viernes, 13 de noviembre de 2020

Reseña de Yolanda Ruano Laparra: ‘Autorretrato de Zenobia Camprubí’. Editorial Universidad de Córdoba. 2020

UCOPRESS - UNIVERSIDAD DE CÓRDOBA U.C.O. -

Este volumen ha resultado premiado en el XIII Premio Nacional de Ensayo Leonor de Guzmán y nos permite acercarnos a la personalidad fascinante de Zenobia Camprubí sin tener que recurrir a su faceta de pareja de Juan Ramón Jiménez. Yolanda Ruano Laparra, actualmente profesora de secundaria, demuestra sobrados conocimientos para situar en el contexto cultural y social la figura de Zenobia. Licenciada en Filología Hispánica, forma parte del Grupo de Investigación Estudios Filológicos y Lingüísticos de la Universidad de Almería No es el único intento de clarificar la significación de esta escritora en este año, Emilia Cortés acaba de publicar en Alianza Editorial, una extensa biografía, Zenobia Camprubí, la llama viva.

Yolanda Ruano se apoya en la asentada investigación que se ha ido completando en estos últimos años sobre el protagonismo, oscurecido por el tiempo, de las mujeres en el primer tercio del siglo XX, la bien llamada Edad de Plata. Aquellas que vivieron a caballo entre la generación del 98 y la del 27, las llamadas sinsombrero y que sufrieron los cambios culturales y sociales del desarrollo económico. Fueron los años de apertura de España a Europa, los de la regeneración urbana, con las grandes avenidas y los hoteles lujosos, los años de la moda más atrevida y desafiante, las herederas de las flappers, mujeres que empezaron a disfrutar de la posición social que sus homólogos varones ya venían ocupando desde siempre. Fiestas de la alta sociedad, clubes de señoritas, los inicios de la Residencia de señoritas y de las primeras becas para estudiar en el extranjero. De todo aquello Zenobia Camprubí no solo fue espectadora, en muchos casos fue parte activa.

La fuente fundamental es, sin duda, la serie de diarios de la escritora, que afortunadamente se han ido publicando. Begoña Méndez también reflexionaba sobre la utilización del diario en las mujeres como instrumento, como tecnología del yo. En el caso de Zenobia, comenzó siendo una obligación materna para que comprobara ella misma lo poco que aprovechaba la vida. Lo que podemos comprobar, sin embargo, es su inmensa labor más allá de servir de apoyo a su marido. Otras fuentes interesantes provienen de los epistolarios, que dibujan una mujer con iniciativa, que reflexiona y actúa. La autora abre la labor para un estudio más profundo de su obra, todos los textos, los trabajos de sus clases de Universidad, las conferencias, traducciones y su poesía. La tesis que subyace en el ensayo de Yolanda Ruano es la “construcción del ‘yo’ pedagógico y literario” de la autora, que se realiza, principalmente a través del mecanismo del diario, en toda su extensión, literaria y, sobre todo, sistemática.

La posición privilegiada de la que Zenobia Camprubí partía le supuso una base sólida para su actividad. En cambio, para muchas de sus contemporáneas, pertenecer al estrato más acomodado simplemente las relegaba a una educación meramente decorativa y un papel muy secundario en la cultura, incluso dentro de la esfera social e íntima. Zenobia toma partido y lucha para que la instrucción de la mujer alcance a muchas y que así se comience la emancipación.

Con gran claridad expositiva, Yolanda Ruano recopila la obra de Zenobia, para luego situarla en el contexto sociocultural, la Junta de Ampliación de Estudios, y sobre todo el Comité para la Concesión de Becas a Mujeres Españolas, la Residencia de Señoritas y el Lyceum Club Femenino. Otras autoras de consistencia, como Mercedes Gómez Blesa, avalan esta reivindicación del enorme papel que tuvieron este grupo de mujeres, clave para comprender el desarrollo de la lucha por la emancipación, pero también para conocer la aportación cultural, al margen de la consideración de género. Algo que se agradece es apartar la consideración de fenómenos extraños, de la actitud del etnógrafo en una tribu, que resalta lo excepcional con cierta condescendencia. La reivindicación de estas mujeres tiene mucho más que ver con la justicia que con sobredimensionar a unas pioneras. La obra literaria, por ejemplo de la propia Zenobia Camprubí merece una reivindicación literaria objetiva. Con el mismo apasionamiento que una escribe sobre la vida, tenemos a Yolanda Ruano revisando su labor literaria.

 

 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Reseña de José Manuel Benítez Ariza: ‘Todo sobre K. Una gata en un diario’. Newcastle. 2020


Benítez Ariza, además de poeta, narrador y especialista en cine y en Edgar A. Poe, es conocido por sus acuarelas y su diario. De ambos menesteres tenemos aquí una muestra. El diario se publica en forma de blog y está reunido después en varios volúmenes, uno de los cuales fue La novela de K, publicada por 2000 Locos. Un “diario abierto” que mantiene desde 2005 y que desde hace un par de años, Benítez Ariza ha decidido subir a la red cada entrada justo un año después de ser escritas, como los vestidos que la alta sociedad neoyorkina de La edad de la inocencia pedía a París y guardaba durante meses en los armarios para evitar el desprecio de los que presumen de estar a la moda. Al prescindir de la urgencia de la actualidad, el autor actúa sabiamente, la cotidianeidad es eterna.

De todo ese trabajo ha seleccionado las entradas en las que ha ido apareciendo K., su gata. Vemos un personaje que tiene un protagonismo intermitente, que aparece como secundario en múltiples ocasiones, acompañando los quehaceres entre el domicilio habitual y Benaocaz, en la sierra de Cádiz. Además del yo que escribe, tenemos la presencia de M.A. y C., según aclara, su mujer y su hija. El resto del elenco, modestamente, se refugia en sus iniciales (salvo los pintores, como José Antonio Martel, amigo y colaborador en algunos proyectos de Benítez Ariza, y del que me permito resaltar su enorme talento). El asunto puede trasladarse en la insistente impertinencia de K se obstina en imponer sus costumbres a los habitantes de la casa, mostrando un epicureísmo ejemplar aun cuando en la mayoría de las entradas sea solo un convidado, el actor secundario que roba el protagonismo a la estrella del film. Un personaje que cobra protagonismo, especialmente en la última parte. Hay que consignar que de 2015 a 2019 son “inéditos”, acaso presentes en la web.

Diversos textos sobre nada en particular, sobre un suspiro, lo cotidiano, lo corriente, sin intenciones trascendentes pero con la trascendencia que da la sabiduría y la observación. Hay que contar, además, con lo azaroso del procedimiento de selección. Como la poesía de Benítez Ariza, las entradas del diario planean serenas, sin altisonancias, como el transcurso de la vida. Sin el florido lenguaje que otros despliegan para disimular que escriben sobre nada, la nada cotidiana, con un estilo que emula al de Julio Camba o de Díaz Canedo en su intención. Casi podríamos decir que hay una unidad de espacio, hasta donde llegan las andanzas de K., aunque los escenarios tengan su cerrada elección, el hogar, el trabajo, los recuerdos… La elegancia, la sencillez, la contención, lejos del barroquismo –exquisito o no, según qué casos– de otros andaluces contemporáneos.

Entre estas líneas se cuela la amistad, el gusto de estar juntos, la afición al cine, a la literatura, a los paseos… y planeando sobre todas las anécdotas, la naturaleza del gato, cazadora, mimosa, zalamera y exquisita, fuerte frente a la domesticación, nunca mejor dicho, de la casa. El gato es símbolo del desdén, del filósofo del jardín, buscando el paso del tiempo el disfrute, la verdadera naturaleza del gato al sol. Pequeños acontecimientos, y también grandes secuencias de concisa escritura, de sutil ironía, de guasa en ocasiones. La emoción muy, muy contenido. Como en el cine clásico, donde la mano del autor procuraba siempre pasar desapercibida, aunque siempre estaba muy presente, desde la concepción a los más mínimos detalles. Los diarios de Benítez Ariza responden de una autenticidad de lo que no sorprende, narrados, descritos con precisión, sobriedad, paradoja, pero sin renuncia a la poesía. Un vitalismo sin estruendo. Porque la felicidad no siempre es júbilo y la tristeza, por muy profunda que alcance, no siempre drama.

Gracias a las andanzas de K. nos asomamos en una cuidadísima edición, acuarela incluida, a la trascendencia de lo intrascendente, de la mano de un poeta para el que la poesía debe tener, William Carlos Williams dixit, las cualidades de una buena prosa. Aquí la tenemos

 

lunes, 9 de noviembre de 2020

Leña al progre (y II)

Las recientes elecciones norteamericanas han puesto de relieve que, por mucho que desde Europa no se comprenda, Donald Trump tiene mucho tirón. Biden no lo ha aplastado, no ha barrido aunque haya conseguido tener más votos que ningún otro candidato en toda la historia de los EEUU. Trump es el derrotado con mayor número de votos, con diferencia. Una de las razones que los analistas resaltan es que Biden representa a la élite y sus asesores no salen del círculo de Harvard, intelectuales con ningún contacto con la realidad a pie de calle del americano medio y del medio oeste. Parece que hay consenso en eso. Me sorprendería mucho que Trump no tenga asesores de carrera universitaria en la Ivy League y describirlo como un antisistema es un mal chiste que le ha funcionado. No se me ocurre nadie que represente mejor la élite capitalista corporativa mundial. ¿Qué se nos escapa?

Nací en una familia de clase media que pudo costearme una carrera universitaria. Trabajo como funcionario dando clase y he podido sacarme un doctorado en sociología. Soy el perfil clásico del progre. Mi pregunta ante tanta crítica por desclasamiento es preguntar qué se supone que debo hacer y debo pensar. ¿Debo dar por bueno el discurso de la meritocracia que desprecia a los que quedan al margen de la sociedad diciendo que no se han esforzado lo suficiente? ¿Tengo ahora que defender que es la atención a los inmigrantes lo que ha colapsado el sistema de salud cuando he visto que gobiernos los gobiernos de centro derecha del PSOE y los de derecha insolente del PP han ido desmontando el sistema sanitario y la cobertura presupuestaria que podía sostenerlo?

Si me pongo en el lugar de quien abandona su hogar y cruza medio continente para conseguir algo mejor que una guerra y la miseria, porque, entre otras razones, mi familia ha emigrado y sigue emigrando. ¿Se supone que debo hablar mal de los sudacas o temer que los musulmanes vayan a destruir nuestra civilización que es tan suya como nuestra? No puedo negar el pasado musulmán del suelo patrio, ni su vocabulario, ni su arte, ni su manera de concebir el urbanismo o la socialidad. ¿Cómo puede un español ignorar que en su ADN está tan indeleble la cultura árabe como lo estuvo la cultura celta?

Es verdad que mi sueldo no depende de las oscilaciones del mercado –mi trabajo me costó conseguirlo–, pero eso no significa que no haya sufrido las crisis. Sin embargo prefiero luchar porque todos puedan tener la seguridad que me cobija que ensalzar los valores del riesgo y la incertidumbre que asolan a los asalariados o a los pequeños negocios. Es cierto, no pertenezco a la clase trabajadora empobrecida por las crisis, ¿debo asumir por eso las ideas de quienes los desprecian? Porque es desprecio el que destilan por mucho que digan que son los de la España que se levanta temprano. Esos patriotas que prefieren una victoria de Trump a pesar de los nefastos efectos que ha tenido y tendrá su política en la economía española. Me gusta la música y aprecio la belleza de músicas no anglosajonas. ¿Tengo que escuchar sólo R&B anglosajón o flamenquito porque no nací en Iberoamérica o en Senegal?

¿Debería estar prohibido a los que somos de clase media universitaria defender una mayor justicia social? ¿Debemos callarnos ante las atrocidades machistas porque, además, soy un varón? No soy tan simple de pensar que dentro de cualquier ideología, la socialdemocracia o el anarquismo, hay muchos que se apuntan simplemente como una moda. Vivir la experiencia de vivir como un pobre, mochila al hombro, como quien alquila una casita en el monte y luego vuelve a su piso con todas las comodidades. Pero, no sé, creo que es peor todavía vivir en tu piso con todas las comodidades y ni siquiera plantearte ayudar a los que están peor en la globalización. No creo que nadie sea totalmente coherente entre sus ideas y lo que realmente lleva a la práctica. Tener conciencia no basta, pero si ni siquiera tienes conciencia, ¿no es más despreciable?

Pero, ¿qué puedo saber yo de la vida si soy un progre universitario?

 

 

domingo, 8 de noviembre de 2020

Leña al progre (I)

En estos tiempos inciertos la palabra progre tiene mala fama. Muy mala fama. Sirve para denigrar a los que practican el postureo intelectual sobre todo a favor de las clases más desfavorecidas, defendiendo la diversidad sexual, étnica o cultural, concienciado de salón sobre el cambio climático, el ecologismo y la comida bio. La izquierda caviar también les llaman, por eso quizás de pasar de la imaginación al poder y convertirse en imaginación al comer. Quienes critican a los progres suelen argumentar su inconsistencia, su incoherencia al defender una clase social que no es la suya.

Dos cosas me llaman la atención. La primera es un anda-que-tú de libro. Hay una especie de columnistas o intelectuales cuyo ecosistema está en los periódicos de centro derecha pero que fascinan a unos y otros, son los Pepito Grillo de la izquierda. Disfrutan con su dardo afilado sobre feministas desaforadas, incongruencias de los políticos criados en la universidad o contra cualquier músico que se acerque a las músicas del gueto o del Tercer Mundo. Un ejemplo lo tenemos en Alberto Olmos, flamante premio David Gistau de periodismo. Sin embargo no consideran digna de su atención la incongruencia de los católicos que velan más por la propiedad privada que por la comunión en Cristo, ni por los liberales enamorados de la empresa que han vivido a la sombra del funcionariado toda su carrera, ni por los conservadores que lucen los últimos dispositivos electrónicos. Cuando los jóvenes católicos hacen convivencias y se enrolan en proyectos de solidaridad (o caridad) no oigo otra cosa que una sonrisa ufana, “hay una juventud distinta”, aunque luego sean insolidarios y se comporten como trepas entre sus compañeros, abusen de otros más débiles o se burlen de las chicas.

Me sorprende, y es la segunda cuestión, cómo me puedo considerar progresista con el rechazo que me produce cierta idea de progreso y lo pesimista que soy con respecto al futuro.

Dejemos aparte las consideraciones denigrantes de la palabra y centrémonos en la cuestión de base. Los consensos sobre la justicia que se habían establecido a partir de los años 60 han desaparecido como desaparecieron los grandes relatos. La codicia ha desterrado definitivamente el ethos del capitalista primigenio y cualquier atisbo de reflexión ante el fenómeno, no ya de rechazo, supone un estigma intelectual. Los progres somos aburridos, no somos capaces de percatarnos de la ironía, somos la reencarnación de los viejos moralistas para los que todo disfrute estaba mal. Y, ¿qué le voy a hacer? Me parece mal que se disfrute burlándose de las personas con síndrome de down, de los gangosos. Creo que es horrible que todavía se ridiculice a los homosexuales y se hagan chistes de mariquitas. No sé cómo debería comportarme si me resisto a englobar a todos los musulmanes en un estereotipo o no soy capaz de distinguir ese colectivo como los gitanos que tan claramente ven otros. Cuando sé positivamente que la mayoría de los migrantes buscan salir adelante, ya fuera cuando los españoles emigrábamos o los africanos y los iberoamericanos llegan a España, ¿cómo voy a aceptar que algunos digan que vienen a robar o a conquistar nuestro país y destruir nuestra civilización? No se trata de pintarlos a todos como ángeles del bien, los habrá buenos, malos y regulares en una proporción muy similar a los nativos de cualquier parte del globo. Para empatizar con su situación no necesito idealizarlos y para despreciarlos sí que hay que etiquetarlos y englobarlos en una categoría.

Me reiría del miedo a la hegemonía de lo progre (igual que de la dictadura de la ideología de género) cuando lo que veo es que los grandes poderes del mundo, las grandes cadenas de comunicación, la mayoría de series y películas describen una sociedad individualista, racista, xenófoba y con miedo al Otro e insensible ante la discriminación hacia las mujeres o hacia los gais y lesbianas (no digamos a los y las transexuales). ¿De verdad pueden decir que hay una censura? Mucha crítica en las redes a Fernando Simón como machista mientras que Bertín Osborne dice en varias cadenas machadas más groseras (con lo formalito que parece en tu casa y en la mía, Dios en la de todos).

viernes, 6 de noviembre de 2020

Reseña de Inma Rodríguez Mateos: ‘Retablo de duelos’. Buitre negro. 2018

“No me fío de quien no tiene desconchados” (Día de la madre)

Es posible que Inma Rodríguez Mateos pueda ser más conocida como actriz y de esa profesión también echa mano para armar este poemario para el que Sebas Abdala, editor artístico, hace el proemio. Abrimos y nos encontramos con citas de El Quijote, Pizarnik o Hesse. La obra se divide en dos actos, dos acepciones de duelo. En el primero la presencia de la muerte es decisiva: “El invierno llegó de golpe y nadie tuvo la culpa. /…/ El óleo se volvió plástico. / La madre no volvió a pintar / nadie tuvo la culpa /…/ La dieron por muerta / cuando solo tenía frío. // Y nade tuvo la culpa” (Todo pasa). Un paisaje de desolación de frío, de dolor, enfermedad y cuidados: “Cuando mi hermano murió, murió mi madre /…/ En mi memoria las caras que me besaron en su entierro” (El velatorio);  “Quiero decirle que la quiero, pero callo. Me guardo todo mi amor para protegerla. Como hizo ella conmigo hace diez años” (El cielo estrellado)

El yo que habla se pierde en el paisaje: “Si me quieres buscar, / estoy donde las golondrinas vuelan bajo” (Si me quieres buscar). Las relaciones se plantean problemáticas, dolorosas, difíciles: “La intimidad es vienta para quien mira / porque no puede ponerse en otras pieles” (A la censura desviada) tanto como para motivar la escritura: “Poco a poco las cicatrices se vuelven versos” (1 de septiembre). En la escritura hay elementos simbólicos muy importantes, como la casa, que a menudo aparece como símbolo del propio cuerpo en los manuales de interpretación de los sueños. Aquí, sin embargo, es un espacio muy concreto: “En mi patio no da el sol, / mi casa está orientada al norte, / por eso los árboles me crecen torcidos / y no puedo tener macetas con flores/…/ Qué pena que no me crecen ni mis muertos” (Cementerio).

El elemento trágico, el dolor agudo y constante nubla unos versos que no se desbocan hacia el sentimentalismo sino que abren la herida a través de la palabra, la imagen, la metáfora: “He visto el agua arder” (Por los cinco sentidos); “Como iba a temer al mar, si mi madre ya se había ahogado” (El mar); “Ayer lloré hormigas negras / porque sentía la crisálida del gusano blanco / en mi tráquea” (Hormigas negras); “Los contenedores de cenizas / acaban en las orillas de los mares / que nunca vieron sus pares” (Las cenizas). Un afán de lucha, de superación, de sanación se entrevé en los poemas que terminan esta parte: “No me aferro nunca más / No me mato nunca más” (Destrucción); “Porque es sencillo complacer a quien nada espera tengo el alma enferma” (Gratitud). En esta primera sección, podríamos decir que “Toda mi fuerza encierra dolor” (Agorafobia), el impulso de la escritura proviene de la necesidad de interpelarlo ante la falta de diálogo: “La soledad se encuentra / entre los habitantes de mi cuerpo / y se está dejando las uñas largas” (Periodo de exámenes). Se resume en unos versos en los que la poeta confiesa: “Yo quiero escribir sobre el amor, pero me salen muertos de los dedos. /…/ Me pregunto si algún día podré escribir algo que no sea mi propia historia” (Epílogo)

 

“¿Has escuchado alguna vez a un ave morir?

/…/

¿Lo escuchas?

La poesía también bebe de la muerte” (Canción)

El Acto II tiene una diversidad mayor de tonos y de personas. Por un lado aparece más clara la reivindicación de género: “No quieras ser esa “musa precaria a tiempo parcial”, ni “musa en paro”, ni “musa fugitiva” de esas que se ven en Instagram” (No quieras ser musa); “Niña, estás hecha de amapolas y celidonias, estás soportando pisadas, piedras y malezas, pero, óyeme, trátate bien, vas a salir de esta” (Carta para mí); “Hoy las flores no son para mis muertos, / son para los nombres de bebé / que nunca podré contar” (Síndrome de Ovarios Poliquísticos); “Cómo le explico que la victoria está hecha de miedos (El perro de pan); “A veces en vez el amor, hago el miedo, estos días no desayuno por si vomito” (No soy una supermujer).

Por otro lado, Inma Rodríguez va tomando otras voces: “Se dormirán los árboles, se secarán las flores, se encenderán las velas y todo será desierto raso. Ni las aves podrán comer las semillas” (Equinoccio de otoño); “Quien para volar espera y atiende, / se queda lento, no crece, / quien para volar espera el momento adecuado, / nunca salta, nunca se atreve, nunca vive, / siempre se muere” (Balance); “Nací violeta y con la soga al cuello” (Biografía selecta). Podemos leerlos como relatos: “Tiempo, ¿tienes frío? / Tócame, apenas siento, / tengo un deje en las entrañas, / soy el agua donde crecen los juncos, / estancada puedo dar vida” (El tiempo vino a mi noche); “En el fondo del pantano y casi sin burbujas de oxígeno en el cerebro consigo elaborar mi último pensamiento: aquellos que emanan luz no siempre son buenos” (La pesadilla). Y podemos leerlos como alegorías, como imágenes para la muestra de los sentimientos, de las aspiraciones y deseos: “Eres tus límites, tu gesto mudo en el lienzo, la boca de la pantera y del guepardo, cada animal con su cría” (El ama de casa).

Hace gala este Retablo de duelos de una voluntad combativa –la segunda acepción de duelo–, de superviviente, “Llora, no olvides / que sin agua la vida no nace” (Misérable Éponine); “Solamente los muertos conocen el reverso de las piedras. / Solamente las piedras conocen el reverso de los muertos” (Síndrome del impostor). Lúcida, consciente de la dificultad y de la derrota: “Tristes figuras tu espalda abandonan. / Junto a ellos va rodando la amarga corona. / Arrastran los pies, levantan el polvo / y tu cabello se va volviendo blanco” (Ideales).

Después de tanta acumulación de emoción y de muerte podría parecer que abraza el mito romántico del amor y la muerte, de la tragedia y el abismo. No es así, al contrario, resume en  Equinoccio de Otoño: “He mandado a la mierda ese mal de siglo romántico. La ansiedad, el miedo irracional y desmedido. Desterrad del mundo, es desavenencia con una tormentosa naturaleza que ni siquiera alcanzo a ver”.

“En la torre de marfil da lo mismo ser luz que polilla” (Las polillas)

 

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Reseña de Javier Raya: ‘Disentimientos de la nación’. Ediciones Liliputienses. 2020. Col. Proscrita.

Nos enfrentamos aquí a una plaquette. La palabra es enfrentarse, porque esa es la intención de este mexicano, “historiador de la literatura Ninja”. Javier Raya tiene publicados El libro de Pixie (2010), Por los rasgos una bayoneta (2011), Ordalía (2011), La balada de Mr. P Mosh o 7 sonidos para peluquerías (2012). Lo que tenemos entre las manos es un largo poema en se mezcla un alegato contra las patrias y las influencias beat y de Bukowski en el estilo y la combatitividad de las letanías. Tenemos un espíritu rebelde, incómodo con las convenciones suicidas de una sociedad complaciente, que no se amedranta por la cercanía al panfleto, que dota a la denuncia de una cualidad poética y épica de quien se encara, a título individual pero con voz colectiva, a todas esas asunciones imaginarias que el poder aprovecha para cubrir los sueños con la patria.

Partiendo del rechazo al himno: “Una lucha empieza así: Disiento. / Disiento cuando dejo de creer en tu himno /…/ “porque no puedo estar a favor de tanto acento bélico”. Recuerda, indudablemente, a La mala reputación, La mauvaise réputation, de Georges Brassens que tantos recordamos en la voz de Paco Ibáñez. A diferencia del cantautor francés, no hay ironía, no hay guasa, hay un posicionamiento político y no hedonista. Una conciencia grupal de cómo el poder tergiversa y pervierte los valores de una nación, de una comunidad: “La política nos ha robado las palabras: se ha metido al saco la palabra pueblo, / la palabra comunidad, la palabra / compromiso, la palabra solidaridad”.

Como en un programa político, Javier Raya, repasa los temas en los que el país, su país, cualquier país, sufre la opción engañosa del bien común: “Yo disiento de tu versión de la salud / como enfermedad que se cura a balazos”; “El único lejo de la juventud ha sido la esperanza / e incluso la esperanza no la venden a crédito y cava”. Una mención especial la cuestión de la violencia y el militarismo: “Disiento cuando me dices que los muertos / caben en una cifra, en un coste, / en un gasto de producción de la paz”; “Disiento cuando haces que una persona / tenga miedo de otras personas”. Una opinión pública viciada en forma y fondo en la que “Política ya no es intercambiar opiniones, / porque ya no sabemos pensar / por nosotros mismos”. Unas estructuras políticas transformadas en beneficio de la élite: “Disiento porque tu plan no es perfecto, / porque no contabas con nuestra astucia, / estimado presidente, estimado dirigente sindical, / estimado líder charro y petrolero, / estirado burócrata ahogado en el reloj del tedio”.

Es también un canto a la esperanza, “Yo sé que todo va a estar bien / porque no estoy solo, / porque somos muchos, / los que vamos a hacer / que todo esté bien”. A pesar de todo, una fe en la capacidad del hombre pequeño, de los que no son nadie, para seguir escurriéndose a las garras del poder, para crear redes de compañía, para habitar los resquicios y alzarse a reconquistar lo que debe ser de todos: “porque estar vivo en México / es una conspiración de la vida, / una insurgencia de vida”.

Absténganse los que piensen que la poesía es cuestión de intimidades y corazones destrozados, los que crean que la torre de marfil y el escritorio de un ordenador viven sin la sangre de los que trabajan en las calles. Los quizá piensen que la ideología no tiene rima, que es siempre un ripio a descartar. Este libro es para los que viven al cabo, y saben quién es el Chavo del Ocho, y recuerdan la lucha contra los fascismos y no tienen miedo de que una ideología con nombre se cuele entre los versos.

“y tú eres mi país, y tú eres mi país, y tú eres mi país,

y de este metro cuadadro me hago cargo yo,

este metro cuadrado será también mi tumba

/…/

no pasarán, no pasarán,

no pasarán”

domingo, 1 de noviembre de 2020

Disputas

Vivimos tiempos inciertos. Vivimos pendientes del aplanamiento de una curva y no sabemos ni siquiera a quiénes podemos hacer caso, mucho menos cuál puede ser la solución. A dos días de las elecciones estadounidenses nadie puede asegurar cuál de los dos candidatos tiene más probabilidades, por mucho que Donald Trump se gane nuestra antipatía (bueno, hay un sector de la ultraderecha que incomprensiblemente simpatiza muchísimo). Disfrutamos, incluso, de una ideología que se halla dividida. Los que se encuentran a la derecha dudan entre los tradicionales del Partido Popular o los gamberros  incendiarios de Vox. Los votantes del PSOE tienen que tragar sapos en la ejecutiva y en los pactos con unos o con otros, a favor o en contra de la monarquía. La izquierda del PSOE discute dentro y fuera de las redes a cuenta del enfrentamiento entre Teresa Rodríguez y la cúpula de Podemos. Incluso dentro del feminismo no hallo sino disputas, unas defendiéndose de un supuesto borrado de las mujeres y otra facción acusando de TERF a las primeras.

Indudablemente son tiempos inciertos. No solo ignoramos qué camino elegir, ni siquiera tenemos claro cuál debería ser nuestro destino.

Compruebo en muchas ocasiones que cada opción se siente en minoría, aplastada por los defensores de las alternativas. Por ejemplo, quienes son conscientes de la gravedad de la pandemia y aceptan con resignación las medidas de las autoridades, unas veces con mayor acierto y otras veces jugando con las pocas bazas con las que se cuenta, sufren por las opiniones que rechazan esas medidas. Unas medidas que son apreciadas como intentos autoritarios de un gobierno social-comunista, o de una conspiración de los globalistas. Se oponen quienes ven una plandemia, quienes desconfían de los datos por lo alto y por lo bajo. Hay que defender el recuento oficial de muertos por el covid (datos de sanidad o del MoMo) ante los que niegan la epidemia y ante los catastrofistas que gritan contra Pedro el Sepulturero. Y es una sensación desagradable.

Dentro de la izquierda sucede lo mismo. No podemos negar que la estrategia que ha seguido Podemos ha ido mermando los apoyos y del heterogéneo grupo inicial apenas si queda Pablo Iglesias. En Andalucía la situación de partida fue distinta. El PSOE de Susana Díaz representaba muy poco los valores de la izquierda y sí mucho los de la impunidad de muchos años en el poder. Se comprende la negativa de Teresa Rodríguez a pactar. No es lo mismo que las dificultosas relaciones entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que torpedearon la primera investidura y propiciaron el auge de la ultraderecha como castigo al PP. La vergonzosa disputa entre Teresa Rodríguez e Irene Montero no ha hecho más que dar alas a quienes ven en el gobierno una amenaza comunista (cualesquiera delirio que pueda significar que Podemos sea un gobierno comunista) estalinista.

Me produce una tremenda tristeza leer los ataques entre feministas. He reflexionado mucho sobre ello y escrito alguna vez. Me queda mucho por entender aunque haya algunas cosas que no comparto con la visión que tienen algunas feministas radicales, llamadas radicales. Sé que algo de recambio generacional hay en la disputa, pero veo más una lectura muy sesgada del proyecto de ley de Igualdad. La manera en la que denuncian el borrado de mujeres no termino de apreciarla. Veo en sus argumentaciones una debilidad conceptual que asocia el nuevo feminismo con el capitalismo de una manera muy endeble. No sé en qué puede ayudar al capitalismo que se reconozca el derecho a las personas a cambiar su sexo. O, al menos, no más que la comida sana, o la necesidad de una vivienda. Por el contrario, quienes defienden esta ley y la llamada ideología de género ven en las llamadas TERFs (Feministas Radicales Tránsfobas) el mismo frente que los intransigentes de Vox porque utilizan los mismos lemas (que os engañen, las niñas tienen vagina, los niños tienen pene) y algunos de sus más sucios “argumentos”. Siempre el enemigo es poderoso.

Hay ocasiones en las que es difícil incluso saber a qué nos enfrentamos, sobre todo cuando vemos que un partido político defiende una cosa y su contraria. No es la primera vez que sucede (siempre recordaré al PSOE de los ochenta que defendía la OTAN y su salida), el Partido Popular es diestro en mostrar en desacuerdo incluso cuando piensa de la misma forma que el gobierno. Lo hemos comprobado con la gestión de la pandemia, queriendo a la vez que fueran las comunidades quienes se hicieran cargo y que el gobierno tuviera el mando único, que no se dictara el estado de alarma y denunciar a los tribunales por decretar un confinamiento sin alarma. Dicen que hay que mantener abierto el país para que la economía no pare y acusaron al gobierno de decretar medidas demasiado tarde. La ultraderecha no le va a la zaga, apoyando a los manifestantes anticonfinamiento y a la policía que los disuelve; incitando las concentraciones y la rebelión y acusando a los menas y a los antisistema de izquierda de los altercados.

Todos tenemos contradicciones, demasiadas veces nuestros actos y nuestras ideas no están en consonancia. Maduramos –o lo contrario– mudando de opinión con el tiempo y los demás también lo hacen. La confianza se basa en la certeza hipotética de que los demás van a actuar de manera previsible, especialmente en que no nos van a fallar. Vivimos tiempos en los que no solo el azar añade perplejidad, hay un total desconocimiento acerca de lo que nos espera, lo que debíamos esperar o lo que sería deseable anhelar. Lo resume la poeta Rosario Troncoso, “ya no son infalibles las rutas conocidas”.