domingo, 23 de agosto de 2020

Masterchef y el neoliberalismo


Hace unos días compartí un artículo que asociaba el programa de cocina Masterchef con la ideología neoliberal. Aunque personalmente lo hubiera enfocado de otra forma, lo cierto es que comparto el punto de vista del autor. Supongo que soy una persona que se entretiene con los detalles y ve conexiones con todo. Seguro que es mi fallo, pero sostengo que muchísimas manifestaciones culturales encajan a la perfección con la mentalidad que es preferible para el mundo en el que vivimos. No digo que los grandes poderes organicen seminarios para desarrollar novelas, series, películas o videojuegos para adoctrinar al personal, no saldría, demasiados egos enfrentados. Más bien se trata, creo, de que son valores adecuados y por eso son significativos y tienen predicamento en las productoras y en los programadores.
Concursos de talentos han existido casi desde siempre. Son concursos en los que se promete el éxito por demostrar que alguien tiene un algo especial por encima del resto. Todos los programas tienen algo de trampa, algo de preparado y estos no van a ser diferentes. No sé si todo el mundo está al tanto de que los participantes van tomando lecciones de cocina ajenas al concurso para poder estar al nivel. Y que todo tiene un guion y que los jueces tienen claro que son personajes y los concursantes también. No deberíamos ser tan ingenuos.
La cuestión del talento como fuente del éxito es importante por lo que dice y por lo que calla. Atribuir el éxito al talento supone identificar la individualidad genética como la causa del éxito y el fracaso. El talento no se educa, se tiene o no se tiene. Como lo tienen Harry Potter o Luke Skywalker. Se puede desarrollar, claro está, se puede entrenar, pero por mucho que uno entrene como Usain Bolt, incluso aunque se dope, no llegará a correr como él.
Lo que calla es que el éxito también depende del esfuerzo en ese entrenamiento y, casi en igual condición, de la suerte. La suerte puede tener la cara de una herencia familiar, de una clase social, de un color de una piel o de unos genitales. Cuando un servidor sacó su plaza de profesor de secundaria tiene que aceptar que fue parte de suerte. Como yo habría preparados e igualmente inteligentes muchísimos candidatos que fallaron por muy poco en cada una de las pruebas.
Con esos ingredientes juegan los concursos, consuelan, a veces, con estas palabras a los que se van quedando por el camino, pero se insiste en la personalidad propia de la individualidad que triunfa. Las diferencias entre las personas se deben tanto a lo dado por la naturaleza, como lo situado por la sociedad. No podemos exigir el mismo resultado a quienes parten de diferentes sitios si queremos ser justos midiendo su mérito. Lo malo no es que los perdedores se lamenten de lo mal que funciona el mundo. Lo malo es que el mundo funciona mal y quienes se benefician, no digo que conscientemente, se jactan de sus cualidades. Hay que esforzarse, claro está, pero hay que saber que uno no consigue lo que merece, no siempre. Para lo bueno y para lo malo.
En el siglo XX se empezó a medir la valía de las personas por el grado de instrucción que conseguían. Se llamó meritocracia. En la actualidad se ha superado ese paradigma, se prefiere a individuos que muestren creatividad o emprendimiento al margen de su preparación académica o informal. El acceso a la universidad era un listón alto para las clases medias e imposible para las bajas. Con las mejoras en el estado del bienestar y el acceso de éstas a los estudios superiores, para justificar las desigualdades en las oportunidades se está santificando el talento. Algo inefable pero que tienen siempre los mismos.
Luego está la pedagogía de la crueldad. ¿De verdad que en televisión, donde se cuidan las palabrotas y los desnudos no se puede hacer el esfuerzo de tratar correctamente a los concursantes sin faltarles el respeto? Risto Mejide abrió la veda mientras que en las instituciones educativas se cuidaba muy mucho ese trato. Incluso en las fuerzas y cuerpos de seguridad se tienen en cuenta el maltrato verbal a los detenidos. En los talent shows, al contrario. Las audiencias quieren carnaza. Los jueces cobran protagonismo utilizando un lenguaje corrosivo, descalificaciones ácidas, humor vitriólico.
Alguno podría pensar que los concursantes saben a qué se presentan y que son mayorcitos. También serviría la excusa para cualquier tipo de abuso laboral, ya sabes en qué te metes. Es cierto que en las profesiones como la hostelería la presión es constante, pero también lo es en la medicina. Sospecho que más de algún cirujano goza de fama de cruel en sus comentarios y déspota en su comportamiento. Pero sé de buena tinta que no es el caso de la mayoría. Se hicieron públicas las barbaridades que muchos entrenadores de gimnasia rítmica cometían con sus pupilos y pupilas y esa no es excusa para crear un ambiente de desolación en los realities de deportes. De igual forma tengo por seguro que habrá jefes de cocina completamente desproporcionados. No debería ser la forma. Y mucho menos justificar los malos modos en televisión. Son programas, están editados y guionizados. Se eliminan las esperas y se podrían eliminar esos gestos tan desagradables. Probablemente perderían audiencia, pero esa es otra cuestión que debería ser tratado. El mensaje que se muestra es que la efectividad de un maestro no proviene de su autoridad, sino de la mala leche que destile. El mejor profesor es el sargento instructor de La chaqueta metálica.
Lo que me preocupa no es que la realidad sea peor de lo que muestran las cámaras, sino que las cámaras contribuyan a dulcificar una injusticia. Todo contribuye a crear una normalización de objetivos y medios, que funciona, no porque haya una conspiración en la sombra de neoliberales, sino porque todos estos formatos se ajustan a los ideales y a las maneras de un sistema socioeconómico que consagra las dificultades y va denostando a los trabajadores que no pueden o no quieren ir de líderes. Nostalgia de la letra con sangre entra.

viernes, 21 de agosto de 2020

Reseña de Ismael Vázquez Juárez: ‘Poemas idiotas’. Ediciones Liliputienses. 2020


Librario íntimo: Poemas idiotas

Poeta mexicano. Tiene en su haber una serie de libros de poemas (Polvo de billar, Lugares y no lugares para caer muerto en Richard Brautigan, Producto Interior Bruto, Esto no significa nada, Nombrarlos desaparece), aforismos (Arte de beber) y de poesía visual (Where do we go from here, Bulldozer y Sea un arma). Estos poemas idiotas son frases sin puntuación, sin mayúsculas, provocando la necesaria lentitud, pausa para que el mensaje llegue en su intensidad, penas sin figuras literarias, la imagen desnuda, la palabra por sí misma. Lugares, escenas cotidianas, reflexiones entre lúcidas y ensoñaciones, un túnel para estar enclaustrado, una sola idea para consolarse… Momentos, instantes para caer en la cuenta de que el mundo gira a pesar de todo lo que nos acontece, lo bueno y lo malo: “todo está / quieto / y en silencio / los pájaros / como / los sordos / y nada / les importa / siguen cantando / si se dieran cuenta / de que también son ciegos / despareceríamos”. Los cortes de los versos son apenas sintagmas que centran la lectura en el papel y que marcan el dictado de los poemas leídos en voz alta: “me quedaré / para siempre / en la cama / te esperaré / como quien / ya fue un niño /…/ y sigue / esperando / despierto / un helado / o un / pastelillo”.
Juega el poeta con llamar al lector a la conmiseración, con mucha ironía (“Salgo bajo la lluvia / para asegurarme de cerrar bien / los botes de basura // no sé por qué / me importa que la basura / no se moje // me mojo / y pienso que no debería / soy como la basura”) y con un deje de tristeza: “La historia / de mi vida / es esta // un día / vi una mancha / en la pared // después todo fue hacer del mundo // esa mancha”.
En ocasiones funcionan los poemas casi como aforismos: “envejecer es recordar / lo que no quieres / y olvidar lo que te importa”. Una imaginación enloquecida marca el tono de algunos: “hay cosas que funcionan bien / una de ellas / es atarse un zapato / contra el otro /…/ obligando a todos / a tropezar contigo / y si caen / es que todo / funciona bien”. El desengaño y el sinsentido en otros: “se rompió / la taza del baño / quise arreglarla / pero no pude / tampoco pude sacar / de ahí ninguna enseñanza”. El poeta lo confiesa: “me gusta las cosas que parecen un error”. Las asociaciones de ideas aprovechan la sorpresa en el lector para inyectar la perplejidad de la reflexión: “solo hay una cosa / mejor que volar / y es tener miedo a volar / ser una gallina / y que no te importe”; “mira el vaso de la licuadora / como si fuera / una pintura renacentista”.
No debemos caer en el error de pensar que estos poemas idiotas son juegos con más o menos ingenio, son auténtico desgarro interior tras la máscara: “cuando me acuesto / y cierro los ojos / pueden suceder / varias cosas / una es / que tú vuelvas / y yo no me dé cuenta / ni esa noche / ni la siguiente / ni al siguiente del siguiente / y siga mi vida / como si nunca te volviera a ver”; “todos desconocemos / a alguien / que romperá / una vez / el corazón de alguien / sin saber / que ese alguien / se lo romperá / a otro más / sin conocerlo / ni saber / que ya lo sabíamos”; “los monstruos / no existen / tampoco / somos nosotros / ni los otros / y eso / es triste”.
Una de las bazas es jugar a lo naïf, a la ingenuidad salvaje que todo lo desnuda, incluso el propósito del poeta: “pero no puedo / odiar la lluvia / no porque no quiera / sino porque eso sería / lo más idiota / en un poema idiota”; “Lavar un baño / con amor / es lavarlo poco / olvidarlo todo /… / el amor te hace / libre y sucio”;  “quien inventó las sillas / también inventó / al que inventó las sillas”.
Una gran intensidad casi trágica se oculta en los versos: “entre ser humano / y no serlo / preferiría / mirarme las uñas / o ser solo uña / y crecer / sin manos ni cuerpo”. Un juego de malabares en los que palabras casi infantiles descargan la acidez de los aforismos de Cioran: “sin amor / la humanidad / estaría jugando / todo el día a la pelota / o comiendo helado // como quien / tumbado en su cama / o acodado en su sillón // solo pero sin culpa / ni remordimiento / ni derrota”; “que se olvidaran de mí / esa es la historia que siempre quise ser”. Podríamos calificar de existencialismo la filosofía que subyace: “un árbol / nunca se ríe / de los chistes / de un pájaro”; “todo está diseñado / para que al final del día / veas a un perro mirarte / sintiendo pena / por ti”. Un grito incluso: “querido dios / te suplico / que nunca / me dejes / solo // contigo”.
Ni siquiera muestra confianza en el recurso a la literatura: “un / poema / de verdad / es como / un asesino / nunca / se muestra / solo / un poema idiota / lo hace”; “espero pacientemente / un pensamiento / lo veo aparecer / correr entre la maleza /…/ apunto el arma / y le doy un tiro / me siento / y espero el siguiente”; “el arte podía ayudar a salvar / océanos focas ancianos / árboles niños pingüinos / pero no quiere / solo quiere salvarse / a sí mismo / pero no puede”.
A medida que avanza el poemario se vuelve más sombrío: “duermo poco /…/ lo peor es que no será morir / al día siguiente / tendré que levantarme / como siempre / para ir al trabajo”. “voy a fumar / nunca lo he hecho / pero hoy recibí una señal / mientras iba a mi clase / de yoga de la muerte / tropecé con una cajetilla / de cigarros tirada en la banqueta / decía ‘fumar mata’ / la levanté del suelo / y encontré un cigarro / ya solo me falta el fuego”;  “mi sueño / era ser / un puente / estar todo / el tiempo / bajo el sol / y tener autos / y agua / sobre y debajo / de mí / y luego / desplomarme”; “dios / deberías pagarme /… / por estar y girar / sin ton ni son / en tu mundo-taza // o soltarlo”. No deja de recurrir a la ironía, como cuando reflexiona y confiesa que “envejecer / es estar ocupado / yendo a funerales / como no voy / a funerales / lo paso en chanclas / y bermudas / de momento / tengo una vejez / sin mucho que hacer” como el Gran Lebowski de los hermanos Cohen. La muerte, la soledad, el sinsentido pueblan este poemario en el que Ismael Vázquez aprovecha los primeros momentos como un clown para dejarnos con la sonrisa helada:
“mi perro
no me llama ismael
ni amo ni amigo
yo lo llamo perro
y él
no me llama nada
no tiene necesidad
de llamarme”

martes, 18 de agosto de 2020

Reseña de Daniel Cotta: “Alpinistas de Marte”. Pre-textos. 2020


Editorial Pre-Textos: Alpinistas de Marte
Daniel Cota ha logrado el XXXIII Premio Internacional de Poesía Antonio Oliva Belmés con Alpinistas de Marte, que, según sus palabras es “na especie de cancionero interestelar”. Poco acostumbrados estamos a poemarios embarcados en la ciencia ficción, aunque los que hemos disfrutado con Ray Bradbury siempre hemos sabido que los viajes interestelares están llenos de poesía. El autor pretende convertir su “locus amoenus en una suerte de locus atralis” y en él se pueden mezclar Stanislaw Lem, Sabines y Bowie. Quienes no definan como no aficionados a este género literario pueden asomarse sin miedo al infinito porque tenemos un volumen de altísima calidad poética. Las referencias interestelares pueden ser mero atrezo para el neófito, pero, indudablemente otorgan una cualidad especial a los versos: “Los ríos de metano de Titán. / Allí nos fuimos a fluir tú y yo, / a dejarnos llevar por la corriente / de cara al firmamento” (Presos de un sinsaber). En realidad, la mezcla entre vocabulario científico (estreptococo, placa de Petri) y poético es una constante en Daniel Cotta, que siempre ha jugado con el contrapunto místico y científico en grado sumo.
Podríamos ver algunos versos como un recuerdo de la épica de la antigüedad clásica o de las sagas medievales: “El censo empieza y termina en mí; / por eso estallan guerras cada noche” (Carta de un desterrado). Nos enfrentamos a resabios indudablemente conectados con el Romanticismo alemán: “¿Qué va a saber de noche / quien no la está mirando cara a cara, / como yo?” (Saber de la noche);  “Ahora cuento estrellas, hago mundos / y juego a que no soy el universo” (Brujería). Igual que la poesía mística impregna la herencia del futuro: “Y todo está tan vivo y tan ausente, / tan siendo para otros, / tan sin mí” (Inexistencia). Podemos degustar el discurso final del replicante de Blade Runner en Lo inexplicable. Y, siempre, siempre, se ocultará una gota de humor: “Lo que Saturno dice: / Lo dice por los siglos de los siglos: / seguir llevando suelto el cinturón” (En nombre de Saturno y sus anillos). Pero sobre todo, nuestro oído agradecerá el lirismo de Daniel Cotta, quien maneja excepcionalmente las cualidades del artesano y la intuición del genio en maravillas como el poema Góngora.
Nos enfrentamos también a las obsesiones de la poética de Daniel Cotta, como son la conexión de la muerte con el sueño que desarrolló con emocionante brillantez en su anterior El beso de buenas noches: “Cada vez que me tengo que dormir, elijo un sueño” (Hibernar de muerte en muerte). El otro gran tema es el enfrentamiento entre lo científico y lo  mistérico, pero más que enfrentamiento, el propio poeta es un ejemplo de que son compatibles, complementarias ambas visiones: “Hay dos maneras de mirar la luna: a lo científico y a lo poético /…/ No sé quién se aproxima más a ella, / pero entre los dos credos / se consignan continuas conversiones” (Apostasías). Si alejamos el escenario estelar hay mucho de poesía religiosa, de un acercamiento muy íntimo a la creencia: “Moría y tuvo que salir el sol / para salvarme /…/ Ahora sé que el trigo se equivoca, / que las flores están en un error / y que la clorofila / cree estar en el secreto y no lo está /…/ ¡si el sol es más que el sol!” (El secreto). O, buscando las concomitancias: “En algún siglo se dará la vuelta, / y cuando regresemos / al seno del sol padre, / saltaré de la grupa. / ¡Qué delicioso chapuzón de luz!” (Singladura). Y mucho de asombro ante la realidad más cotidiana, aunque estas estén en el espacio exterior: “Las ama desde el alto telescopio. / Cada noche las busco: / desancla sus pupilas des los acantilados sublunares / y las ve arder remotas, imposibles. /…/ ¡Pobre ciego! / No se da cuenta de que tiene el sol” (No la ve); “Diría que no habías existido / aquella playa, el mediodía aquel / si no me ardiera un sol en la memoria /…/ Me inventaré aquel mar / con barcos y gaviotas, / y habrá una madre que me dé en la silla / el pan de la merienda. / Y juntaré teselas y teselas / hasta llenar de luz este destierro” (Pretérito indefinido). De la misma forma que debemos asombrarnos de que las grandes cosas sucedan, como en uno de los poemas más emocionantes: “Una esquirla recóndita de estrella / era capaz de hacer sobre un planeta azul / la Quinta Sinfonía” (Simultáneamente). La perplejidad que ofrece la mirada al horizonte del cielo siempre acaba en la duda y el enigma: “No intentes descifrar el Universo: / no hay nada que encontrar. / Afronta lo terrible, lo insondable: / tú eres el enigma. / ¿Quién ha de descifrarte?” (Lo que dijo el hombre al hombre).
Y si aceptamos la suspensión de la realidad y nos sentamos en este escenario apreciaremos la hondura filosófica, la profundidad reflexiva del abismo y el futuro: “Este paréntesis de luz y oxígeno / que el sol nos está dando / acabará algún día /…/ Nada habrá comenzado. / Será una sepultura nuestra estrella / y habrá algo nuevo bajo el sol: la nada” (Aliquod novum sub sole); “Entonces resucita en mí la Tierra, / con su globo florido de mentiras, / con su equívoca máscara de vidrio, / con sus tentáculos de carne y muerte, / con su alquitrán, su polución, su fango… // Y quisiera volver” (Ora et labora). Directamente de ciencia ficción con poemas como Monte Olimpo de Marte o Solo somos azules. La materia simbólica de las estrellas, de los planetas, de la sci-fi es poderosa, puede ser tremendamente lírica: “A mil millones de años, pienso en ti. / Porque estás lejos. / Muy lejos. / Descorazonadamente lejos. / Amor, estás tan lejos que no existes” (Lejos); “Estoy aquí, domesticando estrellas. /… / A todas, todas quiero redimirlas / –antes que se me acaben las letras y los años– / de tanta inexistencia y tanta nada” (Nombrador). La ambientación también proporciona un campo semántico de cuestionamiento científico: “Y he comprendido que agrandar los mapas / no es sino trazar sobre la noche / un signo de interrogación más grande” (Signo). Con sus contradicciones internas que atañen al corazón del hombre: “Cuando se fue y mi corazón corría, / no sé cuál de los dos era más libre: / él, que acabó de conocer la luz, / o yo, que conocía la oscuridad” (La hora del encuentro). Sobre todo cuando la pluma del poeta pasa a hablar de los afectos, del amor: “Una mirada de mujer delira / sobre el silencio añil del cielo raso: / al fondo de tu ser, Venus me mira” (Venus en ti y tú en el cielo).
“Y fundamos. Fundimos. Fecundamos.
Echamos a rodar cuatro sistemas
que tienen mis pupilas y tu risa.

Ahora brillaremos
el tiempo que nos queda,
hasta estallar, hasta encender la noche
en un último beso,
el beso incandescente que seguirá sonando,
 fundiéndonos, fundando, fecundando
tras haber vuelto a casa a despertar” (Fundadores)

domingo, 16 de agosto de 2020

¿De dónde salen los derechos?

Pensando en voz alta, a partir de la discusión teórica entre las distintas versiones del feminismo me he encontrado con un debate adyacente en relación con los derechos de las personas trans. Sin entrar en lo que puede significar aceptar la autodesignación en los casos de transexualidad, surge una cuestión previa sobre si esta autoafirmación puede ser fuente de derecho.
Hace ya mucho tiempo que abandoné la pretensión de que existiera una especie de “derecho natural”, es decir, que los humanos tengamos derechos por el mero hecho de enunciarlos. Los derechos necesitan de una suerte de colaboración entre los miembros de la sociedad para que sean efectivos. Los hay muy evidentes, como el derecho a la propiedad, la vida o la integridad personal. Estos necesitan, para ser efectivos, del compromiso de todos los miembros de la comunidad para respetarlos. Se podrían enunciar como derechos recíprocos. Yo respeto tu propiedad a cambio de que tú respetes la mía.
¿Qué sucede si este pacto no es efectivo? Normalmente recurrimos a sanciones sociales y, por encima de todas, a la posibilidad de que el Estado, legítimamente, pueda ejercer algún tipo de coacción o castigo. Es decir, necesitamos del Estado como garante del pacto entre los ciudadanos. También como continuador intergeneracional del compromiso . Estos derechos son aceptados casi universalmente y entroncan con la visión liberal del Estado, más preocupada por la intromisión de los gobiernos en los asuntos privados. Por eso hay otro grupo de derechos que buscan la no intervención del Estado en esferas que no le corresponden, como son el derecho a la libre expresión, libertad de culto o de conciencia. Son derechos defensivos, de no injerencia del Estado. Los hay individuales y colectivos, como el derecho a la asociación política y sindical.
Hay otros derechos, sin embargo, que tienen una complicación mayor a la hora de ser defendidos. Son los derechos derivados de un compromiso por mejorar la vida de los ciudadanos. Ejemplos como el derecho al trabajo, a una vivienda digna o a una protección de la salud. Si alguien incumple un derecho como la integridad personal puede ser denunciado, pero, ¿qué sucede si enfermo, a quién denuncio?  No es asunto baladí en estos tiempos de pandemia. Sin embargo, estos derechos no tienen garantía judicial, no se puede denunciar a nadie si no consigo una vivienda digna. Digamos que orientan las políticas públicas y por eso hay muchos pensadores que pretenden eliminarlos de la lista de derechos.
La protección de la infancia, por ejemplo, se corresponde con derechos que requieren de la actuación, no solo de los ciudadanos, sino de los poderes públicos. Y no puede ser tenida como una reciprocidad. Ningún bebé puede comprometerse a cuidar a nadie a cambio de ser cuidado, o a reconocer la identidad, cosa que es fundamental para cualquier Estado.
La cuestión es, ¿qué es lo que nos hace creernos en el derecho a tener derechos? Y más concretamente, ¿en qué se fundan los derechos que tenemos o que podríamos tener?  A un nivel teórico los derechos vienen expresados por la voluntad popular que, a través de los partidos políticos, en una democracia parlamentaria, los reconocen en el Parlamento. Es curiosa la expresión, “reconocer”, que implica que  los derechos pre-existen a la Ley, cuando estamos defendiendo que solo existen los derechos cuando la sociedad y sus instituciones de comprometen a defenderlos y a implementar las medidas necesarias para que esto suceda.
¿Pueden los sentimientos ser origen del derecho? Desde mi punto de vista, ya lo son. Y en dos sentidos, por un lado porque existen derechos que se reconocen como sentimientos, como son los de escarnio o de ofensa a los sentimientos religiosos. El código penal, en sus artículos 524 y 525 lo establece en relación a “quienes, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican”. El concepto de “escándalo público” también ha sido fuente de derecho. En la actualidad se considera que son ofensas a la libertad sexual, y se reducen a los casos de exhibicionismo y provocación sexual, especialmente a menores. No soy especialista en derecho, pero estoy seguro que alguno más habrá en esta dirección.
El otro sentido podría ser considerar la necesidad moral de una sociedad como una consecuencia de los sentimientos morales. Adam Smith, padre del liberalismo, desarrolló paralelamente una teoría de los sentimientos morales, en la que la simpatía –o empatía– con las víctimas de injusticia sería el origen de la necesidad de regular el derecho. En este sentido, que se podría discutir ampliamente, todo el ordenamiento jurídico estaría vinculado a los sentimientos morales de una población. Y en cierta manera es así, porque la repugnancia que nos produce el maltrato animal en el siglo XXI no es la misma que en tiempos remotos. Ni incluso con otros seres humanos. Martha Nussbaum advirtió, por otra parte, la peligrosidad de fundar los derechos en la condena moral, en la repugnancia radical de los ciudadanos. Ponía como ejemplo el rechazo visceral a las muestras de cariño entre homosexuales. No se puede tomar como regla jurídica que grupos de individuos promuevan leyes apelando a sus gustos sin contar con un respaldo racional, apelando simplemente a la repugnancia que les provoca una situación.
Sin embargo, creo que el sentimiento de pertenencia a una comunidad es el origen de la necesidad de derechos. Tomando como ejemplo la Asamblea Nacional en los orígenes de la Revolución Francesa, vemos cómo la movilización del Tercer Estado se basaba en un sentimiento de injusticia. El abate Sieyès en su famoso panfleto se preguntaba, ¿qué es el Tercer Estado?  y se respondía que “nada” y que aspiraban a serlo “todo”.  El sentimiento de pertenencia a la Nación fundó la Constitución, al menos de manera simbólica. Y, a partir de ahí, toda el desarrollo legislativo. La mera posibilidad de cambiar de nacionalidad recae sobre el sentimiento de pertenencia, que se demuestra mediante un juramento y la demostración de una integración, por ejemplo, a través del conocimiento de las tradiciones y costumbres de la nación a la que se aspira pertenecer. Evidentemente es un derecho que tiene que ser reconocido por las autoridades del Estado, no basta solamente con la autoproclamación del individuo, pero es indudable que se espera de cada ciudadano una lealtad.
La creación de los Estados, bien por segregación o por unión de territorios se basa en esa autoproclamación, aunque luego desarrollen una lista de derechos básicamente idéntica a la de los Estados de los que provienen.  A los miembros de la administración se les exige "guardar y hacer guardar fielmente la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico, lealtad a la Corona y cumplir los deberes del cargo frente a todos" y se establece una pena para quienes hagan una administración desleal. Afortunadamente no se requiere el patriotismo para acceder a los derechos, como no se exige a los recién nacidos que juren la constitución.