que no siempre nos acompaña, cuando caminamos estamos pendientes de la vista y, sin embargo, se nos escapan detalles; perseguidos, atendemos más a la huida que al paisaje. La profundidad filosófica de este volumen es radicalmente poética, como se resume en su verso: “Me oscurezco para que me entiendas” (IX). La voluntad de aproximación epistémica se vuelca (“Vosotros, allá abajo, tan pequeños, / polluelos en un nido de sombras / pero ávidos de luz”, III) hacia el propio yo poético: “Qué fácil es juzgar lo que no soy, / lo que no forma parte de mi hechura” (IV); “Y aún no sabes / cómo domesticar la voluntad” (V).
                El objeto de la indagación es el propio yo, consciente Pilar Blanco como Fernando Pessoa, de lo complejo y multiforme que la tarea se enfrenta, siempre cambiante y lleno de aristas: “Nómada que se acrece con la huida” (VIII); “Por salir de ti mismo, / por no saber medir el ser que te contiene, / por buscar el reflejo que explicara / tu razón, / tu estructura / y dar cuenta de ti ante tu propia incógnita” (XII). Está muy presente en todo el texto la necesidad dialógica, la mirada del Otro, la verdad del Otro sobre uno mismo, el Vigía: “¿quién, entonces, vigila al que vigila? / ¿Quién calibra el espejo / y encara al que interroga frente a su propio abismo?” (VII).  A veces con recuerdos a Pedro Salinas (“Tu instante no puede ser mi siempre”, XIII), otras veces al soneto V de Garcilaso (“Nací para observaros”, XV), solemne en ocasiones (XVI), o con influencias de la poesía cortesana (“Del ciego laberinto / del que nacéis, de su concavidad sin sutura y sin salida / habéis hecho un lugar”, XVII).
Poemas como órdenes apresuradas, cortantes, para atender a todos los frentes, volar y salir corriendo, mirar atrás y sentir las emociones plenas de cada momento: “Que no existe el infierno, su amenaza segura, / sin un cielo anterior al que rendirse, / sin un cielo contrario / del que ser fugitivo eternamente” (X).
                El instrumento para el conocimiento es tanto la mirada (“Porque la luz / del conocer no mancha”, XVII) como el lenguaje (“Es habla y no entendéis su lengua inmóvil”, XXX) y se plantea como un hacer, como una fábrica, más la escultura que el tejido: “Anclado a lo absoluto / mezclo mi barro, / templo mi cera / trazo el dibujo de mi mente en vosotros” (XXI); “Sal de la piedra. / ¿Qué cincel rescatará tu forma?” (XXII)
Una cita de Roberto Juarroz que abre la segunda parte es sumamente significativa: “Un misterio que consiste en mostrarse”. En esta segunda sección cobra protagonismo el dolor: “Abruma / la mordedura rabiosa del dolor, / la quemadura dulce, casi niña, / que ha venido a quedarse, / que se siente en mi mesa e interroga” (I); “No existe explicación para el dolor de ser / o la muerte que acecha tras el ser, / ni pregunta siquiera / (¿a quién hacerla?)” (IV). Ese dolor, esa quemazón que ansiamos con ecos de Aleixandre (“Con la espada de fuego de mis labios te alcanzo”, II), Quevedo y Juan Ramón Jiménez: “Luego / tampoco será luego ni cantarán los pájaros. / … / Luego no será más que un siempre y un ahora / que aprende a desdecirse. Que me ordena el silencio” (V).
Estos poemas de la segunda voz ruedan alrededor del misterio (¿la muerte?), de vivir en la incertidumbre. Su vocabulario se puebla de hermetismo, inescrutable, inmensidad, negrura, porque “El pensamiento carece de camino” (XI). La cualidad creadora del dolor no es la santificación por el sufrimiento de cierta religiosidad, aunque tiene que ver, indudablemente con la mística: “Dame un cuchillo para desincrustarme / esta capa de cal, de piel, de miedo espeso” (XII) y de Miguel Hernández: “Quiero morder el grito hasta ablandarlo /…/ lograr que su dolor se remanse y germine”.
La necesidad de guía o compañero (IX) tiene también sus riesgos: “Todo lo que deseo me ata a ti” (VIII) y anticipa la tercera parte, que toma forma de diálogo: “Venimos para ser lo que aún no somos / y estirarnos el hilo del nosotros / de pie sobre el abismo / en busca de esos ojos que nos nombran” (XVII). El amado y la amada producen tanto el sentimiento profundo (“Amor que nos conduce al estallido”, XX) como el dolor profundo (“Te busco desde siempre / desde el lugar exacto de la herida”, XXV). La dependencia mutua (“Sin mí no existes”, XIX) recuerda al García Montero que amenazaba con suicidarnos en una página. De todas formas, parece que ese tú, ese compañero no es sino un desdoblamiento del yo.
El volumen mantiene una insistencia a través de las distintas voces, la mirada (“Ya sé mirar la luz /…/ aceptar su ceguera, que viene de la luz”, XVI; “Mirar, mirar, no ver. Mirando, niebla, paredes / húmedas, lámina blanca. Dónde”, XXIV) y la palabra (“Entender las palabras de los que antes”, XV). Especialmente claro durante la tercera parte, El espejo del agua. Supone una especie de conclusión de las reflexiones del volumen, un intento de aprehender el universo que somos. La forma de diálogo le permite un juego de espejos realmente interesante en cuanto a la identidad: “Yo soy, precisamente, lo que no has sido nunca” (I); “–No te cierres. Escucha: / dentro de mí, soy tú” (III)
“–Pronuncia
la mentira.

–Son mis labios los que callan, los que tamizan la cicatriz de arena en mensajes imposibles.
Son mis ojos los que niegan el cristal.
Y las palabras –su mentira invisible– las únicas que enturbian el tintineo de la inocencia.
Arder para qué, para qué el filo de esta ficción desentrañándome…

–Para que ya no sepas
qué real, qué niebla, qué procede
de ti,
qué te inventa y me inventa” (IV)

Vigía de tu paso es un poemario orgánico, que se despliega como una novela que tuviera la profundidad filosófica del ensayo sobre los vaivenes del conocimiento. Un argumento en el que vemos la huida (“– En esa travesía / no hay gozo, no hay hallazgo, / solo huida / sólo claudicación”, XVI), el acercamiento hacia el amor (“Amar es conocerse, es luz desde otros ojos”, XV), el deseo, lo que ata (“– Nazco del miedo. De tus miedos he salido”, XVII), la necesidad del otro, de la dependencia (“Si te abriga, te exige”, IX), llegar a un lugar (“– No pretendo llegar. En ese instante / enraizarán en tiempo y roca viva”, XXIII), ser nómada: “– Yo rehúso tu herida y agrando esa distancia; / al fin y al cabo / me alimento de ti” (VIII; “– Sí, ¿de dónde a qué tú mismo perdiste la conciencia de ser otro, el extranjero?” (XI).
Lo que trasluce este diálogo es un desdoblamiento del yo: “–Hablas sola, criatura, Imprecas tu ser mismo. / Vivo tu identidad al fondo de tu espejo” (XIX); “–Hablas de Pigmalión. Todos lo somos. / – Hablo de amor. Lo único real”; “– Soy la piedra en que grabas / tu mano abierta / … / El tacto de tu mano. / El miedo que la guía” – Era lo que yo soy. / Sin yo saberlo” (XXVI). Porque, como parece intuirse en sus palabras, la verdad está en el interior del hombre: “–Era el nigromante que conoce el misterio


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