martes, 23 de febrero de 2021

Reseña de Pablo Núñez: ‘Tus pasos en la niebla’. Renacimiento. 2020

Tus pasos en la niebla - Editorial Renacimiento

Pablo Núñez se dio a conocer con Lo que dejan los días (2014) y compagina su labor como tutor de literatura en la UNED con la revista Anáfora, de la que es co-director. Tus pasos en la niebla es un libro luminoso a pesar de su título, en el que se detiene a contemplar de manera reflexiva los momentos de belleza del mundo –precisamente título de la primera parte del poemario.  En esta parte encontramos un homenaje a Hopper: “Después vendrá la tarde, mientras tanto / los árboles son hombres que no engañan; / el horizonte –su callada luz–, /un símbolo de todo lo que empieza” (Cape Cod Morning, 1950). Otros momentos en los que podemos apreciar esa belleza incluyen desde De la Grecia de Píndaro  (“Lo humano desfallece según nace la estatua”) al Dream Team de baloncesto.

Lugares y tiempos distintos pueblan esta contemplación de la belleza: El amor se acabó. No duraron tampoco / primeros entusiasmos. La invade algunas tardes / la soledad entera de la duda; / otras veces, en cambio, / la roza por las calles la belleza del mundo, / secreta nostalgia de las miradas jóvenes, / los cuerpos confiados / en el incierto muro del deseo” (Una historia en Ginebra). El poeta se pregunta por las decisiones, por los caminos de la memoria y por cómo se conforma una identidad que pretende aspirar a la belleza: “Acaso aquellos días marcaron, imprecisos, / el rumbo de estos años /…/ No elegiste un camino, pero fueron / siempre firmes tus pasos en la niebla” (El rumbo de estos años); “Quizás todo cosiste, si me apuras, / en saber distinguir lo que no quieres, / en desechar sin miedo los absurdos, / en tratar de engañarte cuanto menos / mejor. Que las sirenas  continúen / cantando lo que quieran para otros” (Quizás todo consista). No está ajeno un cuestionamiento sobre el sentido de la vida y la inutilidad del combate: “Queríamos luchar. Poco importaba / manejar sin destreza nuestras armas, / o confundirnos, torpes, de enemigo. / …/ Tenía el sol la voluntad de amarnos, /pero no había tiempo. Hoy recibimos / su luz tranquilamente, paseando / entre recuerdos vivos de otros días” (Queríamos luchar). Por eso, el espíritu juvenil todavía aspira a “Renacer, cada día, viejos mitos, / seguros de llenarnos de razón” (Mitos). La madurez acaso sea ser consciente de que “Acontece la vida cuando cambia / ella misma, sin duda, tu destino” (Cathedral of St. John The Divine).

El tono confidencial parece hacerse mucho más concreto en la siguiente sección a tenor de su título. En el fondo la poesía de Pablo Núñez es siempre confidencial, pero es mucho más que eso: “No saben más que tú. No hagas ni caso. /…/ Así que ya lo sabes: tú, ni caso. / Equivócate solo, / haz lo que Dios te dé a entender, / y empieza, por ejemplo, / por olvidar sin más estos consejos” (Lecciones). En ocasiones pone sobre la mesa una especie de ajuste de cuentas con su pasado: “Marchábamos joviales a echa runas partidas / para olvidar que el mundo era hostil a nosotros, / porque aún no sabíamos renunciar a ser libres, / o jugar con sus reglas –como luego escogimos– / e intentar desarmarlo desde dentro” (Otros códigos); “Atenaza tu cuerpo algún día / aquel muro invisible de otro tiempo” (Algo queda del muro); “Traicionamos a veces, pero suele / ser la vida más bien la que traiciona” (Salir del paso). Y no siempre sale bien parado de este juego de memoria: “Aquellas historias, / con un cierto sabor a Antiguo Testamento / –«no son cuentos», me insistía. / «sucedieron realmente»–, / conformaba el mundo en la repetición exacta / y en la sencilla búsqueda de la perpetuidad” (No eran cuentos); “Y pensar uno mismo que descubre /el camino de vuelta de otra vida, / los restos del pasado hacia la sombra” (Samanta).

El último apartado, Quizá unos pocos versos parece indicar que los últimos poemas recogen una mayor diversidad temática, una especie de recopilación, de reafirmación. Opera prima recuerda muchísimo al tono que Felipe Benítez Reyes dio a su primerizo Paraíso Manuscrito, cuando se mezclaba de manera natural a Borges y Kavafis. Los murmullos de planteamientos existenciales, de duda acerca de lo que queda en nuestra memoria y nos define aparecen de manera consistente en estos poemas: “Nada vale el disfraz, nada el ensueño, / en la noche del último verano. / Es difícil saber: todo es confuso”; “¿Por qué habitas el mundo como si ellos / –indulgentes y a veces inflexibles– / a cada instante te estuviesen viendo?” (Tan lejos como estamos[1]).

“Al cabo de los años,

una vez que se apaguen los tiempos más confusos,

cuando caiga el telón o ya comiencen

a pasar aburridos los títulos de crédito,

cuando el mañana exista tan solo en la memoria,

es posible que hallemos

el sentido final en la mirada cómplice

del hijo, que comprende y hace suya

esa contradicción que fuimos en lo eterno”(Al cabo de los años)

Podríamos rastrear algunos elementos del panteísmo (“que saben que el Olimpo es un viento / y aún culpas a esos dioses de mis dudas”, Nastos) y de escuelas filosóficas que se mueven en un momento estoico, casi defensivo: “Esconder bajo llave lo más tuyo, / estar siempre a cubierto de la vida, / guarecerse al abrigo del cinismo, / desconfiar del amor y de sus trampas” (Ante el espejo). Hay una clara conexión con el planteamiento del famosísimo If de Kipling: “Y ya todo es quietud porque eres dueño / del saber y de la duda –son lo mismo– /ante la incertidumbre del naufragio” (Salamanca).

Pablo Núñez mezcla el Evangelio y Johnny Cash: “Señor, Hijo de Dios, creador de todo, / incluso del amor a las palabras” (El texto del Nuevo Testamento), cita a Dylan/ Bach, Garci, Cernuda y Dragó, Rodríguez Andrades / Bill Gates: “Hay que evitar ser tú” (No le cuentes que te entusiasma Bach). Sin embargo, sus planteamientos estéticos no son los del culturalismo de la generación del 70 que se vanagloriaba de manejar los códigos de la alta cultura grecolatina con la misma soltura que los propios del pop y camp de masas. El poeta prefiere usar las referencias como puntos de apoyo a la realidad cotidiana, con algo de ironía incluso.

“Quedará, para siempre, la imagen de tus brazos

 hacia el cielo, muy firmes, en señal de victoria.

De nosotros, con suerte, quizás unos pocos versos” (21 de agosto de 1987)

Un hermoso libro, de gran intensidad y oficio que, además tiene la elegancia de terminar con C.S. Lewis.

 



[1] ¿Homenaje a Golpes Bajos?

lunes, 22 de febrero de 2021

Hay días...

Hay días en los que hay que reconocer que el mundo se va perdiendo, se va desdibujando, pierde consistencia. Hay días en los que se borra del paisaje, aunque no de la memoria, un pedacito con nombre propio. Dicen que la muerte significa que alguien no va a volver. Ese alguien estará presente en los recuerdos, en aquellas pequeñas o grandes cosas que hicieron del mundo un poco mejor. Pudo ser una sonrisa, un paso adelante y valiente, un combate sordo para sacar adelante a los suyos o por representar cualquier lucha, o simplemente un par de cervezas compartidas. Pudo ser una conversación, un pequeño regalo, un agradecimiento. Una preocupación continua, los sabios consejos o un simple recuerdo entre sus conocidos, la generosidad extrema y la alegría. Se hace duro ser consciente de que ese alguien no va a volver, aunque haya pasado tanto tiempo de la última conversación. Seguirá en los recuerdos, se asumirá como propio, estará en lo que cada uno es. Así nos perpetuamos entre los nuestros.

Es tremendamente difícil conocer a una persona realmente. Somos seres multiformes y vamos cambiando, no siempre a mejor, lo digo por experiencia. Hay una parte de cada persona que pertenece oculta incluso para la persona misma. No tiene que ser la más importante, ni siquiera debe ser significativa. Mucho más interesante, influyente es esa parte que vemos y que intuimos en nuestra relación. Es lo que nos marca y a lo que nos aferramos cuando nos despertamos con la certeza de que alguien no va a volver, porque es lo que recordamos. Con el tiempo quizás se haga borroso el contenido del recuerdo, y quizás tornen los colores vivos en tonos pastel, quizás las emociones se atenúen y la tempestad se deslice como un río sereno. Pero estará ahí.

Ahora, estos días son los momentos para recomponer la memoria y mostrar el afecto que los corazones se tienen. Porque merece la pena recordar a quienes participaron de la felicidad de los otros, a los que te alegraron una tarde de verano, los que ayudaron, los que cumplieron, los que sufrieron. La vida da oportunidad para sufrir la alegría y disfrutar del dolor. La vida ofrece el momento para ayudar, para estar ahí y para recibir la ayuda, el consejo y el brazo por los hombros.

El mundo seguirá, los tiempos serán inciertos y llevaremos pesadamente un fardo con nuestro pasado. Hay ilusiones que aligeran el peso. También hay personas cuyo recuerdo también merman la carga, la hacen volátil. No tienen que haber sido los protagonistas de un heroico sacrificio, ni siquiera de una aportación decisiva, hay personas que estuvieron ahí, una vida, una temporada, un solo momento. Y tendrán nuestra memoria. Y el mundo habrá sido mejor porque ellos estuvieron. Y habremos sido mejores porque ellos estuvieron.

Los caprichos de la memoria preferirán los instantes menos sublimes, que serán los que nos definan y esculpan el rostro que mostraremos como el alma se asoma por los ojos. Un ratito a la orilla de la playa, unas risas, un concierto, cualquier tontería definirán, como los brochazos de Renoir, aquel recuerdo y la persona que no volverá porque quedará marcada. Quedará la ausencia como el molde para la arcilla que seremos.

Me abruma un pesar que no se compara ni con la sombra de aquellos más cercanos, más íntimos. No consigue uno, por mucho que lo intente, habitar la piel de quienes lo tuvieron siempre cerca, de la familia más íntima, de los amigos más cómplices, de todos que echarán en falta su voz y su presencia. Ojalá los recuerdos que invocamos sirvan para dar calor o para hacer menos inhóspita la realidad de los que quedan. Que los abrazos que no podemos dar abriguen las ausencias y que las lágrimas que se escapan a escondidas eviten las que otros necesiten llover.

Siento mis palabras muy torpes, atropelladas porque la emoción se va desbordando y no alcanzo a poner en orden ni lo que pienso siquiera. Lamento no conocer bien a quienes están alrededor, y lamento sobre todo que mis acciones o mis desganas contribuyan al sufrimiento de otros, lo merezcan o no. Me gustaría contribuir a un mundo mejor como he visto a tantos que han vivido, con sus altibajos, procurando que los suyos y los de más allá vivan un poco mejor. Por mi parte solo aspiro a la desaparición, a diluirme y quedar movido por el viento, desaparecer y que ni rastro quede de memoria, alcanzar la orilla del olvido.

Hay días que se levanta el mundo un poco más pequeño porque alguien falta. Son momentos terribles estos que nos acompañan cuando tenemos que lamentar cada día tantas ausencias. Son tiempos duros que se construyen de adversidades y contratiempos, de putadas y sufrimientos. Recordemos ahora a cada uno, a todos aquellos que hicieron un mundo más grande, a todos aquellos cuya ausencia borra una parcelita del paisaje, a todos aquellos a los que acogeremos en nuestros corazones porque de ahí no se van a mover.

Luis, un abrazo muy grande. 

Jaime, un abrazo muy grande.

domingo, 21 de febrero de 2021

Reseña de ‘Ars moriendi. Cuentos de la no vida’. InLimbo. Narrativa. 2020

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Desde Albacete llega InLimbo, una editorial que, según su presentación, “nace para reivindicar el papel de la narrativa de lo inquietante como alta literatura y para promover aquellas corrientes alejadas de la dictadura de lo real”. Una empresa plenamente romántica en la que cabe la lírica, iniciada la colección con los excelentes ejemplos de Ángela Álvarez Sáez, Vicente Velasco y José Fereras, y el relato, como es el caso de Ars Moriendi. Está coordinado por Gemma Solsona Asensio y contiene relatos de David Roas, Ángeles Mora Álvarez, Solange Rodríguez Pappe, Pablo Brescia, María Zaragoza, Ana Morán Infiesta, Alberto Chimal, Ana Llurba, Gemma Solsona Asensio y Ana Martínez Castillo, impulsora del proyecto editorial.

Los consejos para asumir el tránsito de la mejor manera, conseguir una buena muerte se reunían en escritos bajo el tópico de Ars Moriendi, el arte de morir. Este volumen está encomendado a Emily Dickinson y Leopoldo María Panero e incluye una excelente nómina de autores consagrados y más desconocidos. En el prólogo de Natalia Álvarez Méndez se acierta a decir que “sorprende con la belleza estética de lo oscuro y de lo extraño que nos envuelve” (p. 9). Estos son  “relatos que nos enfrentan a diversas formas de estar muerto” (p. 10), más allá de la tragedia y el dolor. La conciencia de que el mundo de los vivos no está tan lejos de otras formas de existencia, sobre todo en una civilización en la que aleja de la experiencia cotidiana la experiencia de la muerte, a la que considera más perturbadora que el sexo –aunque tengamos de ambos entre estas páginas–. El antropólogo Geoffrey Gorer definía la relación actual como una pornografía de la muerte. Philippe Ariès hace años describió este proceso de alejamiento, aunque no debemos dejar de lado la consideración de lo que se ha dado en llamar necropolítica, que consigue rentabilizar los fallecimientos y el riesgo. Los autores aquí reunidos nos abren las puertas, ventanas o nos señalan rendijas donde comprobar que los no vivos siguen con nosotros.

Abre fuego David Roas, escritor y estudioso de lo fantástico. Su relato indaga en el tema del gemelo muerto. Ángeles Mora Álvarez tiene dos colecciones de relatos y uno recién salido de imprenta en esta editorial. También aforismos y un cuento infantil. Su narración examina la complejidad de actos de una muerte, el reguero de cadáveres con una prosa ágil e inquietante.

Solange Rodríguez Pappe, natural de Guayaquil), es también relatista y tiene publicado un estudio sobre la literatura distópica en Iberoamérica. Destaca su manejo extraordinario del diálogo, como un guion. Paolo Brescia nació en Buenos Aires y en la actualidad vive en EEUU. El suyo es un paradigmático relato en el que sobresale la obsesión romántica con la muerte.

María Zaragoza, en cambio, es manchega y el suyo es el terror psicológico de los traumas, matar al padre, que sabemos es el inicio de toda la civilización. Ana Moral Infiesta, abandona su Gijón natal para ofrecernos un relato de terror victoriano, sexo y muerte.

Alberto Chimal escribe un relato borgiano desde México mientras que Ana Llurba abre las puertas a la aventura bajo la advocación de una de las canciones más hermosas, Song to the Siren[1].

Con un lenguaje preciso y muy poético, Gema Solsona Asensio ofrece la mirada infantil a lo desconocido e inquietante. Por último, Ana Martínez Castillo, veterana en adentrarse en los vericuetos más sombríos de la existencia, presenta lo que podría ser la versión cyberpunk de un relato de la inquietante serie Black Mirror.

Un volumen de relatos para no salir indemne, para acompañar las pesadillas y disfrutar de lo que no puede ser explicado, lo fascinante de la única realidad certera, la muerte. Allí nos veremos todos. Esperemos que muy tarde.



[1] La canción no es de This Mortal Coil, sino del gran Tim Buckley. Es tan poderosa la versión que no desmerece la original.

martes, 16 de febrero de 2021

Reseña de José María Souvirón: ‘Diario III’. Centro Cultural Generación del 27. Fundación Unicaja. Diputación de Málaga. Edición de Javier La Beira y Daniel Ramos López, 2020

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Continúa con paso firme la publicación por parte de Javier La Beira y Daniel Ramos López de los diarios de José María Souvirón, un escritor arrinconado por la historia entre la generación del 27 a la que podría pertenecer por criterios estrictamente cronológicos y la generación de posguerra que queda a la sombra del régimen franquista. Los diarios se están publicando siguiendo el orden cronológico a razón de varios cuadernos por tomo, en este caso séptimo y octavo, para cuadrar un número similar de páginas en cada volumen. Abarca el periodo de tiempo entre finales de septiembre de 2960 y octubre de 1965.

En el primer cuaderno hacía explícita su propósito: “La verdad: escribo este diario para mí, pero con cierto deseo de que pudieran leer otras personas”. Y la madurez con la que empieza la escritura, recién cumplidos los 50 años, refuerza esa intención de sinceridad absoluta. No son ajenos, sin embargos, los elementos del contexto político y cultural de los tiempos en los que le tocó vivir:

“Han elegido presidente de los Estados Unidos al joven demócrata Kennedy contra el republicano Nixon. No suelo anotar aquí estas cosas, porque no estoy haciendo un cuaderno de historia contemporánea, sino mi diario personal. Cierto es que lo personal no debe ni puede desentenderse de lo universal, de lo general, pero a mí me crece día por día la sensación de que, al paso que me voy quedando con pocas cosas, la política me interesa menos. Claro está que, por mala que sea la política, existe, y no se puede sustituir la política por la nada. El ideal sería transformarla, pero ¿qué puedo yo transformar en este orden?” (13 de noviembre 1960)

El franquismo se encamina a una normalización internacional, dejando apartada la retórica falangista de los primeros años y con la que Souvirón no se encuentra demasiado a disgusto, aunque tampoco la practique con el ardor de otros escritores del régimen. Mantiene, eso sí, la admiración y la amistad con Girón de Velasco (interesante apreciación de quien mantuvo una sincera amistad con Pablo Neruda en su etapa de Madrid). Los nuevos tiempos se cuelan entre las páginas, y se hace inevitable, por ejemplo, las referencias condenatorias a lo que se dio en llamar Contubernio de Múnich. En general, como se aprecia en el párrafo citado, se extiende la sensación, tan propia del franquismo, de desinterés por la cosa política. A cuenta de la confección de la inclusión de figuras españolas en una publicación sobre El pensamiento político, defiende la inclusión de Joaquín Costa frente a Giner de los Ríos y comenta: “Resulta que yo, tan carca, soy más liberal que casi todos –menos Gregorio Marañón– y acepto lo que opina la mayoría. Hay ratos en que me quedo maravillado de los que me consideran reaccionario.” (10 marzo 1963).

En este volumen no encontramos tantas descripciones jugosas del ambiente literario que hicieron más bien picantes y reveladoras las páginas de sus primeros diarios. Se mantiene la cercanía con Leopoldo Panero –cuya muerte supondrá un enorme golpe para Souvirón–, Vivanco. Sin embargo, se rompe dolorosamente la amistad con Luis Rosales (los editores señalan que tachó minuciosamente algunos párrafos referidos a él)  y se refuerza la falta de sintonía con Vicente Aleixandre. De todas formas, no se contiene, al anotar sobre el fallecimiento de T.S. Eliot:

“Estaba lleno de su auto-gonfling, y muchos poetas de hoy están inflados por los otros poetas, o qué sé yo por qué. Dios tenga en su gloria a T. S. Eliot. ¡Qué lata, empero, su Four quartets y su Waste Land! Claro que le queda su Murder in the Cathedral, pero ¿será para tanto? Ni llega a ser Claudel ni siquera Ezra Pound, para poner dos ejemplos opuestos, y ¿cuál más cercano? Mal debe  andar la poesía cuando los grandes poetas se llaman Robert Lowell, Saint-John Perse, E. E. Cummings o T. S. Eliot. (Y el colmo, cuando sellaman Quasimodo o Seferis?) ¿Qué pasa? ¿O es que no me basta la poesía? (5 de enero 1965)

Los avatares de su vida literaria van sucediéndose entre las páginas, las dificultades para triunfar en la novela y la necesidad para nutrirse de artículos en diferentes periódicos. Estos son los años en los que prepara su novela de mayor éxito, Cristo en Torremolinos, cuya lectura puede sobrevivir al paso del tiempo. Son tanto o más interesantes las reflexiones cotidianas, aquellas que hacen valioso un diario personal, la que compartimos los lectores ajenos a la piel del diarista. La añoranza hacia la familia, los hijos, las dificultades para conseguir una escritura acorde a la calidad a la que aspira:

“A ratos pienso si no me estaré secando, pero no es sequedad. Es otro río, otra corriente que ha ido absorbiendo a los arroyos que ayer me distraían” (10 noviembre 1960). Unos meses más tarde se lamenta: “He escrito mucho menos en mi diario este último año (…). Acaso tengo cada día menos que decir, acaso cada día me doy mayor cuenta de que me queda menos que decir. En mi otra escritura (artículos, ensayos, etc.) escribo cada día menos, pero cada día con más exigencia. Lo que me queda que decir he de decirlo bien (lo mejor posible) y con más responsabilidad. ¿Qué soy yo, literariamente, ahora? No lo sé. A ratos me parece que nada, que no he hecho nada. Y de pronto, como un aire penetrado por una rendija de la ventana cerrada, se me ocurre que algo he dejado ya y que no he perdido el tiempo. Algo que vale la pena.” (28 de septiembre 1961)

Llega a plantearse, como admite en el inicio del cuaderno octavo, abandonar el diario, tanto por el “aburrimiento de llevarlo”, como por circunstancias personales: la partida de su hija y la “continuada y difícil crisis de una amistad, que me dolía y aún no ha sido remediada, tal vez todo lo contario”, tanto como un desengaño en los terrenos del amor. Afortunadamente, al menos desde el punto de vista del lector, se continúan los cuadernos, escritos, como ya comprobamos, con exquisito cuidado más que intención literaria de lucimiento. Esperemos que la ejemplar labor de edición, estudio, con sus índices onomásticos correspondientes, siga su camino hasta completar la serie de cuadernos, testimonio del mayor interés para comprender desde dentro el ambiente literario de esta época y una obra que merece lectura por sus propios méritos.

 

domingo, 14 de febrero de 2021

A vueltas con el tránsito

Debo reconocer que hay temas sobre los que vuelvo una y otra vez. Y es lógico, porque el trámite para la nueva ley que prepara el ministerio de Irene Montero está dando mucho de qué hablar.  Creo que ya he comentado muchas veces la tristeza que me produce la división y las palabras soeces, los insultos y los argumentos falaces.

Los artículos que critican el proyecto suelen tener la misma estructura. Una primera parte en la que alerta sobre los peligros del proyecto y la autodeterminación de género (bla, bla, bla sin especificar por qué se dan los peligros) y luego unos argumentos muy endebles. Por ejemplo, si la diferencia entre violador (varón) y violada (mujer) es biológica (sexual) y no social (de género), entonces no hay futuro posible, no habría por qué educar en la igualdad porque siempre seríamos violadores en potencia, no habría que luchar por una sociedad más igualitaria, porque la determinación genética desbarataría todos los intentos y volveríamos a escuchar la llamada de lo salvaje.

Es cierto que en la inmensísima mayoría de los casos la identidad sexual no supone ningún problema, sin embargo, es necesario tener una legislación en la que se incluyan aquellos casos en los que haya disputa en cuanto a la asignación y, en general, hacia la identidad. Los casos más evidentes son aquellos que nacieron con genitales dudosos y se les asignó un sexo (no género) al nacer mediante cirugía en muchos casos. A medida que les fue llegando la pubertad y la conciencia han ido dándose cuenta de que no era una mera cuestión de hábitos, sino algo mucho más profundo, más necesario para la salud mental. La reasignación se muestra imperiosa en esos casos. Si existen casos en los que el sexo no es exactamente binario, sino que hay características genéticas que hacen difícil encajonar en masculino o femenino, no veo el problema de considerar que el sexo no es binario en el 100% de los casos. Otra cuestión que no es exactamente la misma es la identidad.

No creo que suponga ningún problema establecer que la identidad  (incluso de sexo) se pueda considerar un constructo social y se pueda, a la vez, luchar por la igualdad. Dice la articulista que si la aceptamos el constructivismo resultaría que las mujeres elegirían ser víctimas. No sé, creo que la raza es un constructo social (no existen razas desde el punto de vista biológico) y, sin embargo, es imperioso luchar contra el racismo. Y, por cierto, la etnia no figura en nuestro DNI a pesar de que existan políticas de integración y programas de ayuda a minorías.

Otra insistente referencia es al cuarto de baño. Si una persona sale de un baño femenino con bigote, por mucho que diga, es un señor. Así, tajante. Lo siento, pero no sé por qué debían esperar los señores con bigote a cambiar su DNI para entrar en los baños femeninos. Nadie comprueba la identidad al entrar a los baños.  Y, por ejemplo, se da en ocasiones la circunstancia de que los baños están ocupados y se utilizan los reservados a minusválidos. Por hombres y por mujeres. Y no parece que haya mucho problema. (Curiosamente en una de estas discusiones sobre el tema, una amiga me sacaba el tema de los minusválidos.)

Quizás sea problemático que simplemente sea necesaria la declaración del interesado. No es el único caso en el que la simple palabra del ciudadano tiene fuerza legal. Por ejemplo, en las declaraciones juradas, o en el mismo matrimonio, en el que dos personas, delante de un funcionario, atestiguan por sí mismas que quieren formar una unidad administrativa con la única expresión de su voluntad. Y, como en el matrimonio, también asumimos que puedan existir motivos extra-afectivos, como la posibilidad de beneficiarse de las deducciones fiscales o la manera de conseguir la nacionalidad. Para revisar la sinceridad y efectividad de los matrimonios en situación delicada, están una serie de averiguaciones legales que podrían ser análogas a los casos en los que el cambio de identidad de género pueda ser un fraude. Se me hace difícil justificar que no se otorguen ayudas o derechos por la posibilidad de que exista una posibilidad de engaño.

Hay, por supuesto, elementos en juego que habría que cambiar. Los establecimientos penitenciarios deberán adaptarse. Sabemos que se adaptan módulos para reclusas con recién nacidos. Y el deporte. Las competiciones deportivas deberán adaptarse a estas nuevas realidades. Los organismos reguladores ya tomaron decisiones al determinar ciertos niveles de hormonas para considerar la participación de atletas en categorías femeninas o masculinas. Lo más probable será una nueva división, no entre mujeres y hombres, sino en igualdad de condiciones físicas, al margen de la identidad sexual o de género. Algo como el boxeo. En muchas competiciones hípicas no se diferencia a hombres y mujeres, sino que se equilibran los pesos de los jinetes mediante la carga de lastre en alguno de ellos. En quizás no muchos años, los partidos de fútbol tendrán jugadores y jugadoras en los mismos equipos. Tardarán en adaptarse, como pasó con el fin de la división entre jugadores profesionales y universitarios en las olimpiadas. Durante algunos años la selección norteamericana de baloncesto arrasó porque sus jugadores eran superiores, eran profesionales. En la actualidad no hay una diferencia tan abismal.

Habrá a quienes le preocupe que, para salvaguardar los derechos de una porción ínfima de la población, se ponga en riesgo los derechos de la mitad de la población. Espero alguna vez comprender en qué consisten esos riesgos, porque después de meses leyendo, no los entiendo. Como no entiendo que el matrimonio entre personas del mismo sexo (o género) pueda acabar con el matrimonio heterosexual. Tampoco podría entender que se marginara a esa porción porque resulte demasiado cara en términos monetarios o de esfuerzo, como no lo hacemos cuando reivindicamos más atención a las enfermedades raras. Que afecten a una proporción muy pequeña no minimiza el sufrimiento ni exime a la sociedad de su responsabilidad frente a ellos. Tampoco creo que se deba dejar legislar temiendo el fraude, como lo sería evitar el problema de los desahucios porque puedan existir allanadores de viviendas que se aprovechen (por favor, que no los llamen okupas).

Es un tema que me entristece mucho. Los insultos de una parte, las descalificaciones, la insensibilidad hacia una problemática que parecen no querer comprender por la otra (dicen que el problema es la autodefinición de género, pero los ejemplos no se corresponden a esta legislación, sino a problemas que se dan con cualquier tipo de trans). Hago propósito de dejar el tema, de dejar incluso la participación en los debates públicos en redes. No comprendo porque hay gente a la que quiero mucho y a la que respeto que dice cosas que no se corresponden con la cordura que suelen mostrar. Seguramente seré yo que no me entero de la misa la media.

martes, 9 de febrero de 2021

Reseña de Jesús Aparicio González: ‘Lirios. Pequeño evangelio de las cosas pequeñas’. Ars Poética. 2020

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Tras la antología Huellas de gorrión (2017),  llegaron La sombra del zapato (2018) y Sin saber qué te espera (2019) y ahora se presenta Lirios, que lleva como subtítulo Pequeño evangelio de las cosas pequeñas, renovando la apuesta lírica de ese poeta nacido en el bellísimo pueblo de Brihuega. La poesía de Jesús Aparicio siempre ha tenido un carácter contemplativo. En ella se detiene a sentir los pequeños momentos como milagros cotidianos. El paisaje adquiere una cualidad que trasciende lo sensorial más allá de servir de escenario –o de excusa– para un poema. Versos de una delicadeza extrema, con cuidada contención hablan de un corazón abierto a aceptar lo cotidiano como un regalo (“Nada te pertenece. / Al alba todo es donación, regalo” (Saludo al laurel). No se escapa la referencia evangélica sobre los lirios del campo, verdadero sentido de este poemario, una sagrada despreocupación y un disfrute de lo pequeño y lo grande que se nos otorga. Si los románticos solo pretendían ser conmovidos por lo sublime arrebatador, por la naturaleza bella y terrible, Jesús Aparicio, en cambio, encuentra –y nos muestra– lo sublime en un recuerdo infantil (“sentado y acogido / en la sombra de la higuera / aún recuerdo pegado entre mis manos / su dulzura en la leche de mi infancia”, La higuera), en la contemplación de la naturaleza (“Bajo la luz de tu mirada / el musgo no se pierde / y eres testigo / de que da vida a una piedra”, Pequeño y escondido) o en un objeto cotidiano (“Todo universo llena / con su alzada sonrisa / esta pequeña estrella”, La lámpara del centro de la mesa).

Tampoco podemos obviar que este es un poemario lleno de fe, más allá de una espiritualidad general o una conciencia de lo sagrado que englobe un panteísmo donde quepan todos los credos, el poeta opta, podríamos decir, por un espíritu franciscano: “Piedra fría y sin sangre, / ninguna magia hará que seas pan, / mas solo el pan será / si es trabajando en piedra” (Piedra y pan). La sencillez en la que se muestra lo trascendente corre pareja a la mística entendida como un modo de vida, de prácticas y de reflexión: “Para vivir / ve necesario andar sobre las aguas” (Redes abandonadas); “nuestros camellos peregrinan / en busca de su aguja” (Nuestros camellos);  “En lo alto del monte hay una fuente /…/ La sed hace el camino” (La sed). Una fe que se expresa como una búsqueda y un camino (“¿Quién podrá cruzar el umbral del gozo, / esa línea invisible / que envuelve y abraza / el tiempo nuevo que vendrá / para hacernos más vivos?”, El ojo de la aguja). Las señales pueden ser literalmente migas de pan o gotas de lluvia, (“Toda buena semilla / emprende un viaje / hacia esa patria / que da fértil sombra / a un silencioso sueño / de raíces con ángel”, La semilla).

Más que a la épica creyente de Mesanza, está muy cercano a la poesía de Daniel Cotta, con quien comparte el asombro por lo cotidiano y la duda que asalta una fe que permanece: “No hay cielo fuera de ese agujero / que lleva a quien despoja su ambición de vanos equipajes” (Las puerta estrecha);  “Se interpone entre Ti y mi respuesta / la oscura razón de mi vacío” (Eclipse de luna).

 “El hombre ha nacido para busca

su diminuta perla:

cuanto lo hace feliz

y cantar su belleza,

y si la encuentra

abandona pesados equipajes

y corre hacia ella.

 

Y si no encuentra nada

en su ceguera

da todo lo que tiene

por esa nada

–la pequeña esperanza–

que lo sustenta” (El Tesoro y la perla)

Aunque hay referencias, incluso filosóficas, más amplias (“Cambio y permanencia / conjuntamente en sí / son plenitud”, La más pequeña letra), predominan los elementos de la tradición de los evangelios, como precisamente el poema que recoge el título: “No cumplen ni respetan voluntad / más que la de ese viento que los mueve. / Pero en el mundo, sin necesitar / el pulso de la mano que los pinte / ni el vuelo de una pluma que lo escriba, / dan argumento del ser de una mirada” (Lirios); “Todos secreto / despierta en esa aurora / que la noche ha ocultado / a niños impacientes” (Al que tiene…).

Aunque escuchemos la voz interpelándonos, el poeta se habla a sí mismo, recordándose repetidamente el ejercicio de encomendarse a una realidad entendida como un gozo inmerecido: “Sin merecerlo / te ha regalado el cielo / lo necesario” (Gratis); “El paño con que limpia las tinieblas / despierta a ese sol que lleva dentro /…/ vela porque tu ojo / sea sencillo. / Espera que tu ojo sea amable /…/ La manera en que ves / ilumina ese pozo en el que bebes” (Tu ojo); “Abrázate al tronco, / rodea sus heridas, / venda con amoroso tacto / las llagas de la edad” (Con las manos que sanan). No se hunde en una búsqueda del sentido para el dolor (“nada te rompe y cansa / y es tu tela reposo / todo el dolor del mundo”, La camilla; “El dolor nos transmite / de un otoño a otro otoño, / óxido y sangre coagulada: / la señal de los clavos”, La señal de las clases), sino que emprende la búsqueda de un refugio (“En un manto te ocultas / y de él haces refugio /…/ suelta tu manto y salta / a donde llama / la luz”, Suelta el manto).

No tema nombrar directamente el objeto de la fe ni hacer explícitas sus obras (“Dios bendice / esa miga de pan / que sacia el hormiguero”, Bendición); ni su esperanza (“Hoy te viste de polvo / cuyo gris olvidó todos sus fuegos. /…/ En tus cenizas / no has muerto totalmente” (Cenizas);“Pequeño por el asombro de saberte vivo /…/ pequeño que se alimenta de pequeños sorbos // Hay que ser muy pequeño para hacer cosas grandes, / en todas, para siempre” (Pequeño). Este es un libro de poemas religiosos, fuera, por supuesto, de la beatería ñoña y de los salmos rancios y estereotipados. Estos son los versos sinceros en los que se aprecia, sobre todo, poesía más allá de se comparta o no los fundamentos religiosos: “Si te siento conmigo / es más torre mi fe /…/ soy un hombre-orquesta repartiendo alegría /…/ mi voluntad es de tu viento /…/ Tú que eres solo vida, / me desarraigas, me destierras y me condenas hacia el Amor // Todo lo haces en mí, / y, sin embargo, aún no conozco / tu verdadero nombre, / por eso te he llamado con cantos de poesía / Paloma, Viento, Fuego; / Aliento, Agua… Espíritu Santo, / hasta que nuestra unión no precise de palabras” (Al Espíritu).