viernes, 21 de agosto de 2020

Reseña de Ismael Vázquez Juárez: ‘Poemas idiotas’. Ediciones Liliputienses. 2020


Librario íntimo: Poemas idiotas

Poeta mexicano. Tiene en su haber una serie de libros de poemas (Polvo de billar, Lugares y no lugares para caer muerto en Richard Brautigan, Producto Interior Bruto, Esto no significa nada, Nombrarlos desaparece), aforismos (Arte de beber) y de poesía visual (Where do we go from here, Bulldozer y Sea un arma). Estos poemas idiotas son frases sin puntuación, sin mayúsculas, provocando la necesaria lentitud, pausa para que el mensaje llegue en su intensidad, penas sin figuras literarias, la imagen desnuda, la palabra por sí misma. Lugares, escenas cotidianas, reflexiones entre lúcidas y ensoñaciones, un túnel para estar enclaustrado, una sola idea para consolarse… Momentos, instantes para caer en la cuenta de que el mundo gira a pesar de todo lo que nos acontece, lo bueno y lo malo: “todo está / quieto / y en silencio / los pájaros / como / los sordos / y nada / les importa / siguen cantando / si se dieran cuenta / de que también son ciegos / despareceríamos”. Los cortes de los versos son apenas sintagmas que centran la lectura en el papel y que marcan el dictado de los poemas leídos en voz alta: “me quedaré / para siempre / en la cama / te esperaré / como quien / ya fue un niño /…/ y sigue / esperando / despierto / un helado / o un / pastelillo”.
Juega el poeta con llamar al lector a la conmiseración, con mucha ironía (“Salgo bajo la lluvia / para asegurarme de cerrar bien / los botes de basura // no sé por qué / me importa que la basura / no se moje // me mojo / y pienso que no debería / soy como la basura”) y con un deje de tristeza: “La historia / de mi vida / es esta // un día / vi una mancha / en la pared // después todo fue hacer del mundo // esa mancha”.
En ocasiones funcionan los poemas casi como aforismos: “envejecer es recordar / lo que no quieres / y olvidar lo que te importa”. Una imaginación enloquecida marca el tono de algunos: “hay cosas que funcionan bien / una de ellas / es atarse un zapato / contra el otro /…/ obligando a todos / a tropezar contigo / y si caen / es que todo / funciona bien”. El desengaño y el sinsentido en otros: “se rompió / la taza del baño / quise arreglarla / pero no pude / tampoco pude sacar / de ahí ninguna enseñanza”. El poeta lo confiesa: “me gusta las cosas que parecen un error”. Las asociaciones de ideas aprovechan la sorpresa en el lector para inyectar la perplejidad de la reflexión: “solo hay una cosa / mejor que volar / y es tener miedo a volar / ser una gallina / y que no te importe”; “mira el vaso de la licuadora / como si fuera / una pintura renacentista”.
No debemos caer en el error de pensar que estos poemas idiotas son juegos con más o menos ingenio, son auténtico desgarro interior tras la máscara: “cuando me acuesto / y cierro los ojos / pueden suceder / varias cosas / una es / que tú vuelvas / y yo no me dé cuenta / ni esa noche / ni la siguiente / ni al siguiente del siguiente / y siga mi vida / como si nunca te volviera a ver”; “todos desconocemos / a alguien / que romperá / una vez / el corazón de alguien / sin saber / que ese alguien / se lo romperá / a otro más / sin conocerlo / ni saber / que ya lo sabíamos”; “los monstruos / no existen / tampoco / somos nosotros / ni los otros / y eso / es triste”.
Una de las bazas es jugar a lo naïf, a la ingenuidad salvaje que todo lo desnuda, incluso el propósito del poeta: “pero no puedo / odiar la lluvia / no porque no quiera / sino porque eso sería / lo más idiota / en un poema idiota”; “Lavar un baño / con amor / es lavarlo poco / olvidarlo todo /… / el amor te hace / libre y sucio”;  “quien inventó las sillas / también inventó / al que inventó las sillas”.
Una gran intensidad casi trágica se oculta en los versos: “entre ser humano / y no serlo / preferiría / mirarme las uñas / o ser solo uña / y crecer / sin manos ni cuerpo”. Un juego de malabares en los que palabras casi infantiles descargan la acidez de los aforismos de Cioran: “sin amor / la humanidad / estaría jugando / todo el día a la pelota / o comiendo helado // como quien / tumbado en su cama / o acodado en su sillón // solo pero sin culpa / ni remordimiento / ni derrota”; “que se olvidaran de mí / esa es la historia que siempre quise ser”. Podríamos calificar de existencialismo la filosofía que subyace: “un árbol / nunca se ríe / de los chistes / de un pájaro”; “todo está diseñado / para que al final del día / veas a un perro mirarte / sintiendo pena / por ti”. Un grito incluso: “querido dios / te suplico / que nunca / me dejes / solo // contigo”.
Ni siquiera muestra confianza en el recurso a la literatura: “un / poema / de verdad / es como / un asesino / nunca / se muestra / solo / un poema idiota / lo hace”; “espero pacientemente / un pensamiento / lo veo aparecer / correr entre la maleza /…/ apunto el arma / y le doy un tiro / me siento / y espero el siguiente”; “el arte podía ayudar a salvar / océanos focas ancianos / árboles niños pingüinos / pero no quiere / solo quiere salvarse / a sí mismo / pero no puede”.
A medida que avanza el poemario se vuelve más sombrío: “duermo poco /…/ lo peor es que no será morir / al día siguiente / tendré que levantarme / como siempre / para ir al trabajo”. “voy a fumar / nunca lo he hecho / pero hoy recibí una señal / mientras iba a mi clase / de yoga de la muerte / tropecé con una cajetilla / de cigarros tirada en la banqueta / decía ‘fumar mata’ / la levanté del suelo / y encontré un cigarro / ya solo me falta el fuego”;  “mi sueño / era ser / un puente / estar todo / el tiempo / bajo el sol / y tener autos / y agua / sobre y debajo / de mí / y luego / desplomarme”; “dios / deberías pagarme /… / por estar y girar / sin ton ni son / en tu mundo-taza // o soltarlo”. No deja de recurrir a la ironía, como cuando reflexiona y confiesa que “envejecer / es estar ocupado / yendo a funerales / como no voy / a funerales / lo paso en chanclas / y bermudas / de momento / tengo una vejez / sin mucho que hacer” como el Gran Lebowski de los hermanos Cohen. La muerte, la soledad, el sinsentido pueblan este poemario en el que Ismael Vázquez aprovecha los primeros momentos como un clown para dejarnos con la sonrisa helada:
“mi perro
no me llama ismael
ni amo ni amigo
yo lo llamo perro
y él
no me llama nada
no tiene necesidad
de llamarme”

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