domingo, 15 de septiembre de 2019

Almas puras


A pesar de que llevaban algún tiempo en las redes, en estas últimas semanas los medios han descubierto la existencia de Almas Veganas, un colectivo que ha fundado un refugio para animales de granja y que lo componen activistas transespecies, es decir, que defienden el bienestar de todas las especies no solamente los humanos. En el vídeo que las ha lanzado a la fama explican que no explotan a las gallinas y que tienen a los gallos apartados para que no las violen. También que les “devuelven” sus huevos. No ha habido casi ningún medio, solo conozco el muy valioso artículo de Jesús Zamora Bonilla, y prácticamente ningún comentario en las redes que no se haya burlado de ellas.
                No es sólo que personas particulares hagan parodias de dudoso gusto y menos gracia, los medios más serios como las cadenas televisivas se hacen eco de sus propuestas con el ánimo poco disimulado de burlarse de ellas. Ningún colaborador se toma la molestia de preguntar en serio sobre unas declaraciones que son francamente cuestionables. Cuestionables no significa que sean irracionales o falsas, sino que admiten discusión y diversos puntos de vista. Sin embargo la intención de los programas que las llaman tiene más que ver con el espectáculo y con despertar en el telespectador el rechazo y la burla que con escuchar sus argumentos.
                Estos argumentos no son nuevos y conectan en muchos sentidos con sensibilidades religiosas quizás ajenas o no tanto a nuestra cultura occidental. Cuando Francisco de Asís hablaba del hermano lobo o la hermana luna, ¿en qué se diferencia de un espíritu vegano? Sabemos que un nutrido grupo de especialistas en ética plantean seriamente la legitimidad del sufrimiento de otras especies para beneficio de la humana. Por supuesto que en grados distintos, el proyecto Gran Simio pretende otorgar la misma consideración de humanos a estos animales, mientras que lo que tratan otros activistas es evitar el sufrimiento en los mataderos menos escrupulosos. El veganismo está comprobando la facticidad de una alimentación y una vida que no tenga que recurrir a los animales como una decisión ética y una posibilidad real.
                Creo que es tan interesante el debate que plantea que es una pena que todo se limite a una reducción al absurdo, a chistes sobre tuercas y tornillos. Y es tan interesante porque recuerda demasiado a las reacciones que tuvo la sociedad biempensante de los siglos pasados cuando se planteaban los derechos civiles de los afrodescendientes, el fin de la esclavitud o la liberación de la mujer. Un vistazo a los argumentos y a los chascarrillos de principios del siglo XX, por ejemplo, nos sorprendería por el parecido con las actitudes que ya entrado el XXI se siguen utilizando para sortear un debate serio.
                Quienes defiendan un modo de vida vegano tienen sus razones y están en su derecho no sólo de hacerlo, están también en la obligación moral de plantear el debate lo más seriamente posible para ser más efectivos. Los argumentos son importantes, igual que las formas y son sorprendentemente parecidos. Por ejemplo, en las polémicas cíclicas sobre la tauromaquia tenemos que escuchar expresiones chocantes como que “el toro no sufre”, porque se ha retorcido el argumento de que los animales supuestamente sufren dolor, pero no tienen sufrimiento porque su falta de consciencia no les permite anticipar el sufrimiento como en los humanos. Si para muchos esto es así para los toros, ¿por qué no se aplican a otras especies?
                Como en muchos otros temas, en este se van mezclando prejuicios y conexiones subyacentes. Los toros no sólo es un espectáculo cruel, es también un símbolo patrio. Atacarlo o defenderlo es para muchos una rama más de su españolismo o su antiespañolismo.  Aceptar que comemos carne de animales que está sacrificada de manera despiadada nos afecta en la medida de que seamos cómplices y preferimos sortear la disonancia moral cegándonos y argumentando la irremediabilidad del status quo.
                Es precisamente esta apelación al sentimiento moral el que asemeja con la esclavitud. Seguro que habría muchos individuos que convivirían con la esclavitud y les repugnaría la consideración de infrahumanidad, pero prefirieron optar por la irremediabilidad. No se podía hacer nada, la historia cuenta que siempre ha existido la esclavitud y no se puede cambiar.
                En los grupos pro-vida se utilizan argumentos para defender la dignidad de una vida que no es humana (“todavía”, dicen), sin embargo no se consideran estor argumentos transferibles a otros debates. No pretendo igualar el veganismo con el antiabortismo, pero sí que me gustaría poner de relieve la necesidad de un debate sin descalificaciones puesto que se ponen en juego mecanismos éticos muy similares en las argumentaciones.
                En el trasfondo del transhumanismo parece que estamos más dispuestos a aceptar la humanidad de seres biónicos o incluso de inteligencias artificiales que a acabar con el sufrimiento de otras especies animales. La discusión es muy enriquecedora. Me gustaría que alguien planteara sin hacerse el gracioso la realidad de la ética en especies animales. Hay muchos biólogos que advierten en el comportamiento animal rasgos relacionados con la justicia. ¿Cuándo y en qué especies¿ ¿Cómo podría saberse si unas relaciones sexuales entre animales son o no consentidas? ¿Tiene sentido esta pregunta?
                Independientemente de la respuesta no está mal que nos replanteemos el funcionamiento de las explotaciones ganaderas, la masificación y las malas prácticas, la urgencia y la necesidad de rentabilidad. Los errores en el diseño la realización de estas granjas puede, por supuesto, tener consecuencias muy graves para la especie humana, como la enfermedad de las vacas locas o la influencia del uso indiscriminado de antibióticos en el ganado.
                Lo cierto es que soy muy pesimista al respecto. Sobre todo cuando observo que no somos capaces de tener empatía y mucho menos cuidado con los de nuestra propia especie. Nos dividimos en etnias, procedencias, clases sociales, prácticas y costumbres y, tristemente, los consideramos como medios para un fin o como obstáculos para el mismo. Por eso admiro a quienes se plantean el bienestar animal, porque, a la postre, señalan los verdaderos culpables de nuestro sufrimiento y plantean alternativas a una realidad que parece incuestionable.

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