domingo, 9 de junio de 2019

Tirar la toalla


Quizás sea lo más fácil, como dice la orientadora de mi centro, seleccionar las batallas. Aunque contradiga aquello en lo que creo. Me supera. Lo cierto es que me supera. Dejé de ver debates políticos, en especial los televisados semanalmente porque me alteraban demasiado y me sentaban mal. Además, no tenía sentido. Nada de lo que yo pudiera decir en el salón de mi casa podría cambiar nada. La comunicación televisiva no es bilateral. Sin embargo, gracias a las redes sociales uno puede participar en debates con aquellos que no siempre piensan igual.
                Está bien tener contactos de todo tipo. En primer lugar, porque te alejan de la tentación soberbia de creerte en la posesión de la verdad absoluta., Echar un vistazo a otros razonamientos puede que no te cambie de manera de pensar, pero por lo menos no terminas de verte como un sabio y, sobre todo, comprendes que, aunque el diablo no tenga razón, tiene sus razones, que decía Juan de Mairena.
                Conocer las razones del contrario es sano para la propia cordura. Y también es útil porque te sabes a qué te enfrentas, cómo son las maneras de pensar de los rivales políticos, por ejemplo. Sabes por dónde razonan y puedes intentar acercar posturas, denunciar sus despropósitos, sus calumnias o sus falacias. En los tiempos de las fake news es imprescindible saber cuáles son y de dónde vienen.
                La espiral del silencio es un arma muy poderosa a nivel ideológico, consiste en asentar la creencia propia como hegemónica a partir del silencio de las voces discrepantes. Unas veces por respeto, otras veces por miedo, la mayor parte por desconocimiento. Siempre he sostenido la necesidad, casi la obligación moral de servir de cortafuegos. En casos de comentarios machistas, de ofensas a un tercero, de chismes descalificatorios, de rumores falsos hay que hacer notar que no estamos de acuerdo. De manera educada, con datos si es posible. Quizás no convenzamos a nuestro interlocutor, pero romperemos esa impresión de hegemonía, como si no hubiera una explicación alternativa.
                Pero estoy cansado.
                Es tan grande la avalancha de barbaridades que uno escucha y lee cada día que no lo soporto. Además, en estos últimos tiempos se ha impuesto un gansterismo y una desvergüenza terrible en la arena política. Bulos corren desde todos los rincones, pero la derecha, perdón, las derechas están alcanzando un grado de falsificación y de mentira que se pasan de cinismo. Ya no es el típico y-tú-más, o el yo-lo-hago-bien-y-tú-siempre-mal, es mentir descaradamente, filtrar vídeos retocados, acusar de todo, desde trampas electorales (falsifican las actas Vox y el PP y resulta que al final el pucherazo es contra ellos) hasta declaraciones fuera de contexto… Todo vale, desde incluir en mafias a responsabilizar de asesinatos y bebés en los contenedores. Algunos llegan a los juzgados, pero siguen corriendo de perfil en perfil.
                La dificultad es extrema, en parte porque todos tenemos prejuicios. Ya se sabe que los prejuicios son las opiniones de los demás cuando no coinciden con las propias. Pero en este caso, además hay una cuestión que lo hace más complicado, es la desconfianza a cualquier fuente que no coincida con el prejuicio. Se es posible confiar en bodrios como OKDiario y no hacer caso a ningún otro medio. Acusar a El País de ser de ultraizquierda.
                Hacia los medios no puedo hacer nada, pero en las redes sociales ya estoy agotado. Me dan ganas de tirar la toalla y que sigan anclados en las barbaridades que piensan.
                Que sigan pensando que los podemitas quieren hundir España y la civilización occidental por pura maldad. Que los inmigrantes vienen a robar, a violar y a aprovecharse de las ayudas, que los españoles fuimos a Alemania con contrato y no desconfiaron nunca de obreros tan mansos, que los asistentes sociales odian a España y se lucran con los inmigrantes, que los trabajadores contra la violencia de género son castraniños, que las feministas son todas unas lesbianas que odian a los hombres por venganza, que los gays son un complot universal para dominar el mundo, que los pobres sólo van por la paguita, que los comicios están siendo falsificados. Lógico que piensen así, no son capaces de escuchar ninguna otra versión. Lógico que piensen que toda España vota a Vox. Lógico que no les cuadren los resultados.
La ofensiva contra la universidad en Estados Unidos y en Brasil es el próximo paso. Los únicos lugares donde se puede opinar más o menos libremente están siendo tachados de nidos de marxistas y progres, como si marxistas y progres no pudieran tener derecho a ver el mundo como lo ven, asumiendo que en lugar de enseñar van a adoctrinar. No como en los colegios privados que se enseña la cultura cristiana europea. Cerremos las facultades de Sociología, acabemos con las asignaturas de Ciudadanía no vaya a ser que los gays transformarán a los pobres e indefensos niños en sodomitas con mucho más éxito que las terapias para curar a estos pervertidos. Dejemos que piensen que defender España, los toros y la Semana Santa no es ideología
        Ninguna ideología es perfecta y en todas podemos encontrar errores de bulto. Todos los políticos y los opinadores tienen sus puntos débiles. Si la verdad en estas cuestiones fuera una, no habría partidos políticos. Está claro que lo que a unos parece poco, a otros demasiado; que si no funciona una receta, para estos será que no hay suficiente medicina y para aquellos que hay alergia. Si no hay un Dios omnisciente que decida la fiabilidad de las propuestas políticas, ¿qué necesidad hay de la difamación y el bulo? Cada uno defienda sus ideas sin marrullerías. Que una cosa es la retórica y otra la falsedad. Eso sería una democracia sana. Juego limpio.
             Y en estos tiempos inciertos no hay ni se la espera.
      Yo tiraré la toalla. Ni comprobaré bulos, ni me entretendré en clarificar falsedades y me estoy pensando en dejar de seguir a según quien. Es por mi salud.

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